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jueves, 5 de mayo de 2016

¿Eclipse de la democracia? Debate: Enrique Gil Calvo y Berna González Harbour



¿ECLIPSE DE LA DEMOCRACIA? ¿UNA CUESTIÓN DE VALORES?
(Planteamiento de la cuestión)
ASOCIACIÓN PARA LA FORMACIÓN Y ESTUDIOS SOCIALES / AFES – BILBAO

ESTAS PREGUNTAS surgen como continuación de una reflexión anterior que varias personas y grupos nos hemos planteado a la luz de los acontecimientos políticos que van suscitando, tanto en Europa como en España una preocupación creciente sobre la salud de nuestro sistema democrático.
La situación que podemos calificar como “sistémica” o “estructural”, viene de atrás, es anterior a la crisis económica que llevamos sufriendo desde 2007 o 2008. Incluso, muchos analistas se plantean si la crisis es tal y si no estaremos ya –desde hace tiempo- inmersos en un nuevo tiempo y en un nuevo paradigma socio-económico y político. Una situación en la que el capitalismo de la globalización ha terminado por constituir nuevas normas, nuevas reglas económicas y un nuevo poder político de manos de un neoliberalismo triunfante.
La explosión del multipartidismo, la emergencia de movimientos xenófobos, la “huida” de muchos países del proyecto de la Unión Europea -o al menos eso intentan-, las tensiones separatistas de regiones con mayor nivel de vida, las políticas de restricción de las migraciones, la crisis de los refugiados procedentes de guerras que Europa y USA ha estimulado, son algunos de los indicadores o amenazas que configuran el marco de la crisis de la democracia. Porque estos factores y otros, no suceden en balde, dejan su huella en la conciencia ciudadana. Socavan su vinculación con la democracia generando un malestar cada vez más creciente. Malestar que adquiere tintes de rebeldía cuando la crisis golpea con más fuerza a las clases y grupos sociales más débiles y cuando la corrupción, como es el caso de nuestro país, no deja de ser noticia todos los días.
No es extraño, pues, que algunos hablen de esta crisis como “del crepúsculo de la democracia” por su impotencia para cambiar las cosas y mantener una cohesión social y un sistema distributivo de la riqueza más justo.
En una reciente publicación de Peter Mair se habla directamente del “gobierno del vacío, de la banalización de la democracia occidental”. Se pone en cuestión el papel de los partidos políticos como cauces de participación ciudadana en la gestión política, crece la desconfianza de las instituciones públicas que se ven sometidas al servicio de una partitocracia profesionalizada y desvinculada de la vida real de la ciudadanía. Y a su deslegitimación política se añade un desconcierto social por la pérdida de la ejemplaridad ética de los líderes y gestores públicos.
Por otra parte, está la cuestión de la economía, y en concreto, la financiera, como factor que se impone sobre la política, sobre las instituciones que nada o poco tienen que hacer frente a las necesidades y exigencias que se presentan como “ineludibles” e “imperativas” a la hora de tomar decisiones que contribuyan al bien general. El sistema democrático, sus mecanismos de representación y decisión se muestran así, esclavos del modelo y políticas económicas dirigidas desde otros lugares, por otras personas con o sin rostro pero con mucho poder.
Es este un contexto común europeo en el que ha brotado, con distintos matices particulares, todo tipo de experiencias políticas cargadas de xenofobia, demagogia, radicalismo neoliberal, populismos diversos y oportunistas políticos.
¿Dónde está el trigo y dónde la cizaña? ¿Dónde están las claves de este problema? ¿Son cuestiones que tienen solución? ¿Cómo? ¿En qué tiempo y con qué estrategia?
Entendemos que la democracia no es sólo una cuestión de procedimientos (de representación y/o de normas) sino, además, de valores tales como la igualdad, la libertad y la solidaridad. Y, también, de condiciones materiales que hacen posible la práctica efectiva de esos valores.
Creemos que estamos ante una crisis de “cultura política” entendida en su sentido más ético. En el sentido de asunción colectiva de valores más comunitaristas o solidarios vinculados a la participación social y enfrentados al individualismo inculcado por el neoliberalismo económico.
Creemos también que las dificultades democráticas por las que atraviesa en estos momentos nuestro país no son patrimonio exclusivo de la sociedad española sino que se extienden a las sociedades europeas. Y aunque las cuestiones aquí apuntadas tienen su diferente tratamiento en el marco de “sociedades y países con una democracia consolidada” nos interesa fijar para el nuestro una perspectiva y criterios de análisis preferente.
Para ello hemos invitado a nuestros ponentes, uno desde una perspectiva más académica y otra, desde una perspectiva más periodística, para “situar” las cuestiones más decisivas sobre la preocupación y las preguntas que nos planteamos y que les planteamos a ellos.
Esperamos que, entre todos, podamos extraer los mejores criterios posibles en el tiempo que disponemos en este debate-coloquio.

