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lunes, 15 de junio de 2026

La espiritualidad en la era del yo: de las monjas del Siglo de Oro a la “espiriyoalidad” contemporánea


“Nos tentaba imaginar que nuestra angustia era solo nuestra, pero en el fondo sabíamos que nadie lograba escapar a la desazón tentacular de una gran crisis existencial. Miráramos donde miráramos, nadie parecía inmune a la deriva de nuestra propia desorientación. Un hastío laboral generalizado, una brecha de género cada vez más dilatada, unos niveles de estrés estratosféricos, la ansiedad climática y nadie, absolutamente nadie inmune al ciclo sísifico de las aplicaciones de citas. ¿quién no iba a estar dispuesta a aferrarse aunque fuera a la promesa de serenidad más diminuta y remota de las millones que ofrecía la creciente mercadotecnia del bienestar: Algo tenía que funcionar.

[…] ¿Era la calma del convento una opción a considerar? Para un número cada vez mayor de mujeres atravesadas por crisis espirituales similares, sí lo era. […] Todo lo que sucede ahora mismo parece invitarnos a buscar el refugio de un espacio seguro donde la comida, el cobijo y la rutina están garantizados y donde convive una comunidad movilizada por un propósito común. Pero ¿estábamos lo suficientemente desesperadas como para abandonar nuestros devaneos del siglo XXI y asumir las restricciones que entrañan los votos de castidad, pobreza y obediencia? Rotundamente no. Las cuatro paredes del convento no eran nuestra salida, pero las monjas que las habían habitado durante siglos sí lo eran”.

Instrucción de novicias, pp. 227-228

 

1. Las monjas del Siglo de Oro y la actualidad de una conversación inesperada

Ana Garriga y Carmen Urbita pertenecen a una generación de investigadoras que ha contribuido a renovar la mirada sobre la cultura del Siglo de Oro español, especialmente en lo que se refiere a la experiencia y la producción intelectual de las mujeres. Formadas en el ámbito de los estudios literarios, doctoras por la Brown University, han desarrollado una trayectoria académica centrada en textos, autoras y espacios que durante mucho tiempo ocuparon un lugar secundario en los relatos convencionales de la historia cultural.

En Instrucción de novicias cristalizan muchos años de lectura de crónicas, cartas, tratados espirituales, autobiografías y otros documentos producidos por religiosas de los siglos XVI y XVII. Sin embargo, más allá de su condición de especialistas en literatura barroca, Ana Garriga y Carmen Urbita dominan una forma de escribir que combina curiosidad intelectual, sentido del humor y una notable capacidad para establecer conexiones inesperadas entre mundos aparentemente distantes. Es un libro inteligente, muy bien escrito, cuya lectura recomiendo. El texto tiene la virtud de hacer inteligible y atractivo un universo histórico que podría haber quedado encerrado en la erudición académica. Las autoras manejan con soltura las fuentes, poseen un notable sentido narrativo y saben detectar detalles, episodios y conflictos que iluminan aspectos sorprendentes de la vida conventual. Gracias a ello han logrado despertar el interés por una realidad histórica que a menudo se percibe como remota, revelando la sorprendente vitalidad de unas mujeres cuya experiencia sigue ofreciendo motivos para la reflexión contemporánea.

El libro parte de una idea en principio tan improbable como sugestiva: que las voces de unas monjas de la época barroca pueden ayudarnos a comprender algunas de las inquietudes más características de nuestro tiempo. Ana Garriga y Carmen Urbita, se acercan a los conventos de los siglos XVI y XVII no como quien visita una reliquia histórica, sino como quien recupera una conversación que sigue abierta, convirtiendo a figuras como Teresa de Jesús, Ana de Jesús o Sor Juana Inés de la Cruz en interlocutoras inesperadamente cercanas.

El ensayo recorre vidas, escritos y experiencias de unas religiosas que, lejos de la imagen estereotipada de sumisión y aislamiento, aparecen como mujeres dotadas de una notable capacidad para pensar, crear, negociar, construir redes de apoyo y abrir espacios de autonomía en una sociedad profundamente represiva, hasta configurar “una genealogía de rabia femenina” (Instrucción de novicias, p.  77) que lleva desde la defensa que sor Juana Inés de la Cruz hubo de hacer de sus escritos frente a las autoridades eclesiásticas hasta la explosión del movimiento #MeToo, pasando por el machismo académico que las propias autoras tuvieron que sufrir.

A través de esas vidas conventuales emergen cuestiones que siguen resultando reconocibles: la necesidad de pertenecer a una comunidad, las tensiones entre el deseo individual y las normas colectivas, la búsqueda de reconocimiento, la gestión del sufrimiento o las complejas relaciones entre poder y palabra. El hallazgo narrativo funciona porque muestra hasta qué punto muchos conflictos atribuidos a la “modernidad” -la gestión del deseo, la presión sobre el cuerpo, la vigilancia social, la ambivalencia entre autonomía y pertenencia, la amistad femenina, la precariedad emocional, la búsqueda de reconocimiento, incluso el agotamiento- ya estaban presentes en los conventos del Siglo de Oro.

Creadoras del exitoso podcast Las hijas de Felipe, Ana Garriga y Carmen Urbita se publicitan diciendo que todo lo que le pueda pasar a una mujer de hoy le ha pasado ya a una monja de los siglos XVI y XVII. Los paralelismos que establecen son ingeniosos, aunque también los hay tan forzados que se tornan banales: “banalelismos”, he apuntado en algún momento en el libro.

