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viernes, 8 de septiembre de 2017

Cataluña, España y sus dinosaurios

Las mayorías corrompen, y las mayorías absolutas corrompen absolutamente. Más aún cuando cualquier mayoría puede ser absoluta hoy, pero no serlo mañana. Es lo que tiene vivir en tiempos de complejidad, liquidez, incertidumbre, transición, caos, riesgo, metamorfosis… Escojan, de entre los muchos que ofrecen las ciencias sociales, el adjetivo que mejor defina en su opinión la época que nos ha tocado vivir: cualquiera de ellos nos advierte de la situación de provisionalidad en la que debemos tomar nuestras decisiones, desde la prudencia, como ingenieros sociales fragmentarios (que diría Popper) y no como omniscientes demiurgos. Lo más seguro es que vete a saber...

Las mayorías absolutas que se olvidan de que la condición de “absolutez” tiene siempre un carácter temporal, coyuntural, dan lugar a decisiones políticas pesadamente legales, pero heridas de legitimidad: como la reforma, con agosticidad y alevosía, del artículo 135 de la Constitución en 2011; o como la aprobación con alevosía, aceleración y nocturnidad, de la ley de Transitoriedad Jurídica.

De lo ocurrido el día 6 en el Parlament lo que menos relevante me parece es todo eso que tanto se ha repetido sobre el respeto a la legalidad vigente, a los procedimientos parlamentarios, a las formas democráticas, etc. Me hacía hasta gracia escuchar una y otra vez, como si se tratara de un argumento definitivo e inapelable, que los letrados del Parlament habían advertido a Forcadell de que tramitar la ley del referéndum era un acto ilegal: ¡cómo si hiciera falta ser experto en derecho administrativo para saberlo! ¡cómo si dichos letrados pudieran, en cuanto tales, concluir otra cosa! ¡cómo si no lo supieran la propia Forcadell, la Mesa del Parlament, el Govern y las diputadas y diputados soberanistas!

El problema no es que un supuesto pueblo movilizado al unísono, constituido en sujeto político soberano, se plante en contra de una institucionalidad que no lo reconoce como tal. ¿Acaso no ha sido así en todos los procesos de autodeterminación nacional? Con más o menos violencia (casi siempre con más), el surgimiento de un nuevo sujeto soberano, desgajado de un cuerpo político más amplio, del que hasta ese momento ha formado parte subordinada, no puede hacerse sin rupturas de la legalidad instituida: no es un acto de evolución, sino de revolución. En fin: que la Revolución Francesa dio lugar al nacimiento del derecho administrativo, el principio de legalidad, la división de poderes o el arbitrio judicial, sí, pero tras hacer pasar al Ancien régime por la igualadora guillotina.

Si el imaginario nacionalista, preñado de unanimismo y consensualidad –“¡Tot el camp es un clam!”-, se correspondiera con la realidad sociopolítica catalana, otro gallo cantaría. Se producirían saltos o quiebras de legalidad, claro que sí, pero cabría esperar que el resultado final sería positivo: una nueva legalidad sustituiría la vieja y un nuevo estado democrático se sumaría a los ya existentes. Pero la ficción de un país oprimido, colonizado, alzado frente a otro país distinto, opresor y colonial, no se sostiene ante la imagen desoladora de un Parlament en el que los escaños de la oposición han quedado vacíos. Cataluña contra Cataluña.


Los problemas de convivencia entre poblaciones que viven entremezcladas en sociedades crecientemente plurales y diversas no se resuelven mediante la secesión. Esta operación de cirugía política pudo servir (y habría que discutirlo mucho, caso por caso) en contextos socioculturales mucho más simples, o más simplificados. Pero en sociedades complejas como la catalana, lo que el cirujano soberanista imagina como una elegante e indolora operación guiada por láser puede acabar como una carnicería, metafóricamente hablando. O no tanto: lo que hizo la diputada de Catalunya Sí que es Pot, Àngels Martínez Castells, al retirar las banderas españolas que, acompañadas de las correspondientes senyeras, colocaron en sus escaños las parlamentarias y parlamentarios del PP, es un ejercicio de mutilación de una parte del cuerpo social catalán. "La mía es la republicana, ésa no la hubiera quitado", ha explicado la pimpante diputada, como si tal cosa fuera un mérito en lugar de una vergüenza. Mantener lo mío, ocultar o eliminar lo que considero ajeno. Limpieza simbólica.

