Tana French
No hay lugar seguro
Traducción de Gemma Deza Guil
RBA Libro, 2014
"- Te lo dije desde el principio: esas cosas no suceden porque sí. Todas esas patrañas que los familiares cuentan en los medios de comunicación, todos esos 'No puedo creer que lo hiciera, era un excursionista entusiasta, jamás había hecho nada malo en su vida, eran la pareja más feliz del mundo', no son más que bazofia. cada vez, cada puñetera vez, resulta que, en efecto, el tipo era un excursionista, pero con una larguísima lista de antecedentes; nunca había hecho nada malo, salvo por la insignificante costumbre de aterrorizar a su mujer, o eran la pareja más feliz del mundo, de no ser por el detalle de que el tipo se estaba tirando a la hermana de su esposa. Y no tenemos ningún indicio, ni uno solo, de que nada de eso pueda aplicarse a Pat. Fuiste tú quien dijo que los Spain habían hecho cuanto estaba en sus manos. Pat lo intentaba. Era uno de los buenos.
- Los tipos buenos también se desmoronan -dijo Richie sin moverse.
- Rara vez. Muy, muy rara vez. Y hay un motivo para que así sea. Es porque los tipos buenos cuentan con pilares que los mantienen en su sitio cuando las cosas se ponen feas. Tienen empleos, familias, responsabilidades. han acatado las reglas durante toda su vida. Estoy seguro de que todo eso no te parece en absoluto emocionante, pero el hecho es que funciona. Y, cada día, evita que algunas personas traspasen esa línea".
Una urbanización costera, Brianstown, publicitada como un paraíso para familias de clase media condenada al abandono y la decrepitud tras el estallido de la burbuja inmobiliaria.Una joven familia residente en Brianstown masacrada en su casa, que aparece llena de extraños objetos y con las paredes agujereadas. Un merodeador se ha aposentado en uno de los edificios deshabitados... Las sospechas se multiplican, pero la investigación no acaba de dar frutos.
Como un palimpsesto trágico, Brianstown ha sido construida en los terrenos conocidos como Broken Harbour, un lugar al que el atrormentado detective Mick Kennedy, responsable de la investigación, pasaba los veranos cuando era niño, y donde su vida sufrió un vuelco que la trastocó para siempre.
La trama criminal se superpone a otra de carácter, digamos, sociológico. ¿Qué ocurre cuando la existencia de una familia trabajadora, convencida de que su destino sólo puede ser experimentar la movilidad social ascendente, se ve ve sacudida por la crisis económica y el desempleo?
Y en el fondo, la profunda discrepancia que separa y enfrenta a Kennedy y a Richie Curran, el investigador novato que le han adjudicado como compañero: ¿están las buenas personas generalmente a salvo de sufrir graves actos de violencia criminal? ¿Es verdad, como sostiene Kennedy, que "la mayoría de las víctimas andaban buscando exactamente lo que han encontrado"? ¿Cómo podría aplicarse esta supuesta verdad a una familia como los Spain, gente que, como se empeña en subrayar Richie Curran, "lo intentaba", "se esforzaba", que hacía enormes esfuerzos por sobreponerse a las dificultades económicas que atravesaban?
"Necesitamos líneas rectas para sentirnos seguros, necesitamos paredes: construimos sólidos bloques de hormigón, señales viales y abigarrados horizontes urbanos porque los necesitamos".
Pero no hay lugar seguro...
Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
lunes, 21 de octubre de 2019
domingo, 20 de octubre de 2019
¡Ay Nicaragua, Nicaragüita!
Sergio Ramírez
Adiós muchachos. Una memoria de la revolución sandinista
Debolsillo, 2018 [Alfaguara, 1999]
Este es un libro cuya lectura vengo retrasando desde hace varios años. Tal vez para no estropear (más) un recuerdo, mejor, una emoción que me ha acompañado cuatro décadas.
Nicaragua ha sido la revolución de mi generación. De quienes éramos demasiado pequeños cuando Cuba, de quienes ya éramos demasiado viejos para cuando el zapatismo. A mi me pilló cuando recién cumplía 18 años. Ya conocía la poesía de Ernesto Cardenal y su Evangelio en Solentiname. Carlos Mejía Godoy y Los de Palacagüina cantaban "Son tus perjúmenes mujer" y "Clodomiro el ñajo". Y entonces ocurrió: el 19 de julio de 1979 triunfó la revolución sandinista. Hubo alguna persona de mi entorno universitario que en los meses siguientes hicieron la mochila y se fueron para allá. Yo sólo escribí (a máquina, cuando aquello no había ordenadores personales) un largo poema (es un decir), acaso inspirado por Cardenal, titulado "El día que el sol se hizo más grande" que terminaba así:
"Qué difícil debe ser para ustedes ser la esperanza de los demás", cuenta Sergio Ramírez que le dijo Bruno Kreisky, canciller federal de Austria. Y eso es lo que fue (y en gran parte) sigue siendo aquella revolución sandinista guiada por la regla de "vivir como los santos", acuñada por el sacerdote, poeta y guerrillero Leonel Rugama (1949-1970):
Y que, en efecto, generó comportamientos no sólo heroícos, sino directamente sobrehumanos, como el que relata el comandante Tomás Borge, responsable del ministerio del interior en el periodo revolucionario, en el libro La revolución combate contra la teología de la muerte (Desclée de Brouwer, Bilbao 1983):
"Recuerdo que hace algunos días capturaron al asesino de mi esposa. Cuando aquel hombre me vio (habían torturado salvajemente a aquella mujer, le habían violado, le habían arrancado las uñas), él pensó quién sabe qué, que le iba a matar, o que le iba a golpear por lo menos, y se quedó absolutamente asombrado cuando nosotros llegamos donde él y lo tratamos como un ser humano. No lo entendía, ni lo puede entender todavía, y creo que tal vez no lo va a entender jamás. Alguna vez dijimos: 'nuestra venganza hacia nuestros enemigos es el perdón, es la mejor de las venganzas'".
