domingo, 1 de febrero de 2026

REIVINDICACIÓN DE UNA IZQUIERDA POLIÉTICA

“[L]os principales problemas que llamamos políticos remiten a principios ético insolventables. [N]o hay asunto relatico a los comportamientos privados que no acabe en consideraciones políticas o jurídico-políticas” (Francisco Fernández Buey, Poliética, Losada, 2004).

“En vista de las catástrofes ambientales en nuestro planeta, amenazado por peligros sin precedentes […], nos resulta difícil hablar de los derechos y las responsabilidades de la juventud, así como de su futuro. Tanto más cuanto que existen demasiados Estados nacionales enfocados a la competencia, expansionistas, machistas, militaristas y patriarcales, que parecen no entender en absoluto que en este planeta se está desarrollando una cultura dotada de una ética y una política orientadas hacia la supervivencia del ser humano” (Petra Kelly, Pensar con el corazón, Círculo de Lectores, 1992).

“[A]similar en la izquierda una línea estratégica que siempre fue sumamente despreciada, bajo el nombre de Gandhi […] conlleva un corolario para el militante de izquierda en general, obrero en particular, comunista más en particular: el ponerse a tejer, por así decirlo, el tener telar en casa; no se puede seguir hablando contra la contaminación y contaminando intensamente. Hace todavía quince años supongo yo que semejante declaración en un individuo de formación de izquierda, marxista, habría sido considerado como síntoma seguro de que había enloquecido. A la vista de los resultados de una línea sólo politicista, leninista pura, me parece que hoy se puede decir que una cosa así es expresable sin necesidad de ser sospechoso de insania. La cuestión de la credibilidad empieza a ser muy importante, y conseguir que organismos sindicales, por ejemplo, cultiven formas de vida alternativas me parece que es no tanto no sólo una manera de alimentar moralmente a grupos de activistas sino también un elemento que es corolario de una línea estratégica” (Manuel Sacristán Luzón, Pacifismo para una revolución ecosocial, Bellaterra, 2025).

 

Para combatir las derivas hacia el populismo nativista y la ultraderecha xenófoba es fundamental que la izquierda impulse una política materialista: una defensa clara de los derechos sociales y de los servicios públicos, de la vivienda accesible, la sanidad universal, la educación pública de calidad y el empleo decente.

Pero esto no es suficiente, ni siquiera es lo más importante. Una aspiración exclusivamente materialista también puede alimentar al nativismo y a la ultraderecha. Por encima de esa aspiración es necesario trabajar una perspectiva ética capaz de sostener el horizonte progresista incluso cuando las condiciones materiales no acompañan.

La política progresista no puede depender de la ilusión de crecimiento eterno. Hoy, en un mundo marcado por múltiples crisis intersectadas -ecológica, energética, geopolítica y social- se hace evidente que un proyecto emancipador debe fundarse en algo más profundo que la sola promesa de mejora material. Se trata de reconocer que la política también es ética, y de que sin un marco de valores fuerte,capaz de guiar decisiones colectivas cuando el crecimiento se estanca, la izquierda pierde terreno ante propuestas que convierten la frustración en identidad reactiva y exclusión.

El espejismo de los Treinta Gloriosos

Entre 1945 y 1973 Europa occidental vivió un periodo de crecimiento económico sostenido, caracterizado por altas tasas de empleo, expansión de los sistemas de bienestar y elevación de los estándares de vida. Este periodo, conocido como Les Trente Glorieuses, suele ser evocado como el paradigma de un capitalismo de bienestar exitoso.

Pero el brillo de ese auge económico convive con sombras que raramente aparecen en el imaginario de la posguerra. Vivimos -seguimos viviendo- en la alucinación de los Treinta Gloriosos: unas décadas de crecimiento, redistribución, democracia y paz para Europa (en general, en abstracto), pero que ni siquiera lo fueron para todas las europeas y europeos -persistieron profundas desigualdades de género y de clase- y, desde luego, no lo fueron para la mayor parte del mundo, sometido a las derivadas “calientes” de la Guerra Fría: conflictos armados en África y Asia, hambrunas, recolonización económica, extractivismo, imposición de regímenes dictatoriales… Ni tampoco lo fueron para el planeta, pues son las décadas en las que comenzamos a sobrepasar los límites ecológicos.

