Zubero
Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
sábado, 28 de marzo de 2026
Una extraña derrota
La tierra de las cosas perdidas
La magia (antidemocrática) del relato
En febrero de
2017 Deutsche Welle (DW), el servicio internacional de radiodifusión pública de
Alemania publicó un artículo titulado «El mundo recurre a Hannah Arendt para explicar a Trump».
El 20 de enero de 2017 Donald Trump había tomado posesión como 45º presidente
de Estados Unidos. ¿Por qué esa referencia a Hannah Arendt?
Las reflexiones de
Hannah Arendt sobre la verdad, la mentira y la política constituyen una de las
aportaciones más penetrantes del siglo XX para comprender la fragilidad del
espacio público democrático. Lejos de tratar la mentira como un simple vicio
moral, Arendt la analiza como un fenómeno estructural que puede alterar las
condiciones mismas de posibilidad de la acción política.
En Verdad y política (1964) Arendt distingue entre
distintos tipos de verdad. Por un lado, la verdad racional o filosófica, propia
del ámbito especulativo; por otro, la verdad factual, que se refiere a hechos
concretos y contingentes: quién hizo qué, cuándo y cómo. Es esta segunda la que
resulta especialmente vulnerable en la esfera política. Los hechos no son
interpretaciones libres, y dependen de testigos, documentos, pruebas. Sin
embargo, al ser contingentes y estar insertos en conflictos de intereses,
pueden ser negados, silenciados o reinterpretados estratégicamente. Para
Arendt, la política siempre ha tenido una relación tensa con la verdad, porque
el poder busca persuadir y construir relatos, mientras que la verdad factual
introduce límites a esta construcción.
En La mentira en política (1971), escrito tras el escándalo provocado por la publicación de los Papeles del Pentágono (un informe secreto del Departamento de Defensa que revelaba que la administración estadounidense había prolongado la guerra de Vietnam mientras ocultaba al público su verdadero alcance y sus dudas internas), Arendt sostiene que esa manipulación sistemática de la información no fue simplemente una sucesión de engaños puntuales, sino la manifestación de una forma de gobierno centrada en la «creación de imagen». En este modelo, gestionar la percepción pública se convierte en una prioridad superior a describir la realidad. El peligro no radica solo en que se difunda una falsedad concreta, sino en que la reiteración de distorsiones erosione el sentido común compartido.
Porque cuando todo el
mundo miente constantemente, el resultado no es que la mentira sea aceptada
como verdad, sino que ya nadie cree en nada, y cuando se pierde la confianza en
la existencia de un mundo común de hechos, la capacidad de juicio se debilita.
Sin juicio, la ciudadanía no puede deliberar ni decidir con responsabilidad y
la democracia, que presupone ciudadanas y ciudadanos capaces de evaluar
información y asignar responsabilidades, se vacía desde dentro.
Con Trump estas
reflexiones han adquirido renovada actualidad. La proliferación de narrativas
«alternativas» y la deslegitimación sistemática de medios y personas expertas
han puesto en cuestión la idea de una realidad compartida. La política se ha
transformado en una disputa permanente por el relato, donde la fidelidad a los
hechos compite con la eficacia emocional del mensaje. Las redes sociales, con su
lógica algorítmica, amplifican contenidos polarizadores y dificultan la
verificación sosegada. En este contexto, la advertencia arendtiana sobre la
destrucción del sentido común resulta especialmente pertinente.
También en Europa, el
espacio público atraviesa tensiones profundas que no pueden atribuirse
únicamente a la complejidad institucional. Construida sobre una arquitectura
multinivel que exige altos niveles de confianza, la Unión Europea ha gestionado
las crisis de la última década desde la opacidad, la tecnocratización y la
priorización de intereses económicos sobre la deliberación democrática,
imponiendo decisiones basadas en relatos públicos que negaban alternativas o
presentaban como inevitables opciones profundamente ideológicas. El problema no
es el desacuerdo, consustancial a toda democracia, sino la percepción ciudadana
de quedar relegada a espectadora de decisiones alejadas del control público.
En varios países
europeos ganan fuerza movimientos que cuestionan abiertamente estadísticas
oficiales, consensos científicos o decisiones judiciales. El debate sobre la
migración, el cambio climático o la violencia machista se ha visto contaminado
por datos selectivos y afirmaciones sin base empírica, que erosionan la
distinción entre hecho y opinión. Cuando todo se percibe como narración
interesada, el terreno para la conversación común desaparece. También en España
la política institucional parece haberse reducido a la batalla por el relato, y
la identificación ideológica de muchos medios refuerza la percepción de que
cada actor ofrece «su» versión de los hechos.