En gran parte esta "música" banal que acompaña al libro tiene que ver con las que parecen ser las opciones vitales de las autoras, en las que nunca se plantean (al menos en el libro) preocupaciones que vayan más allá de cuestiones como la carrera académica, la amistad o el envejecimiento "correcto y apropiado", pero nada que ver con temáticas, digamos, más de fondo. Las preocupaciones que aparecen recurrentemente en el libro -la trayectoria profesional, la construcción de una identidad propia, el paso del tiempo, las formas contemporáneas de realización personal- son preocupaciones perfectamente legítimas, pero que delimitan un determinado universo de experiencia. Desde ese marco resulta difícil captar aquello que para muchas de aquellas religiosas constituía el centro de gravedad de sus vidas: la búsqueda de la salvación, la experiencia de Dios, la obediencia entendida como respuesta a una llamada, el sacrificio, la renuncia o la entrega a una verdad considerada superior al propio yo.

En Instrucción de novicias las monjas no aparecen simplemente como víctimas pasivas de una institución y una época opresivas, sino como sujetos complejos, inteligentes, ambiciosos, creativos y, en ocasiones, extraordinariamente transgresores. Eso ya supone una aportación enormemente valiosa. Al leerlo, se comprende muy bien cómo funcionaban los conventos, cómo se relacionaban las monjas, qué conflictos atravesaban o qué estrategias desarrollaban para ganar autonomía. En sus páginas encontramos realización personal, gestión de conflictos, búsqueda de espacios propios de libertad o construcción de vínculos significativos, pero queda muy desdibujada la dimensión de trascendencia entendida como descentramiento del sujeto, es decir, la posibilidad de que aquellas mujeres no estuvieran buscando principalmente encontrarse a sí mismas, sino perderse en algo que consideraban infinitamente más importante que ellas mismas. Dicho de otro modo, el libro es muy hábil para traducir el pasado al lenguaje de las sensibilidades contemporáneas, pero no permite que ese pasado cuestione esas mismas sensibilidades. Las monjas aparecen como mujeres que, en el fondo, serían muy parecidas a nosotras, cuando lo más interesante es precisamente aquello en lo que no se parecen.

La historiografía y la sociología contemporáneas nos han enseñado a leer las relaciones de poder, las cuestiones de género, los intereses materiales y las construcciones culturales del pasado, pero tienen más dificultades para tomar en serio las motivaciones religiosas de las actrices y los actores históricos sin traducirlas inmediatamente a categorías contemporáneas de poder, identidad, resistencia, deseo, prestigio, compensación psicológica o estrategia social. Por eso el libro resulta a la vez inteligente e insuficiente: inteligente, porque rescata voces femeninas extraordinarias y las hace cercanas; insuficiente, porque las acerca tanto que termina reduciendo su extrañeza, cuando, a mi juicio, la verdadera riqueza de aquellas vidas reside en esa extrañeza, en recordarnos que hubo mujeres capaces de desafiar familias, jerarquías y convenciones sociales no solo para conquistar autonomía, sino también por fidelidad a una verdad, una fe o una llamada que hoy nos cuesta incluso comprender.

2. Comprender la vida conventual, comprender menos la fe

La cuestión de la fe es el punto ciego más revelador de la operación cultural que hacen las autoras con Instrucción de novicias. Al traducir aquellas experiencias al lenguaje contemporáneo de la subjetividad, queda fuera del foco algo decisivo: la estructura de sentido específicamente religiosa en la que esas vidas estaban inscritas. No se trata solo de que las monjas “creyeran en Dios”, como hoy alguien puede tener una opinión espiritual privada. Para muchas de ellas, la fe constituía el horizonte ontológico mismo de la realidad: organizaba el tiempo, el sufrimiento, el deseo, el cuerpo, la obediencia, la esperanza y hasta la percepción de sí mismas.

Sin esa dimensión, el riesgo es –ya lo he indicado- que las monjas aparezcan simplemente como “mujeres como nosotras, atrapadas en instituciones opresivas”, y el convento quede reducido a una especie de laboratorio anticipado para el tratamiento de neurosis contemporáneas, de manera que la clausura pueda ser leída como una realidad ambivalente: como imposición, sí, pero también como espacio de protección, estudio, escritura, comunidad o libertad respecto de ciertos mandatos matrimoniales y familiares. “Un refectorio propio”, como escriben Ana Garriga y Carmen Urbita en un guiño a Virginia Woolf.

Pero para Teresa de Jesús, Juana Inés de la Cruz o María de Ágreda, la experiencia religiosa no era un decorado cultural superpuesto a problemas humanos universales, sino el núcleo desde el cual esos problemas adquirían significado. Esto cambia mucho las cosas, porque la fe no solo consolaba o disciplinaba, también abría posibilidades de experiencia difíciles de traducir a categorías contemporáneas. Permitía habitar el sufrimiento de otro modo, reinterpretar el deseo, relativizar el prestigio social, construir formas de autoridad femenina inesperadas o experimentar una relación intensa con la trascendencia.

Hoy nos cuesta tomar en serio la fe como experiencia real de conocimiento, de vínculo y de transformación, ya que tendemos a sospechar inmediatamente de cualquier lenguaje de trascendencia. Entendemos la opresión, entendemos peor la mística. Y, sin embargo, si algo muestran muchas de aquellas mujeres es precisamente que la experiencia religiosa no puede reducirse sin más a alienación o sublimación: a veces fue obediencia, otras resistencia; a veces refugio, otras fuente de una palabra radicalmente crítica. En muchas ocasiones, la fe era aquello que les permitía decir lo indecible y vivir lo invivible dentro de un mundo patriarcal, profundamente jerárquico.

Tal vez por eso el verdadero paralelismo que cabe establecer no sea solo entre las mujeres de hoy y las monjas del XVI, sino entre una sociedad saturada de discurso terapéutico pero hambrienta de sentido, y aquellas mujeres que intentaban nombrar y narrar, con el lenguaje religioso del que disponían, experiencias límite de deseo, vacío, amor, sufrimiento o plenitud. La pregunta ya no sería únicamente “qué tenían ellas de nosotras”, sino también “qué hemos perdido nosotras y nosotros para no poder comprender del todo lo que ellas estaban viviendo”.

