Julián García Vargas fue ministro de Sanidad entre 1986 y 1991 y ministro de Defensa de 1991 a 1995. En una entrevista publicada hoy por EL PAÍS se muestra preocupado por la sostenibilidad de nuestro Estado de bienestar, en general, y por el sistema de salud en particular. Según él, "el sistema en tiempos de normalidad es sostenible, pero no estamos en época de normalidad". Por eso "hay que plantearse reducir el 5% de las prestaciones para salvar el 95% con la calidad impecable que deben tener". Reducir un poquito para mantener una calidad impecable... No suena mal. Lo que me sorprende es esa exactitud en los cálculos: un 5%, ni más ni menos. No un 3, ni un 4'5, o un 17.
"No hay dinero para todo", dice con solemnidad. Claro, es economista, y sabe de estas cosas. Quienes no lo somos, en cambio, desconocemos lo que es la escasez. De ahí que nuestra demanda de prestaciones sea incontrolada. "Lo que hay que hacer -propone- es que la cultura de contención del gasto se instale en la sanidad". Y asumir pequeños sacrificios (unos sacrificios exactamente del 5%), como por ejemplo: "Si tiene que haber dos personas en una habitación de hospital, que sea". ¿Si tiene que haber dos personas en una habitación? Este hombre hace mucho tiempo que no pisa un hospital (público).
Eso sí, la necesaria contención no debería impedir "cierta financiación adicional", que él cuantifica en 12.000 millones de euros, que son la deuda que las comunidades tienen con los proveedores farmacéuticos.
Julián García Vargas fue ministros de Sanidad, primero, y de Defensa, después. Hoy es patrono de la Fundación Pfizer. Si fuese patrono de la Fundación Blackwater, ¿tal vez sostendría que para salvar la calidad de la defensa es preciso reducir prestaciones militares?
Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
jueves, 28 de julio de 2011
domingo, 24 de julio de 2011
Conversar más, conversar mucho, contra el odio y la pureza
El filósofo Michael Oakeshott señaló en una conferencia dictada en 1951 en la London School of Economics que la educación política consiste, sobre todo, en "aprender el modo de participar en una conversación". Una conversación que reconozca al otro como interlocutor legítimo, concernido por preocupaciones e intereses similares a los míos, aunque su manera de abordarlos y/o resolverlos pueda ser muy distinta.
Conversación, digo, que no mera "comunicación"; pues ni de lejos es lo mismo, a pesar de que cada vez más en la política se confundan ambos conceptos. "Tenemos que comunicar mejor", se dice, sólo para renegar de la conversación con la ciudadanía. Verticalismo y unidireccionalidad discursiva frente a horizontalidad y diálogo.
"En el universo cibernético de la regulación y de la gobernanza, los seres humanos no actúan: reaccionan a las señales que reciben de los sistemas de información en los cuales están insertos. Y no se hablan, sino que se comunican por medio de estos sistemas. [...] Sustitución de la acción por la reacción, y de la conversación por la comunicación [...]. El director de empresa reacciona a las señales de los mercados financieros como el dirigente político reacciona a los sondeos de opinión; y cuanto más elevada sea su posición, menos poder tienen de conversar y más obligados se ven a 'comunicar'" (Supiot, El espíritu de Filadelfia).
La masacre de Noruega es consecuencia extremada de una actitud que se extiende cada vez más en nuestras sociedades, y que se manifiesta cada día en la política: el rechazo a conversar.
Leo que los republicanos rompen el diálogo con Obama sobre la deuda estadounidense, que amenaza con abocar al país a la suspensión de pagos. Y me pregunto cómo va a ser posible ningún diálogo si es cierto que "después de las elecciones legislativas de 2010, en pleno ascenso de la ideología más ultra, más de 200 republicanos de la Cámara de Representantes y más de 40 senadores de ese partido juraron simbólicamente ante el Tea Party que jamás, bajo ninguna circunstancia, votarían a favor de una subida de impuestos". Como señala el comentarista, "contradecirse ahora, no solo es decepcionar al Tea Party, sino usar el nombre de Dios en vano" (El País).
Hace un lustro el profesor de la Universidad de Nueva York Ronald Dworkin advertía de la ausencia de un debate decente en la vida política norteamericana, entendendo por debate "la actividad que las personas que comparten una base común integrada por ciertos principios políticos muy básicos llevan a cabo cuando argumentan acerca de qué políticas concretas reflejan mejor esos principios compartidos". Sin embargo, pareceria que la mayoría de las personas que se posicionan a cada lado de la divisoria política entre demócratas y republicanos están convencidas "de que es inútil razonar con la otra parte o ni siquiera intentar entenderla" (Ronald Dworkin, La democracia posible).
