Un buque, a punto de arrollar a una patera en El Estrecho
«Se acordó deuna cosa terrible que había leído una vez en un periódico sobre la vida en un superpetrolero. Hoy en día los barcos se habían ido haciendo más grandes, mientras las tripulaciones se volvían cada vez más pequeñas, y todo se manejaba por tecnología. Programaban un ordenador en el Golfo o donde fuera y el buque prácticamente se gobernaba solo hasta Londres o Sydney. Era mucho mejor para los armadores, que se ahorraban un montón de dinero, y mucho mejor para la tripulación, que sólo tenían que preocuparse por el aburrimiento.
[...] aquel artículo [decía] que en los viejos tiempos siempre había alguien arriba en la torre de vigía o en el puente, vigilando. Pero hoy en día en los buques grandes ya no había vigía, o por lo menos el vigía era un hombre que miraba de cuando en cuando una pantalla llena de puntos luminosos móviles. En los viejos tiempos si estabas perdido en el mar en una balsa o un bote de goma o algo así, y un barco pasaba cerca, tenían muchas posibilidades de que te rescataran. Agitabas los brazos y gritabas y disparabas cualquier cohete que tuvieras; ponías tu camisa en lo alto del mástil y siempre había gente vigilando y atenta a localizarte. Ahora puedes estar semanas a la deriva en el océano, y al final se acerca un superpetrolero y pasa de largo. El radar no te detecta, porque eres demasiado pequeño, y es pura suerte si hay alguien inclinado sobre la barandilla vomitando.
Había habido muchos casos de náufragos que en otros tiempos habrían sido salvados y a los que
ahora nadie recogió; e incluso incidentes de personas a las que atropellaron los barcos que ellos creían que venían a rescatarlos. Trató de imaginar lo espantoso que sería la terrible espera y luego la sensación cuando el barco pasa de largo y no puedes hacer nada, todos los gritos quedan ahogados por el ruido de los motores. Eso es lo malo que le pasa al mundo, pensó. Hemos renunciado a los vigías. No pensamos en salvar a otras personas, navegamos hacia adelante confiando en nuestras máquinas».
Julian Barnes, Una historia del mundo en diez capítulos y medio, Anagrama, 1994, pp. 114-116.
Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
jueves, 24 de enero de 2019
miércoles, 23 de enero de 2019
Economías alternativas
Economías alternativas… ¿a qué?
El Diccionario de la Real Academia Española define la economía como la “administración eficaz y razonable de los bienes”. También como “ciencia que estudia los métodos más eficaces para satisfacer las necesidades humanas materiales, mediante el empleo de bienes escasos”. Así entendida, como administración razonable y eficaz dirigida a satisfacer necesidades materiales en entornos de escasez, parece evidente que las economías alternativas no pueden pensarse como alternativas… a la economía. Recordemos, en este sentido, que en el libro de 1974 titulado El antieconómico (Labor, 1976) sus autores, Jacques Attali y Marc Guillaume, terminan proponiendo una “teoría económica de la utopía” basada en la autogestión, al margen tanto del capitalismo monopolista como del socialismo burocrático.
Otra cosa es que la economía necesaria deba ser esta economía: capitalista, neoliberal, de mercado… podemos denominarla de distintas maneras, pero en el marco de esta reflexión yo prefiero hablar de economía desincrustada.
Karl Polanyi describió la gran transformación que significó el surgimiento del capitalismo en el siglo XIX como un proceso mediante el cual el sistema económico se separó institucionalmente del resto de la sociedad. A partir de ese momento, una economía que había funcionado siempre “incrustada” en la sociedad (sometida a normas comunitarias, políticas o religiosas), pasará a ser concebida como “un sistema autorregulador de mercados, regido por sus propias leyes, las así llamadas leyes de la oferta y la demanda, que se basan en dos simples motivos: el temor al hambre y el deseo de ganancia” (Polanyi, El sustento del hombre, Mondadori, 1994, p. 121). Desde esta perspectiva Polanyi considera que, más allá del significado formal del término economía (como elección entre distintos usos de unos medios escasos para alcanzar ciertos fines), este posee un significado substantivo que “nace de la patente dependencia del hombre de la naturaleza y de sus semejantes para lograr su sustento, porque el hombre sobrevive mediante una interacción institucionalizada entre él mismo y su ambiente natural” (Ibid., p. 92).
