Un hermoso día
Traducción de Itziar Hernández Rodilla
Gatopardo ediciones, 2026
"Ojalá, pensó Laura, estuviese aquí Stephen, contemplando la vista a mi lado. Si estuviese con ella le diría... ¿Qué le diría? No lo sabía, pero había algo que decir, algo que tenía a menudo en la punta de la lengua, pero que la eludía en los apresurados momentos del desayuno, por las noches cuando él estaba cansado y ella también. Pero si estuviese allí junto a ella, tendido en la hierba contemplando Inglaterra, se le ocurriría.. Se sentó entrelazando las manos alrededor de las rodillas, su arañada y enrojecida mano izquierda por encima, con la delgada alianza de oro de aspecto brillante y sorprendido. Por allí estaba el mar, una raya neblinosa claramente perfilada por una ancha cinta satinada de luz blanca. El frío mar inglés, lo siguió en su imaginación, hoy todo azul por una vez, acariciando despacio la costa, sorbiendo los bloques de hormigón que habían estado jugando a Canuto con el invasor, dibujando una arruga de seda sobre las lenguas de arena en las que niños de piececitos rosados corrían blandiendo estrellas por un áspero brazo rosa, bañando de un índigo y un violeta más profundo, más meridional, las negras rocas de St. Pol, luego remontando los melancólicos estuarios rondados por gaviotas y las ruinas del castillo sobre el punto gris, alrededor de las islas solitarias y más lejanas con nombres como de poesía silvestre, subiendo en suaves olitas sobre guijarros por encima de los que las casas de estilo regencia necesitadas de pintura volvían sus peladas fachadas hacia la gran masa de tierra de Europa, suspirando contra los acantilados de creta y, por fin, ciñendo la cintura verde de la isla con ese nudo de satinada cinta ancha. Había una virtud llena de misterio en la visión de aquella raya neblinosa".
Publicada en 1947 y ambientada en un único día del verano de 1946, esta novela acompaña a Laura Marshall en sus quehaceres cotidianos en Wealding, un pueblo de la campiña inglesa. La guerra ha terminado, su marido Stephen ha regresado y la familia vuelve a estar reunida con su hija Victoria, por lo que en apariencia, bastaría con retomar la vida interrumpida años atrás. Pero eso es precisamente lo que ya no resulta posible. La casa familiar expresa mejor que cualquier acontecimiento dramático esa transformación: es demasiado grande, requiere cuidados constantes y ya no cuenta con el ejército casi invisible de mujeres que antes garantizaba su funcionamiento. El servicio doméstico ha desaparecido en buena medida porque quienes lo realizaban, sobre todo las mujeres, han descubierto durante la guerra otras posibilidades de vida. Es por eso que la casa se deteriora, el jardín se desborda y Laura se agota intentando mantener una forma de existencia cuya infraestructura social ha desaparecido. Bajo esa superficie deliberadamente ordinaria discurre una transformación histórica mucho más profunda: la desaparición de una forma de vida inglesa que la guerra ha vuelto definitivamente insostenible.
Mollie Panter-Downes consigue narrar una transformación histórica a través de los detalles más pequeños: quién limpia, quién cocina, quién mantiene una casa, quién dispone de tiempo propio o quién puede negarse a servir a otras personas son cuestiones domésticas que revelan cambios profundos en las relaciones de clase y de género. La novela contempla con melancolía el mundo perdido de la clase media alta inglesa, pero no lo idealiza, dejando claro que su elegancia descansaba sobre una enorme cantidad de trabajo ajeno, generalmente femenino e invisible.
También el matrimonio de Laura y Stephen pertenece a ese mundo que ya no puede sencillamente reconstruirse. Él ha vuelto de la guerra, pero Laura tampoco es la misma mujer que despidió a su marido años atrás. Ha tenido que organizar sola su vida, tomar decisiones y adquirir una autonomía que modifica inevitablemente su relación. La novela refleja muy bien el hecho de que las guerras no terminan cuando cesan los combates sino que continúan en las personas que regresan y en quienes las esperaron, porque unas y otras han cambiado durante la separación. Quienes regresan no son exactamente quienes se marcharon y quienes esperaron tampoco permanecieron inmóviles. La paz exige algo más difícil que recuperar las antiguas costumbres, obliga a inventar una nueva convivencia entre personas transformadas por experiencias diferentes.
Sin embargo, Un hermoso día no es una novela triste o, al menos, no es solamente una historia triste. Laura, la protagonista, posee una extraordinaria capacidad para experimentar la belleza del mundo: el campo, la luz, los caminos, los animales, un paisaje contemplado desde una colina. Junto a la casa, cargada con el peso del pasado y de las obligaciones, la naturaleza le ofrece una experiencia momentánea de libertad. Hay algo profundamente reconciliador en esa capacidad para descubrir que la pérdida de un mundo puede contener también la posibilidad de otro. Por eso me parece tan adecuado el título. Es, simplemente, un buen día, un día hermoso, uno cualquiera, en el que no ocurre nada excepcional, y en esa normalidad Mollie Panter-Downes consigue mostrar el alcance personal de una transformación histórica. La vida continúa, y continuar significa no volver atrás.
Esa es, para mí, la delicada sabiduría de esta novela: algunas rupturas históricas y personales (las que son de verdad significativas, no toda esa lista de acontecimientos "históricos", desde un eclipse de sol hasta un mundial de fútbol, con la que nos despistan a diario) hacen imposible regresar al lugar del que partimos. Podemos empeñarnos en reconstruir la vieja casa, ordenar nuevamente el jardín y recuperar las antiguas costumbres, pero algo ha desaparecido definitivamente. Entonces queda otra posibilidad, la de aceptar la pérdida y aprender a vivir de otra manera. Esta novela habla de ese instante preciso en el que la nostalgia empieza, muy lentamente, a convertirse en futuro.

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