lunes, 17 de agosto de 2026

Las almas feroces

Marie Vingtras
Las almas feroces
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego
Nórdica, 2026

"El informe completo de Sommers era escueto y carente de emoción. La causa de la muerte había sido un fuerte golpe en la base del cráneo, el cuerpo no presentaba ninguna herida, no había sufrido ningún abuso, seguía siendo virgen y el forense no había podido evitar añadir a mano «lo que resulta muy sorprendente en una joven estadounidense de su edad». Lo había muerto unas doce horas antes de que Donegan la encontrase y sólo habían aparecido en la orilla algunas huellas parciales, poco aprovechables por culpa del fango que en parte se había vuelto a formar encima, y otras huellas en el talud que subía hacia la carretera".


Después de Ventisca, Marie Vingtras vuelve a demostrar que el suspense puede ser mucho más que un mecanismo para atrapar a quien abre un libro. En esta novela parte de un crimen, pero muy pronto queda claro que el verdadero interés de la novela no reside tanto en descubrir al culpable como en explorar las relaciones, las emociones y las zonas de sombra que atraviesan a una comunidad aparentemente tranquila. La investigación policial actúa como hilo conductor, pero nunca monopoliza el relato. Cada nuevo avance en la búsqueda de la verdad sirve para iluminar aspectos distintos de los personajes, de sus vínculos y de sus contradicciones. El crimen funciona, en realidad, como un detonante que descompone la imagen de normalidad sobre la que descansaba toda una comunidad.

La autora reparte la narración entre varios personajes, cada uno de los cuales ofrece una mirada parcial sobre los hechos. Ninguna voz posee una perspectiva privilegiada y ninguna resulta completamente fiable. Todas recuerdan, interpretan o callan según sus propios intereses, sus miedos o sus limitaciones. De ese modo, nos obliga a recomponer la historia a partir de fragmentos, comprendiendo que la verdad nunca aparece de forma inmediata, sino que se construye lentamente a partir de perspectivas necesariamente incompletas. A medida que avanza la investigación, resulta evidente que cada personaje necesita dar sentido a lo ocurrido elaborando una explicación que, en buena medida, también justifica su propia posición en el mundo. La novela muestra así hasta qué punto la memoria, la percepción y el juicio moral están condicionados por la experiencia personal y por las relaciones de poder que atraviesan cualquier grupo humano. A lo largo de la lectura iremos, seguro, modificando nuestras hipótesis sobre quién es la persona que ha asesinado a Leo y sus motivaciones.

Marie Vingtras demuestra también una notable sensibilidad para describir la vida en una pequeña localidad donde la cercanía entre sus habitantes no siempre genera confianza. Al contrario, la convivencia prolongada alimenta prejuicios, rumores y certezas apresuradas. Todas creen conocer a las demás porque comparten los mismos espacios y las mismas rutinas, pero la muerte de la joven revela hasta qué punto esas seguridades descansaban sobre una profunda ignorancia mutua. La comunidad aparece  como un entramado de relaciones en el que conviven la solidaridad y el recelo, la intimidad y el aislamiento.

En comparación con Ventisca, donde el paisaje desempeñaba un papel protagonista, esta novela concentra su atención en la geografía interior de los personajes. El entorno sigue teniendo importancia, pero ya no es la naturaleza la que amenaza a los seres humanos, sino sus propias decisiones, sus deseos, sus frustraciones y su incapacidad para comunicarse. La violencia no aparece como una irrupción extraordinaria, sino como el desenlace posible de conflictos larvados que llevaban mucho tiempo incubándose.

La escritura de Marie Vingtras se caracteriza por una notable economía expresiva. Evita las largas explicaciones psicológicas y prefiere sugerir antes que explicar: un gesto, una conversación aparentemente intrascendente o un pequeño detalle bastan para modificar la percepción que podemos tener de un personaje. Esa contención dota al relato de una tensión constante, sostenida más por aquello que permanece implícito que por los giros espectaculares propios del género negro. Su interés no se limita a construir una intriga eficaz, sino que utiliza las herramientas del thriller para plantear preguntas más amplias sobre la culpa, la responsabilidad, la memoria y la dificultad de conocer realmente a quienes creemos tener más cerca. El resultado es una obra de lectura absorbente que, una vez resuelto el misterio, sigue invitando a pensar en la complejidad de las personas y en la inquietante facilidad con la que una comunidad puede ocultar aquello que no quiere ver. 

Ceuta y el privilegio de viajar

 


Agosto es, en Europa, el mes del movimiento. Aeropuertos abarrotados, autopistas congestionadas, estaciones de ferrocarril llenas, ferris que cruzan el Mediterráneo, familias que recorren miles de kilómetros para llegar a una playa, una ciudad o una casa de vacaciones. Centenares de miles de personas atravesamos estos días fronteras internacionales con una naturalidad extraordinaria. Enseñamos un pasaporte, una tarjeta de embarque o, muchas veces, ni siquiera eso; dentro del espacio Schengen podemos viajar de un país a otro sin advertir que acabamos de cruzar una frontera.

No se trata de un fenómeno marginal. Según ONU Turismo, en 2024 se registraron en el mundo 1.400 millones de llegadas de turistas internacionales, recuperándose prácticamente los niveles anteriores a la pandemia. Y la tendencia ha seguido creciendo: solo entre enero y marzo de 2025 más de 300 millones de personas viajaron internacionalmente por turismo. Vivimos, efectivamente, en la época de la movilidad. Pero ¿de la movilidad de quién?

Mientras millones de personas cruzamos fronteras para disfrutar de nuestras vacaciones, en Ceuta decenas de miles han intentado atravesar otra frontera. Muchas lo han hecho a nado, bordeando espigones, lanzándose al mar o aprovechando cualquier resquicio que pudiera permitirles alcanzar territorio español. Muchas han muerto en el intento. Una vez más, la frontera entre África y Europa se ha convertido, literalmente, en un lugar de muerte.

