domingo, 26 de marzo de 2017

Lo que podemos aprender del "caso Trump"



1) Que la ideología está bien a la hora de orientar la investigación social (en la fase de descubrimiento puede contribuir a formular interesantes preguntas e hipótesis de investigación); 2) que esta debe, en el contexto de justificación, bajar al terreno y prestar atención cercana a los procesos sociales complejos, que muchas veces no se dejan atrapar por la ideología; y 3) que la ciencia social debe animar a la ciudadanía a militar en la defensa de sociedades lo más abiertas y decentes posibles (con lo que la ideología vuelve a ser importante).

[1] La editorial Traficantes de Sueños ha recogido en un sólo volumen, titulado Estados Unidos: Homeland, diversos artículos en los que firmas habituales de la revista New Left Review analizan distintos aspectos de la estructura social estadounidense.
Imagen de cubierta: ESTADOS UNIDOS: HOMELAND
De entre estos artículos, quiero referirme ahora al de Perry Anderson, titulado precisamente "Homeland", publicado originalmente en el número 81 de la NLR, en 2013. El artículo nos ofrece un interesantísimo análisis de la evolución del escenario político-electoral de Estados Unidos desde los años 30, atendiendo a los factores subyacentes (régimen de acumulación, cambios en la sociología del electorado, cambios en el sistema de valores) que explican sus distintos momentos. Sin embargo, falla a la hora de proyectar a futuro ese mismo análisis.
Así, analizando estos factores subyacentes a partir de los 90, Anderson afirma que "la crisis financiera, los cambios demográficos, la transformación sociocultural: en las postrimerías de la presidencia de George W. Bush todo favorecía a los demócratas". En su opinión, la victoria de Bill Clinton en 1992 se corresponde con "un paulatino cambio histórico en la sociología del electorado desde la década de 1990 y que desde hacía tiempo se había predicho que acabaría alterando el equilibrio entre los dos partidos". Desarrollando este argumento, Anderson señala lo siguiente:
 
"Los ultraconservadores y ultrapatriotas conquistados por Nixon y Reagan se habían reducido: entre 1980 y 2010 la proporción de blancos sin enseñanza superior disminuyó del 70 al 40 por 100. La proporción del electorado no blanco –negros, mestizos y amarillos– se había duplicado desde la victoria de Clinton en 1992, pasando del 13 al 26 por 100. Desde entonces ningún republicano ha obtenido la mayoría en el segmento de mayor crecimiento, el de los hispanos. Y lo más importante, las mujeres que votan, cuya proporción ya había comenzado a ser mayor que la de los varones en la década de 1980, a partir de la de 1990 no solo lo ha votado mayoritaria e invariablemente por los demócratas, sino que su participación crece desproporcionadamente. En 2008 votaron alrededor de 10 millones más de mujeres que hombres. A esos dividendos demográficos se han ido añadiendo los efectos gradualmente acumulativos de la desregulación cultural, a medida que descendía la tasa de matrimonios y la proporción de creyentes confesos. En la década de 1950, más del 90 por 100 de los votantes estadounidenses menores de treinta años estaban casados; hoy día sólo lo está menos del 30 por 100. Las parejas casadas constituyen ahora solo el 45 por 100 de los hogares, aquellos con niños representan tan solo el 20 por 100. Más de una cuarta parte de la población ya no se considera a sí misma cristiana. Esa relajación del corsé cultural –compatible, por supuesto, con el conformismo o el beneplácito hacia los mercados– ha ido más lejos en los dos grupos históricamente más afectados por la domesticación de la contracultura, la juventud y los profesionales ricos, que ahora son depósitos privilegiados de votos demócratas, y ha afectado de forma decisiva al Cinturón del Sol: California, el estado más poblado del país, se hizo mayoritariamente demócrata a mediados de la década de 1990, del mismo modo que el sur se hizo mayoritariamente republicano. El efecto neto de esos cambios ha sido sustituir lo que en otro tiempo se podía entender como política de clase por lo que parece ahora más próximo a la política identitaria como base de la formación de coaliciones y de la movilización electoral. En ese proceso los condicionantes tradicionales relativos a los ingresos han ido perdiendo importancia o convirtiéndose en su opuesto".

Es verdad que "el azar de una mala conducta sexual hizo volver a los republicanos por una ventaja infinitesimal", y que el caso Lewinsky sirvió como "emblema chabacano" que catalizó una reacción vehemente de las "tropas de choque de la movilización electoral republicana", autoconstituidas en "mayoría moral". Pero esta base republicana "embriagada" -afirma Anderson- ha chocado siempre con "su alto mando, sólidamente anclado en los grandes negocios desde la Reconstrucción", que siempre  permaneció más sobrio:

"En una pauta iniciada en la década de 1950, los estallidos de extravagancia desde abajo fueron contrarrestados por los más realistas desde arriba, chocando una oleada tras otra contra la raison de parti en la competencia electoral. Joe McCarthy fue censurado formalmente por el Comité Watkins; la John Birch Society y su fundador Robert W. Welch fueron marginados por The National Review de W. F. Buckley; Goldwater fue aplastado en las urnas; hasta Reagan acabó desilusionando a los puristas; Gingrich se desinfló; Robertson implosionó. Es poco probable que el último de esos avatares, el Tea Party, vaya a perdurar".

De ahí su conclusión: "los demócratas tienen todas las bazas". ¿Por qué? Porque los factores subyacentes juegan a su favor:

"Las proyecciones demográficas les favorecen, al hacerse cada vez mayor en el electorado la proporción de la generación Y, (esto es aquellos nacidos entre 1980 y 2000), y de los hispanos, mientras que la de los blancos declina. La ventaja ideológica se ha desplazado también en su dirección y probablemente aumentará, en la medida en que la raza y la religión se convierten en lastres, más que en ventajas en la construcción de una mayoría electoral; además, el país ya no parece correr tantos peligros en el exterior. Tras la inesperada victoria de Bush en 2000, la Guerra contra el Terror ofreció el suplemento de un nacionalismo hiperbólico para la consolidación republicana en el poder en 2004; pero al desinflarse la batalla contra el terrorismo, como antes contra el comunismo, la administración del imperio ya no requiere un ambiente de emergencia nacional. Del mismo modo que en la década de 1990, el bastón de mando estratégico pudo pasar sin ningún incidente a Clinton, reajustando socialmente la fórmula para el dominio neoliberal, hoy día Obama puede dar un giro cultural sin temor a ser vencido en una puja de seguridad imperial, dejando la versión republicana reducida al tema menor de la impuestofobia".

