Hoy publico en EL CORREO una breve reflexión sobre el fenómeno del rechazo al feminismo entre tantos varones, sobre todo entre los más jóvenes.
Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
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domingo, 16 de marzo de 2025
viernes, 17 de octubre de 2014
Cuando las colegialas se arriesgan
Lo que está ocurriendo en México es terrible, desde hace ya muchos años, pero lo que vamos conociendo tras la matanza de Iguala supera todo lo imaginable. Jóvenes estudiantes tiroteados, secuestrados, torturados, desaparecidos. Fosas comunes llenas de cuerpos sin identificar.
Me pregunto qué haría yo de estar en su misma situación: ¿no me atenazaría el miedo?
Me admira ver los rostros jóvenes de esas muchachas y muchachos que día tras día se lanzan a la calle reclamando la verdad sobre sus 43 compañeros desaparecidos.

Ójala sea cierto, siempre y en todo lugar, en el plomizo 69 italiano como en el siempre turbulento México, lo que escribe Erri de Luca:
¿Y tenía dudas de ser revolucionaria? El grado de ruptura en el interior del orden social de aquel entonces no se medía con personas dispuestas a marcharse a algún frente, sino por ciudadanos como ella que se ponían a sabotear el poder en los lugares más extraños y difíciles. El grado de fiebre de aquella Italia no venía dado por los más acalorados, sino por el pulso de los apacibles, de los pacíficos que colaboraban en las revueltas. Cuando las colegialas se arriesgan, un país está cercano a la incandescencia.
Como ella, la muchacha de la camiseta rosa.
Me pregunto qué haría yo de estar en su misma situación: ¿no me atenazaría el miedo?
Me admira ver los rostros jóvenes de esas muchachas y muchachos que día tras día se lanzan a la calle reclamando la verdad sobre sus 43 compañeros desaparecidos.
Ójala sea cierto, siempre y en todo lugar, en el plomizo 69 italiano como en el siempre turbulento México, lo que escribe Erri de Luca:
¿Y tenía dudas de ser revolucionaria? El grado de ruptura en el interior del orden social de aquel entonces no se medía con personas dispuestas a marcharse a algún frente, sino por ciudadanos como ella que se ponían a sabotear el poder en los lugares más extraños y difíciles. El grado de fiebre de aquella Italia no venía dado por los más acalorados, sino por el pulso de los apacibles, de los pacíficos que colaboraban en las revueltas. Cuando las colegialas se arriesgan, un país está cercano a la incandescencia.
Como ella, la muchacha de la camiseta rosa.
domingo, 9 de diciembre de 2012
Una vida sin ayer
"Pero no puedo por menos de preguntarme qué trabajo les está destinado a nuestros hijos e hijas. ¿Conseguirán de algún modo evitar la rueda de esos empleos falsos que empiezan y terminan, empiezan y terminan, siempre distintos y muy mal pagados, que no forman, que no les comprometen ni a ellos ni a la empresa que los contrata ¿Les bastará sentirse libres sólo de poder pasar de un miserable trabajo temporal de mierda a otro miserable trabajo temoral de mierda, sin aprender nunca nada y llegar a ser, por eso, perfectamente intercambiables, perfectamente sustituibles, mercancía también ellos?
Pero ¿qué vida es ésa?
¿Qué sociedad y qué futuro podrán surgir de una generación entera criada en la barbarie de un remedo de democracia, forzada a perseguir un simulacro de puesto de trabajo?".
Edoardo Nesi continua tirando del hilo que empezó a desenmarañar con su anterior libro, La historia de mi gente, al que ya me he referido en otros comentarios. Si entonces reflexionaba sobre la crisis de la industria textil italiana y su impacto sobre el negocio familiar de su padre, que él mismo codirigió durante quince años, ahora es la generación de sus hijos el objeto de su precupación. Su futuro comprometido e incierto tiene mucho que ver, en la interpretación del toscano Nesi, con la pérdida de un pasado industrioso y productivo hoy laminado por una globalización descontrolada.
