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domingo, 29 de mayo de 2022

Dos miradas ciudadanas a la ciudad (en realidad, cuatro)

Matthew Beaumont
El caminante: Encontrarse y perderse en la ciudad moderna
Traducción de Ana Pérez Galván
Alianza, 2021

"Por lo que a mí respecta, ningún paseo es baldío, a diferencia, por ejemplo, de un viaje en coche. En una ciudad -sobre todo una dominada por los automóviles, que son medios de transporte más individualistas que colectivos y más privados que públicos- caminar es lo que habitualmente me hace sentirme vivo. Me hace sentirme vitalmente conectado con los incesantes circuitos de energía de la ciudad y, a la vez, sutilmente desconectado de ellos. Es estimulante y narcótico".


Lo dejó dicho la más grande defensora de la ciudad de y para las personas, Jane Jacobs: "Las calles y sus aceras son los principales lugares públicos de una ciudad, sus órganos más vitales. ¿Qué es lo primero que nos viene a la mente al pensar en una ciudad? Sus calles. Cuando las calles de una ciudad ofrecen interés, la ciudad entera ofrece interés; cuando presentan un aspecto triste, toda la ciudad parece triste" (Muerte y vida de las grandes ciudades, Península, 1967; traducción de Ángel Abad. Afortunadamente reeditada por Capitán Swing, 2020; traducción de Ángel Abad y Ana Useros). [¡Cuánto me ha influido esta enorme mujer!].
 
Beaumont hace suya la proclama jacobsiana y firma un hermoso y vibrante libro en el que nos transforma en acompañantes del callejear urbano de escritores y artistas tan destacados como Edgar Allan Poe, Charles Dickens, Edward Bellamy, H.G. Wells, G.K. Chesterton, Ford Madox Ford, Georges Bataille y Ray Bradbury, con ocasionales "cameos" de Charles Baudelaire, André Breton, Giorgio de Chirico, Henri Miller, T.S Elliot, Walter Benjamin o James Joyce, entre otros, y apoyado en los saberes y decires de Barthes, Zizek, Harvey o Lefebvre. 

Profesor de Literatura Inglesa, Beaumont compone un canto a la errancia urbana -a la libertad de caminar la ciudad, de observarla, de absorberla-, fundamento físico-material de la ciudadanía moderna, en contraposición a la creciente tendencia a la exclusión y la privatización de los espacios públicos. En este sentido, me ha parecido especialmente intereante el capítulo 10 del libro ("Enajenarse"), el único en el que Beaumont no nos hace acompañar de ningún flâneur ilustre sino que nos confronta directamente con una ciudad clasista, segmentada:

En la sociedad de clases, todos los edificios, pero especialmente los corporativos o los financiados por el Estado, se encuentran efectivamente en estado de sitio, por muy inocentes u hospitalarios que pretendan ser, no solo en relación con el medio ambiente sino también con las personas. [...] Las fachadas de todos los edificios están implicadas en la cuestión irreductiblemente política de sortear los antagonismos sociales, es decir, tanto de reforzarlos como de neutralizarlos o intentar resolverlos. [...] Todo edificio debe poder admitir y rechazar al mismo tiempo a los que se acercan a él; atraer y repeler. Todo edificio debe poder asimilar a algunas peronas e intimidar y discriminar a otras. [...] Todos los edificios, tanto por su forma como por su función social, favorecen a un tipo de personas sobre otro.

Un libro muy sugerente, al que solo pondría un pero, y es la ausencia de flâneuses, de mujeres callejeando y apropiándose de la ciudad: solo encontramos a Virgina Woolf. Para compensar esta ausencia, vuelvo a recomendar el maravilloso libro de Anna Mª Iglesia La revolución de las flâneuses
(Wunderkammer, 2019).
 
*-*-*-*-*-*
 
Eric Klinenberg
Palacios del pueblo: Políticas para una sociedad más igualitaria
Traducción de Paula Zumalacárregui
Capitán Swing, 2021

"La distancia social y la segregación -tanto en los espacios físicos como en las líneas de comunicación- engendran polarización, mientras que el contacto y la conversación nos recuerdan que todos somos humanos, sobre todo cuando el trato es recurrente y entraña pasiones e intereses compartidos. En las últimas décadas, hemos perdido las fábricas y las ciudades industriales donde antaño los distintos grupos étnicos formaban comunidades obreras. Hemos hecho que nuestros barrios estén más segregados por clase. [...] Estas condiciones facilitan la vinculación social en el seno de ciertos grupos, pero, como fomentan la polarización, dificultan tender puentes sociales. Y divididos pereceremos. No va a ser fácil restaurar el espíritu de propósito común y de humanidad compartida necesario para la vida ciudadana, pero, como no construyamos infraestructuras sociales de mayor calidad, la ardua tarea que nos aguarda será imposible. Está en juego el futuro de nuestra democracia".
 
 
Este libro, uno de los trabajos de sociología urbana más interesantes que he leído en los últimos años, conecta directamente en su crítica con las preocumaciones de Beaumont sobre la privatización de los espacios urbanos pero también, en su horizonte de futuro, con la defensa de Jane Jacobs de una ciudad viva, incluyente y democrática. 
 
Su  punto de partida es el concepto de infraestructura social, la idea de que la ciudad construida (las aceras, las plazas, los edificios públicos...) configura el tipo de relaciones sociales que surgen entre sus habitantes:

Cuando la infraestructura social es sólida, fomenta que amigos y vecinos traben relación, se apoyen y colaboren entre sí; cuando está deteriorada, inhibe la actividad social y obliga a que tanto las familias como las peronas que viven solas tengan que  buscarse la vida. La infraestructura social tiene una importancia tremenda, porque las interacciones locales cara a cara -en el colegio, en los parques infantiles y en la cafetería de la esquina- cimientan toda la vida pública. Las personas establecen vínculos en sitios que cuentan con infraestructuras sociales saludables no porque pretendan forjar una comunidad, sino porque es inevitable que las relaciones prosperen cuando las peronas tienen un trato prolongado y recurrente (sobre todo, mientras hacen actividades con las que disfrutan).

La vida social precisa de unas condiciones materiales (infraestructurales) adecuadas. Apostar por buenas infraestructuras sociales, públicas y de acceso universal (escuelas, parques, plazas, bibliotecas...), que inviten a detenerse y encontrarse, que no sean simples espacios sino que se conviertan en lugares, en hábitats de significado, es imprescindible si queremos detener y revertir la tendencia a la mercantilización de la vida urbana.

He escrito sobre estas cuestiones aquí y aquí.
 
uente: https://citas.in/frases/2025100-jane-jacobs-en-si-misma-una-acera-urbana-no-es-nada-es-una-a/

miércoles, 9 de diciembre de 2020

El voluntariado como actor clave para la construcción de ciudadanía. Desafíos para el contexto actual



EL VOLUNTARIADO COMO ACTOR CLAVE PARA LA CONSTRUCCIÓN DE CIUDADANÍA. DESAFÍOS PARA EL CONTEXTO ACTUAL

Imanol Zubero

Webinar: "El voluntariado, un actor clave en la construcción de una ciudadanía global”

Coordinadora de ONG para el Desarrollo

9/12/2020

 

En estos 15 minutos de tiempo que comparto con vosotras y vosotros solo voy a hacer dos cosas. La primera es agradecer vuestra mera existencia y, más aún, vuestra persistencia. La segunda, apoyar y justificar la idea de que sois un actor clave para construir una ciudadanía global comprometida y activa que afronte con responsabilidad los desafíos a los que se enfrenta la Humanidad. Ambas cosas están directamente relacionadas.

