jueves, 21 de agosto de 2025

Fiesta y genocidio

En medio de la música, las luces y los brindis de una fiesta popular, se convoca un acto de protesta. Pancartas, lemas, gritos o silencios colectivos. Pero, cuando termina el acto, la celebración continúa como si nada hubiera ocurrido. Es como si el dolor se abriera paso durante unos minutos en la piel del festejo, pero enseguida quedara absorbido por la inercia de la alegría compartida.

Pienso en las convocatorias de condena al genocidio que Israel está perpetrando en Gaza, en pleno corazón de la Aste Nagusia de Bilbao. No quiero juzgar la voluntad ni el compromiso de quienes las organizan; al contrario, agradezco que exista esa voz que no deja que el ruido de la fiesta lo silencie todo. Pero hay algo que me incomoda: ¿qué significa que nuestra protesta sea tan fácilmente compatible con la diversión? ¿No revela eso una contradicción profunda, incluso una especie de anestesia moral, sobre la que deberíamos reflexionar?
 
Porque ya es insoportable vivir el día a día con normalidad mientras asistimos como espectadoras al horror: hacer la compra, ir al trabajo, reír con las amigas, practicar deporte, y al mismo tiempo saber que, a miles de kilómetros, se bombardea y se mata de hambre a civiles de manera sistemática. ¿Cómo aceptar, además, que nuestra forma de protestar se integre con tanta naturalidad en la fiesta, sin alterar su curso? ¿Qué dice de nosotras mismas esa capacidad de pasar del silencio (o del grito) indignado al txupinazo y al tardeo, como si fueran dos caras de una misma moneda?
 
Quizá la respuesta tenga que ver con el tipo de sociedades en que vivimos. Cada vez más individualistas, más satisfechas, menos dispuestas a poner en riesgo lo que consideramos nuestro pequeño y merecido bienestar. Incluso la acción colectiva ha quedado colonizada por esa lógica individualista: protestamos, pero de forma que no perturbe demasiado nuestra rutina, ni la de quienes están a nuestro alrededor. La protesta se convierte, así, en un acto que reafirma más nuestra conciencia personal que nuestra voluntad de transformar el mundo. Más continuista que disruptiva.
 
En este sentido me viene a la cabeza la famosa frase atribuida a Emma Goldman: “Si no puedo bailar, no es mi revolución”. Una frase que, en boca de feministas perseguidas y obreras explotadas, expresaba un objetivo radical: era una forma de cuestionar un modo de luchar masculino, militarista y productivista, y de reivindicar el derecho a la alegría como parte inseparable de la dignidad humana. Lo mismo que expresaba aquel otro lema de “Pan y Rosas”.
 
Pero hoy me pregunto: ¿qué significa apropiarnos de esa frase en sociedades como la nuestra, donde lo que fundamentalmente hacemos es bailar, disfrutar, vivir instaladas en la comodidad? ¿Qué revolución es esa en la que el baile no es un acto de rebeldía frente a la opresión, sino el estado natural de nuestra existencia? Convertida en eslogan fácil, esa reivindicación pierde su filo crítico y acaba encajando demasiado bien con un mundo que ya nos invita constantemente a divertirnos, consumir y olvidar.
 
Tal vez por eso me resulta tan inquietante la imagen de una protesta en mitad de la fiesta. Porque nos muestra, sin querer, la paradoja en la que estamos atrapadas: queremos alzar la voz contra el horror, pero no estamos dispuestas a interrumpir el curso festivo de nuestras vidas. Como si el genocidio pudiera compartimentarse, tener su tiempo y su espacio acotados, antes de que la música vuelva a sonar.
 
Y ahí está la pregunta que me incomoda: ¿qué tipo de protesta es necesaria -y posible- en una sociedad donde la diversión se ha vuelto la norma, donde incluso la indignación cabe dentro de la programación de un evento festivo?

miércoles, 20 de agosto de 2025

Los mensajeros de la oscuridad

John Connolly
Los mensajeros de la oscuridad
Traducción de Vicente Campos González
Tusquets, 2025
 
"Tuve que resistirme al impulso de abrazarla, de decirle que me hacía una vaga idea de lo que estaba sufriendo. El dolor es como el cáncer: tiene un alcance casi universal, pero los casos son siempre concretos. No hay dos personas que lo vivan igual, así que decir que sabía cómo se sentía habría sido una mentira, por más que algún aspecto de aquello hubiera arraigado en mí, desencadenando una transformación tanto visible como invisible. Ese proceso no acababa, meramente fluía en ambos sentidos. Si su hijo había muerto, la pérdida la definiría a ella durante el resto de su vida, igual que mis pérdidas me definían a mí".
 
 
John Connolly ha convertido la oscuridad en su territorio, y con Los mensajeros de la oscuridad vuelve a recordarnos que pocas voces en la narrativa contemporánea saben caminar tan bien por el filo que une lo humano y lo sobrenatural. Aunque se trata de la entrega número veintidos de la serie de Charlie Parker, la novela respira con fuerza propia y puede leerse como un relato independiente.
 
La historia comienza con un eco de tragedia. Colleen Clark, una madre destrozada por la desaparición de su pequeño Henry, se convierte en el blanco de la sospecha. La comunidad la señala, los periódicos la exponen, la justicia la aprieta entre engranajes que parecen dispuestos a triturarla. Esa tensión inicial, la de una mujer arrojada a los lobos del prejuicio y la sospecha, basta para sumergirnos en la lectura sin vuelta atrás.
 
