(Wunderkammer, 2019).
Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
domingo, 29 de mayo de 2022
Dos miradas ciudadanas a la ciudad (en realidad, cuatro)
(Wunderkammer, 2019).
miércoles, 9 de diciembre de 2020
El voluntariado como actor clave para la construcción de ciudadanía. Desafíos para el contexto actual
EL
VOLUNTARIADO COMO ACTOR CLAVE PARA LA CONSTRUCCIÓN DE CIUDADANÍA. DESAFÍOS PARA
EL CONTEXTO ACTUAL
Imanol
Zubero
Webinar: "El voluntariado, un
actor clave en la construcción de una ciudadanía global”
Coordinadora de ONG para el Desarrollo
9/12/2020
En estos 15 minutos de tiempo que comparto con vosotras y vosotros solo voy a hacer dos cosas. La primera es agradecer vuestra mera existencia y, más aún, vuestra persistencia. La segunda, apoyar y justificar la idea de que sois un actor clave para construir una ciudadanía global comprometida y activa que afronte con responsabilidad los desafíos a los que se enfrenta la Humanidad. Ambas cosas están directamente relacionadas.
[1] Empiezo
por el principio: agradecer vuestra continuidad en el tiempo. Sois herederas y
continuadoras de una de las más brillantes trayectorias de la Humanidad.
La
cronología oficial de la cooperación internacional remonta su historia a fechas
tan recientes como la segunda posguerra mundial o, como mucho, a la traumática
experiencia del suizo Henry Dunant como espectador de la batalla de Solferino, en
1859, cuando, conmovido por los miles de personas heridas abandonados a su
suerte, se dedicó a socorrerlas ayudado por gente de los pueblos cercanos, sin
diferenciar el bando en el que habían combatido, impulsadas e impulsados por el
lema Tutti fratelli (Todos hermanos),
que las mujeres de la cercana ciudad de Castiglione dello Stiviere repetían como
un mantra mientras atendían a los soldados heridos.
También
podríamos remontarnos un poco más en el tiempo, hasta aquel 22 de mayo de 1787
en que doce hombres se reunieron en una imprenta de Londres para dar comienzo
al movimiento abolicionista. Algo tendría que ver esta reunión con el clima
intelectual y moral de una época en la que, tres años antes, en 1784, Immanuel
Kant publicó sus famosos ensayos ¿Qué es
la Ilustración? e Ideas para una
historia universal en clave cosmopolita, en la que defiende “la
instauración de una sociedad civil que administre universalmente el derecho”.
El
escritor Adam Hochschild firma un libro maravilloso titulado Enterrad las cadenas, en el que
reconstruye aquel movimiento ciudadano contra la esclavitud. En este libro
podemos encontrar unos párrafos que no me resisto a compartir hoy:
ü “Los abolicionistas
británicos se sintieron conmocionados por los datos que llegaron a conocer
sobre la esclavitud y la trata de esclavos. […] Los esclavos y otras gentes
sometidas se habían rebelado a lo largo de la historia, pero la campaña de
Inglaterra fue algo nunca visto: era la primera vez en que un gran número de
personas se sentía indignada por la falta de derechos ajenos, y siguió
sintiéndose así durante muchos años. Pero lo más llamativo del asunto es que se
trataba de los derechos de gente de distinto color y de otro continente”.
ü “Los abolicionistas
triunfaron porque superaron un reto al que se siguen enfrentando en la
actualidad cuantos se preocupan por la justicia social y económica: el reto de
relacionar situaciones próximas y distantes. Hace tiempo que vivimos en un
mundo en el que los objetos cotidianos son la plasmación de un trabajo
realizado en otros rincones de la Tierra. A menudo desconocemos la procedencia
de las cosas que utilizamos o las condiciones laborales de quienes las
produjeron. Los zapatos o la camisa que llevamos, ¿han sido manufacturados en
algún taller de trabajo explotador de Indonesia? […] El siglo XVIII tenía su
propia y floreciente versión de la globalización, en cuyo núcleo se hallaba la
trata de esclavos y sus productos. Sin embargo, en Inglaterra misma no había
caravanas de cautivos encadenados ni capataces con látigo que recorrían
montados a caballo los surcos plantados de caña de azúcar. La primera tarea de
los abolicionistas consistió en hacer comprender a los británicos qué se
escondía tras el azúcar que consumían, el tabaco que fumaban y el café que
bebían”.
ü “A veces parecía,
incluso, que los británicos se organizaban para ir en contra de sus propios
intereses”.[1]
Así
pues, gracias por ser las continuadoras y continuadores de un movimiento social
histórico constituido a partir de tres valores esenciales: la fraternidad
universal, el compromiso sin fronteras y la capacidad de poner el interés
propio en un segundo plano.
Un
movimiento que, en muchos momentos, como ocurre ahora, se ha desarrollado de
manera explícita y ha dado lugar a instituciones de solidaridad. Pero que se ha
expresado de innumerables maneras a lo largo de nuestra historia humana cada
vez que una persona ha sido capaz de actuar éticamente, ampliando el círculo
del reconocimiento y la responsabilidad, confrontándose incluso con las reglas
de su particular tribu.
