Engaño
Traducción de Salvador Peña
Penguin Random House, 2026
"Podría decir, por ejemplo, que la paz no llegará gracias a un apoyo material que mejore las condiciones de vida bajo la opresión, sino eliminando la opresión de raíz. O quizá podría decir que la superación de las diferencias en las condiciones de vida entre palestinos e israelíes, dado que una parte vive bajo las imposiciones del colonialismo y la ocupación y la otra practica dicho colonialismo y ocupación, no puede emanar de proyectos culturales, por muy sinceros y bienintencionados que sean en lo anímico y lo intelectual; ya que, en lugar de mirar a la realidad, no son más que el intento de trocar esta por una representación imaginaria construida sobre la ignorancia deliberada de cuáles son la verdadera fuente y la motivación de lo que ocurre. Pero acaso sea este un discurso demasiado teórico, inadecuado para la situación, y, por tanto, no estaría bien que lo pronunciase. Lo más conveniente sería decir que tales proyectos se levantan sobre la omisión de las crueles condiciones bajo las que viven los palestinos, dejando muy claro que la ocupación israelí ha desempeñado durante décadas un papel destacado en la creación y gestión de dichas condiciones, de las que por cierto ha sacado provecho".
Una novela breve, contenida y extrañamente perturbadora, en la que la experiencia palestina aparece no tanto como tema explícito cuanto como la condición que impregna todos los gestos de la vida cotidiana. Adanía Shibli sigue en paralelo a una joven y a un joven palestinos, personajes sin nombre cuyas vidas parecen avanzar sin acontecimientos extraordinarios y que, sin embargo, están constantemente condicionadas por una realidad política que determina dónde pueden estar, cómo pueden desplazarse, qué pueden decir y quiénes pueden llegar a ser. La fuerza de la novela reside en esa renuncia a la espectacularidad. La ocupación no aparece mediante grandes episodios históricos, sino infiltrada en lo cotidiano, en los controles, la universidad, la cárcel, los interrogatorios, los desplazamientos, las conversaciones y también en los silencios. De esta manera, muestra algo más profundo que la violencia directamente visible, como es la lenta reducción del horizonte de posibilidades de una persona, hasta convertirla en alguien cuya propia existencia parece ocupar un lugar secundario.
Hay, además, un tercer personaje que atraviesa silenciosamente todo el libro: la tierra. Mientras las vidas humanas están sometidas a fronteras, expulsiones, encarcelamientos y prohibiciones, las estaciones continúan sucediéndose, brotan las plantas, se mueven los animales y cambia la luz. Esa temporalidad lenta de la naturaleza contrasta con la violencia política y proporciona a la novela algunos de sus momentos más hermosos. No es simplemente paisaje, la relación con la tierra forma parte de aquello que está en disputa, porque desposeer significa también alterar la relación entre las personas, su memoria y el espacio que habitan.
En este sentido, Engaño comparte mucho con su anterior novela, Un detalle menor, ambas comparten la escritura precisa y despojada, la desconfianza hacia cualquier sentimentalismo, la importancia de los silencios y, sobre todo, la capacidad de hacer visible un sistema de dominación a través de detalles aparentemente insignificantes. Pero existe también una diferencia significativa pues, si en Un detalle menor la violencia extrema ocupa el centro de la narración (aunque, fiel a su estilo, Adanía Shibli la contemple con una distancia a ratos insoportable), en Engaño le interesa la violencia menos espectacular, aquella que se sedimenta en la existencia cotidiana y acaba delimitando lo que una persona puede hacer, esperar o imaginar. Si aquella novela reconstruía las huellas persistentes de un crimen, esta parece preguntarse cómo se vive cuando la excepcionalidad de la violencia se ha convertido en normalidad.
También resulta muy característica su forma narrativa. Engaño prescinde de capítulos y de divisiones internas y se presenta como un texto prácticamente continuo, una corriente narrativa que apenas ofrece lugares donde detenerse, lo que convierte su lectura en un ejercicio exigente. No parece una elección puramente formal, ya que esa continuidad produce una peculiar sensación de inmersión y, por momentos, de asfixia: acontecimientos, recuerdos, conversaciones, desplazamientos y observaciones se suceden sin que la página conceda al personaje, ni a quien lee, posibilidad ninguna de salir de ellos. La forma reproduce así algo de la experiencia que la novela quiere contar, y es que allí donde la vida está atravesada de manera permanente por controles, fronteras y restricciones, tampoco la narración ofrece cortes nítidos que permitan separar un tiempo de otro o establecer un afuera. La ausencia de capítulos acaba funcionando como la expresión formal de una vida a la que resulta difícil poner entre paréntesis las condiciones políticas en las que transcurre.
Engaño es, evidentemente, una novela "sobre Palestina", pero habla también de una experiencia más universal: qué ocurre cuando un poder consigue introducirse de tal manera en la vida cotidiana que termina condicionando incluso la relación de las personas consigo mismas. La dominación más profunda no consiste únicamente en ocupar un territorio, sino en reducir las posibilidades de imaginar otra vida. Adanía Shibli consigue contar todo esto sin proclamas y casi sin levantar la voz. Engaño es una novela de silencios, pequeñas humillaciones, esperas y gestos mínimos, pero esa contención hace que la violencia que recorre sus páginas resulte todavía más perceptible. Frente a una realidad política que convierte a determinadas personas en personajes secundarios de su propia tierra, la literatura realiza aquí un gesto decisivo, volviendo a colocarlas en el centro de la mirada.

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