[2] Pero, ¡ay!, en estas irrumpió Trump, que ha vuelto a embriagar a las tropas de choque republicanas, ha reactivado al Tea Party, ha puesto de rodillas al alto mando del partido, ha reactivado la religión y la raza como fundamentales ejes políticos, ha revivido a los blancos poco educados ultrapatriotas y ultraconservadores y ha elevado el umbral colectivo de miedo hasta el DEFCON 3, recuperando un discurso abiertamente militarista. 
Resultado de imagen de hochschild strangersLa lectura del libro de la socióloga Arlie Russell Hochschild Strangers in Their Own Land ("Extranjeros en su propio país") nos permite aproximarnos a la vida y la visión del mundo de las personas que han hecho posible la sorprendente victoria de tan peligroso demagogo. Durante cinco años, Hochschild ha compartido conversaciones, fiestas, actos políticos, celebraciones religiosas, con 
buscando entender sus emociones y sentimientos más profundos (deep story), con el fin de poder imaginarse a sí misma (una mujer educada, progresita y urbanita) en los zapatos (into their shoes) de esas personas tan distintas de ella misma. Para ello se trasladó a Lousiana, uno de los estados más pobres, contaminados y subsidiados de Estados Unidos, para convivir con fervorosos militantes del Tea Party.
Allí se enfrentó a la Gran Paradoja (Great Paradox) que supone encontrarse con personas que luchan por preservar los recursos productivos y ecológicos de sus ciudades y pueblos, amenazados por las grandes empresas petroleras y alimentarias, pero que en lugar de confiar en la intervención reguladora del gobierno ponen todas sus esperanzas en el mercado libre: "Small farmers voting with Monsanto? Corner drugstore owners voting with Walmart? The local book-store owner voting with Amazon?". Así de paradójico: pequeños granjeros votando lo mismo que la multinacional de las semillas transgénicas Monsanto, pequeños comerciantes de proximidad votando lo mismo que la mastodóntica y agresiva corporación Walmart, libreros locales votando lo mismo que Amazon.
Hochschild considera que esta paradoja es posible porque las y los militantes del Tea Party sitúan su auto-interés emocional (emotional self-interest) por encima de su interés económico. "Me di cuenta -escribe Hochschild- de que el Tea Party no era tanto una agrupación política como una cultura, una manera de ver y de sentir acerca de un lugar y su gente".
He reflexionado sobre cuestiones parecidas en un artículo titulado "Desamparo, populismo y xenofobia". Habrá que seguir reflexionando sobre estas cuestiones, pero pisando suelo y sin que la ideología ciegue nuestros ojos analíticos. 

[3] Lo cual no es óbice para que, tras el análisis, recuperemos la dimensión ideológica, normativa. Es lo que hace el historiador Timothy Snyder en su libro Sobre la tiranía: veinte lecciones que aprender del siglo XX.
Resultado de imagen de snyder sobre la tiraníaQue un reputado historiador, especialista en los movimientos totalitarios característicos de la primera mitad del siglo XX, recurra a su disciplina y a sus conocimientos para advertir a sus compatriotas estadounidenses contra la deriva tiránica que el Trumpismo puede significar, y que los aliente a resistirse a la misma, resulta tan alarmante (la cosa es seria) como admirable (precisamente porque la cosa es seria, la tentación de los académicos es refugiarnos en nuestros despachos).
Estas son las veinte lecciones que Snyder nos propone, a cada una de las cuales dedica un breve capítulo:

1. No obedezcas por anticipado.
2. Defiende las instituciones.
3. Cuidado con el Estado de partido único.
4. Asume tu responsabilidad por el aspecto del mundo.
5. Recuerda la ética profesional.
6. Desconfía de las fuerzas paramilitares.
7. Sé reflexivo, si tienes que ir armado.
8. Desmárcate del resto.
9. Trata bien nuestra lengua.
10. Cree en la verdad.
11. Investiga.
12. Mira a los ojos y habla de las cosas cotidianas.
13. Practica una política corporal.
14. Consolida una vida privada.
15. Contribuye a las buenas causas.
16. Aprende de tus conocidos de otros países.
17. Presta atención a las palabras peligrosas.
18. Mantén la calma cuando ocurra lo impensable.
19. Sé patriota.
20. Sé todo lo valiente que puedas.

Esperemos que no haga falta, pero por si acaso...

martes, 21 de marzo de 2017

Crisis, política, convivencia

Los pasados 10 y 11 de marzo participé en el Seminario "La convivencia amenazada: anhelos y radicalismos", organizado en Zaragoza por la Fundación Seminario de Investigación para la Paz.Un auténtico placer. Al día siguiente, el Heraldo de Aragón publicó una entrevista al respecto. Muchas gracias a Concha Roldán por la conversación.



Por razones de espacio, la entrevista publicada fue un poco más reducida. Aquí puede leerse íntegramente.


1) La crisis, con los recortes y las desigualdades creadas; los incumplimientos de las promesas políticas; y una cierta impunidad con la corrupción han llevado a muchos ciudadanos a desconfiar de los políticos y de la política. ¿Tiene arreglo o es irreversible?

Seguramente hay procesos o situaciones que tienen arreglo, pero otras son irreversibles. Dicho de otra manera, has situaciones que pueden solucionarse mediante reformas del sistema político actual, con medidas de transparencia, dación de cuentas, control, etc. Pero hay otras situaciones que exigen un “reseteo” del sistema. Porque las bases sobre las que se construyó el actual sistema de representación política (partidos de masas con fuerte impronta ideológica, ciudadanía encuadrada y homogénea, soberanía nacional, etc.) se han agotado y hoy nos encontramos en un mundo completamente distinto. En estas circunstancias, vamos a tener que aprender a vivir durante mucho tiempo entre dos mundos: el de las reformas parciales y el de las orientaciones de cambio estructural.