Esa alucinación sigue operando hoy como un horizonte implícito: la promesa de que el crecimiento volverá, de que la redistribución será suficiente y de que la estabilidad democrática se restaurará casi de forma automática. Pero el presente está marcado por una concatenación de crisis -ecológica, energética, geopolítica, demográfica- que desmiente esa expectativa. No vivimos una anomalía pasajera, sino un cambio de época.

Poliética progresista en tiempos de límites

En este contexto, una política progresista que confíe exclusivamente en la mejora material corre el riesgo de quedar atrapada en una promesa que ya no puede cumplir. Cuando el crecimiento se estanca, cuando los recursos se vuelven escasos y la inseguridad se cronifica, la apelación a lo material sin un marco ético compartido se transforma fácilmente en competencia, resentimiento y exclusión. Es ahí donde el nativismo y la ultraderecha encuentran terreno fértil.

De ahí la urgencia de una perspectiva poliética capaz de sostener la igualdad, la solidaridad y la universalidad de los derechos incluso en un escenario de límites, que no dependa de la abundancia, que sea capaz de disputar el sentido del sacrificio, del cuidado y de la responsabilidad colectiva, y que permita imaginar un proyecto emancipador no basado en la promesa de “más”, sino en la justicia, la dignidad y la habitabilidad del mundo común.

Esa perspectiva ética no puede ser un simple complemento moral de la política material, ni un discurso edulcorado de valores. Debe funcionar como una infraestructura normativa capaz de orientar las decisiones colectivas cuando no hay crecimiento que repartir ni consensos fáciles que comprar. Su núcleo no es la promesa de prosperidad, sino la afirmación de principios que no dependen de la abundancia. Es la condición para sostener un proyecto político que resista tanto los miedos como los reclamos identitarios excluyentes.

Para ello, lo primero es reivindicar una ética de la igualdad sustantiva, que asuma que la justicia no se suspende en tiempos de escasez. Cuando lo material “no alcanza” para todas y todos, la pregunta decisiva no es quién merece más, sino cómo se distribuyen los costes, los límites y los sacrificios. Sin esta brújula, la frustración social se traduce rápidamente en jerarquías morales, exclusiones identitarias y chivos expiatorios.

En segundo lugar, hay que afirmar una ética de la universalidad que sostenga la extensión de derechos más allá de la pertenencia nacional, cultural o productiva. En contextos de crisis, la tentación de restringir la solidaridad a los “nuestros” o a los “útiles” se vuelve políticamente rentable; resistirla exige una concepción de la dignidad humana que no dependa de la utilidad económica ni de la identidad compartida.

En tercer lugar, una ética de la responsabilidad intergeneracional y ecológica, que asuma los límites del planeta como un dato político y no como una externalidad técnica. Sostener el horizonte progresista hoy implica aceptar que no todo deseo es traducible en derecho material inmediato, y que la justicia también se juega en lo que decidimos no consumir, no extraer y no destruir.

Por último, una ética del cuidado y de la cooperación, capaz de disputar el imaginario neoliberal y austericida del sacrificio. Frente a su apropiación autoritaria -orden, disciplina, obediencia-, la izquierda debe reapropiarse del lenguaje de la sobriedad y la autocontención, vinculándolo a responsabilidad colectiva, la reciprocidad, la interdependencia y la protección de la vida común.

Solo desde una ética así puede la política progresista evitar que la escasez derive en miedo, y el miedo en exclusión. Y solo desde ahí puede sostenerse un proyecto emancipador que no prometa volver a un pasado que nunca fue universal, sino abrir un futuro habitable incluso en condiciones adversas.

Intervenir poliéticamente en los debates contemporáneos

Esa perspectiva ética solo adquiere sentido político pleno cuando se traduce en criterios de intervención sobre los conflictos reales del presente.