Hay muchas maneras de analizar lo sucedido. Podemos hablar de la política migratoria europea, de la responsabilidad de Marruecos, de la instrumentalización política de las migraciones, del control de fronteras, del derecho de asilo, de las mafias, de las responsabilidades de España o de la Unión Europea. Todas estas cuestiones son importantes. Pero hay otra que quizá resulte más incómoda porque no permite situar el problema exclusivamente en gobiernos, policías o instituciones, sino que nos obliga a mirarnos también a nosotras mismas: mientras unas personas arriesgan la vida para cruzar una frontera, otras cruzamos fronteras para irnos de vacaciones. No es mi intención aventar una culpabilización simplista de quien viaja, pero eso no significa declarar inocente al turismo. Porque viajar no es un acto situado fuera de las relaciones sociales y de las desigualdades que estructuran el mundo, mucho menos cuando viajamos desde sociedades ricas hacia sociedades empobrecidas.

Viajar a través de la desigualdad

La desigualdad de movilidad no puede separarse de una desigualdad económica global extraordinaria. Según el World Inequality Report 2026, el 10 % más rico de la población mundial recibe el 53 % de toda la renta, mientras que la mitad más pobre de la humanidad debe repartirse apenas el 8 %. La concentración de la riqueza es todavía mayor: el 10 % más rico posee alrededor de tres cuartas partes del patrimonio mundial, mientras que el 50 % más pobre apenas dispone del 2 %. Son cifras tan enormes que corren el riesgo de convertirse en abstracciones. Quizá resulte más fácil comprender lo que significan si acercamos la mirada a la frontera que estos días nos ocupa. En 2024, el PIB por habitante de España fue de unos 35.300 dólares; el de Marruecos, situado apenas a unos kilómetros al otro lado del Estrecho, rondó los 4.150, más de ocho veces menor. Y si continuamos hacia el sur, las diferencias se hacen todavía mayores: en Mozambique, por ejemplo, el PIB por habitante no llegó a 660 dólares.

Naturalmente, estos promedios nacionales ocultan enormes desigualdades internas. Hay personas muy ricas en Marruecos y personas pobres en España. El mundo no puede dividirse limpiamente entre países ricos habitados exclusivamente por personas ricas y países pobres habitados exclusivamente por personas pobres, pero esto no elimina la desigualdad entre territorios, simplemente obliga a combinarla con las desigualdades existentes dentro de cada sociedad. Y es sobre ese mundo profundamente desigual sobre el que se despliegan nuestras movilidades.

En este contexto, el turismo tiene una característica singular: pone físicamente en contacto posiciones extraordinariamente desiguales dentro del sistema mundial. Quien sale de España, Francia, Alemania, Países Bajos o Reino Unido para pasar una semana en Marruecos lleva consigo algo más que su equipaje, lleva una determinada capacidad económica, un pasaporte, tiempo disponible y, sobre todo, la posibilidad de desplazarse y regresar. Su mera presencia hace visible una forma de vida. Quien trabaja en un hotel de Marrakech, sirve una mesa en Agadir, conduce un taxi en Tánger o vende un producto a una persona procedente de Europa en cualquier mercado no necesita consultar las estadísticas internacionales de desigualdad para saber que existen lugares desde los que millones de personas pueden permitirse viajar miles de kilómetros simplemente para descansar unos días, por placer, como solemos decir.

De este modo, el turismo funciona como una suerte de efecto llamada. No en el sentido simplista con el que esta expresión suele utilizarse en el debate migratorio, como si bastara una determinada política de acogida para desencadenar automáticamente movimientos de población, sino en un sentido mucho más profundo: el turismo hace visible la desigualdad y, al hacerla visible, alimenta inevitablemente la comparación entre vidas posibles.

Marruecos constituye un ejemplo extraordinario. En 2024 recibió 17,4 millones de visitantes y en 2025 casi 20 millones, la mayoría procedentes de Europa. Personas francesas, españolas, británicas, alemanas, italianas, belgas o neerlandesas atraviesan cada año hacia el sur una frontera que las políticas europeas intentan hacer cada vez más difícil de atravesar hacia el norte.

La contradicción resulta imposible de ignorar: Marruecos desarrolla políticas para conseguir que cada vez más personas procedentes de Europa crucemos su frontera; Europa desarrolla políticas para conseguir que determinadas personas que se encuentran en Marruecos no crucen la nuestra. En una dirección llamamos al movimiento turismo y lo estimulamos; en la otra lo llamamos presión migratoria y tratamos de contenerlo.

Ambas movilidades responden a situaciones distintas, pero precisamente por eso su coexistencia resulta tan reveladora. Quien llega a Marruecos con un pasaporte europeo demuestra, mediante el hecho aparentemente banal de estar allí, que pertenece a un mundo en el que atravesar fronteras puede ser una elección recreativa. Quien observa esa movilidad desde una posición económica mucho más precaria puede preguntarse legítimamente por qué esa libertad funciona únicamente en una dirección.

La responsabilidad de quien viaja

Llegados a este punto resulta inevitable preguntarse por la dimensión moral del turismo. No para concluir que viajar por placer sea en sí mismo una práctica inmoral. Viajar puede significar descanso, conocimiento, encuentro, curiosidad por otras culturas y ampliación de nuestros horizontes; hay algo profundamente humano en el deseo de conocer otros lugares. Pero reconocer el valor potencial del viaje no significa considerarlo moralmente neutro. Como cualquier práctica voluntaria que consume recursos, produce impactos y se desarrolla dentro de relaciones profundamente desiguales, también el turismo debe someterse a una pregunta elemental: ¿qué responsabilidades se derivan de nuestra decisión de viajar?

La cuestión es especialmente relevante porque el viaje turístico es, por definición, una movilidad fundamentalmente electiva. No valoramos de la misma manera el desplazamiento de quien huye de una guerra, busca trabajo, necesita reunirse con su familia o pretende mejorar unas condiciones de vida insoportables que el de quien toma un avión para pasar unos días de vacaciones. Precisamente porque este último desplazamiento es más prescindible, disponemos de un margen mayor para preguntarnos por sus consecuencias: por las emisiones que generamos, por los recursos que consumimos, por nuestra contribución al encarecimiento de la vivienda o a la turistificación de determinados territorios, por las condiciones laborales precarias que sostenemos con nuestro consumo y, en general, por la huella que dejamos en los lugares que visitamos.

