martes, 1 de marzo de 2016

Un circo con tres pistas

Nunca he sido de circos. Apenas si recuerdo haber acudido un par de veces, cuando era muy chico, con mis padres a un espectáculo del Circo Atlas, cuando instalaban su carpa entre Garellano y el Hospital de Basurto. Y con mi hija, la verdad, no he ido jamás. He visto, eso sí, la película de Cecil B. DeMille El mayor espectáculo del mundo, que transcurría en el famoso circo Ringling, cuya seña de identidad eran sus tres pistas en las que se actuaba simultáneamente. Si era posible seguir con atención las tres actuaciones es algo que desconozco, aunque siempre me ha parecido que tenía que ser muy complicado.
Me ha venido a la cabeza la imagen del circo de tres pistas mientras intentaba seguir los movimientos de las distintas fuerzas políticas tras el anuncio de Pedro Sánchez de su voluntad de intentar formar gobierno. En la pista central, la más visible y expuesta a la observación pública, se han desarrollado las negociaciones y los diálogos cruzados dirigidos a buscar apoyos a un gobierno presidido por Sánchez. En esta pista se han sucedido las reuniones bilaterales (también con otras fuerzas, como IU, PNV, Compromis o ERC) que, finalmente, han dado lugar al ya conocido acuerdo entre PSOE y Ciudadanos. Dicen que a pesar del magro y discutido resultado el espectáculo debe continuar, y que aún habrá que esperar a que otros artistas salgan a la pista, pero me da la impresión de que una mayoría del público pide más, o pide algo distinto, y ha vuelto sus ojos hacia otros escenarios.
Porque la vez que en esta pista central se hablaba, tanto en negociaciones a dos y a tres como a través de los medios de comunicación, de las posibilidades de sumar escaños a la candidatura de Pedro Sánchez, otros dos espectáculos distintos se desarrollaban simultáneamente en otras dos pistas.
Una de ellas es la pista en la que todos los partidos hacen sus cálculos y buscan recolocarse de la mejor manera posible antes unas más que probables nuevas elecciones. Qué puede ser mejor en caso de que haya que volver a pedir el voto a la ciudadanía, ¿aparecer como adalides de la gobernabilidad a cualquier precio o presentarse ante los electores con una imagen de firmeza ideológica? ¿Castigarán las urnas a quien parezca que no ha hecho lo suficiente para formar un gobierno viable o a quien se presente como un excesivamente complaciente compañero de viaje? Esperar a que el presente acuerdo fracase para salir a continuación diciendo “ya lo decía yo, lo único posible es una gran coalición”, ¿será interpretado por la ciudadanía como un ejercicio de prudencia o de irresponsabilidad?
La tercera pista es aquella en la que los partidos están librando sus propias batallas internas. Es el caso, muy especialmente, del PP, el PSOE y Podemos, donde los resultados electorales y el complicado escenario de potenciales acuerdos para constituir gobierno han abierto importantes debates en su seno, en los que se cuestionan más o menos abiertamente liderazgos, estrategias y propuestas. En esta pista no actúan ni Ciudadanos ni el resto de partidos minoritarios, que miran desde los camerinos cómo los más grandes se entrampan con silencios, corrupciones y refundaciones, derogaciones que no son tal y consultas vacuas a la afiliación, arrogantes propuestas de ministerios y vicepresidencias y candorosos derechos a decidir.
Tres pistas, tres juegos, cada uno de ellos con sus propias reglas y su esquema de ganancias y pérdidas; tres espectáculos con lógicas distintas y con una cierta autonomía, pero con grandes conexiones entre sí. Tres pistas que, en función de los acontecimientos, pueden convertirse en centrales o en periféricas. Y así, en los próximos días el equilibrista puede convertirse en hombre orquesta, la tragasables en trapecista, el prestidigitador en saltinbanqui, la cuentacuentos en patinadora, el forzudo en payaso triste…
¿Cuál de esas tres pistas es la principal para cada uno de los agentes políticos que han saltado a la arena? ¿Cuál será la pista principal en los próximos días? No sabría decirlo, pero es muy probable que, cuando el gran final tenga lugar, a una buena parte de la ciudadanía nos encontrará mirando hacia la pista que no es.
 