 

[1] Empiezo por el principio: agradecer vuestra continuidad en el tiempo. Sois herederas y continuadoras de una de las más brillantes trayectorias de la Humanidad.

La cronología oficial de la cooperación internacional remonta su historia a fechas tan recientes como la segunda posguerra mundial o, como mucho, a la traumática experiencia del suizo Henry Dunant como espectador de la batalla de Solferino, en 1859, cuando, conmovido por los miles de personas heridas abandonados a su suerte, se dedicó a socorrerlas ayudado por gente de los pueblos cercanos, sin diferenciar el bando en el que habían combatido, impulsadas e impulsados por el lema Tutti fratelli (Todos hermanos), que las mujeres de la cercana ciudad de Castiglione dello Stiviere repetían como un mantra mientras atendían a los soldados heridos.

También podríamos remontarnos un poco más en el tiempo, hasta aquel 22 de mayo de 1787 en que doce hombres se reunieron en una imprenta de Londres para dar comienzo al movimiento abolicionista. Algo tendría que ver esta reunión con el clima intelectual y moral de una época en la que, tres años antes, en 1784, Immanuel Kant publicó sus famosos ensayos ¿Qué es la Ilustración? e Ideas para una historia universal en clave cosmopolita, en la que defiende “la instauración de una sociedad civil que administre universalmente el derecho”.

El escritor Adam Hochschild firma un libro maravilloso titulado Enterrad las cadenas, en el que reconstruye aquel movimiento ciudadano contra la esclavitud. En este libro podemos encontrar unos párrafos que no me resisto a compartir hoy:

ü  “Los abolicionistas británicos se sintieron conmocionados por los datos que llegaron a conocer sobre la esclavitud y la trata de esclavos. […] Los esclavos y otras gentes sometidas se habían rebelado a lo largo de la historia, pero la campaña de Inglaterra fue algo nunca visto: era la primera vez en que un gran número de personas se sentía indignada por la falta de derechos ajenos, y siguió sintiéndose así durante muchos años. Pero lo más llamativo del asunto es que se trataba de los derechos de gente de distinto color y de otro continente”.

ü  “Los abolicionistas triunfaron porque superaron un reto al que se siguen enfrentando en la actualidad cuantos se preocupan por la justicia social y económica: el reto de relacionar situaciones próximas y distantes. Hace tiempo que vivimos en un mundo en el que los objetos cotidianos son la plasmación de un trabajo realizado en otros rincones de la Tierra. A menudo desconocemos la procedencia de las cosas que utilizamos o las condiciones laborales de quienes las produjeron. Los zapatos o la camisa que llevamos, ¿han sido manufacturados en algún taller de trabajo explotador de Indonesia? […] El siglo XVIII tenía su propia y floreciente versión de la globalización, en cuyo núcleo se hallaba la trata de esclavos y sus productos. Sin embargo, en Inglaterra misma no había caravanas de cautivos encadenados ni capataces con látigo que recorrían montados a caballo los surcos plantados de caña de azúcar. La primera tarea de los abolicionistas consistió en hacer comprender a los británicos qué se escondía tras el azúcar que consumían, el tabaco que fumaban y el café que bebían”.

ü  “A veces parecía, incluso, que los británicos se organizaban para ir en contra de sus propios intereses”.[1]

Así pues, gracias por ser las continuadoras y continuadores de un movimiento social histórico constituido a partir de tres valores esenciales: la fraternidad universal, el compromiso sin fronteras y la capacidad de poner el interés propio en un segundo plano.

Un movimiento que, en muchos momentos, como ocurre ahora, se ha desarrollado de manera explícita y ha dado lugar a instituciones de solidaridad. Pero que se ha expresado de innumerables maneras a lo largo de nuestra historia humana cada vez que una persona ha sido capaz de actuar éticamente, ampliando el círculo del reconocimiento y la responsabilidad, confrontándose incluso con las reglas de su particular tribu.

"Quería -hace decir Marguerite Yourcenar al emperador Adriano- que el viajero más humilde pudiera errar de un país, de un continente al otro, sin formalidades vejatorias, sin peligros, por doquiera seguro de un mínimo de legalidad y de cultura". Es este un viejo sueño: el sueño de un mundo donde nada humano nos sea ajeno, en el que ningún ser humano sea privado de sus derechos como persona y que este reconocimiento incondicional de sus derechos fundamentales no pueda hacerse depender de su consideración como nacional o como extranjero. El sueño de una humanitas sin fronteras éticas. Vuestro sueño.

 

[2] Conecto así con mi segunda reflexión de esta tarde: vuestro papel esencial para la construcción de una ciudadanía global, única esperanza de poder responder positivamente a los retos que afrontamos.

Asumiendo el riesgo de simplificar, yo diría que tenemos un reto insoslayable, ya que de la respuesta que demos al mismo depende nuestra propia supervivencia en el futuro, pero también la vida de millones de personas en el presente.

Ese reto es el de dotarnos de una narrativa, que sea, a la vez, 1) lo suficientemente abierta como para que el máximo de movimientos transformadores se encuentren cómodos en su seno; 2) lo suficientemente concreta como para orientar, fortalecer y multiplicar las luchas; y 3) lo suficientemente compartida como para permitir traducir y relacionar todas esas luchas. Con otras palabras, necesitamos con urgencia un diagnóstico, un proyecto y un lenguaje compartidos.

Leía ayer un interesante artículo de la profesora de la Universidad de Dublín Kathleen Lynch titulado “Los cuidados, el capitalismo y la política”,[2] en el que sostenía que “desde el punto de vista sociológico, las homines curans (personas que cuidan) son tan reales como el homo economicus” entronizado por el capitalismo como paradigma del ser humano.

Una de las cosas que hemos aprendido durante la pandemia es que la raza humana es sumamente interdependiente. Esta ligazón alimenta la moralidad: nuestra necesidad de los demás nos permite pensar en los demás. [...] La pandemia nos ha enseñado que, en tiempos de enfermedad, los cuidados no son un extra opcional: marcan la diferencia entre la vida y la muerte. Sin embargo, para que las homines curans cobren vida política, el concepto debe primero cobrar vida intelectual. Esto requiere un nuevo discurso sobre el cambio social que se enmarque “fuera de la casa del amo” del pensamiento predominante, dominado por los hombres. Hay “valores residuales culturales” de esperanza, que pueden recuperarse intelectualmente para la política. Uno de los lugares donde se hayan estos valores residuales culturales es el dominio afectivo del amor, los cuidados y la solidaridad”.