Sorprende sin duda la perspectiva de Nesi, narrador de lo pequeño a la vez que pequeño empresario. Sorprende su rechazo del "decrecimiento", o de una manera de entenderlo, al menos. Sorprende también su reivindicación de un "Plan Marshall de las ideas". Al fin y al cabo, es un grito indignado pasado por la experiencia no del resistente antifascista y diplomático, sino del empresario.
Pero me identifico plenamente con su preocupación por "ese despilfarro de juventud, de capacidad, de futuro".
Precisamente el miércoles podíamos leer que la Comisión Europea pide a los Estados que ofrezcan por ley un empleo a los jóvenes en paro [El País]. Y pide hacerlo ya, a lo largo del próximo año, sin demorarse más. Porque la situación es gravísima. El riesgo de la generación pérdida es más que una advertencia.
"Creedme -insiste Nesi-, es imposible llegar a comprender el alcance de la crisis bebiendo de los resúmenes estadisticos globales lanzados a diario por la olla de grillos de los medios de información, que se remontan a la estéril danza de porcentajes de cuya exactitud no se pedirá a nadie que rinda cuentas".
Pero ¿qué vida es ésa?
¿Qué sociedad y qué futuro podrán surgir de una generación entera criada en la barbarie de un remedo de democracia, forzada a perseguir un simulacro de puesto de trabajo?".
[Edoardo Nesi, Una vida sin ayer, Salamandra 2012]
Edoardo Nesi continua tirando del hilo que empezó a desenmarañar con su anterior libro, La historia de mi gente, al que ya me he referido en otros comentarios. Si entonces reflexionaba sobre la crisis de la industria textil italiana y su impacto sobre el negocio familiar de su padre, que él mismo codirigió durante quince años, ahora es la generación de sus hijos el objeto de su precupación. Su futuro comprometido e incierto tiene mucho que ver, en la interpretación del toscano Nesi, con la pérdida de un pasado industrioso y productivo hoy laminado por una globalización descontrolada.
Sorprende sin duda la perspectiva de Nesi, narrador de lo pequeño a la vez que pequeño empresario. Sorprende su rechazo del "decrecimiento", o de una manera de entenderlo, al menos. Sorprende también su reivindicación de un "Plan Marshall de las ideas". Al fin y al cabo, es un grito indignado pasado por la experiencia no del resistente antifascista y diplomático, sino del empresario.
Pero me identifico plenamente con su preocupación por "ese despilfarro de juventud, de capacidad, de futuro".
Precisamente el miércoles podíamos leer que la Comisión Europea pide a los Estados que ofrezcan por ley un empleo a los jóvenes en paro [El País]. Y pide hacerlo ya, a lo largo del próximo año, sin demorarse más. Porque la situación es gravísima. El riesgo de la generación pérdida es más que una advertencia.
"Creedme -insiste Nesi-, es imposible llegar a comprender el alcance de la crisis bebiendo de los resúmenes estadisticos globales lanzados a diario por la olla de grillos de los medios de información, que se remontan a la estéril danza de porcentajes de cuya exactitud no se pedirá a nadie que rinda cuentas".
jueves, 10 de septiembre de 2009
Perder la educación
"La mayoría de los abogados de los siete menores acusados de los disturbios ocurridos el pasado domingo en Pozuelo han recurrido la decisión del juez de Menores, encargado del caso, de que los jóvenes no acudan durante tres meses a fiestas a partir de las 22.00 horas, ya que la consideran desproporcionada" (EL CORREO).
Luis García Montero ha escrito un atinadísimo ensayo titulado Perder la educación, del que extraigo estas líneas:
"Desde los austeros jóvenes krausistas hasta los estudiantes barbudos que conspiraron contra el franquismo en las cafeterías universitarias, ser joven en España tuvo la sobrecarga moral de comprometerse con la dignificación de un país derrotado, que había perdido la educación, y que necesitaba encontrarla para pensar con esperanza en su futuro. En todas las épocas hay de todo: ni en los años sesenta todos los jóvenes eran antifranquistas, ni en los años noventa todos los jóvenes pasaban sus noches de viernes en las plazas del botellón. Pero algunas situaciones se convierten en síntomas de una época, y la irrupción de los botellones en la sacrificada piel de toro venía a representar una mutación antropológica que eximía a la juventud de su sobrecarga [...] No tener sobrecarga de responsabilidad ha provocado de repente un problema de irresponsabilidad".
