domingo, 9 de noviembre de 2025

Los domingos: ¿búsqueda o llamada?

La película Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, constituye una de las aproximaciones más sugerentes al fenómeno religioso en el cine contemporáneo. En un contexto cultural fuertemente secularizado, donde la experiencia de la fe suele interpretarse exclusivamente en clave psicológica o sociológica, la película plantea una pregunta tan incómoda como inesperada: ¿y si lo que parece una crisis interior o una búsqueda desesperada de sentido fuera, en realidad, una llamada? Esta ambigüedad -entre el vacío existencial y la vocación religiosa- estructura una posible lectura del filme y de su protagonista, Ainara, en una sociedad que ha perdido el lenguaje de lo trascendente. En una sociedad secularizada, en la que la experiencia religiosa se percibe como un síntoma (de carencia, de fragilidad, de manipulación) y no como un acontecimiento que irrumpe y reclama una respuesta radical, la película se atreve a situarse justo en ese filo: el que separa la necesidad humana de sentido del encuentro con un “Otro” que oferta ese sentido.
Lo que propongo a continuación es mi propia lectura de una obra compleja y abierta a diversas interpretaciones. Lo hago en un ejercicio consciente de conocimiento situado con el objetivo de contribuir a la conversación abierta por Alauda Ruiz de Azúa.  
AVISO PARA QUIENES NO LA HAN VISTO: En este comentario hablo abiertamente sobre la trama de Los domingos, así que puede arruinarte algunas sorpresas. Si no la has visto, te invito a hacerlo primero -vale la pena- y luego volver por aquí.

El contexto familiar y el eco de un vacío

El entorno de Ainara se sitúa en una cotidianidad reconocible y al mismo tiempo opresiva: una familia herida desde la pérdida de la madre, marcada por el silencio afectivo y por la imposibilidad de comunicación profunda. Esa madre, cuya presencia se mantiene a través de objetos y actos significantes -la medalla de la Virgen que entregó a Ainara con la promesa de su protección, la celebración de la primera comunión de la hermana mediana, la participación del padre comulgando en la misa-, encarna una religiosidad que el resto de la familia interpreta retrospectivamente como desequilibrio. En ese marco, la inquietud espiritual de Ainara parece, a primera vista, una reedición de aquella “locura materna” y una reacción a un malestar familiar y personal. Sin embargo, la película se resiste a confirmar esta interpretación: lo que para unas es manipulación o alienación, para otras puede ser una irrupción de lo sagrado.
La especificidad de Los domingos reside precisamente en la forma que adopta esa experiencia de fe. La película no presenta cualquier tipo de conversión -ni una religiosidad emocional ni un retorno simbólico a las raíces-, sino la más radical y culturalmente incomprensible de las vocaciones: la vida monástica de clausura. En el horizonte de la modernidad tardía, cuando la identidad se define por la autonomía y la autoafirmación, la clausura representa su negación más absoluta: el abandono del mundo, del cuerpo social, de la palabra pública y del deseo de autorrealización. Por ello, el gesto de Ainara no solo desconcierta a su entorno, sino también a la espectadora y al espectador. Su opción no se puede justificar solo desde las categorías de la psicología o la sociología, porque supone un salto cualitativo hacia un orden de sentido que no se deja traducir plenamente en términos modernos.
El título, Los domingos, tiene un valor simbólico fundamental. El domingo es, en la tradición cristiana, el día del Señor, pero también el día familiar por excelencia, asociado al descanso y la convivencia. Alauda Ruiz de Azúa superpone ambas dimensiones y las lleva al límite: Ainara debe elegir entre la fidelidad a su familia, ya desgarrada y sin centro, y la fidelidad a una voz interior que percibe como llamada irrenunciable. En esa elección, el domingo se transforma, deja de ser el día de lo doméstico para recuperar su dimensión sacra, la irrupción de lo divino en el tiempo ordinario. Y la clausura, en ese sentido, puede entenderse como el cumplimiento último del domingo: la suspensión radical del tiempo profano para habitar el tiempo de Dios.

En este contexto el personaje de Maite, la tía agnóstica que intenta hasta el final evitar que Ainara tome una decisión que considera profundamente errada, introduce una tensión decisiva. Maite representa la mirada moderna, ilustrada y racional, convencida de que la libertad consiste en experimentar el mundo: estudiar, viajar, amar, equivocarse. Es una mirada que cualquiera de nosotras y nosotros, quienes vemos la película, no tenemos problemas para entender. Su preocupación por Ainara nace del afecto y de una legítima sospecha de que la joven está siendo objeto de una forma de control sectario. De este modo, Maite pone sobre la mesa una cuestión esencial: la necesidad de discernir entre la vocación auténtica y la manipulación emocional. Desde su perspectiva, la llamada que experimenta su sobrina podría interpretarse como una respuesta desesperada (y equivocada) a la pérdida materna y a la falta de comunicación afectiva en su entorno.
La dolorosa tensión entre Maite y Ainara expresa la tensión entre dos modelos de sentido: uno que concibe la libertad como autonomía, y otro que la entiende como obediencia a una voz que trasciende el yo. La directora no resuelve la ambigüedad, permitiendo que la espectadora o el espectador se sitúen en un espacio abierto entre la explicación psicológica y la posibilidad teológica.

Una crisis contemporánea de sentido

En Los domingos, Alauda Ruiz de Azúa sitúa la experiencia religiosa de Ainara en el corazón de una crisis contemporánea de sentido. Su aparente “vocación” puede entenderse no como un hecho aislado ni como un simple gesto de fe individual, sino como la manifestación de un malestar colectivo muy actual. En un mundo donde los vínculos se han debilitado, donde la identidad se fragmenta y las certezas se disuelven, el impulso religioso reaparece no tanto como continuidad estricta de una tradición, sino como respuesta al vértigo de la intemperie moderna. En este contexto, la película plantea una de las preguntas más hondas del presente: ¿de dónde nace la necesidad de creer en un mundo que parece haber agotado sus relatos de sentido? La historia de Ainara -una joven desorientada que, tras la muerte de su madre, busca en un convento de clausura la promesa de plenitud- trasciende la esfera individual para convertirse en una radiografía de la experiencia espiritual contemporánea. Su vocación no puede comprenderse sin situarla dentro del contexto sociológico de una modernidad caracterizada por el desarraigo y la fragilidad de los vínculos.