El filósofo Cornelius Castoriadis denunciaba en 1998 que el desarrollo del capitalismo estaba poniendo en riesgo las bases culturales y éticas que permitían su funcionamiento, bases que el capitalismo no había generado sino parasitado, pero que al fin y a la postre ofrecían al sistema una fisonomía societal tras la que actuaba su nervadura económica. ¿Cuál es el modelo general de identificación que el sistema de mercado propone e impone a los individuos?, se preguntaba el filósofo: “El del individuo que gana lo más posible y que disfruta al máximo; algo tan simple y banal como esto”, se respondía él mismo; ese homo economicus al que se refería Kathleen Lynch. A partir de lo cual, Castoriadis nos hacía una clara advertencia:

¿Cómo puede seguir funcionando el sistema en estas condiciones? Lo hace porque se beneficia todavía de modelos de identificación producidos anteriormente: […] el juez «íntegro», el burócrata legalista, el obrero concienzudo, el padre responsable de sus hijos o el maestro que, a placer, todavía se interesa por su trabajo. Pero nada en este sistema tal como es justifica los «valores» que estos personajes encarnan, catectizan y supuestamente persiguen en su actividad. ¿Por qué habría de ser íntegro un juez? ¿Por qué un maestro habría de sudar con los críos, en vez de dejar pasar el tiempo en su clase, salvo el día en que haya de visitarle el inspector? ¿Por qué ha de agotarse un obrero hasta enroscar la tuerca ciento cincuenta, pudiendo hacer trampas con el control de calidad? Nada, en las significaciones capitalistas, desde un comienzo, pero sobre todo en lo que hoy se han convertido, puede dar respuesta a esta pregunta.[3]

“El capitalismo vive agotando las reservas antropológicas constituidas durante los milenios precedentes”, sentenciaba Castoriadis en un trabajo posterior.[4] En su lógica depredadora, el capitalismo solo es capaz de acumular desposeyendo, expoliando, ya sean bienes comunes (acabamos de saber que el agua, la base de la vida en la Tierra, comenzó este lunes a cotizar en el mercado de futuros de materias primas de Wall Street), servicios públicos, salarios, y también formas de vida. Pero en este ejercicio de acumulación por desposesión, suicida en el largo plazo y homicida en el corto plazo, el capitalismo consume y esquilma tanto recursos naturales no renovables como como depósitos de valores y moralidad imprescindibles para vivir una vida realmente humana.  

“Hoy en día –escribía John Berger- no sólo están desapareciendo y extinguiéndose especies animales y vegetales, sino prioridades humanas que, una tras otra, están siendo sistemáticamente rociadas, no de pesticidas, sino de eticidas: agentes que matan la ética y, por consiguiente, cualquier idea de historia y de justicia. Especialmente atacadas se ven aquellas de nuestras prioridades que proceden de la necesidad humana de compartir, legar, consolar, condolerse y tener esperanza. Y los medios informativos de masas nos rocían día y noche con eticidas”.[5]

El mundo en el que desarrollamos nuestras vidas es un mundo negador de la vida, un mundo invivible dada la violencia estructural de su organización y el continuo trastorno que provoca en nuestros sentidos, en nuestros cuerpos y en la biosfera de la que somos parte. Desde esta realidad es desde donde se alza, recuperando una hermosa expresión de Herbert Marcuse (1979), la “rebelión del instinto de vida contra el instinto de muerte socialmente organizado” que caracteriza a los movimientos sociales de hoy.[6] Recuperar las condiciones para una vida realmente humana, tal es el desafío; la defensa innegociable del derecho a la vida: de la vida de todas y todos y de toda la vida.

Y en efecto, como dice Kathleen Lynch es en el dominio afectivo del amor, los cuidados y la solidaridad donde podemos encontrar y reforzar esos valores residuales culturales de esperanza que nos permitan seguir combatiendo la práctica organizada de una cultura de la muerte que sirve de base a la acumulación de capital, como denuncia Vandana Shiva.[7]

En 1990 Berenice Fisher y Joan Tronto publicaron una definición de cuidado que merece la pena recordar, ya que sirve perfectamente para perimetrar ese espacio contracultural de esperanza:

Una actividad de especie que incluye todo aquello que hacemos para mantener, continuar y reparar nuestro «mundo» de tal forma que podamos vivir en él lo mejor posible. Ese mundo incluye nuestros cuerpos, nuestros seres y nuestro entorno, todo lo cual buscamos para entretejerlo en una red compleja que sustenta la vida.[8]

Cada vez estoy más convencido de que el paradigma del cuidado puede ser esa narrativa que nos sirva para compartir diagnósticos sobre el estado del mundo, proyectos para su transformación y lenguaje que nos permita conversar y entendernos: el cuidado como esperanto que permite traducir, interseccionar, luchas diversas.[9]

Y desde ese paradigma el voluntariado que actúa en el marco de las ONG para el Desarrollo tiene, tenéis, mucho que decir. No sois ajenas al mismo, sino parte esencial. Al fin y al cabo, vuestro lema podría ser eso tan hermoso que Pablo Neruda proclamaba en sus Versos del capitán: “¿Quiénes son los que sufren? No sé, pero son míos”. Se encuentren donde se encuentren.



[1] Adam Hochschild, Enterrad las cadenas, Península, Barcelona 2006.

[2] Kathleen Lynch, “Los cuidados, el capitalismo y la política”, CTXT  4/12/2020. https://ctxt.es/es/20201201/Firmas/34262/#.X89DF85bWGY.twitter

[3] Cornelius Castoriadis, El ascenso de la insignificancia, Cátedra, Madrid 1998, pp. 130-132

[4] Cornelius Castoriadis, Una sociedad a la deriva. Entrevistas y debates (1974-1997), Katz, Buenos Aires 2006, p. 116.

[5] John Berger, "El coro que llevamos en la cabeza", El País 26/08/2006. https://elpais.com/diario/2006/08/26/babelia/1156549152_850215.html

[6] Herbert Marcuse, “La angustia de Prometeo”, El Viejo Topo, n.º 37, 1979.

[7] Vandana Shiva, “La mirada ecofeminista. Tres textos”, Sin permiso 29/08/2005.  https://www.sinpermiso.info/textos/la-mirada-ecofeminista-tres-textos

[8] Joan Tronto, “Cuando la ciudadanía se cuida: una paradoja neoliberal del bienestar y la desigualdad”, Congreso Internacional Sare 2004: ¿Hacia qué modelo de ciudadanía?, Emakunde, Vitoria-Gasteiz 2005, pp. 231-253.  https://www.emakunde.euskadi.eus/contenidos/informacion/publicaciones_jornadas/es_emakunde/adjuntos/sare2004_es.pdf

[9] Marta Pascual y Yayo Herrero, “Ecofeminismo, una propuesta para repensar el presente y construir el futuro”, CIP-Ecosocial – Boletín ECOS nº 10, enero-marzo 2010. https://www.fuhem.es/media/ecosocial/file/Boletin%20ECOS/ECOS%20CDV/Boletin_10/ecofeminismo_construir_futuro.pdf


jueves, 26 de febrero de 2015

Por qué sí hay que apagar el móvil en clase

 
El titular que aparecía en la primera página de El País el pasado lunes no podía llamar más la atención: "Por qué no hay que apagar el móvil en clase". El subtítulo no aclaraba mucho más, aunque remarcaba el carácter imperativo del titular: "La digitalización masiva es el mayor reto del futuro de la educación". Y este tono imperativo se veía fuertemente reforzado con la primera frase del artículo en cuestión: "En el mundo actual, plenamente digitalizado, la entrada de la tecnología en el ámbito educativo es irreversible".
Perdón por la autocita, pero en 1996 publiqué un artículo titulado Participación y democracia ante las nuevas tecnologías (Telos: Cuadernos de Comunicación, Tecnología y Sociedad, nº 45, 1996, pp. 26-35. Puede leerse aquí.) en el que criticaba el determinismo práctico que caracteriza a la mayoría de la información, básicamente promocional, sobre nuevas tecnologías presentada por los grandes medios de comunicación. El artículo al que me estoy refiriendo es un ejemplo canónico de este tipo de información.
Estas eran las siete supuestas razones por las que se debería encender el móvil en clase:

1. El alumno lleva toda la información encima. La mueve, la intercambia, la comparte en red, fuera y dentro de clase. De esta forma, aprende de forma intuitiva, incluso sin ser consciente de ello. El móvil es clave para los estudiantes.
2. La clase ya no es el único lugar donde se aprende. El uso de apps educativas como complemento de los temarios empieza a ser una realidad. Y las iniciativas de emprendedores para crearlas son cada vez más numerosas. El sector calcula que en la actualidad existen más de 80.000 apps educativas. Son gratuitas y ayudan a que aumente la motivación del alumno. Muchos docentes y expertos insisten en su utilidad en el aula. Los contenidos vienen de fuera del aula y entran por la tecnología a través de los móviles o de otros soportes.
3. El profesor sabe usar la tecnología como el alumno. Todo el mundo usa la tecnología en su vida cotidiana y profesional, sea para mandar correos, navegar, jugar, oír música o, sí, algunos incluso para enseñar. Y ya sin mencionar que muchos de los profesores que ejercen ahora en la educación no universitaria pertenecen ya a generaciones que nacieron en la era tecnológica.
4. La transformación de la educación con la tecnología tiene tres patas: los recursos digitales con los que se dota al aula y a los alumnos (desde las pizarras digitales a los ordenadores), el seguimiento del profesorado y un currículo digitalizado. Y los recursos ya no son la asignatura pendiente, resaltan los expertos. De hecho, el 85% de los centros de secundaria de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ya en 2012 estaba dotado de ordenadores de mesa; el 41%, de portátiles, y el 11%, de tabletas, según datos de esta organización. Los siguientes pasos a dar son extender el currículo digitalizado, así como el seguimiento y apoyo del profesorado en la enseñanza con esos materiales.
5. Los profesores ya no van a cursillos para que les enseñen a usar la tecnología. No son la solución. Está más que comprobado. Hoy en día el seguimiento del docente ya se hace por expertos en tecnología en los propios centros. Se les da apoyo sobre el terreno en el uso de todas las herramientas que integran el currículo digitalizado (que tiene múltiples recursos, como ilustraciones animadas, vídeos, visitas virtuales, foros…).
6. El gasto público en tecnología crece en los países más avanzados, a pesar de que baja el gasto en educación. Países como Estados Unidos o Inglaterra han seguido esta línea en plena crisis. Pero no siempre la inversión en tecnología para la educación se ha traducido en una mejora de los resultados de los estudiantes. De hecho, algunos de los países que menos invierten en ella (como Finlandia, Japón o Corea del Sur) salen en los primeros puestos de las pruebas Pisa de la OCDE, al igual que otros que, por el contrario, invierten mucho en ella (como Singapur, los Países Bajos o Estonia).
7. En los últimos años, se ha creado la figura del “Coordinador Tec” en los centros. Precisamente por la razón anterior. Para facilitar su buena utilización con el fin de que se traduzca en un mejor y más eficaz sistema de aprendizaje para los alumnos. Numerosos centros españoles ya cuentan con ellos. El “Coordinador Tec” es el responsable y supervisor de uso de la tecnología en las aulas. Hace un seguimiento del profesorado y de la adaptación del currículo del centro a ella.

¿Razones?  Veamos:
1. Se dice que el alumno lleva toda la información encima. En primer lugar, no escierto: el alumno lleva consigo sólo la información a la que puede acceder vía internet, que es mucha, muchísima, sí, pero ni es toda ni es siempre la más relevante. Por otro lado, un artículo publicado hoy por la misma informadora en el mismo diario señala que "sólo el 2% de los alumnos distingue la información relevante en Internet". ¿De qué sirve, entonces, llevar toda la información encima?

2. Se dice a continuación que la clase ya no es el único lugar donde se aprende. No lo ha sido nunca. Antes de internet también se aprendía a través del diario, de la radio, la televisión o el cine (además de en la familia, el grupo de iguales, las asociaciones intermedias o la calle), pero a nadie se le ocurrió jamás meter en el aula "sin apagar" a ninguna de estas instancias socializadoras y educadoras. Al contrario, lo que se ha buscado siempre es relacionar, sí, todas estas instancias, pero marcando una evidente distancia entre las mismas y la escuela, un espacio que sólo puede cumplir su función educativa gracias precisamente a esta distancia. Lo expresa perfectamente García Montero cuando escribe: "El camino que conduce de la casa a la escuela es también la distancia obligada entre un espacio privado y un espacio público dispuesto a hacerse respetar. Ninguna educación para los ciudadanos resulta tan eficaz como ese camino que hay que recorrer entre la casa de cada alumno y la escuela, el camino que permite alejarnos un poco de nuestra identidad particular, llegando a la pizarra de todos, la escuela única" (Luis García Montero, Inquietudes bárbaras, Anagrama, Barcelona 2008).

3. El resto de las supuestas ideas no son otra cosa que la expresión de que eso que se debe hacer (digitalizar masivamente la escuela) ya se puede hacer. Pero la cuestión es si se ha justificado suficientemente el debe: yo creo que no. Por cierto, todo el artículo, extenso (ocupaba una página completa del diario), se sustentaba sobre la opinión de un solo informante: el director de Educación de la Fundación Santillana, Mariano Jabonero.

Seguramente, de no haber leído el reciente libro de Roberto Casati, Elogio del papel, el artículo de El País me hubiera parecido poco más que un publireportaje camuflado de información contrastada.
Santillana pertenece a Prisa,editora del diario, y en los últimos tiempos la editorial especializada en material educativo se ha metido de lleno en el terreno del material digital destinado a la educación. Vender libros en papel o vender contenidos digitales, al cabo viene a serlo mismo. Si cuela, cuela.
Pero tras leer el libro de Casati, la cosa me parece mucho más preocupante. No intentaré resumir aquí su contenido: recomiendo su lectura reposada e íntegra. Sólo recogeré aquí tres de sus ideas:

1. El colonialismo digital es una ideología que se resume en un principio tan simple como peligroso: "Si puedes, debes". Si es posible hacer que una cosa o una actividad migren al ámbito digital, entonces debe migrar. Pero esto es más que cuestionable. Como cualquier otra tecnología, la digitalización puede resultar emancipadora en algunos casos, pero no en otros.

2. La lectura está amenazada, nos la roban. El ordenador ha contribuido a erosionar el tiempo de lectura de libros. De la lectura en profundidad, que no surge de manera natural: hay que aprender a practicarla y, una vez aprendida, hay que protegerla. Si leer significa aislarse para profundizar los nuevos dispositivos electronicos, sobrecargados de aplicaciones que nos invitan a bifurcar nuestra atención, no nos ayudan en nada, Esta es la tesis bien fundamentada de Nicholas Carr en Superficiales). El libro de papel presenta ventajas cognitivas: la linealidad facilita la comprensión, su calidad de objeto aislado, de objeto en sí, no conectado, facilita la atención.

