sábado, 28 de febrero de 2026

Como bestias

Violaine Bérot
Como bestias
Traducción de Pablo Martín Sánchez
Las afueras, 2022

"Volvimos al lugar después de que ustedes pasaran por allí. Vimos de nuevo al burro. Nos dio la impresión de que estaba inquieto. Con la niña nos había parecido tan tranquilo. También vimos cabras un poco más arriba, en la zona más escarpada del peñasco. También ellas se pusieron en alerta unos instantes, como el asno. Con la ayuda de los prismáticos vimos cómo nos observaban. Era como si todos los animales del lugar vigilaran a los humanos. Como si estuvieran intranquilos por el ajetreo de los últimos días. O inquietos por la desaparición del Oso y la niña. Percibimos claramente ese ambiente particular, tan nuevo, tan tenso".


Una novela impresionante, breve y perturbadora, que adopta la forma de una fábula rural para explorar los mecanismos íntimos del miedo, la exclusión y la violencia contra las mujeres. La historia se sitúa en un valle de montaña donde la vida transcurre bajo códigos antiguos, entre la dureza del paisaje y la persistencia de rumores y leyendas. Allí aparece una niña pequeña junto a un joven gigantesco y casi salvaje, conocido por los vecinos como “el Oso”, que vive apartado de la comunidad y apenas se comunica con palabras. Ese hecho desencadena una investigación policial, pero el centro del relato no es la resolución del enigma, sino la reacción del pueblo ante aquello que no comprende.

La novela se articula a través de una estructura coral: distintas vecinas y vecinos hablan con la policía, recuerdan, sospechan. Cada voz aporta una versión parcial, teñida de prejuicios, supersticiones o compasión. El joven y la niña no cuentan su propia historia, son narrados por la comunidad, que observa y juzga. De este modo asistimos no tanto a un caso policial como a la radiografía moral de un grupo humano enfrentado a lo diferente, a un joven extraño que parece habitar una frontera difusa entre lo humano y lo salvaje. La novela cuestiona la rigidez de esa frontera: ¿qué define realmente la humanidad? ¿el lenguaje, la convivencia social, el respeto a normas compartidas? Lo supuestamente “bestial” puede contener una forma de inocencia o autenticidad, mientras que lo socialmente aceptado revelar una terrible violencia latente, particularmente de los hombres contra las mujeres.

"Así que las hadas, permitirme creer en las hadas, fue en cierto modo un alivio. De vez en cuando, en lugar de tener pesadillas, veía a las hadas. Se me aparecían. Las hadas de la gruta, las que cuidan de los bebés. Una se aferra a lo que puede. El mundo real se había vuelto demasiado peligroso, el horror podía surgir de cualquier parte, incluso de aquellos cuya conducta parecía irreprochable. Por suerte, estaban las hadas. [...] Puede parecer pueril. Pero no soy en absoluto una chavalita de quince años ni una iluminada. No hay nadie que tenga más los pies en el suelo que yo, nadie más pragmático, los que me conocen pueden confirmárselo. Y sin embargo... A todas las chicas que algún día conocerán ese horror les deseo que encuentren a las hadas, ellas las ayudarán a levantarse".

En el relato resulta central la presencia de la leyenda y lo mítico. En el valle circulan historias de hadas, criaturas del bosque y apariciones, narraciones que se entrelazan con el suceso contemporáneo, creando una atmósfera donde lo real y lo fabuloso conviven. El relato se mueve en ese espacio ambiguo, donde la racionalidad policial no logra disipar del todo el halo de lo inexplicable.

Violaine Bérot deja que las voces, con sus silencios y contradicciones, revelen la tensión subyacente, de manera que cada testimonio añade una capa de significado y nos obliga a participar activamente en la reconstrucción de unos hechos que nunca son plenamente desvelados. 

Como bestias es una de las lecturas que más me han impactado en mucho tiempo, tanto por su forma como por su fondo. La recomiendo sin reservas.