3. La pregunta de Malraux y el retorno ambiguo de la espiritualidad

Se atribuye a André Malraux la sentencia “el siglo XXI será espiritual o no será”. Digo que se le atribuye porque el propio Malraux aclaró en una entrevista celebrada un año antes de su fallecimiento que él nunca había dicho tal cosa. Lo que sí dijo Malraux –y esto es algo que refleja bien el fondo de la sentencia a él atribuida- es que las sociedades modernas difícilmente podrían mantenerse indefinidamente sin un horizonte de sentido más amplio, ya sea mediante la ampliación radical de los fundamentos racionales sobre los que se sostienen, o por la irrupción de algún tipo de acontecimiento espiritual de gran alcance. Con esta segunda idea el escritor francés no se refería necesariamente al nacimiento de una nueva religión, sino a fenómenos comparables a los grandes movimientos de renovación espiritual que han atravesado la historia (como el franciscanismo, la Reforma o determinadas corrientes religiosas asiáticas) y que transformaron profundamente la forma de comprender el mundo. Lo decisivo, advertía, es que tales acontecimientos son por naturaleza imprevisibles: no constituyen simplemente nuevas respuestas a las preguntas de siempre, sino que suelen inaugurar preguntas inéditas. Del mismo modo que el cristianismo resultó inconcebible desde las categorías religiosas del mundo romano, cualquier futura transformación espiritual podría estar tan alejada de nuestras concepciones actuales como aquellas lo estuvieron de los dioses olímpicos.

En España, como en buena parte de Europa occidental, no parece que estemos asistiendo a un retorno masivo de las religiones institucionales; al contrario, la secularización sigue avanzando en términos de práctica religiosa, identificación confesional y autoridad eclesial. Sin embargo, al mismo tiempo proliferan búsquedas de sentido que se expresan en registros muy diversos: interés por la meditación, las tradiciones contemplativas, el mindfulness, las peregrinaciones, la recuperación de rituales comunitarios o la atracción por experiencias de silencio y desaceleración. Todo ello apunta a una insatisfacción con una cultura organizada exclusivamente en torno al consumo, la productividad y la gestión técnica de la vida.

Vivimos una época en la que la búsqueda de sentido profundo parece oscilar entre la clausura (como en la película Los domingos) o la experiencia chamánica de las raves en el desierto de Sirat. Buscamos referencias espirituales por doquier, incluso se habla de "conspiritualidad" para denunciar las locuras, los fraudes, las estafas y las sectas que dominan las esferas de la new age y el bienestar, que traicionan la confianza de tantas personas que buscan un alivio genuino en esta época de incertidumbre. Pero cada vez tenemos más dificultades para presentar la tradición religiosa y espiritual cristiana como una alternativa real, cercana, encarnada y útil a la sociedad actual.

En este contexto, la cuestión no es si vuelve "la religión", sino si están emergiendo con fuerza preguntas que la racionalidad dominante no ha logrado responder satisfactoriamente. La crisis ecológica, la soledad, la fragilidad de los vínculos, la sensación de falta de propósito, la experiencia de la aceleración permanente o la percepción de vivir en sociedades técnicamente poderosas. pero culturalmente desorientadas, generan interrogantes que desbordan el lenguaje económico o administrativo con el que solemos interpretar el mundo. De manera que podría decirse que vivimos un momento propicio para la búsqueda espiritual.

Sin embargo, el fenómeno presenta una ambivalencia importante. Buena parte de las nuevas espiritualidades aparecen profundamente moldeadas por el individualismo contemporáneo, reducidas a recursos para el bienestar personal, la autorrealización o el equilibrio emocional. La pregunta no es "¿qué verdad me reclama?" o "¿a qué me debo?", sino "¿qué me ayuda?" o "¿qué me hace sentir bien?". Es lo que he denominado en otras ocasiones "espiriyoalidad": una espiritualidad convertida en extensión del yo y en tecnología de gestión de la propia vida. En ese marco, la trascendencia deja de ser algo que descentra, interpela o desinstala al sujeto, para convertirse sobre todo en un recurso para sentirse mejor, reconciliarse consigo mismo o alcanzar equilibrio interior.

4. La espiriyoalidad: cuando la trascendencia se convierte en bienestar

La espiriyoalidad no es necesariamente una falsa espiritualidad, tampoco una simple mercantilización de lo sagrado, aunque algo o mucho hay de ello. Es algo más complejo y, precisamente por ello, más característico de nuestra época. Se trata de una forma de relación con la trascendencia profundamente configurada por el individualismo contemporáneo, por la psicologización de la experiencia humana y por el ideal de la autorrealización personal.

En las tradiciones religiosas clásicas, la experiencia espiritual remite a una alteridad que cuestiona al sujeto: Dios, la verdad, la ley moral, la comunidad o la vocación aparecen como realidades que preceden al individuo y frente a las cuales este debe responder. En las espiritualidades derivadas de esas tradiciones el énfasis está en el “tú”. En la espiriyoalidad, por el contrario, la trascendencia deja de ser una experiencia de descentramiento para convertirse en un recurso destinado a mejorar la propia vida. Ya no es una llamada que viene de fuera; es una herramienta para la gestión interior.

Esta transformación puede observarse en numerosos fenómenos contemporáneos. La meditación se presenta menos como una disciplina espiritual que como una técnica para reducir el estrés y aumentar la productividad. El yoga se desvincula de sus tradiciones filosóficas para convertirse en una práctica de bienestar físico y emocional. La literatura de autoayuda incorpora lenguajes espirituales orientados al desarrollo personal. Incluso determinadas formas de religiosidad se reformulan en términos de crecimiento interior, sanación emocional o autoestima. Las redes sociales ofrecen ejemplos particularmente reveladores, con frases procedentes de tradiciones religiosas, filosóficas o místicas reutilizadas como mensajes motivacionales destinados a reforzar la confianza en una misma. La espiritualidad se convierte en una pedagogía de la autenticidad: "escucha tu voz interior", "sé fiel a ti mismo", "elige aquello que te hace feliz", "aléjate de las energías negativas". La referencia última ya no es una verdad exterior al sujeto, sino el propio sujeto.

