Lo que ha ocurrido en Villamanín es un ejemplo de
manual del tipo de dilemas morales que surgen cuando la lógica de
mercado irrumpe en una comunidad regida, hasta ese momento, por normas
sociales densas y compartidas. Sin idealizar nada (que no hay
convivencia sin conflictos), pero hasta ahora Villamanín parecía funcionar como
muchas comunidades pequeñas de montaña: cooperación frente a la adversidad (los
terribles incendios del pasado verano), celebración colectiva de las buenas
noticias, y una red de confianza que permite que instituciones informales, como
la comisión de fiestas ahora tan cuestionada, sostengan la vida comunitaria.
Ese capital social y relacional, invisible pero esencial, no se mide en dinero,
sino en reciprocidad, reputación y sentido de pertenencia.
Cuando el dinero
cambia las reglas
El conflicto actual no nace únicamente de un error
técnico en la venta de participaciones; ese es, en todo caso, el detonante. El
problema de fondo es otro, la
conversión súbita de un bien simbólico y comunitario (la lotería vendida con el
objetivo de sufragar actividades para el conjunto de vecinas, vecinos y
veraneantes) en un activo puramente económico, susceptible de ser
reclamado individualmente hasta el último euro. En ese tránsito, cambian las
reglas del juego moral.
En Villamanín, como en muchas comunidades pequeñas, la vida
cotidiana no se organiza principalmente a través de contratos, sino mediante expectativas
compartidas: ayudar hoy porque mañana pueden ayudarte, colaborar
porque “es lo que siempre ha hecho aquí”, confiar porque romper la confianza
tiene un coste social altísimo. La comisión de fiestas es una institución clave
en ese ecosistema: no funciona como una empresa, sino como un dispositivo
de cooperación intergeneracional, sostenido por la buena fe y el
reconocimiento mutuo.
La irrupción del premio ha roto ese equilibrio porque introduce
un incentivo que no estaba previsto por las normas sociales existentes. Hasta ese momento, nadie compraba
participaciones pensando en maximizar un retorno; el gesto tenía un valor
mixto, económico y simbólico, pero primaba lo segundo. Cuando ahora cae del
cielo una cantidad desproporcionada de dinero, el significado del acto se
reinterpreta retrospectivamente: lo que era apoyo comunitario pasa a leerse
como inversión, lo que era compromiso altruista de la comisión de fiestas es
leído como cálculo torticero, y lo que era confianza pasa a verse como engaño.
Dos
racionalidades morales en conflicto
Aquí encaja perfectamente la tesis del filósofo Michael
Sandel en su imprescindible ensayo Lo que
el dinero no puede comprar: cuando introducimos la norma mercantil en ámbitos
gobernados por normas sociales, no solo añadimos incentivos, sino que transformamos
el significado de la práctica. Comprar lotería a la comisión de
fiestas no era un contrato frío ni una inversión, era un gesto de apoyo al
pueblo, una contribución a la vida común. Convertirlo retrospectivamente en un
cálculo estrictamente legal -“lo que me corresponde” frente a “lo que
corresponde a todas y todos”- erosiona ese significado original. Sandel insiste
en que el problema no es solo que el mercado genere desigualdades, sino que corrompe
ciertos bienes cuando los somete a su lógica. En este caso, la lógica mercantil no se limita a repartir un
premio; redefine las relaciones entre vecinas y vecinos, haciendo surgir una
nueva pregunta -“¿cuánto me corresponde legalmente?”- que desplaza a otra más
antigua y silenciosa -“¿qué nos conviene como comunidad?”-.
El conflicto no es un simple choque entre egoísmo y
altruismo, sino entre dos racionalidades morales coherentes en sí mismas, pero
incompatibles entre sí. Desde la racionalidad de mercado, reclamar el premio
íntegro puede ser perfectamente defendible; desde la racionalidad comunitaria,
hacerlo puede percibirse como una traición al espíritu que hizo posible tanto
la comisión de fiestas como la vida compartida del pueblo. El drama es que
ambas racionalidades son coherentes en sí mismas, pero no pueden convivir. Lo
verdaderamente inquietante es que el daño principal se produce incluso aunque
se llegue a un acuerdo económico,
ya que este daño opera durante el proceso mismo de deliberación. El simple
hecho de tener que discutir en términos legales y monetarios introduce en el
pueblo sospecha, resentimiento y cálculo estratégico. La comunidad deja de
verse como un fin y empieza a verse como un medio. Y una vez que ese umbral se
cruza, es difícil volver atrás.
Lo verdaderamente grave no es quién cobra más o menos,
sino el riesgo de que se fracture la confianza; porque la
confianza, a diferencia del dinero, no se recompone fácilmente. Una comunidad
rota tarda generaciones en recomponerse, si es que lo hace. En pueblos
pequeños, donde la convivencia es diaria y prolongada en el tiempo, el coste
relacional de “ganar” un conflicto de este tipo puede ser mucho mayor que el
beneficio económico inmediato.
El coste
invisible de “ganar”
Paradójicamente, un dinero que no se han ganado ni nadie
esperaba pone a prueba justo aquello que sí habían construido con esfuerzo: una
comunidad capaz de organizarse, ayudarse y celebrar junta. La pregunta de fondo
no es solo qué es justo desde el punto de vista legal, sino qué
decisión permite que Villamanín siga siendo un “nosotras/nosotros” y no una
suma de individualidades con cuentas y vidas separadas.
En ese sentido, el caso no habla de un pueblo concreto,
sino de una tensión más amplia y contemporánea: hasta qué punto permitimos que
el mercado colonice espacios donde lo que está en juego no es el precio, sino
el valor de vivir juntas y juntos. Desde esta perspectiva, el caso de
Villamanín funciona como una metáfora potente de una tendencia más amplia y
cada vez más presente: sociedades que confían cada vez más en el dinero y el
derecho para resolver conflictos que antes se resolvían mediante normas sociales.
El problema es que ni el dinero ni el derecho pueden sustituir
completamente a la confianza, porque no generan pertenencia ni
identidad común.
La pregunta final a la que deberán responder las gentes de Villamanín no es qué decisión maximiza el beneficio individual ni siquiera cuál es jurídicamente impecable, sino qué tipo de comunidad quieren seguir siendo después del premio. Porque el dinero se gasta, se reparte o se pierde, pero la forma en que una comunidad gestiona un conflicto excepcional deja una huella duradera en su identidad colectiva. El verdadero “Gordo” –la mayor suerte y también el mayor riesgo- no está en el número premiado, sino en lo que el pueblo decida hacer con él.


























