En el debate migratorio, por ejemplo, la ética progresista se pone a prueba de manera inmediata. Cuando las condiciones materiales se deterioran, la tentación de jerarquizar derechos en función del origen o de la utilidad económica se vuelve dominante. Sin un principio ético fuerte de universalidad, la defensa del Estado social se transforma fácilmente en una defensa excluyente, compatible con el nativismo. Sostener una política migratoria progresista en contextos de escasez implica asumir costes, disputar el relato del “colapso” y afirmar que la dignidad y los derechos no pueden ser un premio a la membresía nacional ni al rendimiento productivo.

En la transición ecológica, la dimensión ética es igualmente evidente. La aceptación de los límites materiales del planeta entra en tensión directa con expectativas sociales forjadas en décadas de crecimiento. Sin una ética de la responsabilidad intergeneracional y de la justicia climática, la transición se percibe como una imposición tecnocrática o como un castigo a las clases populares, alimentando el rechazo social y el discurso reaccionario. La pregunta no es solo cómo descarbonizar, sino cómo repartir los esfuerzos, quién asume las renuncias y con qué criterios de justicia.

En el ámbito de la guerra, la seguridad y la geopolítica, el horizonte progresista también depende de una brújula ética clara. El miedo, la incertidumbre y la sensación de amenaza favorecen respuestas autoritarias, militaristas y de repliegue identitario. Sin una ética que combine la defensa de la vida, el derecho internacional y la responsabilidad política, la izquierda corre el riesgo de oscilar entre el moralismo impotente y la adaptación acrítica al realismo de la fuerza.

Algo similar ocurre en los debates sobre el trabajo, el empleo y la automatización. En un contexto de precariedad estructural y transformación tecnológica, una política centrada únicamente en la promesa de más empleo o más crecimiento resulta cada vez menos creíble. La perspectiva ética permite desplazar la pregunta: no solo cuánto se produce, sino para qué, en qué condiciones y con qué reparto del tiempo, los cuidados y la seguridad vital.

En todos estos casos, la ausencia de una ética explícita deja el campo libre a soluciones que convierten la escasez en competencia, la incertidumbre en miedo y el miedo en exclusión. Por el contrario, una ética progresista capaz de sostenerse cuando lo material no acompaña permite disputar el sentido mismo de los límites, del sacrificio y de la responsabilidad colectiva, evitando que sean capturados por la ultraderecha.

Buena parte de la izquierda contemporánea ha afrontado estos debates desde una huida hacia adelante materialista, como si bastara con gestionar mejor la escasez o con prometer su superación futura. En lugar de disputar el marco ético del conflicto, ha preferido refugiarse en el tecnicismo, el economicismo o la apelación nostálgica a un crecimiento que ya no puede volver en los términos del pasado.

En el debate migratorio, este error se traduce en una ambigüedad calculada. Se defiende formalmente la universalidad de los derechos, pero se acepta implícitamente el marco del “límite de acogida”, del “orden” y de la “prioridad nacional” como condiciones políticas inevitables. Al no sostener con claridad una ética de la igualdad en contextos de escasez, la izquierda termina legitimando la idea de que los derechos compiten entre sí, reforzando así el relato nativista que dice combatir.

En la transición ecológica, el problema adopta la forma inversa: una ética implícita pero mal articulada. Se reconoce la existencia de límites, pero se evita politizar el conflicto distributivo que esos límites generan. El resultado es una transición presentada como necesidad técnica o imperativo moral abstracto, sin una narrativa clara sobre quién gana, quién pierde y por qué es justo que así sea. Este vacío ético es rápidamente explotado por la ultraderecha, que convierte el malestar material en rechazo cultural al ecologismo.

En el ámbito de la guerra y la seguridad, la izquierda oscila entre dos impotencias: el pacifismo retórico desligado de las relaciones de poder reales y la adaptación acrítica al lenguaje de la disuasión, el rearme y el realismo geopolítico. En ambos casos, se elude la construcción de una ética política capaz de articular la defensa de la vida, la legalidad internacional y la responsabilidad histórica sin caer ni en la ingenuidad ni en el cinismo.