En una época de “modernidad líquida”, marcada por la precariedad de las relaciones, la inestabilidad identitaria y la constante obligación de reinventarse, los individuos buscan desesperadamente anclajes que les devuelvan estabilidad y pertenencia. En este escenario, el sujeto moderno se ve obligado a gestionar en soledad el peso de su libertad. La religión, que antaño ofrecía un marco de estabilidad simbólica, se disuelve, pero su ausencia deja un vacío que no tarda en manifestarse como malestar. Ainara encarna ese deseo de detener el flujo, de hallar una estructura que dé forma a lo que la vida exterior ha desbordado. Su búsqueda es una tentativa de reconstruir un suelo firme en medio de la intemperie existencial. El convento, con sus reglas y su ritmo previsible, ofrece lo que el mundo contemporáneo niega: silencio, límite, sentido, resonancia. El convento representa una forma de resistencia frente a la liquidez: un espacio de reglas, límites y silencio que contrasta con la dispersión y el ruido del mundo exterior. Es un enclave de lentitud y recogimiento frente a la saturación de estímulos que define nuestro tiempo.
Pero habitamos una “era del yo secular”, un tiempo en el que el individuo ya no vive en un horizonte de trascendencia compartido, sino en una esfera cerrada de sentido personal. En ese vacío de referencias, la creencia religiosa reaparece no como herencia o tradición, sino como elección estrictamente individual: pasamos de la “confesión” a la “preferencia” religiosa. Sin embargo, ese cambio no elimina el deseo de lo absoluto, lo intensifica. En una cultura donde todo se relativiza, la necesidad de creer se vuelve una necesidad ontológica. Ainara no entra al convento porque crea en Dios de manera tradicional, sino porque intuye que solo en ese espacio puede reencontrar algo absoluto, algo que trascienda la fugacidad de su vida. Su gesto expresa un anhelo de plenitud que sobrevive (¿que se intensifica?) en las sociedades secularizadas.
Desde esta perspectiva, la experiencia religiosa en Los domingos es doble: por un lado, puede verse como una auténtica apertura al misterio; por otro, como un gesto de autoprotección, una búsqueda de seguridad emocional en un mundo desestructurado. La película no resuelve esa ambigüedad, de manera que la vocación de Ainara puede leerse como un fenómeno ambivalente. En parte, responde a un impulso genuino de trascendencia; pero también es un síntoma de la crisis del presente, de la necesidad de refugio ante la descomposición de los vínculos y la pérdida de referentes. La elección de Ainara se sitúa en ese umbral entre la fe y la terapia, entre la entrega y la búsqueda de contención emocional. ¿Huida del mundo o intento de habitarlo de otro modo? Alauda Ruiz de Azúa presenta, en última instancia, una fe sin certidumbres, una apertura silenciosa que devuelve a la espectadora una pregunta esencial: ¿qué significa creer cuando el mundo ya no sostiene nuestras creencias? ¿Qué buscamos cuando buscamos o decimos buscar a Dios? La respuesta no está en la doctrina ni en la psicología, sino en ese territorio incierto donde la necesidad de sentido se cruza con la fragilidad humana, territorio donde persiste la religión no como un residuo del pasado, sino como una forma -a veces perturbadora, a veces luminosa- de resistencia ante la intemperie del presente.
En ese punto de equilibrio, la película permite y exige una reflexión sociológica profunda sobre el contexto en que surgen las experiencias religiosas hoy, en un mundo de vínculos debilitados, de incertidumbre existencial y de deseo de pertenencia. Solo a partir de ese análisis puede discernirse si la vocación de Ainara responde a una auténtica llamada o a una búsqueda de seguridad en un entorno desestructurado.

La orden de las “betinas”: entre clausura y libertad

En Los domingos, las monjas de clausura con las que se relaciona Ainara pertenecen a una congregación ficticia: las “betinas”. Aunque inexistente en la realidad, esta denominación resuena con ecos de dos órdenes históricas: las benedictinas, pilar del monacato occidental, y las beguinas, comunidades femeninas semirreligiosas que florecieron en Flandes durante el siglo XII. La elección del nombre no parece casual: se sitúa entre la obediencia monástica y la libertad mística, entre el voto perpetuo y la búsqueda interior.

El vínculo con las benedictinas se percibe en la estructura del convento: el silencio, la rutina orante, la jerarquía establecida. Sin embargo, algo en las betinas está desplazado, ligeramente fuera de lugar. Son como una copia que conserva la forma, pero no del todo el sentido; una versión imaginaria de la clausura que permite a la directora mirar críticamente la institución sin nombrarla directamente. La clausura se muestra como un espacio de tensión entre fe y deseo, obediencia y disidencia.
La referencia a las beguinas, por su parte, abre otra lectura: aquellas mujeres medievales que, sin pertenecer formalmente a una orden, optaron por una vida de oración y trabajo comunitario sin renunciar a su autonomía. En las betinas de la película parece latir esa espiritualidad libre y femenina, una mística que busca la trascendencia sin mediaciones masculinas ni estructuras rígidas. En este contexto, la frase que las monjas repiten en dos ocasiones -“Rezamos las unas por las otras”- adquiere un peso central: es una afirmación de vínculo, de interdependencia y de cuidado mutuo en un entorno regido por la soledad y la obediencia. Es verdad que también puede leerse como una plegaria ambigua, pues ese “rezar” puede entenderse como gesto de amor o como forma de vigilancia espiritual. La película mantiene esa ambivalencia abierta: ¿se rezan las unas por las otras como hermanas o como guardianas?

