domingo, 22 de marzo de 2026

Agua negra

Joyce Carol Oates
Agua negra
Traducción de Montserrat Serra Ramoneda
Fiordo, 2025

"Por qué no se atrevió a decir que se habían perdido, por qué no le dijo a él que diera media vuelta con el coche para regresar a su punto de partida, ¡oh, por favor!, pero no se quiso arriesgar a ofenderle.
Aquella agua negra era por culpa de ella, lo sabía. Sucede que una no desea ofenderles. Precisamente a quienes son simpáticos"


Leer a Joyce Carol Oates es dejarse penetrar por la experiencia de lo Unheimlich, de esa dimensión siniestra de lo cotidiano, de lo familiar. En este caso, la novela nos hace literalmente entrar en un accidente del que no se sale ya que la historia está escrita desde el interior mismo de la catástrofe, en ese instante suspendido donde la vida aún no ha terminado, pero ya no pertenece del todo al mundo de los vivos.

La novela arranca con una escena aparentemente trivial: una joven, Kelly Kelleher, sube al coche de un hombre poderoso, seductor, habituado a moverse en los círculos donde se decide el mundo. Hay en ella fascinación, deseo de ser elegida, una forma de expectativa que no es solo personal, sino también social. Él representa acceso, validación, futuro. El coche avanza en la noche a toda velocidad hasta que sufre un accidente y el vehículo se precipita al agua. Él logra salir. Ella queda atrapada.

Bajo la ficción late el incidente de Chappaquiddick, en el que el senador Ted Kennedy sobrevivió a un accidente en el que murió la joven Mary Jo Kopechne. Pero Joyce Carol Oates no escribe una novela política en sentido estricto. Lo que le interesa no es tanto el hecho como la estructura que lo hace posible: una red de relaciones donde el poder protege a unos y expone a otras. Y ahí entra una dimensión decisiva: la estructura patriarcal de género. 

La identidad de Kelly está, en gran medida, mediada por la mirada masculina. Este fragmento lo condensa con brutal claridad: "Mientras su amante la quiso ella fue hermosa. Mientras ella fue hermosa su amante la quiso. Una proposición bien sencilla y aparentemente tautológica, que sin embargo se resistía a ser comprendida del todo". La aparente tautología encierra una trampa. No es una simple equivalencia: es un círculo de dependencia. Kelly es hermosa porque es deseada, y es deseada porque es hermosa. Pero esa “hermosura” no es autónoma: depende de la validación de otro. Él elige. Ella es elegida. Y esa asimetría no desaparece en el momento del accidente; al contrario, se revela en toda su crudeza. Cuando el coche cae al agua, la lógica que ha sostenido la relación se invierte de forma brutal: quien tenía el poder de elegir a Kelly tiene también el poder de (elegir) abandonarla.

Mientras el agua sube, Kelly piensa, recuerda, intuye, y en ese flujo de conciencia sigue actuando la interiorización de esa jerarquía: la necesidad de agradar, la dificultad para interpretar las señales, la tendencia a seguir confiando en quien encarna autoridad masculina:

"Aunque se había zambullido en el agua negra para rescatarla, él se encontraba lejos, y todo estaba tan oscuro, tan impenetrable... Y ella comprendió que le había ofendido y que el insulto era irreparable. [...] ¡Qué vergüenza, aquella desesperación con que se había agarrado al hombre, a la pernera de su pantalón, a su zapato! Mientras él daba patadas para liberarse, y le dejaba en la mano el zapato empapado".

Joyce Carol Oates construye una prosa fragmentaria, obsesiva, que reproduce el pensamiento en estado de shock. Pero también muestra cómo esa conciencia está atravesada por años de aprendizaje implícito: cómo comportarse, cómo ser deseada, cómo no incomodar. Incluso en el momento final, hay algo de esa lógica que persiste: una incredulidad ante el abandono, como si no encajara del todo en el relato que Kelly tenía de sí misma y del mundo. Y que esa lógica -la de ser elegida, la de confiar, la de quedar atrapada- sigue operando.

jueves, 19 de marzo de 2026

A 85 segundos de la medianoche: geopolítica, recursos y vulnerabilidad del sistema global


 

El Reloj del Juicio Final (Doomsday Clock) es una metáfora creada en 1947 por la organización científica Bulletin of the Atomic Scientists, fundada por investigadores que habían participado en el Proyecto Manhattan. El objetivo era representar de forma visual lo cerca que la humanidad podría estar de una catástrofe global causada por sus propias tecnologías. En ese lenguaje simbólico, la medianoche representa el desastre. Su valor real no está en la precisión científica, que es limitada, sino en su capacidad para condensar debates complejos sobre seguridad internacional en una imagen sencilla que obliga a preguntarse hasta qué punto nuestras capacidades tecnológicas superan nuestra capacidad colectiva para gestionarlas.