"No me considero un experto en cómo trata el sistema judicial a las mujeres que supuestamente han cometido un delito mientras sufrían una depresión, pero si guarda algún parecido con la forma en que trata a las mujeres en general, sobre todo a aquellas acusadas de un crimen violento, podía esperarse que a Colleen la arrastraran sobre brasas encendidas".

Es entonces cuando aparece Charlie Parker, no como un héroe impoluto, sino como un hombre marcado por la pérdida y la culpa, un investigador privado que se mueve entre las sombras con una mezcla de empatía y dureza. Junto a sus viejos aliados -los letales pero fieles Louis y Angel, los peculiares hermanos Fulci y el marrullero abogado Moxie Castin-, Parker inicia una búsqueda que no solo pretende descubrir qué ocurrió con el niño, sino también enfrentarse a las fuerzas, visibles e invisibles, que han tejido una espesa telaraña alrededor de la familia Clark.
 
Y es en esa búsqueda entra en juego un elemento que distingue la obra de Connolly: lo sobrenatural irrumpiendo en la vida cotidiana. Una médium, Sabine Drew, asegura escuchar los ecos del niño desaparecido; una casa cargada de secretos comienza a desplegar su siniestra memoria; y el terreno donde se desarrolla la investigación parece guardar cicatrices demasiado antiguas como para ser ignoradas. 
 
    "-¿Y está convencida de que se encuentra en Gretton?
     -O en las cercanías -respondió-. No puedo ser más concreta. Es como pegar una oreja al altavoz de una radio: la música se vuelve ruido y apenas se puede identificar. Pero tampoco me he aventurado más allá de las lindes del pueblo.
     -¿Por qué?
     -Porque tengo miedo. No está solo. Hay alguien, o algo, con él. Creo que se está alimentando de Henry, abasteciéndose de su dolor y confusión. Y se está tomando su tiempo con él.
     Intenté comprender lo que estaba oyendo.
     -¿Está hablando de un animal?
     -No, de un animal, no, ni siquiera de un ser humano con una naturaleza animal. [...] Mire, creo que esa presencia es algo familiar. Me he topado antes con ella".
 
Como siempre, Connolly no recurre al susto fácil, sino que construye una atmósfera densa, en la que lo inexplicable se filtra lentamente en lo cotidiano, hasta hacerlo inseparable. Como escribe, en un travieso cameo: "Maine es una tierra antigua con una larga memoria, un recuerdo que precedía incluso a la llegada de los hombres. La rareza era endémica en el estado. Por eso Stephen King no podía haber surgido en ninguna otra parte". Oscura, lírica por momentos, su prosa es clara y eficaz para mantener el suspense; cada capítulo empuja al siguiente, combinando escenas de investigación o de acción con reflexiones sobre la fragilidad humana, la justicia y los juicios precipitados que puede dictar una comunidad asustada.

Más allá del misterio y del horror, en estas páginas encontramos es una reflexión sobre la naturaleza del mal y sobre la facilidad con la que las personas más inocentes pueden ser sacrificadas, sobre las ideologías extremas que se infiltran en comunidades pequeñas y sobre el miedo como instrumento de manipulación. Más que una novela de género es una exploración de la pérdida y de la esperanza, una invitación a mirar hacia lo más sombrío del ser humano para descubrir también ahí destellos de compasión y resistencia. Con esta última entrega Connolly confirma que Charlie Parker no es solo un detective: es un símbolo de empatía en un mundo devorado por sombras. Y esa es la razón por la que, después de más de veinte entregas, ya esté esperando la siguiente novela. 

Intersecciones letales

Patricia Hill Collins
Intersecciones letales: Raza, género y violencia
Traducción de Albert Fuentes
Paidós, 2025
 
"La violencia es una realidad incuestionable si nos atrevemos a mirarla de frente. Los seres humanos no empezamos nuestras vidas siendo por naturaleza violentos o propensos a la violencia.Cualquier persona que haya cuidado de un recién nacido puede dar fe de ello. Sin embargo, a medida que transitamos por nuestras vidas, encontramos la violencia de dos maneras distintas: actos violentos que son visibles y pueden atribuirse a personas o grupos, y una violencia que es invisible porque está engarzada en unas normas y prácticas cotidianas que damos por sentadas. Este teatro de la violencia, con actores sobre el escenario que protagonizan actos violentos y una puesta en escena de una violencia que se desarrolla a través de las estructuras sociales, nos es explicado por medio de ciertas ideas que nos rodean. Podemos experimentar la violencia como individuos, pero dar un paso atrás y ver cómo esa violencia afecta a nuestras familias, comunidades, barrios, pueblos, ciudades y países no es nada fácil".
 
 
Coatura, junto a Sirma Bilge, del ya clásico Interseccionalidad (Morata, 2019), la socióloga Patricia Hill Collins nos invita en este ensayo a imaginar un cruce de caminos donde confluyen distintas vías: el racismo, el patriarcado, la desigualdad económica, la homofobia… Cada ruta trae consigo su propio flujo de violencias y prejuicios y, al encontrarse, provocan una colisión mortal. A ese punto de choque Collins lo denomina “intersección letal”, concepto que define de la siguiente manera:

"A fin de investigar esta compleja relación entre violencia y poder, me baso en el concepto de intersección letal, entendido como el nodo en el que los efectos visibles de la violencia son más pronunciados. Las intersecciones letales constituyen nodos de dominio político en los que la muerte, o la amenaza de muerte, resulta evidente, es decir, de una forma u otra son «letales» en potencia para quienes padecen los efectos de la desigualdad social"..