Excelente diagnóstico de un problema del que los jóvenes de Pozuelo son más consecuencia que causa. Hoy por hoy la causa hay que buscarla más bien en sus progenitores:
"El padre que va al colegio con la impertinencia del consumidor -continua García Montero-, no con la queja del ciudadano, está lejos de pretender colaborar con la educación de su hijo. Sólo intenta imponer de forma rápida una solución adecuada a sus necesidades particulares, para obviar el problema que interrumpe su amoratada comodidad".
Hoy por hoy. Mañana esos mismos jóvenes se habrán convertido en causa de nuevos problemas de irresponsabilidad, cuando quienes ahora recuerdan esa noche como la más divertida del año arropen a sus propios hijos ante cualquier irresponsabilidad.
Luis García Montero ha escrito un atinadísimo ensayo titulado Perder la educación, del que extraigo estas líneas:
"Desde los austeros jóvenes krausistas hasta los estudiantes barbudos que conspiraron contra el franquismo en las cafeterías universitarias, ser joven en España tuvo la sobrecarga moral de comprometerse con la dignificación de un país derrotado, que había perdido la educación, y que necesitaba encontrarla para pensar con esperanza en su futuro. En todas las épocas hay de todo: ni en los años sesenta todos los jóvenes eran antifranquistas, ni en los años noventa todos los jóvenes pasaban sus noches de viernes en las plazas del botellón. Pero algunas situaciones se convierten en síntomas de una época, y la irrupción de los botellones en la sacrificada piel de toro venía a representar una mutación antropológica que eximía a la juventud de su sobrecarga [...] No tener sobrecarga de responsabilidad ha provocado de repente un problema de irresponsabilidad".
Excelente diagnóstico de un problema del que los jóvenes de Pozuelo son más consecuencia que causa. Hoy por hoy la causa hay que buscarla más bien en sus progenitores:
"El padre que va al colegio con la impertinencia del consumidor -continua García Montero-, no con la queja del ciudadano, está lejos de pretender colaborar con la educación de su hijo. Sólo intenta imponer de forma rápida una solución adecuada a sus necesidades particulares, para obviar el problema que interrumpe su amoratada comodidad".
Hoy por hoy. Mañana esos mismos jóvenes se habrán convertido en causa de nuevos problemas de irresponsabilidad, cuando quienes ahora recuerdan esa noche como la más divertida del año arropen a sus propios hijos ante cualquier irresponsabilidad.
domingo, 2 de agosto de 2009
Precariedad laboral, precariedad vital
"Jóvenes, sobradamente preparados, y en paro" (PÚBLICO).
«Sí; caminamos, y el tiempo también camina, hasta que, de pronto, vemos ante nosotros una línea de sombra advirtiéndonos que también habrá que dejar atrás la región de nuestra primera juventud» (Joseph Conrad, La línea de sombra).
Joseph Conrad, el genial autor de obras como Lord Jim, El agente secreto o El corazón de las tinieblas, firma también una narración de fuerte contenido autobiográfico que lleva por título La línea de sombra. En la misma relata las experiencias de su primer mando como oficial en un buque de la marina mercante británica. Esa experiencia supuso para Conrad el momento que marcó su transición de la juventud a la edad adulta, el momento en que atravesó la línea de sombra, “esa región crepuscular que separa la juventud de la madurez”.
En los tiempos en que Conrad escribió sus novelas no era demasiado difícil trazar los límites de esa línea de sombra. Como no lo ha sido a lo largo de todo ese siglo, hasta prácticamente la década de los Noventa. Durante todo ese tiempo el acceso al mercado de trabajo ha sido, como norma, el primer paso por mediación del cual el ciudadano varón de las sociedades industriales se adentraba en esa región crepuscular que separa la juventud de la madurez. Un primer paso casi siempre inexorable, que encadenado a otros pasos –emparejamiento, constitución de hogar independiente, procreación- iba siguiendo un sendero que lo llevaría, finalmente, a ingresar en la edad adulta.