La normalización de la
comunicación puramente instrumental, la manipulación sistemática o la difusión
deliberada de falsedades no destruyen de inmediato las instituciones, pero
corroen lentamente la base factual sobre la que se construye el consentimiento
democrático. La respuesta no puede ser una ilusión de neutralidad absoluta ni
la negación del conflicto. Arendt sabía que la política implica interpretación
y disputa, pero insistía en que los hechos deben constituir un suelo común,
aunque su significado sea objeto de debate. Proteger ese suelo exige
transparencia institucional, independencia judicial, periodismo riguroso y
educación cívica orientada al discernimiento crítico.
El acrónimo MAGA,
marca pública del movimiento sociopolítico en torno a Trump, bien puede leerse
simbólicamente como la promesa de una restauración ilusionista o taumatúrgica:
«hacer América grande de nuevo» sin atravesar la complejidad institucional, económica
y social que toda transformación democrática exige. En ese sentido metafórico,
la dimensión «mágica» no sería inocente, sino problemática. Remite a una
política que sustituye la deliberación por la consigna, la argumentación por la
repetición, la conversación democrática por la adhesión emocional. La magia,
entendida como pensamiento que busca producir efectos mediante palabras
performativas y simplificaciones extremas, encaja bien con la lógica de la
posverdad: no importa tanto la verificación empírica como la eficacia simbólica
del enunciado.
Desde esta
perspectiva, el riesgo no es solo la falsedad puntual, sino la renuncia al
esfuerzo reflexivo que exige la democracia: contrastar datos, aceptar la
pluralidad, distinguir entre hechos y opiniones, asumir la complejidad de los
problemas públicos. Cuando la política se reduce a eslóganes que prometen
soluciones inmediatas y restauraciones míticas, se empobrece el espacio público
y se debilita la cultura cívica. La «magia» política, en su versión más peligrosa,
no consiste en creer en lo imposible, sino en desactivar el pensamiento
crítico.
La democracia arendtiana es exigente: no descansa solo
en procedimientos formales, sino en la existencia de un mundo compartido que
permita a la ciudadanía orientarse. Si ese mundo se fragmenta en burbujas
narrativas inconmensurables, la libertad política pierde su sustento. Estados
Unidos, Europa y España afrontan hoy ese desafío. Recordar a Hannah Arendt no
es un ejercicio académico, sino una invitación a reconstruir la confianza en la
verdad factual como bien público indispensable.
La era está pariendo una bota, en vez de un corazón
La era está pariendo un corazón,
no puede más, se muere de dolor
y hay que acudir corriendo
pues se cae el porvenir
en cualquier selva del mundo,
en cualquier calle.
Debo dejar la casa y el sillón,
la madre vive hasta que muere el sol,
y hay que quemar el cielo
si es preciso, por vivir.
Por cualquier hombre del mundo,
por cualquier casa.
“Debo dejar la casa y el sillón”. Pocas veces una canción ha formulado con
tanta claridad una exigencia moral. En La era está pariendo un corazón,
Silvio Rodríguez no solo canta al dolor de una época, sino a la responsabilidad
individual ante ese dolor. La era, nuestro tiempo, está dando a luz algo, pero
ese nacimiento no es inocente ni está asegurado. Puede ser un corazón. O puede
ser otra cosa. Hoy, más que nunca, esa disyuntiva es real.
Cuba en el momento
decisivo
Cuba afronta uno
de los momentos más delicados de su existencia como país soberano. A la crisis
interna, marcada por el desgaste de un sistema político cada vez más cerrado,
se suma una presión externa que no puede ser ignorada. Las declaraciones de
Donald Trump afirmando que puede hacer “lo que quiera” con la isla no son una
simple excentricidad retórica: condensan una forma de entender el poder que
convierte a los países y a sus poblaciones en meros objetos disponibles.
Condenar esas
amenazas no implica, ni mucho menos, cerrar los ojos ante la deriva autoritaria
y nepotista del castrismo. Esa falsa dicotomía -o estás con el régimen o con su
asfixia- es una trampa intelectual. La misma que se reproduce en otros
contextos, como Irán o Venezuela. La posición honesta es más compleja, más incómoda,
pero mucho más justa y adecuada: rechazar simultáneamente la opresión interna y
la agresión externa.