Las intersecciones letales no son accidentes, sino actos políticos de poder. La autora no se limita a señalar que las opresiones se suman: lo perturbador es que, al encontrarse, se transforman. Una mujer negra y pobre no vive simplemente racismo y sexismo de manera aislada, sino que experimenta un patrón de violencia específico, con dinámicas propias, invisibilizado por las narrativas dominantes. Aquí entra la dimensión cultural e ideológica del concepto: la sociedad produce y reproduce relatos, imágenes y discursos que normalizan estas violencias. Se las disfraza de “orden”, “seguridad nacional”, “protección de la familia” o “mérito individual”. Bajo ese barniz ideológico, las intersecciones letales aparecen como parte natural del paisaje social, como si siempre hubiesen estado ahí.

Uno de los hilos más poderosos del libro es el modo en que estas intersecciones se utilizan para construir narrativas de nación: "Cada historia nacional presenta unos sistemas intersecantes de poder que le son característicos y unas políticas culturales concebidas para sostener las arraigadas desigualdades sociales". Patricia Hill Collins muestra que la idea de nación no surge de un proceso neutral: requiere definir quién pertenece y quién queda fuera. Para ello, recurre a imágenes poderosas, casi míticas, del “ciudadano ideal”, blanco, masculino, heterosexual y económicamente estable. Quien no encaja en ese molde es excluido del “nosotros” y, en el peor de los casos, catalogado como una amenaza. Las políticas migratorias, las prácticas policiales e incluso los manuales de historia participan de esta coreografía, configurando un sentimiento de unidad nacional que se sostiene en la exclusión sistemática de determinados cuerpos.

Quizá el punto más desgarrador de la metáfora del cruce de caminos se encuentra en el análisis de la violencia contra la infancia. La autora evidencia cómo niñas y niños nacidos en comunidades pobres, racializadas o que desafían la norma de género habitan intersecciones letales incluso antes de aprender a caminar. No solo enfrentan mayor vulnerabilidad frente a la pobreza o el abandono institucional; también son objeto de criminalización temprana, vigilancia policial y sistemas escolares que reproducen prejuicios. En estas páginas resuena una advertencia especialmente inquietante: la violencia contra la infancia no es un exceso ni una anomalía del sistema, sino una consecuencia previsible cuando las rutas de la opresión se cruzan en ciertos barrios, escuelas y familias.

Pese a ello, el libro no se instala en la desesperanza. La última parte del libro está dedicada a reflexionar sobre la resistencia contra la violencia interseccional. Para la autora, el primer gesto de resistencia consiste en hacer visible lo invisible: identificar el cruce, nombrarlo y trazarlo en el mapa colectivo. Después, muestra cómo diversas comunidades han creado estrategias para enfrentar la violencia interseccional: redes de cuidado mutuo, coaliciones políticas, pedagogías críticas, expresiones artísticas que desafían las narrativas dominantes. La resistencia, recuerda, no siempre es grandiosa; muchas veces se manifiesta en la persistencia diaria de quienes se niegan a desaparecer. Surge también en los propios cruces letales: madres que organizan contra la violencia armada tras perder a sus hijos, comunidades negras que marchan contra la brutalidad policial, mujeres que denuncian abusos sexuales, familias indígenas que reclaman a sus desaparecidas y desaparecidos. Patricia Hill Collins subraya cómo estas acciones, nacidas desde la vulnerabilidad, se convierten en estrategias colectivas, profundamente políticas y transformadoras.

"Siendo francos, un libro como Intersecciones letales no puede tener una conclusión pulcra y aseada. Pero sí ofrece una importante enseñanza. La violencia interseccional y la resistencia frente a ella están profundamente interconectadas: las formas que adopta la violencia interseccional contemporánea reflejan las prácticas pasadas de resistencia y, a la inversa, elegimos de entre un abanico de respuestas estratégicas a la violencia interseccional que nos han legado los movimientos de resistencia del pasado. [...] Por medio de acciones a pequeña escala, o impulsando un activismo comunitario que crece hasta convertirse en un movimiento de masas global, esta relación entre violencia y resistencia sigue en pie. Y esta sinergia significa que , mientras sigan naciendo personas en este mundo, por más difíciles que sean sus circunstancias, siempre habrá posibilidades de cambio.
En esta empresa más general, para plantar cara a la violencia es importante recordar que las ideas y los actos de un solo individuos pueden tener un impacto de enorme calado y cambiar las cosas radicalmente, aunque esa persona no viva para verlo. [...] Cuando se incorporan principios éticos generales, como la democracia, la equidad y la justicia social, las posibilidades de resistir a la violencia desde abajo no conocen otro límite que la falta de imaginación"
.