Qué lejos de la sabiduría de aquella otra mujer, Rosa Luxenburgo, esta sí revolucionaria de raza en tiempos nefastos para la revolución, cuando escribió: “La libertad solo para los que apoyan al gobierno, o solo para los miembros de un partido, por numerosos que sean, no es libertad. La libertad siempre es libertad para los que piensan de manera diferente. No a causa de ningún concepto fanático de la «justicia», sino porque todo lo que es instructivo, totalizador y purificante en la libertad política depende de esta característica esencial, y su efectividad desaparece tan pronto como la «libertad» se convierte en un privilegio especial”.

Dicho todo lo anterior, convendría recordar a Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Los dinosaurios, en este caso. Cuando el soberanismo despierte, el dinosaurio de la Cataluña plural, compleja, diversa, multi-identitaria, todavía estará allí, con todas sus banderas. Como estará allí el dinosaurio de la sociedad catalana adulta, autónoma, autogobernada, negadora de cualquier tutela impuesta, cuando quien despierte sea el estatonacionalismo español. Cuando despertemos, no sé cuándo ni cómo, los dinosaurios seguirán estando aquí.

Publicado en EL DIARIO NORTE

ACTUALIZACIÓN:
Impresionante la intervención de Joan Coscubiela. Dignísimo heredero de la tradición de Rosa Luxemburgo. Me siento honrado de compartir con él, además de su discurso, aficiones (montaña) y militancia sindical.

miércoles, 6 de enero de 2010

Elogio del falibilismo


Las tradiciones religiosas vivas no son monolíticas. En realidad, no existe algo tal como la comprensión religiosa del bien y del mal. No existe la concepción cristiana, la judía o la islámica del bien y de mal. Y esto sucede en todas las tradiciones religiosas vivas. La pluralidad y la diversidad no son amenazas para las tradiciones religiosas; son lo que las mantiene vivas. Los conceptos religiosos del bien y del mal son conceptos esencialmente controvertidos. Afirmar que son, en esencia, controvertidos no significa decir que "todo vale". Por el contrario, significa que uno se encuentra en la obligación de explicar y justificar la comprensión religiosa personal del bien y del mal. Hay una gran tradición religiosa de la fe en busca de la comprensión. Y esa búsqueda conlleva los cuestionamientos, el pensamiento y la lucha tendintes a aclarar y profundizar la propia fe [...] Por consiguiente, traicionamos lo mejor de una tradición religiosa viva cuando identificamos la religión con el dogmatismo o el fanatismo acríticos. Cuando alguien sostiene saber qué es el mal porque es creyente, y que no se necesita más explicación o justificación, peca de soberbia.


Richard J. Bernstein, El abuso del mal. La corrupción de la política y la religión desde el 11/9, Katz Editores, 2006, pp. 162-163.

martes, 24 de noviembre de 2009

Contra el choque de mentalidades: laicidad


Intervención con motivo de la presentación del libro de José Ignacio González Faus y Javier Vitoria, Presencia pública de la Iglesia: ¿Fraternidad o camisa de fuerza?, ayer, 23 de noviembre, en Bilbao.