Claro que no todo fue épica, entrega, acierto. Ramírez cuenta que cuando Olof Palme visitó Nicaragua en 1983 ya les advirtió: "Cuídense, se están alejando del pueblo". Dos años antes el gobierno del FSLN abrió un escenario de conflicto con los indígenas miskitos, sumos y ramas de la costa del Caribe, a quienes desde el "paternalismo ideológico" se quiso integrar "de la noche a la mañana a la revolución y sus valores, a la vida moderna", sin conocer nada de sus culturas, creencias y formas de organización social. También chocaron con las comunidades campesinas, a las que pretendieron imponer un régimen de tenencia de la tierra basado en un cooperativismo ajeno a sus aspiraciones.
Claro que la agresión de la CIA de Reagan y la guerra de la contra afectaron gravemente a la evolución de la revolución. Pero el libro de Sergio Ramírez refleja especialmente las dificultades que supone transitar desde un proyecto revolucionario -"La emoción de sentirse comprometido en una empresa de cambio, hasta el final. Y hasta el final quería decir: o todo o nada"- hasta un proceso de nueva institucionalidad democrática:
"Era como entrar en las páginas de la novela El Señor de las Moscas, de William Golding. Muchachos entrenados en los rudimentos de las ideas marxistas habían asumido puestos de responsabilidad partidaria en las áreas rurales, que no conocían porque venían de las ciudades del Pacífico, y medían la conducta de la gente sencilla bajo esquelas ideológicos aprendidos en los manuales".
Se cometieron errores, muchos y graves, también en el terreno económico: "¿Hubiéramos creado prosperidad sin una guerra de agresión? [...] Pienso que aun sin guerra, las sustancias filosóficas del modelo que buscábamos aplicar habrían conducido de todos modos a un colapso económico, a no ser por una evolución pacífica del sistema hacia una economía mixta real, lo que a su vez hubiera demandado una mayor apertura política".
Así y todo, se pudo:
"Se pudo, habíamos llegado, el mundo iba a ser volteado al revés, el sueño de Sandino se vería cumplido, no más sumisión a los yankis, se acababa la explotación, los bienes de los Somoza iban a ser del pueblo, la tierra de los campesinos, los niños serían vacunados, todo el mundo aprendería a leer, los cuarteles se convertirían en escuelas, comenzaba una revolución sin fin, la retórica calzaba con la realidad porque las palabras eran carne y hueso con la verdad de los deseos sin que ningún cálculo pudiera intermediarlos".
No se pudo todo, no se pudo para siempre, pero se pudo. Desde el compromiso con la revolución, el libro de Sergio Ramírez es una importante contribución al conocimiento de un acontecimiento histórico fundamental, que no deberíamos permitir que se olvide o distorsione.
Adiós muchachos. Una memoria de la revolución sandinista
Debolsillo, 2018 [Alfaguara, 1999]
"Y los nombres de todos esos muchachos de distintas épocas y etapas de la lucha han sido borrados del lugar que tenían en los frontispicios de las escuelas, de los edificios públicos, hospitales, clínicas, mercados, y quitados de los barrios, parques y calles, porque los olvidados, porque los olvidos del tiempo y las flaquezas de la memoria, y el desamparo ético, han dejado libre hoy día a la mano oficial y vengativa, que queriendo restaurar los valores del pasado se ensaña en los muertos que quiesieron cambiar ese mismo pasado".
Este es un libro cuya lectura vengo retrasando desde hace varios años. Tal vez para no estropear (más) un recuerdo, mejor, una emoción que me ha acompañado cuatro décadas.
Nicaragua ha sido la revolución de mi generación. De quienes éramos demasiado pequeños cuando Cuba, de quienes ya éramos demasiado viejos para cuando el zapatismo. A mi me pilló cuando recién cumplía 18 años. Ya conocía la poesía de Ernesto Cardenal y su Evangelio en Solentiname. Carlos Mejía Godoy y Los de Palacagüina cantaban "Son tus perjúmenes mujer" y "Clodomiro el ñajo". Y entonces ocurrió: el 19 de julio de 1979 triunfó la revolución sandinista. Hubo alguna persona de mi entorno universitario que en los meses siguientes hicieron la mochila y se fueron para allá. Yo sólo escribí (a máquina, cuando aquello no había ordenadores personales) un largo poema (es un decir), acaso inspirado por Cardenal, titulado "El día que el sol se hizo más grande" que terminaba así:
Y el coronel H.P. Hale
llegó por fin al piso ochenta y seis
sin resuello
desplomándose en la alfombra como un héroe;
misión cumplida
dicen
que Somoza ha caído
¿saben algo?
y en el piso ochenta y seis alguien le dijo
sí cabrón
¿acaso no escuchaste al presidente?
"Qué difícil debe ser para ustedes ser la esperanza de los demás", cuenta Sergio Ramírez que le dijo Bruno Kreisky, canciller federal de Austria. Y eso es lo que fue (y en gran parte) sigue siendo aquella revolución sandinista guiada por la regla de "vivir como los santos", acuñada por el sacerdote, poeta y guerrillero Leonel Rugama (1949-1970):
"¡Ya platicamos!
AHORA VAMOS A VIVIR COMO LOS SANTOS".
Y que, en efecto, generó comportamientos no sólo heroícos, sino directamente sobrehumanos, como el que relata el comandante Tomás Borge, responsable del ministerio del interior en el periodo revolucionario, en el libro La revolución combate contra la teología de la muerte (Desclée de Brouwer, Bilbao 1983):
"Recuerdo que hace algunos días capturaron al asesino de mi esposa. Cuando aquel hombre me vio (habían torturado salvajemente a aquella mujer, le habían violado, le habían arrancado las uñas), él pensó quién sabe qué, que le iba a matar, o que le iba a golpear por lo menos, y se quedó absolutamente asombrado cuando nosotros llegamos donde él y lo tratamos como un ser humano. No lo entendía, ni lo puede entender todavía, y creo que tal vez no lo va a entender jamás. Alguna vez dijimos: 'nuestra venganza hacia nuestros enemigos es el perdón, es la mejor de las venganzas'".