3. La escuela presenta la característica de ser un ámbito protegido, en el seno del cual habría que aprender a procesar la información y no contentarse con buscarla o recibirla. Habría que defender este espacio protegido y resistirse a la introducción incondicional de instrumentos que favorecen (casi exigen) el multitasking y el zapping. Ya usan estas tecnologías digitales fuera de la escuela; por eso, debería resultar interesante que los estudiantes fueran al colegio para hacer cosas muy diferentes de las que se hacen habitualmente en la sociedad.

Como conclusión: "La escuela debe, en cierta medida, resistirse a las tecnología distrayentes, precisamente porque ya cuenta por sí misma con la inmensa ventaja de ser un espacio protegido en el cual el zapping está excluido por definición; ventaja que le permitiría no tener que correr tras el cambio tecnológico y, al mismo tiempo, generar, gracias paradójicamente a sus inmensas inercias, el verdadero cambio, que es el desarrollo moral e intelectual de los individuos".

sábado, 9 de julio de 2011

Kukutza ikutu bez!!!




Si bien la ciudad puede ser analizada de diferentes maneras -como simple agregado territorial, como artefacto físico o conceptual cuya estructura va a condicionar la forma de vida de los sujetos-, lo que más nos interesa es aproximarnos a la urbe como un complejo entramado de interacciones, “como una unidad funcional en la cual las relaciones entre los individuos que la integran están determinadas no sólo por las condiciones impuestas por la estructura material de la ciudad ni siquiera por las regulaciones formales de un gobierno local, sino más bien por las interacciones, directas o indirectas, que los individuos mantienen los unos con los otros” (Park). La ciudad es, sobre todo, lo que hacemos con ella y en ella. La ciudad es, por encima de todo, sus ciudadanas y ciudadanos y las relaciones que establecen entre sí.

¿Ofrece la ciudad actual oportunidades para que esa interacción se produzca? “En toda América, la planificación urbana ha renunciado a su papel histórico como integradora de comunidades, y propicia un desarrollo selectivo que enfatiza las diferencias”. Esta afirmación de Michael Sorkin, realizada a principios de los Noventa, nos advierte frente a uno de los riesgos más importantes a los que se enfrenta la ciudad de hoy y, sobre todo, la de mañana: el riesgo de que, al margen de nuestras intenciones y deseos, el espacio urbano realmente existente haga físicamente imposible la interacción social imprescindible para la construcción de la cultura ciudadana.
Este espacio urbano donde la interacción social y el encuentro entre vecinos se vuelve crecientemente dificultoso es el que Pietro Barcellona denomina ciudad postmoderna, “una enorme superficie pulimentada en la que se puede patinar hasta el infinito”. La ciudad, históricamente el espacio privilegiado para la civilidad, la socialidad, la comunicación, el encuentro, la participación, se ve reducida a un espacio sin referencias, un espacio que ya no es necesario para la vida; más aún, un espacio para el que la vida no sólo no es necesaria, sino que se convierte en un auténtico engorro. Por evitar encontronazos, inevitables cuando de la vida real se trata, acabamos por volver casi imposibles los encuentros.

Hoy las ciudades se sueñan, se piensan y se diseñan para ser creativas, atractivas, emprendedoras, globales… pero entonces no se sabe qué hacer con la ciudad (y la ciudadanía) encadenada a lo local, con la ciudad (y la ciudadanía) vulnerable y frágil. Si repasamos el índice analítico del libro de Richard Florida Las ciudades creativas no encontraremos referencia ninguna a la pobreza, la desigualdad o la exclusión. Hay universitarios y jóvenes solteros, jubilados, gays y lesbianas, enclaves étnicos; hay, por supuesto, profesionales jóvenes, innovadores y talento. También hay, es verdad, “familias con ingresos bajos, desplazamiento de”; es decir, familias con ingresos reducidos que no pueden afrontar el precio de la vivienda y de la vida en los nuevos “mosaicos urbanos paraíso de los modernos” y que por ello se ven desplazados de estos lugares. Pero no hay vida, al menos no la hay en toda su complejidad.
Desaparecen los problemas, o se planifica su desaparición. Desaparece, por ello, la ciudad real. La pérdida de la ciudad significa, por tanto, la pérdida de la comunicación real al disminuir el interés por los lugares y por la gente.


Bruce Bégout ha captado perfectamente el espíritu de esta ciudad postmoderna, plagada de no-lugares, al analizar el motel americano como expresión de esta no-ciudad: “El motel, lejos de limitarse a ser una muestra del american way of life, muestra que se propaga en la actualidad en la periferia de casi todas las ciudades mundiales, concretiza nuevas formas de vida urbana donde la movilidad, el vagabundeo y la pobreza vital adquieren un lugar preponderante”. Como señala Bégout, la característica más evidente de este motel es que “no se ha previsto ningún espacio, ni externo ni interno, para acoger reuniones de inquilinos”. Por el contrario, “todo ha sido concebido para favorecer una circulación de las personas en sentido único, desde sus automóviles a sus habitaciones y viceversa”. ¿No nos recuerda esta caracterización del motel americano a muchos de los espacios que encontramos en nuestras ciudades?





La ciudad no puede ser un parque temático (Sorkin) ni un lugar de encuentro vacío, “decorado para parecer algún tipo de ciudad ideal, pero donde nadie se relaciona con nadie” (MacCannell). Más acá del espectacular skyline está siempre el topos inmediato de la vulnerabilidad, la fragilidad y la exclusión.
Abandonada a sus propias dinámicas y al contrario de lo que esperábamos, “la ciudad ya no produce sociedad” (Donzelot). La ciudad por sí sola ya no basta para producir ciudadanos ni civismo. Hoy la ciudad exige una nueva actitud por parte de sus habitantes -proactiva, propositiva- para que la vida urbana brote y se manifieste en toda su diversidad, exuberante y agonística.
Ciudadanas y ciudadanos que se reapropien del derecho colectivo a la ciudad no como consumidores de experiencias, ni como emprendedores a la búsqueda de un adecuado suelo para desarrollar su creatividad, ni siquiera como ciudadanos meramente reactivos y exigentes, sino como actores sociales empeñados en la construcción de poderes democráticos. Pues, como recuerda Barcellona, “afirmar hoy que el ciudadano en cuanto tal tiene derechos [...] puede convertirse en un simple ejercicio de lógica, que deduce de la condición de ciudadano el derecho a la atribución de recursos, como si se tratara de un corolario y no ya del terreno de un conflicto que no puede no ser colectivo y que tiene como objetivo la reforma del poder social y de las formas de convivencia”.


Rekalde ha sido siempre, con sus insurgencias ciudadanas y sus emergencias culturales, una ciudad imprevista en el sentido en que Paolo Cottino utiliza este término: “En nuestras ciudades surgen continuamente prácticas, acciones y comportamientos que, al margen de los usos tradicionales del espacio y sin respetar las reglas establecidas para el disfrute de los recursos espaciales urbanos, proponen formas nuevas de relacionarse con el territorio, de aprovechar el recurso «ciudad». Sus protagonistas, por necesidad o por voluntad propia, no se someten a la disciplina impuesta y tratan de controlar ellos mismos el proceso de construcción de la territorialidad, es decir, de la relación social con el territorio”.