En este punto, conviene
detenerse en un hecho que a menudo se diluye en el ruido político: las
sanciones económicas no son abstractas. Tienen consecuencias concretas,
medibles y, en muchos casos, letales. El artículo “The Health Toll of Economic Sanctions”
(El impacto de las sanciones económicas en la salud), publicado en The Lancet Global Health, documenta
precisamente ese impacto. Las sanciones, lejos de afectar exclusivamente a las
élites gobernantes, deterioran los sistemas sanitarios, limitan el acceso a
medicamentos y alimentos, y aumentan la mortalidad en poblaciones vulnerables. No
se trata de una opinión ideológica, sino de una constatación empírica: las
sanciones económicas matan.
Las sanciones
económicas impuestas por Estados Unidos o la Unión Europea entre 1971 y 2021 se
asocian con 564.258 muertes anuales, una cifra superior al número anual de
bajas relacionadas con combates (106.000 muertes). Aplicado al caso cubano,
esto significa que el bloqueo sostenido durante décadas no es solo una
herramienta de presión política, sino también un factor de sufrimiento
cotidiano para millones de personas. Reclamar su levantamiento inmediato no
equivale a legitimar al gobierno cubano sino a reconocer que no es aceptable
castigar a una población entera en nombre de un cambio político incierto.
El mundo que se
está gestando
“Hay que acudir
corriendo, pues se cae el porvenir”. No hay neutralidad posible cuando lo que
está en juego es la dignidad humana. Esto no implica empuñar un arma ni
alinearse ciegamente con un bloque geopolítico. Significa rechazar la comodidad
de las posiciones simplistas, asumir que la defensa de la vida y de la dignidad
exige denunciar tanto la represión interna como las políticas externas que agravan
el sufrimiento. Es una ética de la incomodidad.
Porque lo que está
en juego no es solo Cuba. Es el tipo de mundo que estamos construyendo. Cuando
líderes como Trump, Netanyahu o Putin normalizan el uso de la fuerza como
instrumento político central, cuando el lenguaje de la ley cede ante el
lenguaje de la imposición, lo que emerge no es un orden más justo, sino más
brutal. Porque, si no lo evitamos, lo que la era está pariendo no es un corazón
sino una bota, esa bota aplastando un rostro humano incesantemente que
anunciaba Orwell en 1984. Esa es la
alternativa real al corazón que imaginaba Silvio.
En este contexto,
la figura del poeta adquiere un significado particular. La historia recuerda
casos como el de Edward Thomas, que murió en el
frente durante la Primera Guerra Mundial. Su destino simboliza la fusión entre
creación y combate, entre palabra y violencia. Fueron muchos los poetas que combatieron y murieron en aquellas
trincheras. “Los periódicos no dicen la verdad de la guerra”, escribió Thomas
al poco de llegar al frente.
La tarea del poeta
no debería ser empuñar un fusil de asalto, sino resistirse a su lógica. Silvio
Rodríguez no necesita un arma para intervenir en la realidad: su canción ya es
una forma de intervención. Una que apela a la conciencia, no a la destrucción. Si
no hacemos nada, si aceptamos como inevitables las políticas que provocan
sufrimiento masivo, si normalizamos la lógica de la fuerza, entonces lo que
nacerá no será un corazón, será una bota.
Evitarlo exige lo
que la canción propone: abandonar la comodidad, rechazar las simplificaciones y
defender, por cualquier persona del mundo, por cualquier casa, un futuro que no
premie proyectos exterministas ni convierta el dolor en herramienta política.
La era está
pariendo, pero todavía podemos decidir qué será lo que nazca.
Si vis pacem, para pacem
El
rearme como nuevo sentido común europeo
En nuestras
sociedades la defensa militar se ha convertido en un supuesto incuestionado. Se
da por hecho que la seguridad depende de disponer de ejércitos capaces de
disuadir mediante la amenaza de la fuerza. Este planteamiento suele presentarse
como realismo político, como una respuesta técnica a un mundo peligroso. Sin
embargo, en realidad es una opción histórica y cultural muy concreta,
profundamente ideológica, que rara vez se somete a discusión ética o política.
Cuando se debate
sobre defensa nunca se cuestiona ese supuesto básico. Las discusiones se
limitan a aspectos secundarios: cuánto gastar en defensa, qué alianzas mantener
o dónde desplegar tropas. Pero la premisa de fondo (que la seguridad solo puede
garantizarse mediante la capacidad de infligir violencia) permanece intacta.