"Quería
-hace decir Marguerite Yourcenar al emperador Adriano- que el viajero más
humilde pudiera errar de un país, de un continente al otro, sin formalidades
vejatorias, sin peligros, por doquiera seguro de un mínimo de legalidad y de
cultura". Es este un viejo sueño: el sueño de un mundo donde nada humano
nos sea ajeno, en el que ningún ser humano sea privado de sus derechos como
persona y que este reconocimiento incondicional de sus derechos fundamentales
no pueda hacerse depender de su consideración como nacional o como extranjero.
El sueño de una humanitas sin
fronteras éticas. Vuestro sueño.
[2] Conecto
así con mi segunda reflexión de esta tarde: vuestro papel esencial para la construcción
de una ciudadanía global, única esperanza de poder responder positivamente a
los retos que afrontamos.
Asumiendo
el riesgo de simplificar, yo diría que tenemos un reto insoslayable, ya que de
la respuesta que demos al mismo depende nuestra propia supervivencia en el
futuro, pero también la vida de millones de personas en el presente.
Ese
reto es el de dotarnos de una narrativa, que sea, a la vez, 1) lo
suficientemente abierta como para que el máximo de movimientos transformadores
se encuentren cómodos en su seno; 2) lo suficientemente concreta como para orientar,
fortalecer y multiplicar las luchas; y 3) lo suficientemente compartida como
para permitir traducir y relacionar todas esas luchas. Con otras palabras,
necesitamos con urgencia un diagnóstico, un proyecto y un lenguaje compartidos.
Leía
ayer un interesante artículo de la profesora de la Universidad de Dublín Kathleen
Lynch titulado “Los cuidados, el capitalismo y la política”,[2]
en el que sostenía que “desde el punto de vista sociológico, las homines curans (personas que cuidan) son
tan reales como el homo economicus”
entronizado por el capitalismo como paradigma del ser humano.
Una de las cosas que hemos aprendido durante
la pandemia es que la raza humana es sumamente interdependiente. Esta ligazón
alimenta la moralidad: nuestra necesidad de los demás nos permite pensar en los
demás. [...] La pandemia nos ha enseñado que, en tiempos de enfermedad, los
cuidados no son un extra opcional: marcan la diferencia entre la vida y la
muerte. Sin embargo, para que las homines
curans cobren vida política, el concepto debe primero cobrar vida
intelectual. Esto requiere un nuevo discurso sobre el cambio social que se
enmarque “fuera de la casa del amo” del pensamiento predominante, dominado por
los hombres. Hay “valores residuales culturales” de esperanza, que pueden
recuperarse intelectualmente para la política. Uno de los lugares donde se
hayan estos valores residuales culturales es el dominio afectivo del amor, los
cuidados y la solidaridad”.
El
filósofo Cornelius Castoriadis denunciaba en 1998 que el desarrollo del
capitalismo estaba poniendo en riesgo las bases culturales y éticas que
permitían su funcionamiento, bases que el capitalismo no había generado sino
parasitado, pero que al fin y a la postre ofrecían al sistema una fisonomía
societal tras la que actuaba su nervadura económica. ¿Cuál es el modelo general
de identificación que el sistema de mercado propone e impone a los individuos?,
se preguntaba el filósofo: “El del individuo que gana lo más posible y que
disfruta al máximo; algo tan simple y banal como esto”, se respondía él mismo;
ese homo economicus al que se refería
Kathleen Lynch. A partir de lo cual, Castoriadis nos hacía una clara
advertencia:
¿Cómo puede seguir funcionando el sistema en estas
condiciones? Lo hace porque se beneficia todavía de modelos de identificación
producidos anteriormente: […] el juez «íntegro», el burócrata legalista, el
obrero concienzudo, el padre responsable de sus hijos o el maestro que, a
placer, todavía se interesa por su trabajo. Pero nada en este sistema tal como
es justifica los «valores» que estos personajes encarnan, catectizan y
supuestamente persiguen en su actividad. ¿Por qué habría de ser íntegro un
juez? ¿Por qué un maestro habría de sudar con los críos, en vez de dejar pasar
el tiempo en su clase, salvo el día en que haya de visitarle el inspector? ¿Por
qué ha de agotarse un obrero hasta enroscar la tuerca ciento cincuenta,
pudiendo hacer trampas con el control de calidad? Nada, en las significaciones
capitalistas, desde un comienzo, pero sobre todo en lo que hoy se han
convertido, puede dar respuesta a esta pregunta.[3]
“El
capitalismo vive agotando las reservas antropológicas constituidas durante los
milenios precedentes”, sentenciaba Castoriadis en un trabajo posterior.[4] En su lógica
depredadora, el capitalismo solo es capaz de acumular desposeyendo, expoliando,
ya sean bienes comunes (acabamos de saber que el agua, la base de la vida en la
Tierra, comenzó este lunes a cotizar en el mercado de futuros de materias
primas de Wall Street), servicios públicos, salarios, y también formas de vida.