En cuanto al trabajo y la protección social, el error consiste en seguir prometiendo integración plena a través del empleo asalariado, aun cuando las condiciones estructurales lo hacen cada vez menos viable. Al no cuestionar éticamente la centralidad del empleo como fuente exclusiva de dignidad y derechos, la izquierda deja intacta la narrativa meritocrática que luego se vuelve contra quienes quedan fuera del mercado laboral.

En todos estos frentes, el problema no es la falta de propuestas materiales, sino la ausencia de un marco ético explícito y conflictivo que permita sostenerlas cuando generan costes, renuncias o tensiones sociales. Al evitar ese conflicto, la izquierda cede el terreno de los afectos, del sentido y de la pertenencia a fuerzas que no tienen reparos en ofrecer respuestas autoritarias, identitarias y excluyentes.

Actualizar intuiciones críticas

Politizar la ética no significa moralizar la política, sino asumir que sin principios capaces de resistir la escasez, el miedo y el conflicto, la política progresista queda reducida a gestión defensiva del descontento. Y en ese terreno, la ultraderecha siempre juega con ventaja.

Una estrategia progresista capaz de sostenerse en condiciones adversas exige abandonar definitivamente la nostalgia de los Treinta Gloriosos y asumir, como ya hicieron Petra Kelly y Manuel Sacristán en los años ochenta, que el conflicto central no es solo distributivo, sino civilizatorio. Ambos comprendieron que el problema no era únicamente quién se apropia del excedente, sino qué tipo de sociedad se construye en un mundo de límites.

La primera lección estratégica que se desprende de su pensamiento es la renuncia explícita al productivismo como horizonte emancipador. Petra Kelly, desde el ecologismo pacifista, y Sacristán, desde una relectura crítica del marxismo, coincidieron en señalar que una izquierda atrapada en la lógica del crecimiento ilimitado acaba reproduciendo las mismas formas de dominación que pretende combatir. Hoy, persistir en la promesa de “más” -más consumo, más energía, más producción- no solo es materialmente inviable, sino políticamente suicida: deja el terreno moral del límite en manos de la derecha autoritaria.

De ahí deriva una segunda clave estratégica: politizar los límites en lugar de ocultarlos. Frente a la tentación tecnocrática de presentar la escasez como un problema de gestión, la izquierda debería asumir que los límites son un hecho político que obliga a tomar decisiones normativas explícitas. ¿Qué se protege?, ¿qué se reduce?, ¿qué se garantiza incondicionalmente y qué no? Sin esta honestidad ética, la transición ecológica se convierte en una fuente de desafección y miedo, fácilmente explotable por discursos reaccionarios.

La tercera dimensión estratégica es la centralidad de la no violencia, el cuidado y la cooperación como principios políticos, no solo morales. Para Petra Kelly, la paz no era un asunto exterior a la justicia social, sino su condición de posibilidad; para Sacristán, la contención -del consumo, de la dominación, de la violencia- era una virtud política en un mundo finito. Traducido al presente, esto implica disputar el sentido del sacrificio: no como imposición autoritaria ni como resignación, sino como decisión colectiva orientada a la protección de la vida común.

Una cuarta clave, profundamente actual, es la redefinición del sujeto político progresista. Ni Petra Kelly ni Manuel Sacristán confiaron en una identidad cerrada -nacional, productiva o cultural- como base de la emancipación. Su apuesta era universalista, pero no abstracta: anclada en la interdependencia, la vulnerabilidad compartida y la responsabilidad hacia quienes no están presentes (otras regiones del mundo, generaciones futuras, formas de vida no humanas). Recuperar esta perspectiva es crucial para contrarrestar el repliegue nativista sin caer en un cosmopolitismo vacío.

Es preciso decir la verdad incluso cuando es políticamente incómoda. No prometer lo que no se puede cumplir, no ocultar los conflictos, no delegar en el mercado ni en la técnica decisiones que son éticas y políticas. En los años ochenta, esta posición fue marginal; hoy, es una condición de supervivencia democrática.