Así, el nombre “betinas” se convierte en un símbolo de frontera. No designa una institución concreta, sino una posición existencial: la de quienes viven entre el adentro y el afuera, entre la devoción y la rebeldía. La película también interroga el sentido contemporáneo del recogimiento; en un mundo saturado de ruido y exposición, pero también de necesidades y compromisos, ¿puede la clausura seguir siendo un camino hacia la libertad?

Dos experiencias en forma de canción: del amor que ruega al amor que suelta

La banda sonora de Los domingos traza un recorrido emocional que va del ruido del mundo a la intimidad de la confesión. La película se abre con Quédate de Bizarrap y Quevedo, una canción de deseo y urgencia que irrumpe como una provocación sonora en el contexto del convento. Su ritmo profano y su súplica -“quédate que la noche sin ti duele”- marcan el punto de partida: el anhelo de permanencia y la dificultad de separar lo espiritual de lo corporal.
A partir de este inicio, la música coral cumple una función decisiva: no es un simple acompañamiento sonoro, sino otro hilo conductor emocional de la película. Los himnos y salmos que entonan las monjas (ese maravilloso Ave Verum…) pero, sobre todo, las canciones que interpreta el coro en el que participa Ainara, actúan como un lenguaje alternativo capaz de expresar aquello que los personajes no pueden decir con palabras. Destacan dos piezas que estructuran el relato como un díptico de amor y desprendimiento: Into My Arms de Nick Cave y Aitormena de Hertzainak. Ambas canciones, tan distintas en tono, idioma y origen, conversan como dos plegarias que enmarcan el proceso interior de Ainara y las tensiones morales que recorren la historia.
La interpretación de Into My Arms aparece cuando Ainara aún vive con su familia y la posibilidad de su vocación religiosa comienza a insinuarse. La canción se abre con una negación que es a la vez una súplica: “I don’t believe in an interventionist God”. Cave niega el Dios que interviene, pero implora a ese mismo Dios que proteja a quien ama. En Los domingos, la interpretación coral de esta canción se convierte en el verdadero corazón simbólico del relato. La canción articula, desde su tono de oración escéptica, las tensiones que atraviesan a Ainara y a quienes la rodean: la búsqueda de sentido frente a la desorientación, la fe frente al deseo de control, el amor que deja ser frente al que retiene. El narrador de la canción -que confiesa no creer en un Dios intervencionista, pero aun así le ruega que no influya sobre la persona amada- expresa la paradoja que también viven los personajes: todas y todos quieren proteger a Ainara, pero al hacerlo la transforman en objeto de disputa:
No creo en un Dios intervencionista,
pero sé, cariño, que tú sí crees.
Y si lo hiciera, me arrodillaría y le rogaría
que no interviniera en ti,
que no apartara su mirada de ti,
que dejara que siguieras tu propio camino
.
La poderosa letra de Nick Cave -esa oración escéptica en la que alguien que no cree en Dios le pide, sin embargo, que no toque ni cambie a la persona amada- encarna de manera casi exacta el conflicto central de la película. Ainara se encuentra dividida entre una búsqueda espiritual que percibe como auténtica y la presión de su entorno, que la interpreta como desorientación o como producto de una influencia externa. Su familia, aunque la quiere, no logra distinguir entre acompañarla y retenerla. Actúan movidas por el amor, pero también por el miedo: miedo a perderla, a no entenderla, a que su elección signifique una renuncia a ellas y ellos. En ese sentido, Into My Arms funciona como un espejo de ese amor ambivalente: el deseo de cuidar sin controlar, de proteger sin decidir por la persona a la que amamos.
El padre de Ainara, Iñaki, encarna mejor que nadie esa tensión. Su silencio a lo largo de la película, su resistencia a pedirle que se quede, lo sitúan en la posición del narrador de la canción de Cave: alguien que ama sin fe, pero que comprende que la única forma de amar es no intervenir. Pero es fácil que su actitud sea leída como mero pasotismo. Frente a él, el tío Pablo y la tía Maite representan la reacción más humana y desesperada: exigir un gesto que detenga lo inevitable. La escena en la que Pablo, con tono entre paródico y dolido, reza pidiendo que Dios no se la lleve, traduce en clave cómica la misma plegaria de Into My Arms: la súplica de que lo divino no interfiera en lo que amamos. Sin embargo, la película muestra que esa petición es inútil. Ainara ya ha elegido y ni la fe ni la familia pueden decidir por ella. Así, cuando Ainara se marcha y su padre guarda silencio ante el grito desgarrador de Maite -“¡Dile que se quede!”- podemos abrirnos a entender que su silencio no es apatía, sino un acto de amor en el sentido más puro y trágico. Los domingos encuentra, en esa tensión entre la fe y la libertad, entre la plegaria y el silencio, su núcleo ético y emocional. Into My Arms resume esa paradoja con una sencillez devastadora: solo quien aprende a dejar ir puede realmente abrazar.