>> Publicado en ELDIARIONORTE.
 


martes, 23 de febrero de 2016

sábado, 13 de febrero de 2016

Marcha europea por los derechos de los refugiados


LA VERGÜENZA DE EUROPA, A PIQUE: OMISIÓN DE SOCORRO A REFUGIADOS Y MIGRANTES EN EL MAR
Amnistía Internacional

"Aquí unos se compadecen de nosotros, otros están descontentos: 'Los refugiados roban las patatas. Las desentierran por la noche'. En la otra guerra, como recordaba mi madre, la gente se compadecía más de los demás".
Lo cuenta una de las mujeres a las que Svetlana Alexiévich da la palabra en su libro Voces de Chernóbil (Debolsillo, Penguin Random House, 2015). Esa "otra guerra" a la que se refiere es la Segunda Guerra Mundial.

Pero la lectura de las crónicas sobre el terreno recopiladas por Hans Magnus Enzensberger en el libro Europa en ruinas. Relatos de testigos oculares de los años 1944 a 1948 (Capitán Swing, 2013) no parecen justificar esa reflexión añorante. Así, el escritor suizo Max Frisch describe la siguiente escena en la estación de ferrocarril de Frankfurt, en 1946:
"Hay refugiados tendidos en todos los escalones y uno tiene la impresión de que no levantarían la vista ni aunque sucediera un milagro en medio de la plaza; tan seguros están de que no sucederá ninguno. Se les podría decir que más allá del Cáucaso hay un país que los acogerá y entonces ellos reunirían sus pertenencias sin fe ninguna. Su vida es sólo una ilusión, algo ficticio, una espera sin esperanza, ya no sienten ningún apego por ella; solo la vida continúa adherida a ellos, como un espectro, como un animal invisible y famélico que los arrastra por las estaciones de tren tiroteadas, noche y día, bajo el sol y la lluvia; respira en los niños dormidos que yacen sobre los escombros, con la cabeza entre los bracitos consumidos, acurrucados como embriones en el seno materno, como si quisieran retornar a él".
Y en ese mismo libro, otra crónica del escritor y crítico literario estadounidense Edmund Wilson, desde el Londres de abril de 1945, vuelve a dejar volar la añoranza por un tiempo pasado que, se cree, fue mejor, más compasivo y más humano:
"La Primera Guerra Mundial no había apagado aún totalmente las emociones humanas: por aquel entonces la gente aún era consciente de que la miseria y la masacre eran anómalas e indeseables. Contra el mal de la guerra protestaron gente como Harden, Roland, Barbusse, Bertrand Russel y Bernard Shaw, Upton Sinclair y John Dos Passos, por no hablar de Lenin y los socialistas de la Conferencia de Zimmerwarld. Pero hoy en día está claro que la vida humana ya no vale nada. Que maten o no a seres humanos ya no le importa a nadie, a no ser que se trate de amigos íntimos o familiares".

Cada época nos presenta sus propios retos y en cada momento histórico nos enfrentamos al reto de no traicionarnos hoy para no tener que que lamentarnos mañana, soñando un ayer más luminoso... existente sólo en nuestra culpable imaginación.
Y el reto de hoy es el de las personas refugiadas que se estrellan contra la pasividad, la indolencia o la inoperancia de Europa.