Preguntas indicativas:

· ¿Podemos hablar de ocaso, eclipse o final de la democracia o más bien de crisis pasajera, de situación difícil pero superable de la misma?
· ¿Puede funcionar una democracia en la sociedad compleja que vivimos con un sistema de representación no delegada? ¿Son factibles las representaciones o decisiones mediante los procedimientos de las asambleas abiertas?
· ¿Es posible controlar razonablemente los flujos económico-financieros? Y, sobre todo, ¿es posible un sistema fiscal efectivo (progresivo y equitativo) al servicio del bien general?
· ¿Estamos ante una regeneración ética que va a ser influyente en la vida colectiva y política en la próxima década?

jueves, 25 de agosto de 2011

Hacia el Estado Mercado

¿Constitucionalizar un límite al déficit público en un país en el que se ha construido un aeropuerto sin aviones, y aún así la sociedad pública que lo gestiona acaba de destinar una partida de 5,5 millones de euros para controlar “los filtros de embarque, el Centro de Seguridad Aeroportuaria y los accesos” al mismo durante cinco años? Cuando el impulso o la decisión política están detrás de infinidad de actuaciones –parques temáticos, estaciones de esquí, aeropuertos, rutas de AVE, ciudades de la cultura, cajas de ahorro, clubes de fútbol, etc.- que generan enormes pérdidas, ¿de qué va a servir fijar en la Constitución un mandato de estabilidad presupuestaria?

Saber que no se debe gastar más de lo que se tiene o razonablemente se espera tener, máxime cuando se maneja dinero de todos, es una cuestión de sentido (del bien) común. Un sentido común, una prudencia elemental y una responsabilidad de la que ha estado ayuna en los últimos tiempos una buena parte de la política española. Por eso me ha gustado escuchar al candidato del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, cuando en un corte del diálogo que mantuvo recientemente con un amplio grupo de padres y madres con hijos o hijas menores de 15 años no dejaba de señalar que el próximo Gobierno va a contar con “pocos recursos”, lo que exigirá fijar bien las prioridades. Esta es la actitud responsable y prudente que debemos exigir a quienes gobiernan los recursos (por definición siempre escasos) de todas y de todos. Confiar en las virtudes taumatúrgicas de una norma, por más alto que sea su rango jurisdiccional, resulta francamente ridículo. Recordemos, si no, lo que la Constitución proclama al respecto del Senado y su función de representación territorial… desde 1978. Si de sujetar el gasto se trata, más nos valdría reformar muchas de nuestras prácticas políticas antes que el texto constitucional.

Sujetar el gasto, sí, pero según qué gasto. A pesar de mantener discrepancias teóricas entre ellos, en los últimos días hemos podido leer sendos artículos de los economistas Paul Krugman (“La crisis secuestrada”, El País, 14 agosto) y James K. Galbraith (“La histeria del déficit”, Público, 14 agosto) en los que cuestionaban con dureza la obsesión con el déficit público, considerándola fundamentalmente una estrategia ideológica destinada a “paralizar al Gobierno y recortar la Seguridad Social” (Galbraith) o a “secuestrar el debate sobre la crisis para conseguir las mismas cosas que uno defendía antes de la crisis, dejar que la economía siga desangrándose” (Krugman). Una posición similar es mantenida por Robert Reich, catedrático de Políticas Públicas en la Universidad de Berkeley y secretario de Trabajo con Clinton (“La manipulación de la crisis”, Público, 1 agosto), quien al igual que los anteriores sostiene que la mejor forma de salir de la crisis es aumentar el gasto público, no disminuirlo. Los tres refieren sus análisis a Estados Unidos, pero creo que podemos aplicarnos el cuento. En España, el colectivo Economistas frente a la Crisis ha criticado la imposición por el Consejo Europeo de políticas de recorte drástico del gasto público y plantean en relación al déficit: “Se asume que un problema esencial en el actual contexto es el déficit público, causado por un exceso de gasto. Sin embargo, el déficit encuentra una de sus principales causas en la fuerte y rápida reducción de los ingresos, que dependen directamente de la evolución del PIB. ¿No sería más adecuado centrarse en la recuperación de los ingresos sin olvidar, por supuesto, la necesaria eficiencia del gasto público?”.

Hablando de recuperación de ingresos: los empresarios españoles que tan contundentemente han salido a apoyar la medida de constitucionalizar el límite de déficit, ¿reclamarán también una subida de impuestos para las rentas más altas como han hecho algunos de sus colegas franceses y norteamericanos? ¿O acaso tendrán a bien reflexionar públicamente sobre la información proporcionada por el Sindicato de Técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha), según la cual la evasión fiscal de las grandes fortunas, corporaciones empresariales y grandes empresas alcanzó los 42.711 millones de euros en el último año, lo que supone el 71,8% del importe total de estas bolsas de fraude en España, un porcentaje tres veces superior al correspondiente a pymes y autónomos?

