sábado, 28 de marzo de 2026

Una extraña derrota

Didier Fassin
Una extraña derrota: Cómo el mundo consintió la aniquilación de Gaza
Traducción de Agustina Blanco y Luciano Padilla Lópoez
Siglo Veintiuno, 2026

"Como escribe el jurista israelí Chaim Gans, «no fueron los palestinos quienes sostuvieron una ininterrumpida persecución de los judíos por toda Europa durante el segundo milenio, y no fue dentro de su sociedad donde la emancipación de los judíos fracasó trágicamente en los siglos XIX y XX». Esto lo lleva a preguntar: «¿Cómo justificar que se les haga pagar a ellos este precio?». Probablemente sea esta la clave interpretativa última sobre el consentimiento de los países occidentales para aplastar Gaza: expiar por vía de terceros su participación en la destrucción de los judíos de Europa, aunque más no sea permitiendo la consumación de una segunda Nakba contra una población cuyo sacrificio el mundo ya había aceptado".


En este ensayo Didier Fassin retoma deliberadamente el título del texto que el historiador Marc Bloch escribió tras la caída de Francia en 1940. Pero si Bloch analizaba una derrota militar, Fassin se enfrenta a otra más profunda, a una derrota moral visible en la reacción -más bien, en la ausencia de reacción- ante la devastación de Gaza.

El ensayo no es una crónica de los hechos, ni una reconstrucción detallada del conflicto (aunque también hay algo de ello), sino una interrogación sobre las categorías morales que estructuran nuestras sociedades: ¿Cómo es posible que ciertos niveles de violencia resulten tolerables? ¿Qué mecanismos permiten justificar, minimizar o invisibilizar la muerte masiva de civiles? Citando a Judith Butler. ¿Por qué unas vidas merecen ser lloradas y otras no? El libro muestra cómo la empatía no es universal, sino selectiva, de manera que algunas vidas suscitan duelo mientras que otras apenas generan reacción. Algunas muertes son tragedias, otras se diluyen en el lenguaje técnico de los “daños colaterales”. Esa asimetría no es accidental, responde a una jerarquía implícita del valor de las vidas.

"Sin lugar a duda, el dato real que acuciará las memorias con más persistencia, ciertamente hasta en Israel, es que en la escena de Gaza la desigualdad de las vidas ha quedado en el candelero, ignorada por unos y legitimada por otros".

Fassin sitúa el foco en las democracias occidentales, en sus gobiernos, en sus medios de comunicación, pero también en su ciudadanía. Lo que le interesa no es solo lo que se hace, sino lo que se dice y lo que no se dice, la forma en que se nombran los acontecimientos, las palabras que se eligen o se evitan: todo eso forma parte de una economía moral que construye y distribuye la indignación de manera absolutamente desigual. El concepto de “extraña derrota” adquiere aquí todo su peso. No se trata de una derrota frente a un enemigo externo, sino de una renuncia interna, de la incapacidad, o la negativa, para aplicar los principios morales proclamados cuando resultan incómodos. Las mismas sociedades que reivindican los derechos humanos como fundamento de su legitimidad se permiten suspenderlos cuando entran en conflicto con sus alianzas o intereses.

El ensayo se convierte, así, en la disección forense de ese desajuste moral. Fassin no recurre a la denuncia enfática, su estilo es sobrio, casi clínico, pero precisamente por eso resulta más demoledor, al dar cuenta de cómo se construye una forma de normalización de lo intolerable. La pregunta que lo atraviesa no es quién tiene razón en el conflicto, sino qué dice de nosotras y nosotros la manera en que reaccionamos ante él.

Hay algunas consideraciones de Fassin que no comparto -especialmente algunas afirmaciones sobre el recursos a la violencia en situaciones de opresión que, poco matizadas, acaban alimentando un instrumentalismo burdo-, pero en conjunto el libro es una lectura imprescindible, de un autor profundamente comprometido con la defensa de la dignidad de todas las vidas.  Ojalá sea cierto eso que dice al cerrar el libro, y la historia, que en la actualidad está siendo escrita por los vencedores, sea finalmente escrita por las víctimas. Ecos de Metz y su memoria passionis.

La tierra de las cosas perdidas

John Connolly
La tierra de las cosas perdidas
Ilustraciones de Riki Blanco
Traducción de Pilar Ramírez Tello
Tusquets, 2025

"Para su padre, el pasado y el presente discurrían juntos, casi siempre en líneas paralelas, pero se tocaban en lugares ancestrales, donde la tierra guardaba los recuerdos al igual que los cementerios guardaban los cadáveres, Esos recuerdos se incrustaban en la tierra y la roca, en el metal y la madera, e inoculaban su esencia en los materiales inanimados. Alrededor de esos lugares se reunían los mitos y las leyendas, y de ellos surgían relatos, libros, historias, de modo que el límite entre lo real y lo irreal se difuminaba cada vez más cuando cada narrador extraía varias capas de significado y añadía nuevas capas propias. Los hechos se volvían borrosos, imprecisos, y así se transformaba el mundo.
Porque, según le contaba su padre, cuando un libro o una historia se contaba por primera vez, la realidad en sí cambiaba. La historia se convertía en parte del mundo, y cualquier persona en la que arraigara, no volvía a ser la misma. Las historias eran una infección benigna, porque algunos libros podían cambiar a las personas a peor. Si vertías el veneno suficiente en un libro o retorcías la verdad lo suficiente en sus páginas, podías transformar una mente débil en una odiosa. Pero cuanto más lee una persona y más amplias son sus lecturas, más se fortalece su mente".