Quizá uno de los ejemplos más elocuentes sea la transformación de la idea de vocación. Durante siglos, la vocación fue entendida como una llamada que provenía de fuera de una misma. Podía experimentarse como deseo profundo, pero nunca se reducía a él. La vocación obligaba, comprometía y exigía renuncias dolorosas. Hoy hablamos de vocación casi exclusivamente en términos de realización personal. Encontrar la vocación equivale a descubrir aquello que nos hace felices, aquello en lo que nos sentimos plenamente nosotras mismas. La llamada deja paso a la autorrealización.

Algo semejante ocurre con la idea de comunidad. Las tradiciones religiosas concebían la pertenencia comunitaria como un compromiso estable, incluso cuando resultaba incómodo o exigente. La espiriyoalidad contemporánea privilegia comunidades ligeras, reversibles y electivas, cuya función principal consiste en favorecer el bienestar de quienes participan en ellas. Por supuesto, este desplazamiento no debe interpretarse simplemente como decadencia o empobrecimiento. Ha permitido liberar experiencias espirituales de formas autoritarias, culpabilizadoras o alienantes, ha favorecido una mayor atención a la dimensión emocional de la existencia y ha democratizado prácticas antes reservadas a minorías religiosas especializadas. Sin embargo, también plantea interrogantes importantes: ¿qué ocurre cuando la espiritualidad queda completamente subordinada al bienestar? ¿qué lugar queda para experiencias como la obligación moral, el sacrificio, la fidelidad, la responsabilidad o la verdad cuando estas entran en conflicto con el propio equilibrio emocional?

Una espiritualidad centrada exclusivamente en el yo corre el riesgo de no encontrar nunca nada verdaderamente distinto de sí misma. Allí donde las tradiciones religiosas hablaban de conversión, llamada o gracia, la espiriyoalidad habla de crecimiento personal. Allí donde aquellas proponían una salida de sí, esta propone una mejor versión de sí. El sujeto ya no se pierde para encontrarse; simplemente se optimiza. La espiriyoalidad convierte la trascendencia en una habitación más de la propia casa.

5. Del descentramiento a la autorrealización

Desde esta perspectiva, la espiriyoalidad no consiste en la desaparición de la trascendencia, sino en su domesticación. La sociedad contemporánea no ha dejado de buscar sentido, profundidad o plenitud; lo que ha cambiado es el lugar que ocupa el sujeto en esa búsqueda. La expansión del mindfulness constituye un ejemplo paradigmático. Nacido de tradiciones budistas complejas, con una determinada comprensión del sufrimiento, el desapego y la transformación de la conciencia, ha sido ampliamente reformulado como una técnica para reducir el estrés, mejorar la concentración o incrementar el rendimiento. No es ruptura o interrupción, sino continuidad. La pregunta ya no es qué tipo de vida merece ser vivida ni qué estructuras generan sufrimiento, sino cómo gestionar mejor el estrés producido por esas mismas estructuras. La práctica espiritual deja de ser una forma de cuestionamiento para convertirse en una herramienta de adaptación.

El 9 de septiembre del año 2007 el diario El País publicaba en su sección “Negocios” una entrevista con Patricia Aubene, presentada como analista socioeconómica y consultora y autora de uno de esos típicos best sellers para consumo rápido de ejecutivos titulado Megatendencias 2010. El surgimiento del capitalismo consciente, publicado en español un año antes. “La espiritualidad va a resolver la crisis ideológica que padece el sistema”, titulaba el diario la citada entrevista, que presentaba así: “Como consecuencia del malestar que vive la cultura occidental, cada vez más personas están buscando dentro de sí mismas el bienestar que no acaban de encontrar afuera”. Pero, ¿qué es esa espiritualidad de la que se habla en el libro? “La espiritualidad –respondía la autora- es el afán de recuperar el contacto con lo que somos en esencia, trascendiendo el condicionamiento sociocultural impuesto sobre nuestra mente y que limita nuestra propia experiencia vital. Este viaje vital no tiene nada que ver con la religión”, advertía Aburdene. “Se trata más bien de liberarnos de las diferentes creencias que nos han sido impuestas y que impiden la evolución de nuestra conciencia. Espiritualidad significa sed de paz interior, de autorrealización, de plenitud y, en definitiva, de las cosas que no se pueden comprar con dinero”. Pero, claro, una espiritualidad que nos conecte con aquello que no puede ser comprado con dinero parece un pésimo negocio desde la lógica capitalista. De ahí la inmediata pregunta del entrevistador: “¿Y cuál es su relación con la economía?”. Esta es la respuesta: “el afán por encontrar paz interior en nuestra vida se ha convertido en una oportunidad para impulsar negocios con sentido”. Amén.

Algo parecido ocurre con la proliferación de retiros, experiencias de desconexión o propuestas de bienestar espiritual. En muchos casos ofrecen espacios valiosos de silencio, reflexión y cuidado, pero con frecuencia se presentan como productos destinados a la mejora personal: fines de semana para reencontrarse con una misma o uno mismo, recuperar la energía perdida o reconectar con la propia esencia. El lenguaje recuerda al de las antiguas tradiciones espirituales, pero el centro de gravedad se ha desplazado. El objetivo ya no es salir de una misma, sino regresar a una misma. No se busca tanto una verdad que reclame una transformación de la existencia cuanto una experiencia que proporcione serenidad, autenticidad o equilibrio. Que todo cambie para que todo siga igual.