Ya basta de seguir alimentando la ficción de unos mercados guiados por una cierta racionalidad, fundamentalmente prudentes, a quienes espanta la incertidumbre, deseosos de confiar en nosotros para así aterrizar amigablemente en nuestro entorno productivo y ayudarnos a salir de la crisis. Seguros de impago de créditos, ventas a corto, apalancamientos, apuestas a la baja, inversiones de alto riesgo… la incertidumbre y el desequilibrio configuran el ecosistema necesario donde se desarrolla el capitalismo de casino. He leído, incluso, sobre “máquinas de inversión de alta frecuencia” (High Frequency Trading), potentes ordenadores programados matemáticamente para comprar y vender en segundos modificando así las tendencias en las bolsas, con volúmenes de negocio de miles de millones diarios. ¿Modificarán estas supermáquinas de especular sus algoritmos para incorporar nuestra reforma constitucional?

Y luego está la cuestión de las formas: sin debate, decidiendo con incomprensible urgencia una medida pensada para ser aplicada en 2018 o en 2020, generando con ello aún más indignación en una ciudadanía cuya desconfianza debería importarnos mucho más que la de los volubles y codiciosos mercados.

En 2002, siendo Director de Inteligencia del Consejo Nacional de Seguridad de Estados Unidos, Philip Bobbitt publicaba el libro The Shield of Achilles: War, Peace, and the Course of History (“El escudo de Aquiles: Guerra, paz y el curso de la Historia”). Bobbitt considera que la sucesión de conflictos bélicos que han caracterizado el siglo XX –desde la Primera Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín- constituyen, en realidad, un solo y prolongado conflicto de naturaleza epocal, la Larga Guerra, prolongada en el cambio de siglo con la guerra global contra el terror. Como consecuencia se ha producido una transformación esencial de la naturaleza y la lógica del Estado nación, sustituido por el Estado Mercado. La diferencia fundamental entre ambos es que mientras el Estado nación clásico deriva su poder y su legitimidad de la promesa de garantizar a sus ciudadanos bienestar material a través de la regulación de los mercados, la redistribución de la riqueza nacional y el impulso de programas de asistencia social, el Estado Mercado se legitima a través de la promesa de maximizar las oportunidades de sus ciudadanos impulsando la libre empresa y la iniciativa privada en un entorno de mercado libre. El dinamismo y los incentivos del mercado sustituyen crecientemente la regulación y los programas sociales impulsados por los gobiernos, que externalizan muchas de sus funciones clásicas hacia organizaciones privadas.


Consagrar constitucionalmente de esta manera el equilibrio presupuestario es convertir a España un poco más en Estado Mercado. Donde algunos podremos posicionarnos como agentes económicos, pero con el que pocos nos identificaremos como ciudadanos. Desde ahora digo que mi voto no servirá para apoyar esta reforma.

domingo, 24 de julio de 2011

Conversar más, conversar mucho, contra el odio y la pureza

El filósofo Michael Oakeshott señaló en una conferencia dictada en 1951 en la London School of Economics que la educación política consiste, sobre todo, en "aprender el modo de participar en una conversación". Una conversación que reconozca al otro como interlocutor legítimo, concernido por preocupaciones e intereses similares a los míos, aunque su manera de abordarlos y/o resolverlos pueda ser muy distinta.
Conversación, digo, que no mera "comunicación"; pues ni de lejos es lo mismo, a pesar de que cada vez más en la política se confundan ambos conceptos. "Tenemos que comunicar mejor", se dice, sólo para renegar de la conversación con la ciudadanía. Verticalismo y unidireccionalidad discursiva frente a horizontalidad y diálogo.

"En el universo cibernético de la regulación y de la gobernanza, los seres humanos no actúan: reaccionan a las señales que reciben de los sistemas de información en los cuales están insertos. Y no se hablan, sino que se comunican por medio de estos sistemas. [...] Sustitución de la acción por la reacción, y de la conversación por la comunicación [...]. El director de empresa reacciona a las señales de los mercados financieros como el dirigente político reacciona a los sondeos de opinión; y cuanto más elevada sea su posición, menos poder tienen de conversar y más obligados se ven a 'comunicar'" (Supiot, El espíritu de Filadelfia).

La masacre de Noruega es consecuencia extremada de una actitud que se extiende cada vez más en nuestras sociedades, y que se manifiesta cada día en la política: el rechazo a conversar.