Intersecciones letales no es un libro para leer de un tirón sin detenerse. Cada capítulo obliga a revisar paisajes familiares y a descubrir que estaban atravesados por cruces peligrosos nunca antes trazados en el mapa. La propuesta de la autora es, en última instancia, profundamente política y profundamente humana: reconocer esos puntos de colisión y aprender a desactivarlos antes de que sigan cobrándose vidas. Porque, como sugiere cada página, el problema no es que las rutas de la vida se crucen, sino que en este mundo (patriarcal, colonial, capitalista) esos cruces están diseñados para que la colisión siempre hiera a las mismas. 

Sed de sangre

Joanna Bourke
Sed de sangre: Historia íntima del combate cuerpo a cuerpo en las guerras del siglo XX
Traducción de Luis Noriega
Crítica, 2008
 
"El acto característico de los hombres en la guerra no es morir sino matar. Para los políticos, los estrategas militares y muchos historiadores, la guerra quizá sea una cuestión de conquistar territorio o de luchar por recuperar el honor nacional, pero para el hombre en servicio activo una confrontación bélica implica la matanza lícita de otras personas. Su peculiar importancia deriva del hecho de  que tal acción no es homicidio, sino un derramamiento de sangre sancionado, que las autoridades civiles de más alto nivel legitiman y la enorme mayoría de la población aprueba. En el siglo XX, las dos guerras mundiales y la guerra de Vietnam mancharon de sangre las manos y las conciencias de miles de hombres y mujeres británicos, estadounidenses y australianos. En este libro, los combatientes comparten sus fantasías y experiencias concretas de causar la muerte a otros seres humanos y, en el proceso, se revelan como individuos transformados por un abanico de emociones en conflicto: el miedo a la par que la empatía; la ira a la par que la euforia. Estos hombres se rindieron a una indignación moral irracional, aunque sincera, hallaron alivio en una culpa atroz e intentaron negociar el placer en un paisaje de violencia extrema.
[...] En este sentido, la guerra no es el infierno y el soldado que empuña una bayoneta no es una bestia enloquecida. En la guerra los actos de matar íntimos los comenten sujetos históricos provistos de lenguaje, emoción y deseo. Matar en tiempos de guerra es inseparable de cuestiones sociales y culturales más amplias. El combate no acaba con las relaciones sociales, sino que, más bien, las reestructura. Inevitablemente la fantasía permea todas las narraciones. El propósito de este libro es examinar la forma en que los hombres experimentan el matar, entender cómo la sociedad lo organiza e investigar las maneras en que se ha incrustado dentro de la imaginación y la cultura del siglo XX"
.
 
 
Publicado en 1999 y premiado con el Wolfson History Prize, este libro se adentra en un territorio tabú de la historiografía bélica: no en el heroísmo, ni en el trauma, sino en el placer. Apoyándose en cientos de cartas, diarios y testimonios de soldados británicos, estadounidenses y australianos que combatieron en las dos guerras mundiales y en Vietnam, la autora argumenta,que el combate puede despertar un gozo físico y emocional, incluso un éxtasis, que convive -a veces sin contradicción- con el miedo y el horror.
 
"Creo que la mayoría de los hombres que han estado en la guerra tendrían que admitir, si son honestos, que en el fondo también les encanto". "Hoy tuvimos nuestra primera clase de bayoneta -es toda un arma-, dejamos el terreno más sucio que el infierno; todos tuvimos la misma idea, como si fuéramos niños con un juguete nuevo: queríamos probarla de inmediato. Es de esta forma que todos hemos empezado a sentirnos a propósito del combate en general: queremos probarlo". "Fingí estar indignado, pues la profanación de los cadáveres se desaprobaba por considerarse que era algo poco americano y contraproducente. Sin embargo, lo que sentía de verdad no era indignación. Mantuve mi cara de oficial, pero por dentro estaba... riéndome". "Un día... conseguí hacer un disparo directo contra un campamento enemigo y pude ver los cuerpos o partes de cuerpos volar por los aires y oír los alaridos desesperados de los heridos y de los que huían. Tuve que confesarme a mí mismo que se trataba de uno de los momentos más felices de mi vida". "En este punto, vi un alemán bastante joven, que corría hacia la trinchera con las manos levantadas, pidiendo clemencia. Le disparé de inmediato. Verlo caer fue una experiencia celestial".
 
Son solo algunos de los muchos testimonios personales que contiene el libro y a partir de los cuales la autora construye su argumento. Testimonios de acciones que van más allá del enfrentamiento convencional entre dos personas armadas que luchan en una guerra. Testimonios que hablan de asesinatos de prisioneros desarmados, de mutilaciones de cadáveres, de violaciones en grupo, todo ello legitimado, cuando no alentado, por las autoridades militares:
 
“El marine Ed Treratola también se refirió a la complicidad generalizada de las autoridades militares con respecto a las atrocidades. Cuando su unidad tenía que hacer una patrulla prolongada, lo que los hombres hacían era deslizarse en una aldea, secuestrar a una mujer y violarla entre todos. Después de ello, los soldados, dependiendo de su estado de ánimo, la liberaban o la mataban. En ocasiones, esto ocurría cada noche y, Treratola admitía. «los campesinos se quejaban». «Algunas veces», continuaba, «los oficiales superiores decían: “Bueno, mirad, tenéis que calmaron un rato, ya sabéis, dejad pasar un tiempo entre una y otra vez”. Pero nunca se nos disuadió de continuar»"

Joanna Bourke escarba en la textura psicológica de la violencia, desmontando el estereotipo del combatiente traumatizado como única consecuencia posible; al contrario, para muchos el acto de matar, torturar o violar se vivió como una intensificación radical de la existencia. La adrenalina, la camaradería y la sensación de dominio absoluto sobre la vida de otra persona forman una mezcla que puede ser adictiva. Lo inquietante, subraya la autora, es que estos hombres no eran monstruos previos a la guerra, sino ciudadanos corrientes a los que la maquinaria bélica moldeó para matar con eficacia… y disfrutarlo.