domingo, 24 de enero de 2016

Manos a la obra

Se equivoca Podemos si cree que la profunda transformación que precisa este país tiene que ver esencialmente con la sustitución del PSOE como espacio político más representativo del voto progresista en España. Tal cosa ocurrirá o no, en función de muy diversas circunstancias: los aciertos y los errores de cada cual, reflejados aunque sea de manera aproximada en las opciones de voto que tome la ciudadanía.
Pudiera ser que las múltiples y muy evidentes enfermedades del partido fundado por Pablo Iglesias “el viejo” hayan ido adquiriendo con el paso del tiempo una cierta dimensión estructural (como la aluminosis en algunos edificios o la corrupción en el PP) que haga sumamente complicado su saneamiento: son muchos años de ejercicio del poder, de profesionalización de la tarea de representación política, de abandono en la práctica del papel de mediación entre el Estado y la sociedad, de puertas giratorias y de sometimiento a un falso realismo que ha olvidado que “cada presente se excede radicalmente a sí mismo” (T. Eagleton, Esperanza sin optimismo, Taurus, 2016). Complicado, seguro, pero ¿imposible? Si así fuera, Podemos debería dejar de jugar al mismo tiempo a la deslegitimación (el PSOE como casta, como bunker, etc.) y a la rehabilitación (“Si estamos más fuertes que el PSOE podemos hacer que rectifiquen”).
Salvo que la torpe presentación del vicepresidente Iglesias y sus cuatro ministrables sea, como se ha señalado, una maniobra final para cargarse el ya muy debilitado liderazgo de Pedro Sánchez, impidiendo cualquier movimiento para la conformación de un gobierno de izquierdas y provocando unas nuevas elecciones, el partido fundado por Pablo Iglesias “el nuevo” debe decir con claridad sí o no a un gobierno presidido por Sánchez, y actuar en coherencia. Y para ello, Podemos debería leer con más atención y rigor los posos amargos que deja la historia del socialismo español, pues en ellos se encuentran dibujados también algunos de sus potenciales futuros como organización política.
Se equivoca también el PSOE si, empujado por las estrategias coincidentes de quienes, viviendo la política como ejercicio de hooliganismo, gritan que el partido está por encima de su proyecto transformador, por un lado, y quienes consideran que es su propio futuro personal, ligado a la ocupación de cargos  políticos, el que debe primar sobre cualquier proyecto de cambio, por otro, acaba proclamando algo así como “Fiat PSOE et pereat socialismus”: hágase el PSOE, aunque perezca el socialismo. Y si para que el PSOE dure como organización hay que convertirlo definitivamente en un grupo de poder privado separado de sus bases sociales, en una institución parapública que gestione de manera informal la distribución y el ejercicio de las funciones públicas, en órgano del Estado articulado según la férrea ley de las oligarquías (caracterización tomada de L. Ferrajoli, Poderes salvajes, Trotta, 2011), pues se hace y punto.
Aunque, como ya he indicado más arriba, la forma (y las formas) en que está actuado Podemos tras las elecciones me parece sumamente cuestionable, más cuestionable me parece que en respuesta a estas malas formas el PSOE se ponga ahora a perder el tiempo haciéndose el ofendido, en lugar de convocar a una mesa a, para empezar, Podemos e IU, con el fin de trabajarse en serio las condiciones para un programa de gobierno. No vi tanta indignación entre los dirigentes socialistas cuando se reformó el artículo 135 de la Constitución con agosticidad y alevosía para contentar a “los mercados”, cuyas presiones deberían habernos resultado infinitamente más inaceptables, antidemocráticas e insultantes que las de Pablo Iglesias.
Como señala Zygmunt Bauman en su último libro (Z. Bauman y C. Bordoni, Estado de crisis, Paidós, 2016) al analizar los movimientos de indignación, “hoy parece que se están limpiando solares vacíos, escenarios de futuras obras de construcción, en previsión de un cambio en la gestión del espacio. Pero los edificios futuros destinados a reemplazar a los que  hoy han quedado vacíos o han sido desmantelados se encuentran todavía en fase de diseño, repartidos entre multitud de mesas de delineante privadas, y ninguno de ellos está listo no de lejos para obtener la licencia de obras”. De ahí su conclusión: “La capacidad de despejar y limpiar solares de obras parece haber crecido considerablemente; sin embargo, el sector de la construcción va muy por detrás, y la distancia entre sus capacidades y la grandiosidad del trabajo constructor pendiente no deja de crecer”.