A partir de esta aproximación sustantiva a la economía se dibuja un espacio donde pueden enraizar y desarrollarse las llamadas economías alternativas.
Economías alternativas… ¿pero cuánto?
En esta reflexión, que quiere ser eminentemente aplicada, vamos a considerar que el campo de las economías alternativas viene configurado por la ubicación de los distintos programas o proyectos en dos ejes: a) el eje mercantilización-desmercantilización y b) el eje externalización-internalización. En relación al primer eje, de lo que se trata es de analizar si estos proyectos se conciben más bien desde una lógica mercantil o desde una lógica de los derechos. En cuanto al segundo eje, lo que tenemos en cuenta es si estos proyectos tienen o no en cuenta nuestra dimensión social y ecológica, y hasta qué punto incorporan (internalización) o no (externalización) los costes derivados de nuestra dependencia de la naturaleza y de otras personas.
Utilizando estas claves como plantilla de análisis, cabe imaginar un esquema en el que no resulta difícil ubicar los proyectos que podemos considerar más antagónicos: la economía neoliberal, caracterizada por su máxima mercantilización y externalización, y su opuesto, la propuesta decrecentista; en los términos de Serge Latouche, “el pensamiento creativo contra la economía del absurdo” (Decrecimiento y posdesarrollo, El Viejo Topo, 2009).
El Diccionario de la Real Academia Española define la economía como la “administración eficaz y razonable de los bienes”. También como “ciencia que estudia los métodos más eficaces para satisfacer las necesidades humanas materiales, mediante el empleo de bienes escasos”. Así entendida, como administración razonable y eficaz dirigida a satisfacer necesidades materiales en entornos de escasez, parece evidente que las economías alternativas no pueden pensarse como alternativas… a la economía. Recordemos, en este sentido, que en el libro de 1974 titulado El antieconómico (Labor, 1976) sus autores, Jacques Attali y Marc Guillaume, terminan proponiendo una “teoría económica de la utopía” basada en la autogestión, al margen tanto del capitalismo monopolista como del socialismo burocrático.
Otra cosa es que la economía necesaria deba ser esta economía: capitalista, neoliberal, de mercado… podemos denominarla de distintas maneras, pero en el marco de esta reflexión yo prefiero hablar de economía desincrustada.
Karl Polanyi describió la gran transformación que significó el surgimiento del capitalismo en el siglo XIX como un proceso mediante el cual el sistema económico se separó institucionalmente del resto de la sociedad. A partir de ese momento, una economía que había funcionado siempre “incrustada” en la sociedad (sometida a normas comunitarias, políticas o religiosas), pasará a ser concebida como “un sistema autorregulador de mercados, regido por sus propias leyes, las así llamadas leyes de la oferta y la demanda, que se basan en dos simples motivos: el temor al hambre y el deseo de ganancia” (Polanyi, El sustento del hombre, Mondadori, 1994, p. 121). Desde esta perspectiva Polanyi considera que, más allá del significado formal del término economía (como elección entre distintos usos de unos medios escasos para alcanzar ciertos fines), este posee un significado substantivo que “nace de la patente dependencia del hombre de la naturaleza y de sus semejantes para lograr su sustento, porque el hombre sobrevive mediante una interacción institucionalizada entre él mismo y su ambiente natural” (Ibid., p. 92).
A partir de esta aproximación sustantiva a la economía se dibuja un espacio donde pueden enraizar y desarrollarse las llamadas economías alternativas.
Economías alternativas… ¿pero cuánto?