Con este libro el escritor irlandés John Connolly prolonga el eco de una obra anterior, El libro de las cosas perdidas,  pero con una voz más más sombría. No se trata tanto de una secuela como de una revisitación del territorio emocional y simbólico que Connolly ya había explorado con acierto, ese espacio donde los cuentos de hadas se vuelven inquietantes y la infancia deja de ser un refugio seguro.

La historia sigue a Ceres, una madre joven que, enfrentada a la tragedia de acompañar a su hija Phoebe, en coma profundo tras un atropello, se ve arrastrada a un mundo paralelo que parece construido con los restos deformados de los cuentos tradicionales. Este “país de las cosas perdidas” no es un lugar de consuelo, sino de confrontación: cada criatura, cada paisaje, parece reflejar una versión distorsionada de los miedos, traumas y deseos reprimidos. Connolly utiliza este escenario para construir una narrativa que oscila entre la fantasía oscura y el drama psicológico.

Como en toda la obra de Connolly, uno de los mayores logros del libro es su atmósfera. Hay una cualidad onírica en la forma en que se desarrolla la historia, pero siempre atravesada por una tensión latente, como si bajo cada escena hubiera algo más antiguo, más peligroso. En este sentido, Connolly dialoga con la tradición de los cuentos de hadas originales, alejados de sus versiones edulcoradas, donde la crueldad y la enseñanza moral van de la mano.

La novela explora con especial sensibilidad la pérdida y la transformación. No es un libro sobre “recuperar” lo perdido, sino sobre aprender a convivir con su ausencia. En ese sentido, la novela tiene una resonancia emocional notable, especialmente para lectoras adultas que pueden reconocer en Ceres una lucha más universal.

Aunque La tierra de las cosas perdidas se inscribe en la vertiente más fantástica de John Connolly, resulta especialmente interesante leerla a la luz de su obra más conocida: la serie protagonizada por el detective Charlie Parker. A primera vista, ambos universos parecen muy distintos, uno anclado en la fantasía oscura y otro en el thriller criminal, pero en realidad comparten un sustrato temático y tonal sorprendentemente coherente.

En las novelas de Charlie Parker, Connolly construye historias policiales que van mucho más allá del género, con una presencia constante de lo sobrenatural, lo inexplicable, lo que se filtra desde una dimensión moral o espiritual más profunda. Parker no es solo un detective; es un personaje marcado por la pérdida, por la violencia y por una búsqueda de sentido que rara vez encuentra respuestas claras. Esa misma huella emocional se percibe en La tierra de las cosas perdidas, donde el viaje de Ceres también está impulsado por el duelo y la necesidad de comprender lo aparentemente irreparable.

Connolly comparte en ambas líneas narrativas una fascinación por los límites entre el bien y el mal, enfrentándonos a una moralidad compleja, incómoda, lejos de cualquier simplificación. También hay un paralelismo claro en la atmósfera: tanto en los bosques oscuros y deformados de La tierra de las cosas perdidas como en los paisajes desolados y melancólicos de las novelas de Charlie Parker, Connolly demuestra una habilidad excepcional para crear entornos cargados de amenaza y belleza. Esa mezcla de lirismo y oscuridad es una de sus señas de identidad como autor.

Por todo ello, aunque este libro pueda parecer un desvío hacia la fantasía (incluso juvenil), realmente funciona como una extensión del universo emocional que Connolly lleva años explorando en la serie de Charlie Parker. Cambian los escenarios y las formas, pero persiste la misma mirada: una profundamente humana, consciente de la oscuridad, pero también de la necesidad, a veces desesperada, de encontrar significado dentro de ella.

La magia (antidemocrática) del relato

En febrero de 2017 Deutsche Welle (DW), el servicio internacional de radiodifusión pública de Alemania publicó un artículo titulado «El mundo recurre a Hannah Arendt para explicar a Trump». El 20 de enero de 2017 Donald Trump había tomado posesión como 45º presidente de Estados Unidos. ¿Por qué esa referencia a Hannah Arendt?

Las reflexiones de Hannah Arendt sobre la verdad, la mentira y la política constituyen una de las aportaciones más penetrantes del siglo XX para comprender la fragilidad del espacio público democrático. Lejos de tratar la mentira como un simple vicio moral, Arendt la analiza como un fenómeno estructural que puede alterar las condiciones mismas de posibilidad de la acción política.

En Verdad y política (1964) Arendt distingue entre distintos tipos de verdad. Por un lado, la verdad racional o filosófica, propia del ámbito especulativo; por otro, la verdad factual, que se refiere a hechos concretos y contingentes: quién hizo qué, cuándo y cómo. Es esta segunda la que resulta especialmente vulnerable en la esfera política. Los hechos no son interpretaciones libres, y dependen de testigos, documentos, pruebas. Sin embargo, al ser contingentes y estar insertos en conflictos de intereses, pueden ser negados, silenciados o reinterpretados estratégicamente. Para Arendt, la política siempre ha tenido una relación tensa con la verdad, porque el poder busca persuadir y construir relatos, mientras que la verdad factual introduce límites a esta construcción.