Kukutza, expresión de ese activismo ciudadano que hace más y mejor ciudad cada día. Porque ni Bilbao ni Rekalde sin Kukutza serían lo mismo: Kukutza no se toca!!!



domingo, 3 de julio de 2011

Malo si no nos representan, peor si lo hacen demasiado

¿Lo que menos me gusta del 15M? La mirada excesivamente autocomplaciente que dirige hacia sí mismo. La comprendo, claro que sí. Es esa experiencia fundamental que caracteriza la fase de estado naciente de cualquier movimiento social (Alberoni): esa efervescencia, esa experiencia de empezar de cero, esa impresión de que cuando uno descubre algo (un problema, una causa, una pregunta, una respuesta, una señal, una llamada...) todo el mundo debería hacerlo. Yo también la he experimentado y, ¡qué diablos!, no renuncio a volver a hacerlo.
El problema es que esta exhaltación y este arrebato terminen convertidos en combustible que alimente la razón automática -"Levantas la voz, te indignas, lo inundas todo de tu iracundia y ya parece que tienes razón" (Juan Cruz)- o la tentación de la inocencia -con su tendencia a transformar la queja en una "forma charlatana de la renuncia" (Pascal Bruckner).

"No nos representan", (nos) dicen. Y en un sentido profundo es muy cierto. Cuando los partidos se ubican cada vez más en el terreno de la defensa del denominado interés general, su capacidad
de representación se debilita necesariamente. Porque con el interés general ocurre lo mismo que con el sentido común (el menos común de los sentidos): que se trata del menos general de los intereses en un mundo político dominado por los intereses particulares.

Pero, en otro sentido iguamente profundo, ¿pudiera darse el caso de que la peor política sea, precisamente, la que más pueda representar a una determinada ciudadanía?

Javier Marías, "¿Por qué quieren ser políticos?":

A mi modo de ver hay cinco grupos: a) sujetos mediocres que nunca podrían hacer carrera -ni tener un sueldo- si no fuera en un medio tan poco exigente como la política (sé de algún alcalde de ciudad conocido en ella, sobre todo, por ser un completo iletrado y darle a la frasca); b) sujetos que ven un modo de enriquecerse (así lo explicó sin tapujos uno que no quedó lejos de llegar a ministro); c) sujetos que sólo ansían tener poder, es decir, mandar y que la gente les pida favores; tener potestad para denegar o dar y salir en televisión; en suma, ser "alguien" (recuerdo haberle oído contar a mi padre que, apenas quince días antes de la derrota -ya segura- de la República en la Guerra Civil, había tortas para ser nombrado ministro de lo que fuese en la última remodelación gubernamental, cuando ocupar un cargo así sólo iba a traer muy graves problemas a quienes los ocupasen, al cabo de dos semanas: la vanidad no sabe de cálculos); d) fanáticos de sus ideas o metas que sólo aspiran a imponerlas; e) individuos con verdadera vocación política, con espíritu de servicio, buena fe y ganas de ser útiles al conjunto de la población y de mejorarle las condiciones de vida, de libertad y de justicia.
No hace falta decir que, de estos cinco grupos (expuestos -me disculpo- con la grosería inherente a toda simplificación), el único que merece respeto, vale la pena y resulta beneficioso y necesario es el último, que quizá por eso sea el menos nutrido. Lo llamativo es que los votantes no parezcan saber distinguir a los pertenecientes a cada grupo. Acaso no sea fácil, dado que los de los cuatro primeros fingen y engañan, copian y adoptan las maneras y los discursos de los del quinto, se presentan invariablemente como personas desinteresadas y abnegadas. Si en cada legislatura cambiaran las caras, podría entenderse que les diéramos siempre un voto de confianza y nos colaran gato por liebre. Pero esta ingenuidad no es admisible con los políticos veteranos, porque nadie es capaz de fingir bien mucho tiempo. Fingir es difícil y cansa, y el zafio, el oportunista, el tonto, el bruto, el aprovechado, el ladino, el ladrón, el engreído, el fanático, el déspota, todos acaban por parecer lo que son, y sin tardanza. ¿Cómo es que no lo vemos año tras año, legislatura tras legislatura? ¿Cómo es que no sabemos distinguir a los del quinto grupo -que los hay- ni eliminar poco a poco a los de los otros cuatro? Tal vez sería algo a lo que se podrían aplicar los integrantes del 15-M: no a descalificarlos a todos, que es lo que Franco hacía para justificar su prohibición de los partidos; sino a ir señalando, con nombres y apellidos si hace falta, a la enorme cantidad de mediocres, codiciosos, corruptos, fanáticos y engreídos que se han hecho con tanto poder en España.


Elvira Lindo, "Berlusconeando":

Veo italianos. Los observo de arriba abajo con la tranquilidad de que ellos hacen lo mismo y de que no les molesta que una mujer les mire. Entre esos italianos que veo, veo también unos cuantos Berlusconis: esos hombres de edad ya provecta que andan luchando a diario con las arrugas y las entradas en el cuero cabelludo. Y entonces mi mente comienza a construir una teoría. Aquí la dejo. Mi teoría es que nos empeñamos en pensar que el dirigente político de un país nada tiene que ver con el pueblo al que representa: lo estudiamos de manera aislada, nos mofamos de sus pulsiones, de su afición irregular por las jovencitas, de sus implantes capilares, sus estiramientos de piel, su campechanía excesiva, la irreprimible necesidad de ser gracioso, de su aire sobrado, del patoso nacionalismo, el orgullo sin motivo, la condescendencia con las mujeres, la simpatía que de pronto se vuelve insultante o de esa manera impúdica de abusar del poder, como si fuera un derecho de por vida. Así hemos visto el problema italiano: como si todo se redujera a Berlusconi, como si no hubiera gente que lo vota, que quiere parecerse a él, jovencitas que se le rinden o jovencitos que admiran su astucia. Pero siempre, y más en las democracias, hay un parecido entre el gobernante y el pueblo gobernado. Veo italianos. Y debo decir que son tremendamente agradables a la vista, que incluso los feos son guapos, es más, yo diría que los más feos son los más guapos, porque lucen narices esculpidas a martillazos y ojos de pez. Pero esa belleza no me ciega y encuentro con frecuencia una autoestima masculina muy berlusconiana. Pero cuidado, que cuando paseo por España veo Rajoys o Camps (más en los últimos tiempos). No, ellos no nacen de un repollo, somos nosotros los que les damos aliento, vida. Y votos.

Malo, muy malo, es que los políticos no nos representen.
Peor aún que algunos políticos, los peores de todos, nos representen demasiado.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Herritarren energia-olatuak

Esta mañana, en Vitoria-Gasteiz, el Partido Socialista de Euskadi-Euskadiko Ezkerra ha presentado a sus candidatos a las alcaldías de las tres capitales de la Comunidad Autónoma del País Vasco.


En el transcurso del acto Odón Elorza ha presentado el video con el que Donostia-San Sebastián defiende su candidatura a Capital Europea de la Cultura 2016.


Herritarren energia-olatuak, olas de energía ciudadana.
Es el lema de un proyecto bien pensado y muy trabajado, pleno de cultura, de creatividad, de valor y de valores.