Claro que no todo fue épica, entrega, acierto. Ramírez cuenta que cuando Olof Palme visitó Nicaragua en 1983 ya les advirtió: "Cuídense, se están alejando del pueblo". Dos años antes el gobierno del FSLN abrió un escenario de conflicto con los indígenas miskitos, sumos y ramas de la costa del Caribe, a quienes desde el "paternalismo ideológico" se quiso integrar "de la noche a la mañana a la revolución y sus valores, a la vida moderna", sin conocer nada de sus culturas, creencias y formas de organización social. También chocaron con las comunidades campesinas, a las que pretendieron imponer un régimen de tenencia de la tierra basado en un cooperativismo ajeno a sus aspiraciones.
Claro que la agresión de la CIA de Reagan y la guerra de la contra afectaron gravemente a la evolución de la revolución. Pero el libro de Sergio Ramírez refleja especialmente las dificultades que supone transitar desde un proyecto revolucionario -"La emoción de sentirse comprometido en una empresa de cambio, hasta el final. Y hasta el final quería decir: o todo o nada"- hasta un proceso de nueva institucionalidad democrática:
"Era como entrar en las páginas de la novela El Señor de las Moscas, de William Golding. Muchachos entrenados en los rudimentos de las ideas marxistas habían asumido puestos de responsabilidad partidaria en las áreas rurales, que no conocían porque venían de las ciudades del Pacífico, y medían la conducta de la gente sencilla bajo esquelas ideológicos aprendidos en los manuales".
Se cometieron errores, muchos y graves, también en el terreno económico: "¿Hubiéramos creado prosperidad sin una guerra de agresión? [...] Pienso que aun sin guerra, las sustancias filosóficas del modelo que buscábamos aplicar habrían conducido de todos modos a un colapso económico, a no ser por una evolución pacífica del sistema hacia una economía mixta real, lo que a su vez hubiera demandado una mayor apertura política".
Así y todo, se pudo:
"Se pudo, habíamos llegado, el mundo iba a ser volteado al revés, el sueño de Sandino se vería cumplido, no más sumisión a los yankis, se acababa la explotación, los bienes de los Somoza iban a ser del pueblo, la tierra de los campesinos, los niños serían vacunados, todo el mundo aprendería a leer, los cuarteles se convertirían en escuelas, comenzaba una revolución sin fin, la retórica calzaba con la realidad porque las palabras eran carne y hueso con la verdad de los deseos sin que ningún cálculo pudiera intermediarlos".
No se pudo todo, no se pudo para siempre, pero se pudo. Desde el compromiso con la revolución, el libro de Sergio Ramírez es una importante contribución al conocimiento de un acontecimiento histórico fundamental, que no deberíamos permitir que se olvide o distorsione.
viernes, 18 de octubre de 2019
Laëtitia o el fin de los hombres
Ivan Jablonka
Laëtitia o el fin de los hombres
Traducción de Agustina Blanco
Anagrama, 2017
Laëtitia Perrais tenía dieciocho años el 18 de enero de 2011, cuando fue violada, asesinada y descuartizada por Tony Meilhon, un vecino condenado en trece ocasiones por delitos graves. Cuando, dos días después, la policía detuvo al asesino, este se negó a confesar dónde había ocultado el cadáver, que tardó semanas en ser encontrado.
El brutal crimen conmocionó a Francia, se convirtió en un acontecimiento mediático y acabó politizándose cuando Nicolas Sarkozy, en aquel entonces presidente de la República, cuestionó publicamente al sistema judicial al considerar que este había fallado en su misión de controlar a un sujeto altamente peligroso.
Historiador y sociólogo, Jablonka reconstruye meticulosamente todos los hechos y sus relaciones. Se entrevista con familiares y amistades de Laëtitia, con los policías que investigaron el caso, con quienes tuvieron la responsabilidad de juzgarlo, con periodistas y personal de los servicios sociales. El resultado es un minucioso relato en torno a un dramático suceso que el autor aborda como un "objeto de historia":
"El caso Laëtitia oculta una profundidad humana y cierto estado de la sociedad: familias desestructuradas, sufrimientos infantiles mudos, jóvenes que ingresan demasiado pronto en la vida activa, y también el país a comienzos del siglo XXI, la Francia de la pobreza, de las zonas periféricas, de las desigualdades sociales. [...] Un mundo donde se insulta, se acosa, se golpea, se viola y se mata a las mujeres. Un mundo donde las mujeres no terminan de ser sujetos de pleno derecho. Un mundo donde las víctimas responden a la saña y a los golpes mediante un silencio resignado. Un fenómeno a puertas cerradas, tras el cual siempre mueren las mismas".
Es también una reflexión sobre las "masculinidades descarriadas en el siglo XXI, tiranías de machos, paternidades deformadas, el patriarcado que no termina de morir".
Pero, sobre todo, Jablonka quiere rescatar a Laëtitia de su reducción a víctima, lo que sería el último triunfo del asesino. Su objetico es "Devolver a Laëtitia su dignidad". Jablonka destaca el trabajo que, con este mismo objetivo, desarrollaron policías y jueces implicados en la investigación del asesinato de la joven. Por el contrario, el autor desvela y denuncia el "criminopopulismo", la utilización política y mediática del crimen protagonizada por políticos como Sarkozy.
El resultado es un libro único: en parte crónica periodística, en parte informe sociológico; sería un thriller angustioso si no fuera porque todo su contenido es absolutamente real. Porque Laëtitia era una joven real, de carne y hueso, con una infancia y una adolescencia terribles que, sin embargo, había conseguido llegar a su mayoría de edad convertida en una mujer joven con proyectos de futuro, con la ilusión de construirse una vida distinta de aquella que había sufrido durante tantos años. Una ilusión tristemente quebrada por la violencia machista.