No es este de la construcción el referente más apropiado en un país como Españistán, pero se entiende y personalmente comparto su diagnóstico. Si el PSOE, por sus impresentables pugnas internas, y Podemos, por su enfermiza obsesión hegemonista, hacen imposible un gobierno de cambio, serán otros los que construyan sobre esos solares vacíos. Y lo que construyan no será, me temo, escuelas, parques, hospitales, plazas y viviendas sociales.

jueves, 7 de enero de 2016

La insoportable insaciabilidad del ser nacional


http://elpais.com/elpais/2012/11/22/vinetas/1353601036_574882.html

Antonio Baños, una de las caras más visibles de la CUP, ha dimitido. En su carta de explicación indica que él se metió en política con un único objetivo: “El meu pas a la política (tot plegat uns cinc mesos) tenia només un sol sentit i objectiu: Que aquesta legislatura fos la de la ruptura irreversible amb l’Estat Espanyol i que, a més, la construcció de la República es fes des de un procés constituent popular i social”. Y si para ello había que votar a Mas, pues se le vota y punto.
Por su parte, la Asamblea Nacional Catalana se excusa públicamente por haber incluido a la CUP en su petición de voto a fuerzas independentistas. Ahora resulta que por no votar a Mas van a pasar a formar parte de esos "partidos políticos españoles que están en Catalunya, como el PP y Ciudadanos", adversarios según Carme Forcadell del "resto, [que] somos nosotros, el pueblo catalán, y sólo nosotros somos los que lograremos la independencia”.
Los procesos de estatonacionalización exigen de toda la energía política contenida en una sociedad. Hasta el último julio. Son insaciables y, en última instancia, incompatibles con la práctica política. Cuando una sociedad se embarca en la construcción de un Estado-nación cualquier otra cuestión se vuelve irrelevante, inconveniente o inaceptable, al menos hasta el día después de la independencia. Lo mismo ocurre, por cierto, cuando un Estado ya constituido pretende reforzar, por la razón que sea, sus señas de identidad nacional. De manera que si Isaías representaba el futuro mesiánico con la imagen del lobo y el cordero paciendo juntos, el nacionalismo español imagina estos días su propio futuro como la posibilidad de que un indecente, un ruin (o “ruiz”) y un ambicioso inexperto gobiernen juntos para evitar la ruptura de España.
Hace ya tiempo que vengo defendiendo que el lenguaje federal puede ser la lengua franca que abra en España un espacio político liberado del lenguaje tóxico de los nacionalismos. ¿O es que alguien cree de verdad que se puede discutir en serio con quien enarbola una camiseta de la selección de Cataluña o de Euskadi mediante el recurso a agitar, con igual o mayor forofismo, la camiseta de la selección de España? Mejor esta pelea a camisetazos que la lucha a garrotazos que pintara Goya, por supuesto; pero sigue siendo una confrontación intelectualmente absurda y políticamente incapacitante.
Seguramente es cierto, en estrictos términos jurídicos, que “dentro de un Estado sólo puede haber una nación (vinculada a la soberanía), de forma que si se quiere constituir una nueva nación (política) debe pasar a la formación de un nuevo Estado incompatible con el de la nación primera” (Eduardo Vírgala, “Nación y nacionalidades en la Constitución”, p. 173). Sin embargo, desde la perspectiva de la sociología política podemos afirmar que en un mismo Estado caben varias naciones, pero ni varios ni un sólo nacionalismo. El problema de España no es el de la existencia de varias naciones, sino de varios nacionalismos. No se trata de abonar discursos rancios sobre unidades o esencias nacionales, sino de apostar por un proyecto moderno de ciudadanía definida por los derechos y las libertades de todas y cada una de las personas, en un marco de estabilidad jurídica garantizado por las distintas instituciones del Estado.
Como señala Claudio Magris: “Nadie se enamora de un Estado pero hace falta el Estado para que podamos exaltarnos tranquilamente por lo que nos dé la gana y para que nuestra libertad, según la vieja definición liberal, sólo termine donde comienza la libertad del otro” (Utopía y desencanto, Anagrama, Barcelona 2001). O en palabras de Suso de Toro: “La nación contemporánea es la de ciudadanos diversos que conviven en espacios pactados y aceptados. Los afectos nacen después. O no ¿Y qué?” (Españoles todos, Península, Barcelona 2004).
 