Leo que los republicanos rompen el diálogo con Obama sobre la deuda estadounidense, que amenaza con abocar al país a la suspensión de pagos. Y me pregunto cómo va a ser posible ningún diálogo si es cierto que "después de las elecciones legislativas de 2010, en pleno ascenso de la ideología más ultra, más de 200 republicanos de la Cámara de Representantes y más de 40 senadores de ese partido juraron simbólicamente ante el Tea Party que jamás, bajo ninguna circunstancia, votarían a favor de una subida de impuestos". Como señala el comentarista, "contradecirse ahora, no solo es decepcionar al Tea Party, sino usar el nombre de Dios en vano" (El País).
Hace un lustro el profesor de la Universidad de Nueva York Ronald Dworkin advertía de la ausencia de un debate decente en la vida política norteamericana, entendendo por debate "la actividad que las personas que comparten una base común integrada por ciertos principios políticos muy básicos llevan a cabo cuando argumentan acerca de qué políticas concretas reflejan mejor esos principios compartidos". Sin embargo, pareceria que la mayoría de las personas que se posicionan a cada lado de la divisoria política entre demócratas y republicanos están convencidas "de que es inútil razonar con la otra parte o ni siquiera intentar entenderla" (Ronald Dworkin, La democracia posible).

Islamófobo, fundamentalista cristiano, enemigo del multiculturalismo y de una socialdemocracia que, según él, lo apoya, el autor de la terrible masacre de Noruega hacía suya una frase que en algunos periódicos se atribuye a Stuart Mill: "Una persona con una creencia iguala la fuerza de 100.000 que solo tienen intereses". No sé si la autoría es correcta. En todo caso, Stuart Mill escribe en Sobre la libertad en contra de quienes, en el transcurso de una discusión, buscan "estigmatizar a los que sostienen la opinión contraria como hombres malos e inmorales", concluyendo de esta manera:
"Debe reconocerse el merecido honor a quien, sea cual sea la opinión que sostenga, tiene la calma de ver y la honradez de reconocer lo que en realidad son sus adversarios y sus opiniones, sin exagerar nada que pueda desacreditarlas, ni ocultar lo que pueda redundar en su favor. Esta es la verdadera moralidad en la discusión pública; y aunque con frecuencia sea violada, me felicito de pensar que hay muchos polemistas que la observan escrupulosamente y un número mayor todavía que conscientemente se esfuerzan por observarla".

¡Si Stuart Mill levantara la cabeza y escuchara las tertulias!

martes, 24 de mayo de 2011

De Sol a Ópera, pasando por Bolonia

Ayer me pase un buen rato empapándome del ambiente de Sol; o la Plaza Solución, como ha sido rebautizada.





Mucha gente: conversando, informandose, paseando, mirando, montando una proyección de video, tocando música, preparando exámenes... viviendo, en fin, con toda normalidad su condición de ciudadanas y ciudadanos en la calle común.





Mucha gente. Tanta que la estatua ecuestre de Carlos III parecía galopar sobre las cabezas de las personas concentradas. Sobre ellas y gracias a ellas: Indignado I, ¡a galopar, a galopar!...


En Sol la creatividad se palpa. Paulo Freire descubriría aquí uno de esos inéditos viables a cuya identificación, cuidado y desarrollo dedicó toda su vida. Hay indignación, pero hay también compromiso, respeto, cuidado. Una energía ciudadana que se expresa en los cientos de eslogans que han florecido por doquier en esta primavera española, después de un invierno de descontento.





Se trata de una energía que se expresa más en palabras que en acciones. Circular por Sol, ayer al menos, me transmitía una impresión de contención, como de espera.
Paseando por Sol recordaba cosas que yo mismo escribí en 1996 en un librito que se tituló Movimientos sociales y alternativas de sociedad:

La tarea de construcción de nuevos marcos culturales para la protesta lleva a los movimientos sociales a constituirse en retos simbólicos. Los movimientos sociales contemporáneos actúan como signos, en el sentido de que traducen sus acciones en retos simbólicos a los códigos dominantes. En las sociedades desarrolladas, sociedades que pueden ser caracterizadas como "sistemas de alta densidad de información", los conflictos no se expresan principalmente a través de una acción dirigida a obtener resultados inmediatos en el sistema político, sino que representan un desafío a los lenguajes y códigos culturales que permiten organizar la información
Desde esta perspectiva, Melucci considera que las formas de poder que están surgiendo en las sociedades contemporáneas se fundan en la capacidad de "informar" (dar forma), de construir realidad mediante significados. La acción de los movimientos sociales viene a ocupar el mismo terreno siendo en sí misma un mensaje que se difunde por la sociedad impugnando el que los aparatos tecno-burocráticos intentan imponer a los acontecimientos individuales y colectivos.
En esta tarea es fundamental la capacidad de los movimientos sociales de imaginar futuros posibles, de proponer "imaginarios colectivos" que contraataquen con sus propias seducciones, relativizando el poder de las imágenes dominantes. "Imaginar una alternativa para el presente es el elemento utópico que está presente en todos los movimientos sociales. Estos se convierten en instancias que promueven o rechazan cambios de carácter general antes que individual. El movimiento genera una situación en la que se elige entre lo que hasta el momento se ha aceptado o impuesto y lo que ahora se concibe como inaceptable. Lo que puede haber sido impensable, ahora es pensable y posible" (Gusfield, 1994). De esta manera, rompen la apariencia de normalidad/naturalidad del orden social y proponen otra forma de mirar/concebir ese orden social, explicitando sus contradicciones, sus riesgos, sus debilidades. Son la mirada que permite descubrir y explicitar la desnudez del Emperador.
Se trata de reivindicar eso que Paulo Freire llama en su libro Pedagogía del oprimido el "inédito viable". Se trata de descubrir posibilidades de transformación viables, pero cuya viabilidad no era percibida. Esto no tiene nada que ver con operaciones de ilusionismo o con miradas de color de rosa hacia la realidad; la capacidad de descubrir el inédito viable de la realidad es todo lo contrario del simple voluntarismo, por más bienintencionado que este sea.
O, si la referencia a Freire parece poco “académica”, de lo que se trata es de comprender el efecto de teoría que cumplen los movimientos sociales contemporáneos, efecto propiamente político que consiste, en palabras de Bourdieu, en mostrar una “realidad” que no existe completamente mientras no se la conozca y reconozca (Bourdieu, 1997).