Esta lógica se aprecia también en la popularización de nociones como "energía", "vibración" o "cosmos". Más allá de su contenido específico, resulta significativo el uso que a menudo se hace de ellas. Permiten hablar de trascendencia sin afrontar las exigencias éticas, comunitarias o doctrinales que tradicionalmente acompañaban a las religiones. El cosmos no ordena nada, no juzga nada, no exige nada, simplemente devuelve aquello que emitimos. La alteridad desaparece y la trascendencia queda integrada en una especie de circuito ampliado del yo.

Algo semejante sucede con experiencias tradicionalmente religiosas como las peregrinaciones. El Camino de Santiago ofrece un ejemplo particularmente significativo. Durante siglos fue concebido como práctica penitencial, acto de devoción o expresión de una búsqueda espiritual articulada en torno a una tradición compartida. Hoy muchas personas lo recorren como experiencia de crecimiento personal, espacio de introspección o ejercicio de desconexión. No hay nada ilegítimo en ello, pero el desplazamiento es evidente. La pregunta dominante ya no es "¿qué me reclama esta experiencia?" sino "¿qué he descubierto sobre mí mismo durante el camino?".

Incluso la recepción contemporánea de algunos autores espirituales refleja esta tendencia. Pensadoras como Simone Weil, escritores como Thomas Merton o testimonios tan extraordinarios como el de Etty Hillesum son leídos como fuentes de inspiración para una vida más consciente, equilibrada o auténtica. Sin embargo, sus textos están atravesados por experiencias de exigencia radical, de descentramiento y de apertura a una alteridad irreductible. En ellos no encontramos simplemente técnicas para vivir mejor, sino preguntas radicalmente incómodas sobre la verdad, la justicia, el sufrimiento o la responsabilidad. Convertidos en proveedores de bienestar emocional, corren el riesgo de perder aquello que los hacía verdaderamente perturbadores.

La espiriyoalidad no es, por tanto, una ausencia de espiritualidad. Es una forma específica de espiritualidad adaptada a una cultura en la que el individuo se ha convertido en la medida última de todas las cosas. Mantiene el lenguaje de la profundidad, pero lo pone al servicio de la gestión de sí. Conserva la búsqueda de sentido, pero desplaza el centro desde la verdad hacia el bienestar. Sigue hablando de trascendencia, pero de una trascendencia que ya no irrumpe desde fuera para interrumpir nuestras certezas, sino que funciona como un recurso más en el proyecto contemporáneo de construcción del yo.

¿Son las formas emergentes de espiritualidad una adaptación terapéutica al mundo existente, o contienen algún potencial de transformación cultural más profunda? Esta es la pregunta que me parece más relevante. Los grandes acontecimientos espirituales a los que aludía Malraux no fueron únicamente experiencias interiores: modificaron las formas de vivir, las relaciones sociales, las instituciones y la comprensión misma de lo humano. La pregunta sería, entonces, si algunas de las búsquedas actuales contienen una capacidad semejante de cuestionar las lógicas dominantes de nuestro tiempo –la brutalización del mundo, la mercantilización de la vida, la aceleración, el individualismo posesivo, la indiferencia ante la vulnerabilidad- o si acabarán siendo absorbidas por ellas.

Eso introduce una diferencia muy profunda respecto de la experiencia religiosa de muchas monjas del siglo XVI o, en general, de las tradiciones místicas fuertes. Para figuras como Teresa de Jesús o Juan de la Cruz, la experiencia de Dios no consistía primariamente en encontrarse a sí mismas, sino en perder pie, atravesar desposesiones, oscuridades, descentramientos radicales. Había consuelo, sí, pero también ruptura, exigencia, desinstalación. La trascendencia no confirmaba simplemente al sujeto: lo transformaba, lo cuestionaba y lo removía.

Por eso, resulta significativo que en muchas formas contemporáneas de espiritualidad desaparezcan categorías como obediencia, conversión, pecado, gracia, verdad, comunidad, tradición o incluso realidad. Son términos problemáticos, sin duda, y algunos han servido históricamente para justificar dominaciones, pero al desaparecer completamente, la experiencia espiritual corre el riesgo de quedar encerrada en el circuito del bienestar subjetivo. Lo decisivo pasa a ser la autenticidad emocional: “lo que yo siento”, “lo que me hace vibrar”, “lo que necesito”, “lo que me conecta”...

La espiriyoalidad acaba siendo una espiritualidad compatible con el individualismo neoliberal porque no exige necesariamente transformación estructural, pertenencia estable ni responsabilidad colectiva. Puede coexistir perfectamente con formas de vida hipercompetitivas, consumistas o profundamente desiguales, siempre que el individuo encuentre espacios y momentos de autocuidado y significado personal. De hecho, funciona como mecanismo de adaptación al malestar más que como crítica de las condiciones que lo producen. Por eso hoy resulta más fácil estetizar la mística que tomarla verdaderamente en serio. Podemos admirar la intensidad emocional de una experiencia espiritual, pero nos cuesta aceptar la posibilidad de una verdad o una alteridad que no emane simplemente del propio yo.

Frente a eso, la experiencia religiosa tradicional, al menos en sus versiones más densas, introducía una dimensión incómoda: el sujeto no era soberano, había algo anterior y mayor que él, algo o alguien que podía llamar, juzgar, exigir o incluso romper las lógicas dominantes del mundo. Y eso tenía consecuencias éticas, comunitarias y políticas.

La espiritualidad está más cerca de la interrupción que del equilibrio. Nos saca del círculo cerrado del yo y nos expone a una alteridad que reclama respuesta. Mientras la espiriyoalidad busca principalmente sentirse bien consigo misma, la espiritualidad se pregunta a quién debe responder. La primera tiene como horizonte la plenitud del yo; la segunda nace cuando descubrimos que la vida humana está atravesada por llamadas que no hemos elegido, pero que nos constituyen. Y que la fidelidad a esas llamadas vale más que nuestra propia comodidad.