Hay que agradecer a Jablonka su voluntad de afirmar plenamente la dignidad de Laëtitia que, pese a todo, pese a las circunstancias que concurrieron en sus últimas horas de vida, "al final [...] dijo no":
"Dijo que no, con una voz clara y fuerte, sin titubear, sin temblar. Y eso le costó la vida. Murió como una mujer libre".
No ha sido hasta hoy mismo, una vez terminado el libro y cuando me disponía a escribir estas líneas, que me he decidido a buscar en internet una imagen de Laëtitia. De esa joven mujer libre "ejecutada por ser mujer, porque había en ella una mujer a la que someter, a la que destruir". Me provoca un profundo dolor contemplar su imagen. Contra su injusto destino se indigna todo mi ser.
Laëtitia o el fin de los hombres
Traducción de Agustina Blanco
Anagrama, 2017
En la vida de Laëtitia hay tres injusticias: su infancia, entre un padre violento y un padre de acogida abusador; su muerte atroz a los dieciocho años; su metamorfosis en suceso, es decir, en espectáculo de muerte. Las dos primeras injusticias me dejan en un estado de impotencia y desolación. Contra la tercera, se indigna todo mi ser.
Laëtitia Perrais tenía dieciocho años el 18 de enero de 2011, cuando fue violada, asesinada y descuartizada por Tony Meilhon, un vecino condenado en trece ocasiones por delitos graves. Cuando, dos días después, la policía detuvo al asesino, este se negó a confesar dónde había ocultado el cadáver, que tardó semanas en ser encontrado.
El brutal crimen conmocionó a Francia, se convirtió en un acontecimiento mediático y acabó politizándose cuando Nicolas Sarkozy, en aquel entonces presidente de la República, cuestionó publicamente al sistema judicial al considerar que este había fallado en su misión de controlar a un sujeto altamente peligroso.
Historiador y sociólogo, Jablonka reconstruye meticulosamente todos los hechos y sus relaciones. Se entrevista con familiares y amistades de Laëtitia, con los policías que investigaron el caso, con quienes tuvieron la responsabilidad de juzgarlo, con periodistas y personal de los servicios sociales. El resultado es un minucioso relato en torno a un dramático suceso que el autor aborda como un "objeto de historia":
"El caso Laëtitia oculta una profundidad humana y cierto estado de la sociedad: familias desestructuradas, sufrimientos infantiles mudos, jóvenes que ingresan demasiado pronto en la vida activa, y también el país a comienzos del siglo XXI, la Francia de la pobreza, de las zonas periféricas, de las desigualdades sociales. [...] Un mundo donde se insulta, se acosa, se golpea, se viola y se mata a las mujeres. Un mundo donde las mujeres no terminan de ser sujetos de pleno derecho. Un mundo donde las víctimas responden a la saña y a los golpes mediante un silencio resignado. Un fenómeno a puertas cerradas, tras el cual siempre mueren las mismas".
Es también una reflexión sobre las "masculinidades descarriadas en el siglo XXI, tiranías de machos, paternidades deformadas, el patriarcado que no termina de morir".
Pero, sobre todo, Jablonka quiere rescatar a Laëtitia de su reducción a víctima, lo que sería el último triunfo del asesino. Su objetico es "Devolver a Laëtitia su dignidad". Jablonka destaca el trabajo que, con este mismo objetivo, desarrollaron policías y jueces implicados en la investigación del asesinato de la joven. Por el contrario, el autor desvela y denuncia el "criminopopulismo", la utilización política y mediática del crimen protagonizada por políticos como Sarkozy.
El resultado es un libro único: en parte crónica periodística, en parte informe sociológico; sería un thriller angustioso si no fuera porque todo su contenido es absolutamente real. Porque Laëtitia era una joven real, de carne y hueso, con una infancia y una adolescencia terribles que, sin embargo, había conseguido llegar a su mayoría de edad convertida en una mujer joven con proyectos de futuro, con la ilusión de construirse una vida distinta de aquella que había sufrido durante tantos años. Una ilusión tristemente quebrada por la violencia machista.
Hay que agradecer a Jablonka su voluntad de afirmar plenamente la dignidad de Laëtitia que, pese a todo, pese a las circunstancias que concurrieron en sus últimas horas de vida, "al final [...] dijo no":
"Dijo que no, con una voz clara y fuerte, sin titubear, sin temblar. Y eso le costó la vida. Murió como una mujer libre".
No ha sido hasta hoy mismo, una vez terminado el libro y cuando me disponía a escribir estas líneas, que me he decidido a buscar en internet una imagen de Laëtitia. De esa joven mujer libre "ejecutada por ser mujer, porque había en ella una mujer a la que someter, a la que destruir". Me provoca un profundo dolor contemplar su imagen. Contra su injusto destino se indigna todo mi ser.
domingo, 13 de octubre de 2019
Ética y superpoderes
Travis Smith
Ética y super-poderes
Traducción de Maia Figueroa Evans
Planeta, 2019
El universo Marvel nunca me ha enganchado. Ni antaño, en su versión cómic (he sido más de Astérix y de Tintín) ni ahora, en su versión cinematográfica. En general, me aburre. No creo que sea por su marcado norteamericanismo, ya que la literatura y la poesía de ese país me encantan. Tampoco por su carácter fantasioso, pues la ciencia ficción y la literatura fantástica (desde Tolkien a George R. R. Martin) son dos de mis géneros favoritos.
En todo caso, reconozco que los numerosísimos superhéroes y superheroínas de Marvel, junto con sus innumerables adversarios, constituyen una especie de panteón pop, una versión moderna y popular del Olimpo.
El interés de este libro estriba, precisamente, en recurrir a este universo fantástico para reflexionar sobre la posibilidad de que diez de estos superhérones encarnen algunos dilemas éticos, de manera que puedan ser considerados "modelos dignos de admirar e imitar [...] en el contexto político y social de hoy en día". Todos varones y blancos, como es el universo Marvel original, a pesar de que "en los últimos tiempos ha habido personajes que han ganado popularidad porque queremos ver a mujeres y a personas racializadas ejercer el poder".