2) ¿Qué es lo que más daño sigue haciendo?

Si, según la provocadora reflexión de Hannah Arendt, política significa, esencialmente, poder comenzar, parece evidente que no hay mejor manera de relegitimar la participación política que recuperar su función transformadora. Lo cual supone combatir ese estilo de pensamiento político que proclama, da igual que lo haga con alegría o con melancolía, que las cosas son como son y no pueden ser de otra manera. El discurso de la inevitabilidad, la idea de que el espacio para la transformación de la realidad se ha reducido hasta prácticamente desaparecer, es la mejor manera de transmitir la idea de que la política, y por lo mismo la participación, es absolutamente prescindible, bastando con una eficaz gestión tecnocrática de los asuntos humanos. Esto es lo que hay que combatir.

3) De todos estos males, ¿cuál o cuáles van a ser más difíciles de superar?

El interés por la participación política tiene mucho que ver con la manera en que la actividad política se hace llegar a la ciudadanía. Una sociedad en la que se vuelven comunes frases como “yo no entiendo de política”, “yo no me meto en política”, “la política no me interesa” y otras similares, es una sociedad cívicamente enferma. Tales expresiones indican que las cuestiones políticas son percibidas como cuestiones fundamentalmente ajenas a nuestras auténticas preocupaciones, lo que es un error. Y no me sirve la respuesta de que el problema es que la política se ha vuelto cada vez más compleja, de manera que las cuestiones que se plantean son demasiado complicadas para el ciudadano normal. ¿Acaso no existen centenares de personas que, estando ellas o alguno de sus familiares afectadas por una de esas denominadas “enfermedades raras”, se preocupan de mover tierra y cielo para buscar toda la información necesaria para afrontar dicha enfermedad, sin contentarse con la asistencia médica? El desinterés es, casi siempre, consecuencia, que no causa, de una política alejada, en el fondo o en las formas, de las preocupaciones ciudadanas. Por tanto, es fundamental conectar la acción política con los intereses ciudadanos.

4) Hay mucha gente que lo primero que dice de la política es que no va a volver a votar. De hecho, la abstención aumenta. ¿Son recuperables estos votos?

En España hemos podido comprobar que sí, que muchos de esos electores desanimados han vuelto a activarse en la medida en que han surgido nuevas temáticas o, sobre todo, nuevas fuerzas políticas que han “reencantado” un espacio político rutinizado. Hay una abstención estructural, numéricamente importante, de personas que nunca han participado en las elecciones; es como esa gente que dice que nunca ha leído un libro: no quiero decir que sea imposible, pero no es fácil hacerles cambiar de posición, ya que en general se abstienen por falta de interés. Luego hay personas que no votan, o que lo hacen ocasionalmente, pero que sí tienen interés por la política, que incluso tienen otras participaciones políticas no institucionales en movimientos sociales, ONGs, etc: está es la parte de la abstención que puede ser recuperada.

Es preciso reconocer que la participación no se agota en los procedimientos de la democracia representativa y delegacionista. Más aún, hay que pensar que tal vez este delegacionismo esté en la base de la creciente desafección democrática y de la apatía ciudadana. Las instituciones deben ser sensibles a la participación. Se trata de disponer de estructuras (nuevas o renovadas) que sirvan para intermediar efectivamente entre los ciudadanos y los responsables políticos: referéndum, iniciativa legislativa popular, comisiones parlamentarias, etc. Pero se trata, también, de actitudes: deben aprender a escuchar y, sobre todo, deben aprender a demostrar que escuchan.

5) La aparición de nuevos partidos en España y su actividad ya en las instituciones, ¿Cómo se está encajando en la vida política española y qué están aportando, aparte de la desaparición de las mayorías absolutas?


Cuando hablamos de los “nuevos partidos”, en realidad estamos hablando de dos campos muy distintos. Por un lado estaría el campo liberal-conservador que hace años quiso renovar UPyD y que ahora ocupa Ciudadanos. Su aportación me parece interesante desde una perspectiva reformista, ya que ha introducido prácticas y discursos de renovación que han acabado por afectar al PP, atemperando sus rasgos más conservadores en relación a cuestiones de derechos civiles (matrimonio homosexual, por ejemplo), aunque no en los temas sociales y económicos: en esto, las diferencias son mínimas. Más relevante me parece lo que está ocurriendo en el campo de las izquierdas, con las iniciativas del nuevo municipalismo, las confluencias y, sobre todo, Podemos. Aquí, el efecto sobre la vieja política ha sido enorme. Yo suelo decir que Podemos ha actuado como una rotabator: esa máquina agrícola que se utiliza para remover la tierra con el fin de prepararla para la siembra. Ha aireado un terreno político que estaba seco, sin oxígeno, y lo ha preparado para sembrar nuevas formas de hacer política. Sin duda aún es pronto para valorar hasta qué punto ha conseguido hacer florecer esas novedades, pero ya solo el hecho de remover la vieja política es fundamental.

6) Cómo piensan muchos ciudadanos de los políticos, ¿Todos son iguales?

Es evidente que todas las personas que se dedican a la política no son iguales, aunque sólo sea porque no hay dos personas iguales, se dediquen a lo que se dediquen. Las personas que están en la política siguen teniendo sus especificidades, en todos los sentidos: trayectorias vitales, experiencias existenciales, convicciones morales, capitales social y educativo, etc. Esto hace que se comporten de forma distinta ante situaciones similares. Pero es verdad que el ecosistema de la política, tal como se practica hoy en día, tiende a seleccionar a un tipo de personas cada vez más específico: personas o personalidades dóciles, acríticas, poco reflexivas, instrumentales… Aquí si funciona el estereotipo del político pragmático y sin principios. Pero no es un problema de las personas, sino de la lógica del sistema político.

7) ¿Qué propuestas de futuro puede haber para una renovación de la convivencia?