El corazón revolucionario del mundo

Francisco Serrano
El corazón revolucionario del mundo
Tusquets, 2025

"Forma de vida autotélica, encerrada en sí misma, justificada por la propia existencia. Todo el dolor causado era inútil, estéril, y sin embargo irrenunciable. Los muertos dejados atrás adquirirían quizá un sentido futuro, lo que requería no detenerse nunca, no aflojar, no dejar de matar, no dejar de perseguir al enemigo, aunque el enemigo ya no tuviera forma alguna".


Una exploración del fervor ideológico y sus fisuras más  íntimas ambientada en la convulsa Europa de los años setenta. Es verdad que la obra parte de un contexto muy reconocible (las células revolucionarias clandestinas, el idealismo radical, la conspiración política), pero pronto deja claro que su objetivo no es reconstruir un momento histórico, sino indagar en la psicología y las emociones que sostienen la fe revolucionaria.

La historia sigue a Valeria Letelier, una joven que se siente atraída por la fuerza magnética de un líder revolucionario que predica la transformación total. Lo que comienza como adhesión idealista se convierte en un proceso de iniciación marcado por el entrenamiento, la disciplina y la violencia latente. En espacios cerrados, en pisos clandestinos y casas aisladas en el campo, la novela construye escenarios que se convierten en laboratorios morales donde se ponen a prueba la lealtad, la obediencia y la identidad personal.

La revolución se muestra como un territorio ambiguo donde conviven la generosidad y el deseo de justicia con el narcisismo, la manipulación y el sacrificio de la individualidad. Y un machismo rampante: siempre son las mujeres las que preparan y sirven un café o limpian el desorden. La figura del líder carismático resulta clave: encarna tanto la promesa de sentido como el riesgo de sometimiento. Frente a él, la mirada de Valeria permite observar cómo la fascinación ideológica puede entrelazarse con vínculos afectivos complejos, diluyendo la frontera entre convicción política y dependencia emocional.

Aunque la novela incorpora elementos propios del thriller político (clandestinidad, preparación armada), su verdadero impulso es introspectivo. Serrano se detiene en los mecanismos internos del grupo, en los rituales de cohesión y en las tensiones que surgen cuando la teoría debe enfrentarse a la práctica. La violencia, cuando aparece, no está romantizada y funciona más como interrogante moral que como espectáculo narrativo. De este modo, el relato invita a preguntarse qué significa realmente transformar el mundo y qué coste implica hacerlo.

"No vamos a dar la vuelta ahora. hace mucho que no podemos dar la vuelta. De ninguna manera, Valeria".

Una novela que utiliza el marco histórico de la insurgencia setentera para plantear preguntas totalmente vigentes: ¿de dónde nace el impulso revolucionario? ¿Qué relación existe entre idealismo y poder? ¿Hasta qué punto una causa colectiva puede absorber la identidad individual? Sin ofrecer respuestas, Serrano propone una indagación que nos deja reflexionando sobre la delgada línea entre convicción y fanatismo, entre esperanza transformadora y pérdida de una misma.

Campo visual

Kathleen Jamie
Campo visual
Traducción de Pilar Vázquez
Volcano, 2018

"Aunque no había tierra habitada a la vista, tampoco estábamos solos de verdad en el océano. A dieciséis kilómetros en dirección oeste, como una luna con respecto a la tierra fértil de Roma, se veía el islote baldío de Sula Sgeir, una fábrica de alcatraces. Y estaba siempre la sensación de la raza antigua que había habitado la isla. Personalmente, si en algún momento me sentí remota o aislada, nunca fue por la lejanía de la tierra firme, más allá del horizonte, sino en relación con el pueblo abandonado a medio kilómetro de nuestro refugio. Las formas ovales que sus habitantes habían excavado y la humilde capilla tenían algo hogareño y reconocible. Nosotros comíamos sopas de sobre y fruta enlatada, y contemplábamos por la ventana las reliquias de una inteligencia perdida, los campos abandonados hacía mucho tiempo, dorados por la luz del atardecer".