Islamófobo, fundamentalista cristiano, enemigo del multiculturalismo y de una socialdemocracia que, según él, lo apoya, el autor de la terrible masacre de Noruega hacía suya una frase que en algunos periódicos se atribuye a Stuart Mill: "Una persona con una creencia iguala la fuerza de 100.000 que solo tienen intereses". No sé si la autoría es correcta. En todo caso, Stuart Mill escribe en Sobre la libertad en contra de quienes, en el transcurso de una discusión, buscan "estigmatizar a los que sostienen la opinión contraria como hombres malos e inmorales", concluyendo de esta manera:
"Debe reconocerse el merecido honor a quien, sea cual sea la opinión que sostenga, tiene la calma de ver y la honradez de reconocer lo que en realidad son sus adversarios y sus opiniones, sin exagerar nada que pueda desacreditarlas, ni ocultar lo que pueda redundar en su favor. Esta es la verdadera moralidad en la discusión pública; y aunque con frecuencia sea violada, me felicito de pensar que hay muchos polemistas que la observan escrupulosamente y un número mayor todavía que conscientemente se esfuerzan por observarla".
¡Si Stuart Mill levantara la cabeza y escuchara las tertulias!
Conversación, digo, que no mera "comunicación"; pues ni de lejos es lo mismo, a pesar de que cada vez más en la política se confundan ambos conceptos. "Tenemos que comunicar mejor", se dice, sólo para renegar de la conversación con la ciudadanía. Verticalismo y unidireccionalidad discursiva frente a horizontalidad y diálogo.
"En el universo cibernético de la regulación y de la gobernanza, los seres humanos no actúan: reaccionan a las señales que reciben de los sistemas de información en los cuales están insertos. Y no se hablan, sino que se comunican por medio de estos sistemas. [...] Sustitución de la acción por la reacción, y de la conversación por la comunicación [...]. El director de empresa reacciona a las señales de los mercados financieros como el dirigente político reacciona a los sondeos de opinión; y cuanto más elevada sea su posición, menos poder tienen de conversar y más obligados se ven a 'comunicar'" (Supiot, El espíritu de Filadelfia).
La masacre de Noruega es consecuencia extremada de una actitud que se extiende cada vez más en nuestras sociedades, y que se manifiesta cada día en la política: el rechazo a conversar.
Leo que los republicanos rompen el diálogo con Obama sobre la deuda estadounidense, que amenaza con abocar al país a la suspensión de pagos. Y me pregunto cómo va a ser posible ningún diálogo si es cierto que "después de las elecciones legislativas de 2010, en pleno ascenso de la ideología más ultra, más de 200 republicanos de la Cámara de Representantes y más de 40 senadores de ese partido juraron simbólicamente ante el Tea Party que jamás, bajo ninguna circunstancia, votarían a favor de una subida de impuestos". Como señala el comentarista, "contradecirse ahora, no solo es decepcionar al Tea Party, sino usar el nombre de Dios en vano" (El País).
Hace un lustro el profesor de la Universidad de Nueva York Ronald Dworkin advertía de la ausencia de un debate decente en la vida política norteamericana, entendendo por debate "la actividad que las personas que comparten una base común integrada por ciertos principios políticos muy básicos llevan a cabo cuando argumentan acerca de qué políticas concretas reflejan mejor esos principios compartidos". Sin embargo, pareceria que la mayoría de las personas que se posicionan a cada lado de la divisoria política entre demócratas y republicanos están convencidas "de que es inútil razonar con la otra parte o ni siquiera intentar entenderla" (Ronald Dworkin, La democracia posible).
Islamófobo, fundamentalista cristiano, enemigo del multiculturalismo y de una socialdemocracia que, según él, lo apoya, el autor de la terrible masacre de Noruega hacía suya una frase que en algunos periódicos se atribuye a Stuart Mill: "Una persona con una creencia iguala la fuerza de 100.000 que solo tienen intereses". No sé si la autoría es correcta. En todo caso, Stuart Mill escribe en Sobre la libertad en contra de quienes, en el transcurso de una discusión, buscan "estigmatizar a los que sostienen la opinión contraria como hombres malos e inmorales", concluyendo de esta manera:
"Debe reconocerse el merecido honor a quien, sea cual sea la opinión que sostenga, tiene la calma de ver y la honradez de reconocer lo que en realidad son sus adversarios y sus opiniones, sin exagerar nada que pueda desacreditarlas, ni ocultar lo que pueda redundar en su favor. Esta es la verdadera moralidad en la discusión pública; y aunque con frecuencia sea violada, me felicito de pensar que hay muchos polemistas que la observan escrupulosamente y un número mayor todavía que conscientemente se esfuerzan por observarla".