Cada cierto tiempo un comité del Bulletin decide si las manecillas deben moverse. La decisión no se basa en una fórmula matemática ni en un modelo estadístico que produzca probabilidades exactas, más bien es un juicio experto colectivo que evalúa tendencias en tres grandes áreas de riesgo global: las armas nucleares, el cambio climático y las tecnologías emergentes, desde la biotecnología hasta la inteligencia artificial militar o la desinformación digital.

De Hiroshima a la actualidad: la evolución del reloj

En su primera aparición se fijó en 7 minutos para la medianoche, reflejando la inquietud de sus creadores tras la era inaugurada por los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Pronto el reloj empezó a moverse con la dinámica de la Guerra Fría: en 1949 avanzó a 3 minutos cuando la URSS probó su primera bomba atómica, y en 1953 alcanzó los 2 minutos para la medianoche tras el desarrollo de las bombas de hidrógeno por EEUU y la URSS. En los años sesenta se situó a 10 minutos con la creación del Tratado de No Proliferación Nuclear, pero la tensión volvió a aumentar y en 1984 avanzó hasta los 3 minutos, reflejando el deterioro de relaciones entre las superpotencias. El momento más optimista llegó en 1991, cuando la firma del tratado START I retrasó el reloj hasta los 17 minutos, pero a partir de los años 2000 el reloj empezó a incorporar nuevas amenazas globales además del riesgo nuclear, especialmente el cambio climático y las tecnologías emergentes. Así, en 2007 se situó en 5 minutos, en 2018 volvió a 2, nivel comparable a los momentos más tensos de la Guerra Fría, y en 2023 se situó a 90 segundos debido a la combinación de tensiones nucleares agravadas por la Invasión rusa de Ucrania en 2022, el debilitamiento de acuerdos de control armamentístico, el agravamiento de la crisis climática y los riesgos asociados a nuevas tecnologías. El 27 de enero de 2026 el Reloj del Juicio Final se fijó en 85 segundos, la posición más cercana a la medianoche que jamás haya alcanzado en su historia.

Decir que el reloj está a 85 segundos de la medianoche no significa que exista una probabilidad calculada de catástrofe inminente, pero sí que la combinación de riesgos globales es especialmente preocupante. No es un instrumento predictivo ni cuantitativo, no calcula probabilidades reales de guerra nuclear o colapso climático, pero refleja bastante bien qué preocupa a la comunidad científica y a las personas expertas en riesgos existenciales.

El trasfondo material de la crisis global

Durante crisis como la de los misiles de Cuba en 1962, en pleno enfrentamiento directo entre EEUU y la URSS, el riesgo de guerra nuclear era probablemente mayor que hoy y varios episodios documentados de errores técnicos o malas interpretaciones estuvieron peligrosamente cerca de provocar un lanzamiento accidental. Lo que ocurre ahora es distinto. El riesgo nuclear sigue existiendo, pero se combina con otros riesgos globales que antes no formaban parte del análisis. La lógica dominante no parece ser “Washington, Moscú y Beijing se preparan para chocar frontalmente”, sino más bien una mezcla de disuasión nuclear, competencia económica-tecnológica, guerras por delegación, control de rutas energéticas y presión sobre zonas grises del orden internacional. Eso no hace imposible una guerra entre ellas, pero sí la vuelve muy costosa y menos racional como opción directa, así que la rivalidad se desplaza a escalones por debajo del enfrentamiento abierto. Reuters resumía la actitud de Rusia y China ante Irán como un “cálculo frío”: “intervenir cuando Irán se enfrenta a Israel y EEUU acarrearía altos costos, beneficios limitados y riesgos impredecibles, cargas que ninguna de las dos potencias parece dispuesta a asumir”.