Pero en este ejercicio de acumulación por desposesión, suicida en el largo
plazo y homicida en el corto plazo, el capitalismo consume y esquilma tanto
recursos naturales no renovables como como depósitos de valores y moralidad
imprescindibles para vivir una vida realmente humana.
“Hoy
en día –escribía John Berger- no sólo están desapareciendo y extinguiéndose
especies animales y vegetales, sino prioridades humanas que, una tras otra,
están siendo sistemáticamente rociadas, no de pesticidas, sino de eticidas: agentes que matan la ética y,
por consiguiente, cualquier idea de historia y de justicia. Especialmente
atacadas se ven aquellas de nuestras prioridades que proceden de la necesidad
humana de compartir, legar, consolar, condolerse y tener esperanza. Y los
medios informativos de masas nos rocían día y noche con eticidas”.[5]
El
mundo en el que desarrollamos nuestras vidas es un mundo negador de la vida, un
mundo invivible dada la violencia estructural de su organización y el continuo
trastorno que provoca en nuestros sentidos, en nuestros cuerpos y en la
biosfera de la que somos parte. Desde esta realidad es desde donde se alza,
recuperando una hermosa expresión de Herbert Marcuse (1979), la “rebelión del
instinto de vida contra el instinto de muerte socialmente organizado” que
caracteriza a los movimientos sociales de hoy.[6] Recuperar las
condiciones para una vida realmente humana, tal es el desafío; la defensa
innegociable del derecho a la vida: de la vida de todas y todos y de toda la
vida.
Y
en efecto, como dice Kathleen Lynch es en el dominio afectivo del amor, los
cuidados y la solidaridad donde podemos encontrar y reforzar esos valores residuales culturales de esperanza
que nos permitan seguir combatiendo la práctica organizada de una cultura de la muerte que sirve de base a la acumulación de capital, como
denuncia Vandana Shiva.[7]
En
1990 Berenice Fisher y Joan Tronto publicaron una definición de cuidado que merece la pena recordar, ya
que sirve perfectamente para perimetrar ese espacio contracultural de esperanza:
Una actividad de especie que incluye todo
aquello que hacemos para mantener, continuar y reparar nuestro «mundo» de tal
forma que podamos vivir en él lo mejor posible. Ese mundo incluye nuestros
cuerpos, nuestros seres y nuestro entorno, todo lo cual buscamos para
entretejerlo en una red compleja que sustenta la vida.[8]
Cada
vez estoy más convencido de que el paradigma del cuidado puede ser esa
narrativa que nos sirva para compartir diagnósticos sobre el estado del mundo,
proyectos para su transformación y lenguaje que nos permita conversar y
entendernos: el cuidado como esperanto que permite traducir, interseccionar,
luchas diversas.[9]
Y
desde ese paradigma el voluntariado que actúa en el marco de las ONG para el
Desarrollo tiene, tenéis, mucho que decir. No sois ajenas al mismo, sino parte
esencial. Al fin y al cabo, vuestro lema podría ser eso tan hermoso que Pablo
Neruda proclamaba en sus Versos del
capitán: “¿Quiénes son los que sufren? No sé, pero son míos”. Se encuentren
donde se encuentren.
[1] Adam Hochschild, Enterrad las cadenas, Península, Barcelona 2006.
[2] Kathleen Lynch, “Los cuidados, el
capitalismo y la política”, CTXT 4/12/2020. https://ctxt.es/es/20201201/Firmas/34262/#.X89DF85bWGY.twitter
[3] Cornelius Castoriadis, El ascenso de la insignificancia,
Cátedra, Madrid 1998, pp. 130-132
[4] Cornelius Castoriadis, Una sociedad a la deriva. Entrevistas y
debates (1974-1997), Katz, Buenos Aires 2006, p. 116.
[5] John Berger, "El coro que llevamos
en la cabeza", El País 26/08/2006.
https://elpais.com/diario/2006/08/26/babelia/1156549152_850215.html
[6] Herbert Marcuse, “La angustia de
Prometeo”, El Viejo Topo, n.º 37, 1979.