“El autor [de un manual de adiestramiento de la Home Guard británica] hacía hincapié en la necesidad de que los miembros de la Home Guard «se acostrumbraran» a la sangre y aconsejaba a los instructores llevar a sus hombres «al matadero local y dejarles mirar tanto como quieran. Al principio, detestaran el lugar, pero luego hay que repetir el ejercicio hasta que dejen de sentir repugnancia». Asimismo, proponía que los milicianos probaran por sí mismos «la resistencia de un cuerpo» utilizando sus «cuchillos asesinos» en los animales muertos («les sorprenderá comprobar la fuerza que se requiere para apuñalarlos»)”.

En este sentido, uno de los ejes más provocadores del libro es la impugnación que Joanna Bourke hace a las teorías que explican la violencia extrema en clave de “conciencia anestesiada” o “estado agéntico”, donde el combatiente actúa como ejecutor pasivo, desligado de responsabilidad moral, o bien como víctima irreversible de un trauma que lo marcará para siempre. Frente a esas lecturas, la autora sostiene que muchos soldados mataban con plena conciencia y aceptaban de buena gana su papel como actores de la guerra. Lejos de ser sujetos morales inertes, conservaban -o reconstruían- una “creatividad moral” que les permitía integrar la transgresión en su identidad sin quedar paralizados por la culpa. Esta visión, que desplaza el foco del “obedecían órdenes” al “eligieron actuar”, incomoda porque obliga a reconocer agencia allí donde otros ven solo coerción o alienación:
 
"Los combatientes, por tanto, no eran sujetos morales pasivos que tras cometer la transgresión definitiva quedaban marcados para siempre. Todo lo contrario, aceptaban de buena gana su papel como actores de la guerra y, de este modo, su conciencia moral lograba conservar su creatividad y capacidad de recuperación"
 
El libro destaca el papel jugado por la psicología, las iglesias y las autoridades políticas a la  hora de construir un universo moral legitimador de las atrocidades de la guerra en nombre de un supuesto bien superior.
 
En este punto, la autora parece desestimar con demasiada ligereza las advertencias de figuras como Henry de Man, quien en 1920 alertaba sobre el riesgo de que millones de veteranos, habituados a matar y a disfrutarlo, pudieran volcar esa experiencia en la violencia política interna. Bourke trata estas predicciones como excesivamente alarmistas, pero creo que la historia posterior ofrece ejemplos que las vuelven inquietantemente plausibles: en la Italia de posguerra, los arditi y otros excombatientes nutrieron las filas de los escuadrones fascistas de Mussolini, mientras que en Alemania las Freikorps -integradas por antiguos oficiales y soldados- se convirtieron en fuerzas de choque contra sindicatos y partidos de izquierda, participando en asesinatos políticos y allanando el terreno para el nazismo. No toda la generación de combatientes cayó en la violencia civil, pero sí una parte significativa, y organizada, que empleó las destrezas y vínculos forjados en la guerra para imponer proyectos autoritarios. En este aspecto, considero que la prudencia analítica de Joanna Bourke roza la ceguera selectiva: al centrarse en la vivencia íntima del acto de matar, resta peso a las consecuencias colectivas y estructurales de esa experiencia (frente a la conocida tesis de la "brutalización" de George L. Mosse).
 
La propuesta de Bourke ha generado numerosas críticas. Una reseña en The Harvard Crimson señaló que la selección de fuentes favorece su tesis y que la experiencia bélica no es tan uniforme como el libro podría sugerir. Por su parte, el historiador Anthony Beevor ha cuestionado que el placer sea el motor principal en la batalla cuando, en su opinión es el miedo y el mero instinto, lo que puede ser cierto; lo que no entiendo es la afirmación de Beevor de que la tesis de Joanna Bourke se diseñó para encajar en una agenda feminista bastante extrema ("a pretty extreme feminist agenda").  
 
De hecho, ami juicio cuando la autora aborda el papel de la mujer en la guerra se mueve por un terreno resbaladizo en términos muy poco feministas. Su reflexión sobre las “mujeres guerreras” pretende extender la tesis del placer en el combate más allá del género masculino, pero para ello cita unos pocos casos documentados de combatientes femeninas, junto a pasajes literarios y crónicas donde se exalta el ardor guerrero de las mujeres. El contraste con el abundante material sobre soldados varones torturando, mutilando y violando es abismal: miles de testimonios directos de brutalidad frente a unas cuantas escenas aisladas, muchas filtradas por la pluma masculina o por fines propagandísticos. Así, la equiparación corre el riesgo de apoyarse más en una voluntad interpretativa -la de subrayar que el goce violento es potencialmente humano y no fundamentalmente masculino- que en una base empírica comparable. El propio texto confirma la dificultad (yo diría que la imposibilidad) de sostener esa equiparación:
 
“En Corea, las mujeres de los comandos tenían fama de ser tan «inflexibles» y «peligrosas como los hombres, o todavía más». Con todo, es importante señalar que no hay ninguna prueba de que las combatientes fueran de verdad más propensas en realidad a jugar sucio. De hecho, Flora Sanders recordaba al menos un incidente en el que reprendió a sus compañeros varones por comportamiento poco deportivo. La habían desafiado a un concurso de puntería en el que el blanco era un búlgaro herido y ella, tirando su rifle, les dijo con desprecio: «¡Qué tíos tan valientes sois! ¿Por qué no disparáis contra un hombre que pueda responder al fuego?»”.