Moscú gana si la atención occidental se dispersa entre Ucrania, Oriente Medio y la rivalidad con China. Una fuente rusa citada por Reuters dijo explícitamente que la escalada en torno a Irán ya estaba desviando la atención de la guerra en Ucrania.  Lo del alivio parcial de sanciones al petróleo ruso es muy revelador. Washington ha relajado temporalmente restricciones sobre petróleo ruso transportado por mar con el objetivo de contener la subida del crudo provocada por la guerra con Irán. Rusia podría acabar ingresando alrededor de 10.000 millones de dólares adicionales al mes como resultado de esta decisión.

Beijing, por su parte, condenó los ataques contra Irán y pidió alto el fuego, pero evitó comprometerse militarmente, lo que encaja con su estilo. A diferencia de otras potencias que recurren con mayor frecuencia a la intervención militar directa, China tiende a priorizar la estabilidad del entorno internacional porque su ascenso económico y tecnológico depende en gran medida de un sistema global relativamente abierto y funcional. Uno de sus intereses más inmediatos es la seguridad energética: China es el mayor importador de petróleo del mundo y una parte sustancial de ese suministro procede del Golfo Pérsico, por lo que cualquier crisis que afecte a esta región representa un riesgo directo para su economía. La diminuta isla de Kharg, que acaba de ser bombardeada por EEUU, maneja alrededor del 90% del crudo exportado por Irán, y cerca de 20 millones de barriles diarios, aproximadamente una quinta parte de la oferta mundial de petróleo, circula por el estrecho de Ormuz. Evitar una guerra que interrumpa ese flujo es, por tanto, una prioridad estratégica.

China mantiene una competencia estratégica de largo plazo con Estados Unidos, pero intenta gestionarla evitando una confrontación militar directa. Su enfoque consiste más bien en acumular ventajas en ámbitos como la tecnología, la industria avanzada, las infraestructuras globales o las finanzas internacionales. El modelo de desarrollo chino sigue profundamente vinculado a las exportaciones, a las cadenas internacionales de suministro y a las rutas marítimas que conectan Asia con Europa, África y América. Grandes proyectos geoeconómicos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt and Road Initiative), también conocida como la Nueva Ruta de la Seda, cuyo propósito es mejorar la conectividad internacional mediante la construcción de corredores terrestres y marítimos que faciliten el comercio, la inversión y la cooperación global, dependen precisamente de que esas redes comerciales funcionen sin grandes interrupciones. Una escalada militar entre potencias o un cierre prolongado de rutas energéticas y comerciales afectaría directamente a ese entramado y podría frenar el crecimiento económico que sustenta su proyección de poder. De ahí la importancia que concede a la estabilidad del comercio global.

Al mismo tiempo, las crisis internacionales también pueden abrir oportunidades. Cuando EEUU se ve implicado simultáneamente en varios frentes de tensión, China puede ampliar su influencia económica y diplomática en regiones como Asia, África, Oriente Medio o América Latina mediante inversión, comercio o financiación de infraestructuras. Su prioridad no es provocar cambios abruptos mediante la fuerza, sino mantener un entorno internacional suficientemente estable para seguir acumulando poder económico, tecnológico y político a largo plazo. En ese sentido, la estrategia china podría resumirse como una apuesta por ganar influencia estructural dentro del sistema global, más que por desestabilizarlo mediante confrontaciones directas que podrían resultar contraproducentes.

Cuando seguridad y economía se confunden

En este contexto, la aceleración del rearme es a la vez militar y económica. Militar, porque en Europa la guerra de Ucrania ha destruido la ilusión de seguridad compartida en el marco de la OTAN; económica, porque la defensa se está usando como política industrial para reconstruir cadenas de suministro, reducir dependencia de EEUU, impulsar sectores de alta tecnología. El gasto de defensa de la UE subió a unos 343.000 millones de euros en 2024 y probablemente a 381.000 millones en 2025, mientras SIPRI calculó que el gasto militar global alcanzó 2,7 billones de dólares en 2024, con Europa como principal motor del aumento. Eso no significa que el rearme sea un mero teatro económico: significa que la frontera entre seguridad y economía se ha vuelto borrosa.