Hoy, por el contrario, se vive en toda su extensión un fenómeno descrito por Alfonso Moncada en 1979 y al que denominó la adolescencia forzosa. Años antes, como recuerda José Luis López Aranguren en La juventud europea y otros ensayos, Julián Marías se refería al mismo fenómeno como a “una anormal prolongación de la etapa juvenil [como consecuencia de que] la independencia económica suficiente para contraer matrimonio o establecerse y vivir por cuenta propia, suele llegar tarde”.
Desde una perspectiva sociológica, la juventud puede ser considerada como un tiempo de espera hasta el ingreso en la edad adulta. En nuestra sociedad, el ingreso en la edad adulta viene señalado por la asunción de una cuádruple responsabilidad: a) productiva, mediante el acceso a un estatus ocupacional, laboral o profesional estable; b) conyugal, mediante la formación de una pareja sexual estable; c) doméstica, mediante la constitución de un domicilio autónomo; y d) parental, mediante la procreación. Estamos hablando, por supuesto, no de la asunción efectiva de estas responsabilidades, sino de la posibilidad real de asumirlas si así se desea. La juventud, entonces, no es sino la duración de un tiempo de espera: el tiempo que transcurre desde la pubertad hasta el momento de poder asumir esas cuatro responsabilidades. De ahí que se considere joven a la persona fisiológicamente madura que no posee todavía ocupación remunerada estable, cónyuge estable, domicilio propio estable..., es decir, que carece de responsabilidades sociales, pero que aspira a tenerlas.
Hay una cuestión que condiciona absolutamente la posibilidad práctica de ese cambio de estatus social que supone el paso de la juventud a la edad adulta: al acceso a un trabajo remunerado estable. Esta es la condición para poder plantearse en libertad la formación de una pareja, la constitución de un hogar independiente o la procreación. Es por ello que puede que para una determinada generación la juventud no termine nunca, pues nunca podrán acceder a un puesto de trabajo estable que les abra las puertas a la asunción libre de responsabilidades sociales: desde esta perspectiva, serán "jóvenes" de 30, 40 años...
Porque lo cierto es que el mercado de trabajo, en la actualidad, no hace sino extender y alargar esa línea de sombra a la que hacíamos referencia. Se crea empleo, sí, pero la temporalidad marca la pauta. No resulta difícil que un joven acceda a un empleo, sí, pero es casi siempre un empleo precario, que de ninguna manera permite sentar las bases económicas que permitan asumir las responsabilidades que la vida adulta conlleva.
jueves, 12 de marzo de 2009
Mutantes (II)

Si esta es la situación, ¿qué hacer? Es comprensible que nuestra primera reacción sea de rechazo, de crítica frontal o hasta de miedo:
"Tal vez sea un momento de ésos. Y esos a los que llamamos bárbaros son una nueva especie, que tiene branquias detrás de las orejas y que ha decidido vivir bajo el agua. Es obvio que nosotros, desde fuera, con nuestros pulmoncitos, tenemos la impresión de que se trata de un Apocalipsis inminente. Donde esa gente puede respirar, nosotros nos morimos. Y cuando vemos a nuestros hijos anhelando el agua, tenemos miedo por ellos, y ciegamente nos lanzamos contra lo que únicamente somos capaces de ver, esto es, la sombra de una horda bárbara que se aproxima. Mientras tanto, los susodichos niños, bajo nuestras alas, respiran ya con dificultad, rascándose por detrás de las orejas, como si ahí hubiera algo que necesitara ser liberado".
Pero el hecho es que todas y todos somos ya, de alguna manera, esos mutantes. “No hay fronteras, creedme –advierte Baricco-, no hay civilización de un lado y del otro bárbaros: existe únicamente el borde de la mutación que va avanzando, y que corre por dentro de nosotros”.
Somos mutantes, todos, algunos más evolucionados, otros menos: "hay quien está un poco retrasado, hay quien no se ha dado cuenta de nada, quien todo lo hace por instinto y quien es consciente, quien hace como que no lo sabe y quien nunca lo va a comprender, quien clava los pies en el suelo y quien corre alocadamente hacia delante. Pero ya estamos ahí, todos nosotros, a punto de emigrar hacia el agua".