[1] José Ignacio y Javier nos invitan a embarcarnos en un viaje en avión. Escriben en el prólogo: “Primero conviene asegurarse (abrocharse los cinturones) para volar con un mínimo de garantías. Después conviene conocer el territorio que sobrevolamos: el de la fe cristiana, la sociedad hispana y la Iglesia española. Así nos preparamos para, desde el cielo de la utopía de Jesús, tomar tierra n el terreno al que queríamos dirigirnos: la actual sociedad española y las mil cuestiones controvertidas en torno al tema del libro” (p. 9).
Al leerlo he recordado un chiste de Gila. Un pasajero de un avión comenta: “No sé por qué tenemos que abrocharnos el cinturón; si el avión se cae no nos va a servir de nada”. A lo que otro pasajero le replica: “No, si es para que no se desparramen los cadáveres y facilitar el trabajo a los equipos de socorro”.
Porque aquí la cuestión no es volar con garantías. Aquí la cuestión es en que avión volamos y quién lo está pilotando. Y no me refiero sólo a la aeronave eclesial; también a la aeronave social.

[2] Porque ese es el problema. Es un problema institucional. Es la Iglesia la que tiene un problema con el mundo, la que debe elegir entre ser fermento de fraternidad o camisa de fuerza. Resto o residuo, tal como se planteaba en la Carta pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, Renovar nuestras comunidades cristianas (Cuaresma-Pascua, 2005).
Personalmente yo no tengo grandes problemas a la hora de asumir el particular estatuto del cristiano: “estar en el mundo sin ser del mundo”. No tengo grandes problemas aunque los tenga: me explico. Tengo problemas de coherencia, claro que sí, muchísimos; y tengo problemas muchas veces a la hora de armonizar el paso de mi pata católica y de mi pata sociocultural, a un ritmo laico. Pero no tengo ningún problema por tener ese problema. Lo asumo como algo natural. No pretendo resolverlo mediante la amputación de ninguna de mis dos patas, ni cambiando el ritmo laico de mi marcha por un ritmo legionario, ni de Cristo ni del Tercio de Extranjeros.
Leyendo el último libro del filósofo Gianni Vattimo me he identificado mucho con la manera en se califica a sí mismo de “catocomunista”, constante a la que según él ha sido fiel a lo largo de toda su vida. Y escribe:
Confieso que hoy tiendo a sustituir, cada vez más, el “cato”, el componente católico, por un “cristiano” más general. Ante lo que la Iglesia católica se ha ido convirtiendo tras los últimos pontificados, el calificativo en el que siento tener que reconocerme es el más genérico, y amplio, de cristiano. Si no me decido a definirme como luterano, es sólo porque sigo intentando pensar que, en realidad, las dos fuentes de la revelación son la Biblia y la Tradición y, por tanto, no “sólo la Escritura” de Lutero. La Biblia me ha sido transmitida por la Iglesia, de lo contrario nunca la habría conocido. Pero la Iglesia que me transmite la Biblia ya no es tanto la de la jerarquía católica; sino más bien la comunidad de los cristianos que, como ponen de manifiesto tantos indicios, diverge cada vez más, en la manera misma de vivir y concebir la práctica cristiana, de los palacios vaticanos.
Vattimo no tiene los problemas que se plantean en el libro de Javier y José Ignacio sencillamente porque no se ha subido al mismo avión, no se ha abrochado el cinturón; y si alguna vez lo hizo, se lo ha desabrochado y se ha tirado en paracaídas. Así cualquiera.