Pero en un mundo caracterizado por enormes desigualdades existe una dimensión moral todavía más profunda: viajar por placer constituye una capacidad extraordinariamente mal repartida. Para hacerlo no basta con tener dinero, hace falta disponer de tiempo, seguridad y, sobre todo, de un pasaporte que permita atravesar fronteras. Quien viaja desde Europa hacia Marruecos o hacia otros países africanos lleva consigo, aunque raramente sea consciente de ello, todos esos privilegios, que vivimos como si fueran derechos naturalmente disponibles para cualquier persona. Por eso, la pregunta no es si somos buenas o malas personas cuando nos subimos a un avión rumbo a Marrakech, Dakar o Zanzíbar. La pregunta es qué obligaciones se derivan de saber que nuestra capacidad de hacerlo depende de una posición extraordinariamente favorecida dentro del sistema mundial. La culpa nos invita a juzgar a cada persona; la responsabilidad nos obliga a pensar nuestra relación con las estructuras de las que formamos parte.

Y la responsabilidad debería aumentar con nuestra capacidad de elección. Cuantas más alternativas tenemos, más razonable resulta preguntarnos por las consecuencias de nuestras decisiones. Podemos viajar menos, permanecer más tiempo en los lugares en vez de acumular escapadas, utilizar medios de transporte menos contaminantes cuando sea posible, evitar destinos sometidos a una presión turística insoportable, consumir de manera que una mayor parte de nuestros gastos permanezca en las comunidades que visitamos. Son decisiones importantes, aunque ninguna de ellas resuelva por sí sola las contradicciones estructurales del turismo.

Porque hay una contradicción que ninguna forma de turismo responsable puede eliminar. Quienes poseemos determinados pasaportes hemos naturalizado nuestra libertad para atravesar fronteras, considerando perfectamente razonable poder viajar a otros países por el simple deseo de conocerlos, descansar o disfrutar de ellos. Y, sin embargo, cuando personas nacidas en esos mismos países pretenden recorrer el camino contrario para trabajar, estudiar o buscar una vida mejor, su movilidad deja de aparecer ante nosotras como un ejercicio de libertad y comienza a ser descrita como un problema de inseguridad.

Esta asimetría debería interpelarnos. Resulta obsceno que el sistema internacional facilite extraordinariamente el movimiento de quien quiere recorrer miles de kilómetros por placer y dificulte hasta extremos mortales el de quien pretende recorrerlos para transformar sus condiciones de vida. Esta es, creo, la prueba moral más exigente que el turismo plantea a nuestras sociedades: la reciprocidad. ¿Hasta qué punto estamos dispuestas a reconocer a las demás personas una libertad de movimiento comparable a la que consideramos natural para nosotras mismas? Este principio no resuelve por sí solo la complejidad de las políticas migratorias ni implica que toda frontera deba desaparecer, pero sí cuestiona una contradicción demasiado fácilmente aceptada: considerar nuestra movilidad una manifestación de libertad y la movilidad ajena una amenaza que debe ser gestionada, contenida o impedida.

Por eso el problema moral del turismo no consiste simplemente en preguntarnos si está bien o mal viajar. Formulada así, la cuestión resulta demasiado pobre. La pregunta verdaderamente esencial es qué significa viajar por placer desde una posición privilegiada en un mundo que niega a millones de personas la posibilidad de desplazarse para mejorar sus condiciones de vida. La pregunta que deberíamos hacernos ante las imágenes de Ceuta no es por qué tantas personas quieren venir a Europa, sino esta otra: ¿cómo no van a querer venir al lugar desde el que nosotras podemos permitirnos ir hasta allí de vacaciones?

El pasaporte como privilegio

Nos hemos acostumbrado a pensar la movilidad como una libertad. Poder desplazarse, conocer otros lugares, estudiar en otro país, trabajar fuera, visitar a familiares o simplemente viajar por placer forma parte de la ampliación contemporánea de nuestras posibilidades vitales. Para millones de personas europeas la pregunta es dónde queremos ir. Consultamos vuelos, hoteles, apartamentos, previsiones meteorológicas; calculamos precios y distancias. Nuestro principal límite suele ser el dinero disponible. Para millones de personas en el mundo, sin embargo, la pregunta es completamente distinta: ¿podré entrar?

Aquí aparece una de las desigualdades fundamentales de nuestro tiempo. Hemos construido un mundo extraordinariamente móvil, pero no un mundo en el que todas las personas puedan moverse. Circulan mercancías, capitales, inversiones, información y flujos turísticos a una escala desconocida en la historia. También circulan las personas, por supuesto, pero no todas bajo las mismas condiciones. Y esta desigualdad puede medirse.

El Henley Passport Index clasifica 199 pasaportes en función del número de destinos a los que permiten acceder sin necesidad de obtener previamente un visado. En julio de 2026, el pasaporte español se encuentra entre los más poderosos del mundo, ya que permite acceder a 186 destinos. En el extremo opuesto se encuentra Afganistán: su pasaporte permite hacerlo únicamente a 22. Ciento sesenta y cuatro destinos de diferencia. No estamos hablando de renta, patrimonio o salario, sino de algo anterior: de las posibilidades que proporciona haber nacido en un país y no en otro.

Un pasaporte europeo es, por eso, mucho más que un documento administrativo, es una extraordinaria reserva de movilidad. Unido a una tarjeta de crédito, constituye algo parecido a un salvoconducto global: acredita ante el mundo que quien llega no representa, en principio, un problema: llega como turista, como persona viajera, como consumidora. Otros pasaportes significan exactamente lo contrario: no abren fronteras, despiertan sospechas. Exigen visados, garantías económicas, cartas de invitación, contratos de trabajo, reservas hoteleras, entrevistas consulares. Y para muchas personas ni siquiera existe una vía razonable para obtenerlos.

Por eso resulta insuficiente decir que vivimos en un mundo globalizado. La globalización no ha abolido las fronteras. Las ha distribuido desigualmente. Para algunas personas, la frontera se ha vuelto casi invisible. Para otras se ha hecho cada vez más alta, más vigilada y más peligrosa.

Para unas, paisaje; para otras, frontera

Esta desigualdad resulta especialmente visible en verano. El Mediterráneo se convierte entonces en escenario de dos movilidades simultáneas. Aviones, cruceros y ferris transportan a millones de personas hacia los lugares donde desean pasar unos días de descanso. A pocos kilómetros, otras personas intentan atravesar ese mismo espacio escondidas en vehículos, hacinadas en embarcaciones precarias o directamente a nado. El mismo mar es para unas personas paisaje y para otras frontera.

