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jueves, 27 de marzo de 2025

En busca de consuelo

Michael Ignatieff
En busca de consuelo
Traducción de Jordi Ainaud i Escudero
Taurus, 2023

"Consolar. Viene del latín consolor, ‘encontrar alivio juntos’. Consolar es lo que hacemos, o intentamos, cuando compartimos el sufrimiento de los demás o pretendemos aliviar el nuestro. Lo que buscamos es el modo de continuar, de seguir adelante, de recuperar la fe en que la vida merece la pena. [...]
Hoy en día la palabra ha perdido su significado de antaño, basado en tradiciones religiosas. En la actualidad, el premio de consolación es el que nadie quiere ganar. Las culturas que persiguen el éxito no prestan mucha atención al fracaso, la pérdida o la muerte. La consolación es para los perdedores. [...]
El consuelo también ha perdido su marco institucional. Las iglesias, sinagogas y mezquitas, donde antes nos consolábamos en grupo en rituales colectivos de dolor y duelo, se han ido vaciando. Si buscamos ayuda en tiempos de aflicción, la buscamos solos, de persona a persona o en terapeutas profesionales, que tratan nuestro sufrimiento como una enfermedad de la que tenemos que recuperarnos.
Sin embargo, algo se pierde al considerar el sufrimiento como una enfermedad que tiene cura. [...]
Tanto los antiguos como los modernos compartían el sentido de lo trágico. Todos aceptaban que hay pérdidas irreparables; experiencias de las que no podemos recuperarnos del todo; cicatrices que sanan, pero no se borran. Hoy en día, el reto al que debe hacer frente la consolación es soportar la tragedia, aunque no le encontremos sentido, para seguir viviendo con esperanza".


En este libro Michael Ignatieff nos introduce en un recorrido por la historia para explorar cómo figuras emblemáticas enfrentaron el sufrimiento y hallaron esperanza en medio de la adversidad, desde el libro de los Salmos y la figura sufriente de Job, hasta personajes contemporáneos como Primo Levi, Cicely Saunders, Albert Camus o Anna Ajmátova. Una suerte de actualización de ese libro esencial que es Hombres en tiempos de oscuridad, de Hannah Arendt. Como ocurriera en este, en el libro de Ignatieff predominan abrumadoramente las figuras masculinas, un sesgo que ya deberíamos empezar a superar. Por ejemplo, no se entiende que en un libro como este solo se haga una raquítica referencia a Simone Weil, a quien sin embargo presenta como "gran pensadora religiosa y mística", exclusivamente porque "reflexionó profundamente sobre la historia de Job"

En todo caso, el libro resulta interesante y, sobre todo, oportuno. El lenguaje del consuelo, que en otros tiempos fue central en la reflexión religiosa y filosófica, ha ido desdibujándose en la modernidad, donde ambas perspectivas han sido reemplazada por la ciencia, las ideologías y la terapia. Desde el siglo XVI, la humanidad ha ido alejándose del alivio ofrecido por los textos sagrados, depositando su confianza en la ciencia, las ideologías y la psicología. Ignatieff advierte que, en la actualidad, “el premio de consolación es el que nadie quiere ganar”, pues en sociedades obsesionadas con el éxito, el fracaso, la pérdida y la muerte suelen relegarse al olvido, como si el consuelo solo perteneciera a las personas derrotadas.

Sin embargo, el consuelo es una necesidad fundamental del ser humano cuando enfrenta la muerte, la derrota o la desesperanza. Experiencias que siempre están con nosotras, a pesar de que "la incredulidad ante el mal [sea] el principal autoengaño de las vidas felices".