[7] Vandana Shiva, “La mirada
ecofeminista. Tres textos”, Sin permiso
29/08/2005. https://www.sinpermiso.info/textos/la-mirada-ecofeminista-tres-textos
[8] Joan Tronto, “Cuando la
ciudadanía se cuida: una paradoja neoliberal del bienestar y la desigualdad”, Congreso Internacional Sare 2004: ¿Hacia qué
modelo de ciudadanía?, Emakunde, Vitoria-Gasteiz 2005, pp. 231-253. https://www.emakunde.euskadi.eus/contenidos/informacion/publicaciones_jornadas/es_emakunde/adjuntos/sare2004_es.pdf
[9] Marta Pascual y Yayo Herrero, “Ecofeminismo,
una propuesta para repensar el presente y construir el futuro”, CIP-Ecosocial – Boletín ECOS nº 10,
enero-marzo 2010. https://www.fuhem.es/media/ecosocial/file/Boletin%20ECOS/ECOS%20CDV/Boletin_10/ecofeminismo_construir_futuro.pdf
jueves, 26 de febrero de 2015
Por qué sí hay que apagar el móvil en clase
Perdón por la autocita, pero en 1996 publiqué un artículo titulado Participación y democracia ante las nuevas tecnologías (Telos: Cuadernos de Comunicación, Tecnología y Sociedad, nº 45, 1996, pp. 26-35. Puede leerse aquí.) en el que criticaba el determinismo práctico que caracteriza a la mayoría de la información, básicamente promocional, sobre nuevas tecnologías presentada por los grandes medios de comunicación. El artículo al que me estoy refiriendo es un ejemplo canónico de este tipo de información.
Estas eran las siete supuestas razones por las que se debería encender el móvil en clase:
1. El alumno lleva toda la información encima. La mueve, la intercambia, la comparte en red, fuera y dentro de clase. De esta forma, aprende de forma intuitiva, incluso sin ser consciente de ello. El móvil es clave para los estudiantes.
¿Razones? Veamos:
1. Se dice que el alumno lleva toda la información encima. En primer lugar, no escierto: el alumno lleva consigo sólo la información a la que puede acceder vía internet, que es mucha, muchísima, sí, pero ni es toda ni es siempre la más relevante. Por otro lado, un artículo publicado hoy por la misma informadora en el mismo diario señala que "sólo el 2% de los alumnos distingue la información relevante en Internet". ¿De qué sirve, entonces, llevar toda la información encima?
2. Se dice a continuación que la clase ya no es el único lugar donde se aprende. No lo ha sido nunca. Antes de internet también se aprendía a través del diario, de la radio, la televisión o el cine (además de en la familia, el grupo de iguales, las asociaciones intermedias o la calle), pero a nadie se le ocurrió jamás meter en el aula "sin apagar" a ninguna de estas instancias socializadoras y educadoras. Al contrario, lo que se ha buscado siempre es relacionar, sí, todas estas instancias, pero marcando una evidente distancia entre las mismas y la escuela, un espacio que sólo puede cumplir su función educativa gracias precisamente a esta distancia. Lo expresa perfectamente García Montero cuando escribe: "El camino que conduce de la casa a la escuela es también la distancia obligada entre un espacio privado y un espacio público dispuesto a hacerse respetar. Ninguna educación para los ciudadanos resulta tan eficaz como ese camino que hay que recorrer entre la casa de cada alumno y la escuela, el camino que permite alejarnos un poco de nuestra identidad particular, llegando a la pizarra de todos, la escuela única" (Luis García Montero, Inquietudes bárbaras, Anagrama, Barcelona 2008).
3. El resto de las supuestas ideas no son otra cosa que la expresión de que eso que se debe hacer (digitalizar masivamente la escuela) ya se puede hacer. Pero la cuestión es si se ha justificado suficientemente el debe: yo creo que no. Por cierto, todo el artículo, extenso (ocupaba una página completa del diario), se sustentaba sobre la opinión de un solo informante: el director de Educación de la Fundación Santillana, Mariano Jabonero.
Santillana pertenece a Prisa,editora del diario, y en los últimos tiempos la editorial especializada en material educativo se ha metido de lleno en el terreno del material digital destinado a la educación. Vender libros en papel o vender contenidos digitales, al cabo viene a serlo mismo. Si cuela, cuela.
Pero tras leer el libro de Casati, la cosa me parece mucho más preocupante. No intentaré resumir aquí su contenido: recomiendo su lectura reposada e íntegra. Sólo recogeré aquí tres de sus ideas:
1. El colonialismo digital es una ideología que se resume en un principio tan simple como peligroso: "Si puedes, debes". Si es posible hacer que una cosa o una actividad migren al ámbito digital, entonces debe migrar. Pero esto es más que cuestionable. Como cualquier otra tecnología, la digitalización puede resultar emancipadora en algunos casos, pero no en otros.
2. La lectura está amenazada, nos la roban. El ordenador ha contribuido a erosionar el tiempo de lectura de libros. De la lectura en profundidad, que no surge de manera natural: hay que aprender a practicarla y, una vez aprendida, hay que protegerla. Si leer significa aislarse para profundizar los nuevos dispositivos electronicos, sobrecargados de aplicaciones que nos invitan a bifurcar nuestra atención, no nos ayudan en nada, Esta es la tesis bien fundamentada de Nicholas Carr en Superficiales). El libro de papel presenta ventajas cognitivas: la linealidad facilita la comprensión, su calidad de objeto aislado, de objeto en sí, no conectado, facilita la atención.