Es tambien el título del video. Un video realmente hermoso, por sus aspectos formales, sí, pero sobre todo por el mensaje que contiene.

La apuesta de Donostia es una apuesta de todos y para todos. Es, desde luego, mi apuesta.

domingo, 12 de septiembre de 2010

¿Gratis total?

EL CORREO abre hoy con un amplio reportaje sobre las reivindicaciones de las principales asociaciones vecinales de Bilbao. Me sorprende leer una afirmación de la portavoz del PNV en el Consistorio bilbaíno, Ibone Bengoetxea, quien no cree que las demandas ciudadanas influyan demasiado en las urnas: «Las reivindicaciones vecinales ni dan ni quitan [votos]», dice.



Al leerlo he recordado dos informaciones relacionadas que publicó EL MUNDO el pasado 24 de julio.
Según la primera de ellas, una encuesta elaborada para la Diputación alavesa otorgaba al PNV la victoria en las elecciones forales de 2011, que se convertiría en la primera fuerza del territorio, a pesar del "caso de Miguel". ¿Tal vez porque el 45% de los ciudadanos alaveses cree que los casos de corrupción que afectan al territorio es un fenómeno generalizado? ¿Acaso porque el 60% de los alaveses ni siquiera ha tenido conocimiento de "algún problema interno en la Diputación"?


La segunda información se hacía eco de la opinión vertida por un experto del Banco Central Europeo sobre la no existencia de asociación o vínculo ninguno entre la ejecución de una reforma laboral o un ajuste presupuestario y los resultados electorales:

"Es muy importante contarles a los políticos: 'No temas que esto te va a costar las elecciones, porque no existe asociación de ajustes presupuestarios fuertes y castigo político en popularidad o pérdida de votos' [...] Si uno sigue viviendo del prejuicio de que existe esa relación, realmente puede no estar beneficiando a un país ni beneficiando a sus propias posibilidades como grupo político".


Las razones (y las pasiones) del voto no son inexcrutables, pero sí muy complejas.
Pero en política no existe el "gratis total": todas las decisiones políticas van acompañadas de su correspondiente factura.
Otra cosa es quién la pague, que no siempre es quien la hace.

lunes, 22 de marzo de 2010

A grandes engaños, grandes esperanzas

Obama logra su primera gran victoria al sacar adelante su reforma sanitaria
La Cámara de Representantes da luz verde al proyecto legislativo más ambicioso del presidente estadounidense - "Es una victoria para el pueblo americano", recalcó
[EL PAÍS].





En su libro El gran engaño, Paul Krugman resume brillantemente la que, en su opinión, debía ser la mentalidad dominante en la Administración Bush: “Por supuesto, ahora vivimos en los que George W. Bush llamó la «época de la responsabilidad individual»: si un niño elige tener unos padres que no pueden permitirse la atención sanitaria, ese niño habrá de enfrentarse a las consecuencias de su elección”.

En efecto, durante décadas millones de niños estadounidenses han tenido que afrontar las consecuencias -muchas veces trágicas- de haber elegido unos padres que no podían permitirse pagar de su bolsillo la atención sanitaria. Y el Medicaid no ha podido remediar esta tragedia.
Incluso el cine más rabiosamente comercial se ha ocupado del asunto: recordemos la película John Q, protagonizada por Denzel Washington. O recordemos Sicko, de Michael Moore.

Hoy merece la pena releer el libro de Krugman, en particular su análisis sobre la voluntad "revolucionaria" -o revolucionaria-involucionaria, si se quiere- del movimiento de la derecha norteamericana que aupó al poder a un presidente tan inverosimil como Bush hijo (y a Bush padre, y en su momento a Bush espíritu santo, o sea Reagan). La revista Claves de Razón Práctica publicó en su nº 140 (marzo 2004) fragmentos del prefacio y la introducción. Aquí van algunos párrafos. Y sí, la esperanza de Krugman parece haberse cumplido. Al menos en esto. Que no es todo, pero que tampoco es poco.


A mí me resulta evidente que habríamos de considerar el movimiento de la derecha norteamericana –la cual, a día de hoy, controla de hecho el ejecutivo, las dos cámaras del Congreso, gran parte del poder judicial y la mayoría de los medios de comunicación– un poder revolucionario en el sentido que le dio Kissinger. En otras palabras, se trata de un movimiento que no acepta la legitimidad de nuestro sistema político actual.
¿Exagero la cuestión? En verdad, existen pruebas abundantes de que personas clave en la coalición que hoy gobierna el país piensan que algunas arraigadas instituciones políticas y sociales norteamericanas no deberían, en principio, existir, así como tampoco aceptan las normas que los demás asumimos.
Consideremos, por ejemplo, el Estado de bienestar tal como lo conocemos: los programas del new deal (1), como la Seguridad Social y el seguro de paro, y los de la Gran Sociedad, como el Medicare (2). Si leemos los textos provenientes de la Heritage Foundation, institución que está al frente de la ideología económica del Gobierno Bush, nos encontramos con un proyecto muy extremista: esa institución no sólo quiere acabar con los programas del New Deal y de la Gran Sociedad sino que considera la misma existencia de éstos como una violación de sus principios básicos.