En este libro Kathleen Jamie se aleja formalmente de la poesía, género por el que es más conocida, para adentrarse en el ensayo de naturaleza con una voz que combina contemplación, precisión científica y una sensibilidad que sigue siendo profundamente poética. El resultado es una reflexión serena y penetrante sobre la mirada: cómo vemos el paisaje, cómo lo habitamos y cómo nos vemos a nosotras mismas dentro de él.

El eje del libro es la observación. La autora viaja por distintos territorios, principalmente en su tierra, Escocia, pero también en lugares como el Ártico o en sitios arqueológicos remotos, y convierte cada desplazamiento en una exploración íntima. No se trata de una naturaleza espectacular narrada con grandilocuencia, sino de una atención minuciosa a lo aparentemente pequeño: fósiles, aves marinas, glaciares, huesos, viento, luz. Kathleen Jamie visita laboratorios de anatomía, conversa con personas expertas que estudian ballenas o glaciares, observa restos humanos antiguos con una mezcla de curiosidad y respeto. La autora transforma estos encuentros en meditaciones sobre el tiempo profundo: la vida humana aparece como un instante dentro de escalas geológicas y biológicas inmensas, con una perspectiva que dilata la conciencia de la lectora, del lector, activando una actitud de humildad ante el mundo natural.

La autora practica lo que podríamos llamar una “ética de la mirada” que, frente a la tradición del ensayo naturalista dominado por figuras masculinas que describen la conquista o el dominio del territorio, propone una mirada horizontal, paciente y consciente de la fragilidad del entorno. Hay una voluntad constante de no imponerse sobre el paisaje, sino de escucharlo desde una actitud de atención plena. Aunque el libro está lleno de descripciones de exteriores -islas ventosas, mares fríos, cavernas, hielo-, el movimiento real es hacia el interior. Consciente de la enfermedad, la maternidad y el paso del tiempo, el cuerpo humano, vulnerable y finito, se convierte en otro paisaje a explorar.

La formación poética de Kathleen Jamie se percibe en cada página. Cada palabra parece elegida con cuidado, en una economía expresiva que genera una intensidad particular y nos deja con una sensación de amplitud, como si nuestra propia mirada se hubiera afinado, invitándonos a habitar el mundo con mayor conciencia y sencillez.

La tierra del dulce porvenir

Harper Lee
La tierra del dulce porvenir
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino
Lumen, 2025

"Durante la Depresión, el señor Fink Sewell, un vecino de Maycomb conocido desde hacía tiempo por su libertad de pensamiento, desenterró a su propio abuelo y le extrajo todos los dientes de oro para saldar una hipoteca. Cuando el sheriff fue a detenerlo por saqueo de tumbar y acaparamiento de oro, el señor Fink argumentó que si su abuelo no era suyo, ¿de quién era? El sheriff contestó que el viejo señor M. F. Sewell estaba enterrado en terreno público, pero el señor Fink respondió puntillosamente que, a su modo de ver, aquella era su plaza en el cementerio, aquel su abuelito y aquellos sus dientes, y se negó a dejarse detener. La opinión pública en Maycomb se puso de su parte: el señor Fink era un hombre honorable que intentaba por todos los medios pagar sus deudas, y la ley no volvió a molestarlo".


Considerada durante mucho tiempo como autora afamada de una sola obra -¡pero qué obra!- la publicación en 2015 de Ven y pon un centinela, rodeada de polémica, fue un acontecimiento para quienes, como yo, nos declaramos abiertamente Mockingbirdianas y Mockingbirdianos. Ahora llega otra ocasión para encontrarnos con la mirada luminosa de Harper Lee gracias a estas dieciséis piezas breves (ocho cuentos y ocho ensayos y cartas) que componen un libro delicioso, una ventana abierta a la sensibilidad más íntima de la autora de Matar a un ruiseñor.

El título -La tierra del dulce porvenir- ya sugiere una tensión: lo dulce no es complacencia, sino memoria, no es ingenuidad, sino un eco persistente de la infancia y del paisaje. Harper Lee escribe con la cadencia del sur, con esa respiración lenta que parece detenerse en los detalles más nimios: el polvo suspendido en el aire, el rumor de un porche al atardecer, la voz de una vecina o un vecino que cargan con historias heredadas. 