¡Si Stuart Mill levantara la cabeza y escuchara las tertulias!
martes, 19 de julio de 2011
Reformas verdaderas y de las otras
Leo en el Diario Vasco que para el ministro de Trabajo e Inmigración, Valeriano Gómez, "la reforma financiera es más importante que la política laboral para salir de la crisis". Me alegra y creo que tiene toda la razón.
En su último libro, titulado El espíritu de Filadelfia, el catedrático de Derecho y director del Instituto de Estudios Universitarios de Nantes, Alain Supiot, responsable de un destacado informe sobre las transformaciones del trabajo en Europa, escribe lo siguiente:
Mientras que lo urgente habría sido reglamentar el mundo financiero, la Comisión Europea no ha tenido -como por lo demás las otras grandes organizaciones económicas internacionales- más que una sola onsesió y una sola consigna: "reformar los mercados de trabajo" en un sentido que pliegue a los hombres a los imperativos de "la recomposición permanente del tejido productivo" y maximice así la "creación de valor" para los jugadores de una economía reducia al estado de casino.
Y no sé muy bien por qué -o sí- al leer lo uno y lo otro me ha venido a la cabeza un texto que ayer mismo ví y fotografíe en Barcelona, en Ciutat Vella, muy cerca de la Plaça dels Angels.
En su último libro, titulado El espíritu de Filadelfia, el catedrático de Derecho y director del Instituto de Estudios Universitarios de Nantes, Alain Supiot, responsable de un destacado informe sobre las transformaciones del trabajo en Europa, escribe lo siguiente:
Mientras que lo urgente habría sido reglamentar el mundo financiero, la Comisión Europea no ha tenido -como por lo demás las otras grandes organizaciones económicas internacionales- más que una sola onsesió y una sola consigna: "reformar los mercados de trabajo" en un sentido que pliegue a los hombres a los imperativos de "la recomposición permanente del tejido productivo" y maximice así la "creación de valor" para los jugadores de una economía reducia al estado de casino.
Y no sé muy bien por qué -o sí- al leer lo uno y lo otro me ha venido a la cabeza un texto que ayer mismo ví y fotografíe en Barcelona, en Ciutat Vella, muy cerca de la Plaça dels Angels.
"Hay muchas maneras de matar... Solo pocas de estas cosas están prohibidas en nuestra ciudad".
También escribe Supiot que "reformar ... no consiste sin embargo en adaptarse a la injusticia del mundo, sino en proveerse de los medios teóricos y prácticos para hacerla retroceder".
sábado, 16 de julio de 2011
Cayendo desde lo alto, cogidos de la mano
Naiara y Jon murieron abrazados
La pareja vizcaína falleció de frío y sus cuerpos aparecieron a cincuenta metros del camino, bajo el pico Anie [El Correo].

storms of flying glass
& billowing flames
a clear day to the far sky—
better than burning,
hold hands.
We will be
two peregrines diving
all the way down.
(Gary Snyder, Danger on Peaks, p. 104)
Cayendo desde lo alto, cogidos de la mano
¿Qué fue eso? / una tormenta de cristales /y llamas ondulantes / un día claro en el lejano cielo /antes de quemarse, / se cogen de las manos. / Seremos / dos peregrinos buceando / hasta el fondo
La pareja vizcaína falleció de frío y sus cuerpos aparecieron a cincuenta metros del camino, bajo el pico Anie [El Correo].

Falling from a Height, Holding Hands
What was that?
storms of flying glass
& billowing flames
a clear day to the far sky—
better than burning,
hold hands.
We will be
two peregrines diving
all the way down.
(Gary Snyder, Danger on Peaks, p. 104)
Cayendo desde lo alto, cogidos de la mano
¿Qué fue eso? / una tormenta de cristales /y llamas ondulantes / un día claro en el lejano cielo /antes de quemarse, / se cogen de las manos. / Seremos / dos peregrinos buceando / hasta el fondo
viernes, 15 de julio de 2011
De la priva, lo privado y lo público
Detenido en Madrid un senador socialista por atentado a la autoridad
Desde el Grupo Socialista en el Senado evitaron comentar los hechos por tratarse de “un asunto privado”.
Discrepo absolutamente.
"Celebrar" la finalización del periodo de sesiones es un asunto privado. Lo es, incluso, hacerlo en una sauna. Hasta mamarse (o darle en exceso a la priva) en el jolgorio es un asunto privado (en los dos sentidos).
Lo que no es un asunto privado es destrozar mobiliario de un local y negarse a pagar, ni agredir a un agente.
Y sobre todo, lo que no es un asunto privado es gritar que a uno "no le detiene ni la Guardia Civil", versión torrentera del casposo "no sabe usted con quién está hablando".