En el trasfondo de muchas de estas tensiones aparece un problema más estructural: el sistema económico mundial depende de flujos masivos de energía, materias primas y trabajo que circulan a través de cadenas de suministro profundamente desiguales. Gran parte del consumo material de las economías más ricas se sostiene sobre la extracción intensiva de recursos en otras regiones del planeta y sobre la externalización de costes ecológicos y sociales hacia territorios periféricos. Este patrón es un sistema de intercambio ecológico desigual.

En el fondo, lo que está en juego no es solo la posibilidad de una guerra mundial inmediata, sino algo más estructural: la estabilidad de un sistema económico que depende de una distribución profundamente desigual de energía, recursos naturales y poder político. Lo conflictos contemporáneos se desarrollan sobre un trasfondo de crisis ecológica, competencia por recursos y tensiones derivadas de un modelo de desarrollo de imposible universalización a escala planetaria. La aceleración del rearme refleja también esta transformación: el aumento del gasto militar se vincula cada vez más a la política industrial y tecnológica. La industria de defensa se utiliza para reconstruir cadenas de suministro, impulsar sectores de alta tecnología y asegurar el acceso a recursos y capacidades estratégicas.

Desde esta perspectiva, el Doomsday Clock señala la fragilidad de un sistema mundial basado en flujos materiales cada vez más tensos, en límites ecológicos cada vez más visibles y en una competencia creciente por sostener modos de vida que descansan sobre una extracción intensiva de recursos y sobre profundas desigualdades globales. La cercanía actual del reloj a la medianoche refleja esa vulnerabilidad estructural: un mundo en el que las tensiones geopolíticas, las crisis ecológicas y las desigualdades materiales se entrelazan de forma cada vez más difícil de gestionar.

Y esa preocupación por los flujos del petróleo y su impacto sobre las economías ha hecho que, desde el primer minuto, queden amortizadas las muertes de las 160 niñas asesinadas en una escuela de Teherán en los primeros ataques de EEUU, del mismo modo que han quedado amortizadas las decenas de miles de víctimas en Gaza, Ucrania o Líbano. Para todas estas víctimas la medianoche ya ha llegado. En un sistema internacional cada vez más condicionado por la estabilidad de los mercados energéticos y las cadenas globales de suministro, el sufrimiento humano corre el riesgo de convertirse en una variable secundaria frente a la continuidad de los flujos económicos. Ya no se trata de salvar al soldado Ryan, símbolo de la guerra industrial del siglo XX, sino de salvar al turista Ryan, figura de una economía global cuya prioridad es que nada interrumpa la circulación de energía, mercancías y consumo. Y en esa guerra insidiosa de la economía global las poblaciones de las sociedades del Norte ya no somos meros espectadores: nuestros modos de vida, sostenidos por esos mismos flujos de energía y recursos, forman parte del dispositivo que la mantiene en marcha.

Udalaitz (o Udalatx), sin batería

Mañana perfecta para subir desde el puerto de Kanpazar hasta la mole de Udalaitz, o Udalatx. Un cielo azul, esplendoroso, hacía brillar la piedra caliza de la montaña a la salida del encinar sobre el que se alza la roca desnuda. Llegado a la crestería cimera me he quedado sin batería. Bueno, el teléfono, yo bastante bien. Otro día repetimos 😀.








domingo, 15 de marzo de 2026

Delika: mañana pasada por agua junto al Nervión

En la distancia se apreciaba la poderosa caída desde las alturas del monte Santiago. Por eso mismo, acercarse hoy hasta la base era imposible.
 


 

































sábado, 7 de marzo de 2026

Los vigías

Taina Tervonen
Los vigías
Traducción de Iballa López Hernández
Errata naturae, 2025

"Escucho a Saliou y me digo que no es uno de los cinco, sino uno de las decenas, de las centenas de vigías. me digo que Carlo y Carmen también lo son, así como Pavlos Pavlidis, médico forense de Alejandrópolis, Grecia, que se las arregla con lo que tiene a mano para identificar los cadáveres del los ahogados en el río Evros, que separa Turquía de Grecia; como Paqui Hidalgo Quintero, concejala en el ayuntamiento de Tarifa, que cada año consigue que se apruebe una partida para cubrir los gastos de los entierros anónimos; y como Mustafa Dawa, en la isla griega de Lesbos, que se puso a lavar los cuerpos y a rezar por ellos en vista de que nadie más lo hacía".