En los relatos, la infancia aparece como territorio ambiguo. No es el paraíso idealizado, sino un espacio de descubrimiento moral. Las niñas (sobre todo) y los niños de los relatos de Harper Lee no son inocentes absolutos, sino seres que aprenden a leer el mundo a través de las grietas de los adultos. Hay algo profundamente ético en su mirada: una confianza en que la experiencia cotidiana, incluso la más doméstica, encierra dilemas universales. El sur no es un mero escenario regionalista, sino un laboratorio moral; la “tierra de lo dulce” es, al mismo tiempo, la tierra de las heridas históricas y bajo la suavidad del título se adivina la conciencia de un país fracturado. La autora sabe que la memoria puede ser refugio, pero también confrontación. Ahí están ya Maycomb y la luminosa Jean Louise Finch.

Aunque se trate de piezas diversas, tanto las narrativas como las ensayísticas comparten una atención reverente por la dignidad humana, incluso cuando aborda las contradicciones del sur. Sin idealizar nada Harper Lee hace una exposición delicada de las complejidades sociales que marcaron su tiempo, construyendo y practicando una ética de la mirada que observa sin condescendencia y sin cinismo a unos personajes poseedores de una humanidad irreductible. 

Con un atinado prólogo de Casey Cep, experta en la obra de Harper Lee y autora ella misma de un libro muy recomendable, La tierra del dulce porvenir es una lectura obligada para quienes amamos la obra anterior de Harper Lee, pero también una excelente puerta de acceso a esta autora para quienes todavía -¿habrá alguien?- no la conozcan.

domingo, 22 de febrero de 2026

Kolitza, Terreros y Burgüeño

A las 7:50 he salido del parking de Pandozales. A las 8:55 llegaba a Kolitza, desde donde me he encaminado hacia el Terreros (9:25) y el Burgüeño (10:20). A las 11:15 pasaba de vuelta por Kolitza y a las 12:00 estaba otra en Pandozales. Es un recorrido precioso, con unas vistas extraordinarias. Del Kolitza al Burgüeño no te encuentras con nadie, soledad absoluta. 
 






 















Terreros y Burgüeño.



Sierra Salvada.





Terreros.
Kolitza desde Terreros.
Burgüeño.
Embalse de Ordunte.


Burgüeño.

Kolitza y Terreros desde Burgüeño.





sábado, 21 de febrero de 2026

El sentido de la naturaleza

Paolo Pecere
El sentido de la naturaleza. Siete sendas por la Tierra
Traducción de Xavier González Rovira
Anagrama, 2025

"Las sendas existen porque alguien las ideó y las abrió, y como tales pueden prolongarse con el trabajo y el pensamiento. Para trazar en la mente una senda hacia el futuro, alternativa a los caminos de la inercia y la desesperación actuales, y decidirse a actuar por una causa común, pueden servir como desencadenante performances y caminatas por los márgenes, fantasías ebrias y visiones psicodélicas, pero no bastan. Tampoco basta volver a la naturaleza, subir a la cima de una montaña, dar un paseo por un parque natural para escudriñar nuestros deseos, como hacen muchos turistas, peregrinos hacia una trascendencia en la que no creen lo suficiente".


El filósofo italiano Paolo Pecere nos ofrece un ensayo que invita a repensar nuestra relación con el mundo natural desde una perspectiva a la vez filosófica, histórica y existencial. Lejos de proponer una teoría única o un diagnóstico cerrado sobre la crisis ecológica contemporánea, Pecere construye un recorrido plural -las “siete sendas” del subtítulo- que permite aproximarse a la naturaleza como experiencia, idea y horizonte ético.

La senda de las ciudades abre el recorrido desde un punto aparentemente paradójico. Lejos de oponer ciudad y naturaleza, Pecere muestra cómo el entorno urbano es hoy uno de los principales escenarios donde se juega nuestra relación con lo natural: en la gestión del espacio, en la planificación, en la vida cotidiana marcada por la artificialidad, pero también por nuevas formas de sensibilidad ecológica. La naturaleza no está fuera de la ciudad; está integrada, transformada y, a menudo, invisibilizada en ella.