[3] Porque, ¿cuál es el problema que plantea este libro? Es la presencia de la Iglesia en una sociedad radicalmente plural –no tengo tan claro que sea, como se señala en varios momentos en el libro, realmente “pluralista”-, secular, laica. Javier Vitoria lo formula así:
La Iglesia necesita considerarse a sí misma como “sociedad civil”, como parte de un todo plural al que debe aportar lo mejor de sí misma, desde una actitud de diálogo que lo haga razonable (p. 87).
Pero este es, como decía antes, un problema en primerísimo lugar de la propia Iglesia. Por decirlo de una manera un tanto brutal: la sociedad española puede convivir sin mayores problemas con una Iglesia que, por no ser capaz de considerarse a sí misma como “sociedad civil” –como una oferta cosmovisional entre otras muchas-, acabe volviéndose irrelevante. Una Iglesia civilmente inadaptada, una Iglesia que, en la encrucijada histórica a la que hoy se enfrenta irremediablemente –en palabras de Vattimo, cargar con el destino de una modernidad en crisis con todas sus consecuencias o, por el contrario, reivindicar su carácter ajeno a la misma-, se decante por la extemporaneidad, por la extrañeza radical, “renunciaría a ser un mundo y una civilización, para volver a convertirse en lo que quizás era originariamente, una secta entre otras sectas y un objetivo factor de disgregación social entre otros”.
Y, por lo que parece, incluso los propios católicos están empezando a vivir sin demasiados problemas incluso en el seno de una Iglesia in-civilizada. Es el cisma soterrado sobre el que ha reflexionado con tanta profundidad como acierto el filósofo católico Pietro Prini.

[4] Pensemos, si no, en qué situación nos encontramos. Reflexionamos sobre la presencia pública de la Iglesia en un momento en que el portavoz de la Conferencia Episcopal ha dejado fuera de la comunión, aunque no excomulgados(¿?), a los diputados y senadores que en las próximas semanas voten a favor de la nueva ley de interrupción voluntaria del embarazo.
Pues bien, un diario titulaba así la noticia sobre las reacciones suscitadas por esas duras declaraciones: “Los diputados católicos no temen la excomunión”. Y continuaba: “Si trataron de remover conciencias, las amenazas han resultado ser contraproducentes. La promesa de excomunión dictada por el obispo Juan Antonio Martínez Camino contra los diputados que voten a favor de la nueva ley del aborto ha caído, peor que en saco roto, en la papelera del Congreso. Salvo excepciones de quienes unen dedicación pública y devoción privada en la bancada del PP, ni siquiera los conservadores han aplaudido las advertencias del portavoz de los obispos. Incluso dos formaciones con larga tradición cristiana, CiU y PNV, criticaron sus palabras” (Público, 22-11-09).
A tenor de lo dicho parecería que la presencia pública de la Iglesia no es ni fermento de fraternidad ni camisa de fuerza, sino un simple ruido de fondo, sólo molesto cuando eleva su volumen en la calle.
Por cierto: esa disonancia entre los responsables de la Iglesia y los ciudadanos, incluso aquellos que se consideran católico, no se produce sólo en el ámbito de la sexualidad. Suele ser esta una idea a la que se agarran desesperadamente determinados diagnósticos autojustificadores para cargar contra una sociedad “blanda y hedonista”, evitando así analizar la propia responsabilidad. Ocurre lo mismo, incluso más, en el ámbito de la política: si el 64% de los españoles señala que la religiosidad tiene muy poca o ninguna influencia en su vivencia de la sexualidad, el 67% dice lo mismo respecto de sus opiniones políticas.