Este ensayo de Taina Tervonen se sitúa en la continuidad del trabajo periodístico y narrativo que la autora finlandesa-francesa ha desarrollado durante más de una década en torno a las migraciones y las desapariciones en las fronteras de Europa. La autora combina investigación, relato y reflexión ética, construyendo un texto que no es solamente un reportaje sobre la crisis migratoria, sino también una meditación sobre la memoria, la responsabilidad y la invisibilidad de ciertas tragedias contemporáneas. En este sentido, el libro dialoga claramente con su obra previa Las sepultureras, dedicada a las mujeres que exhuman fosas comunes de la guerra de Bosnia, con la que comparte una preocupación central: qué ocurre cuando las instituciones dejan cuerpos sin nombre y cómo algunas personas se encargan de restituirles su identidad y dignidad.

Mientras Las sepultureras exploraba el trabajo de quienes buscan a los desaparecidos de una guerra pasada, Los vigías se desplaza hacia un presente todavía en curso. El libro se adentra en el drama de las personas migrantes que desaparecen en las rutas marítimas hacia Europa, especialmente en el Mediterráneo y el Atlántico. Miles de personas mueren o se esfuman cada año en estas travesías precarias, y muchas de esas muertes ni siquiera quedan registradas oficialmente. Sin cuerpos recuperados ni listas completas de víctimas, estas desapariciones generan una forma de duelo suspendido para las familias que esperan noticias. Frente a esta ausencia de reconocimiento institucional, el ensayo se centra en quienes intentan vigilar, documentar y responder a esa tragedia.

"-¿Ves? Si tecleo '23' en WhatsApp, me sale un grupo que zarpó de El Aaiún el 23 de septiembre de 2022, con veintinueve desaparecidos, cuatro muertos y un único superviviente.
Cuando se busca esa misma fecha en Google, aparece un naufragio frente a las costas sirias, con una salida desde el Líbano -noventa y cuatro cadáveres recuperados-, pero nada sobre el que se produjo frente a Marruecos. Con cada historia que me relatan los vigías, calibro el abismo que existe entre la realidad de la que son testigos y aquella de la que dan cuenta los medios. ¿Cuántos muertos invisibles habrá por cada muerto mencionado en la prensa?".

El núcleo del libro está compuesto por cinco retratos de personas a las que Tervonen denomina “vigías”. No se trata de grandes organizaciones ni de autoridades estatales, sino de mujeres y hombres que, por distintos motivos, han asumido la tarea de observar y reaccionar ante lo que ocurre en el mar. Algunos siguen las embarcaciones a través de sistemas de localización y redes de comunicación informales; otras reciben llamadas o mensajes de socorro de personas que navegan en barcos improvisados o se dedican a registrar nombres, reconstruir trayectorias o ayudar a las familias que buscan a sus desaparecidos. A través de estos cinco perfiles, el libro revela la existencia de una red extensa de personas que se niegan a aceptar la invisibilidad de estas muertes.

La elección del término “vigía” es significativa. Estos personajes no siempre tienen la capacidad de intervenir directamente en las situaciones de peligro; a menudo su papel consiste simplemente en observar, escuchar y transmitir información. Sin embargo, en el universo moral del libro, ese gesto adquiere un valor crucial: vigilar significa negarse a apartar la mirada, significa también documentar lo que sucede para que no desaparezca en el silencio. Taina Tervonen sugiere que, en un contexto en el que las instituciones tienden a diluir la responsabilidad y a convertir las tragedias en estadísticas, el acto de prestar atención se convierte en una forma de resistencia.

"En realidad, acabamos siendo testigos de crímenes. Si oyes morir a alguien o sabes que esa persona corre peligro, debes hacer cuanto esté en tus manos por ayudarle. Si no, eso se llama omisión del deber de socorro. Así que lo único que puedo hacer es procurar que se sepa. Que se sepa que se están cometiendo esos crímenes. Aunque sea consciente de que no podré salvar a nadie en ese momento. Pienso en los que que vendrán después. Todos albergamos esa esperanza".

La estructura narrativa del ensayo refleja esta perspectiva. En lugar de presentar un análisis abstracto de las políticas migratorias, la autora organiza el libro como una serie de historias que se entrecruzan. Cada capítulo se aproxima a uno de estos vigilantes y a su trayectoria personal: cómo llegaron a implicarse en este trabajo, qué redes utilizan, qué dilemas enfrentan. A medida que las historias avanzan, percibimos la magnitud del sistema informal que se ha desarrollado alrededor de las rutas migratorias. Es una red frágil, a menudo improvisada, pero sostenida por fuertes convicciones éticas.