En esta reflexión, que quiere ser eminentemente aplicada, vamos a considerar que el campo de las economías alternativas viene configurado por la ubicación de los distintos programas o proyectos en dos ejes: a) el eje mercantilización-desmercantilización y b) el eje externalización-internalización. En relación al primer eje, de lo que se trata es de analizar si estos proyectos se conciben más bien desde una lógica mercantil o desde una lógica de los derechos. En cuanto al segundo eje, lo que tenemos en cuenta es si estos proyectos tienen o no en cuenta nuestra dimensión social y ecológica, y hasta qué punto incorporan (internalización) o no (externalización) los costes derivados de nuestra dependencia de la naturaleza y de otras personas.
Utilizando estas claves como plantilla de análisis, cabe imaginar un esquema en el que no resulta difícil ubicar los proyectos que podemos considerar más antagónicos: la economía neoliberal, caracterizada por su máxima mercantilización y externalización, y su opuesto, la propuesta decrecentista; en los términos de Serge Latouche, “el pensamiento creativo contra la economía del absurdo” (Decrecimiento y posdesarrollo, El Viejo Topo, 2009).
Lo que no resulta tan fácil es ubicar en este esquema el conjunto de las llamadas economías alternativas, que buscan incorporar en grados muy distintos los costes ecológicos y sociales de la actividad económica, confiando más o menos en la capacidad del mercado para lograr esta internalización.
A modo de ejemplo, si nos fijamos en las propuestas económicas que pretenden resolver los problemas de externalización ecológica provocados por la insostenible economía neoliberal, no son iguales la economía azul (Gunter Pauli) o la economía circular (David Pearce y Kerry Turner), propuestas que confían en la capacidad del mercado y las empresas para afrontar la crisis medioambiental, o la economía ecológica (José Manuel Naredo, Joan Martínez Alier) y la bioeconomía (René Passet), que se ubican más claramente en el cuadrante internalización/desmercantilización.
Lo mismo cabe decir respecto de las propuestas que se confrontan con los problemas de externalización social (precariedad, exclusión, pobreza, insolidaridad, inequidad): mientras que la economía del bien común (Jean Tirole, Christian Felber) o la economía colaborativa (Ray Algar, Rachel Botsman y Roo Rogers) se sitúan en el espacio pro-mercado, la economía social y solidaria (Jean-Louis Laville, REAS, Willem Hoogendyk) o la economía del procomún (Elinor Ostrom, Yochai Benkler) supeditan la lógica mercantil a lógicas comunitarias o institucionales más amplias. Las mismas diferencias se dan en el campo de las economías feministas, donde podemos encontrar propuestas más (Sheryl Sandberg, Ann Cudd) o menos (Nancy Fraser, Silvia Federici, Amaia Pérez Orozco) compatibles con el capitalismo.
Economías alternativas e inéditos viables
Tal vez con la excepción de la denominada economía participativa o ParEcon de Michel Albert y Robin Hahnel, vinculada a una perspectiva sociopolítica libertaria, pero que hoy por hoy no pasa de ser una sugerente propuesta teórica, el conjunto de las llamadas economías solidarias, al menos aquellas que cuentan con algún desarrollo empírico, no pasan de ser economías complementarias de la economía dominante: no constituyen un proyecto alternativo capaz de competir en una escala apreciable con esta. Incluso los proyectos de Freeconomy, de vida “libre de economía”, como el popularizado por Mark Boyle en su libro Vivir sin dinero (Capitán Swing, 2016), no dejan de ser experiencias limitadas que, además, dependen en gran medida de aprovechar (reutilizar o reciclar) el derroche generado por la economía dominante.
El problema fundamental al que se enfrentan las economías alternativas es el de su escalabilidad o extensión, tanto en el espacio como en los distintos ámbitos del sistema social: la mayoría de las experiencias no superan el espacio local, o se limitan a aplicarse en un ámbito social concreto (consumo, cuidado, uso común, tiempo compartido…).