En La mentira en política (1971), escrito tras el escándalo provocado por la publicación de los Papeles del Pentágono (un informe secreto del Departamento de Defensa que revelaba que la administración estadounidense había prolongado la guerra de Vietnam mientras ocultaba al público su verdadero alcance y sus dudas internas), Arendt sostiene que esa manipulación sistemática de la información no fue simplemente una sucesión de engaños puntuales, sino la manifestación de una forma de gobierno centrada en la «creación de imagen». En este modelo, gestionar la percepción pública se convierte en una prioridad superior a describir la realidad. El peligro no radica solo en que se difunda una falsedad concreta, sino en que la reiteración de distorsiones erosione el sentido común compartido.

Porque cuando todo el mundo miente constantemente, el resultado no es que la mentira sea aceptada como verdad, sino que ya nadie cree en nada, y cuando se pierde la confianza en la existencia de un mundo común de hechos, la capacidad de juicio se debilita. Sin juicio, la ciudadanía no puede deliberar ni decidir con responsabilidad y la democracia, que presupone ciudadanas y ciudadanos capaces de evaluar información y asignar responsabilidades, se vacía desde dentro.

Con Trump estas reflexiones han adquirido renovada actualidad. La proliferación de narrativas «alternativas» y la deslegitimación sistemática de medios y personas expertas han puesto en cuestión la idea de una realidad compartida. La política se ha transformado en una disputa permanente por el relato, donde la fidelidad a los hechos compite con la eficacia emocional del mensaje. Las redes sociales, con su lógica algorítmica, amplifican contenidos polarizadores y dificultan la verificación sosegada. En este contexto, la advertencia arendtiana sobre la destrucción del sentido común resulta especialmente pertinente.

También en Europa, el espacio público atraviesa tensiones profundas que no pueden atribuirse únicamente a la complejidad institucional. Construida sobre una arquitectura multinivel que exige altos niveles de confianza, la Unión Europea ha gestionado las crisis de la última década desde la opacidad, la tecnocratización y la priorización de intereses económicos sobre la deliberación democrática, imponiendo decisiones basadas en relatos públicos que negaban alternativas o presentaban como inevitables opciones profundamente ideológicas. El problema no es el desacuerdo, consustancial a toda democracia, sino la percepción ciudadana de quedar relegada a espectadora de decisiones alejadas del control público.

En varios países europeos ganan fuerza movimientos que cuestionan abiertamente estadísticas oficiales, consensos científicos o decisiones judiciales. El debate sobre la migración, el cambio climático o la violencia machista se ha visto contaminado por datos selectivos y afirmaciones sin base empírica, que erosionan la distinción entre hecho y opinión. Cuando todo se percibe como narración interesada, el terreno para la conversación común desaparece. También en España la política institucional parece haberse reducido a la batalla por el relato, y la identificación ideológica de muchos medios refuerza la percepción de que cada actor ofrece «su» versión de los hechos.

La normalización de la comunicación puramente instrumental, la manipulación sistemática o la difusión deliberada de falsedades no destruyen de inmediato las instituciones, pero corroen lentamente la base factual sobre la que se construye el consentimiento democrático. La respuesta no puede ser una ilusión de neutralidad absoluta ni la negación del conflicto. Arendt sabía que la política implica interpretación y disputa, pero insistía en que los hechos deben constituir un suelo común, aunque su significado sea objeto de debate. Proteger ese suelo exige transparencia institucional, independencia judicial, periodismo riguroso y educación cívica orientada al discernimiento crítico.

El acrónimo MAGA, marca pública del movimiento sociopolítico en torno a Trump, bien puede leerse simbólicamente como la promesa de una restauración ilusionista o taumatúrgica: «hacer América grande de nuevo» sin atravesar la complejidad institucional, económica y social que toda transformación democrática exige. En ese sentido metafórico, la dimensión «mágica» no sería inocente, sino problemática. Remite a una política que sustituye la deliberación por la consigna, la argumentación por la repetición, la conversación democrática por la adhesión emocional. La magia, entendida como pensamiento que busca producir efectos mediante palabras performativas y simplificaciones extremas, encaja bien con la lógica de la posverdad: no importa tanto la verificación empírica como la eficacia simbólica del enunciado.

Desde esta perspectiva, el riesgo no es solo la falsedad puntual, sino la renuncia al esfuerzo reflexivo que exige la democracia: contrastar datos, aceptar la pluralidad, distinguir entre hechos y opiniones, asumir la complejidad de los problemas públicos. Cuando la política se reduce a eslóganes que prometen soluciones inmediatas y restauraciones míticas, se empobrece el espacio público y se debilita la cultura cívica. La «magia» política, en su versión más peligrosa, no consiste en creer en lo imposible, sino en desactivar el pensamiento crítico.

La democracia arendtiana es exigente: no descansa solo en procedimientos formales, sino en la existencia de un mundo compartido que permita a la ciudadanía orientarse. Si ese mundo se fragmenta en burbujas narrativas inconmensurables, la libertad política pierde su sustento. Estados Unidos, Europa y España afrontan hoy ese desafío. Recordar a Hannah Arendt no es un ejercicio académico, sino una invitación a reconstruir la confianza en la verdad factual como bien público indispensable. 