Pocas imágenes expresan de manera tan brutal la desigualdad global. No porque quienes viajan por turismo sean necesariamente personas ricas. Muchas familias ahorran durante meses para poder disfrutar de unos días de vacaciones. También dentro de nuestras sociedades el acceso al turismo está profundamente estratificado. Hay quienes pueden recorrer el mundo y quienes apenas pueden permitirse salir de su ciudad. La desigualdad atraviesa igualmente nuestras sociedades. Pero incluso reconociendo esas diferencias, existe un privilegio mucho más básico que compartimos una gran parte de quienes vivimos en Europa: podemos imaginar el desplazamiento como una elección. Y esa posibilidad cambia radicalmente nuestra relación con el mundo. Podemos marcharnos y regresar. Podemos viajar miles de kilómetros sabiendo que, al terminar las vacaciones, podremos volver a casa. Nuestra movilidad es reversible. Precisamente por eso puede ser placentera. Quien viaja por turismo se desplaza sabiendo que conserva un lugar al que regresar.

La experiencia migratoria de quienes estos días han intentado alcanzar Ceuta pertenece a otro universo. Para muchas de esas personas, desplazarse no significa interrumpir temporalmente una vida segura, sino intentar construir otra vida posible. No llevan en el bolsillo la certeza del regreso, sino la incertidumbre del futuro.

Hay algo profundamente revelador en que una persona esté dispuesta a lanzarse al mar para recorrer una distancia que otra atraviesa cómodamente en un ferry. Tendemos a interpretar estos comportamientos preguntándonos qué les impulsa a asumir semejante riesgo. Tal vez deberíamos invertir la pregunta: ¿qué desigualdad tiene que existir para que arriesgar la vida parezca una decisión razonable?

Porque ninguna política migratoria debería permitirnos olvidar este hecho elemental. Las personas comparan vidas posibles. Ven cómo vivimos al otro lado, conocen nuestros salarios, nuestras ciudades, nuestros sistemas educativos, nuestros hospitales, nuestras posibilidades de consumo. Internet y las redes sociales han reducido radicalmente la distancia imaginaria entre sociedades cuyas oportunidades materiales siguen estando separadas por enormes desigualdades. La frontera pretende entonces hacer algo extraordinariamente difícil: mantener próximas sociedades profundamente desiguales y, al mismo tiempo, impedir que las personas reaccionen ante esa desigualdad desplazándose. Es como construir un muro en mitad de un desnivel. Podemos elevarlo, reforzarlo, vigilarlo con cámaras, patrullarlo, externalizar su control a terceros países. Pero mientras permanezca el desnivel, seguirá existiendo la presión por atravesarlo.

Por eso el turismo puede ser contemplado como uno de los grandes indicadores de la desigualdad global. No porque sea su causa principal, sino porque la hace extraordinariamente visible. Los 1.400 millones de llegadas turísticas internacionales registradas en 2024 hablan de un planeta caracterizado por una movilidad gigantesca. Pero quien puede viajar por turismo encarna una de las libertades más desigualmente repartidas del planeta: la libertad de estar temporalmente en otro lugar. Deberíamos hablar menos del «derecho a viajar» y más del privilegio de viajar.

La expresión puede incomodarnos porque estamos acostumbradas a considerar nuestras posibilidades de movimiento como algo normal. Pero precisamente en eso consiste un privilegio: en poder vivir como natural una posibilidad que para otras personas resulta extraordinaria. Nuestro pasaporte no nos parece un privilegio porque casi nunca tenemos que pensar en él. Permanece guardado en un cajón hasta que decidimos viajar. Solo entonces comprobamos que sigue vigente, lo metemos en la maleta y continuamos organizando nuestras vacaciones. Para otras personas, en cambio, el pasaporte, o la imposibilidad de conseguir un visado asociado a él, puede determinar una parte decisiva de su biografía.

Nacer a un lado u otro de una frontera sigue siendo uno de los mayores repartos de oportunidades que existen en el mundo. No elegimos el país en el que nacemos, pero ese azar condiciona nuestra esperanza de vida, nuestra educación, nuestros ingresos, nuestra seguridad y también nuestra capacidad de desplazarnos. En ese sentido, la ciudadanía funciona como una herencia. Y las fronteras administran esa herencia.

Nada de esto proporciona respuestas sencillas a la cuestión migratoria. Los Estados tienen responsabilidades, las sociedades necesitan organizar la convivencia y ninguna política pública puede ignorar los límites, los conflictos o las dificultades reales que acompañan a los movimientos migratorios. Reconocer la desigualdad del derecho a moverse no obliga a defender que las fronteras desaparezcan mañana. Pero sí debería impedirnos hablar de ellas como si fueran simples líneas neutrales que separan territorios. Una frontera es también una institución que distribuye posibilidades vitales.

El mundo no es plano

Este agosto, mientras millones de personas europeas atravesamos fronteras preguntándonos dónde comeremos, qué visitaremos o cómo estará el tiempo, otras personas se han lanzado al agua frente a Ceuta preguntándose si conseguirían llegar vivas a la otra orilla. Unos movimientos aparecen en las estadísticas como turismo. Otros aparecen como presión migratoria. Quienes viajan por turismo son recibidos con campañas publicitarias que les invitan a venir. Frente a quienes intentan migrar se levantan vallas, cámaras, policías y sistemas de vigilancia para impedirles hacerlo. A unas personas les preguntamos cuánto tiempo piensan quedarse. A otras, por qué han venido.

Hace ya dos décadas Thomas L. Friedman popularizó la imagen de un «mundo plano» para describir una globalización que parecía estar derribando barreras, acortando distancias y multiplicando las posibilidades de interacción entre lugares cada vez más conectados. Pero basta observar cómo nos movemos realmente por ese mundo para descubrir hasta qué punto la metáfora resulta engañosa. El mundo no es plano, al menos, no lo es para todas las personas.

Como ya hemos dicho, para quienes disponemos de determinados recursos económicos y de determinados pasaportes, buena parte del planeta se ha vuelto efectivamente más plana. Las distancias se han reducido, las comunicaciones se han abaratado y numerosas fronteras prácticamente han desaparecido. Podemos desayunar en Bilbao y cenar en Marrakech, pasar un fin de semana en Roma o cruzar media Europa sin mostrar siquiera un documento de identidad. La combinación de dinero, infraestructuras de transporte y ciudadanía convierte el espacio en algo relativamente fácil de atravesar. Pero esa experiencia particular de la globalización corre el riesgo de ser confundida con una condición universal. Para millones de personas el mundo continúa estando lleno de obstáculos. Una misma distancia geográfica puede constituir para unas personas unas pocas horas de avión y para otras una sucesión de visados imposibles, controles policiales, desiertos, vallas, embarcaciones precarias y riesgo de muerte.