Pero esa contención acoge una enorme potencia: el descubrimiento, acaso sorprendido, de la capacidad de influencia sobre la realidad que contiene la acción colectiva. Pienso que muchas de las personas que estos días se movilizan en Sol, y en tantas plazas de toda España, están descubriendo el mensaje contenido ese cuento de Andersen que, seguramente, habrán escuchado en más de una ocasión sin reparar en su significado: me refiero al cuento titulado El traje nuevo del emperador:




-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.
-¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.
-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!
-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.
Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.




Regresando hacia el hotel me detuve en Ópera. En esta plaza se estaba desarrollando una asamblea que discutía un documento sobre la universidad española, la ANECA, Bolonia y la Estrategia Universidad 2015. Se discutía con orden, pero también con desconcierto. Me llamó, en todo caso, la atención el respeto con el que se escuchaban todo tipo de propuestas e intervenciones, incluso aquellas que reclamaban la presencia de personas "que supieran más del tema" que quienes allí discutían. Ya me gustaría a mí ver en las discusiones del Senado un poquito, sólo un poquito de ese respeto.



Y ahí fue cuando mi tarde de antropólogo inocente, empapándome en silencio de lo que veía y escuchaba, se acabó. Pedí la palabra, esperé mi turno, cogí el megáfono y hablé. ¿Por qué?



Circula desde hace un tiempo por la red un documento sin firma titulado Estrategia Universidad 2015 que se ha convertido en una de las principales herramientas de combate contra los planes de reforma de la universidad española impulsados desde el Ministerio de Educación. Es un documento cuya lectura, ciertamente, pone los pelos de punta. Los redactores del texto se basan en dos trabajos, uno de los cuales es el titulado El debate sobre las competencias, editado por la ANECA en 2009. En relación a este trabajo, el documento crítico al que vengo refiriéndome señala lo siguiente:



Ya no estamos ante ese lenguaje comedido, ambiguo, y equívoco que había que leer entre líneas, que trataba de ocultar intenciones: los textos de la EU2015 son directos y explícitos, dicen sin escrúpulos todo lo que los otros difuminaban en retórica y formulismos, han radicalizado su discurso. Por esta razón, este artículo consistirá sobre todo en citas directas de los proyectos de ley del Ministerio y de las publicaciones de ANECA. El gobierno considera que puede permitirse que sus reflexiones alcancen este tono...



¿Y cuál es ese tono? Pues ni más ni menos que este:



La universidad contemporánea está forzada –igual como lo estuvo en períodos anteriores del capitalismo– a tener en cuenta, vitalmente, su entorno, incluidas no sólo las nuevas circunstancias del mundo del trabajo sino, igualmente, los efectos que traen consigo los procesos de globalización, (…) la mayor centralidad de los mercados en la coordinación de los sistemas de educación superior, el estrechamiento del rol de los estados en su sostenimiento y la presión que sobre las instituciones ejerce la universalización de la educación terciaria. (…) Las instituciones deben competir y diversificar sus fuentes de ingreso; surgen nuevos proveedores (instituciones privadas, universidades corporativas, a distancia, vía Internet); los estudiantes pagan aranceles y pasan a ser clientes; los profesores son contratados y dejan de ser funcionarios; las funciones institucionales se convierten en desempeños y sujetan a minuciosas mediciones; se enfatiza la eficiencia y el value for money; los modelos de negocio sustituyen en la práctica a los planes estratégicos; la gestión se racionaliza y adopta un estilo empresarial; el gobierno colegiado se transforma en corporativo al independizarse de los académicos e integrarse con representantes de los stakeholders externos; los investigadores son estimulados a patentar y los docentes a vender docencia ‘empaquetada’ a las empresas; los incentivos vinculados a la productividad académica reemplazan las escalas salariales asociadas al cargo; los currículos son revisados y sancionados en función de su pertinencia laboral y evaluados por agencias externas en relación a su calidad; las culturas distintivas de las instituciones y sus ‘tribus académicas’ empiezan a ser tratadas como asunto de clima organizacional; las universidades son comparadas por medio de rankings locales y clasificadas geopolíticamente a nivel global; se crea un mercado global para servicios de educación superior y su regulación se resuelve en las rondas del GATS (el Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios), no en sede académica. En fin, la universidad ya no es más un lugar tranquilo para enseñar, realizar trabajo académico a un ritmo pausado y contemplar el universo como ocurría en siglos pasados. Ahora es un potente negocio, complejo, demandante y competitivo que requiere inversiones continuas y de gran escala.