Publicado en Noticias Obreras el 16 de marzo de 2026

La era está pariendo una bota, en vez de un corazón

 

La era está pariendo un corazón,
no puede más, se muere de dolor
y hay que acudir corriendo
pues se cae el porvenir
en cualquier selva del mundo,
en cualquier calle.
Debo dejar la casa y el sillón,
la madre vive hasta que muere el sol,
y hay que quemar el cielo
si es preciso, por vivir.
Por cualquier hombre del mundo,
por cualquier casa
.


“Debo dejar la casa y el sillón”. Pocas veces una canción ha formulado con tanta claridad una exigencia moral. En La era está pariendo un corazón, Silvio Rodríguez no solo canta al dolor de una época, sino a la responsabilidad individual ante ese dolor. La era, nuestro tiempo, está dando a luz algo, pero ese nacimiento no es inocente ni está asegurado. Puede ser un corazón. O puede ser otra cosa. Hoy, más que nunca, esa disyuntiva es real.

Cuba en el momento decisivo

Cuba afronta uno de los momentos más delicados de su existencia como país soberano. A la crisis interna, marcada por el desgaste de un sistema político cada vez más cerrado, se suma una presión externa que no puede ser ignorada. Las declaraciones de Donald Trump afirmando que puede hacer “lo que quiera” con la isla no son una simple excentricidad retórica: condensan una forma de entender el poder que convierte a los países y a sus poblaciones en meros objetos disponibles.

Condenar esas amenazas no implica, ni mucho menos, cerrar los ojos ante la deriva autoritaria y nepotista del castrismo. Esa falsa dicotomía -o estás con el régimen o con su asfixia- es una trampa intelectual. La misma que se reproduce en otros contextos, como Irán o Venezuela. La posición honesta es más compleja, más incómoda, pero mucho más justa y adecuada: rechazar simultáneamente la opresión interna y la agresión externa.

En este punto, conviene detenerse en un hecho que a menudo se diluye en el ruido político: las sanciones económicas no son abstractas. Tienen consecuencias concretas, medibles y, en muchos casos, letales. El artículo The Health Toll of Economic Sanctions (El impacto de las sanciones económicas en la salud), publicado en The Lancet Global Health, documenta precisamente ese impacto. Las sanciones, lejos de afectar exclusivamente a las élites gobernantes, deterioran los sistemas sanitarios, limitan el acceso a medicamentos y alimentos, y aumentan la mortalidad en poblaciones vulnerables. No se trata de una opinión ideológica, sino de una constatación empírica: las sanciones económicas matan.

Las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos o la Unión Europea entre 1971 y 2021 se asocian con 564.258 muertes anuales, una cifra superior al número anual de bajas relacionadas con combates (106.000 muertes). Aplicado al caso cubano, esto significa que el bloqueo sostenido durante décadas no es solo una herramienta de presión política, sino también un factor de sufrimiento cotidiano para millones de personas. Reclamar su levantamiento inmediato no equivale a legitimar al gobierno cubano sino a reconocer que no es aceptable castigar a una población entera en nombre de un cambio político incierto.

El mundo que se está gestando

“Hay que acudir corriendo, pues se cae el porvenir”. No hay neutralidad posible cuando lo que está en juego es la dignidad humana. Esto no implica empuñar un arma ni alinearse ciegamente con un bloque geopolítico. Significa rechazar la comodidad de las posiciones simplistas, asumir que la defensa de la vida y de la dignidad exige denunciar tanto la represión interna como las políticas externas que agravan el sufrimiento. Es una ética de la incomodidad.

Porque lo que está en juego no es solo Cuba. Es el tipo de mundo que estamos construyendo. Cuando líderes como Trump, Netanyahu o Putin normalizan el uso de la fuerza como instrumento político central, cuando el lenguaje de la ley cede ante el lenguaje de la imposición, lo que emerge no es un orden más justo, sino más brutal. Porque, si no lo evitamos, lo que la era está pariendo no es un corazón sino una bota, esa bota aplastando un rostro humano incesantemente que anunciaba Orwell en 1984. Esa es la alternativa real al corazón que imaginaba Silvio.

En este contexto, la figura del poeta adquiere un significado particular. La historia recuerda casos como el de Edward Thomas, que murió en el frente durante la Primera Guerra Mundial. Su destino simboliza la fusión entre creación y combate, entre palabra y violencia. Fueron muchos los poetas que combatieron y murieron en aquellas trincheras. “Los periódicos no dicen la verdad de la guerra”, escribió Thomas al poco de llegar al frente.

La tarea del poeta no debería ser empuñar un fusil de asalto, sino resistirse a su lógica. Silvio Rodríguez no necesita un arma para intervenir en la realidad: su canción ya es una forma de intervención. Una que apela a la conciencia, no a la destrucción. Si no hacemos nada, si aceptamos como inevitables las políticas que provocan sufrimiento masivo, si normalizamos la lógica de la fuerza, entonces lo que nacerá no será un corazón, será una bota.

Evitarlo exige lo que la canción propone: abandonar la comodidad, rechazar las simplificaciones y defender, por cualquier persona del mundo, por cualquier casa, un futuro que no premie proyectos exterministas ni convierta el dolor en herramienta política.

La era está pariendo, pero todavía podemos decidir qué será lo que nazca.