En la línea de la economía participativa (o libertaria, tal como la formulara en los 90 Abraham Guillén), las cooperativas integrales son la experiencia aplicada que más lejos ha llegado en su vocación de integralidad y alternatividad, como se muestra en esta definición de las mismas: “La Cooperativa Integral es un proyecto de autogestión en red que pretende paulatinamente juntar todos los elementos básicos de una economía como son producción, consumo, financiación y moneda propia e integrar todos los sectores de actividad necesarios para vivir al margen del sistema capitalista” (http://www.decrecimiento.info/2010/09/que-es-una-cooperativa-integral.html). Sin embargo, su extensión real, en participantes y en territorios, es reducida.
Sin embargo, el hecho de que, hoy por hoy, la alternatividad (en un sentido pleno) de estas propuestas o estas prácticas sea discutible, no las priva de valor. En su libro Construyendo utopías reales (Akal, 2014), Erik Olin Wright escribe lo siguiente: “Lo que necesitamos, por tanto, son relatos de casos empíricos que no sean ingenuos ni cínicos, sino que traten de reconocer por entero la complejidad y los dilemas así como las posibilidades reales de los esfuerzos prácticos a favor de la habilitación social”. En la versión original Wright habla de social empowerment, de “empoderamiento social”, reafirmando un concepto demasiado banalizado en su uso común.
Porque de eso es de lo que se trata: de contar con prácticas sociales cercanas y reales, orientadas por fuertes principios normativos, pero que no se queden en la mera afirmación ideológica. Prácticas de colaboración, de cooperación, de comunión, de solidaridad, de simplicidad, de autocontención, que desmientan el discurso hoy hegemónico del amoral y asocial homo economicus. Este es el reto y el valor de las economías alternativas: constituirse en inéditos viables, en “soluciones practicables no percibidas” (Paolo Freire, Pedagogía del oprimido, Siglo Veintiuno, 1980) que nos permitan visualizar, ya y aquí, ese otro mundo posible que todavía no es.
A modo de ejemplo, si nos fijamos en las propuestas económicas que pretenden resolver los problemas de externalización ecológica provocados por la insostenible economía neoliberal, no son iguales la economía azul (Gunter Pauli) o la economía circular (David Pearce y Kerry Turner), propuestas que confían en la capacidad del mercado y las empresas para afrontar la crisis medioambiental, o la economía ecológica (José Manuel Naredo, Joan Martínez Alier) y la bioeconomía (René Passet), que se ubican más claramente en el cuadrante internalización/desmercantilización.
Lo mismo cabe decir respecto de las propuestas que se confrontan con los problemas de externalización social (precariedad, exclusión, pobreza, insolidaridad, inequidad): mientras que la economía del bien común (Jean Tirole, Christian Felber) o la economía colaborativa (Ray Algar, Rachel Botsman y Roo Rogers) se sitúan en el espacio pro-mercado, la economía social y solidaria (Jean-Louis Laville, REAS, Willem Hoogendyk) o la economía del procomún (Elinor Ostrom, Yochai Benkler) supeditan la lógica mercantil a lógicas comunitarias o institucionales más amplias. Las mismas diferencias se dan en el campo de las economías feministas, donde podemos encontrar propuestas más (Sheryl Sandberg, Ann Cudd) o menos (Nancy Fraser, Silvia Federici, Amaia Pérez Orozco) compatibles con el capitalismo.
Economías alternativas e inéditos viables
Tal vez con la excepción de la denominada economía participativa o ParEcon de Michel Albert y Robin Hahnel, vinculada a una perspectiva sociopolítica libertaria, pero que hoy por hoy no pasa de ser una sugerente propuesta teórica, el conjunto de las llamadas economías solidarias, al menos aquellas que cuentan con algún desarrollo empírico, no pasan de ser economías complementarias de la economía dominante: no constituyen un proyecto alternativo capaz de competir en una escala apreciable con esta. Incluso los proyectos de Freeconomy, de vida “libre de economía”, como el popularizado por Mark Boyle en su libro Vivir sin dinero (Capitán Swing, 2016), no dejan de ser experiencias limitadas que, además, dependen en gran medida de aprovechar (reutilizar o reciclar) el derroche generado por la economía dominante.