3. La escuela presenta la característica de ser un ámbito protegido, en el seno del cual habría que aprender a procesar la información y no contentarse con buscarla o recibirla. Habría que defender este espacio protegido y resistirse a la introducción incondicional de instrumentos que favorecen (casi exigen) el multitasking y el zapping. Ya usan estas tecnologías digitales fuera de la escuela; por eso, debería resultar interesante que los estudiantes fueran al colegio para hacer cosas muy diferentes de las que se hacen habitualmente en la sociedad.
Como conclusión: "La escuela debe, en cierta medida, resistirse a las tecnología distrayentes, precisamente porque ya cuenta por sí misma con la inmensa ventaja de ser un espacio protegido en el cual el zapping está excluido por definición; ventaja que le permitiría no tener que correr tras el cambio tecnológico y, al mismo tiempo, generar, gracias paradójicamente a sus inmensas inercias, el verdadero cambio, que es el desarrollo moral e intelectual de los individuos".
sábado, 9 de julio de 2011
Kukutza ikutu bez!!!
Este espacio urbano donde la interacción social y el encuentro entre vecinos se vuelve crecientemente dificultoso es el que Pietro Barcellona denomina ciudad postmoderna, “una enorme superficie pulimentada en la que se puede patinar hasta el infinito”. La ciudad, históricamente el espacio privilegiado para la civilidad, la socialidad, la comunicación, el encuentro, la participación, se ve reducida a un espacio sin referencias, un espacio que ya no es necesario para la vida; más aún, un espacio para el que la vida no sólo no es necesaria, sino que se convierte en un auténtico engorro. Por evitar encontronazos, inevitables cuando de la vida real se trata, acabamos por volver casi imposibles los encuentros.
Hoy las ciudades se sueñan, se piensan y se diseñan para ser creativas, atractivas, emprendedoras, globales… pero entonces no se sabe qué hacer con la ciudad (y la ciudadanía) encadenada a lo local, con la ciudad (y la ciudadanía) vulnerable y frágil. Si repasamos el índice analítico del libro de Richard Florida Las ciudades creativas no encontraremos referencia ninguna a la pobreza, la desigualdad o la exclusión. Hay universitarios y jóvenes solteros, jubilados, gays y lesbianas, enclaves étnicos; hay, por supuesto, profesionales jóvenes, innovadores y talento. También hay, es verdad, “familias con ingresos bajos, desplazamiento de”; es decir, familias con ingresos reducidos que no pueden afrontar el precio de la vivienda y de la vida en los nuevos “mosaicos urbanos paraíso de los modernos” y que por ello se ven desplazados de estos lugares. Pero no hay vida, al menos no la hay en toda su complejidad.
Desaparecen los problemas, o se planifica su desaparición. Desaparece, por ello, la ciudad real. La pérdida de la ciudad significa, por tanto, la pérdida de la comunicación real al disminuir el interés por los lugares y por la gente.

Abandonada a sus propias dinámicas y al contrario de lo que esperábamos, “la ciudad ya no produce sociedad” (Donzelot). La ciudad por sí sola ya no basta para producir ciudadanos ni civismo. Hoy la ciudad exige una nueva actitud por parte de sus habitantes -proactiva, propositiva- para que la vida urbana brote y se manifieste en toda su diversidad, exuberante y agonística.
Ciudadanas y ciudadanos que se reapropien del derecho colectivo a la ciudad no como consumidores de experiencias, ni como emprendedores a la búsqueda de un adecuado suelo para desarrollar su creatividad, ni siquiera como ciudadanos meramente reactivos y exigentes, sino como actores sociales empeñados en la construcción de poderes democráticos. Pues, como recuerda Barcellona, “afirmar hoy que el ciudadano en cuanto tal tiene derechos [...] puede convertirse en un simple ejercicio de lógica, que deduce de la condición de ciudadano el derecho a la atribución de recursos, como si se tratara de un corolario y no ya del terreno de un conflicto que no puede no ser colectivo y que tiene como objetivo la reforma del poder social y de las formas de convivencia”.

domingo, 3 de julio de 2011
Malo si no nos representan, peor si lo hacen demasiado
El problema es que esta exhaltación y este arrebato terminen convertidos en combustible que alimente la razón automática -"Levantas la voz, te indignas, lo inundas todo de tu iracundia y ya parece que tienes razón" (Juan Cruz)- o la tentación de la inocencia -con su tendencia a transformar la queja en una "forma charlatana de la renuncia" (Pascal Bruckner).
"No nos representan", (nos) dicen. Y en un sentido profundo es muy cierto. Cuando los partidos se ubican cada vez más en el terreno de la defensa del denominado interés general, su capacidad
de representación se debilita necesariamente. Porque con el interés general ocurre lo mismo que con el sentido común (el menos común de los sentidos): que se trata del menos general de los intereses en un mundo político dominado por los intereses particulares.
Pero, en otro sentido iguamente profundo, ¿pudiera darse el caso de que la peor política sea, precisamente, la que más pueda representar a una determinada ciudadanía?