Por su parte, la presencia de Aitormena de Hertzainak en el momento en que Ainara toma los hábitos funciona como contrapunto y espejo. Si la canción de Nick Cave refleja el conflicto entre la fe y el amor posesivo, Aitormena articula el paso siguiente: la renuncia, el desprendimiento consciente, el reconocimiento de que amar también implica soltar antes de destruir. La letra es la confesión de alguien que reconoce que la relación ha llegado a su fin, no por falta de amor, sino porque el tiempo, la rutina y la vida misma han erosionado algo esencial.
Ez dira betiko garai onenak / azken finean gizaki hutsak gara.
(“No son los mejores tiempos de siempre / al fin y al cabo somos meros seres humanos”).
Se asume que el amor fue verdadero (aitortzen dut izan zarela ene bizitzaren onena -“confieso que has sido lo mejor de mi vida”), pero que es preciso separarse antes de degradarlo (maitia, lehen baino lehen aska gaitezan- “amor, liberémonos cuanto antes”). Es una canción de madurez emocional, en la que se reconocen los límites de lo humano y la necesidad de dejar ir antes de convertir el afecto en prisión. Que el coro la cante cuando Ainara toma los hábitos no puede ser casual. La letra, en ese contexto, funciona en varias capas simultáneas. Desde el punto de vista de Ainara, es una despedida de su vida anterior, de su familia, de su juventud. No se trata de una huida, sino de una aceptación de que algo se ha agotado y de que su camino vital exige una ruptura:
Ez dakigu non dagoen hoberena. Bila dezagun beste lekuetan.
(“No sabemos dónde está lo mejor. Busquémoslo en otros lugares”).
Desde la perspectiva de la familia, la canción se puede escuchar como la respuesta que nunca recibieron: la declaración que explica sin justificar, que dice “os quiero, pero tengo que irme”. Y cuando el coro canta (en plural) “maitia, lehen baino lehen aska gaitezan” (“amor, liberémonos cuanto antes”) sugiere que la ruptura no pertenece solo a Ainara, sino a toda su familia: todas y todos deben aprender a soltarse mutuamente.
Así, lo que en Into My Arms era súplica y temor se convierte ahora en aceptación. La película traza, entre ambas canciones, un recorrido espiritual: del deseo de intervención al reconocimiento del límite, de la oración impotente a la confesión lúcida, del amor que retiene al amor que libera. Si Into My Arms expresaba la voz de quien teme perder, Aitormena expresa la de quien se va y reconoce que separarse también puede ser un acto de amor. En la canción de Hertzainak no hay rencor ni dramatismo, sino lucidez y renuncia serena. El contraste entre ambas canciones revela también la madurez de la mirada de la película, que no juzga la fe ni la ausencia de fe, la vocación religiosa ni la vida laica, sino que pone en juego es la dificultad de amar sin apropiarse de la otra, del otro. En ese sentido, la película traza un recorrido que podría describirse como un aprendizaje del amor sin posesión: del impulso de retener a la serenidad de soltar.
Cuando el coro entona Aitormena y Ainara desaparece tras los muros del convento, lo que resuena no es solo la historia de una joven que se separa de su familia, sino la constatación de que toda relación humana está atravesada por la pérdida. La película encuentra ahí su verdad más íntima: que el amor, en todas sus formas -familiar, espiritual, o romántico-, es siempre un aprendizaje de la renuncia. La música de Cave y de Hertzainak, traducidas al registro coral de la trama, hacen visible esa paradoja: de la súplica a la confesión, del miedo al desprendimiento, Los domingos narra cómo aprender a dejar ir puede ser, paradójicamente, la forma más profunda de amor.

Ruptura y filiación: la dimensión evangélica del desarraigo

La ruptura o distanciamiento del núcleo familiar es un motivo recurrente en los relatos de conversión religiosa y simboliza el paso de una identidad “natural” (la que se hereda por sangre, cultura o costumbre) a una identidad “espiritual”, elegida libremente y fundada en una nueva pertenencia. La separación de Ainara, tanto de su familia como del mundo exterior, repite un patrón arquetípico: la ruptura inicial no es mero abandono, sino rito de paso. Al cortar con los lazos familiares, la protagonista abre el espacio simbólico para una nueva pertenencia espiritual.
En los relatos evangélicos, la conversión comienza siempre con una ruptura: dejar la casa, el oficio, los padres, los hermanos. Cuando Jesús llama a sus discípulos, ellos abandonan las redes y la familia para seguirle; cuando redefine la filiación (“Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”), está trazando el gesto inaugural de toda experiencia religiosa: romper con el linaje natural para acceder a un linaje espiritual. Esa separación no implica desprecio por la familia, sino un tránsito simbólico: el paso de una identidad heredada a una identidad elegida, de la sangre al espíritu.
Se presentaron donde él su madre y sus hermanos, pero no podían llegar hasta él a causa de la gente. Le anunciaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte». Pero él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8, 19-21).
En Los domingos, Ainara encarna esa misma tensión en clave contemporánea: la conversión como reconfiguración de pertenencias, la fe como salida de casa, como desarraigo necesario para la posibilidad de un nuevo arraigo.
En las escenas domésticas, la cámara se mantiene próxima, los encuadres cerrados y el sonido apagado transmiten una sensación de estancamiento, de vida detenida, y Ainara se muestra siempre retraída, como ausente. En contraste, el convento se filma con planos más abiertos y silencios más largos: el espacio de clausura se vuelve paradójicamente el lugar de la apertura. Esta inversión visual -el mundo cerrado que libera, el exterior que oprime- refuerza la dimensión simbólica del desarraigo: el corte con lo familiar no es una huida, sino un camino de revelación. El convento ofrece esa estructura sustitutiva: una comunidad ordenada, estable, donde las relaciones se redefinen a partir de un propósito común. Ainara no busca simplemente creer, sino volver a habitar un mundo coherente.

Los domingos reactualiza, así, un motivo ancestral: la fe como salida de casa, el desarraigo como condición de arraigo. En el silencio del convento, la ruptura se vuelve camino; en la soledad, se abre la posibilidad de una nueva comunión. La película revela que, incluso en un tiempo secularizado, la espiritualidad sigue ligada al gesto originario de toda conversión: dejar atrás lo conocido para nacer a una nueva forma de pertenencia.