Publicado en Hordago-El Salto el 25 de marzo de 2026

Si vis pacem, para pacem

El debate sobre la seguridad y el rearme ha vuelto con fuerza al centro de la política europea. La invasión rusa de Ucrania, la incertidumbre sobre el papel futuro de Estados Unidos en la OTAN y la creciente tensión geopolítica han alimentado la idea de que Europa debe reforzar urgentemente su capacidad militar. En ese contexto ¿sigue teniendo sentido hoy una posición pacifista en Europa?

El rearme como nuevo sentido común europeo

En nuestras sociedades la defensa militar se ha convertido en un supuesto incuestionado. Se da por hecho que la seguridad depende de disponer de ejércitos capaces de disuadir mediante la amenaza de la fuerza. Este planteamiento suele presentarse como realismo político, como una respuesta técnica a un mundo peligroso. Sin embargo, en realidad es una opción histórica y cultural muy concreta, profundamente ideológica, que rara vez se somete a discusión ética o política.

Cuando se debate sobre defensa nunca se cuestiona ese supuesto básico. Las discusiones se limitan a aspectos secundarios: cuánto gastar en defensa, qué alianzas mantener o dónde desplegar tropas. Pero la premisa de fondo (que la seguridad solo puede garantizarse mediante la capacidad de infligir violencia) permanece intacta. Bajo ese marco, imaginar formas alternativas de seguridad se considera ingenuo o irresponsable.

El contexto geopolítico reciente ha reforzado esta lógica. En la Unión Europea se ha abierto paso un nuevo consenso: la idea de que Europa debe convertirse en una potencia militar más autónoma. La Comisión Europea impulsa instrumentos financieros para fortalecer la industria de defensa y fomentar la compra conjunta de armamento, mientras Emmanuel Macron, defiende una Europa capaz de ejercer plenamente su poder militar, incluida la dimensión nuclear.

En España el debate ha adoptado un tono aparentemente pragmático y el Gobierno sostiene que es posible aumentar el gasto militar sin sacrificar el Estado del bienestar. Según esta lógica, si el presupuesto de defensa puede ampliarse sin recortes en sanidad, educación o políticas sociales, el dilema entre “cañones o mantequilla” quedaría resuelto. Pero ese razonamiento evita la pregunta fundamental: incluso si podemos pagarlo, ¿es realmente la vía adecuada para garantizar nuestra seguridad?

El gasto en defensa no es neutral. No se limita a cubrir una necesidad técnica, sino que orienta la economía, fortalece determinadas industrias, condiciona la política exterior y, sobre todo, formatea las mentalidades, configurando una auténtica economía política de la seguridad armada. Por eso el debate democrático no debería limitarse a la aritmética presupuestaria, sino abordar cuestiones más profundas: qué amenazas consideramos prioritarias, qué tipo de defensa queremos y qué papel debe tener la fuerza militar dentro de una concepción más amplia de seguridad humana, social y ecológica.

Esa reflexión exige también preguntarse qué significa exactamente “defender nuestro modo de vida”. Con frecuencia esta expresión funciona como un eslogan que agrupa prosperidad, libertades políticas y estabilidad institucional. Sin embargo, rara vez se reconoce que el modelo de vida europeo se ha construido históricamente sobre relaciones económicas coloniales y patrones de consumo que dependen de la explotación de recursos y trabajo en otras partes del mundo. Es lo que Nancy Fraser ha llamado “capitalismo caníbal”. Defender ese modo de vida sin cuestionarlo significa, en realidad, proteger militarmente una posición privilegiada en la jerarquía global.

La defensa que destruye lo que dice proteger

Por otro lado, la forma en que se libran las guerras contemporáneas obliga a revisar seriamente la supuesta capacidad protectora de la defensa militar. Hoy los conflictos se desarrollan principalmente en ciudades densamente pobladas y en estos escenarios el uso de artillería pesada, misiles o bombardeos aéreos tiene consecuencias devastadoras para la población civil. Según informes de Naciones Unidas, hasta el 90 % de las víctimas en zonas urbanas son civiles.

Además, el coste humano de la guerra va mucho más allá de las muertes directas en combate. La antropóloga Stephanie Savell muestra que las guerras posteriores al 11 de septiembre de 2001 han tenido un impacto humano mucho mayor del que suele reconocerse. En las guerras de Afganistán, Irak, Pakistán, Siria, Yemen y regiones relacionadas, se estima que el total de muertes asociadas a los conflictos podría situarse entre 4,5 y 4,7 millones de personas, de las que 3,6 millones corresponden a muertes indirectas, es decir, personas que no murieron por violencia directa en el campo de batalla, sino por las consecuencias estructurales de la guerra: colapso de servicios de salud, malnutrición, enfermedades prevenibles, falta de agua potable y desplazamientos forzados.  Casos actuales como Ucrania, Gaza o Irán muestran con crudeza que la guerra contemporánea convierte a la sociedad civil en su principal víctima.

En este contexto resulta imposible sostener la idea de que la guerra sirve para proteger la vida. La defensa armada se legitima como respuesta frente a una amenaza absoluta, pero los datos muestran que su funcionamiento real implica la destrucción masiva de vidas e infraestructuras civiles. Como ha señalado Judith Butler, las guerras también se libran en el terreno simbólico: determinan qué vidas son reconocidas como valiosas y cuáles pueden ser reducidas a cifras estadísticas o daños colaterales.