Bajo ese marco, imaginar formas alternativas de seguridad se considera ingenuo
o irresponsable.
El contexto
geopolítico reciente ha reforzado esta lógica. En la Unión Europea se ha
abierto paso un nuevo consenso: la idea de que Europa debe convertirse en una
potencia militar más autónoma. La Comisión Europea impulsa instrumentos
financieros para fortalecer la industria de defensa y fomentar la compra
conjunta de armamento, mientras Emmanuel Macron, defiende una Europa capaz de
ejercer plenamente su poder militar, incluida la dimensión nuclear.
En España el
debate ha adoptado un tono aparentemente pragmático y el Gobierno sostiene que
es posible aumentar el gasto militar sin sacrificar el Estado del bienestar.
Según esta lógica, si el presupuesto de defensa puede ampliarse sin recortes en
sanidad, educación o políticas sociales, el dilema entre “cañones o
mantequilla” quedaría resuelto. Pero ese razonamiento evita la pregunta
fundamental: incluso si podemos pagarlo, ¿es realmente la vía adecuada para
garantizar nuestra seguridad?
El gasto en defensa
no es neutral. No se limita a cubrir una necesidad técnica, sino que orienta la
economía, fortalece determinadas industrias, condiciona la política exterior y,
sobre todo, formatea las mentalidades, configurando una auténtica economía
política de la seguridad armada. Por eso el debate democrático no debería
limitarse a la aritmética presupuestaria, sino abordar cuestiones más
profundas: qué amenazas consideramos prioritarias, qué tipo de defensa queremos
y qué papel debe tener la fuerza militar dentro de una concepción más amplia de
seguridad humana, social y ecológica.
Esa reflexión
exige también preguntarse qué significa exactamente “defender nuestro modo de
vida”. Con frecuencia esta expresión funciona como un eslogan que agrupa
prosperidad, libertades políticas y estabilidad institucional. Sin embargo,
rara vez se reconoce que el modelo de vida europeo se ha construido
históricamente sobre relaciones económicas coloniales y patrones de consumo que
dependen de la explotación de recursos y trabajo en otras partes del mundo. Es
lo que Nancy Fraser ha llamado “capitalismo caníbal”. Defender ese modo de vida
sin cuestionarlo significa, en realidad, proteger militarmente una posición
privilegiada en la jerarquía global.
La
defensa que destruye lo que dice proteger
Por otro lado, la
forma en que se libran las guerras contemporáneas obliga a revisar seriamente
la supuesta capacidad protectora de la defensa militar. Hoy los conflictos se
desarrollan principalmente en ciudades densamente pobladas y en estos escenarios
el uso de artillería pesada, misiles o bombardeos aéreos tiene consecuencias
devastadoras para la población civil. Según informes de Naciones Unidas, hasta
el 90 % de las víctimas en zonas urbanas son civiles.
Además, el coste
humano de la guerra va mucho más allá de las muertes directas en combate. La
antropóloga Stephanie Savell muestra que las guerras posteriores al 11 de
septiembre de 2001 han tenido un impacto humano mucho mayor del que suele
reconocerse. En las guerras de Afganistán, Irak, Pakistán, Siria, Yemen y
regiones relacionadas, se estima que el total de muertes asociadas a los
conflictos podría situarse entre 4,5 y 4,7 millones de personas, de las que 3,6
millones corresponden a muertes indirectas, es decir, personas que no murieron
por violencia directa en el campo de batalla, sino por las consecuencias
estructurales de la guerra: colapso de servicios de salud, malnutrición,
enfermedades prevenibles, falta de agua potable y desplazamientos forzados. Casos actuales como Ucrania, Gaza o Irán muestran
con crudeza que la guerra contemporánea convierte a la sociedad civil en su
principal víctima.
En este contexto
resulta imposible sostener la idea de que la guerra sirve para proteger la
vida. La defensa armada se legitima como respuesta frente a una amenaza
absoluta, pero los datos muestran que su funcionamiento real implica la
destrucción masiva de vidas e infraestructuras civiles. Como ha señalado Judith
Butler, las guerras también se libran en el terreno simbólico: determinan qué
vidas son reconocidas como valiosas y cuáles pueden ser reducidas a cifras
estadísticas o daños colaterales.