> Publicado en EL DIARIO NORTE.

martes, 5 de enero de 2016

Indios y bisontes en la Montaña Palentina



Pahá Sapá, "El Corazón de Todo lo Existente": así era como denominaban los sioux a las Black Hills, el centro espiritual de un extenso territorio que incluía Idaho, Wyoming, Nebraska, Iowa y las dos Dakotas.
Convertidos en población sobrante, molestos residuos de una forma de vida nómada y guerrera ligada a las condiciones naturales de las Altas Llanuras, la expansión de la civilización europea en Norteamérica fue ocupando inexorablemente todos el territorio de los sioux.
El contexto en el que Nube Roja va a enfrentarse a esta expansión queda perfectamente expuesto al principio del libro de Tom Clavin y Bob Drury El Corazón de Todo lo Existente. La historia jamás contada de Nube Roja:
"La última mitad de la década de 1860 supuso un punto de inflexión psicológico en las relaciones entre blancos e indios en la sección central del país. El primer colonialismo europeo había provocado no solo la destrucción de los pueblos nativos, sino también una veneración paternalista -influenciada en parte por James Fenimore Cooper- hacia las culturas de los 'Nobles Salvajes' [...]. Sin embargo, el romanticismo de Cooper había quedado para entonces en un mero recuerdo borroso que unos Estados Unidos recién fortalecidos empezaban a sustituir en la posguerra por la concepción del 'destino manifiesto'. Las viejas actitudes se estaban reconfigurando con una claridad cruel, sobre todo entre los habitantes del Oeste. Incluso blancos que habían considerado en otros tiempos a los indios como el equivalente a unos niños caprichosos [...] a quienes había que 'civilizar' a base de biblias y arados- empezaban a verlos ya como una raza infrahumana que la ola del progreso debía exterminar o recluir en reservas".