Recuperar y reconectarnos con la tarea emprendida por Petra Kelly y Manuel Sacristán no significa repetir sus respuestas, sino asumir su gesto intelectual y político fundamental: construir un proyecto progresista que no dependa de la abundancia para ser justo, ni del miedo para ser mayoritario. Solo desde ahí puede la izquierda disputar el presente sin alimentar, por omisión o por cálculo, a las fuerzas que convierten los límites en exclusión y la escasez en autoritarismo.

La tarea estratégica de la izquierda hoy no consiste en prometer un retorno a la abundancia perdida, sino en aprender a gobernar democráticamente los límites sin renunciar a la igualdad, la universalidad de los derechos y la dignidad de todas las vidas. Cuando la política progresista evita esta responsabilidad, deja el campo libre a quienes convierten la escasez en miedo, el miedo en exclusión y la exclusión en orden autoritario.

Sostener un horizonte progresista en condiciones adversas exige decir la verdad sobre el mundo que habitamos, asumir los conflictos que esa verdad implica y construir mayorías no sobre la promesa del “siempre más”, sino sobre un principio más exigente y más duradero: nadie sobra, ni ahora ni mañana, ni aquí ni en ninguna parte. Se trata de romper con la ley contemporánea del biopoder que, como denuncia Didier Fassin (Por una repolitización del mundo, Siglo XXI, 2018), opera vinculando un principio de diferencia –“que establece la separación entre aquellos cuya vida es sagrada y aquellos cuya vida puede sacrificarse”- y un principio de indiferencia –“que subordina la protección de los segundos a la ausencia de todo riesgo para los primeros”-. Ese es el núcleo ético que nos permitirá resistir la tentación nativista y disputar el futuro sin reproducir las lógicas que nos han traído hasta aquí.


Pagasarri por Pastorekorta

Belleza y serenidad de kilómetro cero frente a tanta brutalidad que nos llega de lejos, pero que también se reproduce cerca. Mañana para cargarnos de gracia, para así poder seguir haciendo frente a la gravedad del mundo. O intentarlo, al menos.
 





 









































miércoles, 28 de enero de 2026

LOMBROSO REVISITADO: CUERPO, PODER Y ESTÉTICA DEL AUTORITARISMO

Veo las imágenes de Gregory Bovino, Jefe de sector (Chief Patrol Agent) de la Patrulla Fronteriza (CBP). y algo se dispara en mi mente antes incluso de escuchar sus declaraciones. No es sólo el uniforme ni la escenografía de orden marcial que parece calcada de la estética nazi; es la manera en que el cuerpo se ofrece como mensaje, la rigidez del gesto, la elección deliberada de una escenografía que no busca proteger sino imponer. De ahí nace una pregunta: ¿hay algo en la apariencia que nos permita asomarnos al alma de las personas? Y, con ella, el eco de un nombre incómodo: Cesare Lombroso.

Lombroso, médico y criminólogo del siglo XIX, creyó haber descubierto una clave definitiva para comprender el crimen. Según su teoría, ciertos rasgos físicos -formas del cráneo, mandíbulas prominentes, asimetrías- delataban una predisposición innata a la delincuencia. El criminal sería un “atavismo”, un resto evolutivo reconocible a simple vista. Su propuesta pretendía ser científica, pero no lo era: carecía de método, confundía correlación con causalidad y, sobre todo, legitimó prejuicios sociales de enorme daño. Lombroso se equivocó de raíz cuando proyectó su mirada sobre las personas pobres, las migrantes, los cuerpos ya marcados por la exclusión. Su teoría sirvió para justificar desigualdades sociales preexistentes bajo una pátina de neutralidad biológica.

Criticar a Lombroso es imprescindible. No hay rasgos físicos que revelen una esencia moral, y cualquier intento de leer el carácter a partir del cuerpo abre la puerta al racismo, al clasismo y a la violencia simbólica. La ciencia social contemporánea es clara: el comportamiento humano emerge de estructuras sociales de dominación y privilegio, no de mandíbulas ni de arcos superciliares. Hasta aquí, el veredicto es inequívoco.