De ahí que no pueda reducirse a una técnica de bienestar. Sin duda, puede traer consuelo, serenidad o reconciliación, pero esos frutos no constituyen su criterio último. Hay experiencias espirituales que resultan profundamente perturbadoras. Los profetas bíblicos no encontraron tranquilidad cuando escucharon la voz de Dios; encontraron una tarea. La espiritualidad, en este sentido, no sólo cura heridas; también produce heridas nuevas:  hiere nuestras seguridades, nuestros privilegios y nuestras justificaciones, obligándonos a preguntarnos si la vida que llevamos es compatible con aquello que hemos descubierto como verdadero. No nos permite instalarnos cómodamente en una identidad satisfecha de sí misma; al contrario, nos recuerda constantemente que existe una distancia entre lo que somos y lo que estamos llamados a ser.

6. Clara de Asís y la fuerza subversiva de la fe

Si, como he dicho, en Instrucción de novicias Ana Garriga y Carmen Urbita operan mediante una estrategia de actualización y reducción de la distancia histórica, en Clara de Asís. Elogio de la desobediencia, Dacia Maraini no parte de la semejanza sino de la diferencia. En su libro no intenta mostrar que Clara de Asís era una mujer del siglo XXI atrapada en el XIII. Le interesa precisamente aquello que resulta extraño para nuestra sensibilidad contemporánea: una mujer cuya rebeldía se expresa a través de una radicalidad religiosa.

“Me parece peligroso juzgar a Clara con los ojos de hoy en día. Tenemos que tomarla con su misterio, con sus contradicciones. Que no eran contradicciones cuando ella vivió, sino adherencia a la realidad. Si queremos acercarnos a ella tenemos que entender los enormes obstáculos a los que se enfrentó, los cuales superó gracias a la fidelidad férrea a sus principios, y, sin embargo, nunca se deslizó hacia la soberbia, el rencor, el odio, la violencia o el fanatismo. Algo atípico en los seres humanos que viven sin conformarse e imponiendo su propia visión del mundo. Algo que sufrió en su propia piel. Una fidelidad que nos ha emocionado y que aún nos emociona. En una época de infidelidades teorizadas y practicadas con desenvoltura, la constancia durísima de la hermana Clara creo que nos puede enseñar algo. Un ejemplo extraordinario. Yo lo siento así y me gustaría que usted también lo sintiese así” (Clara de Asís, p. 191).

La autora, que no escribe desde una perspectiva confesional, reconoce en Clara de Asís una figura de insumisión. Pero esa insumisión no consiste en liberarse de la religión, sino en tomársela tan en serio que entra en conflicto con las estructuras eclesiásticas, familiares y sociales de su tiempo. Clara desobedece a su padre, desafía las expectativas de su clase social, reivindica la pobreza frente a las presiones institucionales e insiste en una forma de vida que ni siquiera la jerarquía eclesiástica veía con buenos ojos. Lo interesante es que Dacia Maraini no traduce completamente esa experiencia a categorías contemporáneas. Entiende que la fe forma parte constitutiva de la historia y que la rebeldía de Clara no puede separarse de su relación con Dios, de su experiencia espiritual ni de su comprensión evangélica de la pobreza. Si eliminamos esos elementos, queda una activista avant la lettre, pero deja de ser Clara.

En cierto sentido, podríamos decir que Instrucción de novicias realiza una lectura horizontal de la experiencia monástica: las monjas son observadas en sus relaciones con otras mujeres, con las instituciones y con la sociedad. Dacia Maraini, en cambio, conserva la dimensión vertical: la relación con la trascendencia no aparece como un añadido sino como el motor mismo de la acción.

Desde una sensibilidad contemporánea resulta relativamente fácil admirar a Clara como mujer rebelde, pionera o resistente. Resulta más difícil aceptar que la fuente de esa rebeldía pudiera encontrarse precisamente en una experiencia de obediencia a algo que ella consideraba más importante que su propia voluntad. La modernidad entiende muy bien la emancipación como afirmación del yo; entiende peor las formas de libertad que nacen de una desposesión del yo:

“El espíritu místico –del griego mystein, guardar un secreto- parece requerir una interrupción del pensamiento racional clásico. La lógica tenía que dejarse aparte para favorecer la meditación sobre lo sagrado, para buscar algo que fuera más allá de lo verosímil, de lo comprensible, de lo explicable, de lo descifrable, para perseguir y penetrar en un estado de embeleso, de éxtasis. Una embriaguez mental que implica el alejamiento de todo pensamiento mundano. Supone la liberación de los instintos egoístas. Requiere la alegría del embeleso, la pérdida de uno mismo” (Clara de Asís, p. 143).

La espiriyoalidad empieza y termina en el yo; el sujeto sigue siendo el centro de gravedad de toda la experiencia. La trascendencia queda subordinada a la autorrealización. La espiritualidad, en cambio, contiene siempre un tú. Un tú que llama, interpela y reclama una respuesta, que no hemos elegido ni construido a nuestra medida. Puede ser Dios, el prójimo, la realidad sufriente, las víctimas de la historia o incluso una verdad que nos obliga a revisar nuestras certezas. En todos los casos se trata de una realidad que comparece ante nosotros con una exigencia propia y que no controlamos.

La experiencia espiritual auténtica no confirma simplemente al sujeto: lo desplaza; no se limita a consolar; también inquieta. No sólo sana; también exige. No únicamente reconcilia; también rompe equilibrios demasiado cómodos. Introduce una alteridad irreductible, no gira alrededor de lo que una siente, desea o necesita, sino que abre un espacio para algo o alguien que viene de fuera y que no puede ser reducido a los propios intereses o a las propias necesidades. La experiencia espiritual comienza precisamente cuando dejamos de ser el único centro de referencia. Por eso la espiritualidad contiene siempre una dimensión de descentramiento. No consiste simplemente en profundizar en el propio interior, sino en descubrir que nuestro interior está habitado por una llamada. La espiritualidad aparece como la experiencia de saberse convocada.