Los personajes escogidos son Hulk y Lobezno, Iron Man y Linterna Verde, Batman y Spiderman, Capitán América y Míster Fantástico, Thor y Superman, confrontados dos a dos en la medida en que cada pareja encarna poderes, valores y actitudes distintas relacionadas con la fuerza bruta y la capacidad de ejercer la violencia, el poder de la tecnología, el compromiso con la ciudad en la que se habita, la elección entre vida activa y vida reflexiva, o la condición divina, sobrenatural.
Tras la evaluación de sus respectivas capacidades y actitudes, de sus poderes y comportamientos, sólo puede quedar uno como modelo ético. Y el ganador es... No estoy muy de acuerdo con la respuesta que da el autor. Tal vez porque también el libro es muy norteamericano. Yo hubiera elegido a otro.
Sea como sea, el libro ofrece algunas reflexiones de interés para quienes se interesen por la formación en ética cívica, elaboradas a partir de un material que a casi ninguna persona joven le resulta ajeno, especialmente a partir de su conversión en blockbusters. Contribuciones útiles para pensar el tiempo que vivimos, y el que viene.
Hoy en día, hay gente con la esperanza de salvar el mundo a través de transformaciones tecnológicas cuyo resultado no es la salvación de la humanidad, sino su erradicación mediante una transformación o sustitución que se disfraza de remedio para los problemas de la concición humana. Otros opinan que se puede salvar el mundo con una transformación política, como si pudiéramos conseguir que todo el mundo fuese bueno con solo enderezar el sistema. [...]
Las historias de superhéroes me han enseñado varias cosas. En primer lugar, si un científico promete la paz y la felicidad para toda la humanidad mediante la aplicación de la tecnología, significa que es el malo. En segundo lugar, el gobierno global es para los supervillanos.
Ética y super-poderes
Traducción de Maia Figueroa Evans
Planeta, 2019
Este libro se sustenta en la premisa de que no son los superpoderes lo que convierte a los superhéroes en seres superiores, sino que es su naturaleza extraordinaria y sus cualidades inherentes las que les confieren su heroicidad y los convierten en dignos de alabanza.
El universo Marvel nunca me ha enganchado. Ni antaño, en su versión cómic (he sido más de Astérix y de Tintín) ni ahora, en su versión cinematográfica. En general, me aburre. No creo que sea por su marcado norteamericanismo, ya que la literatura y la poesía de ese país me encantan. Tampoco por su carácter fantasioso, pues la ciencia ficción y la literatura fantástica (desde Tolkien a George R. R. Martin) son dos de mis géneros favoritos.
En todo caso, reconozco que los numerosísimos superhéroes y superheroínas de Marvel, junto con sus innumerables adversarios, constituyen una especie de panteón pop, una versión moderna y popular del Olimpo.
El interés de este libro estriba, precisamente, en recurrir a este universo fantástico para reflexionar sobre la posibilidad de que diez de estos superhérones encarnen algunos dilemas éticos, de manera que puedan ser considerados "modelos dignos de admirar e imitar [...] en el contexto político y social de hoy en día". Todos varones y blancos, como es el universo Marvel original, a pesar de que "en los últimos tiempos ha habido personajes que han ganado popularidad porque queremos ver a mujeres y a personas racializadas ejercer el poder".
Los personajes escogidos son Hulk y Lobezno, Iron Man y Linterna Verde, Batman y Spiderman, Capitán América y Míster Fantástico, Thor y Superman, confrontados dos a dos en la medida en que cada pareja encarna poderes, valores y actitudes distintas relacionadas con la fuerza bruta y la capacidad de ejercer la violencia, el poder de la tecnología, el compromiso con la ciudad en la que se habita, la elección entre vida activa y vida reflexiva, o la condición divina, sobrenatural.
Tras la evaluación de sus respectivas capacidades y actitudes, de sus poderes y comportamientos, sólo puede quedar uno como modelo ético. Y el ganador es... No estoy muy de acuerdo con la respuesta que da el autor. Tal vez porque también el libro es muy norteamericano. Yo hubiera elegido a otro.
Sea como sea, el libro ofrece algunas reflexiones de interés para quienes se interesen por la formación en ética cívica, elaboradas a partir de un material que a casi ninguna persona joven le resulta ajeno, especialmente a partir de su conversión en blockbusters. Contribuciones útiles para pensar el tiempo que vivimos, y el que viene.
Hoy en día, hay gente con la esperanza de salvar el mundo a través de transformaciones tecnológicas cuyo resultado no es la salvación de la humanidad, sino su erradicación mediante una transformación o sustitución que se disfraza de remedio para los problemas de la concición humana. Otros opinan que se puede salvar el mundo con una transformación política, como si pudiéramos conseguir que todo el mundo fuese bueno con solo enderezar el sistema. [...]
Las historias de superhéroes me han enseñado varias cosas. En primer lugar, si un científico promete la paz y la felicidad para toda la humanidad mediante la aplicación de la tecnología, significa que es el malo. En segundo lugar, el gobierno global es para los supervillanos.
viernes, 11 de octubre de 2019
Dónde aterrizar
Bruno Latour
En las condiciones del nuevo régimen climático el planeta se muestra demasiado limitado para el proyecto globalista y demasiado grande y complejo para poder organizarse a partir de las fronteras estrechas de cualquier localidad. Entre lo Global y lo Local surge "lo Terrestre como nuevo actor político". Y su expresión social y política, la ecología, que "no es el nombre de un partido, ni siquiera el de un tipo de preocupación, sino el de una llamada a cambiar de dirección: significa encaminarse hacia lo Terrestre".
Digamos, dramatizando hasta la extravagancia, que es un conflicto entre los humanos modernos, que se creen solos en el Holoceno, huyendo hacia lo Global o en éxodo hacia lo Local, y los terrestres, que se saben en el Antropoceno y que buscan habitar con otros terrestres bajo la autoridad de una potencia aún sin institución política afirmada.