El problema fundamental al que se enfrentan las economías alternativas es el de su escalabilidad o extensión, tanto en el espacio como en los distintos ámbitos del sistema social: la mayoría de las experiencias no superan el espacio local, o se limitan a aplicarse en un ámbito social concreto (consumo, cuidado, uso común, tiempo compartido…).
En la línea de la economía participativa (o libertaria, tal como la formulara en los 90 Abraham Guillén), las cooperativas integrales son la experiencia aplicada que más lejos ha llegado en su vocación de integralidad y alternatividad, como se muestra en esta definición de las mismas: “La Cooperativa Integral es un proyecto de autogestión en red que pretende paulatinamente juntar todos los elementos básicos de una economía como son producción, consumo, financiación y moneda propia e integrar todos los sectores de actividad necesarios para vivir al margen del sistema capitalista” (http://www.decrecimiento.info/2010/09/que-es-una-cooperativa-integral.html). Sin embargo, su extensión real, en participantes y en territorios, es reducida.
Sin embargo, el hecho de que, hoy por hoy, la alternatividad (en un sentido pleno) de estas propuestas o estas prácticas sea discutible, no las priva de valor. En su libro Construyendo utopías reales (Akal, 2014), Erik Olin Wright escribe lo siguiente: “Lo que necesitamos, por tanto, son relatos de casos empíricos que no sean ingenuos ni cínicos, sino que traten de reconocer por entero la complejidad y los dilemas así como las posibilidades reales de los esfuerzos prácticos a favor de la habilitación social”. En la versión original Wright habla de social empowerment, de “empoderamiento social”, reafirmando un concepto demasiado banalizado en su uso común.
Porque de eso es de lo que se trata: de contar con prácticas sociales cercanas y reales, orientadas por fuertes principios normativos, pero que no se queden en la mera afirmación ideológica. Prácticas de colaboración, de cooperación, de comunión, de solidaridad, de simplicidad, de autocontención, que desmientan el discurso hoy hegemónico del amoral y asocial homo economicus. Este es el reto y el valor de las economías alternativas: constituirse en inéditos viables, en “soluciones practicables no percibidas” (Paolo Freire, Pedagogía del oprimido, Siglo Veintiuno, 1980) que nos permitan visualizar, ya y aquí, ese otro mundo posible que todavía no es.
PUBLICADO EN DOCUMENTACIÓN SOCIAL
sábado, 5 de enero de 2019
Los Alpes en invierno
Leslie StephenLos Alpes en invierno. Ensayos sobre el arte de caminar
Traducción de Carlos Jiménez Arribas
Siruela, 2018
Historiador, biógrafo, padre de Virgina Woolf (autora del prólogo) y enamorado de los Alpes, Stephen nos ofrece una reflexión característicamente british del montañismo:
"El verdadero caminante es aquel que se deleita en el camino, que no presume ni se jacta de la fuerza física necesaria para ello. El que, por encima del esfuerzo muscular que hacen las piernas, valora la actividad cerebral que dicho esfuerzo le depara, aprecia aquello que en paz medita y, de manera espontánea cuando camina, se imagina generador de esa armonía intelectual que suele acompañar el monótono y pesado avance de los pies".
Una aproximación inteligente, reflexiva, elegante, casi diría que aristocrática, a la actividad montañera. Su anverso perfecto sería la desternillante Hasta arriba, de Bowman. También muy british, pero por su idiosincrático humor.