5. No crea que existen límites para los objetivosde un poder revolucionario.
Cuando se presentó el recorte de impuestos de 2001, muchos moderados minimizaron su importancia, considerándolo una pequeña reversión de las subidas de impuestos de la década de 1990; incluso si discrepaban de la medida, supusieron que no era una mala idea permitir que Bush consiguiera lo que quería. Cuando las proyecciones del presupuesto empleadas para justificar los recortes demostraron ser en exceso optimistas, los moderados instaron al Gobierno a reconsiderar sus planes, creyendo que les escucharía y se llegaría a un acuerdo. El Gobierno respondió proponiendo bajadas impositivas adicionales, y a los senadores que habían votado a favor en la primera ronda de recortes les resultó difícil explicar las razones por las que se oponían a más de lo mismo.
Sólo ahora, la opinión respetada empieza a reconocer que el objetivo real del Gobierno ha sido, desde el principio, eliminar la tributación de las rentas del capital y reducir drásticamente, cuando no suprimir, la progresividad del sistema tributario; y que el aplacamiento inicial de los moderados eliminó el principal obstáculo para la consecución de esos fines. Además, no estoy seguro siquiera de que la desaparición de los impuestos sobre el capital y el cese de la progresividad fiscal sobre los salarios marquen el límite de las ambiciones gubernamentales. ¿Suprimir impuestos, cualquiera de ellos?
De forma análoga, unos cuantos moderados apoyaron la guerra contra Irak, tomándola como una medida excepcional para hacerle frente a un dictador brutal y peligroso. Pero cada vez resulta más claro que el núcleo del Gobierno considera esa guerra nada más que como el comienzo de la “doctrina Bush”, según la cual el poder de Estados Unidos se empleará con agresividad en gran parte del mundo. Y, una vez dado el primer paso, les resulta difícil a los moderados explicar por qué no respaldan el derrocamiento de otros dictadores. Pax Americana, ahí vamos.
Debe haber límites en alguna parte a lo que la derecha en verdad intentará llevar a cabo. Es posible que nos conduzca a un sistema tributario en el que los pobres paguen una proporción más elevada de su renta que los ricos, pero no puede llevarnos a uno en el que los ricos paguen efectivamente menos que los pobres... ¿o sí? Es posible que el enfrentamiento se extienda de Irak a Siria e Irán, pero no es posible amenazar con una fuerza militar a países que ya son democráticos... ¿o sí?
No sé hasta dónde va el plan de la derecha, pero he aprendido a no dar nunca por sentado que se la podrá apaciguar a través de concesiones parciales. Los analistas que previeron que el Gobierno Bush se moderaría se han equivocado de forma sistemática. Kissinger, otra vez: “La esencia de un poder revolucionario consiste en ser consecuente con sus convicciones, y en estar dispuesto a llevar, incluso con impaciencia, su ideario hasta su realización definitiva”.
Así que esto es lo que hay. Sospecho que a muchos lectores, pese a todo lo ocurrido, éste les parecerá un cuadro alarmista. Como escribió Kissinger: “A los que avisan del peligro, se los toma por alarmistas; a los que aconsejan adaptarse a las circunstancias, se los considera equilibrados
y sanos”. Pero, hasta ahora, los alarmistas han tenido razón en todas las ocasiones. ¿Qué podemos hacer?
Cada vez más personas empiezan a darse cuenta de la seriedad de la situación. Quizá fuera Andy Rooney, del programa 60 Minutes de la CBS, quien lo expuso mejor: “La única noticia realmente buena será que ha terminado esta época terrible de la historia norteamericana”. ¿Qué hacer para que esa buena noticia se adelante?
Para albergar esperanzas de que ocurra un cambio de sentido, uno ha de que creer que la mayoría de los norteamericanos en realidad no apoya el programa de la derecha; que el país en su conjunto es más generoso, más tolerante y menos militarista que aquellos que hoy lo gobiernan. Y pienso que eso es verdad; si no fuera por lo bien que la derecha oculta sus objetivos y hace alarde de patriotismo, creo que la mayor parte de los estadounidenses mostraría una fuerte disconformidad con la dirección que está tomando el país.
Tengo el sueño –quizá sólo la esperanza– de que ocurra una gran reacción: de que el pueblo norteamericano constate lo que está sucediendo, se dé cuenta de que han abusado de su patriotismo y su buena voluntad y ponga fin a esta ofensiva de destrucción de gran parte de lo mejor que tiene este país. Cuándo y cómo llegará este momento, no lo sé. Pero algo está claro: eso no sucederá a menos que todos nos esforcemos por ver y contar la verdad de lo que está pasando.

(1) New deal: Serie de medidas políticas promulgadas en la década de 1930 por el presidente Franklin D. Roosevelt para promocionar la recuperación económica y las reformas sociales.
(2) Medicare: Servicio de asistencia sanitaria federal que cubre parcialmente los costes del tratamiento médico y hospitalización de los jubilados (mayores de 65 años), enfermos renales y disminuidos físicos o psíquicos, aunque no atiende a los pacientes de larga duración ni facilita todos los servicios sanitarios.

domingo, 28 de febrero de 2010

Soberanismos

Domingo, día del Señor Soberanista.
Nueva convocatoria de referéndums por la independencia en Catalunya; la participación, aún más baja que en la ocasión anterior, ha rondado el 21%, si no he escuchado mal en un informativo de televisión.
En Euskadi, el PNV ha planteado la "necesidad" de una "reforma del marco estatutario" del País Vasco que recoja la "capacidad de decidir" y que pueda ser alumbrada por el Parlamento la próxima legislatura.



En medio de tanto fervor nacionalista resulta muy conveniente leer el artículo de José A. González Casanova en PÚBLICO, "La confusión soberanista". Reproduzco su párrafo final:

"Una vez más en la historia de Catalunya, sobre sentimientos sinceros de identidad nacional y de autogobierno democrático, unos políticos confusos han provocado malentendidos con la España más cerril y falsas ilusiones en sus compatriotas. La palabra escogida para confundir a unos y a otros, así como para justificar cualquier proyecto nacional ante un electorado crédulo, es soberanismo. La utilizan CiU, ERC y otros grupos menores como posible caladero de votantes indecisos. Soberanía, según ellos, quiere decir de todo. Desde derecho a decidir hasta Estado libre, pasando por un tipo de confederación entre España y Catalunya llamada soberanía compartida. Este planteamiento busca un apoyo teórico, pero este ya no existe, pues desde la constitución abortada de la I República (1873) y la de la II República asesinada (1931), la palabra soberanía no tiene ningún significado democrático. Ni en el derecho internacional es una muralla insalvable para castigar crímenes contra los derechos humanos, ni en el derecho constitucional es el máximo poder del Estado, ya que los únicos sujetos de la soberanía son los ciudadanos (art.23,1 CE). Cuando en la Constitución se dice que “la soberanía nacional reside en el pueblo español” incurre en la antigua estratagema del liberalismo burgués para evitar la democracia: residenciar una abstracción en otra. Ni las naciones son soberanas, ni existe el llamado “pueblo”, más que como ente de ficción. Es la suma mayoritaria de votos que apoyen una determinada decisión política la que hace de esta una decisión soberana. Los soberanistas catalanes sostienen que los ciudadanos de Catalunya gozan de autonomía, pero no son soberanos y tienen derecho a reivindicar la soberanía de su país. Su error democrático consiste en no ver que cada ciudadano tiene plena soberanía para decidir políticamente: en solitario o en coincidencia con otros. Los parlamentarios catalanes que aprobaron el proyecto de Estatuto fueron soberanos en su Parlament y soberanos también, junto con otros ciudadanos españoles, en la aprobación definitiva por las Cortes de una ley orgánica del Estado que es, al mismo tiempo, ley fundamental para los ciudadanos de Catalunya. Esta comunidad autónoma es parte alícuota del Estado común: es Estado. Catalunya tiene, por tanto, un Estado que le es propio, porque se apropia de él, voluntaria y participativamente, mientras la mayoría de sus ciudadanos lo consideren apropiado".

Donde dice Catalunya pongan Euskadi; donde dice Parlament, lean Eusko Legebiltzarra.

martes, 9 de febrero de 2010

A propósito del burka

Jean Daniel reflexiona hoy en EL PAÍS sobre el significado del burka. "La cuestión -concluye- no es el velo, sino su significación. Como puede verse en los cuadros de los maestros holandeses e italianos, no hay nada más hermoso que un velo adornando un rostro. Pero entre la tumba itinerante de esas desconocidas y el velo que realzaba la belleza de Benazir Bhutto media el abismo que separa el secreto de las tinieblas y la generosidad de la luz". A pesar de esta posición crítica, Daniel no comparte la prohibición de su uso: "Personalmente, aunque estimo que la sociedad francesa debe expresar claramente su repulsa, tiendo a pensar que la promulgación de una ley destinada a unos cientos de mujeres sería contraproducente".




Una posición parecida es defendida por Sandeep Gopalan el 28 de enero en The New York Times. Gopalan advierte de la ironía que supone pretender combatir la represión que supondría el burka con una prohibición cuyas consecuencias recaen sobre las víctimas, las mujeres. Frente a la prohibición, defiende medidas educativas y una auténtica política de igualdad de oportunidades para que la propia comunidad musulmana descarte voluntariamente esta vestimenta.