El rezo y la firma: dos liturgias del adiós

En el tramo final de Los domingos, la relación entre Ainara y Maite alcanza una intensidad extrema. Si hasta ese momento la tía había encarnado la voz del escepticismo, la que no acepta que una adolescente desperdicie su vida tras una ilusión espiritualista, la escena en la que intenta retenerla es también la de una mujer movida por un amor desesperado, que no distingue entre cuidar y dominar. El gesto de Maite al sujetarle el rostro a Ainara es el gesto de quien quiere salvarla a la fuerza, devolverla al terreno firme del mundo, mantenerla en casa. Pero lo que la película muestra con enorme sutileza es que ese gesto de amor se ha vuelto violento: Maite no puede aceptar la alteridad de Ainara, su decisión, su fe.
El movimiento de respuesta de Ainara al retirar suavemente las manos de su tía y responderle con un simple “Rezaré por ti”, es de una fuerza devastadora. No solo porque invierte los papeles –la joven creyente ofreciendo consuelo a la adulta incrédula-, sino porque condensa todo el recorrido emocional de la película en un solo gesto: la renuncia al enfrentamiento, la aceptación de la incomprensión. Ainara no discute ni se defiende, no trata de convencer: responde con compasión con un gesto que, es cierto, puede interpretarse en su exterioridad como expresión de desprecio. Pero esa compasión no tiene nada de altanera, es tan humilde como firme. “Rezaré por ti” no suena a sentencia, sino a acto de amor en el único lenguaje que les queda.
En ese instante, la tensión entre ambas mujeres hasta entonces tan unidas -una que no puede creer y otra que no puede dejar de hacerlo- se resuelve en un silencio de enorme densidad simbólica. Ainara ya pertenece a otro mundo, no porque haya sido capturada por una institución, como piensa Maite, sino porque ha dado un paso interior que las demás no logran seguir. Y Maite, en su desesperación, representa el dolor de quien ama y no puede aceptar que el amor no baste para retener a la persona amada.
La escena posterior, en la notaría, traduce ese conflicto íntimo en un acto absolutamente radical, sacrificial, casi en un exorcismo. Desheredando a su hermano y a su sobrina, Maite intenta dar forma a su ruptura interior con ellos, convertir el dolor en una decisión definitiva. Pero la película, con gran precisión visual, impide que ese gesto se lea como simple venganza: la puesta en escena la muestra en un espacio frío, burocrático, que contrasta con el fervor de la ceremonia religiosa que se intercala en montaje paralelo. Mientras Ainara se postra en la iglesia, con el rostro contra el suelo y los brazos en cruz, Maite firma los documentos que la separan legal y vitalmente de ella. El montaje une dos actos de renuncia que son, en realidad, versiones especulares de un mismo movimiento: Ainara renuncia al mundo; Maite renuncia a Ainara.
La sincronía entre ambas acciones amplifica el sentido trágico de la historia. La película convierte esa simultaneidad en una imagen total de la separación, una doble liturgia que revela que ambas, en el fondo, están intentando dar forma a una pérdida insoportable. En una mirada fugaz, cuando Maite desciende por las escaleras de la notaría, parece observar desde arriba la realidad que está ocurriendo en el convento, como si la distancia física se disolviera en una especie de visión compartida. Esa imagen, casi onírica, une a las dos mujeres más allá de la ruptura: Maite contempla, sin saberlo, la consagración de su sobrina; Ainara, desde su postración, ofrece su entrega no solo a Dios, sino también a quienes deja atrás.

En ese cierre la película alcanza una intensidad emocional que trasciende cualquier discurso religioso. Lo que se pone en juego no es la verdad o falsedad de la fe, sino la dificultad humana de aceptar que el amor no puede salvarlo todo. Maite y Ainara son dos caras de una misma experiencia: la del amor que se quiebra al enfrentarse con la libertad de la otra persona. La película cierra así su movimiento musical: del Into My Arms inicial, donde el amor pide sin poder intervenir, al Aitormena final, donde el amor confiesa y se despide. Entre ambas canciones se despliegan los gestos de Maite y Ainara, que al final se responden sin palabras: la una rezando, la otra desheredando, ambas intentando sobrevivir a la pérdida. En su contraste -la fe que ora silenciosamente, la incredulidad que firma y afirma-, Los domingos encuentra su verdad más dolorosa: que la separación es, a veces, la única forma posible de amor.

Epílogo. El domingo como metáfora del misterio

Si Los domingos se limitara a narrar el caso el de una joven perdida que busca sentido tras la muerte de su madre sería un retrato íntimo y quizá sensible, pero no especialmente original. Lo que le confiere resonancia es la forma en que convierte esa experiencia privada en un espejo de una inquietud colectiva, muy contemporánea: la búsqueda de propósito en una época marcada por la incertidumbre, la desconexión emocional y la necesidad de silencio o trascendencia en medio del ruido.
Con estilo sobrio y mirada empática Alauda Ruiz de Azúa consigue conversar con el anhelo de sentido que sigue atravesando a muchas espectadoras y espectadores. Por eso la película resuena más allá de la trama: habla del deseo de encontrarnos (o reencontrarnos) con algo esencial, aunque no sepamos bien qué, y lo hace con una sinceridad poco frecuente. La directora no explica ni defiende la elección de Ainara, simplemente la muestra en su radicalidad. En ello reside su audacia: representar la posibilidad de una vocación absoluta en un contexto social que considera la fe como un residuo del pasado. La película no se pregunta si Ainara está loca o iluminada, sino si todavía puede hablarse de llamada -de una palabra esencial que proviene de Otra, de Otro- en un mundo que ha sustituido la trascendencia por la psicología, si cabe aceptar que hay un misterio en juego: el de una adolescente que, en medio del ruido y el desencanto, escucha una voz que podría ser la de Dios… o la de su propio vacío. Pero precisamente en esa incertidumbre reside la densidad de la película. Si reducimos su experiencia a manipulación o trauma, la película se disuelve en psicologismo; si dejamos abierta la posibilidad de la llamada, entonces se convierte en una parábola de nuestro tiempo: la de un mundo que ha olvidado cómo escuchar y vivir el domingo, un tiempo consagrado que interrumpe la productividad y el ruido, que suspende el yo para abrirlo a lo que no se elige. La clausura de Ainara es la forma extrema de esa interrupción y a través de ella tenemos la oportunidad de contemplar el misterio de una elección que solo puede comprenderse desde la pregunta que vertebra toda experiencia religiosa: ¿qué ocurre cuando alguien es llamada en un mundo que ya no cree en las llamadas?
En última instancia, Los domingos puede leerse como una reflexión sobre la posibilidad de lo sagrado en un mundo sin certezas. La película no afirma la existencia de Dios, pero tampoco la niega; lo que pone en escena es la persistencia del impulso religioso -la necesidad de dotar de sentido, de trascendencia, de consuelo- incluso entre quienes han dejado de creer. La película deja así suspendida la pregunta por Dios y responde, en cambio, con una certeza más terrenal y más difícil: que en el acto de dejar (y dejarnos) ir, en la interrupción radical, puede residir una apuesta de fe; la posibilidad de que, en un mundo que no ha dejado de esperar, todavía pueda escucharse una llamada.
 

