¿Están vivos los ríos?
Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Penguin Random House, 2026
“Y ahí, en ese momento, en esta extraña agua brillante, veo clarísimo que decir que los ríos están vivos no es una afirmación antropomórfica. Un río no es una persona humana, ni viceversa. Nos separamos el uno del otro de formas diferentes. Decir que un río está vivo no es personificarlo, sino ensanchar y hacer más profunda la categoría «vida», y al hacerlo así… ¿cómo lo expreso George Eliot? «Aumenta el alcance que uno se imagina de sí mismo»”.
Si el objetivo de este libro fuera responder a la pregunta que le da título, su contenido sería muy breve pues, desde el inicio, la respuesta del autor es inequívoca: sí. Pero las casi cuatrocientas páginas que siguen sirven para mostrar hasta qué punto ese monosílabo obliga a revisar muchas de las categorías con las que las sociedades modernas han aprendido a relacionarse con la naturaleza. Porque preguntarse si un río está vivo no significa solamente discutir qué entendemos por vida, significa preguntarse qué es un río, qué somos quienes habitamos el mundo respecto de él y, sobre todo, qué consecuencias deberían derivarse de reconocerlo no como una cosa que poseemos o utilizamos, sino como una realidad que existe por sí misma y de la que, además, dependemos.
Macfarlane lleva años escribiendo sobre nuestra relación con el mundo natural. En Las montañas de la mente, Las viejas sendas, Bajotierra o Los hechizos perdidos ha explorado montañas, caminos y mundos subterráneos, pero también las palabras, historias y formas de imaginación mediante las cuales hacemos inteligibles esos espacios. En ¿Están vivos los ríos? no se limita a preguntarse cómo miramos la naturaleza, sino que cuestiona la posición desde la que la miramos, construida desde la separación aparentemente evidente entre un sujeto humano que observa y un mundo natural convertido en objeto de conocimiento, apropiación y uso.
El libro discurre, apropiadamente, como un río y sus principales corrientes son tres grandes viajes. Macfarlane se adentra primero en el bosque nuboso de Los Cedros, en Ecuador, amenazado por la minería pese a la constitucionalización en 2008 de los derechos de la naturaleza; se desplaza después hasta Chennai, en el sur de India, donde ríos, arroyos y humedales han sufrido las consecuencias devastadoras de la contaminación, la urbanización y la industrialización; y finalmente recorre en canoa el Mutehekau Shipu, en Quebec, amenazado por proyectos hidroeléctricos y reconocido como persona jurídica en 2021. Entre estos grandes recorridos reaparece otro río mucho más pequeño, el arroyo próximo a su casa, en Inglaterra, que introduce en el relato una dimensión íntima y familiar.
Esta combinación de miradas convierte a ¿Están vivos los ríos?, simultáneamente, en libro de viajes, ensayo ecológico, investigación política, reflexión filosófica y escritura autobiográfica. Macfarlane no construye una teoría sobre los ríos desde la distancia sino que camina por los territorios que atraviesan, se introduce en ellos, navega por sus aguas, habla con quienes viven a su lado y escucha a quienes luchan por defenderlos. Su pensamiento nace del encuentro con lugares concretos y con personas concretas: integrantes de comunidades indígenas, representantes del mundo científico y jurídico, activistas y artistas. El conocimiento que propone es, en ese sentido, un conocimiento situado y profundamente corporal.
Pero el verdadero protagonista nunca deja de ser el río, transformado gracias al intento de Macfarlane de modificar nuestra mirada modificando nuestro lenguaje. De este modo, un río deja de ser únicamente una determinada cantidad de agua que discurre por un cauce para convertirse en un ser que nace, crece, se transforma, alimenta y es alimentado, modifica aquello que encuentra a su paso, alberga innumerables formas de vida y puede también enfermar y morir. Lo que denominamos "río" es, en realidad, una trama extraordinariamente compleja de relaciones entre agua, roca, peces, microorganismos, plantas, animales, sedimentos, lluvias y comunidades humanas.
Por eso la pregunta del título acaba revelándose mucho menos ingenua de lo que parecía. Nuestra cultura jurídica y económica ha desarrollado una sorprendente facilidad para reconocer personalidad a entidades abstractas como sociedades mercantiles, fundaciones o corporaciones, mientras considera los ríos fundamentalmente como recursos de los que podemos extraer agua, energía y minerales, represarlos, desviarlos, contaminarlos o transformar sus riberas. La naturaleza aparece así como un inmenso depósito de "cosas" plenamente disponibles para las necesidades y los intereses humanos.