Me resulta muy difícil responder con brevedad a esta pregunta. Pero si tengo que hacerlo, yo diría que debemos aprender a hacer las paces con nuestra propia complejidad para así degustar la complejidad de los demás. Como denuncia Amin Maalouf, cuando nos preguntan qué somos están suponiendo que “en lo profundo” de cada persona hay una sola pertenencia de la que fluye nuestra esencia, una pertenencia inmutable en sus fundamentos y a la que nos debemos, que puede ser traicionada pero nunca modificada. Y cuando desde esta perspectiva se nos incita a que afirmemos nuestra identidad, lo que se nos está diciendo es que reduzcamos al máximo la compleja trama de pertenencias y referencias que nos constituye como individuos únicos con capacidad de construir un complicado universo de vinculaciones. En realidad somos un haz de pertenencias entrelazadas, no siempre coherentes. En la práctica, hacer las paces con la complejidad, con la impureza si se quiere, exige reconvertir las identidades nacionales, étnicas o religiosas en procesos, cuestionando todo intento de naturalizarlas, de objetivarlas, de fosilizarlas; pensar menos en términos de identidades y más en términos de identificaciones. También exige fomentar todos los compromisos que relacionen entre sí las divisiones nacionales, étnicas o religiosas establecidas; buscar las semejanzas allí donde otros pretenden levantar muros de separación; señalar las diferencias allí donde otros pretenden definir unidades supuestamente naturales.

domingo, 19 de marzo de 2017

Novelas de ficción llenas de historia

Tanto tiempo sin poder dedicar un rato a este blog...
Aunque las cosas sigan igual, me obligo esta tarde a retomar conversaciones. Vuelvo a lo más fácil, algunas recomendaciones de lectura. Aunque también hay quien me las demanda.

[1] Leía hoy en EL PAÍS sobre el caso de Michael Karkoc, ucranio encuadrado en las SS durante la Segunda Guerra Mundial, acusado de crímenes de guerra, que desde 1949 vivía en Minneapolis. También hay nazis refugiados en Estados Unidos en la última novela de John Connolly, La canción de las sombras (Tusquets). En sus páginas nos reencontramos con un Charlie Parker física y mentalmente herido, convaleciente tras su último caso. Una historia más sobria y "realista" que otras anteriores, con menos presencia de los sobrenatural, también con menos presencia de sus habituales compañeros Angel y Louis. Pero igualmente bien escrita, sensible y adictiva.

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[2] Cualquier otro día (RBA, 2010), de Dennis Lehane es una novela escrita con el telón de fondo del Boston de los años posteriores a la Primera Guerra Mundial. Un tiempo de huelgas obreras, de lucha sindical, de auge del anarquismo, de conflictos raciales. A ratos me recordaba la magistral novela de E.L. Doctorow Ragtime, sobre la que se basó la película homónima dirigida en 1981 por Milos Forman.
Pero Lehane tiene un lenguaje propio, de gran narrador, como demostró en su impresionante Mystic River. Un fragmento de la novela: unas frases puestas en boca del que con el tiempo sería primer director del FBI, el siniestro John Edgar Hoover:

¿Quiere que le diga qué nos ha demostrado la guerra? Que el enemigo no está sólo en Alemania. El enemigo vino en barcos y se benefició de nuestra política de inmigración laxa y montó aquí el tenderete. Adoctrina a los mineros y a los obreros de las fábricas y se hace pasar por amigo del trabajador y el oprimido. Pero ¿qué es en realidad? En realidad es un embustero, un engatusador, una plaga extranjera, un hombre decidido a destruir nuestra democracia. Debe ser reducido a polvo.

Hay cosas que no cambian.
Por cierto, Cualquier otro día es el primer libro de una trilogía que continuó con Vivir de noche (RBA, 2012) y acaba de finalizar con Ese mundo desaparecido (Salamandra, 2017).

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[3] También he leído Falcó (Alfaguara, 2016), de Arturo Pérez Reverte. Agente de inteligencia al servicio del ejército franquista en plena Guerra Civil, el protagonista de la novela no es precisamente un personaje con el que resulte fácil identificarse. Seguramente, tampoco con el autor. Pero qué le voy a hacer, he disfrutado mucho con algunos libros de Pérez Reverte (Territorio comanche, La sombra del águila, El pintor de batallas, Hombres buenos) y, sobre todo, con Alatriste. Pérez Reverte construye personajes creíbles, moralmente ambiguos, los sitúa en escenarios muy realistas y siempre incorpora su particular toque de distanciamiento cínico:

Ginés no se daba por vencido. Tragó saliva.
- Lo de la otra noche, con... Bueno, ya sabes. Lo de Juan Portela... Eso nos ha unido un poco, ¿no te parece?
Falcó lo miró con dureza.
- ¿De verdad crees que matar a alguien une a quienes lo matan?
- Hay ciertas cosa...
- No me jodas -Falcó encendió un cigarrillo. Sé buen chico, anda. Haz tu guerra, salva a José Antonio y salva a España de la horda marxista, si puedes. Pero no me jodas.

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[4] Padre e hijo (Dirty Works, 2016), de Larry Brown, es una novela dura y seca como el Mississippi de 1968 en el que tiene lugar la historia que nos cuenta. Una mezcla de Faulkner, Ellroy y Bukowski. A ratos he sufrido leyéndola. Pero es un novelón que te atrapa y te zarandea esperando un final que, afortunadamente, no es tan terrible como parecía. Aunque terrible, es..