Por las faldas de Gorbea

Hoy paseo en compañía, sin otro objetivo que mostrar algunos de los paisajes más hermosos y no tan conocidos del macizo de Gorbea. Desde el embalse Iondegorta, en Zeanuri, hasta la zona de Dulau, el primer tramo de un recorrido muy recomendable. Pero hoy la cosa iba de disfrutar de las vistas y la conversación...





























sábado, 8 de noviembre de 2025

Rosalía: ¡qué cruz!


A propósito de la actuación de Rosalía en los 40 Music Awards, interpretando "Reliquia" entre un bosque de cruces luminosas, no puedo evitar pensar que la artista -inteligente como es- sabe perfectamente lo que representa una cruz. No un simple símbolo estético, sino un instrumento de tortura. Lo recuerda con precisión José Ignacio González Faus en su libro imprescindible Acceso a Jesús: “Hoy hemos hecho de la cruz un símbolo religioso o, todavía peor, una alhaja, y así nos hemos tejido un caparazón contra lo que este hecho tiene de inaudito y de provocativo también para nosotros; quizás no iría mal que durante una temporada nos representáramos la cruz de Jesús como una horca, un garrote vil o una silla eléctrica; sólo así podríamos tener cierto acceso al escándalo de su muerte”.

Y es que, como también ha escrito Chalo, “se ha falsificado la cruz de Jesús”. Se la ha despojado de su violencia, de su vergüenza, de su carga política y humana. Se ha convertido en un logo. Y, claro, la propia Iglesia católica ha sido cómplice de esa falsificación: en demasiadas ocasiones ha hecho del instrumento del suplicio el emblema de su poder.

Pero lo del giro rosalcatólico ya roza el paroxismo. Porque una cosa es resignificar, y otra -más rentable, sin duda- es estetizar. Pensemos por un momento en la misma actuación, pero sustituyamos las cruces por garrotes vil; o por pelotones de fusilamiento. El efecto sería insoportable. La estética pop no lo toleraría. No se podría bailar entre esos símbolos de muerte real.

Pero igual es que lo que había en el escenario, más que cruces, eran signos de suma. El signo de la acumulación, de la facturación, del espectáculo. Todo se convierte en branding: Rosalía, los 40, PRISA y el sursum corda. Business as usual. Amén.

viernes, 7 de noviembre de 2025

Nada humano nos es ajeno


Reconstruyo y reelaboro, con un poco más de sosiego, las notas que había esbozado para mi intervención hoy en el Día de la Memoria, particularmente dedicado a recordar a los movimientos pacifistas.


“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. Mientras preparaba esta reflexión continuamente me venía a la mente el inicio de Historia de dos ciudades, de Dickens. Cuarenta años después de aquel primer “gesto por la paz” esta frase, tan antigua y tan vigente, parece escrita para nosotras: habla de la paradoja humana, de la coexistencia del horror y la esperanza, de la miseria y la dignidad que pueden convivir en una misma época, en un mismo pueblo, incluso en una misma persona.

El 26 de noviembre de 1985, dos centenares de personas se reunieron en silencio durante quince minutos en la Plaza Circular de Bilbao. La convocatoria había surgido del grupo Itaka-Escolapios. No había discursos ni altavoces, solo una pancarta blanca con letras negras que decía: “Han matado a un hombre. ¿Por qué no la paz?”. Era una pregunta sencilla, casi ingenua, pero cargada de verdad.
Aquel día, el silencio habló. En realidad, el día anterior ETA había asesinado no a uno, sino a tres hombres: en Donostia, al cabo Rafael Melchor García y al soldado José Manuel Ibarzabal Luque; en Pasaia, al guardia civil Isidoro Díez Ratón. Tres nombres concretos, tres biografías truncadas, tres ausencias que se sumaban a una lista ya insoportable. Sin embargo, la respuesta de la sociedad no fue la rabia ni la venganza, sino el silencio compartido, el gesto sereno de quienes decidieron decir "basta" sin gritar. Ese día nació, sin saberlo todavía, la semilla de la Coordinadora Gesto por la Paz, que se constituiría formalmente en mayo de 1986.

Desde 1968 hasta ese momento, las distintas ramas de ETA habían asesinado a cerca de 470 personas. Los grupos de extrema derecha y parapoliciales habían matado a otras 66. Una veintena más había perdido la vida bajo custodia o por torturas, y decenas de miembros de ETA habían muerto en enfrentamientos armados o al manipular explosivos. Eran años oscuros, años en que el miedo se había instalado en la vida cotidiana. Como escribió Ruiz Olabuénaga en 1985, “no debería haber la mínima duda de que esta sociedad vive marcada por el dosel del miedo”. Pero el miedo, aunque real, no es la emoción que, creo, protagonizaba aquellos gestos. Ni siquiera la superación del miedo. Porque el gesto de aquel noviembre no fue un acto de héroes, sino de ciudadanas y ciudadanos. No fue una heroicidad épica, sino una afirmación moral: que la vida humana vale más que cualquier causa, que la decencia no tiene bandos.

Antes de Gesto por la Paz ya había habido movilizaciones. En 1978, la manifestación “Por una Euskadi libre y en paz” había reunido a miles de personas; hubo protestas contra el secuestro y asesinato de José María Ryan en 1981, de Alberto Martín Barrios en 1983, de Enrique Casas en 1984; los Artesanos por la Paz, los Colectivos Vascos por la Paz y el Desarme… Pero lo que aportó Gesto por la Paz fue continuidad, coherencia y una ética nueva: la destribalización del dolor.