Nada de esto es un asunto privado.
Es un vergonzoso asunto público.
Y si, con la que está cayendo, lo único que se nos ocurre es dar por bueno eso del "asunto privado", del "incidente sin trascendencia" y de que "le puede pasar a cualquiera", entonces va a ser verdad que esta clase política no tiene remedio.
Yo ya por poco tiempo, gracias a Dios; aunque ese poco cada vez se me hace más largo.
Desde el Grupo Socialista en el Senado evitaron comentar los hechos por tratarse de “un asunto privado”.
Discrepo absolutamente.
"Celebrar" la finalización del periodo de sesiones es un asunto privado. Lo es, incluso, hacerlo en una sauna. Hasta mamarse (o darle en exceso a la priva) en el jolgorio es un asunto privado (en los dos sentidos).
Lo que no es un asunto privado es destrozar mobiliario de un local y negarse a pagar, ni agredir a un agente.
Y sobre todo, lo que no es un asunto privado es gritar que a uno "no le detiene ni la Guardia Civil", versión torrentera del casposo "no sabe usted con quién está hablando".
Nada de esto es un asunto privado.
Es un vergonzoso asunto público.
Y si, con la que está cayendo, lo único que se nos ocurre es dar por bueno eso del "asunto privado", del "incidente sin trascendencia" y de que "le puede pasar a cualquiera", entonces va a ser verdad que esta clase política no tiene remedio.
Yo ya por poco tiempo, gracias a Dios; aunque ese poco cada vez se me hace más largo.
sábado, 9 de julio de 2011
Kukutza ikutu bez!!!
Si bien la ciudad puede ser analizada de diferentes maneras -como simple agregado territorial, como artefacto físico o conceptual cuya estructura va a condicionar la forma de vida de los sujetos-, lo que más nos interesa es aproximarnos a la urbe como un complejo entramado de interacciones, “como una unidad funcional en la cual las relaciones entre los individuos que la integran están determinadas no sólo por las condiciones impuestas por la estructura material de la ciudad ni siquiera por las regulaciones formales de un gobierno local, sino más bien por las interacciones, directas o indirectas, que los individuos mantienen los unos con los otros” (Park). La ciudad es, sobre todo, lo que hacemos con ella y en ella. La ciudad es, por encima de todo, sus ciudadanas y ciudadanos y las relaciones que establecen entre sí.
¿Ofrece la ciudad actual oportunidades para que esa interacción se produzca? “En toda América, la planificación urbana ha renunciado a su papel histórico como integradora de comunidades, y propicia un desarrollo selectivo que enfatiza las diferencias”. Esta afirmación de Michael Sorkin, realizada a principios de los Noventa, nos advierte frente a uno de los riesgos más importantes a los que se enfrenta la ciudad de hoy y, sobre todo, la de mañana: el riesgo de que, al margen de nuestras intenciones y deseos, el espacio urbano realmente existente haga físicamente imposible la interacción social imprescindible para la construcción de la cultura ciudadana.
Este espacio urbano donde la interacción social y el encuentro entre vecinos se vuelve crecientemente dificultoso es el que Pietro Barcellona denomina ciudad postmoderna, “una enorme superficie pulimentada en la que se puede patinar hasta el infinito”. La ciudad, históricamente el espacio privilegiado para la civilidad, la socialidad, la comunicación, el encuentro, la participación, se ve reducida a un espacio sin referencias, un espacio que ya no es necesario para la vida; más aún, un espacio para el que la vida no sólo no es necesaria, sino que se convierte en un auténtico engorro. Por evitar encontronazos, inevitables cuando de la vida real se trata, acabamos por volver casi imposibles los encuentros.
Hoy las ciudades se sueñan, se piensan y se diseñan para ser creativas, atractivas, emprendedoras, globales… pero entonces no se sabe qué hacer con la ciudad (y la ciudadanía) encadenada a lo local, con la ciudad (y la ciudadanía) vulnerable y frágil. Si repasamos el índice analítico del libro de Richard Florida Las ciudades creativas no encontraremos referencia ninguna a la pobreza, la desigualdad o la exclusión. Hay universitarios y jóvenes solteros, jubilados, gays y lesbianas, enclaves étnicos; hay, por supuesto, profesionales jóvenes, innovadores y talento. También hay, es verdad, “familias con ingresos bajos, desplazamiento de”; es decir, familias con ingresos reducidos que no pueden afrontar el precio de la vivienda y de la vida en los nuevos “mosaicos urbanos paraíso de los modernos” y que por ello se ven desplazados de estos lugares. Pero no hay vida, al menos no la hay en toda su complejidad.