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[5] Enterrad a los muertos (Salamandra, 2016) es la segunda novela de Louise Penny publicada en castellano, con el inspector jefe Gamache de protagonista. En un Quebec cubierto por la nieve, la aparición del cadáver de un conocido investigador y activista nacionalista en el sótano de la Sociedad Literaria e Histórica, uno de los escasos centros de referencia de la minoritaria comunidad inglesa en la ciudad amenaza con revolver tensiones larvadas entre las comunidades francófona y anglófona. Penny escribe extraordinariamente bien, y las 475 páginas del libro se hacen cortas. Gamache es un personaje de lo más atractivo y el telón de fondo del conflicto québécois añade interés a una investigación criminal ya de por sí interesante:

Aunque lo más desconcertante del asunto era la estupefacción que mostraban las publicaciones francófonas. Tan sorprendente como el descubrimiento del cadáver de Augustin Renaud era el hallazgo de tantas personas vivas, gente angloparlante, que llevaba tanto tiempo entre ellos.
La ciudad de Quebec parecía estar dándose cuenta en esos momentos de que los ingleses seguían allí.
- ¿Cómo es posible que no supiesen que estábamos aquí? -se lamentó Winnie, mientras leía la página por encima del hombro de Elizabeth.
Esta también había sentido una punzada. Una cosa era ser vilipendiados, tratados como sospechosos o como amenazas. Incluso como el enemigo. Para todo eso estaba preparada. Pero no para no tener ni pizca de visibilidad.
¿Desde cuándo pasaba eso? ¿Cuándo habían desaparecido y se habían vuelto fantasmas en su propia ciudad natal? Elizabeth miró al señor Blake, que también había bajado el periódico y tenía la mirada perdida.

Enterrad a los muertos

[6] El último libro de Andrea Camilleri con el comisario Montalbano de protagonista se titula Muerte en mar abierto (Salamandra, 2016) y contiene ocho historias en las que el autor siciliano vuelve a demostrarnos su humanidad y su ironía.. También su militante rechazo a que determinadas "prácticas habituales" acaben por hacer imposible la justicia y la decencia, particularmente cuando los perpetradores son personas poderosas:

El fiscal Gaetano Mistretta se había puesto rojo como un tomate al oír las primeras identificaciones. Se secó el sudor de la frente y dijo:
- Deje aquí los vídeos y ni una palabra a nadie. Usted ya no va a encargarse de este caso. Y el dottor Gianquinto tampoco. Lo llevarán los de la Brigada de Homicidios. Es una orden tajante.
Montalbano se puso en pie y se marchó sin despedirse.
No protestó. Era inútil, sabía cómo acabaría la cosa.
Según la práctica habitual, el dottor Gaetano Mistretta archivó la nota y las cintas de vídeo y las puso en un expediente que rotuló, según la práctica habitual (además de la prudencia), "sospechosos sin identificar",
Antes de abandonar su despacho al término de su jornada laboral, el dottor Gaetano Mistretta cogió el expediente de los sospechosos sin identificar y , según la práctica habitual, lo metió en un cajón de su escritorio, que cerró con llave.
Y, una vez más, según la práctica habitual, esa misma noche entraron en el despacho del dottor Gaetano Mistretta dos ladrones que iban sobre seguro e hicieron desaparecer sólo aquel expediente.
No obstante, y en previsión de lo que sucedería según la práctica habitual, también el dottor Salvo Montalbano había actuado de acuerdo a la forma prevista. Así, antes de entregarle la carta de Guarnotta y los tres vídeos al fiscal, le había pedido a Catarella que hiciera copias de todo.
Las tenía bien escondidas, con la esperanza de que llegaran tiempos mejores.

Muerte en mar abierto


sábado, 18 de febrero de 2017

El futuro de Europa se juega en el Mediterráneo

[1] Leo a Alain Finkielkraut desde hace muchos años. Lo leo con interés y dedicación, aunque no comparto muchos de sus juicios; o porque no comparto muchos de sus juicios: de entre las muchas autoras y autores ajenos, en principio, a mi tradición política y filosófica, Finkielkraut es uno de los que más me cuestiona y me hace pensar. Es verdad que me sentía más interpelado por el autor de La humanidad perdida (1998 [1996]) -"Que los hombres sean primero hombres y sólo después miembros de una casta o titulares de una genealogía significa que ya no pertenecen a su pertenencia. Esta irreductibilidad del individuo a su rango, a su estatuto, a su comunidad, a su nación, a su extracción o a su linaje es su libertad"- o de La ingratitud (2001 [1999]) -"Del desarraigo de los apátridas al internamiento concentracionario, la negación de lo humano ha tomado forma de desolación, es decir, de privación de suelo, de experiencia radical y desesperada de una absoluta no pertenencia al mundo"- que el último Finkielkraut de Lo único exacto (Alianza, 2017 [2015]), cada vez más obsesionado con el control de las migraciones por razones que, existiendo ciertamente en la sociedad francesa (y europea) y respondiendo a temores e incertidumbres que deben ser comprendidos antes que estigmatizados, no pueden ser "blanqueados" con la facilidad y ligereza con la que lo hace el pensador francés.
"Luchar contra el islamismo -escribe- es proporcionarse los medios para recuperar los territorios perdidos de la nación, reconstruyendo la escuela republicana entontecida, estropeada e incluso saqueada por medio siglo de reformas demagógicas, y dominando los flujos migratorios, porque cuantos más inmigrantes llegados del mundo árabe-musulmán hay, más se fragmenta la comunidad nacional y más se desarrolla la propaganda radical". ¿De verdad es el combate contra el islamismo el principal motivo para recuperar los territorios perdidos de la nación, en particular la escuela republicana?
"Dejo a los expertos -continua- la tarea de decidir si hay que elegir para los que van llegando la vía de la integración o la vía de la asimilación. Lo único que yo sé es que los habitantes de un mismo territorio no pueden vivir junto si sus relojes no marcan la misma hora. La sincronización se impone. Y es incompatible con seguir buscando, al ritmo actual, la inmigración de poblamiento".  ¡Qué simpleza la referencia al reloj! Por supuesto que la vida en común exige sincronización, pero ¿de qué tipo? ¿La sincronización metálica de un desfile militar? ¿La sinfónica y polifónica de una orquesta de música clásica? ¿La sincronización aparentemente desorganizada pero de un grupo de jazz?
"Nadie es por esencia o por fatalidad extraño a la urbanidad francesa. Para que todos lleguen a ser contemporáneos, sin embargo, no debe seguir aumentando indefinidamente el número de quienes no lo son de partida". Acabáramos. No sé lo que ocurre en Francia, pero si existe algo así como una "urbanidad vasca", quienes la cuestionan en la práctica cada día -con quedadas para enfrentarse con otros hooligans, incumpliendo las normas básicas de la seguridad en la conducción, enguarrando los espacios públicos con todo tipo de residuos, eludiendo la solidaridad fiscal...- son, en su inmensa mayoría, "contemporáneos de partida".
Y así, termina Finkielkraut reprochando al papa Francisco su discurso ante el Parlamento Europeo el 25 de noviembre de 2014 y su advertencia de que, por inacción, Europa pueda permitir que "el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio". Considera Finkielkraut que el discurso del papa contrapone y enfrenta "el corazón y la razón", desconociendo que el deber tiene que nfrentarse muchas veces a encrucijadas."Esgrimiendo la caridad cristina como único viático -escribe-, se niega a pensar en las consecuencias de la inmigración de poblaciones a los pueblos europeos". Leyendo el párrafo que incluye la advertencia del papa contra la transformación del Mare Nostrum en Mare Mortum, creo que la acusación de buenismo irracional no se sostiene:
"No se puede tolerar que el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio. En las barcazas que llegan cotidianamente a las costas europeas hay hombres y mujeres que necesitan acogida y ayuda. La ausencia de un apoyo recíproco dentro de la Unión Europea corre el riesgo de incentivar soluciones particularistas del problema, que no tienen en cuenta la dignidad humana de los inmigrantes, favoreciendo el trabajo esclavo y continuas tensiones sociales. Europa será capaz de hacer frente a las problemáticas asociadas a la inmigración si es capaz de proponer con claridad su propia identidad cultural y poner en práctica legislaciones adecuadas que sean capaces de tutelar los derechos de los ciudadanos europeos y de garantizar al mismo tiempo la acogida a los inmigrantes; si es capaz de adoptar políticas correctas, valientes y concretas que ayuden a los países de origen en su desarrollo sociopolítico y a la superación de sus conflictos internos – causa principal de este fenómeno –, en lugar de políticas de interés, que aumentan y alimentan estos conflictos. Es necesario actuar sobre las causas y no solamente sobre los efectos".