La globalización no ha aplanado el mundo, sino que ha distribuido de manera profundamente desigual sus pendientes. Ha facilitado extraordinariamente determinadas movilidades -las del capital, las mercancías, el turismo o quienes poseen los pasaportes adecuados- mientras mantiene o incluso levanta obstáculos frente a otras. El Estrecho de Gibraltar constituye una representación casi perfecta de esa geografía desigual. Sus catorce kilómetros no miden lo mismo en las dos direcciones. Para una persona española que viaja a Marruecos por turismo son una distancia trivial, unas vacaciones cercanas, accesibles, incluso exóticas. Para muchas personas que intentan recorrer el camino inverso pueden convertirse en una de las fronteras más difíciles del mundo.

Por eso el turismo resulta un indicador tan revelador de la desigualdad global. Nos permite comprobar que la verdadera distancia entre dos lugares no se mide únicamente en kilómetros. Se mide también en renta, ciudadanía, pasaporte, visados, medios de transporte y capacidad para decidir cuándo marcharse y cuándo regresar. Desde esta perspectiva, la imagen adecuada para nuestro tiempo no es la de un mundo plano, sino la de un mundo inclinado: un espacio por el que algunas personas pueden desplazarse con extraordinaria facilidad mientras otras tienen que avanzar contra pendientes cada vez más pronunciadas.

Y ninguna imagen permite comprenderlo mejor que la de este verano: personas procedentes de Europa viajando hacia el sur por turismo mientras, simultáneamente, otras personas se juegan la vida intentando llegar hacia el norte. Se mueven por el mismo mundo, pero no se mueven por el mismo mapa.

Conviene recordar esta contradicción cuando volvamos a escuchar que vivimos en un mundo caracterizado por la libertad de movimiento. Nunca hubo tantas personas viajando por el planeta, pero no deberíamos confundir un mundo lleno de turistas con un mundo en el que exista un derecho igual a viajar. Porque una de las fronteras más profundas de nuestro tiempo no separa simplemente países, separa a quienes pueden cruzarlas de quienes pueden morir intentándolo.


Publicado en elDiario.es, 12 de agosto de 2026

domingo, 9 de agosto de 2026

Mojón Alto, Trevejo, Bedarbide y Tologorri

Nunca había accedido a Sierra Salvada/Gorobel desde su vertiente burgalesa. Ayer, no sé por qué, decidí que hoy me acercaría  hasta la localidad de Llorengoz, en el Valle de Losa, para subir desde ahí hasta el Tologorri (1.073), pasando por Mojón Alto (1.068 m), puerta de entrada a la sierra. Se trata de un recorrido con mucho menos desnivel que si se parte desde Lendoño Goikoa (situado a 448 m de altitud, frente a los 900 de Llorengoz), pero con mucha mayor distancia. Distancia incrementada porque desde Mojón Alto me he encaminado hasta el Bedarbide (1.041 m), pasando por el Trevejo (1.082 m), antes de subir al Tologorri. He empezado a caminar a las 9:15 y he regresado al coche a las 13:00.
 
 










Mojón Alto.
Tologorri desde Mojón Alto.


Trevejo.


Tologorri desde Bedarbide.


Txarlazo, Txolope y Solaiera desde Bedarbide.









Tologorri.


Maroño.
Gallarraga y Ganekogorta.





De vuelta en Mojón Alto.


viernes, 7 de agosto de 2026

Hijos de Eva

John Connolly
Hijos de Eva
Traducción de María José Díez Pérez
Tusquets, 2026

"Las últimas arañas habían vuelto a sus telas; los insectos, a la penumbra, y la estatuilla de la Gran Diosa descansaba hecha pedazos en el suelo de la tienda de Antonio Elizalde. Elizalde también había dejado de existir. Su dolor había terminado, su espíritu había partido. Al final había sufrido, pero no tanto, pensó Seeley, como lo habría hecho si el cáncer y la profesión médica se hubieran cebado en él. Había menos sangre de la que Seeley había anticipado, aunque había decidido alejarse durante el clímax. Para entonces, Elizalde ya había contado todo lo que sabía. Lo que vino después fue puro castigo.
[,,,] 
Durante un momento, Seeley miró lo que quedaba de Elizalde y los fragmentos de la Gran Diosa, cuya posición subordinada en el panteón de deidades se veía confirmada ahora. Pensó en el dinero que le pagaban y concluyó que no era suficiente para compensar a un hombre por cambiar de manera tan drástica sus convicciones sobre la vida y el universo. por desgracia, era demasiado tarde para echarse atrás, a no ser que quisiera acabar como Antonio Elizalde. pese a todo, tuvo que admitir que sentía cierta curiosidad por lo que estaba por venir.
-Vámonos -dijo su acompañante en español.
Seeley no pudo evitar un escalofrío. Si el polvo hablara, habría sonado así. Confiaba en que la situación actual se resolviera con prontitud, lo que haría que el brazo ejecutor de su patrón regresara al lugar del que había venido. También confiaba en salir de aquello con vida, porque lo cierto es que no quería morir. Antes de aceptar ese trabajo, solo temía el dolor de la muerte; ahora le preocupaba lo que pudiera venir después, Contempló la posibilidad de que su patrón lo fuera solo de nombre y en realidad estuviese trabajando para otro, para esta otra persona.
Lo cual, pensó Seeley, sería una verdadera desgracia".

Recuerdo que cuándo en 2004 leí la primera novela de John Connolly, la insuperable Todo lo que muere, tuve la sensación de haber encontrado a un autor especial. Desde entonces he leído todas las aventuras de Charlie Parker y he ido reseñándolas en este blog. A estas alturas, regresar a una nueva entrega de la serie, nada más y nada menos que la número veintitrés, se parece menos a empezar una novela que a reencontrarse con viejos conocidos. Y, sin embargo, Connolly sigue consiguiendo algo que parecía improbable después de tanto tiempo: sorprender sin traicionarse a sí mismo.