Pero también hay esfuerzo, tormentas, glaciares, amaneceres en la cima del Mont Blanc, paisajes grandiosos y, sobre todo, pasión alpinista a raudales:
"Si yo tuviera que inventar una idolatría nueva (algo, por otra parte, innecesario), no me postraría delante de ningún animal, de ninfún océano ni sol, sino a los pies de esas moles gigantescas a las que, desafiando a la razón, es imposible no atribuir su propia y tenebora personalidad".
jueves, 3 de enero de 2019
Peña del Fraile y adiós a la Montaña Palentina
Hoy ha subido considerablemente la temperatura (3 grados sobre cero) y el cielo ha empezado a cubrirse. Sin embargo, haciendo la cresta entre el Cueto y la Peña del Fraile he pasado más frío que ningún otro día. Hacia un viento helador. Así que subida y bajada rápida, y adiós por ahora a la Montaña Palentina.
En primer plano, el Cueto. Al fondo, Peña del Fraile.
Refugio-ermita de Cristo Sierra
La mole del Cueto. Luego no es para tanto.
Bordeando el Cueto, al fondo la Peña del Fraile.
Subiendo a la Peña. La pendiente es empinada, pero se sube muy bien.
Cumbre, hoy adornada como si del Himalaya se tratara.
El Cueto, desde la cumbre da la Peña del Fraile.
Ya que es uno de los poquísimos montes de la zona que cuenta con buzón, habrá que dejar tarjeta.
Descendiendo hacia el amplio collado que separa ambas cimas.
Por aquí abundan las rocas colonizadas por líquenes, igual que pasa en el Curavacas.
miércoles, 2 de enero de 2019
Frío y ciervos
Mucho frio esta mañana.
La idea era caminar por el valle de Miranda, sin rumbo prefijado, esperando poder ver algunos ciervos, abundantes en la zona.
Algunos he visto, pero no tantos ni tan cerca como esperaba.
Otra vez será.
La idea era caminar por el valle de Miranda, sin rumbo prefijado, esperando poder ver algunos ciervos, abundantes en la zona.
Algunos he visto, pero no tantos ni tan cerca como esperaba.
Otra vez será.
martes, 1 de enero de 2019
Empezando el año cuesta arriba: La Tuda
2019 ha empezado cuesta arriba.
Que es una excelente forma de empezarlo cuando la cuesta es una ascención de 700 metros, a lo largo de 6 kilómetros, con la expectativa de un día luminoso.
Hacía frío (-5º C) cuando he cogido el coche para acercarme hasta Otero de Guardo, desde donde he empezado a caminar cuando aún no había amanecido.
Pero el dia se anunciaba tan soleado como los que hemos dirfrutado hasta ahora.
El objetivo de hoy, La Tuda (1.964 mts) , también conocido como Peña de Orvillo, recibía los primeros rayos del sol. Pero el camino en sombra estaba literalmente helado.
La ascensión a La Tuda es sencilla y nada exigente. Los 700 metros de desnivel se superan recorriendo una distancia considerable, casi 6 kilómetros, por lo que se va ganando altura poco a poco, sin apenas esfuerzo.
Al llegar al collado (1.526 mts) que nos sitúa en la loma este de La Tuda, el Espigüete se nos muestra en todo su esplendor.
Mientras remonto la loma, entre rocas y brezos, empiezan a verse las cuatro grandes columnas de piedra de la cumbre, conocidas como los "tios pinaos".
Desde la cumbre, dominada por las cuatro columnas de piedra, como si de un altar megalítico se tratara, se puede ver Riaño, con su puente sobre el embalse, y un extremo de Picos de Europa. También tenemos una preciosa vista del Pico Murcia, el Espigüete y el Curavacas.
Desde La Tuda se puede continuar hasta al Alto de Arbillos (1.972 mts), en apenas quince minutos, y desde aquí bajar a Otero completando una entretenida marcha circular. Pero es Año Nuevo, y había que llegar a una hora prudencial para (previa ducha) el poteo de las 13 horas y la posterior comida. Así que he bajado por el mismo camino hasta un Otero de Guardo cuyas chimeneas humeaban, pero que aún descansaba tras la noche de ayer.
Que es una excelente forma de empezarlo cuando la cuesta es una ascención de 700 metros, a lo largo de 6 kilómetros, con la expectativa de un día luminoso.