Uno de los temas más poderosos del libro es la cuestión de la invisibilidad. Las desapariciones en el mar generan una forma particular de ausencia: sin cuerpos recuperados, muchas familias quedan atrapadas en una incertidumbre permanente. La autora recoge testimonios de padres, hermanos o hijos que continúan esperando noticias durante años. En este contexto, el trabajo de las y los vigías,  como el de las "sepultureras" Senem y Darija, consiste en devolver nombres, historias y memoria a quienes podrían quedar reducidos a un número o desaparecer completamente de los registros. Sus muertes sí importan.

El relato se construye a partir de fragmentos de conversaciones, mensajes recibidos en mitad de la noche, coordenadas marítimas, listas de nombres o reconstrucciones de trayectorias migratorias. Esta acumulación de elementos cotidianos hace que la tragedia global de las migraciones no sea una abstracción, sino una serie de situaciones específicas vividas por personas reales. Por eso, su dimensión política es evidente. Las historias que recoge muestran hasta qué punto las rutas migratorias actuales están marcadas por políticas de control que empujan a las personas hacia trayectos cada vez más peligrosos. También en el Bidasoa. En ese contexto, las y los vigías aparecen como una forma de contrapoder moral: individuos que intentan compensar, aunque sea parcialmente, la indiferencia o la insuficiencia de las estructuras oficiales.

Esta combinación de investigación rigurosa, narración sensible y reflexión moral convierte a Los vigías en una obra significativa que nos enfrenta a una pregunta fundamental: en un mundo donde tantas tragedias ocurren lejos de nuestra vista, ¿qué significa no apartar la mirada?

viernes, 6 de marzo de 2026

Nicaragua

Comparto la presentación de la conferencia sobre la situación que sufre Nicaragua bajo la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
La conferencia ha tenido lugar esta mañana en el Auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación de la UPV/EHU, organizada por la Plataforma Nacional Juvenil, Nicaragua Libre y Feministas por Nicaragua - Euskal Herria. 
Las intervenciones de Dora María Téllez y de Ana Margarita Vijil han sido extraordinarias. Espero que puedan compartirse pronto en su integridad.
 
 

[1] Belaunaldi oso batentzat Nikaragua herrialde urrun bat baino zerbait gehiago izan zen: itxaropen bat izan zen. Hogei edo hoheitamar urte inguru genituen askorentzat, iraultza sandinista herrialde eta mundo justuago bat eraikitzeko benetako aukera izan zen.

Gaur, Nikaragua diktadura batenpean bizi denean eta ahots kritiko asko isilarazi, espetxeratu edo herrialdetik bota dituztenean, giza eskubideak eta demokrazia defendatu dituztenei entzun nahi diegu. Mahai inguru hau zer gertatu zen, zer gertatzen ari den eta Nikaraguarentzat zer etorkizun imajinatu daitekeen ulertzeko gonbidapena da.

[2] Nicaragua fue, para toda una generación, algo más que un país lejano: fue una esperanza. Para muchos y muchas de quienes entrábamos en la veintena o la treintena en 1979, la revolución sandinista representó la posibilidad real de construir un país más justo.

En su libro de memorias ADIÓS MUCHACHOS, quien fuera vicepresidente con Daniel Ortega, Sergio Ramírez, cuenta que en 1983 el canciller austríaco Bruno Kreisky le dijo: «Qué difícil debe resultar para ustedes ser la esperanza de los demás».

 

[3] Y es que fue una revolución profundamente cultural: la Nicaragua Nicaraguita que cantaba Carlos Mejía Godoy, la de los poemas de Ernesto Cardenal, Gioconda Belli, Claribel Alegría o Leonel Rugama, una revolución que parecía hecha también de palabras, música y sueños. Como escribía la poeta argentina Etelvina Astrada en su contribución al libro colectivo CON NICARAGUA: HOMENAJE AL PUEBLO NICARAGÜENSE:

Desde el alba preliminar del Caribe,

preludio del salto mortal e inmortal de América

ha comenzado a clarear,

a sumarse la luz,

luz de luz

y porque es tiempo de amanecer

en Nicaragua

de cuerpo entero se hizo la luz.