Desaparecen los problemas, o se planifica su desaparición. Desaparece, por ello, la ciudad real. La pérdida de la ciudad significa, por tanto, la pérdida de la comunicación real al disminuir el interés por los lugares y por la gente.
Este espacio urbano donde la interacción social y el encuentro entre vecinos se vuelve crecientemente dificultoso es el que Pietro Barcellona denomina ciudad postmoderna, “una enorme superficie pulimentada en la que se puede patinar hasta el infinito”. La ciudad, históricamente el espacio privilegiado para la civilidad, la socialidad, la comunicación, el encuentro, la participación, se ve reducida a un espacio sin referencias, un espacio que ya no es necesario para la vida; más aún, un espacio para el que la vida no sólo no es necesaria, sino que se convierte en un auténtico engorro. Por evitar encontronazos, inevitables cuando de la vida real se trata, acabamos por volver casi imposibles los encuentros.
Hoy las ciudades se sueñan, se piensan y se diseñan para ser creativas, atractivas, emprendedoras, globales… pero entonces no se sabe qué hacer con la ciudad (y la ciudadanía) encadenada a lo local, con la ciudad (y la ciudadanía) vulnerable y frágil. Si repasamos el índice analítico del libro de Richard Florida Las ciudades creativas no encontraremos referencia ninguna a la pobreza, la desigualdad o la exclusión. Hay universitarios y jóvenes solteros, jubilados, gays y lesbianas, enclaves étnicos; hay, por supuesto, profesionales jóvenes, innovadores y talento. También hay, es verdad, “familias con ingresos bajos, desplazamiento de”; es decir, familias con ingresos reducidos que no pueden afrontar el precio de la vivienda y de la vida en los nuevos “mosaicos urbanos paraíso de los modernos” y que por ello se ven desplazados de estos lugares. Pero no hay vida, al menos no la hay en toda su complejidad.
Desaparecen los problemas, o se planifica su desaparición. Desaparece, por ello, la ciudad real. La pérdida de la ciudad significa, por tanto, la pérdida de la comunicación real al disminuir el interés por los lugares y por la gente.
Bruce Bégout ha captado perfectamente el espíritu de esta ciudad postmoderna, plagada de no-lugares, al analizar el motel americano como expresión de esta no-ciudad: “El motel, lejos de limitarse a ser una muestra del american way of life, muestra que se propaga en la actualidad en la periferia de casi todas las ciudades mundiales, concretiza nuevas formas de vida urbana donde la movilidad, el vagabundeo y la pobreza vital adquieren un lugar preponderante”. Como señala Bégout, la característica más evidente de este motel es que “no se ha previsto ningún espacio, ni externo ni interno, para acoger reuniones de inquilinos”. Por el contrario, “todo ha sido concebido para favorecer una circulación de las personas en sentido único, desde sus automóviles a sus habitaciones y viceversa”. ¿No nos recuerda esta caracterización del motel americano a muchos de los espacios que encontramos en nuestras ciudades?

La ciudad no puede ser un parque temático (Sorkin) ni un lugar de encuentro vacío, “decorado para parecer algún tipo de ciudad ideal, pero donde nadie se relaciona con nadie” (MacCannell). Más acá del espectacular skyline está siempre el topos inmediato de la vulnerabilidad, la fragilidad y la exclusión.
Abandonada a sus propias dinámicas y al contrario de lo que esperábamos, “la ciudad ya no produce sociedad” (Donzelot). La ciudad por sí sola ya no basta para producir ciudadanos ni civismo. Hoy la ciudad exige una nueva actitud por parte de sus habitantes -proactiva, propositiva- para que la vida urbana brote y se manifieste en toda su diversidad, exuberante y agonística.
Ciudadanas y ciudadanos que se reapropien del derecho colectivo a la ciudad no como consumidores de experiencias, ni como emprendedores a la búsqueda de un adecuado suelo para desarrollar su creatividad, ni siquiera como ciudadanos meramente reactivos y exigentes, sino como actores sociales empeñados en la construcción de poderes democráticos. Pues, como recuerda Barcellona, “afirmar hoy que el ciudadano en cuanto tal tiene derechos [...] puede convertirse en un simple ejercicio de lógica, que deduce de la condición de ciudadano el derecho a la atribución de recursos, como si se tratara de un corolario y no ya del terreno de un conflicto que no puede no ser colectivo y que tiene como objetivo la reforma del poder social y de las formas de convivencia”.
Abandonada a sus propias dinámicas y al contrario de lo que esperábamos, “la ciudad ya no produce sociedad” (Donzelot). La ciudad por sí sola ya no basta para producir ciudadanos ni civismo. Hoy la ciudad exige una nueva actitud por parte de sus habitantes -proactiva, propositiva- para que la vida urbana brote y se manifieste en toda su diversidad, exuberante y agonística.