En su Testamento, Clara de Asís da gracias a Dios por haber recibido “la gracia de la vocación y la elección” (Los escritos de Francisco y Clara de Asís, Oñati, 2001, p. 421). Se trata de una expresión especialmente sugerente porque condensa dos dimensiones inseparables de toda experiencia espiritual auténtica: la llamada y la respuesta.

La vocación cristiana no es una decisión que brota exclusivamente de su voluntad, ni un proyecto de autorrealización cuidadosamente diseñado por ella misma. La vocación aparece primero como gracia, es decir, como iniciativa que la precede. Algo ha sucedido antes de que ella elija. Ha sido llamada, ha sido alcanzada por una posibilidad de vida que no nace de sus propios cálculos. Sólo después aparece la elección: la respuesta libre a esa llamada. Hay aquí una antropología radicalmente distinta de la que domina buena parte de la sensibilidad contemporánea. Hoy tendemos a pensar la identidad como una construcción personal: somos quienes decidimos ser, elegimos nuestros proyectos, nuestros vínculos, nuestras pertenencias.

Pero la vocación no es simplemente una preferencia, tampoco una inclinación psicológica, mucho menos una estrategia para alcanzar la felicidad. Es la experiencia de descubrir que la vida contiene una dirección que no hemos inventado nosotras. La elección consiste precisamente en consentir a esa dirección, en reconocerla y hacerla propia.

Desde esta perspectiva, la espiritualidad no es una búsqueda de una misma, sino una respuesta. Lo decisivo no es la autenticidad entendida como fidelidad a los propios deseos, sino la disponibilidad para escuchar una llamada que puede conducirnos más allá de ellos. Clara abandona riqueza, posición social y expectativas familiares no porque haya encontrado una forma más satisfactoria de vivir, sino porque ha reconocido una verdad que le reclama una respuesta. Por eso resulta tan ajena a la lógica de la espiriyoalidad. En esta última, la iniciativa permanece siempre en el sujeto: yo busco, yo exploro, yo selecciono aquello que me ayuda a crecer o a sentirme bien. En Clara, por el contrario, la iniciativa pertenece a Otro. La elección sigue siendo plenamente libre, pero es respuesta a una llamada previa.

Allí donde la espiriyoalidad pregunta "¿qué necesito para sentirme bien?", la espiritualidad pregunta "¿quién me está llamando y qué me reclama?". Por eso este libro resulta tan sugerente. No porque convierta a Clara en una heroína feminista antes de tiempo (que también lo fue, leída desde nuestras actuales categorías), sino porque toma en serio una posibilidad que hoy nos cuesta pensar: que una mujer pueda encontrar en la fe no un límite a su libertad, sino la fuerza para enfrentarse a los poderes de su época.

7. Lo que aquellas mujeres sabían y nosotras hemos olvidado

Habiendo disfrutado enormemente de ambos libros, encuentro aquí la cuestión más profunda que atraviesa tanto Instrucción de novicias como Clara de Asís. Elogio de la desobediencia, y también la reflexión sobre las nuevas formas de espiritualidad contemporánea. No se trata únicamente de comprender mejor a unas mujeres del pasado ni de decidir si sus experiencias pueden traducirse a nuestras categorías actuales. La pregunta es más radical: ¿qué aspectos de la experiencia humana hemos dejado de saber reconocer?

Ana Garriga y Carmen Urbita muestran con acierto hasta qué punto las monjas del Siglo de Oro compartían conflictos que todavía nos resultan familiares. Deseaban reconocimiento, buscaban espacios de autonomía, sufrían la vigilancia social, construían amistades intensas y trataban de encontrar un lugar propio dentro de instituciones profundamente jerárquicas. Gracias a esa operación de aproximación, aquellas mujeres dejan de ser figuras remotas y se convierten en interlocutoras contemporáneas. Sin embargo, esa misma cercanía corre el riesgo de ocultar aquello que las hacía verdaderamente extrañas: el hecho de que su experiencia estaba organizada alrededor de una relación con la trascendencia que no puede reducirse ni a identidad, ni a bienestar, ni a estrategia de resistencia.

Por su parte, Dacia Maraini nos recuerda algo que nuestra sensibilidad contemporánea tiende a olvidar. La fe no fue siempre un límite a la libertad, también fue la fuente en la que muchas mujeres encontraron la fuerza necesaria para desafiar a sus familias, a las autoridades religiosas y a las convenciones de su tiempo. Clara de Asís no fue libre a pesar de su fe, sino a través de ella. Y esta posibilidad nos resulta hoy difícil de comprender porque hemos aprendido a identificar la emancipación casi exclusivamente con la afirmación de la autonomía individual.

Sin embargo, no se trata únicamente de una experiencia histórica. También hoy encontramos mujeres que, lejos de vivir la fe como resignación o subordinación, la convierten en fundamento de una palabra crítica frente a las estructuras patriarcales de la propia Iglesia y de la sociedad. Las mujeres de Revuelta de Mujeres en la Iglesia constituyen un ejemplo significativo de ello. Su reivindicación de igualdad y corresponsabilidad eclesial no nace de una toma de distancia respecto de la tradición cristiana, sino precisamente de una implicación profunda en ella. Como Clara de Asís en su tiempo, cuestionan determinadas formas de poder en nombre de una fidelidad más radical a aquello que consideran esencial. Su existencia recuerda que la relación entre religión y emancipación es mucho más compleja de lo que suelen admitir tanto los discursos secularizadores como ciertos discursos religiosos.

La fe puede funcionar como legitimación del orden establecido, pero también como fuente de disidencia, de crítica y de transformación. Y el cristianismo sólo puede reconocerse en esta segunda perspectiva pues, como señala Terry Eagleton: “El Nuevo Testamento es una brutal trituradora de ilusiones humanas. Si usted sigue a Jesús y no acaba muerto, es como si tuviera que dar explicaciones de ello. Él, descarnado significante de la condición humana, se pronunció a favor del amor y la justicia y fue ajusticiado por las molestias que se tomó. La verdad traumática de la historia es, pues, un cuerpo mutilado” (Razón, fe y revolución, Paidós, 2012, p. 47).