La protesta no dependía de quién fuera la víctima. No se trataba de “uno de los nuestros”, sino, simplemente, de una persona. El mensaje era universal y profundamente humano: han matado a un ser humano, y eso es suficiente. Esa fue la ruptura más importante: el rechazo a la lógica del enfrentamiento, el paso de la identidad a la humanidad.

Quienes participábamos en aquellos silencios no lo hacíamos por ser potenciales víctimas, ni por tener un vínculo personal con quienes habían sido asesinados. Podíamos no haber estado allí. Pero estuvimos. Lo hicimos porque sentíamos, de algún modo, que todo sufrimiento humano nos pertenecía. Porque sentíamos aquello que escribió Pablo Neruda en Los versos del capitán“¿Quiénes son los que sufren? No sé, pero son míos”.

Esa fue la raíz moral de Gesto por la Paz. La afirmación callada de que cada vida humana nos concierne, de que el sufrimiento ajeno nos compromete aunque no nos toque directamente. Fue una forma de resistencia moral frente a la anestesia del miedo y, sobre todo, de la indiferencia.

En aquellos silencios se gestó una pedagogía cívica: la de la empatía activa, la del reconocimiento mutuo, la de una ciudadanía que se sabía responsable del clima moral de su tiempo. No hubo consignas, pero hubo significado. No hubo líderes, pero hubo referentes éticos. No hubo espectáculo, pero sí ejemplo.

Si Hannah Arendt habló de la “banalidad del mal” para describir cómo personas comunes podían participar en atrocidades por mera obediencia o rutina, Gesto por la Paz nos permitió vislumbrar su reverso: la banalidad del bien. También aquí eran personas corrientes, vecinas, trabajadoras, estudiantes, quienes asumieron una responsabilidad moral elemental: decir no a la violencia.

Desde su fundación, Gesto por la Paz encarnó una forma de acción prepolítica, profundamente ética, que devolvía al espacio público una sencillez desarmante: el gesto silencioso, la presencia colectiva, la constancia diaria. Su fuerza no residía en el poder ni en la ideología, sino en la decisión individual y colectiva de no mirar hacia otro lado.

Ese modo coral y humilde de actuar hizo posible que miles de personas “normales” se convirtieran en protagonistas morales de su tiempo. La ciudadanía de a pie, sin buscar heroísmos, sostuvo un movimiento cívico que transformó el paisaje ético y político del País Vasco.

Frente a la banalidad del mal, Gesto por la Paz nos recordó que el bien también puede ser cotidiano, repetido, y compartido: un acto simple, reiterado y profundamente humano que, precisamente por su sencillez, se vuelve revolucionario.

Y ese ejemplo nos sigue interpelando hoy. Porque vivimos de nuevo un tiempo de crispación, de deshumanización, de brutalismo. Un tiempo en que la palabra se degrada y la empatía se erosiona. Un tiempo en que los discursos se endurecen, las redes se convierten en trincheras y el otro -quien piensa distinto, quien viene de otro lugar, quien vota diferente- vuelve a ser percibido como una amenaza.
Frente a ese clima, recordar el origen moral de Gesto por la Paz no es un ejercicio de nostalgia, sino una tarea de presente. Su legado nos recuerda que la convivencia no se construye solo con leyes o instituciones, sino con actitudes éticas y gestos cotidianos. Que la paz no es un estado, sino una práctica ("No hay caminos para la paz, la paz es el camino"). Que la dignidad humana, cuando se defiende sin adjetivos, es la forma más profunda de compromiso.

Hubo un tiempo -el mejor y el peor de los tiempos- en que el silencio público, tenaz y acuerpado de unas pocas personas sirvió para que la sociedad comenzara a mirarse de otra manera.

Hoy, cuando el mundo parece volver a endurecerse, cuando el ruido, el miedo y la deshumanización vuelven a levantar muros, recordar esa raíz se hace imprescindible. Aquella ética del reconocimiento que afirmaba la humanidad común frente a cualquier causa o bandera sigue siendo una brújula moral para nuestro tiempo. Hoy, cuando el mundo parece retroceder hacia nuevas formas de brutalización, aquel lema de 1985 conserva toda su fuerza: “Han matado a una persona. ¿Por qué no la paz?”

Tal vez nuestra tarea, cuarenta años después, sea sostener esa pregunta sin cansarnos de responderla.
Recordar que cada víctima, cada injusticia, cada dolor ajeno nos pertenece. Y entender, de una vez por todas, que la paz no empieza en los acuerdos, sino en el corazón de quienes se niegan a dejar de reconocer al otro como humano.

Porque también hoy, como entonces, es el mejor y el peor de los tiempos.

Y quizás, como entonces, el gesto más revolucionario sea el más simple: mantener viva la ternura cívica, el coraje silencioso, la humanidad compartida que hizo posible, en medio de la violencia, un espacio de paz. Y quizá la tarea que nos toca sea sostener la memoria de quienes eligieron el silencio frente al odio y seguir afirmando, una y otra vez, que nada humano nos es ajeno.



martes, 4 de noviembre de 2025

Artes de lo posible

Adrienne Rich
Artes de lo posible: Ensayos y conversaciones
Traducción y prólogo de María Soledad Sánchez Gómez
Horas y HORAS, 2005

"Al seleccionar unos cuantos ensayos de entre mis primeros trabajos para esta colección, tenía a veces la triste impresión de que las estrategias necesarias en una época pueden mutarse en monstruos en un periodo posterior. Las acertadas percepciones feministas de que las vidas de las mujeres no habían sido recogidas, histórica o individualmente, en su mayor parte, y de que lo personal es político, son ejemplos [...].
Poco después, la narrativa personal llegó a ser considerada el auténtico valor de la experiencia feminista. Al mismo tiempo, en todos los ámbitos de la vida pública, un sistema corporativo dirigido hacia el beneficio promocionaba soluciones personales y privadas, mientras que la acción colectiva e incluso las realidades colectivas se ridiculizaban, en el mejor de los casos, o se volvían, en el peor, históricamente estériles.
A finales de los noventa, en la corriente general del discurso público norteamericano, la anécdota personal iba sustituyendo el argumento crítico, las confesiones reales se anteponían a la discusión de ideas. Un feminismo que buscaba conectar raza y colonialismo, monocultivo global de los intereses corporativos y militares de Estados Unidos, y las posiciones y empresas específicas de las mujeres en medio de todo ello, estaba siendo rebatido por la promoción de un modelo femenino norteamericano basado en la implicación y el perfeccionamiento individuales, vacío de contexto o contenido político".