[2] Hace años que vengo denunciando el mortífero Muro de Agua en el que hemos convertido el Mediterráneo. Esta tarde me gustaría poder estar en Barcelona, sumándome a la manifestación que desde las 16:00 reclama vías seguras y legales para que las personas que salen de África huyendo de la guerra, la represión o la necesidad no tengan que jugarse la vida. Desde la distancia, la estoy siguiendo en directo. Muchísima gente. ¡Qué bueno!.
El escritor sueco Henning Mankell solía decir en muchas entrevistas que la solución a la cuestión de la inmigración debería ser construir un puente entre África y Gibraltar, pagado por los europeos. No es esta una propuesta que inmediatamente pueda llevarse a la práctica, no es por tanto una solución. Pero sí es una manera provocadora de reivindicar esa naturaleza profunda de Europa como puente y no como barrera, como proyecto permanentemente abierto y no como constructo definitivamente clausurado, como geografía indecisa e indefinida y no como territorio delimitado, como apertura y no como cierre.
Claudio Magris ha dedicado muchas páginas, sobre todo las de su maravilloso ensayo El Danubio, a recordarnos que fue en sus regiones centrales (Alemania, Austria, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía), regadas por el poderoso río Danubio, donde Europa estuvo muchas veces a punto de perecer, como consecuencia de la confrontación entre religiones, culturas, naciones; y que el futuro de una Europa unida depende de que los recuerdos, las huellas y las raíces de tales confrontaciones, puedan resignificarse en un proyecto compartido.
Yo creo que si el pasado de Europa se jugó en torno a un río, el Danubio, y a su potencial tanto conector como separador, el futuro de Europa se jugará en torno a un mar, el Mediterráneo, igualmente separador o vinculador.

martes, 31 de enero de 2017

La crisis de las izquierdas


A propuesta de Alberto Surio, el pasado miércoles nos juntamos para charlar sobre "la crisis de las izquierdas". Antonio Rivera y yo mismo le dimos unas vueltas a una crisis que es general, estructural.


No sé si avanzamos algo, o si nos quedamos dando vueltas en la noria. Aquí va la conversación, tal como se publicó el domingo en el Diario Vasco:


Imanol Zubero y Antonio Rivera analizan desde el ‘mundo de las ideas’ la crisis que atraviesa la izquierda clásica europea en un contexto paradójico de aumento de la desigualdad en el que emerge el populismo del malestar. Ambos comparten la necesidad de reinventar «un nuevo modelo» que regrese a los orígenes.

–La izquierda europea vive una crisis estructural. ¿Ven luz al final?

–Imanol Zubero: Es complicado. No es una crisis coyuntural, es estructural. Habría que remontarse a los años 70, a la recomposición de la derecha neoliberal, al declive del ecosistema cultural de la izquierda.

–Antonio Rivera: A partir de los 70 comienza a sustituirse una hegemonía cultural progresista por el pensamiento conservador. Después de los felices 90, cuando parecía que se demostraba la incapacidad del capitalismo para controlarse a sí mismo, se ha visto que no ha sido así, sino al revés. Quienes provocaron esa crisis son los que están proporcionando las respuestas y en ese marasmo, quien aparentemente podía estar en condiciones de proporcionar una respuesta, simplemente volviendo a los viejos principios del keynesianismo, no ha sido capaz de hacerlo. Vemos a una izquierda clásica, la socialdemócrata, envejecida e incapacitada para responder incluso volviendo a sus viejas recetas. Pero a la vez hay otra izquierda, aparentemente más nueva, que en buena medida es todavía mucho más vieja porque vuelve a blandir el argumento de la revolución. Y eso genera mucha orfandad en mi generación, huérfana de relato y de compañeros de viaje. Quizá no llegue esa sensación a las generaciones más jóvenes.

–Zubero: No tienen esa sensación de orfandad porque han nacido sin padre, han estado en el hospicio político. En una sociedad que no quiere el asalto al Palacio de Invierno, el problema de la izquierda o del progresismo se va a parecer mucho a lo de enfrentarse a una situación revolucionaria en el sentido de un cambio estructural. La izquierda clásica seguía siendo una izquierda productivista, consumista... Y estos días conviene recordar la frase de Walter Benjamin: «Las revoluciones no son cuando la historia acelera, como pensaban los leninistas, sino cuando la historia echa el freno de emergencia». Estamos en una coyuntura muy complicada para la izquierda. La derecha, incluso la más ultra, pisa el acelerador y piensa: ya saldremos de ésta. La izquierda no puede seguir siendo la izquierda productivista de siempre, tiene que reinventar un modelo. Tenemos que ofrecer una cultura de la suficiencia cuando la izquierda no está acostumbrada a vivir con menos.

