El sheriff reticente
Traducción de Javier Lucini
Sajalín, 2026
"La ley de los cerros era una carga, un peso terrible, como un collar de cuero para una mula de trabajo. Él se mantenía leal a un modo de conducta que era irrelevante, que quizá siempre lo había sido. A los cerros les daba igual y a él no le importaba demasiado. Quizá había llegado la hora de echar el freno".
Después de varias novelas de Chris Offutt, siguen atrapándome tanto sus historias como los lugares en las que estas transcurren. Por supuesto, están las tramas criminales, los asesinatos, las investigaciones y esa violencia que nunca se encuentra demasiado lejos de sus personajes; pero también están los cerros del este de Kentucky y las personas que los habitan. Leer a Offutt es volver allí.
El sheriff reticente nos devuelve una vez más a Mick Hardin, antiguo investigador criminal del ejército y definitivamente incapaz de encontrar el lugar en el que instalarse. Mientras su hermana Linda, sheriff del condado, se recupera de las heridas recibidas en acto de servicio, Mick debe sustituirla temporalmente a pesar de que no quiere ser sheriff, como tampoco parece querer demasiadas de las cosas que la vida termina imponiéndole. Su jubilación debía permitirle abandonar Kentucky, pero vuelve a encontrarse atrapado en Rocksalt, conduciendo el coche de su hermana, viviendo en la casa familiar y ocupando un puesto que nunca ha deseado. Esta condición de sheriff a su pesar resulta especialmente adecuada para Mick Hardin porque una de las cosas más interesantes del personaje es que nunca parece ocupar del todo el lugar en el que se encuentra. Ha pertenecido al ejército pero ya no pertenece a él, conoce perfectamente los cerros pero quiere abandonarlos, está divorciado pero sigue vinculado emocionalmente a Peggy, desea retirarse pero continúa investigando. Mick Hardin parece vivir permanentemente entre la marcha y el regreso.
Y, naturalmente, pronto aparece un cadáver. El propietario de un bar es asesinado a tiros y todas las sospechas recaen sobre un hombre que había discutido públicamente con él pocas horas antes. El problema para Hardin es que ese hombre es el actual marido de Peggy, su exmujer, y padre de sus criaturas. Cuando Peggy le pide ayuda porque está convencida de que Zack es inocente, la investigación policial se convierte inevitablemente en algo personal. La posterior aparición de otros cadáveres irá complicando un caso cuya aparente sencillez empieza pronto a desmoronarse. Y no conviene contar mucho más.
Offutt escribe sobre una sociedad rural sin idealizarla, pero también sin contemplarla desde la superioridad de quien llega desde fuera. Sus personajes pueden ser violentos, desconfiados, excéntricos o testarudos, pero poseen conocimientos, códigos y formas de interpretar el mundo que resultan perfectamente racionales dentro del medio en el que viven. Lo verdaderamente atractivo es la manera en que la investigación permite entrar en una comunidad donde todo el mundo parece conocerse y donde las relaciones familiares, las enemistades, las lealtades, las deudas y los recuerdos forman una red tan intrincada como los propios caminos de los cerros, que son una presencia permanente. Naturaleza y comunidad forman un mismo paisaje moral, un mundo duro, donde la violencia forma parte de la memoria familiar y colectiva, pero donde siguen existiendo obligaciones de ayuda y reciprocidad que ninguna institución ha creado y que ninguna ley escrita termina de explicar.
El sheriff reticente introduce, sin embargo, una novedad respecto de anteriores entregas ya que una parte de la novela se desarrolla a miles de kilómetros, en Córcega. Allí se encuentra Johnny Boy Tolliver, antiguo ayudante de Linda, enviado por Mick después de la experiencia traumática sufrida en la novela anterior. Acogido por Sebastian, un misterioso conocido de Mick, Johnny Boy intenta recuperarse trabajando, aprendiendo francés y acostumbrándose a un mundo que inicialmente le resulta completamente extraño. Tampoco diré más.
Más allá de cada investigación concreta, las novelas de Mick Hardin hablan del regreso, de la dificultad de abandonar el lugar del que procedemos y de la no menor dificultad de volver a pertenecer a él después de habernos marchado. En esta cuarta entrega quizá la trama criminal resulte algo más dispersa que en las anteriores, pero incluso cuando la trama se desborda permanece intacto eso que hace especial la literatura de Offutt, su escritura seca y precisa, el oído para los diálogos, el humor que aparece en los momentos menos esperados, la capacidad para caracterizar a alguien mediante dos o tres gestos y, sobre todo, esa extraordinaria comprensión del vínculo entre las personas y los lugares que habitan.

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