Como lectura, Sed de sangre incomoda y obliga a mirar de frente una verdad perturbadora: la capacidad humana para encontrar sentido y hasta goce en la destrucción de sus semejantes. Su riqueza documental, la fuerza de su prosa y la audacia de su enfoque la convierten en una pieza clave para repensar la guerra desde un ángulo raras veces admitido. Al cerrar el libro, te quedas con una sensación amarga: que la barbarie no siempre es un accidente ajeno sino algo que puede florecer, con aterradora naturalidad, en cualquiera de nosotros. La guerra y la cultura de la muerte y la brutalidad que son su fundamento son una construcción social. Como dice la autora en la introducción, "Matar en tiempos de guerra es inseparable de cuestiones sociales y culturales más amplias. El combate no acaba con las relaciones sociales, sino que, más bien, las reestructura". De ahí la urgencia de seguir trabajando por una cultura y unas relaciones sociales que se lo pongan difícil a la sed de sangre.

martes, 19 de agosto de 2025

Si ardemos

Vincent Bevins
Si ardemos: La década de las protestas masivas y la revolución que no fue
Traducción de Daniela Martín Hidalgo
Capitán Swing, 2025 
 
"En la ultima década, de 2010 a 2020, [...] la humanidad fue testigo de una explosión de protestas masivas que anunciaban cambios profundos. Sus participantes las vivieron como un triunfo lleno de euforia, y la prensa internacional las saludo entre alabanzas y con optimismo. Pero años más tarde [...] vemos que las revueltas precedieron -cuando no causaron- resultados muy distintos a los objetivos de los movimientos. En ningún lugar las cosas salieron como se habían planeado. En demasiados casos, la situación empeoró, según las normas articuladas por las propias calles.
De hecho, podría  incluso contarse la historia de esa década como la historia de las protestas masivas y sus consecuencias inesperadas. A riesgo de parecer demasiado ambicioso, este libro intentará hacer precisamente eso. ¿Qué ocurre si intentamos escribir la historia del mundo, desde 2010 a 2020, guiados por la desconcertante pregunta de cómo es posible que tantas protestas condujeran a lo contrario de lo que pedían?".


Publicado en octubre de 2023, este libro retrata la década de protestas masivas que agitó el mundo entre 2010 y 2020 -desde la primavera árabe hasta movimientos de protesta en Hong Kong, Brasil, Chile, Corea del Sur, Indonesia, Ucrania y otros- y explora por qué, a pesar de alcanzar momentos de enorme efervescencia colectiva, estos episodios no detonaron revoluciones exitosas. En vez de eso, gran parte terminaron en regresiones políticas profundas. Desde las plazas de El Cairo hasta las calles de Santiago de Chile, pasando por Hong Kong, Kiev o São Paulo, millones de personas salieron a manifestarse con la convicción de que estaban protagonizando un cambio histórico. El libro, fruto de un trabajo periodístico global y de decenas de entrevistas, intenta responder a una pregunta inquietante: ¿cómo es que tantas protestas masivas, tan emocionantes y transformadoras en apariencia, terminaron sin la revolución que prometían?
 
Bevins describe un patrón común en la mayoría de ellas: eran horizontales, espontáneas, coordinadas a través de redes sociales, con estructuras difusas y un fuerte rechazo a los liderazgos formales. Esa forma de organización generó entusiasmo y permitió que cientos de miles de personas se reconocieran entre sí, pero también se convirtió en un límite en el momento decisivo, cuando había que negociar, articular demandas o sostener una estrategia más allá de la ocupación de las calles. En ausencia de una estructura clara, el poder político encontró la forma de resistir, dividir o incluso apropiarse del impulso de las movilizaciones.

El contraste aparece en los pocos casos donde sí hubo organizaciones sólidas -sindicatos en Túnez, movimientos estudiantiles en Chile, redes comunitarias en Corea del Sur-. Allí las protestas no se desvanecieron tan rápido, porque existía un tejido capaz de traducir la furia ciudadana en conquistas políticas. Bevins insiste en que la diferencia no está en la magnitud de las marchas, sino en la capacidad de llenar el vacío que se abre cuando un régimen se tambalea. Desde esta perspectiva, el libro no se limita a la crónica, es también una advertencia, el autor nos recuerda que no toda acción sirve simplemente por “hacer algo”. Montar una performance, ocupar una plaza o viralizar un hashtag puede dar visibilidad a una protesta, pero no garantiza un cambio real. La energía del momento, por intensa que sea, no sustituye la organización ni la estrategia. 
 