Existe además una
ilusión persistente sobre la guerra que también hay que cuestionar: la creencia
de que en ella se dirimen valores como la justicia o la libertad. En la
práctica, sin embargo, las guerras las ganan quienes disponen de mayor
capacidad destructiva y más recursos materiales. La guerra premia la
superioridad de la fuerza, no la legitimidad moral. Y esa acumulación de poder
militar nunca es neutral: tiende a reproducir y ampliar las desigualdades
existentes entre países y dentro de las propias sociedades.
Aquí resulta
especialmente pertinente recordar la advertencia de Audre Lorde cuando afirma que “las herramientas del amo nunca desmantelarán la casa del amo”.
La violencia, las armas, los ejércitos son precisamente esas herramientas.
Pretender construir un mundo más justo, más seguro o más humano mediante una
intensificación de la fuerza armada equivale a reforzar el mismo principio que
genera la opresión: la imposición del
más fuerte sobre el más débil.
La gravedad del
momento histórico también queda reflejada en un símbolo conocido: el Reloj del Juicio Final (Doomsday Clock)
del Bulletin of the Atomic Scientists.
Este indicador, creado tras la Segunda Guerra Mundial por científicos
vinculados al Proyecto Manhattan, utiliza la metáfora de un reloj para
representar la proximidad de la humanidad a una catástrofe global. En la
actualidad el reloj marca apenas 85
segundos antes de la medianoche, una advertencia que refleja el aumento
simultáneo de riesgos nucleares, crisis climática y tensiones tecnológicas. El
mensaje es claro: el rumbo actual del sistema internacional es profundamente
inestable y exige respuestas cooperativas a escala global.
Reconocer estos
límites no implica negar la existencia de agresiones reales ni ignorar
situaciones en las que la resistencia armada ha sido comprensible. La derrota
del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial es el ejemplo más claro. Sin
embargo, incluso esa victoria no eliminó la lógica de la fuerza en el sistema
internacional; al contrario, inauguró un orden basado en la disuasión nuclear y
la amenaza permanente de destrucción mutua. Se trata de una dinámica
estructural del sistema internacional conocida como el “dilema de la defensa”.
Cuando los Estados se arman para protegerse generan inseguridad en otros, que
responden armándose también. De este modo se desencadenan carreras
armamentísticas que refuerzan la percepción de amenaza. Este proceso se ve
intensificado por el peso económico del complejo militar-industrial, que
convierte la producción de armamento en un sector con poderosos incentivos para
su expansión.
Si para ser más
fuerte que el amo tengo que convertirme en amo…
La pregunta de si “merece la pena” defenderse violentamente cuando eso
exige volverse más fuerte e incluso más despiadado que el agresor nos sitúa
ante uno de los dilemas más antiguos y perturbadores de la política: ¿en qué
estamos dispuestos a convertirnos para sobrevivir? La cuestión no es
simplemente estratégica, es moral. No se trata solo de ganar una guerra, sino
de preguntarse qué tipo de sociedad y qué futuro emergen de esa victoria.
Cuando una comunidad decide defenderse, el objetivo declarado es
preservar su forma de vida frente a una amenaza. Sin embargo, en el curso de
esa defensa se introducen como “medidas excepcionales” prácticas que erosionan
precisamente aquello que pretende proteger: limitación de libertades,
concentración de poder, normalización de la mentira como herramienta política,
deshumanización del adversario y, por extensión, del disidente interno. La
historia muestra que las excepciones tienden a volverse permanentes y que la
guerra, que comienza como reacción a una agresión externa, termina transformando el régimen desde dentro.
Si para derrotar a un régimen autoritario hubiera que adoptar sus métodos
(represión sistemática, propaganda omnipresente, desprecio por el derecho
internacional) la victoria sería más que ambigua: podría lograrse una
superioridad militar, pero al precio de vaciar el proyecto político original.
De forma análoga, si una democracia respondiera a un entorno internacional crecientemente
iliberal imitándolo, “trumpizándose” o endureciendo sus propias reglas hasta
diluir los contrapesos institucionales, podría obtener fortaleza a corto plazo,
pero a largo plazo estaría debilitando su legitimidad y su estabilidad.