Javier Marías, "¿Por qué quieren ser políticos?":
A mi modo de ver hay cinco grupos: a) sujetos mediocres que nunca podrían hacer carrera -ni tener un sueldo- si no fuera en un medio tan poco exigente como la política (sé de algún alcalde de ciudad conocido en ella, sobre todo, por ser un completo iletrado y darle a la frasca); b) sujetos que ven un modo de enriquecerse (así lo explicó sin tapujos uno que no quedó lejos de llegar a ministro); c) sujetos que sólo ansían tener poder, es decir, mandar y que la gente les pida favores; tener potestad para denegar o dar y salir en televisión; en suma, ser "alguien" (recuerdo haberle oído contar a mi padre que, apenas quince días antes de la derrota -ya segura- de la República en la Guerra Civil, había tortas para ser nombrado ministro de lo que fuese en la última remodelación gubernamental, cuando ocupar un cargo así sólo iba a traer muy graves problemas a quienes los ocupasen, al cabo de dos semanas: la vanidad no sabe de cálculos); d) fanáticos de sus ideas o metas que sólo aspiran a imponerlas; e) individuos con verdadera vocación política, con espíritu de servicio, buena fe y ganas de ser útiles al conjunto de la población y de mejorarle las condiciones de vida, de libertad y de justicia.
No hace falta decir que, de estos cinco grupos (expuestos -me disculpo- con la grosería inherente a toda simplificación), el único que merece respeto, vale la pena y resulta beneficioso y necesario es el último, que quizá por eso sea el menos nutrido. Lo llamativo es que los votantes no parezcan saber distinguir a los pertenecientes a cada grupo. Acaso no sea fácil, dado que los de los cuatro primeros fingen y engañan, copian y adoptan las maneras y los discursos de los del quinto, se presentan invariablemente como personas desinteresadas y abnegadas. Si en cada legislatura cambiaran las caras, podría entenderse que les diéramos siempre un voto de confianza y nos colaran gato por liebre. Pero esta ingenuidad no es admisible con los políticos veteranos, porque nadie es capaz de fingir bien mucho tiempo. Fingir es difícil y cansa, y el zafio, el oportunista, el tonto, el bruto, el aprovechado, el ladino, el ladrón, el engreído, el fanático, el déspota, todos acaban por parecer lo que son, y sin tardanza. ¿Cómo es que no lo vemos año tras año, legislatura tras legislatura? ¿Cómo es que no sabemos distinguir a los del quinto grupo -que los hay- ni eliminar poco a poco a los de los otros cuatro? Tal vez sería algo a lo que se podrían aplicar los integrantes del 15-M: no a descalificarlos a todos, que es lo que Franco hacía para justificar su prohibición de los partidos; sino a ir señalando, con nombres y apellidos si hace falta, a la enorme cantidad de mediocres, codiciosos, corruptos, fanáticos y engreídos que se han hecho con tanto poder en España.
Elvira Lindo, "Berlusconeando":
Veo italianos. Los observo de arriba abajo con la tranquilidad de que ellos hacen lo mismo y de que no les molesta que una mujer les mire. Entre esos italianos que veo, veo también unos cuantos Berlusconis: esos hombres de edad ya provecta que andan luchando a diario con las arrugas y las entradas en el cuero cabelludo. Y entonces mi mente comienza a construir una teoría. Aquí la dejo. Mi teoría es que nos empeñamos en pensar que el dirigente político de un país nada tiene que ver con el pueblo al que representa: lo estudiamos de manera aislada, nos mofamos de sus pulsiones, de su afición irregular por las jovencitas, de sus implantes capilares, sus estiramientos de piel, su campechanía excesiva, la irreprimible necesidad de ser gracioso, de su aire sobrado, del patoso nacionalismo, el orgullo sin motivo, la condescendencia con las mujeres, la simpatía que de pronto se vuelve insultante o de esa manera impúdica de abusar del poder, como si fuera un derecho de por vida. Así hemos visto el problema italiano: como si todo se redujera a Berlusconi, como si no hubiera gente que lo vota, que quiere parecerse a él, jovencitas que se le rinden o jovencitos que admiran su astucia. Pero siempre, y más en las democracias, hay un parecido entre el gobernante y el pueblo gobernado. Veo italianos. Y debo decir que son tremendamente agradables a la vista, que incluso los feos son guapos, es más, yo diría que los más feos son los más guapos, porque lucen narices esculpidas a martillazos y ojos de pez. Pero esa belleza no me ciega y encuentro con frecuencia una autoestima masculina muy berlusconiana. Pero cuidado, que cuando paseo por España veo Rajoys o Camps (más en los últimos tiempos). No, ellos no nacen de un repollo, somos nosotros los que les damos aliento, vida. Y votos.
Malo, muy malo, es que los políticos no nos representen.
Peor aún que algunos políticos, los peores de todos, nos representen demasiado.
sábado, 20 de noviembre de 2010
Herritarren energia-olatuak
En el transcurso del acto Odón Elorza ha presentado el video con el que Donostia-San Sebastián defiende su candidatura a Capital Europea de la Cultura 2016.