El error de Lombroso y su intuición persistente

Y, sin embargo, la intuición que late bajo el error lombrosiano no se disuelve del todo si  la desplazamos en el terreno de lo social. No se trata de biología, sino de política; no de cráneos, sino de signos. La apariencia no como destino, sino como lenguaje. En las sociedades modernas, el poder no sólo actúa: se representa. Y esa representación -uniformes, gestos, coreografías de autoridad- comunica valores, prioridades y desprecios.

Esa representación corporeizada del poder dominador, brutal y ostensiblemente viril - no es un detalle menor que siempre sean hombres- no es nueva. La hemos visto antes, la hemos aprendido a leer, aunque a veces finjamos sorpresa cuando reaparece. El poder autoritario no sólo gobierna: posa y se exhibe.

Ahí está Benito Mussolini, con el pecho inflado y la mandíbula alzada, el cráneo rasurado como negación de cualquier fragilidad. El cuerpo convertido en ariete simbólico, en una geometría simple destinada a transmitir una idea elemental: fuerza, decisión, verticalidad. No hay duda, no hay fisura, no hay ironía. El cuerpo dice “mando” antes de que la boca se abra.

Ahí está también Adolf Hitler, cuya pequeñez física fue compensada (y ocultada) mediante una escenografía desmesurada. Multitudes coreografiadas, ángulos bajos, columnas humanas y arquitectónicas que lo engrandecían artificialmente. La cámara, en manos de Leni Riefenstahl, no registraba la realidad, la fabricaba. El mensaje era claro y profundamente moderno: el líder no necesita ser grande, basta con que todo a su alrededor lo haga parecerlo. El cuerpo individual del líder se disuelve en una estética hipermusculada del conjunto, de la masa enardecida.

El cuerpo del poder como puesta en escena autoritaria

Ese patrón expresivo no se ha perdido en nuestro tiempo. Ha cambiado de vestuario, ha afinado sus códigos, pero sigue hablando el mismo idioma visual. Vladimir Putin cabalgando por la taiga con el torso desnudo es una imagen casi didáctica: el líder como macho primordial, fundido con la naturaleza, ajeno a la debilidad urbana, al diálogo, a la duda. No gobierna desde el pacto, sino desde la resistencia física y la supuesta autenticidad del cuerpo endurecido. El mensaje no es político: es antropológico.

Y luego está Donald Trump, un caso fascinante porque su lenguaje corporal es a la vez repulsivo y caricaturizable. Trump no encarna la fuerza clásica del guerrero, sino la del matón televisivo: el gesto ofensivo, la invasión del espacio ajeno, el dedo acusador, la mueca de desprecio. Su cuerpo habla antes que sus frases, pero dice lo mismo: dominación, burla, aplastamiento del adversario. No necesita disciplina corporal, le basta la teatralidad del exceso.

Lo que une a estas figuras no es la ideología concreta ni la época, sino una intuición compartida: el poder necesita encarnarse, y cuando ese poder es autoritario, esa encarnación adopta formas perfectamente reconocibles. El cuerpo se vuelve mensaje político condensado y la virilidad exagerada funciona como atajo simbólico: promete orden, decisión y seguridad a cambio de obediencia. Es una gramática visual pensada para tiempos de miedo.

Que siempre sean hombres no es casual. El autoritarismo se apoya en una idea perversamente empobrecida de lo masculino: dureza sin cuidado, fuerza sin límite, mando sin escucha. El cuerpo del líder se convierte en modelo, y cualquier desviación de ese modelo es presentada como debilidad, traición o decadencia.

Aquí es donde la sombra de Lombroso reaparece, no como ciencia, sino como advertencia. No porque el cuerpo revele una esencia moral, sino porque el poder elige conscientemente qué cuerpo mostrar. No leemos almas, leemos puestas en escena, y esas puestas en escena rara vez son inocentes. El error de Lombroso fue confundir cuerpo y esencia. El nuestro sería ignorar que, en manos del poder, el cuerpo es propaganda. Y que esa propaganda, cuando adopta determinadas formas, suele anunciar siempre el mismo horizonte.