La senda del equilibrio introduce una reflexión más conceptual e histórica. Aquí Pecere examina la idea, tan antigua como problemática, de un "equilibrio natural", mostrando tanto su potencia normativa como sus límites. El equilibrio no aparece como un estado fijo al que habría que regresar, sino como una noción dinámica, frágil, que obliga a pensar la coexistencia entre sistemas humanos y no humanos sin garantías definitivas.

Con la senda de los animales, el ensayo se desplaza hacia una reconsideración radical de nuestra relación con otras formas de vida sensible. Pecere cuestiona la centralidad exclusiva de lo humano y explora las implicaciones éticas, científicas y culturales de reconocer a los animales como sujetos de experiencia, no meros recursos o símbolos. Esta senda erosiona las fronteras tradicionales entre naturaleza y cultura, obligando a replantear la comunidad de los vivientes.

La senda de las plantas profundiza aún más ese descentramiento. A través de una atención a formas de vida aparentemente silenciosas y pasivas, Pecere muestra cómo las plantas desafían nuestras categorías habituales de acción, inteligencia y temporalidad. Pensar con las plantas implica aceptar ritmos distintos, interdependencias profundas y una visión menos instrumental del mundo vivo.

La senda del aire -las montañas y el espíritu- introduce una dimensión vertical y simbólica. Las alturas, el aire enrarecido, el paisaje montañoso aparecen como lugares privilegiados para interrogar la experiencia del límite, del desapego y de la elevación espiritual. Sin caer en misticismos fáciles, Pecere analiza cómo estos espacios han funcionado históricamente como laboratorios de sentido, donde naturaleza y reflexión interior se entrelazan.

Finalmente, la senda del regreso a casa cierra el conjunto con una reflexión íntima y existencial. Volver a casa no significa replegarse en lo conocido, sino reaprender a habitar: reconocer la Tierra como un lugar compartido, vulnerable y finito. Esta senda condensa el impulso ético del libro, que no propone una moral normativa, sino una transformación de la atención, de los gestos cotidianos y de la manera de situarnos en el mundo.

El libro se mueve con soltura entre tradiciones de pensamiento distintas: la filosofía clásica y moderna, la fenomenología, la historia de la ciencia y la reflexión ambiental contemporánea. Por sus páginas asoman buenas amigas de este blog como Rachel Carson, Nan Shepherd, Helen Macdonald o Suzane Simard, además de Hartmut Rosa, el papa Francisco, Robert Macfarlane o El viaje de Chihiro.

Pecere no escribe desde la pura abstracción, sino que ancla sus reflexiones en prácticas concretas: el caminar, la observación del paisaje, el viaje, la exploración científica y la experiencia estética. En este sentido, la naturaleza no aparece como un objeto distante que deba ser dominado o simplemente protegido, sino como un ámbito de sentido en el que el ser humano está siempre ya implicado. Escrito en un estilo claro y reflexivo, con una prosa que combina rigor conceptual y tono ensayístico accesible, este es un ensayo lúcido y sugerente que se sitúa en un punto fértil entre la filosofía ambiental y la reflexión cultural. No ofrece soluciones, pero sí herramientas intelectuales y sensibles para volver a preguntarnos qué significa, hoy, vivir en la Tierra y con la Tierra.

"Si imagináramos que cada uno permaneciera en las profundidades de la meditación, la humanidad seguiría explotando el medioambiente. En resumen, el intento de reconectarnos con la naturaleza-todo […], no debe desconectarnos de la realidad del medioambiente […] ni de la vida que llevamos en ella. Es un riesgo que afecta a toda disciplina de pensamiento o de meditación, desde aquellas que se basan en el vaciamiento a las que conducen a una plenitud, a la certeza del sabio o del místico, y también corren este riesgo los pensadores ecologistas y los filósofos. La «meditación», escribió Spinoza, implica «establecer una rebla y una medida de vida» con «un espíritu y un propósito muy firme». Cambiar nuestras vidas y las de los demás: meditar puede prepararnos para ello".