–Rivera: Desde el propio Marx se cultivó la idea de vivir con más...

–Zubero: Por eso creo que es necesario reinventar el modelo, no solo el relato.

–Hay más pobreza y más desigualdad, muchos jóvenes se han quedado en la estacada, sin expectativas.

–Zubero: Claro, en el modelo de la izquierda clásica se resolvía siempre por la vía de una mayor producción y, además, en un entorno nacional controlado.

–Rivera: Tú aumentabas la producción y facilitabas el reparto.

–Zubero: Me encanta el documental de Ken Loach ‘El espíritu del 45’ sobre el laborismo histórico después de la Segunda Guerra Mundial. Se ha roto con ese imaginario porque la comunidad de redistribución es el conjunto del planeta. Las condiciones para la izquierda clásica eran el marco de un estado donde se aumentaba esa producción.

–¿El regreso a los orígenes tampoco es entonces la solución?

–Rivera: En una parte sí, como apunta Imanol, ahí está el internacionalismo, que la izquierda siga teniendo como marco de actuación el estadonación cuando el capitalismo tiene otro marco de intervención, la globalización. Habrá que volver al discurso del internacionalismo, no al de la Primera Internacional, pero sí a la idea de que las grandes soluciones requieren grandes acuerdos. Cualquier tipo de enemigo invisible necesita un tipo de solución mundial o no habrá solución. Fijémonos por ejemplo en el control del movimiento de las personas, en el que está de acuerdo toda la derecha y, desgraciadamente, una parte de la izquierda. Tratar las soluciones país a país se está demostrando imposible. Ese regreso a los orígenes puede ser al final lo más nuevo. Porque vivimos con Trump un regreso de los antiilustrados, yo soy un ferviente partidario de la modernidad, sabiendo que no han pasado dos siglos en balde claro. Eso nos va a poner las pilas.

–Zubero: La izquierda políticamente se ha articulado de una forma muy eficaz y muy exitosa durante un tiempo en torno a la tradición marxista. Pero había otras tradiciones de la izquierda, la libertaria, el socialismo utópico, los movimientos sociales que nacen a partir de los años 50 y 60... ¿Cuál es la tradición más en crisis? Pues es la tradición científica, la que cree que el futuro está escrito en el presente.

–Rivera: Pero, sin embargo, sí que es esperanzador en eso que llamamos, con muchas comillas, ’nueva izquierda’, se haya roto la división que había entre el socialismo marxista y al socialismo libertario. A veces las han roto con mucha confusión, aplicando una mirada libertaria al funcionamiento de la sociedad y una mirada tremendamente jerárquica al funcionamiento interno, lo que ya es la cuadratura del círculo. En el caso de Podemos es evidente y chirría mucho. Pero han tenido la virtud de incorporar lo más sano de los nuevos movimientos sociales. Eso ofrece una oportunidad para que hagamos las cosas de una forma distinta.

–Zubero: El sesentayochismo tiene que ver con todo eso, con la ruptura con la izquierda militar... Un ejército como el de Napoleón es mucho más visible que una guerra de guerrillas o que el ejército de Pancho Villa. El modelo napoleónico o leninista ha hecho quiebra, hay que otras formas de lucha, hacia un modelo más capilar.

–Los perdedores de la globalización encuentran salidas en los populismos y en la extrema derecha.

–Rivera: Era magnífico el mensaje del Papa en una reciente entrevista alertando de los redentores en épocas de crisis. Como si los populismos le fueran a robar el monopolio de la redención. (Risas) No es la primera vez que ocurre en la historia, es un poco el borracho que busca la llave bajo la luz de la farola. El borracho es plenamente consciente, incluso en la estupidez, de que la llave no la perdió ahí, pero al menos hay luz. De alguna forma es lo que viene ocurriendo. Por eso se vuelve de nuevo a las fórmulas proteccionistas, que tienden a las mismas fórmulas o a la ferocidad de Donald Trump o, mutandis mutandi, al nacionalismo en nuestro paisito, el refugio en la aldea. Al cabo de dos siglos vuelve a confrontarse ese pensamiento ilustrado e ingenuo, cosmopolita, frente al viejo pensamiento antiilustrado y romántico. Es lo que vuelve a ocurrir, por desgracia, con la incapacidad de la izquierda para plantear una alternativa, o mucho peor, con la izquierda sumándose a esas tesis, aunque sea de una forma aparentemente tenue.

–Zubero: Es que esa contradicción tiene sus luces y sombras. Hay muchas reivindicaciones de arraigo, que son antiliberales, que son claramente autoritarias, pero hay otras muchas que no tienen ese componente. Un eminente filósofo escribió hace 15 años: «La identidad se muere, por fin podremos vivir como turistas en el mundo». Hay gente que tiene capital para vivir así, pero la mayoría de la gente vive sirviendo a los que se sienten turistas de vacaciones en el mundo. El problema de la izquierda es que está muy desarraigada. Cuando Winston Churchill, que no era de izquierdas precisamente, dijo que solo podía prometer «sangre, sudor y lágrimas», la gente le siguió. Pero cuando alguien nos viene diciendo ahora: las pensiones están en riesgo, la gente le responde: ¿Pero qué pensiones? ¿las tuyas? No, las mías. No hay nadie que venga a decirnos: yo voy a compartir contigo mi destino. ¿Por qué Hillary Clinton no conectó con mucha gente? Porque no le veían como uno de los suyos. Trump tampoco lo es, pero tiene un discurso que se le parece, al menos no es del establishment político.

–Rivera: Hay un asunto que es la confianza, la decisión electoral se ha convertido en algo muy parecido a cuando vamos a comprar al supermercado. En general no leemos la composición de un producto, nos fijamos más en los envases. Con la política ocurre algo parecido. Hay una ruptura de públicos, hay una desconexión de generaciones, y no solo de las más jóvenes, hacia determinadas marcas tradicionales. La izquierda clásica se lo tendría que hace mirar. Hay algo de ruptura con las élites en todo esto.