Frente a esta concepción se ha ido desarrollando durante las últimas décadas el movimiento por los Derechos de la Naturaleza, que constituye una de las grandes corrientes que atraviesan el libro. Ecuador incorporó los derechos de la naturaleza a su Constitución en 2008, el Whanganui, en Nueva Zelanda, obtuvo reconocimiento jurídico en 2017, y experiencias semejantes se han extendido posteriormente por distintos lugares del mundo. Macfarlane no presenta estos procesos como una simple innovación técnica del derecho ambiental; para él, lo que está en juego es algo mucho más profundo, pasar de proteger la naturaleza porque resulta útil para las sociedades humanas a reconocer que determinados ecosistemas poseen un valor y unos intereses propios.
Es aquí donde la lectura de Macfarlane adquiere una resonancia especialmente cercana. Mientras leía el libro pensaba en la iniciativa Urdaibai Bada Nor, que propone reconocer a la marisma de Urdaibai como persona jurídica y titular de derechos. La iniciativa pretende impulsar una Iniciativa Legislativa Popular que reconozca expresamente derechos como existir como ecosistema, conservar su integridad ecológica, ser protegido frente a actividades que lo pongan en riesgo, recibir una conservación activa y ser restaurado integralmente cuando resulte dañado. La coincidencia con el universo de Macfarlane resulta particularmente sugerente porque Urdaibai obliga además a ensanchar la pregunta del libro y plantear: ¿está viva una marisma? ¿dónde empieza y dónde termina? La marisma permite comprender algo que atraviesa todo el ensayo, que un ecosistema no es una colección de objetos naturales independientes, sino una comunidad de relaciones. En Urdaibai, el río Oka, las mareas, los sedimentos, los carrizales, las aves migratorias, los encinares, la costa y las poblaciones humanas forman un sistema imposible de comprender adecuadamente si se fragmenta en unidades aisladas.
Reconocer personalidad jurídica a Urdaibai no significa, por supuesto, imaginar ingenuamente que una marisma pueda acudir a los tribunales o expresar por sí misma su voluntad, pero sí crear mecanismos humanos mediante los cuales sus intereses puedan ser representados jurídicamente. Y, sobre todo, supone introducir una modificación decisiva en la pregunta que precede a nuestras actuaciones para, en lugar de preguntarnos únicamente qué podemos hacer con Urdaibai, preguntarnos qué debemos hacer para Urdaibai y qué obligaciones nacen de nuestra pertenencia a esa comunidad ecológica.
Macfarlane no esquiva la extrañeza que provoca hablar de "derechos" de los ríos ni la paradoja de intentar proteger mediante una categoría jurídica humana aquello cuya alteridad precisamente queremos reconocer. Él mismo se pregunta si los Derechos de la Naturaleza pueden convertirse en un sueño excesivamente encantado y reconoce lo difícil que resulta, para quienes hemos sido educadas y educados dentro del racionalismo occidental, imaginar que un río esté vivo en un sentido que exceda la suma de los organismos que contiene.
Esa dificultad, sin embargo, es lo más interesante. Tal vez no sea imprescindible resolver ontológicamente si un río "está vivo" para comprender la transformación moral que produce comportarnos como si su existencia importara por sí misma. Un río no necesita parecerse a una persona para merecer protección, y quizá exista siempre alguna violencia conceptual en traducir la complejidad de un ecosistema al lenguaje humano de la personalidad y los derechos, pero también es cierto que el derecho está lleno de ficciones que utilizamos para hacer visibles determinadas realidades y atribuirles consecuencias. La pregunta relevante es, entonces, si esta nueva ficción jurídica puede ayudarnos a corregir otra ficción mucho más antigua y destructiva: la idea de que la naturaleza es una "cosa" exterior a nuestra existencia y puesta a nuestra entera disposición.
Ahí reside, en último término, la fuerza de este ensayo. Macfarlane no pretende simplemente convencernos de una tesis, intenta modificar nuestra imaginación. Porque antes de cambiar las leyes quizá tengamos que cambiar las palabras, las metáforas y las historias mediante las cuales decidimos qué merece consideración y qué puede ser utilizado sin límite. Y así, después de leer este libro debería resultar más difícil contemplar un río como antes. Porque un río está vivo cuando deja de aparecer ante nuestros ojos como paisaje, recurso o decorado y empezamos a percibirlo como una presencia con la que compartimos mundo. Desde esa perspectiva, reconocer derechos a un río, a una marisma o a un ecosistema como Urdaibai deja de parecer una extravagancia jurídica y se convierte en una pregunta política extraordinariamente concreta: ¿qué cambiaría en nuestra manera de habitar un territorio si aceptáramos que no todo lo que hay en él existe para nosotros y nosotras?
PS: Una nota para la editorial, por si hay nuevas ediciones del libro: "el escritor escocés Nan Sepherd" al que se hace referencia en la página 29 es, en realidad, una escritora, la autora del maravilloso libro La montaña viva. Que conste.

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