Existe además una ilusión persistente sobre la guerra que también hay que cuestionar: la creencia de que en ella se dirimen valores como la justicia o la libertad. En la práctica, sin embargo, las guerras las ganan quienes disponen de mayor capacidad destructiva y más recursos materiales. La guerra premia la superioridad de la fuerza, no la legitimidad moral. Y esa acumulación de poder militar nunca es neutral: tiende a reproducir y ampliar las desigualdades existentes entre países y dentro de las propias sociedades.

Aquí resulta especialmente pertinente recordar la advertencia de Audre Lorde cuando afirma que “las herramientas del amo nunca desmantelarán la casa del amo”. La violencia, las armas, los ejércitos son precisamente esas herramientas. Pretender construir un mundo más justo, más seguro o más humano mediante una intensificación de la fuerza armada equivale a reforzar el mismo principio que genera la opresión: la imposición del más fuerte sobre el más débil.

La gravedad del momento histórico también queda reflejada en un símbolo conocido: el Reloj del Juicio Final (Doomsday Clock) del Bulletin of the Atomic Scientists. Este indicador, creado tras la Segunda Guerra Mundial por científicos vinculados al Proyecto Manhattan, utiliza la metáfora de un reloj para representar la proximidad de la humanidad a una catástrofe global. En la actualidad el reloj marca apenas 85 segundos antes de la medianoche, una advertencia que refleja el aumento simultáneo de riesgos nucleares, crisis climática y tensiones tecnológicas. El mensaje es claro: el rumbo actual del sistema internacional es profundamente inestable y exige respuestas cooperativas a escala global.

Reconocer estos límites no implica negar la existencia de agresiones reales ni ignorar situaciones en las que la resistencia armada ha sido comprensible. La derrota del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial es el ejemplo más claro. Sin embargo, incluso esa victoria no eliminó la lógica de la fuerza en el sistema internacional; al contrario, inauguró un orden basado en la disuasión nuclear y la amenaza permanente de destrucción mutua. Se trata de una dinámica estructural del sistema internacional conocida como el “dilema de la defensa”. Cuando los Estados se arman para protegerse generan inseguridad en otros, que responden armándose también. De este modo se desencadenan carreras armamentísticas que refuerzan la percepción de amenaza. Este proceso se ve intensificado por el peso económico del complejo militar-industrial, que convierte la producción de armamento en un sector con poderosos incentivos para su expansión.

Si para ser más fuerte que el amo tengo que convertirme en amo…

La pregunta de si “merece la pena” defenderse violentamente cuando eso exige volverse más fuerte e incluso más despiadado que el agresor nos sitúa ante uno de los dilemas más antiguos y perturbadores de la política: ¿en qué estamos dispuestos a convertirnos para sobrevivir? La cuestión no es simplemente estratégica, es moral. No se trata solo de ganar una guerra, sino de preguntarse qué tipo de sociedad y qué futuro emergen de esa victoria.

Cuando una comunidad decide defenderse, el objetivo declarado es preservar su forma de vida frente a una amenaza. Sin embargo, en el curso de esa defensa se introducen como “medidas excepcionales” prácticas que erosionan precisamente aquello que pretende proteger: limitación de libertades, concentración de poder, normalización de la mentira como herramienta política, deshumanización del adversario y, por extensión, del disidente interno. La historia muestra que las excepciones tienden a volverse permanentes y que la guerra, que comienza como reacción a una agresión externa, termina transformando el régimen desde dentro.

Si para derrotar a un régimen autoritario hubiera que adoptar sus métodos (represión sistemática, propaganda omnipresente, desprecio por el derecho internacional) la victoria sería más que ambigua: podría lograrse una superioridad militar, pero al precio de vaciar el proyecto político original. De forma análoga, si una democracia respondiera a un entorno internacional crecientemente iliberal imitándolo, “trumpizándose” o endureciendo sus propias reglas hasta diluir los contrapesos institucionales, podría obtener fortaleza a corto plazo, pero a largo plazo estaría debilitando su legitimidad y su estabilidad.

El problema no es solo moral; es también práctico. La crueldad tiende a producir efectos secundarios estratégicamente costosos. Alimenta ciclos de represalia, dificulta la construcción de alianzas, erosiona el apoyo internacional y fractura la cohesión interna. Una sociedad que adopta métodos despiadados necesita reforzar el control interno para sostenerlos. Y ese refuerzo (más vigilancia, menos transparencia, menor pluralismo) transforma la naturaleza misma del régimen: no hay más que mirar a los Estados Unidos de Trump y a la Rusia de Putin.

Pensar la seguridad más allá de las armas

Frente a este paradigma, deberíamos explorar seriamente la defensa civil noviolenta. Este enfoque parte de una premisa sencilla: ningún régimen puede sostenerse únicamente mediante la coerción. Incluso los poderes más represivos dependen de la cooperación cotidiana de la población. Si esa cooperación se retira mediante huelgas, boicots, desobediencia civil o creación de instituciones alternativas, el poder puede quedar paralizado.