–Zubero: La izquierda se ha desclasado, nos hemos desclasado, nos hemos convertido en gente del mundo de la élite, del mundo de las ideas, de las grandes afirmaciones. Y eso ha cambiado el paisaje. Si a una persona de la derecha le pillas en falso, se ríe, pero a una persona de la izquierda no la puedes pillar en falso. Por eso la primera pregunta que se hace es: ¿pero tú dónde mandas a tus hijos a estudiar? ¿Dónde compras? ¿Dónde vas de vacaciones?

–Y todo eso con una clase media desplomada.

–Rivera: Sinceramente no creo que la clase media se haya desplomado.

–Zubero: Yo tampoco, quien ha pagado la crisis es la gente más pobre, seguramente hay más una ruptura de expectativas.

–Rivera: Sobre todo para los nuevos.

–Zubero: Las unidades familiares en las que el cabeza de familia tiene menos de 30 años han perdido el 23% de su riqueza.

–En este escenario tan convulso, ¿la narrativa izquierda-derecha tiene vigencia?

–Rivera: Yo creo que sí, que creo que tiene que seguir teniendo vigencia.

–Hay quienes sostienen que es un eje ideológico superado...

–Rivera: Claro, los que viven a cuenta de superar esa barrera, pero tiene que haber un discurso que interprete bien esa vigencia. Hay que seguir manteniendo esa dicotomía porque hay una diferencia clara entre quien tiene y quien no tiene, entre quien manda y es mandado. Otra cosa es si somos capaces de acertar con un relato que dé soluciones a los que nos interesan. Otro tipo de discursos, los populismos, algunos son nuevos y otros llevan toda la vida vendiendo el mismo producto, apelan a valores que trascienden este juego: el lugar, la cercanía, la aldea, la nación, la condición de pueblo, la grandeur o el ‘América primero’ de Trump. Y cuidado, porque después del fracaso del populismo de izquierda, viene la derecha más voraz.

–Zubero: Sí, pero hay que recordar que el populismo de izquierda viene también por el fracaso previo de la socialdemocracia. Durante muchos años para ser de izquierda bastaba con ubicarse en la izquierda, con apelar a la tradición familiar o si habías nacido en la Margen Derecha o en la Margen Izquierda. Salvo que tengamos una alternativa, y no la veo, me parece un error renunciar a esa dicotomía. Como decía ‘El Roto’ en una viñeta, la izquierda y la derecha parecen iguales hasta que las ves de cerca. Llamémoslo como queramos, pero hay políticas que nos llevan a un lado y otras a otro. Obama era de izquierdas o de derechas? Pues lo no sé, pero sé a dónde vamos con Trump.

–Rivera: Lo peor es que la izquierda no espabiló con Reagan y con Thatcher y se comió parte del discurso conservador. La tercera vía de Tony Blair fue el principio de nuestros males. Se están pagando ahora los platos rotos de aquello. Fue Blair, Clinton, Schröeder, los últimos años de Felipe González o de Zapatero... se compró la mercancía ideológica de la derecha para hacer más suave la revolución conservadora. Y el discurso hegemónico conservador se instaló entre nosotros y aquí sigue. Acaba de morir Bauman con el discurso de la Ilustración y el progresismo sin necesidad de ir con la bandera roja por la calle.

–¿Cómo ven la relación entre el PSOE y Podemos?

–Rivera: Como decía aquel chino, es temprano. Hay que esperar y ver con la perplejidad qué pasa con el se ve amenazado por el sorpasso y con la extraña de ambición de quien cree que todo su objetivo pasa por matar al padre o al hermano mayor. Cuando pase el tiempo habrá que ver cómo se pone en relación lo que es una izquierda más clásica con una que aparece como más moderna. Ya ocurrió con los verdes alemanes y eso ha obligado a la socialdemocracia a establecer nuevas relaciones. Que van a tener que entenderse es inevitable, aunque se estanquen. Si no, va a ser una bicoca para Mariano. Si esas izquierdas no entran en una relación más llevadera, seguirá la derecha por muchos años en el poder.

–Zubero: Me da la impresión de que entre las bases no se va a producir ese acercamiento. Hay dos culturas. Hay gente que cuando compra el producto ya ni mira la marca PSOE en el supermercado. Eso pasó en un tiempo en Euskadi con mucha gente de izquierda que pasábamos del socialismo. Eso se rompió con el Gobierno de Patxi. Pero la gente más joven no ve al Partido Socialista como una opción. Pongo el caso de mi hija de 18 años. Errejón le gusta porque le parece ‘cuqui’, pero a la hora de votar se plantea hacerlo al Partido Animalista. Ni siquiera Podemos es consciente de lo que está pasando.

–Rivera: Ahí se plantea una fractura generacional. Yo tengo un hijo de casi 30 años, que habitualmente ha votado al Partido Socialista, que en las últimas veces votó a Podemos con el argumento tan sólido, y él es sólido, de que «es que soy joven». La izquierda que se percibe como viejuna se lo tiene que hacer mirar. Pero luego esa aparente nueva izquierda vuelve a principios típicamente revolucionarios y eso me llena de perplejidad. Me altera cómo se instalado esa visión de la política como querencia cuando sabemos que la política consiste en la gestión de la distancia de un deseo y la dificultad para hacerlo posible, en la gestión del ‘mientras tanto’. En el PSOE el debate de fondo es de ideas, pero creo que Patxi López, dentro de la provisionalidad, es las mejores soluciones para suturar las heridas.

–También se presenta Pedro Sánchez.

–Rivera: Puede incluso ganar y meter al PSOE en un nuevo callejón sin salida.

–Zubero: El problema no es tanto de Patxi o no, es más profundo, tiene que ver con la necesidad de una mirada más a largo plazo. Siempre les digo a los líderes del PSE que hay más socialistas vascos fuera que dentro. En los partidos pasa como en el Vaticano, se sabe que el problema no es el Papa, está más en la Curia. Pues eso.