Más allá de la abuntantisima información contenida en este ensayo, especialmente valiosa por lo que tiene de mirar hacia lugares que en su momento no estuvieron en el centro del foco informativo, hay dos ideas que me parecen especialmente destacables. La primera, que "las protestas masivas estructuradas de manera horizontal, coordinadas digitalmente y sin líderes son en lo fundamental ilegibles" (el énfasis es mío). Y en este punto, el papel de los medios de comunicación es esencial. La segunda, relacionada con esta, que ademas de denunciar los fallos de "representación" tanto de los medios masivos (manipulación, cortoplacismo) como de las instituciones políticas ("¡No nos representan!") hay que prestar atención a quién ocupa el vacío que deja nuestra confianza tanto en unos como en otras:
 
"Junto con la propia representación, los medios tradicionales están en crisis. Esto podría parecer interesado, dado que es mi industria, así que no me dolerá que alguien opte por no hacerme ni caso. Pero creo que podemos trazar una analogía entre los medios y los Estados que actualmente existen. Como cualquier Gobierno representativo, los medios son profundamente imperfectos y necesitan que se los critique todo el tiempo, tanto desde dentro como desde fuera, para que siga habiendo sinceridad. Deberíamos procurar crear medios que sean mejores y más democráticos. Pero no deberíamos ser víctimas de un pensamiento ilusorio barato y creer que, si hacemos estallar los medios, algo mejor surgirá de la nada. Hay que prestar atención a quién llenará ese vacío" (el énfasis es mío). 
 
Sin embargo, este no es un relato pesimista: rescata la potencia visceral de la protesta, ese éxtasis colectivo de encontrarse con otras y otros y sentir que el mundo puede ser diferente, aunque advierte que esa llama, si no se cuida, se apaga rápidamente. En su conclusión, Bevins señala que quizás la gran lección de la década sea aceptar que el fracaso también es parte del proceso. La fe en la inevitabilidad de la victoria puede ser engañosa; lo que realmente marca la diferencia es la preparación, la capacidad de resistir y de construir estructuras que sobrevivan al entusiasmo inicial. La esperanza está, tal vez, en fusionar el espíritu fresco de las nuevas generaciones con las lecciones organizativas del pasado.

Un testimonio lúcido de una época en que millones de personas encendieron por todo el mundo el fuego de la protesta, pero también un recordatorio de que arder no basta: es esencial saber qué hacer después de que las llamas iluminen las calles. 
 
Por cierto: en el capítulo 5 del VIII Informe Foessa, en 2019, ofrecimos nuestro propio análisis y diagnóstico de esa misma década. Por si interesa... 

lunes, 18 de agosto de 2025

El Club del Crimen de los Jueves

Richard Osman
El Club del Crimen de los Jueves
Traducción de Claudia Conde
Espasa, 2020
 
"El sol de la mañana empieza a iluminar el cielo de Kent.
    -Ibrahim, si sigues conduciendo a cuarenta y seis kilómetros por hora, todo el esfuerzo será inútil -dice Elizabeth, tamborileando con los dedos sobre la guantera.
    -Y si nos estrellamos en una curva cerrada, será todavía más inútil -responde Ibrahim con los ojos centrados en la carretera y concentrado en mantener el rumbo.
    -¿Alguien quiere una galletita con sabor a queso cheddar? -ofrece Joyce.
    Ibrahim está tentado de decir que sí, pero le gusta tener siempre las dos manos apoyadas en el volante. En la posición de las diez y diez. 
    Ron es el único de los cuatro que tiene coche, pero han tenido que discutir quién de ellos conduciría. Joyce no renueva el permiso desde hace treinta años, por lo que inmediatamente quedó descartada. Ron insistió brevemente en ser elegido, pero Ibrahim sabía que había perdido la confianza en los giros a la derecha y que en el fondo estaría encantado de que lo rechazaran. Elizabeth batalló con más entusiasmo por ser quien llevara el volante y hasta llego a mencionar que todavía tiene un permiso en vigor para conducir carros de combate. Hay que ver lo negligente que llega a ser a veces con la Ley de Secretos Oficiales. Pero al final todo se redujo a un pequeño detalle. Ibrahim era el único de los cuatro que entendía cómo funcionaba el GPS".
 
 
En el tranquilo retiro para jubiladas y jubilados de Coopers Chase, la vida transcurre entre partidas de ajedrez, caminatas y clases de yoga. Pero Coopers Chase es también el escenario en el que un pequeño grupo de residentes cultiva una afición inesperada: resolver asesinatos. Se hacen llamar el Club del Crimen de los Jueves porque este es el día de la semana en la que la sala de los puzzles, donde se reúnen, está libre, y sus integrantes -Elizabeth, Joyce, Ibrahim y Ron- no son detectives profesionales, sino personas jubiladas con pasado variopinto, ingenio agudo y tiempo libre. Lo que empieza como un pasatiempo -revisar viejos casos sin resolver- se convierte en una investigación real cuando un crimen sacude su propia comunidad. De repente, este club excéntrico se enfrenta a sospechosos de carne y hueso, policías desbordados y secretos que llevan décadas enterrados.

Además de la intriga policial, perfectamente construida con giros, falsas pistas y un manejo astuto del suspense, lo más destacable de la novela es la mirada que ofrece sobre la vejez. Las cuatro personas protagonistas no son caricaturas más o menos entrañables sino personajes complejos: Elizabeth, con un pasado misterioso en los servicios de inteligencia; Joyce, cuyo diario íntimo da voz y frescura al relato; Ibrahim, metódico y cerebral; Ron, un ex sindicalista combativo que aún conserva su fiereza. Osman les brinda humanidad y humor, pero también fragilidad: la soledad, la pérdida, la enfermedad, la conciencia de la muerte, aparecen con naturalidad en la vida de las y los protagonistas, entrelazadas con la trama.