http://www.wikiwand.com/en/Red_Cloud's_War

Contra esta civilización se alzó en 1866 Nube Roja, "el único indio capaz de afirmar haber vencido a Estados Unidos". Porque, en efecto, en 1868 el gobierno de Estados Unidos tuvo que admitir su derrota y aceptó firmar un acuerdo de paz, "por primera vez, bajo las condiciones de los indios". La razón de su improbable éxito estriba en su capacidad para introducir en distintas tribus indias -sioux, cheyenes del norte y arapahoes- una cultura militar más cercana a la de sus enemigos blancos que a su propia tradición guerrera
Como escriben los autores de este libro: "el piel roja y el hombre blanco no obedecen al mismo concepto de guerra y, mucho menos, a las mismas normas [...] la guerra como una empresa que lo abarcase todo  era un concepto ajeno a los indios [...] la mayoría no captaba el concepto de batalla del hombre blanco como una industria que funciona todo el año o como lo que ahora se denomina juego de suma cero".
El historiador Victor Davis Hanson ha profundizado extensamente en esta cuestión en su libro Matanza y cultura. Batallas decisivas en el auge de la civilización occidental (Turner/Fondo de Cultura Económica, Madrid/México, 2004). La pregunta central a la que busca dar respuesta Hanson es la siguiente: "por qué los occidentales han sido tan diestros a la hora de aprovechar los valores de su civilización para matar a otros, a la hora de guerrear de manera brutal sin caer ellos mismos en la batalla". Y esta es su respuesta, ilustrada con el análisis de distintas batallas, desde la de Salamina hasta la ofensiva del Tet, pasando por Tenochtitlán, Rock's Drift o Lepanto:
"Ninguna otra cultura que no fuera la occidental podría haber dado muestras de la disciplina, moral y destreza tecnológica en el arte de matar que los europeos pusieron de manifiesto en la locura de Verdún, un enfoque industrial de la matanza distinto incluso a la masacre tribal más horrenda. Ninguna tribu de indios americanos, ningún impi zulú podría haber reunido, asistido, armado -y hecho matar y reemplazado- a tantos cientos de miles de hombres para combatir durante meses y meses por una causa tan políticamente abstracta como la suerte de una nación Estado. Los apaches más aguerridos, protagonistas de las incursiones más audaces y homicidas de las Grandes Llanuras, se habrían marchado a sus poblados tras la primera hora de combates en Gettysburg". Y más adelante: "La forma de hacer la guerra de los occidentales es tan letal precisamente porque es amoral y rara vez se ve constreñida por consideraciones rituales, religiosas, éticas o de tradición. Sólo la guían las necesidades militares".
Pues bien: Nube Roja fue capaz de incorporar esta cultura de la guerra total, convirtiendo a sus guerreros en una exitosa máquina militar moderna. Así lo plantean Clavin y Drury:
"Se trataba de la primera vez que Estados Unidos se había encontrado ante un enemigo que usaba el mismo tipo de tácticas de guerrilla que un siglo antes había ayudado a su país a garantizar su existencia [...]. Los combatientes de Nube Roja habían tendido emboscadas y quemado caravanas de carretas, habían asesinado y mutilado a civiles, y habían superado en inteligencia y fuerza a las tropas del Gobierno en una serie de asaltos sangrientos que sacudieron al alto mando del Ejército de EE.UU. El hecho mismo de que un 'lider' bárbaro hubiese reunido y coordinado una fuerza multitribal tan amplia suponía una sorpresa para los estadounidenses, cuyos prejuicios raciales eran representativos de la época. Pero que Nube Roja hubiese logrado mostrar la suficiente determinación para mantener la autoridad sobre sus guerreros combativos y notablemente faltos de disciplina provocaba un impacto aún mayor".
Pero la misma amoralidad que guiaba a los blancos en la guerra los guiaba en la paz, y el acuerdo suscrito en 1868 entre Nube Roja y el general Philip Sheridan en Fort Laramie pronto fue sistemáticamente incumplido: "El general Sheridan lo entendía de manera distinta y empezó a fraguar un plan a largo plazo que obligaría a los indios, sobre todo a los lakotas, a encerrarse en reservas muy al este del territorio del río Powder. El objetivo era doble: mantener al enemigo vigilado y, poco a poco, hacer que fuese más dependiente de los bienes y servicios del Gobierno".
Aún tendría lugar, en 1876, la última gran batalla india contra el ejército estadounidense: fue en Little Bighorn, donde los sioux liderados por Caballo Loco derrotaron al general Custer. Pero para entonces Nube Roja ya había renunciado a luchar por su futuro, convencido de que tal lucha estaba destinada al fracaso. Como confesó en una conversación con el Secretario del Interior Joseph P. Cox: "Ahora nos estamos derritiendo como la nieve en las laderas, mientras que ustedes están creciendo como la hierbe de primavera".
Otro acierto editorial de Capitán Swing.

Mientras leía el libro me venía a la memoria una curiosa formación rocosa que puede verse si, caminando por las crestas del Alto de los Llanos, nos olvidamos de senderos y caminos y bajamos al valle de Miranda entre peñas y bosques. Siempre me ha recordado la silueta de un indio.



Ya puestos, qué mejor ocasión para seguir manteniendo el eco de la historia de Nube Roja que visitar la Reserva del Bisonte Europeo de San Cebrián de Mudá, iniciativa que demuestra la inmensa voluntad y capacidad de una modesta administración local, liderada por su alcalde Jesús González, para buscar alternativas de vida para las comunidades de la Montaña Palentina.
El destacado politólogo norteamericano Benjamin Barber lleva tiempo explicando por qué los alcaldes deberían gobernar el mundo (aquí y aquí). Barber piensa fundamentalmente en los alcaldes de las grandes ciudades globales; yo pienso también en los alcaldes de estos pequeños enclaves rurales.



Una Montaña Palentina que, ya por sí misma, nos ofrece estampas y escenas maravillosas.