[5] Es muy cierto lo que escribe González Faus en su primer texto: la cuestión de la laicidad no es exclusiva de la Iglesia, sino que se trata de un reto que brota de la pluralidad de nuestro mundo (p. 13). A esto se refiere el filósofo norteamericano Richard Bernstein cuado sostiene que el mayor problema al que se enfrenta el mundo no es el de un choque de civilizaciones, sino el de un choque de mentalidades:
La batalla que se libra actualmente no es entre creyentes religiosos con firmes compromisos morales y relativistas seculares que carecen de convicciones. Es una batalla que atraviesa la así llamada división entre lo religioso y lo secular. Es una lucha entre los que se sienten atraídos por los absolutos morales rígidos; los que creen que la sutileza y los matices encubren la falta de decisión; los que adornan sus prejuicios ideológicos con el lenguaje de la piedad religiosa; y los que enfocan la vida con una mentalidad más abierta, que se abstienen de buscar la certeza absoluta. Esta mentalidad no sólo es compatible con una orientación religiosa: es esencial para mantener viva la tradición religiosa y relevante para nuevas situaciones y contingencias.
No podemos caer en la tentación del fundamentalismo, del cierre sobre uno mismo. El mundo no es nuestro enemigo, sino el lugar privilegiado para la encarnación de Dios. El mundo está ahí para ser salvado, pero no para ser salvado de sí mismo ni contra sí mismo, sino en sí mismo, en toda su complejidad. El largo diálogo de Dios con el mundo debe continuar. Pero para que haya diálogo debe haber espacio para el diálogo. Y no hay espacio para el diálogo si no hay espacio libre, espacio no ocupado, hacia el que avanzar y por el que transitar. Y lo hay. Lo hay a condición de que la Iglesia aprenda a vivir en la tensión de la modernidad y sea capaz de asumir la propuesta que al respecto hacía Karl Rahner:
La Iglesia debe dejar de dar esas recetas baratas de pequeños clérigos que viven al margen de la auténtica vida de la sociedad y la cultura moderna, y remitir esas decisiones a la conciencia individual. No significa la retirada del cristianismo y de la Iglesia del terreno de la moral, sino un cambio de finalidad muy importante en la predicación cristiana; su deber es formar la conciencia y no primariamente con un adoctrinamiento casuístico, sino suscitando la conciencia y educándola para una decisión autónoma y responsable en las situaciones concretas, complejas y no racionalizables por completo, de la vida humana.
Porque lo cierto es que si, en el ecosistema cultural de esta concreta modernidad (bautizada como posmodernidad, modernidad reflexiva, segunda modernidad o modernidad líquida) no hay portador privilegiado por definición y a priori, las ideas, los valores y los proyectos que pueden humanizarnos y/o hasta salvarnos deberán construirse desde la deliberación. Y por tanto, desde la invitación permanente a todos, especialmente a los más distantes, a sentarse a la mesa.
“La Iglesia nunca conseguirá aceptar la laicidad si no deja de concebirse como una sociedad perfecta para pasar a ser una iglesia comunión”, advierte José Ignacio. Por su parte, Javier señala que “al día de hoy el encuentro de la Iglesia con la sociedad está repleto de rutas que no se navegaron, de oportunidades que no se aprovecharon, de caminos que no se recorrieron y de sendas olvidadas” (pp. 91-92).
A este viaje si me apunto. Ya me abrocho el cinturón...

martes, 24 de febrero de 2009

Defender la Tierra Media

Yo es que soy más de El Señor de los Anillos que de Star Trek.
En el fantástico universo de Tolkien el mundo, Arda, está dividido en dos continentes: al oeste las Tierras Imperecederas, el reino de los seres inmortales; al este la Tierra Media, la región de los seres mortales. El Señor de los Anillos es la historia de una comunidad de seres diversos –hobbits, magos, hombres, enanos y elfos- conjurados para defender la Tierra Media frente quienes pretenden encadenarla a una eterna Edad Oscura. También en nuestro país necesitamos conformar una suerte de Comunidad del Anillo, una alianza de gentes diversas, incluso muy diversas (hobbits, enanos, hombres...), pero unidas en el objetivo de defender nuestra particular Tierra Media: un territorio ético y político compartido que nos permita pensar un futuro lo suficientemente abierto como para que nadie tenga que elegir, o conmigo o contra mí, entre totalidades enfrentadas que sólo aspiran, como el maléfico Saurón, a “atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas”. Comunidad del Anillo. Red para el Cambio.

La guerra de las galaxias

Si intentaban hacer gracia, han vuelto a meter miedo. No pueden evitarlo. "No podemos permitir que la galaxia vasca sea controlada a través de un sistema de control remoto por otras galaxias".
http://www.youtube.com/watch?v=6RcGwSYJeeI

Frente a la galaxia de Ibarretxe, me quedo con la galaxia de Patxi López:
http://www.youtube.com/watch?v=n8tg7fA2pV0

sábado, 21 de febrero de 2009

"De fuera vendrá...". Arana e Ibarretxe, ¿tan poca diferencia?