Herritarren energia-olatuak, olas de energía ciudadana.
Es el lema de un proyecto bien pensado y muy trabajado, pleno de cultura, de creatividad, de valor y de valores.
Es tambien el título del video. Un video realmente hermoso, por sus aspectos formales, sí, pero sobre todo por el mensaje que contiene.
La apuesta de Donostia es una apuesta de todos y para todos. Es, desde luego, mi apuesta.
domingo, 12 de septiembre de 2010
¿Gratis total?


La segunda información se hacía eco de la opinión vertida por un experto del Banco Central Europeo sobre la no existencia de asociación o vínculo ninguno entre la ejecución de una reforma laboral o un ajuste presupuestario y los resultados electorales:
"Es muy importante contarles a los políticos: 'No temas que esto te va a costar las elecciones, porque no existe asociación de ajustes presupuestarios fuertes y castigo político en popularidad o pérdida de votos' [...] Si uno sigue viviendo del prejuicio de que existe esa relación, realmente puede no estar beneficiando a un país ni beneficiando a sus propias posibilidades como grupo político".

Las razones (y las pasiones) del voto no son inexcrutables, pero sí muy complejas.
Pero en política no existe el "gratis total": todas las decisiones políticas van acompañadas de su correspondiente factura.
Otra cosa es quién la pague, que no siempre es quien la hace.
lunes, 22 de marzo de 2010
A grandes engaños, grandes esperanzas
La Cámara de Representantes da luz verde al proyecto legislativo más ambicioso del presidente estadounidense - "Es una victoria para el pueblo americano", recalcó [EL PAÍS].

En su libro El gran engaño, Paul Krugman resume brillantemente la que, en su opinión, debía ser la mentalidad dominante en la Administración Bush: “Por supuesto, ahora vivimos en los que George W. Bush llamó la «época de la responsabilidad individual»: si un niño elige tener unos padres que no pueden permitirse la atención sanitaria, ese niño habrá de enfrentarse a las consecuencias de su elección”.
En efecto, durante décadas millones de niños estadounidenses han tenido que afrontar las consecuencias -muchas veces trágicas- de haber elegido unos padres que no podían permitirse pagar de su bolsillo la atención sanitaria. Y el Medicaid no ha podido remediar esta tragedia.
Incluso el cine más rabiosamente comercial se ha ocupado del asunto: recordemos la película John Q, protagonizada por Denzel Washington. O recordemos Sicko, de Michael Moore.
Hoy merece la pena releer el libro de Krugman, en particular su análisis sobre la voluntad "revolucionaria" -o revolucionaria-involucionaria, si se quiere- del movimiento de la derecha norteamericana que aupó al poder a un presidente tan inverosimil como Bush hijo (y a Bush padre, y en su momento a Bush espíritu santo, o sea Reagan). La revista Claves de Razón Práctica publicó en su nº 140 (marzo 2004) fragmentos del prefacio y la introducción. Aquí van algunos párrafos. Y sí, la esperanza de Krugman parece haberse cumplido. Al menos en esto. Que no es todo, pero que tampoco es poco.
A mí me resulta evidente que habríamos de considerar el movimiento de la derecha norteamericana –la cual, a día de hoy, controla de hecho el ejecutivo, las dos cámaras del Congreso, gran parte del poder judicial y la mayoría de los medios de comunicación– un poder revolucionario en el sentido que le dio Kissinger. En otras palabras, se trata de un movimiento que no acepta la legitimidad de nuestro sistema político actual.
¿Exagero la cuestión? En verdad, existen pruebas abundantes de que personas clave en la coalición que hoy gobierna el país piensan que algunas arraigadas instituciones políticas y sociales norteamericanas no deberían, en principio, existir, así como tampoco aceptan las normas que los demás asumimos.
Consideremos, por ejemplo, el Estado de bienestar tal como lo conocemos: los programas del new deal (1), como la Seguridad Social y el seguro de paro, y los de la Gran Sociedad, como el Medicare (2). Si leemos los textos provenientes de la Heritage Foundation, institución que está al frente de la ideología económica del Gobierno Bush, nos encontramos con un proyecto muy extremista: esa institución no sólo quiere acabar con los programas del New Deal y de la Gran Sociedad sino que considera la misma existencia de éstos como una violación de sus principios básicos.
5. No crea que existen límites para los objetivosde un poder revolucionario.
Cuando se presentó el recorte de impuestos de 2001, muchos moderados minimizaron su importancia, considerándolo una pequeña reversión de las subidas de impuestos de la década de 1990; incluso si discrepaban de la medida, supusieron que no era una mala idea permitir que Bush consiguiera lo que quería. Cuando las proyecciones del presupuesto empleadas para justificar los recortes demostraron ser en exceso optimistas, los moderados instaron al Gobierno a reconsiderar sus planes, creyendo que les escucharía y se llegaría a un acuerdo. El Gobierno respondió proponiendo bajadas impositivas adicionales, y a los senadores que habían votado a favor en la primera ronda de recortes les resultó difícil explicar las razones por las que se oponían a más de lo mismo.