Hacía frío (-5º C) cuando he cogido el coche para acercarme hasta Otero de Guardo, desde donde he empezado a caminar cuando aún no había amanecido.
Pero el dia se anunciaba tan soleado como los que hemos dirfrutado hasta ahora.
El objetivo de hoy, La Tuda (1.964 mts) , también conocido como Peña de Orvillo, recibía los primeros rayos del sol. Pero el camino en sombra estaba literalmente helado.
La ascensión a La Tuda es sencilla y nada exigente. Los 700 metros de desnivel se superan recorriendo una distancia considerable, casi 6 kilómetros, por lo que se va ganando altura poco a poco, sin apenas esfuerzo.
Al llegar al collado (1.526 mts) que nos sitúa en la loma este de La Tuda, el Espigüete se nos muestra en todo su esplendor.
Mientras remonto la loma, entre rocas y brezos, empiezan a verse las cuatro grandes columnas de piedra de la cumbre, conocidas como los "tios pinaos".
Desde la cumbre, dominada por las cuatro columnas de piedra, como si de un altar megalítico se tratara, se puede ver Riaño, con su puente sobre el embalse, y un extremo de Picos de Europa. También tenemos una preciosa vista del Pico Murcia, el Espigüete y el Curavacas.
Desde La Tuda se puede continuar hasta al Alto de Arbillos (1.972 mts), en apenas quince minutos, y desde aquí bajar a Otero completando una entretenida marcha circular. Pero es Año Nuevo, y había que llegar a una hora prudencial para (previa ducha) el poteo de las 13 horas y la posterior comida. Así que he bajado por el mismo camino hasta un Otero de Guardo cuyas chimeneas humeaban, pero que aún descansaba tras la noche de ayer.
domingo, 30 de diciembre de 2018
Invierno
Invierno
Rick Bass
Traducción de Silvia Moreno Parrado
Errata Naturae, 2018
"Un escritor en un valle de trabajadores. Tal vez lo novedoso de la situación les permita tolerarme. Nadie pregunta si voy a pasar aquí el invierno; su forma de expresarlo es, más bien: 'Entonces, ¿vas a intentar invernar aquí?'. Y entonces, si aguanto toda la estación, ya seré un residente".
Aquí es el valle del Yaak, en el extremo noroeste de Montana, en la frontera misma con Canadá. El invierno al que se refieren es un superinvierno: 32 grados bajo cero, ventisca y nieve en abundancia:
"Aquí, en invierno, es otro mundo [...]. No hay reglas. Puede pasar cualquier cosa. No se puede dar nada por sentado. En casi todos los sitios sí se puede, pero [...] en Yaak nunca. Cuando está nevando de verdad, sales a la leñera con una cuerda atada a la cintura, para que, si arrecia la ventisca mientras estás de espaldas, al menos puedas encontrar el camino de regreso a la cabaña, en lugar de quedarte dando vueltas en círculos cada vez más amplios, siguiendo esa brújula desquiciada, maldita y perdida que todos llevamos dentro".
El escritor es Rick Bass, que en 1987 se instaló en el Yaak junto con su pareja, Elisabeth Hughes, cuyos evocadores dibujos acompañan el texto.
Leerlo, como he hecho yo, junto a una cálida y rumorosa chimenea, unnos días en los que la temperatura por la mañana llegaba a bajar hasta menos 5 grados, ha sido una delicia.
Aunque el simple hecho de leerlo casi llega a provocar agotamiento.
Vivir en un entorno como el Yaak exige que gran parte de la existencia cotidiana gire en torno a la madera que, en los dias más fríos, permitirá lograr esos grados imprescindibles para sobrevivir. Madera que hay que trocear con la motosierra, cargar y transportar, desmenuzar con el hacha, almacenar, quemar... y volver a empezar.