Ignatieff examina cómo escritores, pensadores, músicos y artistas lograron sobreponerse a la desesperanza, encontrando lecciones en lugares inesperados: en el fracaso del estoicismo de Cicerón tras la muerte de su hija Tulia; en las noches de insomnio de Marco Aurelio por la soledad de quien carga con el peso del poder y la incertidumbre; en las ilusiones truncadas de Karl y Jenny Marx, quienes enfrentaron la pobreza y la adversidad encontrando consuelo en la creencia de que su lucha por la justicia tenía un propósito mayor, a pesar de no ver materializarse esos ideales. Al revivir los momentos en que estos personajes hallaron la fortaleza y el coraje para encarar su destino, el autor nos invita a descubrir cómo sus experiencias pueden ayudarnos a enfrentar las angustias e incertidumbres del presente. Un presente en el que la tendencia al individualismo y la meritocracia han hecho que el sufrimiento se viva de manera solitaria. La cultura moderna valora la autosuficiencia y desestima la vulnerabilidad, lo que dificulta el acceso a fuentes colectivas de consuelo.

Ignatieff nos invita a reconsiderar el valor del consuelo, no como una señal de debilidad, sino como una herramienta vital para enfrentar las dificultades de la vida. En tiempos de crisis, el ejemplo de quienes nos precedieron puede ayudarnos a hallar esperanza en medio de la adversidad. Una esperanza solidaria, no solitaria, colectiva, no privada:

"El fracaso es un gran maestro y también lo es el envejecimiento. A medida que he ido envejeciendo ha desaparecido por lo menos un falso consuelo. De todos los privilegios que me otorgaron unos padres cariñosos -clase, raza, educación y nacionalidad-, el más difícil de corregir era el de mi propio ser: que yo era, en cierto sentido, especial. Me habían dado un salvoconducto para circular libremente por la vida. Esto era absurdo, por supuesto, pero era una ilusión en la que se basaban muchas de las cosas que intenté hacer. El fracaso y la edad nos enseñan poco a poco lo contrario. Te desprendes de toda ilusión de ser especial, inmune a la locura y la desgracia, y llegas a aceptar, lo quieras o no, que eres como todo el mundo, presa de la ilusión, el autoengaño y todas las aflicciones que hereda la carne. Te das cuenta de que tendrás que entregar tu salvoconducto y de que, de todos modos, tienes una puerta por delante que no se abrirá. Se tarda un tiempo en aceptar la sensación de solidaridad incipiente con el resto de la humanidad que empieza a brotar cuando entregas tu salvoconducto, cuando te das cuenta de que tus anteriores proclamas progresistas de solidaridad abstracta habían sido falsas, cuando finalmente te percatas de que estás unido a los demás en un destino común. Pero comprender todo esto constituye una parte inevitable del proceso de envejecer y se convierte en una especie de consuelo. Puede que no seas especial, pero formas parte de algo, y eso no es tan triste ni tan difícil de aceptar. Puede que incluso te haga estar algo más atento a las desgracias y calamidades de los demás y a la antigua sabiduría que nos advierte desde siempre que no seamos tan vanidosos y tontos".

domingo, 19 de junio de 2022

Aprender a vivir y a morir en el Antropoceno

Roy Scranton
Aprender a vivir y a morir en el antropoceno
Traducción de Silvia Moreno Parrado
Errata Naturae, 2021

"El problema de nuestra respuesta al cambio climático no es que cueste aprobar las leyes pertinentes, determinar el precio justo de las emisiones de carbono, cambiar la opinión de la gente ni despertar conciencias. Todo el mundo es ya consciente. El problema es que el problema es demasiado grande. El problema es que hay gente distinta que quiere cosas distintas. El problema es que nadie tiene respuestas de verdad. El problema es que el problema somos nosotros".
 
 
El título original de este libro es Aprendiendo a morir en el Antropoceno (Learning to Die in the Anthropocene); a morir. Es importante señalarlo ya que es de eso de lo que va este libro: de asumir nuestra condición mortal, abandonar los sueños de omnipotencia, aprender a morir. De ello puede depender nuestra supervivencia en el Antropoceno, según Roy Scranton. ¿La supervivencia de cuántas, de quiénes, en qué condiciones? Tras finalizar la lectura del libro, repleto de interpelaciones y sugerencias, no me queda claro.