La historia ofrece múltiples ejemplos de resistencia civil, de no cooperación, de retirada de legitimidad, de desobediencia organizada que ha erosionado regímenes violentos sin recurrir a la guerra. No son caminos fáciles ni exentos de costes, pero tampoco lo es la militarización permanente del mundo. La diferencia crucial es que la defensa civil noviolenta no convierte la violencia en principio, ni hace de la muerte del otro una condición de posibilidad para la propia supervivencia. Como proclamó Manuel Sacristán, “el pacifismo no consiste en no querer morir, sino en no querer matar”.

Cuestionar la supuesta bondad o inevitabilidad de la defensa militar no es negar los conflictos ni idealizar la paz. Es reconocer que el modelo dominante de seguridad ha fracasado, especialmente para quienes más sufren, y que insistir en él solo profundiza las dinámicas que nos han traído hasta aquí. Reivindicar la defensa civil noviolenta es apostar por una noción de seguridad que no se mida por la capacidad de matar, sino por la capacidad de cuidar, resistir y transformar sin renunciar a la dignidad humana.

El poder no reside en las armas, sino en la obediencia cotidiana. Cuando esa obediencia se retira de forma sostenida y colectiva, incluso los regímenes más violentos se ven debilitados, porque pierden la capacidad práctica de gobernar. La resistencia civil noviolenta no derrota al adversario destruyéndolo, sino dejándolo sin suelo.

Este enfoque permite, además, introducir una reflexión crucial sobre quién puede resistir. La violencia armada es radicalmente excluyente. Se trata de una herramienta profundamente machista, pero también edadista y capacitista. Su uso “eficiente” está pensado para cuerpos muy concretos: varones jóvenes, en excelentes condiciones físicas, entrenados para soportar dolor, miedo extremo y estrés prolongado. Todo lo demás (mujeres, personas mayores, personas con diversidad funcional, cuerpos no normativos) queda relegado al papel de víctimas pasivas o de daños colaterales.

Más aún: la violencia no solo exige unas condiciones físicas específicas, sino también unas disposiciones morales muy particulares. Acechar, engañar, herir, mutilar o matar de forma sistemática requiere suspender, al menos temporalmente, rasgos éticos básicos como la empatía, el cuidado de la otra y el otro o el reconocimiento de la dignidad ajena. No es casual que los ejércitos inviertan enormes recursos en procesos de deshumanización del enemigo: sin ellos, la mayoría de las personas no podría matar. La violencia organizada se apoya en disposiciones psicológicas más cercanas a la sociopatía funcional que a una ética compartida de la vida.

Por eso, y esto es importante subrayarlo, la violencia es una herramienta al alcance de una minoría. No porque el resto de la población sea cobarde o incapaz, sino porque, afortunadamente, la mayoría de los seres humanos no está hecha para matar. El militarismo convierte esa limitación ética en un defecto; la defensa civil noviolenta, en cambio, la reconoce como fortaleza.

El problema es que estas alternativas suelen plantearse cuando la guerra ya ha comenzado, cuando la lógica militar domina la opinión pública y las decisiones políticas. Por eso la defensa civil noviolenta solo puede convertirse en una opción creíble si se construye con antelación, como una política pública organizada en tiempos de paz.

La vieja máxima romana afirmaba: si vis pacem, para bellum, si quieres la paz, prepárate para la guerra. Ha llegado el momento de invertir esa lógica. Si queremos realmente la paz, debemos comprometernos firmemente desde ahora en prepararla.


Publicado en eldiario.es el 22 de marzo de 2026

domingo, 22 de marzo de 2026

El guillomo

Robin Wall Kimmerer
El guillomo: Abundancia y reciprocidad en el mundo natural
Ilustrado por John Burgoyne
Traducción de David Muñoz Mateos
Capitán Swing, 2025

"Me gusta la idea de la economía del don, la idea de que podamos alejarnos de este sistema demoledor, que lo reduce todo a mercancía y nos despoja a la mayoría de aquello que queremos de verdad: una sensación de pertenencia, de interrelación, de propósito, de belleza, de sentido, que jamás puede mercantilizarse. Quiero ser parte de un sistema en el que la riqueza signifique tener suficiente para compartir, donde la recompensa de satisfacer las necesidades de tu familia no se vea envenenada por la destrucción de esa posibilidad para otros. Quiero vivir en una sociedad donde la moneda de cambio sea la gratitud y el recurso de la bondad, renovable e infinito, que se multiplica cada vez que se comparte, que no se devalúa con cada uso".


Un ensayo breve pero profundamente reflexivo que explora formas alternativas de entender la economía y la relación humana con la naturaleza. A través de la metáfora del árbol del guillomo (arbusto del género Amelanchier) la autora plantea una visión de la vida  basada en la reciprocidad, la generosidad y el cuidado comunitario.