Latour finaliza su reflexión reivindicando Europa como el lugar donde quiere "tomar tierra":
Si la primera Europa Unida se hizo por abajo -el carbón, el hierro y el acero-, la segunda se hará también por abajo, la humilde materia de un suelo un poco duradero. Si la primera Europa Unida se hizo para dar una casa común a los millones de personas desplazadas, como se decía al final de la última guerra, entonces la segunda se hará también por y para las personas desplazadas de hoy. Europa no tiene sentido si no vuelve sobre los abismos abiertos por la modernización. Este es el mejor sentido que puede dársele a la idea de modernización reflexiva.
Dónde aterrizar
Traducción de Pablo Cuartas
Taurus, Barcelona 2019
Traducción de Pablo Cuartas
Taurus, Barcelona 2019
Todo parece indicar que una buena parte de las clases dirigentes (lo que hoy se llama, de forma muy imprecisa, las «élites») ha llegado a la conclusión de que ya no hay suficiente espacio en la tierra para ellas y para el resto de sus habitantes. Por consiguiente, las élites han terminado por considerar inútil la idea de que la historia se dirige a un horizonte común donde «todos los hombres» podremos prosperar de igual manera. Desde los años ochenta, las clases dirigentes ya no pretenden dirigir, sino ponerse a salvo fuera del mundo.
Considera Latour que la irrupción de Trump, cual elefante en cacharrería, en el centro de mando de la mayor potencia mundial, nos obliga a mirar sin autoengaños lo que significa habitar en un «nuevo régimen climático» cuya consecuencia más radical es el agotamiento tanto del proyecto globalista como de su antagonista, el retorno al Estado-nación.
Cuando en vísperas de asistir a la Cumbre de Río de 1992 Bush padre quiso tranquilizar a la sociedad estadounidense diciendo «¡Nuestro modo de vida no es negociable!», casi pasó desapercibido. Cuando Trump se retiró del acuerdo de París sobre el clima el 1 de junio de 2017, quedó patente la falacia criminal del aislacionismo nacional, aunque esa nación sea EE.UU., cuando nos enfrentamos a la emergencia climática.
"Para dar seguridad -señala Latour- habría que realizar dos movimientos complementarios que la modernización había vuelto contradictorios; por una parte, aferrarse a un suelo; por otra, mundializarse". Combatir la mundialización modernizadora que arrambla con hábitats y culturas locales, que solo aspira a "trocar la provincia de cada cual por otra -Wall Street, Pekín o Bruselas- aún más estrecha y, sobre todo, infinitamente alejada y por lo tanto indiferente a los intereses locales". Rechazar, también, la tentación del cierre tras unas fronteras ilusorias: "¿Qué puede haber más irreal que la Polonia de Kaczynski, la Francia del Frente Nacional, la Italia de la Liga del Norte, la Gran Bretaña replegada del Brexit o la América grande de nuevo del Gran Tramposo?".
En las condiciones del nuevo régimen climático el planeta se muestra demasiado limitado para el proyecto globalista y demasiado grande y complejo para poder organizarse a partir de las fronteras estrechas de cualquier localidad. Entre lo Global y lo Local surge "lo Terrestre como nuevo actor político". Y su expresión social y política, la ecología, que "no es el nombre de un partido, ni siquiera el de un tipo de preocupación, sino el de una llamada a cambiar de dirección: significa encaminarse hacia lo Terrestre".
Entre los polos igualmente imposibles de lo Global -"lo que brilla, libera, entusiasma, lo que emancipa y tiene apariencia de eterna juventud"- y de lo Local -"lo que alivia, tranquiliza y aporta identidad"- lo Terrestre apunta a una apertura que no desarraigue, a un arraigo que no limite ni excluya:
Latour finaliza su reflexión reivindicando Europa como el lugar donde quiere "tomar tierra":
Si la primera Europa Unida se hizo por abajo -el carbón, el hierro y el acero-, la segunda se hará también por abajo, la humilde materia de un suelo un poco duradero. Si la primera Europa Unida se hizo para dar una casa común a los millones de personas desplazadas, como se decía al final de la última guerra, entonces la segunda se hará también por y para las personas desplazadas de hoy. Europa no tiene sentido si no vuelve sobre los abismos abiertos por la modernización. Este es el mejor sentido que puede dársele a la idea de modernización reflexiva.
Un libro para leer con atención y para dialogar. Un libro muy apropiado para la nueva generación que, consciente de habitar en el nuevo régimen climático, combate contra la emergencia climática enarbolando la bandera de lo Terrestre.
lunes, 7 de octubre de 2019
Safari en la pobreza
Darren McGarvey
Safari en la pobreza. Entender la ira de los marginados en Gran Bretaña
Traducción de Martin Schifino
Capitán Swing, 2018
Nacido en una familia y en un barrio de clase trabajadora -su "árbol genealógico" incluye familiares cercanos, o él mismo, con problemas de alcoholismo, antecedentes penales, graves problemas financieros, intentos de suicidio, carencias educativas...-, McGarvey ha escrito un libro que cuestiona la aproximación a la pobreza que se realiza desde una clase media liberal de izquierdas que se ha dedicado históricamente a hablar a/de/sobre/para unas clases populares o una clase trabajadora, pero nunca se ha molestado en hablar con ella o, mejor aún, de dejarse decir por ella. El resultado es un monumental desencuentro:
Dado que los especialistas de esta clase realmente tienen buenas intenciones cuando se trata de atender los intereses de las personas de las comunidades desfavorecidas, acaban un poco confundidos, molestos y ofendidos cuando esas mismas personas empiezan a transmitirles su enfado. Nunca se les ocurre, pues se ven como los buenos, que la gente a la que pretenden servir pueda considerarlos oportunistas, trepas o charlatanes. Ellos mismos se consideran paladines de la subclase, y si algún pobre empieza a mostrar ideas propias o, Dios no lo quiera, se rebela contra los expertos en pobreza, lo culpan de malinterpretar los hechos. En efecto, estos tipos a menudo están tan seguros de su propia visión y sus virtudes que no se lo piensan dos veces antes de describir a la gente de clase trabajadora a la que pretenden representar como responsable de hacerse daño a sí misma si votan por un partido de derechas.