Lo siento, de verdad que no tengo especial fijación por Ibarretxe, pero es que ayer se ha lucido y los diarios de hoy se hacen eco de sus declaraciones, unas más o menos chirenes, como la que recojo en el comentario anterior, otras directamente nauseabundas, como esta a la que me refiero ahora. Puede leerse en EL PAÍS de hoy, en las páginas dedicadas al País Vasco. Son extractos de una intervención de Ibarretxe. en la localidad de Basauri:
"Cuidado, ya veis cómo se acercan", advirtió el propio Ibarretxe, citando la encuesta hecha pública ayer por su Gobierno, en un mitin en Basauri. Y el objetivo de los que vienen es "disolver la identidad vasca en la española como un azucarillo en el agua", añadió.
Entre 1897 y 1898 Sabino Arana escribió una comedia en tres actos titulada "De fuera vendrá...", en la que arremete contra los "maketos" que, como extranjeros invasores, arrebatan a los vascos lo que es suyo. "De fuera vendrá... quien de tu casa te echará".
Jose Luis de la Granja, historiador de la UPV, fue quien descubrió investigando en el Archivo de Salamanca la existencia de esta obra de Arana, obra que según ha dicho este investigador, no figura en la edición de las obras completas de Sabio Arana impulsada por el nacionalismo vasco. Un nacionalismo vasco que se empeña en contextualizar la doctrina aranista, en particular su aberrante etnicismo xenófobo, en un tiempo histórico muy distinto del actual.
Y uno puede hasta entender este esfuerzo de contextualización justificadora del pensamiento de Arana. Pero, ¿qué decir del aranismo de Ibarretxe?
"Cuidado, ya veis cómo se acercan". Quien debería ser lehendakari de todos llega al final de su tiempo político ejerciendo de lo único que sabe: de pastor del rebaño nacionalista que alerta contra la llegada del lobo maketo.