Aterrador, ¿no es cierto?



Este fue, justamente, el fragmento que ayer leyó ante la asamblea de Ópera una joven que se mostraba frontalmente crítica con cualquier propuesta de reformar la ANECA o de reconocer nada positivo al proceso de Bolonia. Y claro, cuando las y los presentes escucharon eso, se quedaron mudos de pasmo. "¿Cómo puede ser que el Ministerio de Educación de Gabilondo suscriba algo así?", pensarían algunos. "Lógico, procediendo de un Gobierno del PPSOE", pensarían otros.
Y ahí fue cuando solicité intervenir, para decir sólo una cosa: que puede discutirse mucho sobre la Estrategia Universidad 2015, pero que hay que hacerlo con algo de rigor. Un rigor que no existe en el documento crítico que utilizó en la asamblea esa joven indignada.



El documento de ANECA al que se refería es un texto de 178 páginas cuyo título completo es: El debate sobre las competencias. Una investigación cualitativa en torno a la educación superior y el mercado de trabajo en España, y que puede descargarse aquí. Es, por tento, una INVESTIGACIÓN sobre los distintos discursos que sobre la universidad y sus funciones articulan los titulados universitarios, los empleadores y los responsables institucionales de las políticas universitarias. Una investigación dirigida, por cierto, por Luis Enrique Alonso -¡un abrazo muy fuerte!-, que ha dedicado buena parte de su inmenso saber y querer a analizar, pero también a denunciar, la crisis de la ciudadanía que viene aparejada por las políticas neoliberales que precarizan empleo y vidas. Pensar que Luis Enrique pudiera perpetrar un documento como el que se le atribuye es equivocarse mucho: de enemigos, pero también de aliados.



El texto que se maneja como soporte crítico, uno de cuyos fragmentos es el citado anteriormente, procede de este documento, sí, pero es sólo parte del prólogo escrito por José Joaquín Brunner, director del Centro de Pólíticas Comparadas de Educación de la Universidad Diego Portales de Chile. Prólogo en el que presenta el contexto -ciertamente, dominado por corrientes privatizadoras y mercantilistas- en el que la universidad está afrontando su reforma. El documento crítico, por tanto, confunde lo que es una descripción (también crítica) de ese contexto con una aceptación rendida a los principios neoliberales de educación superior.



Como no era el caso entablar un debate allí mismo, me ofrecí a facilitar a las peronas interesadas el trabajo original. Y eso es lo que hago aprovechando este comentario.



En fin, que fue una tarde interesante. Y lo más interesante de todo, ver a todas esas personas a las que la experiencia de estos días ya ha transformado. Ahora falta que se transformen los partidos.




No se me pasa que el domingo hubo elecciones, ni el resultado de las mismas. A lo largo de la semana haré algún comentario al respecto, pero primero quiero hacer llegar mi reflexión a los ámbitos de dirección del PSE.


No, la causa fundamental del hundimiento no ha sido la crisis.





martes, 11 de mayo de 2010

Más cosas sobre el velo

Cada vez más compleja, cada vez más interesante, cada vez menos susceptible de aproximaciones cerradas, la cuestión del velo islámico se ha asomado ayer y hoy a las páginas de los diarios mostrando en algún caso insospechadas facetas. Para seguir pensando...

[I] Isabel Romero (Madrid, 1957), directora general del Instituto Halal, creado por la Asociación Junta Islámica con el fin de certificar que restaurantes, mataderos o carnicerías que así lo deseen cumplen la ley islámica.
Conversa, casada con un cristiano animista -"Cuando me convertí ya estaba casada. ¡No iba a cambiar de marido!"-, sus hijos estudian ética en el colegio. Considera que en relación al velo estamos planteando un falso debate: "España no ha hecho la transición religiosa y ya está debatiendo el hiyab. Nosotros apoyamos a la que lo lleva y a la que no. Si te obligan, rebélate".