Por eso estas imágenes no deberían analizarse como anécdotas ni como simple folclore político. Son señales, no de un destino biológico, sino de un proyecto de poder. El cuerpo erguido, el gesto rígido, la escenografía grandilocuente no nos dicen quién es realmente el líder en su intimidad -eso no lo sabremos nunca-, pero sí nos dicen cómo quiere gobernar y qué tipo de vínculo propone con los demás.

La pregunta, entonces, cambia de registro. No es si el rostro “revela el alma”, sino qué dice la estética del poder sobre quienes la encarnan. Quien elige mostrarse con una iconografía de dureza extrema, quien enfatiza la verticalidad, la intimidación y la distancia, no está siendo neutro. Está narrando una relación con los otros. El cuerpo se vuelve discurso, programa político, modelo de sociedad

En este sentido, Lombroso “acierta” cuando dejamos atrás su biologicismo y miramos hacia arriba, no hacia abajo. Se equivocó gravemente al examinar a las personas pobres como si su miseria fuera una tara natural; pero la lectura resulta más fecunda cuando se aplica a las élites y a los agentes del Estado que deciden cómo aparecer ante la ciudadanía. El poder tiene rostro, y ese rostro se construye. No es un espejo del alma, pero sí una puesta en escena de intenciones.

Al observar a Bovino, lo relevante no es su fisonomía sino la suma de elecciones visibles: el atuendo que remite a una tradición autoritaria, la presencia corporal que privilegia el choque sobre la mediación, la pose que convierte la ley en espectáculo. Nada de esto es prueba una maldad esencial, pero sí revela una concepción del orden social en la que la fuerza desplaza al cuidado y la amenaza suplanta al diálogo. No estamos ante un diagnóstico biologicista, sino ante una lectura semiótica del poder.

Por supuesto, leer signos no equivale a dictar sentencias morales automáticas. La apariencia muchas veces engaña, y el juicio precipitado es una forma de injusticia. Pero renunciar por completo a interpretar imágenes y gestos sería una ingenuidad. Vivimos en una época saturada de visualidad, donde los líderes saben que cada encuadre importa. Ignorar esa dimensión es dejar nuestro análisis político incompleto.

Como científico, Lombroso fue un error histórico, pero nos ha legado una advertencia inquietante. No porque tuviera razón en sus conclusiones, sino porque nos recuerda una verdad indiscutible: que los cuerpos hablan, tal vez no de lo que somos “por naturaleza”, pero sí de lo que queremos ser en público. Cuando miramos al poder y a quienes lo encarnan, esa escucha atenta de los signos puede ayudarnos a comprender mejor qué proyecto se nos está queriendo imponer y bajo qué estética pretenden hacerlo pasar por inevitable.


PUBLICADO EL ELDIARIO.ES (27 enero 2026)


lunes, 19 de enero de 2026

ICE Age: la frontera en casa

 


La política migratoria de Donald Trump no se limita a vigilar un límite territorial. En los Estados Trumpidos la frontera se interioriza, se desplaza de los mapas a los cuerpos, de los desiertos a los barrios, de los pasos fronterizos a las esquinas donde se desenvuelve la vida cotidiana. En esa lógica, la frontera deja de ser un lugar y se convierte en un principio de gobierno.

La actuación de Immigration and Customs Enforcement (ICE) cristaliza este giro. No se trata solo de expulsar a quien cruza una línea, sino de buscar, identificar y perseguir dentro del país. La caza se normaliza. El control se vuelve omnipresente. La sospecha se vuelve método y la excepcionalidad norma.

La deshumanización como política

Toda política que necesita funcionar permanentemente bajo el signo de la excepción requiere una operación previa: deshumanizar. La persona migrante deja de ser una persona y pasa a ser un “caso”, una “amenaza”, un “ilegal”. La lengua burocrática y policial no es neutral: produce realidad. Al nombrar así, habilita la violencia.