Como señala Baricco, “no hay mutación que no sea gobernable”. Pero para gobernar la mutación en curso es preciso “abandonar el paradigma del choque de civilizaciones”, ya que “cada vez que alguien se levanta para denunciar la miseria de cada transformación en concreto, dispensándose del deber de comprenderla, la muralla se yergue, y nuestra ceguera se multiplica con la idolatría de una frontera que no existe, pero que nosotros nos jactamos de defender”.
Los mutantes son lo que ya somos o lo que seremos. No han surgido de la nada, sino de nosotros mismos, de lo que hemos hecho pero también de lo que hemos dejado de hacer. Somos nosotros, unos años más jóvenes.
Tomar conciencia de esta continuidad no significa aceptar acríticamente todo lo que está ocurriendo. “Dicho en términos elementales –concreta Baricco-, creo que se trata de ser capaces de decidir qué hay, en el mundo antiguo, que queramos llevarnos hasta el mundo nuevo. Qué queremos que se mantenga intacto incluso en la incertidumbre de un viaje oscuro. Los lazos que no queremos romper, las raíces que no queremos perder, las palabras que queremos seguir pronunciando y las ideas que no queremos dejar de pensar”.
"Tal vez sea un momento de ésos. Y esos a los que llamamos bárbaros son una nueva especie, que tiene branquias detrás de las orejas y que ha decidido vivir bajo el agua. Es obvio que nosotros, desde fuera, con nuestros pulmoncitos, tenemos la impresión de que se trata de un Apocalipsis inminente. Donde esa gente puede respirar, nosotros nos morimos. Y cuando vemos a nuestros hijos anhelando el agua, tenemos miedo por ellos, y ciegamente nos lanzamos contra lo que únicamente somos capaces de ver, esto es, la sombra de una horda bárbara que se aproxima. Mientras tanto, los susodichos niños, bajo nuestras alas, respiran ya con dificultad, rascándose por detrás de las orejas, como si ahí hubiera algo que necesitara ser liberado".
Pero el hecho es que todas y todos somos ya, de alguna manera, esos mutantes. “No hay fronteras, creedme –advierte Baricco-, no hay civilización de un lado y del otro bárbaros: existe únicamente el borde de la mutación que va avanzando, y que corre por dentro de nosotros”.
Somos mutantes, todos, algunos más evolucionados, otros menos: "hay quien está un poco retrasado, hay quien no se ha dado cuenta de nada, quien todo lo hace por instinto y quien es consciente, quien hace como que no lo sabe y quien nunca lo va a comprender, quien clava los pies en el suelo y quien corre alocadamente hacia delante. Pero ya estamos ahí, todos nosotros, a punto de emigrar hacia el agua".
Como señala Baricco, “no hay mutación que no sea gobernable”. Pero para gobernar la mutación en curso es preciso “abandonar el paradigma del choque de civilizaciones”, ya que “cada vez que alguien se levanta para denunciar la miseria de cada transformación en concreto, dispensándose del deber de comprenderla, la muralla se yergue, y nuestra ceguera se multiplica con la idolatría de una frontera que no existe, pero que nosotros nos jactamos de defender”.
Los mutantes son lo que ya somos o lo que seremos. No han surgido de la nada, sino de nosotros mismos, de lo que hemos hecho pero también de lo que hemos dejado de hacer. Somos nosotros, unos años más jóvenes.
Tomar conciencia de esta continuidad no significa aceptar acríticamente todo lo que está ocurriendo. “Dicho en términos elementales –concreta Baricco-, creo que se trata de ser capaces de decidir qué hay, en el mundo antiguo, que queramos llevarnos hasta el mundo nuevo. Qué queremos que se mantenga intacto incluso en la incertidumbre de un viaje oscuro. Los lazos que no queremos romper, las raíces que no queremos perder, las palabras que queremos seguir pronunciando y las ideas que no queremos dejar de pensar”.