Este desencuentro se ha plasmado de manera muy evidente en los proyectos de "regeneración" de los barrios populares, que han terminado en desastrosas intervenciones cuya consecuencia más dramática ha sido la destrucción de la memoria de esas comunidades y de los espacios públicos que permitía a estas personas encontrarse (muchas veces conflictivamente) y construir lazos sociales entre sí:
La regeneración expone el abismo que separa a la gente que considera esta comunidad un «proyecto» o un «plan», una empresa en curso o un problema por resolver de la gente que realmente vive aquí.
Muy sugerentes las páginas que dedica a la importancia de la biblioteca pública en los barrios populares.
McGarvey cuestiona también los análisis de la izquierda liberal/izquierda cultural sobre la apatía política como un rasgo asociado a menudo con las clases bajas. Análisis moralizantes, ciegos a la posición de clase de quienes los formulan, que a menudo acaban culpando a las personas que sólo se expresan políticamente mediante la ira y el resentimiento, dirigidos muchas veces contra las personas inmigrantes y coincidentes muchas veces con las propuestas del populismo de derechas:
En relación a estas cuestiones, también dedica varias páginas a plantear una interesante y discutible reflexión sobre las tensiones entre diversidad y clase social, entre las políticas de la identidad y los análisis de clase:
Cuanto más prominente se ha vuelto la teoría de la interseccionalidad, más se ha descartado el análisis de clase. En lugar de producir una política de clases que incluya un espectro amplio de gente, la justicia social que se construye sobre la base de la política identitaria gentrifica los análisis de clase tradicionales. [...] Como manera de percibir la complejidad de nuestras distintas experiencias individuales y grupales, [la interseccionalidad] sin duda es muy útil. Como herramienta práctica para entablar un diálogo abierto con una amplia variedad de voces es un fracaso estrepitoso.
Pero el elemento más novedoso del libro, y el que perimetra el campo para una necesaria conversación (pendiente) en la izquierda, es su aproximación a la relación entre estructura y agencia, entre factores sistémicos y factores personales, entre responsabilidad colectiva y responsabilidad individual. McGarvey es muy consciente -¡cómo no va a serlo con su biografía!- de la influencia que sobre la vida de las personas tienen los factores estructurales:
Sin embargo, hay una clara intencionalidad en su libro, que aspira así a cumplir una función performativa, casi diría que militante: resaltar la capacidad que las personas tenemos, incluso en contextos sociales altamente exclusógenos, de tomar decisiones individuales que produzcan cambios significativos en la vida de cada cual, pero también en la vida de la comunidad. De lo que se trataría es de recuperar la idea de responsabilidad personal, que se ha convertido en el monopolio de la derecha:
Un análisis sistémico centrado en factores externos renuncia de manera imprudente a la oportunidad de explorar el papel que nosotros, como individuos, familias y comunidades, podemos desempeñar en las circunstancias que definen nuestras vidas. Adoptar una posición no solo basada en clamar contra el sistema, sino en examinar nuestras ideas y conductas. [...] Al alentar a las personas a creer que sus problemas inmediatos exceden sus capacidades, se les niega la voluntad individual de la que las priva la pobreza.
Safari en la pobreza. Entender la ira de los marginados en Gran Bretaña
Traducción de Martin Schifino
Capitán Swing, 2018
Pertenecer a la clase baja significa sentarse día tras día a leer las noticias para encontrarte con innumerables artículos de The Guardian que confirman cosas que sabías ciertas hace veinte años. […] Ojalá hubiera manera de que quienes crean el relato de vez en cuando consultaran a los más desfavorecidos. Hacerlo podría interrumpir el flujo continuo de suposiciones sobre las que se basan muchos asertos de los ricos y poner el debate sobre la sociedad en sintonía con el modo en que la sociedad realmente vive.
Nacido en una familia y en un barrio de clase trabajadora -su "árbol genealógico" incluye familiares cercanos, o él mismo, con problemas de alcoholismo, antecedentes penales, graves problemas financieros, intentos de suicidio, carencias educativas...-, McGarvey ha escrito un libro que cuestiona la aproximación a la pobreza que se realiza desde una clase media liberal de izquierdas que se ha dedicado históricamente a hablar a/de/sobre/para unas clases populares o una clase trabajadora, pero nunca se ha molestado en hablar con ella o, mejor aún, de dejarse decir por ella. El resultado es un monumental desencuentro:
Dado que los especialistas de esta clase realmente tienen buenas intenciones cuando se trata de atender los intereses de las personas de las comunidades desfavorecidas, acaban un poco confundidos, molestos y ofendidos cuando esas mismas personas empiezan a transmitirles su enfado. Nunca se les ocurre, pues se ven como los buenos, que la gente a la que pretenden servir pueda considerarlos oportunistas, trepas o charlatanes. Ellos mismos se consideran paladines de la subclase, y si algún pobre empieza a mostrar ideas propias o, Dios no lo quiera, se rebela contra los expertos en pobreza, lo culpan de malinterpretar los hechos. En efecto, estos tipos a menudo están tan seguros de su propia visión y sus virtudes que no se lo piensan dos veces antes de describir a la gente de clase trabajadora a la que pretenden representar como responsable de hacerse daño a sí misma si votan por un partido de derechas.
Este desencuentro se ha plasmado de manera muy evidente en los proyectos de "regeneración" de los barrios populares, que han terminado en desastrosas intervenciones cuya consecuencia más dramática ha sido la destrucción de la memoria de esas comunidades y de los espacios públicos que permitía a estas personas encontrarse (muchas veces conflictivamente) y construir lazos sociales entre sí:
La regeneración expone el abismo que separa a la gente que considera esta comunidad un «proyecto» o un «plan», una empresa en curso o un problema por resolver de la gente que realmente vive aquí.
Muy sugerentes las páginas que dedica a la importancia de la biblioteca pública en los barrios populares.