Scranton sirvió como soldado en Irak durante la operación Shock and Awe, "conmoción y pavor", el bombardeo masivo que entre el 20 y el 24 de marzo de 2003 arrasó Bagdad, precipitando el final de Sadam Husein. "Con su táctica de 'conmoción y pavor' -escribe Scruton al inicio del libro- el ejército estadounidense había desatado el fin del mundo en una ciudad de seis millones de habitantes [...]. Las infraestructuras de Bagdad habían quedado arrasadas: el agua, la electricidad, el tráfico, los mercados y la seguridad eran presa del caos y del poder local. El Gobierno se había venido abajo, se erigían muros, se trazaban fronteras tribales y se recurría a la violencia para instaurar unas jerarquías despiadadas. A lo largo del siguiente año, desaparecería la clase media laica de la ciudad, ante la presión de pistoleros, especuladores, fundamentalistas y soldados". Dos años y medio más tarde, a su regreso a Estados Unidos desde ese "mundo averiado" al que había sobrevivido, su unidad se enfrentó a otra situación de conmoción y pavor, esta vez provocada por el azote del huracán Katrina sobre Nueva Orleans: 
 
"Ante mis ojos tenía la misma vorágine  y derrumbe que ya había visto en Bagdad, la misma falta de planificación y la misma oleada de caos. [...] Nuestra unidad recibió órdenes de estar lista para pasar a la acción y se nos entrenó en operaciones de control de disturbios. El desalentador futuro que había visto en Bagdad estaba ahora entre nosotros: no eran el terrorismo ni las armas de destrucción masiva, sino la maquinaria de la civilización, que se venía abajo, incapaz de recuperarse después de la conmoción sufrida por su sistema".
 
Abraham H. Maslow advirtió en su libro de 1966 The Psychology of Science (New York: Harper & Row) de la existencia de un sesgo cognitivo que, desde entonces, se conoce como "el martillo de Maslow" o "ley del martillo dorado", para advertir sobre la tendencia a dar por supuesto que la única herramienta de la que disponemos o creemos disponer (la única teoria sobre el comportamiento humano, la única medida de política social, la única estrategia de acción colectiva...), aquella con la que estamos más familiarizadas o nos sentmos más seguras, es la única herramienta que necesitamos porque es la única que nos permite solucionar los problemas a los que nos enfrentamo: “Supongo que es tentador, si la única herramienta que tienes es un martillo, tratar todo como si fuera un clavo" ("I suppose it is tempting, if the only tool you have is a hammer, to treat everything as if it were a nail"). La expresión psicosociológica del "one best way" taylorista.
 
El martillo de Scruton es su experiencia como soldado y las lecciones que ha sacado de esa experiencia; lecciones como esta: si para sobrevivir en la guerra tuvo que asumir la inevitabilidad de su propia muerte, para sobrevir en el Antropoceno la humanidad deberá asumir que "esta civilización ya está muerta". El mundo es, para él, un escenario hobbesiano de muerte, violencia y miedo, en el que "la experiencia de ser humano se reduce a un borde afilado". En consecuencia, su diagnóstico es terriblemente duro: "Cada vez que consultamos el correo electrónico estamos calentando el planeta. Lo hacemos a diario, No podemos parar. No sabemos parar. No queremos parar". Debemos recibirlo como una bofetada, sin endulzarlo: estamos en situación de catástrofe climática (hablar de "pre" es irresponsable), lo confirma el último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Pero, con la herramienta de Scruton, no sé cómo pasar del diagnóstico a la acción colectiva (masiva) transformadora; no acabo de ver la conexión entre su diagnóstico y sus propuestas: interrumpir las "cadenas semánticas estresantes de excitacòn social" practicando la contemplación y el pensamiento crítico. No porque ambas practicas no sean esenciales sino porque no creo que sean suficientes.
 