Sólo ahora, la opinión respetada empieza a reconocer que el objetivo real del Gobierno ha sido, desde el principio, eliminar la tributación de las rentas del capital y reducir drásticamente, cuando no suprimir, la progresividad del sistema tributario; y que el aplacamiento inicial de los moderados eliminó el principal obstáculo para la consecución de esos fines. Además, no estoy seguro siquiera de que la desaparición de los impuestos sobre el capital y el cese de la progresividad fiscal sobre los salarios marquen el límite de las ambiciones gubernamentales. ¿Suprimir impuestos, cualquiera de ellos?
De forma análoga, unos cuantos moderados apoyaron la guerra contra Irak, tomándola como una medida excepcional para hacerle frente a un dictador brutal y peligroso. Pero cada vez resulta más claro que el núcleo del Gobierno considera esa guerra nada más que como el comienzo de la “doctrina Bush”, según la cual el poder de Estados Unidos se empleará con agresividad en gran parte del mundo. Y, una vez dado el primer paso, les resulta difícil a los moderados explicar por qué no respaldan el derrocamiento de otros dictadores. Pax Americana, ahí vamos.
Debe haber límites en alguna parte a lo que la derecha en verdad intentará llevar a cabo. Es posible que nos conduzca a un sistema tributario en el que los pobres paguen una proporción más elevada de su renta que los ricos, pero no puede llevarnos a uno en el que los ricos paguen efectivamente menos que los pobres... ¿o sí? Es posible que el enfrentamiento se extienda de Irak a Siria e Irán, pero no es posible amenazar con una fuerza militar a países que ya son democráticos... ¿o sí?
No sé hasta dónde va el plan de la derecha, pero he aprendido a no dar nunca por sentado que se la podrá apaciguar a través de concesiones parciales. Los analistas que previeron que el Gobierno Bush se moderaría se han equivocado de forma sistemática. Kissinger, otra vez: “La esencia de un poder revolucionario consiste en ser consecuente con sus convicciones, y en estar dispuesto a llevar, incluso con impaciencia, su ideario hasta su realización definitiva”.
Así que esto es lo que hay. Sospecho que a muchos lectores, pese a todo lo ocurrido, éste les parecerá un cuadro alarmista. Como escribió Kissinger: “A los que avisan del peligro, se los toma por alarmistas; a los que aconsejan adaptarse a las circunstancias, se los considera equilibrados
y sanos”. Pero, hasta ahora, los alarmistas han tenido razón en todas las ocasiones. ¿Qué podemos hacer?
Cada vez más personas empiezan a darse cuenta de la seriedad de la situación. Quizá fuera Andy Rooney, del programa 60 Minutes de la CBS, quien lo expuso mejor: “La única noticia realmente buena será que ha terminado esta época terrible de la historia norteamericana”. ¿Qué hacer para que esa buena noticia se adelante?
Para albergar esperanzas de que ocurra un cambio de sentido, uno ha de que creer que la mayoría de los norteamericanos en realidad no apoya el programa de la derecha; que el país en su conjunto es más generoso, más tolerante y menos militarista que aquellos que hoy lo gobiernan. Y pienso que eso es verdad; si no fuera por lo bien que la derecha oculta sus objetivos y hace alarde de patriotismo, creo que la mayor parte de los estadounidenses mostraría una fuerte disconformidad con la dirección que está tomando el país.
Tengo el sueño –quizá sólo la esperanza– de que ocurra una gran reacción: de que el pueblo norteamericano constate lo que está sucediendo, se dé cuenta de que han abusado de su patriotismo y su buena voluntad y ponga fin a esta ofensiva de destrucción de gran parte de lo mejor que tiene este país. Cuándo y cómo llegará este momento, no lo sé. Pero algo está claro: eso no sucederá a menos que todos nos esforcemos por ver y contar la verdad de lo que está pasando.
(1) New deal: Serie de medidas políticas promulgadas en la década de 1930 por el presidente Franklin D. Roosevelt para promocionar la recuperación económica y las reformas sociales.
(2) Medicare: Servicio de asistencia sanitaria federal que cubre parcialmente los costes del tratamiento médico y hospitalización de los jubilados (mayores de 65 años), enfermos renales y disminuidos físicos o psíquicos, aunque no atiende a los pacientes de larga duración ni facilita todos los servicios sanitarios.
domingo, 28 de febrero de 2010
Soberanismos

martes, 9 de febrero de 2010
A propósito del burka

Una posición parecida es defendida por Sandeep Gopalan el 28 de enero en The New York Times. Gopalan advierte de la ironía que supone pretender combatir la represión que supondría el burka con una prohibición cuyas consecuencias recaen sobre las víctimas, las mujeres. Frente a la prohibición, defiende medidas educativas y una auténtica política de igualdad de oportunidades para que la propia comunidad musulmana descarte voluntariamente esta vestimenta.