Con el paso de los años también ha cambiado mi forma de leerlo. Al principio me fascinaba, sobre todo, la extraordinaria calidad de sus novelas negras: la construcción de las tramas, la atmósfera, la fuerza de los personajes, el equilibrio entre la violencia y el humor, la escritura siempre elegante. Pero, poco a poco, he ido comprendiendo que el verdadero centro de la obra de Connolly no está ahí., y que lo que convierte la serie de Charlie Parker en algo excepcional es su persistente reflexión sobre el mal. Cada novela es una nueva aproximación a una pregunta tan antigua como inagotable: qué hace posible la crueldad y cómo puede un ser humano seguir viviendo sin resignarse o someterse a ella.

Hijos de Eva vuelve a demostrar que Charlie Parker hace ya mucho tiempo que dejó de ser simplemente un detective privado. El caso que pone en marcha la novela -la desaparición de Wyatt Riggins, antiguo militar vinculado al secuestro de cuatro niños en México, y la investigación emprendida a petición de su pareja, la artista Zetta Nadeauq- conduce a Parker hasta un entramado donde convergen un cártel mexicano, el tráfico de antigüedades y una violencia que hunde sus raíces mucho más allá del crimen organizado.

Como ocurre en las mejores novelas de Connolly, la investigación es sólo la superficie del relato. Lo que realmente le interesa al autor es seguir explorando la persistencia del mal y las distintas formas en que éste se manifiesta en el mundo. Un mal que nunca aparece reducido a una patología individual ni a una simple herramienta para mantener la tensión narrativa, sino que adquiere una dimensión metafísica. En sus novelas, Connolly viene construyendo un universo donde lo criminal y lo sobrenatural se entrelazan sin estridencias, de manera que lo inquietante no es la irrupción de lo fantástico en las tramas, sino la convicción de que existen formas de oscuridad que la explicación racional resulta insuficiente para comprender.

Por eso Charlie Parker ha dejado de ser un detective al uso, y aunque siga siendo un hombre marcado para siempre por el asesinato de su mujer y de su hija, narrado en Todo lo que muere, hace mucho que su búsqueda dejó de responder únicamente a una necesidad de justicia personal. A lo largo de la serie Parker parece haberse convertido en una especie de guardián de las víctimas, alguien incapaz de aceptar que determinadas formas de maldad queden sin respuesta. Sabe que nunca conseguirá erradicar el mal del mundo, pero también sabe que renunciar a combatirlo supondría concederle la victoria. Hay algo profundamente conmovedor en esa obstinación.

Esa es una de las razones por las que sigo leyendo a Connolly después de tantos años. Ya no busco únicamente una buena historia criminal, lo que espero encontrar en cada nueva novela es esa mirada profundamente moral sobre la condición humana. Connolly no escribe desde el cinismo, tan frecuente en buena parte de la novela negra contemporánea; tampoco desde un optimismo ingenuo. Sus libros parten del reconocimiento de que la violencia, el abuso y la crueldad forman parte de nuestra historia. Pero, al mismo tiempo, afirman con igual convicción que existen personas capaces de enfrentarse a ese mal sin convertirse ellas mismas en su reflejo. La amistad, la lealtad, la compasión o el cuidado de los más vulnerables aparecen una y otra vez como formas discretas de resistencia. Pese a estilos y escenarios tan distintos, creo que en esto coincide con las historias de Louise Penny, que también sigo con mucho gusto.

También resulta admirable la fidelidad con la que Connolly mantiene vivos a Angel y Louis. Podrían haberse convertido hace tiempo en simples secundarios carismáticos, pero siguen siendo dos de los personajes más complejos y entrañables de toda la serie. Su mezcla de ironía, violencia, ternura y lealtad continúa proporcionando algunos de los mejores momentos de cada novela. Son, además, un recordatorio de que incluso quienes han vivido durante años en los márgenes de la ley pueden construir una ética basada en la protección mutua y en la defensa de quienes no pueden defenderse solos.

No creo que Hijos de Eva sea la novela más innovadora de la serie, pero es verdad que tampoco necesita serlo. Connolly lleva años haciendo algo mucho más difícil que reinventarse en cada entrega: profundizar en un mismo universo narrativo sin agotarlo, de modo que cada nueva historia añade una capa más a esa larga meditación sobre la culpa, la memoria, la pérdida y la responsabilidad.

Al cerrar el libro me asaltó una sensación extraña. Por un lado, la satisfacción de comprobar que Connolly mantiene intacta su capacidad para emocionar y mantener la tensión narrativa. Por otro, una cierta melancolía. El propio autor ha insinuado en varias ocasiones que el final de la serie comienza a vislumbrarse. Cuesta imaginar que algún día dejaremos de encontrarnos con Charlie Parker, pero seguramente toda gran obra literaria termina produciendo ese efecto: los personajes dejan de ser simples criaturas de ficción para convertirse en compañeras y compañeros de viaje.

Con el paso de los años he descubierto que no leo a John Connolly solo porque escriba una de las mejores novelas negras contemporáneas. Lo leo porque sus libros me obligan a seguir pensando en una cuestión que trasciende cualquier investigación policial: cómo vivir en un mundo donde el mal existe sin dejar que sea el mal quien tenga la última palabra. Y sospecho que esa es también la pregunta que, novela tras novela, continúa persiguiendo al propio Charlie Parker.

jueves, 6 de agosto de 2026

Hiroshima

John Hersey
Hiroshima
Traducción de Juan Gabriel Vásquez
Penguin Random House, 2025 (11ª)

"Ahora podía enfrentarse a Hisoshima, porque un fénix chabacano se había levantado del ruinoso desierto de 1945: una ciudad sorprendentemente bella de más de un millón de habitantes -de los cuales sólo uno de cada diez era hibakusha- con edificios altos y modernos sobre avenidas anchas, flanqueadas por árboles y repletas de coches japoneses que parecían nuevos y llevaban letras inglesas; una ciudad de sibaritas y gente esforzada, con setecientas cincuenta y tres librerías y dos mil trescientos cincuenta y seis bares. Aunque sus memorias del pasado regresaban de vez en cuando, el doctor Sasaki había llegado a ser capaz de vivir con un amargo arrepentimiento: que durante los primeros días después de la bomba no hubiera sido posible, más allá de cierto punto, establecer, entre los destrozos del hospital de la Cruz Roja, la identidad de aquellos cuyos cuerpos fueron llevados a cremaciones masivas, con el resultado de que almas anónimas podían estar aún flotando por ahí, después de todos estos años, desatendidas e insatisfechas".