¿Y si la herramienta fuera otra, si no fuera un martillo? Mientras leía este libro pensaba en lo interesante que sería poner a conversar a Straton con la Rebecca Solnit de Un paraíso en el infierno. Las extraordinarias comunidades que surgen en el desatre (Capitán Swing, 2020; traducción de David Muñoz Mateos). Tal vez incorporaría a la conversación al Sebatian Junger de Tribu. Sobre vuelta a casa y pertenencia (Capitán Swing, 2016; traducción de María Eugenia Frutos), quien analiza lo que ocurre en situaciones de combate o de catástrofe natural desde el planteamiento de que tales situaciones tienen el potencial de retrotraernos a un momento "tribal", en el que el compromiso colectivo y la identificación de un bien común se vuelven imprescindibles para la supervivencia. Pero me dejaría decir mucho por Rebecca Solnit, no menos crítica que Scruton en su diagnóstico del tiempo que vivimos, pero mucho más esperanzada. Donde Scruton solo ve violencia, desesperación y salvajismo, Solnit ve (también y sobre todo) cooperación, ayuda, altruismo. A ambas les preocupa el cambio climático pero, tal vez porque Scruton piensa desde la "espada" (esta es su auténtica herramienta), se muestra incapaz de atender a la presencia del "cáliz", del poder de la vida personal y colectiva como pulsión para la transformación social.

En fín, que sí, que debemos aprender a vivir en el Antropoceno.

viernes, 10 de abril de 2020

Supervivencia de las luciérnagas

Georges Didi-Huberman
Supervivencia de las luciérnagas
Traducción de Juan Calatrava
Abada Editores, 2012

"Pero una cosa es designar la máquina totalitaria y otra otorgarle tan rápidamente una victoria definitiva y sin discusión. ¿Está el mundo tan totalmente sometido como han soñado -como proyectan, programan y quieren imponernos- nuestros actuales «consejeros pérfidos»? Postularlo así es, justamente, dar crédito a lo que su máquina quiere hacernos creer. Es no ver más que la noche negra o la luz cegadora de los reflectores. Es actuar como vencidos: es estar convencidos de que la máquina hace su trabajo sin descanso ni resistencia. Es no ver más que el todo. Y es, por tanto, no ver el espacio -aunque sea intersticial, intermitente, nómada, improbablemente situado- de las aberturas, de las posibilidades, de los resplandores, de los pese a todo".

El 1 de febrero de 1975, nueve meses antes de su terrible asesinato, Pier Paolo Pasolini publica en el Corriere de la Sera un artículo titulado "Il vuoto del potere in Italia" (El vacío del poder en Italia), uno de sus textos más conocidos y reconocidos, incluido posteriormente en su libro  Scritti corsari, del que existe traducción al castellano (Escritos corsarios, Planeta 1983, traducción de Mina Pedrós) con el título por el que desde entonces ha sido miles de veces citado: "L'articolo delle lucciole", el artículo de las luciérnagas:

"A inicios de los años sesenta, por la polución del aire y sobre todo en el campo por la contaminación del agua (los azules ríos y las balsas transparentes) empezaron a desaparecer las luciérnagas. El fenómeno fue fulminante y fulgurante. Al cabo de pocos años ya no había luciérnagas. (Ahora son un recuerdo, bastante desgarrador, del pasado, y un hombre viejo que tenga ese recuerdo no puede reconocerse a sí mismo de joven en los nuevos jóvenes y no puede ya tener las hermosas añoranzas de antaño).
Ese «algo» que pasó hace unos diez años lo llamaré, pues, «desaparición de las luciérnagas»"
.