Como novela de misterio bebe de la tradición británica de Agatha Christie y los detectives amateurs. Pero aunque el caso criminal sea el eje de la historia lo que realmente importa es la dinámica del grupo, el modo en que estas cuatro personas, aparentemente frágiles, desafían los prejuicios y se convierten en un equipo formidable. Hay diálogos divertidos, observaciones cómicas, situaciones que arrancan una sonrisa, reflexiones sobre la amistad, el paso del tiempo y el derecho a seguir siendo relevantes más allá de los ochenta. 

Otra recomendable lectura inesperada gracias a Re-Read.

Noventa y nueve cuentos divinos

Joy Williams
Noventa y nueve cuentos divinos
Traducción de Albert Fuentes
Seix Barral, 2025
 
"Hay veces en que da igual si oyes la palabra o la palabra no en respuesta a una pregunta tuya; tuerzas a derecha o izquierda, llegarás a tu destino.
No muchas, pero algunas.
¡UF!"
 
 
Este no es exactamente un libro de relatos, tampoco un ensayo teológico ni un conjunto de parábolas religiosas tradicionales, aunque bebe de todas estas fuentes. Es un caleidoscopio donde lo divino y lo absurdo, lo cotidiano y lo eterno, se ensamblan con un estilo que sorprende por su ironía a veces casi surrealista. El estilo es minimalista, con frases cortas, narración limpia y diálogos escuetos. Pero esta aparente simplicidad deja entrever un complejo andamiaje, tanto formal como de contenido, de manera que cada historia es como una grieta que nos permite vislumbrar una realidad de mayor hondura. Cada historia funciona como una fábula invertida. Nunca hay moraleja clara sino insinuaciones, silencios, preguntas que abren nuevos espacios para la reflexión. En ellas Joy Williams explora el desconcierto humano ante a la muerte, la soledad, la esperanza, el amor frágil, siempre con un humor que nunca se convierte en burla, sino en cálida ternura. 
 
Son noventa y nueve historias brevísimas, algunas de apenas un párrafo, en muchas de las cuales Dios aparece con una naturalidad desconcertante. Un Dios a quien vemos comprando en una tienda de ropa, revisando programas de televisión, participando de conversaciones triviales, manifestándose en la voz de un animal o simplemente quedando al margen mientras los seres humanos se enredan en su propia torpeza. Esa cotidianidad despojada de reverencia produce un efecto curioso: nos invita a mirarlo no desde la altura, sino a ras de suelo, como una presencia que convive con nuestras dudas y limitaciones.
 
"El Señor vivía con una gran colonia de murciélagos en una cueva. Dos chicos armados con pistolas de aire comprimido encontraron la cueva y mataron sin pensárselo a un gran número de murciélagos, dejando heridos a muchos más. Los chicos no vieron al Señor. Él no les reveló su presencia.
Por otra parte, el Señor estaba muy encariñado con los murciélagos pero no había movido un dedo para salvarlos.
Cada vez era más difícil comprender al Señor.
Le gustaba pasar el rato con los animales, todo el mundo lo sabía, las ballenas y los osos, los elefantes, los carneros de las Rocosas y los lobos. Los animales deseaban que no fuera tan aficionado a su compañía.
Pase más tiempo en el mundo de los hombres, le rogaron.
Pero el Señor les respondió que allí se sentía solo.
 
PEQUEÑA ORACIÓN"

Uno de los aspectos más sorprendentes de este libro son los títulos de cada historia, aunque van al final de las mismas, como si fueran colas de cometa y no cabezas de capítulo. La autora subvierte así la convención del título como anticipación, marco o clave interpretativa; al colocarlo al final lo convierte en un gesto de cierre que, en realidad, no cierra nada. Inesperados, muchas veces parecen no tener nada que ver con el contenido del relato. A veces son irónicos, otras enigmáticos, otras directamente desconcertantes de manera que, en lugar de confirmar lo que acabamos de leer, lo contradicen o lo desplazan hacia otra dirección. Esta operación abre un espacio nuevo al obligarnos a releer el cuento en retrospectiva preguntándonos qué vínculo puede haber entre lo leído y esa palabra o frase que lo culmina. En ese sentido, los títulos funcionan como pequeñas pompas diferidas, que explotan justo después de la lectura y nos invitan a repensar la pieza completa.

Así, en “Oportunidad" se cuenta cómo cuando los perros de la persona que narra la historia han perdido sus chapas identificativas -"Como viajábamos mucho y a menudo elegíamos rutas que nos permitieran pasar por zonas donde los perros pudieran correr sueltos y retozar a gusto, nuestros perror perdieron sus chapas de identificación en una docena de estados por lo menos"- la práctica totalidad de personas que encontraron esas chapas perdidas y se las devolvieron eran agentes inmobiliarios o de seguros, que adjuntaban sus tarjetas comerciales. De este modo, lo que parece una historia sobre ayuda y bondad se convierte en un negocio disfrazado o al menos en una oportunidad comercial disimulada. 

Este es un libro que, por su extensión, puede leerse rápido, pero merece la penar rumiar despacio cada cuento. Una experiencia de lectura singular.