Considerado como uno de los textos fundamentales del periodismo del siglo XX y, al mismo tiempo, una de las reflexiones más poderosas jamás escritas sobre las consecuencias humanas de la guerra moderna, Hiroshima fue publicado originalmente en The New Yorker el 31 de agosto de 1946 y editado poco después como libro, representando un punto de inflexión en la manera de narrar los conflictos bélicos. Hasta entonces, la bomba atómica arrojada por Estados Unidos sobre la indefensa ciudad el 6 de agosto de 1945 había sido presentada como un logro científico, una victoria militar o un acontecimiento geopolítico, pero Hersey desplazó radicalmente el foco: en lugar de hablar del arma, habló de las personas sobre las que cayó.

John Hersey reconstruye el bombardeo atómico de Hiroshima a través de las experiencias de seis supervivientes: una oficinista, un médico, un sacerdote jesuita alemán, un pastor metodista, un joven cirujano y una viuda con tres hijos. Ninguno de ellos posee una relevancia histórica extraordinaria. Precisamente por eso su elección resulta tan eficaz. Frente a las estadísticas, las decisiones estratégicas o los grandes discursos políticos, Hersey devuelve el protagonismo a personas corrientes cuya vida queda quebrada en un instante. La explosión no aparece descrita desde el cielo ni desde los despachos donde se tomó la decisión de lanzarla, sino desde las calles, las casas, los hospitales y los cuerpos de quienes la padecieron.

Uno de los mayores logros del libro reside en su extraordinaria sobriedad narrativa. Hersey apenas introduce comentarios ni hace juicios explícitos, dejando que sean los hechos los que hablen por sí mismos. Esa contención convierte el relato en algo aún más perturbador, ya que asistimos a escenas de destrucción absoluta descritas con un lenguaje casi clínico, que evita cualquier sentimentalismo. Pero esta ausencia de retórica no atenúa el horror sino que, al contrario, lo hace más insoportable.

El ensayo muestra que la bomba atómica llevó al extremo una forma brutal de violencia bélica, que ya había sido experimentada con los bombardeos sobre ciudades como Gernika en la guerra de España y, sobre todo, en el tramo europeo de la Segunda Guerra Mundial. La destrucción ya no distingue entre combatientes y población civil, la ciudad entera se convierte en objetivo militar y, en el caso de Hiroshima, en pocos segundos desaparecen viviendas, escuelas, hospitales, lugares de culto y redes de cuidado. Las personas supervivientes -las y los hibakusha, literalmente "personas afectadas por una explosión"- vagan entre incendios, cadáveres y otras personas gravemente heridas sin comprender todavía qué ha ocurrido. Muchas morirán días o semanas después por los efectos entonces desconocidos de la radiación. La guerra deja de ser  un enfrentamiento entre ejércitos para convertirse en una agresión indiscriminada contra una sociedad entera.

Especialmente significativa resulta la atención que en su relato Hersey presta a los gestos cotidianos de solidaridad. En medio del caos aparecen médicos y enfermeras que continúan atendiendo personas heridas aun estando ellos mismos lesionados, vecinas y vecinos que rescatan a personas desconocidas que piden ayuda bajo los escombros, religiosos que improvisan refugios y, en general, personas que comparten el agua o el alimento disponible. Sin idealizar nada, el autor muestra cómo incluso en las circunstancias más extremas persisten formas de ayuda mutua y responsabilidad hacia las demás. Y esta dimensión ética constituye uno de los contrapuntos más poderosos frente a la lógica deshumanizadora de la guerra.

Otro aspecto destacable es la forma en que el libro prolonga el acontecimiento más allá del instante de la explosión. La historia no concluye ese 6 de agosto de 1945. Las secuelas físicas, psicológicas y sociales acompañarán durante años a las personas supervivientes, convertidas en hibakusha, una categoría marcada durante por la enfermedad, la discriminación y el estigma. La bomba no mata únicamente en el momento de caer; continúa haciéndolo mucho después a través de sus efectos sobre los cuerpos y las biografías. Más aún, cuarenta años después del primer reportaje, convertido en activista contra las armas nucleares, Hershey retornó a Japón para volver a hablar con las mismas personas, incorporando un precioso quinto capítulo a su relato original.

Leído desde el presente, Hiroshima conserva una vigencia extraordinaria. En un tiempo en el que las guerras vuelven a afectar masivamente a la población civil y en el que la amenaza nuclear no ha desaparecido, el libro recuerda que toda reflexión sobre la estrategia, la seguridad o la disuasión resulta moralmente insuficiente si pierde de vista a quienes soportan realmente las consecuencias de la violencia. La gran aportación de Hersey consiste en obligarnos a contemplar la guerra desde abajo, desde la experiencia concreta de las víctimas, cuestionando cualquier discurso que reduzca la guerra a un problema técnico o geopolítico. Su fuerza no procede de la denuncia explícita, sino de una decisión narrativa profundamente ética, como es la de poner nombre, rostro e historia a quienes la lógica militar había convertido en simples daños colaterales: Toshiko Sasaki, Hatsuyo Nakamura, Masakazu Fujii, Wilhelm Kleinsorge, Terufumi Sasaki, Kiyoshi Tanimoto. Esa elección convierte el libro en un alegato de enorme potencia contra la deshumanización inherente a la guerra y en una defensa radical de la dignidad de toda vida humana.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Eterno anochecer

Forugh Farrojzad
Eterno anochecer. Poesía completa
Edición, traducción y notas de Nazanin Armanian
Gallo Nero, 2025 

"De la tierra de la luz, del amor, del dolor y la negrura,
una mujer partió de madrugada;
se arrastró, como un ave sin plumas que ha perdido el camino, 
y cargó con su hato repleto de fatigas y zozobra.

Ni una triste lágrima derramó nadie por su ausencia.
No comprendió su idioma nadie.
No supo per, la multitud indiferente,
que su canto era un himno a la nostalgia y la mugre".


Este libro, que reúne por primera vez en castellano toda la poesía de Forugh Farrojzad, nos permite recorrer la intensa evolución de una autora que revolucionó la literatura persa contemporánea y cuya escritura sigue resultando sorprendentemente moderna al atreverse a convertir su propia experiencia de mujer en el centro de una poesía radicalmente libre.