El problema no es solo moral; es también práctico. La crueldad tiende a
producir efectos secundarios estratégicamente costosos. Alimenta ciclos de
represalia, dificulta la construcción de alianzas, erosiona el apoyo
internacional y fractura la cohesión interna. Una sociedad que adopta métodos
despiadados necesita reforzar el control interno para sostenerlos. Y ese
refuerzo (más vigilancia, menos transparencia, menor pluralismo) transforma la
naturaleza misma del régimen: no hay más que mirar a los Estados Unidos de Trump
y a la Rusia de Putin.
Pensar
la seguridad más allá de las armas
Frente a este
paradigma, deberíamos explorar seriamente la defensa civil noviolenta. Este
enfoque parte de una premisa sencilla: ningún régimen puede sostenerse
únicamente mediante la coerción. Incluso los poderes más represivos dependen de
la cooperación cotidiana de la población. Si esa cooperación se retira mediante
huelgas, boicots, desobediencia civil o creación de instituciones alternativas,
el poder puede quedar paralizado.
La historia ofrece
múltiples ejemplos de resistencia civil, de no cooperación, de retirada de
legitimidad, de desobediencia organizada que ha erosionado regímenes violentos
sin recurrir a la guerra. No son caminos fáciles ni exentos de costes, pero
tampoco lo es la militarización permanente del mundo. La diferencia crucial es
que la defensa civil noviolenta no
convierte la violencia en principio, ni hace de la muerte del otro una
condición de posibilidad para la propia supervivencia. Como proclamó Manuel
Sacristán, “el pacifismo no consiste en no querer morir, sino en no querer
matar”.
Cuestionar la
supuesta bondad o inevitabilidad de la defensa militar no es negar los
conflictos ni idealizar la paz. Es reconocer que el modelo dominante de
seguridad ha fracasado, especialmente para quienes más sufren, y que insistir
en él solo profundiza las dinámicas que nos han traído hasta aquí. Reivindicar
la defensa civil noviolenta es apostar por una noción de seguridad que no se
mida por la capacidad de matar, sino por la capacidad de cuidar, resistir y transformar sin
renunciar a la dignidad humana.
El poder no reside en las armas, sino
en la obediencia cotidiana. Cuando esa obediencia se retira de forma sostenida
y colectiva, incluso los regímenes más violentos se ven debilitados, porque pierden la capacidad práctica de gobernar.
La resistencia civil noviolenta no derrota al adversario destruyéndolo, sino dejándolo sin suelo.
Este enfoque
permite, además, introducir una reflexión crucial sobre quién puede resistir.
La violencia armada es radicalmente
excluyente. Se trata de una
herramienta profundamente machista, pero también edadista y capacitista. Su uso “eficiente” está pensado para
cuerpos muy concretos: varones jóvenes, en excelentes condiciones físicas,
entrenados para soportar dolor, miedo extremo y estrés prolongado. Todo lo
demás (mujeres, personas mayores, personas con diversidad funcional, cuerpos no
normativos) queda relegado al papel de víctimas pasivas o de daños colaterales.
Más aún: la
violencia no solo exige unas condiciones físicas específicas, sino también unas
disposiciones morales muy particulares.
Acechar, engañar, herir, mutilar o matar de forma sistemática requiere
suspender, al menos temporalmente, rasgos éticos básicos como la empatía, el
cuidado de la otra y el otro o el reconocimiento de la dignidad ajena. No es
casual que los ejércitos inviertan enormes recursos en procesos de
deshumanización del enemigo: sin ellos, la mayoría de las personas no podría
matar. La violencia organizada se apoya en disposiciones psicológicas más
cercanas a la sociopatía funcional que a una ética compartida de la vida.
Por eso, y esto es
importante subrayarlo, la violencia es
una herramienta al alcance de una minoría. No porque el resto de la población sea cobarde o incapaz, sino
porque, afortunadamente, la mayoría de los seres humanos no está hecha para matar. El militarismo convierte esa limitación
ética en un defecto; la defensa civil noviolenta, en cambio, la reconoce como
fortaleza.
El problema es que
estas alternativas suelen plantearse cuando la guerra ya ha comenzado, cuando
la lógica militar domina la opinión pública y las decisiones políticas. Por eso
la defensa civil noviolenta solo puede convertirse en una opción creíble si se
construye con antelación, como una política pública organizada en tiempos de
paz.
La vieja máxima
romana afirmaba: si vis pacem, para bellum, si quieres la paz, prepárate
para la guerra. Ha llegado el momento de invertir esa lógica. Si queremos
realmente la paz, debemos comprometernos firmemente desde ahora en prepararla.



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