[II] José María Ruiz Soroa aborda la cuestión en un artículo a mi juicio muy riguroso, "Catolaicismo" y tolerancia. "La sociedad española -escribe Ruiz Soroa- se siente insegura y, hasta cierto punto, agredida en su identidad cultural cuando una alumna de origen islámico exhibe públicamente un signo que ella considera religioso. E invoca el laicismo como defensa ante esta obscura amenaza, porque sabe que hoy en día no se puede ya invocar la exclusión del diferente. Pero mucho me temo que el laicismo es sólo una excusa, y la defensa del casticismo es la verdad oculta. Que el nuestro es un catolaicismo, de igual manera que, como se ha escrito autorizadamente, «en Francia la laicidad es puro nacionalismo francés con un disfraz»".


[III] "El velo físico no tiene por qué ser un velo mental", declara la fotógrafa camerunesa Angèle Etoundi Essamba (Douala, 1962) y afincada en Amsterdam al presentar su exposición Desvelos, colección de 42 imágenes de gran formato expuestas en el cruce entre las calles de Sevilla y Alcalá de Madrid. Hace tres años Etoundi viajó a Zanzíbar y allí quedó fascinada por "la elegancia y la sensualidad" con la que las mujeres de este país llevaban la polémica prenda. "Así nació la idea de romper con el estereotipo de que el velo es algo necesariamente negativo, un símbolo de encierro y opresión. Quería mostrar que hay otras cosas detrás". "Para mí era importante mostrar esta sensualidad. Normalmente el velo se asocia con algo feo, no elegante. Estas mujeres quieren ser contempladas, admiradas, demandan una visibilidad. Es un signo de coquetería", afirma.


[IV] El problema, como siempre, está en la imposición. En el no reconocimiento de la libertad personal. En el intento de troquelar la conducta de las personas más cercanas.
La Liga Pro Derechos Humanos ha reunido en Madrid a Karima, belga de 34 años y de origen marroquí, que reniega del hiyab y del machismo con el que su padre interpretó el Corán imponiéndola el uso del velo y un matrimonio forzado, y a Amina El Mejanaoui, marroquí que vive en España desde hace 20 años y que dice llevar el hiyab porque quiere. "El pañuelo no hace daño a nadie, no es nada malo, las musulmanas lo llevamos porque queremos", insiste Amina, que preside en Madrid la Asociación por la Igualdad y Apoyo a la Mujer Árabe. "A partir de los 18 años, que las jóvenes hagan lo que quieran, responde Karima. Pero antes, el pañuelo islámico tiene que estar prohibido en clase, porque muchas niñas lo llevan obligadas, como me pasó a mí. Yo he visto en Bélgica a pequeñas con 3 y 4 años con hiyab. No creo que lo hayan elegido". Amina se separó de su marido, también marroquí, "porque se acabó el amor", Karima, a pesar de todo, se confiesa "practicante musulmana".
Como para dejarse llevar por los estereotipos...


[V] La última noticia: El Ministerio de Justicia destituye a Juan Ferreiro, subdirector general de Coordinación y Promoción de la Libertad Religiosa. Ferreiro fue quien redacto el informe apoyando el uso del hiyab en las aulas cuando la joven Najwa Malha fue expulsada de su instituto. El ministerio dice que la destitución no tiene nada que ver con esto, sino con "desavenencias" y "pérdidad de confianza". Por su parte, portavoces de la comunidad musulmana en España lamentan la decisión: "Con su cese, los musulmanes de España nos encontramos más desamparados".

Continuará... Sin duda, continuará...






















miércoles, 21 de abril de 2010

El hiyab de Najwa

En la cultura europea descubrirse la cabeza en determinados lugares ha sido un gesto de cortesía y de respeto. Cuando el sombrero era una prenda de uso cotidiano -entre los varones- la norma era quitárselo al entrar en un recinto cerrado. Quienes seguimos usándolo en la actualidad conocemos bien esta costumbre, y no se nos ocurre infringirla.
Este es, supongo, el sentido de la norma que prescribe que las alumnas y los alumnos no deben llevar la cabeza tapada en el interior de algunos centros educativos. Aunque el significado de la práctica de llevar gorras o sombreros haya cambiado mucho en la actualidad, seguimos aplicando la vieja norma del respeto.