En este sentido, la política migratoria trumpista es un laboratorio de lo que Ulrich Beck y Zygmunt Bauman analizaron desde hace décadas: la construcción política del extraño. El “otro” ya no es alguien lejano, es el vecino. Y el vecino, bajo determinadas condiciones, puede convertirse en enemigo. En la Alemania nazi fue el judío; hoy, en todo el mundo, es la persona migrante. El mecanismo es el mismo: una identidad convertida en amenaza ontológica.

La novedad de esta política no es solo su dureza, sino su desplazamiento espacial. La frontera ya no está “allí”, en el sur, sino aquí, en el interior: en el trabajo, en la escuela, en la calle. ICE no patrulla un borde, patrulla la vida cotidiana.

Esto produce un efecto devastador: la normalización del miedo. No solo entre personas migrantes, sino en el conjunto de la sociedad. Cualquiera que observe, cuestione o simplemente esté presente puede convertirse en sospechoso. El asesinato en Minneapolis de Renee Nicole Good ejemplifica este salto cualitativo: la violencia migratoria ya no es marginal ni lejana; es urbana, inmediata, doméstica.

“Ice Age”: la edad del hielo moral

Hablar de ICD Age no es solo un juego de palabras. Es una metáfora precisa. El hielo congela, insensibiliza, vuelve rígido lo que antes era flexible. Esta política enfría el vínculo social, congela la empatía, suspende la obligación moral de reconocer al otro como semejante.

ICE actúa como un glaciar administrativo: avanza lentamente, de manera constante, aplastando historias individuales bajo categorías abstractas. No importa quién eres, sino qué representas dentro del relato securitario. Y en ese relato, la vida humana es un daño colateral aceptable.

Esta política no solo daña a las personas migrantes. Brutaliza el mundo que habitamos. Nos acostumbra a ver redadas como escenas normales, a aceptar la militarización del espacio civil, a tolerar que la violencia estatal se ejerza sin escándalo. La pregunta ya no es quién es expulsado, sino qué tipo de sociedad se consolida cuando la persecución se convierte en rutina.

La ICE Age no es solo una política migratoria, es un proyecto cultural hegemonista que busca entrenarnos para vivir en un paisaje moral congelado, donde la compasión y la solidaridad son interpretadas como debilidad y la crueldad se disfraza de orden.

Esta lógica no es un fenómeno exclusivamente estadounidense ni un exceso exótico de la política de Trump. Sería un error tranquilizador pensar que estamos a salvo. La interiorización de la frontera empieza a insinuarse también en nuestras ciudades, en espacios que todavía nos empeñamos en llamar cotidianos y seguros. En Bilbao, por ejemplo, no hay tiroteos sistemáticos, aunque en Barakaldo ya se cruzó esa línea. Pero el problema no se reduce al uso letal de la fuerza. Se manifiesta en prácticas más silenciosas y normalizadas: identificaciones fenotípicas, despliegues desproporcionados de varias patrullas para infracciones menores, actuaciones policiales que convierten determinados cuerpos en sospechosos permanentes. Es así como la frontera se filtra sin ruido, como el hielo que avanza sin estruendo: cuando advertimos su presencia, ya está instalada en la forma de mirar, de vigilar y de intervenir.

Cuando la frontera se internaliza y se interioriza, nadie está completamente fuera de ella. Hoy es la persona migrante; mañana, cualquiera que incomode. Resistir esta lógica no es un solo gesto humanitario, es una defensa radical de la vida en común. Porque una sociedad que acepta la deshumanización de algunas y algunos termina aprendiendo a deshumanizarse a sí misma.


Publicado en EL SALTO, 19 enero 2026

domingo, 18 de enero de 2026

Brazuelo

Jornada tranquila por el occidente de los Montes de la Peña o Sierra de la Magdalena, atractiva muralla rocosa que acompaña la subida del valle de Mena hasta el puerto de El Cabrio. Desde la localidad de Lastras de las Eras, por donde ya anduve en diciembre, he subido hasta el Brazuelo (1.075 m). Mañana fría y nublada, que invitaba a caminar en recogimiento. Quitando las vacas que pastan por la zona, dos zorretes y una liebre han sido todas las almas con las que me he cruzado.