Ciudadanas y ciudadanos que se reapropien del derecho colectivo a la ciudad no como consumidores de experiencias, ni como emprendedores a la búsqueda de un adecuado suelo para desarrollar su creatividad, ni siquiera como ciudadanos meramente reactivos y exigentes, sino como actores sociales empeñados en la construcción de poderes democráticos. Pues, como recuerda Barcellona, “afirmar hoy que el ciudadano en cuanto tal tiene derechos [...] puede convertirse en un simple ejercicio de lógica, que deduce de la condición de ciudadano el derecho a la atribución de recursos, como si se tratara de un corolario y no ya del terreno de un conflicto que no puede no ser colectivo y que tiene como objetivo la reforma del poder social y de las formas de convivencia”.
Rekalde ha sido siempre, con sus insurgencias ciudadanas y sus emergencias culturales, una ciudad imprevista en el sentido en que Paolo Cottino utiliza este término: “En nuestras ciudades surgen continuamente prácticas, acciones y comportamientos que, al margen de los usos tradicionales del espacio y sin respetar las reglas establecidas para el disfrute de los recursos espaciales urbanos, proponen formas nuevas de relacionarse con el territorio, de aprovechar el recurso «ciudad». Sus protagonistas, por necesidad o por voluntad propia, no se someten a la disciplina impuesta y tratan de controlar ellos mismos el proceso de construcción de la territorialidad, es decir, de la relación social con el territorio”.
Kukutza, expresión de ese activismo ciudadano que hace más y mejor ciudad cada día. Porque ni Bilbao ni Rekalde sin Kukutza serían lo mismo: Kukutza no se toca!!!

domingo, 3 de julio de 2011
Malo si no nos representan, peor si lo hacen demasiado
¿Lo que menos me gusta del 15M? La mirada excesivamente autocomplaciente que dirige hacia sí mismo. La comprendo, claro que sí. Es esa experiencia fundamental que caracteriza la fase de estado naciente de cualquier movimiento social (Alberoni): esa efervescencia, esa experiencia de empezar de cero, esa impresión de que cuando uno descubre algo (un problema, una causa, una pregunta, una respuesta, una señal, una llamada...) todo el mundo debería hacerlo. Yo también la he experimentado y, ¡qué diablos!, no renuncio a volver a hacerlo.
El problema es que esta exhaltación y este arrebato terminen convertidos en combustible que alimente la razón automática -"Levantas la voz, te indignas, lo inundas todo de tu iracundia y ya parece que tienes razón" (Juan Cruz)- o la tentación de la inocencia -con su tendencia a transformar la queja en una "forma charlatana de la renuncia" (Pascal Bruckner).
"No nos representan", (nos) dicen. Y en un sentido profundo es muy cierto. Cuando los partidos se ubican cada vez más en el terreno de la defensa del denominado interés general, su capacidad
de representación se debilita necesariamente. Porque con el interés general ocurre lo mismo que con el sentido común (el menos común de los sentidos): que se trata del menos general de los intereses en un mundo político dominado por los intereses particulares.
Pero, en otro sentido iguamente profundo, ¿pudiera darse el caso de que la peor política sea, precisamente, la que más pueda representar a una determinada ciudadanía?
Javier Marías, "¿Por qué quieren ser políticos?":
A mi modo de ver hay cinco grupos: a) sujetos mediocres que nunca podrían hacer carrera -ni tener un sueldo- si no fuera en un medio tan poco exigente como la política (sé de algún alcalde de ciudad conocido en ella, sobre todo, por ser un completo iletrado y darle a la frasca); b) sujetos que ven un modo de enriquecerse (así lo explicó sin tapujos uno que no quedó lejos de llegar a ministro); c) sujetos que sólo ansían tener poder, es decir, mandar y que la gente les pida favores; tener potestad para denegar o dar y salir en televisión; en suma, ser "alguien" (recuerdo haberle oído contar a mi padre que, apenas quince días antes de la derrota -ya segura- de la República en la Guerra Civil, había tortas para ser nombrado ministro de lo que fuese en la última remodelación gubernamental, cuando ocupar un cargo así sólo iba a traer muy graves problemas a quienes los ocupasen, al cabo de dos semanas: la vanidad no sabe de cálculos); d) fanáticos de sus ideas o metas que sólo aspiran a imponerlas; e) individuos con verdadera vocación política, con espíritu de servicio, buena fe y ganas de ser útiles al conjunto de la población y de mejorarle las condiciones de vida, de libertad y de justicia.