Como indica la traductora, Nazanin Armanian, resulta imposible separar su obra de su biografía. Nacida en Teherán en 1935, casada muy joven, divorciada poco después y privada de la custodia de su hijo, Forugh Farrojzad desafió todas las convenciones de una sociedad profundamente patriarcal y teocrática, y fue objeto de escándalo por escribir sobre el deseo femenino, el cuerpo, el amor, el fracaso matrimonial o la soledad sin ocultarse tras metáforas complacientes ni adoptar la voz que la tradición reservaba a las mujeres. Como escribe en "Rebeldía":

No trates de ponerme candados de silencio, 
que tengo que contar aún varias historias.
Quítame de los pies estos grilletes
que laceran mi carne lacerada.
[...]
Más tú, varón, ser engreído,
no condenes mis versos por infame.
Qué sabes tú de lo que se desborda
de mi pecho en esta jaula asfixiante.
[...]
Un libro, algo de paz, de intimidad, de poesía,
lo suficiente como para emborracharme
con el vino fugaz de la vida. ¿Por qué coy a lamentarme
por no tener acceso al paraíso prometido, si en mi corazón
albergo el paraíso de cada latir?
[...]
Renuncia al hadiz, varón,
que el desafío te embriague de placer.
Dios todopoderoso me perdona.
¿Quién sino él me dio a mí, su poeta,
este corazón tan loco?

Lo que atraviesa estos poemas es la búsqueda de una existencia auténtica, capaz de sostener la libertad incluso cuando esa libertad conduce a la intemperie. Su obra contiene una resonancia política inevitable al afirmar una concepción de la libertad incompatible con cualquier forma de dominación y reclamar para las mujeres el derecho a ser sujetos completos de experiencia, deseo, pensamiento y creación. Su escritura desafía el orden patriarcal precisamente porque rechaza reducir la vida femenina al sacrificio, al silencio o a la obediencia. 

En este sentido, hay un aspecto de su poesía que me conmueve especialmente. Cuesta no sentir una profunda tristeza al comprobar hasta qué punto una mujer de una vitalidad desbordante, de una inteligencia extraordinaria y de una libertad tan poco común quedó atravesada por el sufrimiento amoroso. Sus poemas muestran una personalidad que se niega a aceptar las convenciones de su tiempo y que aspira a vivir el amor como un encuentro entre iguales. Sin embargo, una y otra vez aparece la experiencia de la ausencia, de la incomprensión, de la dependencia afectiva o del abandono. Así lo expresa en "Echada al olvido"

No sé en qué habré fallado
para que haya desecho de este modo
la madeja de amor que nos unía.

Si yo viví en su corazón,
¿por qué no vino a verme más, por qué?
Donde quiera que mire me lo encuentro
mirándome estos ojos que han llorado.
El mal de amores se hizo dueño,
resentido, anhelante,
de mi ánimo alegre.

Al leerla resulta inevitable preguntarse cuántas mujeres extraordinarias han tenido que medir su propia felicidad con hombres incapaces de reconocer plenamente su libertad o de sostener una relación verdaderamente igualitaria. La tristeza que dejan algunos de sus poemas no nace únicamente del desengaño amoroso, sino de la intuición de que una mujer tan excepcional se vio obligada a buscar, en un mundo profundamente patriarcal, una reciprocidad que ese mismo mundo hacía imposible.

Es verdad que Forugh Farrojzad no convierte esa vulnerabilidad en sumisión: ama intensamente, desea intensamente, sufre intensamente, pero jamás renuncia a su propia voz. Sus poemas no transmiten la imagen de una mujer derrotada por el amor, sino la de alguien que se resiste a aceptar un amor que exija disminuirse a sí misma para ser correspondida. Esto es algo que se percibe, creo, al tener la oportunidad de leer toda su obra, de ver la evolución de su escritura desde su primer libro, titulado Cautiva, publicado en 1955, hasta su quinto y último poemario, Tengamos fe en el principio de la estación fría, terminado poco antes de su trágica muerte y publicado de forma póstuma en 1974.

Los primeros libros presentan un tono confesional y romántico, dominado por la pasión amorosa, la culpa y el conflicto entre el deseo y las normas sociales, con poemas intensos, a veces vehementes, donde la afirmación del yo aparece ligada al sufrimiento de quien intenta abrirse paso en un mundo que la condena. Pero, libro tras libro, esa voz va desprendiéndose de cualquier sentimentalismo para adquirir una profundidad existencial extraordinaria. En Otro nacimiento y, sobre todo, en Tengamos fe en el principio de la estación fría, la experiencia personal se convierte en una interrogación sobre el tiempo, la muerte, la naturaleza, la memoria y el sentido mismo de vivir. De este último libro es el poema "La ventana":

Una ventana para ver,
una ventana para oír,
una ventana como el aro de un pozo.
Su fondo llega al corazón de la tierra
y se abre hacia lo inmenso de esa amorosa continuidad de color azul.
Una ventana que llenan las pequeñas manos solitarias
de la generosidad nocturna del aroma
de las magnánimas estrellas.
Y se puede ver dese allí
invitar al sol a la añoranza de los geranios.
Me basta una ventana.

La poeta escribe desde la herida, pero también desde una inagotable voluntad de seguir viviendo. En sus versos hay una confianza obstinada en la posibilidad del renacimiento, de encontrar una nueva forma de habitar el mundo incluso después del dolor. La naturaleza ocupa un lugar central en esta búsqueda: árboles, pájaros, jardines, estaciones, lluvia o viento aparecen constantemente en sus poemas, constituyendo un lenguaje con el que pensar la transformación, la fertilidad, el desgaste del tiempo y la esperanza. Frente a una cultura que pretende inmovilizar la vida bajo normas morales rígidas, la naturaleza representa el movimiento continuo, el cambio y la posibilidad de comenzar de nuevo. Incluso  el invierno, la estación fría, contiene la promesa de otra primavera.

La temprana muerte de la autora, en un accidente de automóvil cuando apenas contaba treinta y dos años, contribuyó a convertirla en una figura casi legendaria. Sin embargo, el verdadero motivo por el que continúa siendo una de las grandes voces de la literatura del siglo XX no reside en el mito biográfico, sino en la fuerza de una obra que ha sobrevivido a los cambios políticos, culturales y religiosos de Irán. Leída desde el presente, Eterno anochecer demuestra que la poesía puede convertirse en un espacio de resistencia frente a todo  los intentos de clausura de la vida.