 

[4] Desde los primeros momentos temimos que aquel proceso podía sucumbir a la vieja maldición latinoamericana de estar, como dijo Porfirio Díaz, «tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos». La guerra de la Contra pareció confirmarlo. Sin embargo, con el paso del tiempo Nicaragua terminó enfrentándose a otra tragedia: la deriva autoritaria surgida desde dentro del propio proceso revolucionario. Vuelvo a recurrir a Sergio Ramírez:

«Destronar a Somoza tenía como consecuencia necesaria la revolución, no la transición pacífica a que otros sectores de la sociedad aspiraban. Y una propuesta de cambio radical necesitaba de un poder radical, capaz de defenderse y librarse de riesgos. Era, además, un poder para siempre. Tampoco se triunfa con las armas para conquistar un poder de corto plazo, cuando se trata de barrer con la historia. Y en esa circunstancia, los moderados comienzan a resultar sospechosos».

[5] Hubo otra mujer profundamente comprometida con la revolución, Rosa Luxemburgo, que ya nos advirtió en 1918 de los riesgos que se derivan de toda revolución armada, por más justificada que esta pueda parecer: la suspensión de la democracia y la libertad:

«Con toda seguridad, toda institución democrática tiene sus límites e inconvenientes, lo que indudablemente sucede con todas las instituciones humanas. Pero el remedio que encontraron Lenin y Trotsky, la eliminación de la democracia como tal, es peor que la enfermedad que se supone va a curar; pues detiene la única fuente viva de la cual puede surgir el correctivo a todos los males innatos de las instituciones sociales”.

Y plantea esta poderosa y tan actual proclama:

«La libertad sólo para los que apoyan al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que este sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente. No a causa de ningún concepto fanático de la “justicia”, sino porque todo lo que es instructivo, totalizador y purificante en la libertad política depende de esta característica esencial, y su efectividad desaparece tan pronto como la “libertad” se convierte en un privilegio especial».

[6] Hoy, cuando Nicaragua vive bajo una dictadura y muchas voces críticas han sido silenciadas, encarceladas o expulsadas del país, queremos escuchar a quienes han defendido los derechos humanos y la democracia. Esta conferencia es una invitación a comprender qué ocurrió, qué está ocurriendo y qué futuro puede imaginarse para Nicaragua. Contamos para ello con la participación de dos destacadas feministas y activistas políticas nicaragüenses.

[7] Dora María Téllez, historiadora, tuvo un papel dirigente destacado en la lucha popular que derrocó a la dinastía de los Somoza y fue ministra de Salud durante la Revolución Popular Sandinista en los años 80.

Fundó el Movimiento de Renovación Sandinista (MRS, hoy UNAMOS) a mediados de la década de los 90, junto con otras y otros destacados dirigentes que dejaron el FSLN debido a los rasgos autoritarios que ya se percibían en este partido.

Encarcelada en 2021 por denunciar las violaciones de derechos humanos por parte del gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo, y permaneció 606 días en condiciones extremas de aislamiento y tortura, hasta que en 2023 fue expulsada de Nicaragua y desnacionalizada.

Referente internacional en la lucha por la democracia y la justicia en Nicaragua, estando presa recibió el Doctorado Honoris Causa por las Universidades de Helsinki y La Sorbonne Nouvelle de París, así como el Premio René Cassin 2022 de Derechos Humanos del Gobierno Vasco.

[8] Ana Margarita Vijil es una abogada y cientista política que trabajó en la disputa territorial entre Nicaragua y Colombia ante el Tribunal de Justicia Internacional de La Haya, y presidió el Movimiento de Renovación Sandinista de 2012 a 2017.

Fue apresada junto a Dora María durante un allanamiento policial en su casa, sin orden judicial y con uso de drones, y permaneció en aislamiento durante más de 86 semanas, hasta que fue expulsada de Nicaragua y desnacionalizada.

Con una amplia trayectoria en la defensa de la democracia y los derechos humanos, recibió en 2024 el Premio Valors por parte del Consejo de los Ilustres Colegios de la Abogacía de Catalunya (CICAC).

[9] No puedo terminar esta presentación sin recordar con emoción a nuestro querido Juan Zubillaga, Zubi, que fue profesor de esta universidad y un enamorado de Nicaragua.