No hace falta decir que, de estos cinco grupos (expuestos -me disculpo- con la grosería inherente a toda simplificación), el único que merece respeto, vale la pena y resulta beneficioso y necesario es el último, que quizá por eso sea el menos nutrido. Lo llamativo es que los votantes no parezcan saber distinguir a los pertenecientes a cada grupo. Acaso no sea fácil, dado que los de los cuatro primeros fingen y engañan, copian y adoptan las maneras y los discursos de los del quinto, se presentan invariablemente como personas desinteresadas y abnegadas. Si en cada legislatura cambiaran las caras, podría entenderse que les diéramos siempre un voto de confianza y nos colaran gato por liebre. Pero esta ingenuidad no es admisible con los políticos veteranos, porque nadie es capaz de fingir bien mucho tiempo. Fingir es difícil y cansa, y el zafio, el oportunista, el tonto, el bruto, el aprovechado, el ladino, el ladrón, el engreído, el fanático, el déspota, todos acaban por parecer lo que son, y sin tardanza. ¿Cómo es que no lo vemos año tras año, legislatura tras legislatura? ¿Cómo es que no sabemos distinguir a los del quinto grupo -que los hay- ni eliminar poco a poco a los de los otros cuatro? Tal vez sería algo a lo que se podrían aplicar los integrantes del 15-M: no a descalificarlos a todos, que es lo que Franco hacía para justificar su prohibición de los partidos; sino a ir señalando, con nombres y apellidos si hace falta, a la enorme cantidad de mediocres, codiciosos, corruptos, fanáticos y engreídos que se han hecho con tanto poder en España.
Elvira Lindo, "Berlusconeando":
Veo italianos. Los observo de arriba abajo con la tranquilidad de que ellos hacen lo mismo y de que no les molesta que una mujer les mire. Entre esos italianos que veo, veo también unos cuantos Berlusconis: esos hombres de edad ya provecta que andan luchando a diario con las arrugas y las entradas en el cuero cabelludo. Y entonces mi mente comienza a construir una teoría. Aquí la dejo. Mi teoría es que nos empeñamos en pensar que el dirigente político de un país nada tiene que ver con el pueblo al que representa: lo estudiamos de manera aislada, nos mofamos de sus pulsiones, de su afición irregular por las jovencitas, de sus implantes capilares, sus estiramientos de piel, su campechanía excesiva, la irreprimible necesidad de ser gracioso, de su aire sobrado, del patoso nacionalismo, el orgullo sin motivo, la condescendencia con las mujeres, la simpatía que de pronto se vuelve insultante o de esa manera impúdica de abusar del poder, como si fuera un derecho de por vida. Así hemos visto el problema italiano: como si todo se redujera a Berlusconi, como si no hubiera gente que lo vota, que quiere parecerse a él, jovencitas que se le rinden o jovencitos que admiran su astucia. Pero siempre, y más en las democracias, hay un parecido entre el gobernante y el pueblo gobernado. Veo italianos. Y debo decir que son tremendamente agradables a la vista, que incluso los feos son guapos, es más, yo diría que los más feos son los más guapos, porque lucen narices esculpidas a martillazos y ojos de pez. Pero esa belleza no me ciega y encuentro con frecuencia una autoestima masculina muy berlusconiana. Pero cuidado, que cuando paseo por España veo Rajoys o Camps (más en los últimos tiempos). No, ellos no nacen de un repollo, somos nosotros los que les damos aliento, vida. Y votos.
Malo, muy malo, es que los políticos no nos representen.
Peor aún que algunos políticos, los peores de todos, nos representen demasiado.
El problema es que esta exhaltación y este arrebato terminen convertidos en combustible que alimente la razón automática -"Levantas la voz, te indignas, lo inundas todo de tu iracundia y ya parece que tienes razón" (Juan Cruz)- o la tentación de la inocencia -con su tendencia a transformar la queja en una "forma charlatana de la renuncia" (Pascal Bruckner).
"No nos representan", (nos) dicen. Y en un sentido profundo es muy cierto. Cuando los partidos se ubican cada vez más en el terreno de la defensa del denominado interés general, su capacidad
de representación se debilita necesariamente. Porque con el interés general ocurre lo mismo que con el sentido común (el menos común de los sentidos): que se trata del menos general de los intereses en un mundo político dominado por los intereses particulares.
Pero, en otro sentido iguamente profundo, ¿pudiera darse el caso de que la peor política sea, precisamente, la que más pueda representar a una determinada ciudadanía?