Publicada originalmente en 2001 (aunque el texto que da título a la obra es de 1997), en Artes de lo posible Adrienne Rich -poeta, ensayista y una de las voces más lúcidas del pensamiento feminista y político del siglo XX- propone una reflexión apasionada sobre la relación entre arte, imaginación y poder. Lejos de ser una mera recopilación de ensayos, el libro funciona como una suerte de manifiesto sobre cómo la poesía y el arte pueden convertirse en instrumentos para ensanchar los límites de lo real, para abrir espacios donde lo imposible comience a pensarse como posible.

El título ya anticipa el núcleo del argumento: el arte no debe limitarse a reproducir lo que existe, sino a ensanchar el horizonte de lo que podría existir. Desde esta perspectiva, la autora aborda la creación artística como una práctica ética y política, una forma de resistencia frente a las estructuras de dominación -ya sean patriarcales, capitalistas o coloniales- que buscan restringir el campo de lo imaginable.

Uno de los ejes más potentes del libro es su defensa de la poesía como una práctica de libertad. Para Adrienne Rich escribir poesía no es un acto decorativo ni un lujo elitista, sino una necesidad vital y colectiva. En ensayos como "Rebelarse contra el espacio que nos separa" sostiene que el lenguaje poético puede reconectar a las personas con su propia sensibilidad y con la experiencia compartida de la opresión: 

"Necesitamos poesía como lenguaje vivo, la esencia de cada idioma, algo que todavía se habla, en voz alta o con el pensamiento, que se murmura en secreto, subversivo, que te llega por las esquinas, que se estruja en un bolsillo, que se representa para una comunidad, que se lee en voz alta a los moribundos, que se recita de memoria, que se marca o pintarrajea en una pared. Ese tipo de lenguaje".

Adrienne Rich escribe desde una conciencia aguda de su contexto: el final del siglo XX, un tiempo marcado por la desigualdad económica, el desencanto político y la mercantilización del arte. En este sentido, Artes de lo posible es también una crítica a la cultura neoliberal y a la industria literaria que, según ella, desactiva el poder subversivo del arte al reducirlo a consumo. "El apartheid de la imaginación -advierte- se convierte en bloqueo en la garganta de la poesía". Frente a eso, ella propone recuperar la dimensión pública y transformadora del lenguaje.

El libro combina ensayos, conferencias y entrevistas. Esa mezcla le da una textura viva y cercana: Rich no escribe desde la torre de marfil del intelectualismo, sino desde el diálogo y la experiencia. Su crítica abierta de "la teoría académica posmoderna" con su vaciamiento de significado del lenguaje va de la mano de un reencuentro con Marx -"un extraordinario geógrafo de la condición humana"-, pero con un Marx releído de la mano de otra de esas mujeres inmensas de las que la academia, la política y la izquierda patriarcales nos han privado durante tanto tiempo: Raya Dunayevskaya [también aquí, aquí y aquí].

Raya Dunayevskaya (1910-1987), filósofa marxista, fue traductora de los Manuscritos económicos y filosóficos de Marx y fundadora del movimiento del marxismo humanista en Estados Unidos. Su pensamiento, profundamente marcado por la idea de que la teoría debe nacer del movimiento vivo de las personas en lucha, conecta directamente con las preocupaciones centrales de Adrienne Rich, que ve en Dunayevskaya a una de las pocas teóricas marxistas que entendieron que la emancipación de las mujeres no podía ser una “cuestión secundaria” dentro del pensamiento revolucionario: 

"Dumayevskaya se opone vehementemente a la idea de que el marxismo de Marx signifique que la lucha de clases sea prioritaria o que el racismo y la supremacía masculina terminen cuando caiga el capitalismo. «¿Qué sucede luego?», dice, es la pregunta que tenemos que seguir haciéndonos. Y esto, tal como lo percibe en el Movimiento de Liberación de la Mujer, es lo que las mujeres blancas y de color han insistido en preguntar".

Muchos de los textos revisitan temas recurrentes en la obra de Rich: el feminismo, la sexualidad, la historia de la opresión de las mujeres, la solidaridad entre luchas, la memoria del cuerpo. Pero en este libro todos esos temas confluyen hacia una reflexión más amplia sobre el poder de la imaginación política. Para la autora, imaginar un mundo diferente no es ingenuidad sino el primer paso para hacerlo posible:

"En ciertos momentos, si tenemos suerte, palpamos la experiencia, el resplandor de cómo nos sentiríamos siendo libres".

Hay una belleza austera en la prosa de Adrienne Rich, directa, pero cargada de intensidad moral. No se trata de un optimismo ingenuo, sino de una ética del trabajo continuo; la esperanza no como un estado del alma, sino como una acción que se sostiene en medio de la incertidumbre. Esa ética impregna todo el libro recordándonos que el arte, si quiere ser arte de lo posible, debe mantenerse incómodo: debe desafiar las narrativas dominantes, cuestionar los silencios impuestos, y dar voz a quienes han sido excluidas del relato oficial. En tiempos de desencanto, su llamamiento a expandir “las artes de lo posible” se siente no solo necesario, sino profundamente esperanzador.