miércoles, 7 de octubre de 2026

Buenas, soy la gente

 


Ya tenemos elecciones. Durante las próximas semanas quienes aspiran a gobernarnos nos explicarán quiénes son, qué prometen y por qué deberíamos confiarles nuestro voto. «Buenas, soy…», podrían comenzar sus vídeos electorales. Como si no supiéramos quiénes son y qué ha hecho cada cual. Por eso, esta vez convendría invertir la presentación.

Buenas, soy la gente. Soy quien se levanta temprano para ir a trabajar o busca un empleo que no encuentra, quien paga un alquiler que se come una parte insoportable de su sueldo y hace cuentas antes de llenar la cesta de la compra. Quien cuida a sus criaturas y a sus mayores, quien necesita una residencia, una beca, una médica que atienda sin prisas o un autobús que comunique su pueblo con el hospital. Soy quien ha nacido aquí y quien llegó desde lejos, quien vive acompañada y quien vive sola, quien estudia sin saber si podrá emanciparse. Soy gente distinta en biografías e identidades, pero unida por una evidencia elemental: nadie puede construir una vida digna por sí sola.

De eso deberían ir las elecciones. No de quién gobernará, de estrategias, coaliciones, vetos y liderazgos, sino de qué debemos proteger entre todas y todos para vivir decentemente. Necesitamos vivienda, salarios suficientes y empleos compatibles con la vida; tiempo para cuidar y ser cuidadas; educación y sanidad públicas de calidad, pensiones dignas, barrios habitables y transporte público; aire limpio, agua y un territorio que podamos entregar a quienes vengan después sin pedirles perdón por haberlo devastado. Necesitamos seguridad, sí, pero nada proporciona tanta como saber que perder el empleo no significa perder la casa, que enfermar no conlleva arruinarse o que nacer en una familia pobre no determina toda una vida. Todo eso tiene un nombre, bien común, y una expresión concreta: bienes comunes, aquello que todas necesitamos pero nadie puede garantizarse individualmente. Cosas demasiado importantes para dejarlas en manos del mercado.

Entramos, además, en una época temible de guerras, emergencia climática, machismo, desigualdades obscenas, desplazamientos forzados, discursos de odio y proyectos políticos que prometen seguridad a condición de señalar a alguien como amenaza. Se extiende una concepción brutal de la sociedad según la cual, para que unas personas vivan mejor, otras deben vivir peor, con vidas que cuentan y vidas que no, vidas protegidas y vidas expuestas, vidas cuya pérdida conmueve y otras que ni siquiera son consideradas «llorables».

Frente a esa lógica hay que defender algo aparentemente ingenuo y, por ello, profundamente político: este mundo podría ser de y para la gente. No porque imaginemos una sociedad sin conflictos ni porque baste con apelar a la bondad, sino porque buena parte del sufrimiento que aceptamos como inevitable está socialmente producido. La pobreza, el racismo, el machismo, la explotación laboral, la exclusión residencial o la destrucción de la naturaleza no son fenómenos meteorológicos; existen decisiones, instituciones y relaciones de poder que los producen, y lo construido socialmente puede ser transformado políticamente.

Y para eso está la política: para decidir qué tenemos en común, establecer límites al poder del dinero y distribuir recursos, oportunidades y responsabilidades. Para garantizar derechos, proteger a quien se encuentra en una posición más vulnerable y hacer posible que personas diferentes puedan compartir un mismo mundo. No me importa parecer ingenuo, me preocupa mucho más el cinismo de quien dice que nada puede cambiar, que todo el mundo actúa por interés propio y que lo sensato es proteger cada cual lo suyo. Pocas ideas resultan más útiles para quienes desean que las cosas sigan como están.

Pero tampoco podemos exigirlo todo a «la política», como si esta fuese algo que hacen otras personas. Somos la gente y eso también obliga. Obliga a preguntarnos qué estamos dispuestas y dispuestos a compartir; a qué privilegios renunciaríamos para que otras personas puedan ejercer sus derechos; cómo tratamos a quien llega de otro país; cómo cuidamos y qué estamos dispuestas a hacer por nuestro barrio, nuestra comunidad o nuestro planeta. Porque no hay bien común sin personas comuneras trabajando para construirlo.

Estas elecciones deberían servir no para preguntar a quienes se presentan qué piensan hacer por nosotras y nosotros, sino para preguntarnos qué estamos dispuestas y dispuestos a hacer en común. Votar, por supuesto, pero también organizarnos, cuidar, protestar, deliberar, asociarnos, escuchar a quien piensa diferente y hacernos responsables de aquello que compartimos.

Dentro de unas semanas nos pedirán la confianza y el voto; nos dirán quiénes son, aunque ya lo sabemos. Escuchemos. Pero antes convendría que nos presentemos: buenas, soy la gente. Necesito una casa, un empleo digno, tiempo para vivir, igualdad, cuidados cuando los necesite, una escuela y una sanidad que funcionen, un planeta habitable y una sociedad en la que nadie tenga que hundirse para que otras personas puedan mantenerse a flote. Sé que nada de esto será posible sin política. Pero también sé que nada de eso será posible sin mí.


Publicado en EL CORREO, 7 de octubre de 2026


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