Javier Marías, "¿Por qué quieren ser políticos?":
A mi modo de ver hay cinco grupos: a) sujetos mediocres que nunca podrían hacer carrera -ni tener un sueldo- si no fuera en un medio tan poco exigente como la política (sé de algún alcalde de ciudad conocido en ella, sobre todo, por ser un completo iletrado y darle a la frasca); b) sujetos que ven un modo de enriquecerse (así lo explicó sin tapujos uno que no quedó lejos de llegar a ministro); c) sujetos que sólo ansían tener poder, es decir, mandar y que la gente les pida favores; tener potestad para denegar o dar y salir en televisión; en suma, ser "alguien" (recuerdo haberle oído contar a mi padre que, apenas quince días antes de la derrota -ya segura- de la República en la Guerra Civil, había tortas para ser nombrado ministro de lo que fuese en la última remodelación gubernamental, cuando ocupar un cargo así sólo iba a traer muy graves problemas a quienes los ocupasen, al cabo de dos semanas: la vanidad no sabe de cálculos); d) fanáticos de sus ideas o metas que sólo aspiran a imponerlas; e) individuos con verdadera vocación política, con espíritu de servicio, buena fe y ganas de ser útiles al conjunto de la población y de mejorarle las condiciones de vida, de libertad y de justicia.
No hace falta decir que, de estos cinco grupos (expuestos -me disculpo- con la grosería inherente a toda simplificación), el único que merece respeto, vale la pena y resulta beneficioso y necesario es el último, que quizá por eso sea el menos nutrido. Lo llamativo es que los votantes no parezcan saber distinguir a los pertenecientes a cada grupo. Acaso no sea fácil, dado que los de los cuatro primeros fingen y engañan, copian y adoptan las maneras y los discursos de los del quinto, se presentan invariablemente como personas desinteresadas y abnegadas. Si en cada legislatura cambiaran las caras, podría entenderse que les diéramos siempre un voto de confianza y nos colaran gato por liebre. Pero esta ingenuidad no es admisible con los políticos veteranos, porque nadie es capaz de fingir bien mucho tiempo. Fingir es difícil y cansa, y el zafio, el oportunista, el tonto, el bruto, el aprovechado, el ladino, el ladrón, el engreído, el fanático, el déspota, todos acaban por parecer lo que son, y sin tardanza. ¿Cómo es que no lo vemos año tras año, legislatura tras legislatura? ¿Cómo es que no sabemos distinguir a los del quinto grupo -que los hay- ni eliminar poco a poco a los de los otros cuatro? Tal vez sería algo a lo que se podrían aplicar los integrantes del 15-M: no a descalificarlos a todos, que es lo que Franco hacía para justificar su prohibición de los partidos; sino a ir señalando, con nombres y apellidos si hace falta, a la enorme cantidad de mediocres, codiciosos, corruptos, fanáticos y engreídos que se han hecho con tanto poder en España.
Elvira Lindo, "Berlusconeando":
Veo italianos. Los observo de arriba abajo con la tranquilidad de que ellos hacen lo mismo y de que no les molesta que una mujer les mire. Entre esos italianos que veo, veo también unos cuantos Berlusconis: esos hombres de edad ya provecta que andan luchando a diario con las arrugas y las entradas en el cuero cabelludo. Y entonces mi mente comienza a construir una teoría. Aquí la dejo. Mi teoría es que nos empeñamos en pensar que el dirigente político de un país nada tiene que ver con el pueblo al que representa: lo estudiamos de manera aislada, nos mofamos de sus pulsiones, de su afición irregular por las jovencitas, de sus implantes capilares, sus estiramientos de piel, su campechanía excesiva, la irreprimible necesidad de ser gracioso, de su aire sobrado, del patoso nacionalismo, el orgullo sin motivo, la condescendencia con las mujeres, la simpatía que de pronto se vuelve insultante o de esa manera impúdica de abusar del poder, como si fuera un derecho de por vida. Así hemos visto el problema italiano: como si todo se redujera a Berlusconi, como si no hubiera gente que lo vota, que quiere parecerse a él, jovencitas que se le rinden o jovencitos que admiran su astucia. Pero siempre, y más en las democracias, hay un parecido entre el gobernante y el pueblo gobernado. Veo italianos. Y debo decir que son tremendamente agradables a la vista, que incluso los feos son guapos, es más, yo diría que los más feos son los más guapos, porque lucen narices esculpidas a martillazos y ojos de pez. Pero esa belleza no me ciega y encuentro con frecuencia una autoestima masculina muy berlusconiana. Pero cuidado, que cuando paseo por España veo Rajoys o Camps (más en los últimos tiempos). No, ellos no nacen de un repollo, somos nosotros los que les damos aliento, vida. Y votos.
Malo, muy malo, es que los políticos no nos representen.
Peor aún que algunos políticos, los peores de todos, nos representen demasiado.
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