Mutantes (I)

“Me gustaría mirar esas branquias de cerca. Y estudiar a ese animal que se está alejando de la tierra, y que se está convirtiendo en pez […] Me gustaría estudiar a los mutantes con branquias para ver, reflejada en ellos, el agua con la que sueñan y que están buscando ” [Alessandro Baricco].
El escritor italiano Alessandro Baricco, sobradamente conocido por su maravilloso relato Seda, es también el autor de un provocador ensayo que ha titulado Los bárbaros (Anagrama, 2008) en el que trata de dar cuenta de la mutación que, en su opinión, se está produciendo en nuestras sociedades:
"Si tuviera que resumirlo, diría lo siguiente: todo el mundo percibe, en el ambiente, un incomprensible Apocalipsis inminente; y, por todas partes, esta voz que corre: los bárbaros están llegando. Veo mentes refinadas escrutar la llegada de la invasión con los ojos clavados en el horizonte de la televisión. Profesores competentes, desde sus cátedras, miden en los silencios de sus alumnos las ruinas que ha dejado a su paso una horda que, de hecho, nadie ha logrado, sin embargo, ver. Y alrededor de lo que se escribe o se imagina aletea la mirada perdida de exégetas que, apesadumbrados, hablan de una tierra saqueada por depredadores sin cultura y sin historia".
Estos “depredadores sin cultura y sin historia” sustituyen la cultura de calidad para sustituirla por otra al servicio del consumo y del comercio, una cultura caracterizada por la simplificación, la rapidez, la espectacularidad; habitan en Internet y respiran “con las branquias de Google”; prefieren la velocidad a la profundidad; el Facebook a la relación face to face; acumular experiencias por la vía del multitasking:
"El nombre se lo han dado los americanos: en su acepción más amplia define el fenómeno por el que vuestro hijo, jugando con la Game Boy, come una tortilla, llama por teléfono a su abuela, sigue los dibujos en la televisión, acaricia al perro con un pie y silba la melodía de Vodafone. Unos años más y se transformará en esto: hace los deberes mientras chatea en el ordenador, escucha el iPod, manda sms, busca en Google la dirección de una pizzería y juguetea con una pelotita de goma".
“Habitar cuantas zonas sea posible con una atención bastante baja”, en definitiva. Porque el movimiento mismo se convierte en un valor fundamental. El hábitat de estos desconcertantes mutantes que percibimos como bárbaros es un sistema de paso, es un mundo donde surfear:
"La superficie en vez de la profundidad, la velocidad en vez de la reflexión, las secuencias en vez del análisis, el surf en vez de la profundización, la comunicación en vez de la expresión, el multitasking en vez de la especialización, el placer en vez del esfuerzo. Un desmantelamiento sistemático de todas las herramientas mentales que heredamos de la cultura decimonónica, romántica y burguesa".
Estos son los bárbaros a los que se refiere Baricco. Algo distinto del “normal duelo entre generaciones, los viejos que se resisten a la invasión de los más jóvenes, el poder constituido que defiende sus posiciones acusando de bárbaros a las fuerzas emergentes, y todas esas cosas que siempre han ocurrido y que ya hemos visto mil veces”. Estos nuevos bárbaros no pretenden controlar los puntos estratégicos del mapa, sino cambiar ese mapa. Baricco relaciona la situación a la que hoy nos enfrentamos con otros momentos de nuestra historia: “Debió de suceder esto mismo en aquellos benditos años en que, por ejemplo, nació la Ilustración, o en los días en que el mundo entero se descubrió, de repente, romántico. No se trataba de movimientos de tropas ni tampoco de hijos que asesinaran a sus padres. Eran mutantes que sustituían un paisaje por otro, y que allí fundaban su hábitat”.
“Mutantes que sustituían un paisaje por otro, y que allí fundaban su hábitat”. Es una caracterización que a su elegancia expositiva une una profunda intuición que enlaza con una de las perspectivas analíticas de la sociedad actual más sugerentes: me refiero a la idea de la modernidad líquida propuesta y desarrollada por Zygmunt Bauman: los sólidos conservan su forma y persisten en el tiempo: duran, mientras que los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen; vivimos en la era del cambio y del movimiento perpetuo.
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