En este artículo, políticamente demoledor, Pasolini denunciaba "la continuidad entre fascismo fascista y fascismo democristiano", que él consideraba "completa y absoluta" y proclamaba en consecuencia su profunda e incurable decepción ante el pueblo italiano, ese mismo pueblo al que había consagrado su obra poética, ensayística y cinematográfica, pero que ahora lo ve "convertido (sobre todo en el centro y en el sur) en un pueblo degenerado, ridículo, monstruoso, criminal" por su sometimiento al poder del consumo.

Otro gran escritor italiano, Leonardo Sciascia, retomará la reflexión pasoliniana sobre las luciérnagas en su libro El caso Moro (Argos Vergara 1979, traducción de Atilio Pentimalli; reeditado por Tusquets en 2012), escrito en agosto de 1978, tras el secuestro (16 de marzo) y asesinato (9 de mayo) de Aldo Moro por las Brigadas Rojas. Si bien se trata de un libro de gran interés (literario y político), ahora me fijo exclusivamente en la enmienda esperanzada que Sciascia hace a su amigo Pasolini al comienzo de la obra con un hermoso guiño:

"Anoche, al salir para dar un paseo, vi una luciérnaga en la hendidura de un muro. No veía luciérnagas, en estos campos, desde hace por lo menos cuarenta años [...]. No podía, de buenas a primeras, pensar en un regreso de las luciérnagas, tras tantos años de haber desaparecido. Ahora ya no eran más que un recuerdo de la infancia [...]. Y he aquí que -piedad y esperanza- ahora escribo para Pasolini, como reemprendiendo tras más de veinte años una correspondencia: «Las luciérnagas que creías extinguidas empezan a regresar. Vi una, anoche, después de tantos años. Y lo mismo ocurrió con los grillos: durante cuatro o cinco años no los escuché, y ahora las noches están inmensamente henchidas de su canto»".

Necesitaba hacer este largo excurso para poder clarificar lo que más me ha impactado de este breve pero complejo y poliédrico ensayo de Didi-Huberman, que profundiza en el recurso pasoliniano a la desaparición de las luciérnagas como imagen de la radical crisis de esperanza histórico-política en la que se vio sumido Pasolini entre 1941, cuando escribe sobre la enorme cantidad de luciérnagas que contempló una noche en Pieve del Pino ("abbiamo visto una quantità immensa di lucciole"), y su famoso artículo de 1975.

Recurriendo a Walter Benjamin, a Giorgio Agamben, a Jacques Derrida, a Guy Debord o a Hannah Arendt, combinando la reflexión filosófica con su conocimiento de historia y teoría de las imágenes, Didi-Huberman construye un extraodinario texto sobre la esperanza y la desesperanza políticas, concluyendo que la "desaparición de las luciérnagas" tuvo más que ver con la forma en que Pasolini empezó a mirar e interpretar la realidad italiana que con ninguna desaparición "real":

"Pero, a nosotros, que lo leemos hoy en la emoción, la admiración y el asentimiento, se nos plantea ahora la siguiente cuestión: ¿por qué Pasolini se engaña tan desesperadamente y radicaliza así su propia desesperación? ¿Por qué nos ha inventado la desaparición de las luciérnagas? ¿Por qué su propia luz, su propio fulgor de escritor político, han venido de golpe a consumirse, extinguirse, desecarse, aniquilarse por sí mismos? Porque no son las luciérnagas las que han sido destruidas, sino más bien algo central en el dese o de ver -en el deseo en general y, por tanto, en la esperanza política- de Pasolini".

Sabiendo que "nuestra manera de hacer política" depende muy fundamentalmente de "nuestra manera de imaginar", Didi-Huberman nos invita a no dejar de buscar y admirar las luciérnagas que siguen aleteando e iluminando nuestro mundo, pues ahí (o aquí) están. Eso sí, sin caer en el voluntarismo ingénuo y sabiendo que no es fácil descubrir su resplandor; al fin y al cabo, "hacen falta alrededor de cinco mil luciérnagas para producir una luz equivalente a la de una única vela".