lunes, 16 de febrero de 2009

TUVIMOS UN SUEÑO, TENEMOS UN PROYECTO

Tuvimos un sueño, el de construir una patria vasca amable y cívica. Hemos hecho mucho por hacerlo realidad. Hoy vemos que ese sueño corre peligro. Seguramente es por eso por lo que ahora estamos aquí, formando parte de esta Red para el Cambio.
“Una nueva misión sustituía a la vieja: construir la comunidad que soñábamos en unas dimensiones más grandes y en uniones más osadas”. Este era el espíritu con el que Stefan Zweig viajó a América del Sur en el verano de 1936, cuando la Europa humanista y democrática comenzaba a desgarrarse por las costuras de España. Por aquellos días Zweig aún confiaba en la posibilidad de salvar el sueño europeo, universalista y cosmopolita, de las garras de quienes empezaban a ahogarlo en la barbarie del guerracivilismo. Al fin y al cabo, las semillas de ese sueño se habían salvado a pesar de todas las ocasiones en las que el árbol de la libertad, la tolerancia y el humanismo, había sido atacado por el hacha del fanatismo. “Siempre habrá alguien que recordará la obligación espiritual de retomar la vieja lucha por los inalienables derechos del humanismo y de la tolerancia”, escribía Zweig al final de su imprescindible Castellio contra Calvino.
También en Euskadi hemos soñado una comunidad construida desde sus raíces bajo la advocación del humanismo y la tolerancia. La hemos soñado y hemos trabajado duramente por hacer realidad ese sueño. En esta tarea nos hemos enfrentado al que, según señala José Ramón Recalde, es el principal problema que tenemos los vascos: el hecho de ser una sociedad con un alto grado de identidad pero con un mínimo grado de vertebración. Con la Constitución y el Estatuto pactamos un imprescindible acuerdo de integración como solución estable para conseguir esa vertebración de otra manera imposible. Gracias a ese pacto nuestras identidades diversas han podido expresarse en un clima de convivencia. Pero desde hace una década, desde que Ibarretxe accedió a la Lehendakaritza, esa vertebración se ha vuelto cada vez más precaria de la mano de una irresponsable política de reforzamiento de la identidad nacionalista.
“¿Ustedes qué nación defienden, la española o la vasca?”. Esto era lo que Ibarretxe espetaba en su réplica a Patxi López desde la tribuna del Parlamento Vasco en un debate de política general. ¡Dios mío, qué hartazgo! No hemos avanzado nada desde aquella tonadilla que me cantaba mi querida abuela y que decía así: “Cómo quieres que una luz alumbre dos aposentos, cómo quieres que yo sea vasco y español a un tiempo”. Que la cantara mi abuela tiene un sin fin de explicaciones, pero ¡qué nos la siga cantando hoy en día aquel que debería haber sido lehendakari de todos! Pero no. Lleva diez años trazando la línea que separa a los vascos-vascos de quienes sólo lo somos, en el mejor de los casos, administrativamente. Siempre sometidos a la sospecha de defender otra nación.
La construcción nacional de Euskadi impulsada por el nacionalismo ha fracasado en la tarea de configurar un espacio público común, pactado, donde encontrarnos para convivir en libertad y en paz. Una concepción exclusivista de la identidad vasca, que identifica esta con la identidad nacionalista, mantiene como reivindicación del Pueblo Vasco lo que, en todo caso, es la reivindicación partidaria del nacionalismo vasco, apropiándose de los sentimientos y de los compromisos de todos. Y ha provocando una perversa deriva de los afectos, los sentimientos y las emociones: estamos cada vez más lejos de querer nada en común, y estamos cada vez más cerca de dejar definitivamente de querernos.
Ya está bien de despreciar el compromiso por la Euskadi autogobernada de todos los vascos no nacionalistas, vascos vasquistas, vascos más que españoles, vascos tanto como españoles, vascos menos que españoles, vascos que ni fu ni fa, vascos y vascas que sobre todo somos internacionalistas o lesbianas o de izquierdas o amantes del jazz. Vascos comprometidos con este país, tanto que muchos de ellos han dado su vida por él.
Es por eso que una nueva misión debe sustituir a la vieja misión nacionalista: construir la comunidad de los vascos en unas dimensiones más grandes y en uniones más osadas. Y el primer paso en esta misión no puede ser otro que el de consolidar entre todas y todos un espacio común para la libertad y los derechos en cuyo seno podamos desarrollar nuestras variadas (y variables) identidades y experimentar nuestros particulares afectos.
Esta compleja pluralidad de identidades y pertenencias es la que nos lleva a considerar como indeseable cualquier proyecto político que busque el cierre de Euskadi sobre sí mismo. Sólo la existencia de una sociedad autogobernada que forme parte activa de marcos políticos más amplios e inclusivos evitará la tentación de una gestión homogeneizadora de esa pluralidad. En esto consiste, para mí, la actual encrucijada vasca. En saber si el Nosotros vasco del mañana va a ser más estrecho o más ancho que el de hoy, más homogéneo o más plural, más “nosotros-solos” o más “nosotros-con-otros”.
Y es cierto: defendemos otra nación. Pero no una nación hipostasiada, vasca o española, al margen de su concreta realización. Defendemos nuestro sueño. El sueño de una patria vasca que Imanol cantaba así: “Nire euskaltasuna baso bat da, eta ez du zuhaitz jenealogikorik. Nire euskaltasuna bide bat da, eta ez du zaldizkorik. Nire euskaltasuna bertso bat da, eta ez du txapelik. Nire euskaltasuna pekatu bat da, eta ez du mea-kulparik”.
Todavía hoy esa vasquidad, esa patria vasca sin árboles genealógicos, caballeros ni txapelas sigue siendo un proyecto. Pero ya está mucho mas cerca de convertirse en una realidad.