Es verdad que también está el Dirty Shame, el único bar de la zona donde disfrutar de la cerveza y la conversación con la pintoresca fauna humana que habita el valle. Una cofradía consagrada a celebrar el invierno, pues de adaptarse a sus rigores depende su supervivencia:
"El peligro de abandonare a pensar en la primavera (pastos verdes, paseos, pies desnudos, lagos, pesca con mosca, ríos y sol, sol caliente) es que, una vez que esos pensamientos se te meten en la cabeza, no puedes echarlos.
ama el invierno. No lo traiciones. Sé fiel.
Cuando llegue aquí la primavera, ámala también, y después el verano.
Pero tienes que ser leal al invierno en roda su magnitud (en toda su magnitud y con sinceridad) o te verás tirado en la cuneta, ansiando una primavera a la que aún le falta mucho por llegar, y el invierno te habrá abandonado y en su lugar tendrás la fiebre de la cabaña, la peor.
Cuanto más frío hace, más tienes que amarlo".
Otro acierto de Errata Naturae.
Rick Bass
Traducción de Silvia Moreno Parrado
Errata Naturae, 2018
"Un escritor en un valle de trabajadores. Tal vez lo novedoso de la situación les permita tolerarme. Nadie pregunta si voy a pasar aquí el invierno; su forma de expresarlo es, más bien: 'Entonces, ¿vas a intentar invernar aquí?'. Y entonces, si aguanto toda la estación, ya seré un residente".
Aquí es el valle del Yaak, en el extremo noroeste de Montana, en la frontera misma con Canadá. El invierno al que se refieren es un superinvierno: 32 grados bajo cero, ventisca y nieve en abundancia:
"Aquí, en invierno, es otro mundo [...]. No hay reglas. Puede pasar cualquier cosa. No se puede dar nada por sentado. En casi todos los sitios sí se puede, pero [...] en Yaak nunca. Cuando está nevando de verdad, sales a la leñera con una cuerda atada a la cintura, para que, si arrecia la ventisca mientras estás de espaldas, al menos puedas encontrar el camino de regreso a la cabaña, en lugar de quedarte dando vueltas en círculos cada vez más amplios, siguiendo esa brújula desquiciada, maldita y perdida que todos llevamos dentro".
El escritor es Rick Bass, que en 1987 se instaló en el Yaak junto con su pareja, Elisabeth Hughes, cuyos evocadores dibujos acompañan el texto.
Leerlo, como he hecho yo, junto a una cálida y rumorosa chimenea, unnos días en los que la temperatura por la mañana llegaba a bajar hasta menos 5 grados, ha sido una delicia.
Aunque el simple hecho de leerlo casi llega a provocar agotamiento.
Vivir en un entorno como el Yaak exige que gran parte de la existencia cotidiana gire en torno a la madera que, en los dias más fríos, permitirá lograr esos grados imprescindibles para sobrevivir. Madera que hay que trocear con la motosierra, cargar y transportar, desmenuzar con el hacha, almacenar, quemar... y volver a empezar.
Es verdad que también está el Dirty Shame, el único bar de la zona donde disfrutar de la cerveza y la conversación con la pintoresca fauna humana que habita el valle. Una cofradía consagrada a celebrar el invierno, pues de adaptarse a sus rigores depende su supervivencia:
"El peligro de abandonare a pensar en la primavera (pastos verdes, paseos, pies desnudos, lagos, pesca con mosca, ríos y sol, sol caliente) es que, una vez que esos pensamientos se te meten en la cabeza, no puedes echarlos.
ama el invierno. No lo traiciones. Sé fiel.
Cuando llegue aquí la primavera, ámala también, y después el verano.
Pero tienes que ser leal al invierno en roda su magnitud (en toda su magnitud y con sinceridad) o te verás tirado en la cuneta, ansiando una primavera a la que aún le falta mucho por llegar, y el invierno te habrá abandonado y en su lugar tendrás la fiebre de la cabaña, la peor.
Cuanto más frío hace, más tienes que amarlo".
Otro acierto de Errata Naturae.
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