Robin Wall Kimmerer describe cómo, en los ecosistemas naturales, los recursos no se acumulan de manera egoísta, sino que se comparten en redes de interdependencia. Este modelo contrasta con el sistema económico capitalista, centrado en la competencia y la acumulación. La autora propone una “economía del don”, donde el valor se mide en relaciones y bienestar colectivo, no en beneficio privado, como base de una existencia organizada en torno a la suficiencia y la reciprocidad agradecidas:

"Reconocer la «suficiencia» es un acto radical en el contexto de una economía que exige constantemente que consumamos más. Los datos cuentan la historia  de que en el planeta hay «suficientes» calorías alimenticias para nutrir a sus 8.000 millones de habitantes. Sin embargo, la gente pasa hambre. Imagina lo que sucedería si cada uno de nosotros tomáramos sólo lo necesario, no mucho más de lo que nos corresponde. La riqueza y la seguridad que todos parecemos anhelar podrían alcanzarse compartiendo lo que tenemos. Los ecopsicólogos nos han enseñado que la práctica de la gratitud sirve de freno contra el consumo excesivo. Las relaciones alimentadas por el reconocimiento de los dones reducen nuestra sensación de escasez y carencia. En ese ambiente de suficiencia, el ansia por tener siempre más se calma y solo tomamos aquello que necesitamos, respetando la generosidad del dador. La catástrofe climática y la pérdida de biodiversidad son consecuencias del consumo humano desenfrenado. ¿Y si el cultivo de la gratitud fuera parte de la solución?".

Como en sus otras obras, la combinación de conocimiento científico con saberes indígenas nos ofrece una perspectiva rica y equilibrada, en un estilo es accesible, poético y convincente, que facilita la conexión emocional con sus ideas. Una lectura inspiradora que invita a replantear nuestras prioridades como sociedad. Aunque algunas propuestas pueden parecer idealistas, el ensayo logra abrir un espacio de reflexión imprescindible en un contexto de crisis ecológica y social.






Agua negra

Joyce Carol Oates
Agua negra
Traducción de Montserrat Serra Ramoneda
Fiordo, 2025

"Por qué no se atrevió a decir que se habían perdido, por qué no le dijo a él que diera media vuelta con el coche para regresar a su punto de partida, ¡oh, por favor!, pero no se quiso arriesgar a ofenderle.
Aquella agua negra era por culpa de ella, lo sabía. Sucede que una no desea ofenderles. Precisamente a quienes son simpáticos"


Leer a Joyce Carol Oates es dejarse penetrar por la experiencia de lo Unheimlich, de esa dimensión siniestra de lo cotidiano, de lo familiar. En este caso, la novela nos hace literalmente entrar en un accidente del que no se sale ya que la historia está escrita desde el interior mismo de la catástrofe, en ese instante suspendido donde la vida aún no ha terminado, pero ya no pertenece del todo al mundo de los vivos.

La novela arranca con una escena aparentemente trivial: una joven, Kelly Kelleher, sube al coche de un hombre poderoso, seductor, habituado a moverse en los círculos donde se decide el mundo. Hay en ella fascinación, deseo de ser elegida, una forma de expectativa que no es solo personal, sino también social. Él representa acceso, validación, futuro. El coche avanza en la noche a toda velocidad hasta que sufre un accidente y el vehículo se precipita al agua. Él logra salir. Ella queda atrapada.

Bajo la ficción late el incidente de Chappaquiddick, en el que el senador Ted Kennedy sobrevivió a un accidente en el que murió la joven Mary Jo Kopechne. Pero Joyce Carol Oates no escribe una novela política en sentido estricto. Lo que le interesa no es tanto el hecho como la estructura que lo hace posible: una red de relaciones donde el poder protege a unos y expone a otras. Y ahí entra una dimensión decisiva: la estructura patriarcal de género. 

La identidad de Kelly está, en gran medida, mediada por la mirada masculina. Este fragmento lo condensa con brutal claridad: "Mientras su amante la quiso ella fue hermosa. Mientras ella fue hermosa su amante la quiso. Una proposición bien sencilla y aparentemente tautológica, que sin embargo se resistía a ser comprendida del todo". La aparente tautología encierra una trampa. No es una simple equivalencia: es un círculo de dependencia. Kelly es hermosa porque es deseada, y es deseada porque es hermosa. Pero esa “hermosura” no es autónoma: depende de la validación de otro. Él elige. Ella es elegida. Y esa asimetría no desaparece en el momento del accidente; al contrario, se revela en toda su crudeza. Cuando el coche cae al agua, la lógica que ha sostenido la relación se invierte de forma brutal: quien tenía el poder de elegir a Kelly tiene también el poder de (elegir) abandonarla.

Mientras el agua sube, Kelly piensa, recuerda, intuye, y en ese flujo de conciencia sigue actuando la interiorización de esa jerarquía: la necesidad de agradar, la dificultad para interpretar las señales, la tendencia a seguir confiando en quien encarna autoridad masculina:

"Aunque se había zambullido en el agua negra para rescatarla, él se encontraba lejos, y todo estaba tan oscuro, tan impenetrable... Y ella comprendió que le había ofendido y que el insulto era irreparable. [...] ¡Qué vergüenza, aquella desesperación con que se había agarrado al hombre, a la pernera de su pantalón, a su zapato! Mientras él daba patadas para liberarse, y le dejaba en la mano el zapato empapado".

Joyce Carol Oates construye una prosa fragmentaria, obsesiva, que reproduce el pensamiento en estado de shock. Pero también muestra cómo esa conciencia está atravesada por años de aprendizaje implícito: cómo comportarse, cómo ser deseada, cómo no incomodar. Incluso en el momento final, hay algo de esa lógica que persiste: una incredulidad ante el abandono, como si no encajara del todo en el relato que Kelly tenía de sí misma y del mundo. Y que esa lógica -la de ser elegida, la de confiar, la de quedar atrapada- sigue operando.