McGarvey cuestiona también los análisis de la izquierda liberal/izquierda cultural sobre la apatía política como un rasgo asociado a menudo con las clases bajas. Análisis moralizantes, ciegos a la posición de clase de quienes los formulan, que a menudo acaban culpando a las personas que sólo se expresan políticamente mediante la ira y el resentimiento, dirigidos muchas veces contra las personas inmigrantes y coincidentes muchas veces con las propuestas del populismo de derechas:
Algunas de las personas más vulnerables del mundo, que huyen de la pobreza y la violencia, acaban en las comunidades más empobrecidas y violentas del Reino Unido cuando llegan a nuestro país. En el torbellino de hipérboles, recriminaciones y chivos expiatorios, queda pendiente un debate sensato sobre las causas y los efectos de la inmigración en nuestras comunidades desaventajadas y sobre lo que podemos hacer para que vaya mejor. Entre otras cosas, para los migrantes mismos.
En relación a estas cuestiones, también dedica varias páginas a plantear una interesante y discutible reflexión sobre las tensiones entre diversidad y clase social, entre las políticas de la identidad y los análisis de clase:
Cuanto más prominente se ha vuelto la teoría de la interseccionalidad, más se ha descartado el análisis de clase. En lugar de producir una política de clases que incluya un espectro amplio de gente, la justicia social que se construye sobre la base de la política identitaria gentrifica los análisis de clase tradicionales. [...] Como manera de percibir la complejidad de nuestras distintas experiencias individuales y grupales, [la interseccionalidad] sin duda es muy útil. Como herramienta práctica para entablar un diálogo abierto con una amplia variedad de voces es un fracaso estrepitoso.
Pero el elemento más novedoso del libro, y el que perimetra el campo para una necesaria conversación (pendiente) en la izquierda, es su aproximación a la relación entre estructura y agencia, entre factores sistémicos y factores personales, entre responsabilidad colectiva y responsabilidad individual. McGarvey es muy consciente -¡cómo no va a serlo con su biografía!- de la influencia que sobre la vida de las personas tienen los factores estructurales:
Por debajo de la especificidad y la singularidad de nuestras vidas individuales tal y como las hemos llevado en el plano subjetivo, corre un camino de pura inevitabilidad del que rara vez nos hemos apartado. [...] Las clases sociales, por encima de todo, siguen constituyendo la principal línea divisoria en nuestra sociedad. En realidad, no se trata tanto de una línea divisoria como de una herida a escala industrial.
Sin embargo, hay una clara intencionalidad en su libro, que aspira así a cumplir una función performativa, casi diría que militante: resaltar la capacidad que las personas tenemos, incluso en contextos sociales altamente exclusógenos, de tomar decisiones individuales que produzcan cambios significativos en la vida de cada cual, pero también en la vida de la comunidad. De lo que se trataría es de recuperar la idea de responsabilidad personal, que se ha convertido en el monopolio de la derecha:
Un análisis sistémico centrado en factores externos renuncia de manera imprudente a la oportunidad de explorar el papel que nosotros, como individuos, familias y comunidades, podemos desempeñar en las circunstancias que definen nuestras vidas. Adoptar una posición no solo basada en clamar contra el sistema, sino en examinar nuestras ideas y conductas. [...] Al alentar a las personas a creer que sus problemas inmediatos exceden sus capacidades, se les niega la voluntad individual de la que las priva la pobreza.
Un libro escrito desde la experiencia, que permite plantear debates interesantes.
domingo, 6 de octubre de 2019
Zamaia y Gongeda
Paseo corto. Al mediodía quería pasar por casa de mi ama, que ayer no estuve.
Por el barrio de El Somo, he subido hasta la antigua zona minera de Zamaia y desde allí hasta la cumbre de Gongeda.
La mañana estaba nublada y húmeda, pero muy agradable para caminar.
He salido con la idea de buscar y recoger algunas setas, especialmente senderuela (Marasmius oreades), bastante común por esa zona y que, para mi gusto, es una de las más sabrosas. Algo he cogido, pero poquito.
Por el barrio de El Somo, he subido hasta la antigua zona minera de Zamaia y desde allí hasta la cumbre de Gongeda.
La mañana estaba nublada y húmeda, pero muy agradable para caminar.
He salido con la idea de buscar y recoger algunas setas, especialmente senderuela (Marasmius oreades), bastante común por esa zona y que, para mi gusto, es una de las más sabrosas. Algo he cogido, pero poquito.
Ermita de San Martín, en el barrio de El Somo.
Entre la niebla tendría que estar el Ganekogorta.
Boca de la antigua mina Antón, a cielo abierto, de unos 90 metros de profundidad.
Rodeando la mina, en apenas 15 minutos se llega hasta la cumbre de Zamaia.
Al fondo, el Ganeko.
Y ahí cerquita la cumbre de Gongeda, con su característico pasillo herboso.
Desde aquí se aprecia con claridad el recorrido que hice el domingo pasado: a la izquierda, Ganeroitz; a la derecha, Arroletza.
Gallarraga.
En lugar de subir por el pasillo herboso, rodeo Gongeda por su derecha. Para alargar un poco el paseo y... por las setas.
Cumbre de Gongeda.
El Ganeko sigue velado.
Desde la cumbre de Gongeda blanquean las peñas de Zamaia.
La bajada sí la he hecho por el pasillo verde, pasillo verde, que va a la ermita... Desde Zamaia he girado hacia la izquierda, para recorrer el cordal en dirección a Arbuio y retornar a El Somo por el pinar.
Mirada hacia atrás. Se aprecia perfectamente el camino recorrido:las blancas peñas de Zamaia y a su derecha la cumbre de Gongeda. El Ganegogorta ya se ha despejado.
El vaciamiento que ha sufrido el mundo rural tambien se aprecia por aquí: hubo un tiempo en que se hicieron muros hoy destruidos y se marcaron caminos hoy cubiertos de maleza.
Alonsotegi.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)