Sin embargo no es de esto de lo que estamos hablando en el caso de la joven Najwa Malha. Su decisión de vestir el denominado "hiyab" nada tiene que ver con ninguna transgresión de las costumbres asociadas en nuestra tradición al hecho de cubrirse o descubrirse la cabeza. Usarlo no puede interpretarse de manera análoga a portar en el interior de una clase sombreros o gorras. Es otra cosa.
Por supuesto que cabe discutir sobre esa "otra cosa": sobre su significado, sobre su adecuación a las normas vigentes, sobre la mejor manera de actuar ante ello... Pero tengo la convicción de que en el caso de Najwa, como en otros casos antes que ella, confundimos demasiadas cosas como para que esa discusión pueda desarrollarse de manera satisfactoria.
Y en todo caso, mientras lo discutimos, yo digo que Najwa debería seguir asistiendo a clase con toda normalidad.
Porque expulsarla del aula no es sólo expulsarla del aula: también es expulsarla de la deliberación. Es reducirla a problema, cuando también Najwa debe formar parte de la solución.

miércoles, 24 de febrero de 2010

La conciencia y la ley

En pleno debate sobre el Proyecto de Ley Orgánica de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo. Quienes están en contra -legitimamente- contraponen -abusivamente- la conciencia y la ley, como si sólo quienes van a votar en contra lo hicieran en conciencia.
Precisamente anoche leía en el libro de Amy Gutmann La identidad en democracia una reflexión que me parece de interés.

Gutman recuerda con acierto la imposibilidad de fundar sobre la conciencia el funcionamiento de las sociedades complejas y diversas:

"Los gobiernos democráticos muestran respeto por la personalidad ética cuando intentan proteger la libertad de conciencia dentro de los límites de la protección de la igualdad civil y de otras libertades y oportunidades básicas para todos los individuos. El respeto por la conciencia es un bien moral porque refleja respeto por la identidad ética de las personas, respeto que los gobiernos democráticos no pueden rechazar regularmente. Pero el respeto por la conciencia no puede ser un valor absoluto para los gobiernos democráticos, ya que podría entrar en conflicto con otros principios democráticos básicos, como la igualdad de libertades. Por lo tanto, el acatamiento a la conciencia por sí mismo no ofrece garantía alguna de producir una mayor justicia en cualquier caso dado (ni siquiera durante un período dado). la conciencia es éticamente falible; en consecuencia, el respeto por la conciencia puede pasar a segundo plano cuando claramente originaría una injusticia mayor".

Sin embargo, esta advertencia no contra, sino hacia la conciencia, no debe llevarnos a desconocer los riesgos que también supone una política democrática sin conciencia. Lejos de tratarse de dimensiones o perspectivas opuestas y confrontadas, conciencia y ley democrática son mutuamente necesarias:

"Al reconocer la falibilidad de la conciencia, los partidarios de la democracia no pueden darse el lujo de pasar por alto la falibilidad que también tiene la toma de decisiones democrática. Al igual que el respeto por la conciencia, el respeto por la aprobación democrática de las leyes también es parte de lo que representa tratar a las personas con igualdad civil. Por un lado, el respeto por la conciencia no sustituye al respeto a los gobiernos democráticamente constituidos que sancionan leyes respaldadas por una constitución democrática (escrita o no escrita). Por otro lado, un gobierno democráticamente constituido no reemplaza al respeto por las convicciones de conciencia de los ciudadanos. Ambos son necesarios; ninguno es suficiente para la búsqueda de la justicia democrática.
[...] Sin un gobierno que emita leyes, las demandas de la conciencia generarían conflictos tan cruentos como las demandas del propio interés amoral, si no más. De todas maneras, la obediencia ciega a las leyes democráticas es peligrosa. Las convicciones de conciencia son necesarias para contrarrestar la tendencia a la tiranía que siempre está presente en política".

Sin embargo, creo interpretar bien a Gutman en este complejo tema si afirmo que, en términos generales, la autora considera en general a la conciencia como un "complemento valioso y distintivo" de las leyes aprobadas democráticamente, pero son estas, las leyes, cuya falibilidad cierta es compensada con su perpetua revisabilidad, las únicas que "estatuyen la justicia democrática para todos los individuos".

miércoles, 6 de enero de 2010

Elogio del falibilismo


Las tradiciones religiosas vivas no son monolíticas. En realidad, no existe algo tal como la comprensión religiosa del bien y del mal. No existe la concepción cristiana, la judía o la islámica del bien y de mal. Y esto sucede en todas las tradiciones religiosas vivas. La pluralidad y la diversidad no son amenazas para las tradiciones religiosas; son lo que las mantiene vivas. Los conceptos religiosos del bien y del mal son conceptos esencialmente controvertidos. Afirmar que son, en esencia, controvertidos no significa decir que "todo vale". Por el contrario, significa que uno se encuentra en la obligación de explicar y justificar la comprensión religiosa personal del bien y del mal. Hay una gran tradición religiosa de la fe en busca de la comprensión. Y esa búsqueda conlleva los cuestionamientos, el pensamiento y la lucha tendintes a aclarar y profundizar la propia fe [...] Por consiguiente, traicionamos lo mejor de una tradición religiosa viva cuando identificamos la religión con el dogmatismo o el fanatismo acríticos. Cuando alguien sostiene saber qué es el mal porque es creyente, y que no se necesita más explicación o justificación, peca de soberbia.


Richard J. Bernstein, El abuso del mal. La corrupción de la política y la religión desde el 11/9, Katz Editores, 2006, pp. 162-163.