Ya tenemos elecciones. Durante las
próximas semanas quienes aspiran a gobernarnos nos explicarán quiénes son, qué
prometen y por qué deberíamos confiarles nuestro voto. «Buenas, soy…», podrían
comenzar sus vídeos electorales. Como si no supiéramos quiénes son y qué ha
hecho cada cual. Por eso, esta vez convendría invertir la presentación.
Buenas, soy la gente. Soy quien se
levanta temprano para ir a trabajar o busca un empleo que no encuentra, quien
paga un alquiler que se come una parte insoportable de su sueldo y hace cuentas
antes de llenar la cesta de la compra. Quien cuida a sus criaturas y a sus
mayores, quien necesita una residencia, una beca, una médica que atienda sin
prisas o un autobús que comunique su pueblo con el hospital. Soy quien ha
nacido aquí y quien llegó desde lejos, quien vive acompañada y quien vive sola,
quien estudia sin saber si podrá emanciparse. Soy gente distinta en biografías
e identidades, pero unida por una evidencia elemental: nadie puede construir
una vida digna por sí sola.
De eso deberían ir las elecciones.
No de quién gobernará, de estrategias, coaliciones, vetos y liderazgos, sino de
qué debemos proteger entre todas y todos para vivir decentemente. Necesitamos
vivienda, salarios suficientes y empleos compatibles con la vida; tiempo para
cuidar y ser cuidadas; educación y sanidad públicas de calidad, pensiones
dignas, barrios habitables y transporte público; aire limpio, agua y un territorio
que podamos entregar a quienes vengan después sin pedirles perdón por haberlo
devastado. Necesitamos seguridad, sí, pero nada proporciona tanta como saber
que perder el empleo no significa perder la casa, que enfermar no conlleva
arruinarse o que nacer en una familia pobre no determina toda una vida. Todo
eso tiene un nombre, bien común, y una expresión concreta: bienes comunes,
aquello que todas necesitamos pero nadie puede garantizarse individualmente.
Cosas demasiado importantes para dejarlas en manos del mercado.
Entramos, además, en una época
temible de guerras, emergencia climática, machismo, desigualdades obscenas,
desplazamientos forzados, discursos de odio y proyectos políticos que prometen
seguridad a condición de señalar a alguien como amenaza. Se extiende una
concepción brutal de la sociedad según la cual, para que unas personas vivan
mejor, otras deben vivir peor, con vidas que cuentan y vidas que no, vidas
protegidas y vidas expuestas, vidas cuya pérdida conmueve y otras que ni
siquiera son consideradas «llorables».
Frente a esa lógica hay que defender
algo aparentemente ingenuo y, por ello, profundamente político: este mundo
podría ser de y para la gente. No porque imaginemos una sociedad sin conflictos
ni porque baste con apelar a la bondad, sino porque buena parte del sufrimiento
que aceptamos como inevitable está socialmente producido. La pobreza, el
racismo, el machismo, la explotación laboral, la exclusión residencial o la
destrucción de la naturaleza no son fenómenos meteorológicos; existen
decisiones, instituciones y relaciones de poder que los producen, y lo
construido socialmente puede ser transformado políticamente.
Y para eso está la política: para
decidir qué tenemos en común, establecer límites al poder del dinero y
distribuir recursos, oportunidades y responsabilidades. Para garantizar
derechos, proteger a quien se encuentra en una posición más vulnerable y hacer
posible que personas diferentes puedan compartir un mismo mundo. No me importa
parecer ingenuo, me preocupa mucho más el cinismo de quien dice que nada puede
cambiar, que todo el mundo actúa por interés propio y que lo sensato es
proteger cada cual lo suyo. Pocas ideas resultan más útiles para quienes desean
que las cosas sigan como están.
Pero tampoco podemos exigirlo todo a
«la política», como si esta fuese algo que hacen otras personas. Somos la gente
y eso también obliga. Obliga a preguntarnos qué estamos dispuestas y dispuestos
a compartir; a qué privilegios renunciaríamos para que otras personas puedan
ejercer sus derechos; cómo tratamos a quien llega de otro país; cómo cuidamos y
qué estamos dispuestas a hacer por nuestro barrio, nuestra comunidad o nuestro
planeta. Porque no hay bien común sin personas comuneras trabajando para
construirlo.
Estas elecciones deberían servir no
para preguntar a quienes se presentan qué piensan hacer por nosotras y
nosotros, sino para preguntarnos qué estamos dispuestas y dispuestos a hacer en
común. Votar, por supuesto, pero también organizarnos, cuidar, protestar,
deliberar, asociarnos, escuchar a quien piensa diferente y hacernos
responsables de aquello que compartimos.
Dentro de unas semanas nos pedirán
la confianza y el voto; nos dirán quiénes son, aunque ya lo sabemos.
Escuchemos. Pero antes convendría que nos presentemos: buenas, soy la gente.
Necesito una casa, un empleo digno, tiempo para vivir, igualdad, cuidados
cuando los necesite, una escuela y una sanidad que funcionen, un planeta
habitable y una sociedad en la que nadie tenga que hundirse para que otras
personas puedan mantenerse a flote. Sé que nada de esto será posible sin
política. Pero también sé que nada de eso será posible sin mí.
Publicado en EL CORREO, 7 de octubre de 2026

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