Si las monjas del Siglo de Oro siguen teniendo algo importante que decirnos no es solo porque fueran mujeres adelantadas a su tiempo ni porque anticiparan nuestros problemas actuales, sino porque habitaban un universo moral y espiritual que nos permite reconocer los límites del nuestro. Nos recuerdan que la experiencia humana no se agota en la búsqueda de autorrealización, que existen formas de libertad nacidas de la entrega y no solo de la afirmación de sí, y que la espiritualidad puede ser algo más que una técnica para sentirse mejor. Lo expresa perfectamente Begoña Méndez en su luminoso ensayo Místicas: “Las místicas trabajan para no saciarse nunca y así mantener su hambre y sostener el vacío” (pp. 148-149).

Creo que aquí reside la ambigüedad de muchas espiritualidades contemporáneas: buscamos llenar un vacío y saciarnos, buscamos sentido, profundidad, silencio o plenitud, pero tendemos a hacerlo sin abandonar nunca el centro de nosotras mismas. La espiritualidad se convierte, así, en un recurso para gestionar mejor la propia vida, no en una experiencia capaz de cuestionarla. Allí donde la tradición mística hablaba de conversión, desposesión o gracia, nosotras hablamos de bienestar, autenticidad o crecimiento personal. No es que haya desaparecido la búsqueda espiritual, pero se ha vuelto cada vez más difícil imaginar una alteridad que no sea simplemente una prolongación del propio yo.

Volviendo a Malraux, lo más probable es que el eventual acontecimiento espiritual del que hablaba no consista en el regreso de las antiguas religiosidades, sino en la reaparición de preguntas que nuestra cultura ha aprendido a silenciar: preguntas sobre la verdad, la obligación, la comunidad, el sufrimiento, la esperanza o aquello que merece ser amado más allá de su utilidad. Si algo pueden enseñarnos Teresa de Jesús, Clara de Asís, Sor Juana o tantas otras mujeres religiosas del pasado es que la trascendencia comienza allí donde dejamos de preguntarnos únicamente qué nos ayuda o qué nos hace sentir bien y empezamos a preguntarnos qué nos reclama, qué nos interpela y qué (o quién) nos llama a salir de nosotras mismas.

  

domingo, 31 de mayo de 2026

Pentecostés como interrupción: Habitar las tensiones de la experiencia laical cristiana en tiempos de brutalización


 

0. INTRODUCCIÓN: LA EXPERIENCIA CRISTIANA COMO TENSIÓN CONSTITUTIVA

-       La experiencia cristiana -y particularmente laical- no vive fuera de las contradicciones del mundo.

-       No se trata de contradicciones accidentales, sino de polaridades fecundas.

-       La vocación laical consiste en habitar esas tensiones sin clausurarlas.

I. LAS GRANDES TENSIONES CONSTITUTIVAS DE LA EXPERIENCIA LAICAL CRISTIANA

Presentación panorámica:

ü  Estar en el mundo sin ser del mundo

ü  El “ya, pero todavía no” escatológico

ü  Contemplación y compromiso

ü  Gracia y responsabilidad

ü  Esperanza y lucidez trágica

ü  Universalismo y encarnación concreta

ü  Igual dignidad y opción preferencial

ü  Libertad y obediencia

ü  Secularidad y trascendencia

ü  Fragilidad y promesa

ü  Memoria y novedad

ü  Comunidad y crítica profética

ü  Hospitalidad y arraigo

ü  Silencio y palabra

ü  Desapropiación y responsabilidad histórica

ü  Fe y duda

ü  Denuncia y reconciliación

Las tensiones no deben resolverse suprimiendo uno de sus polos.

II. CINCO TENSIONES ESPECIALMENTE SIGNIFICATIVAS HOY

1. Estar en el mundo sin ser del mundo.

  • Participar plenamente en la realidad histórica.
  • Sin absolutizar éxito, competitividad, consumo, aceleración, miedo político.
  • Riesgos: fuga espiritualista / adaptación total al orden existente.
  • Propuesta: una “extranjería interior”.

2. El “ya, pero todavía no” escatológico.

-       El Reino ya está presente, pero todavía no se ha consumado.
-       Protege frente al triunfalismo y la desesperación.

-       Consecuencias: actuar históricamente sin esperar paraísos definitivos / mantener esperanza sin ingenuidad.

3. Gracia y responsabilidad.

-       Todo es don. Pero nada dispensa de actuar.

-       Crítica simultánea a ilusión prometeica (“todo depende de nosotros”) y quietismo (“Dios lo resolverá”).

-       La experiencia creyente: gratitud, tarea, compromiso no absolutizado.

4. Contemplación y compromiso.

  • -       Conexión con Metz: “mística de ojos abiertos”.
  •        Riesgos: activismo ansioso / espiritualidad evasiva (“espiriyoalidad”).
  • -       Propuesta: contemplar para comprometerse mejor, comprometerse para evitar la evasión

5. Libertad y obediencia.

  • -       La conciencia como lugar último de discernimiento.
  • -       Pero abierta a la tradición, la comunidad, la alteridad.
  • -       Riesgos: autoritarismo institucional / narcisismo individualista.
  • -       Propuesta: fidelidad crítica, pertenencia no servil (fe adulta), libertad no autosuficiente.

III. DEL HORIZONTE POSTCOVID A LA BRUTALIZACIÓN DEL MUNDO

  • -       El documento Hacia un renovado Pentecostés reflejaba: vulnerabilidad compartida, cultura del cuidado, interdependencia, fraternidad.
  • -       Pero leído hoy: guerras, Gaza, endurecimiento de fronteras, desigualdad descarnada.
  • -       La pandemia no produjo automáticamente aprendizaje moral.
  • -       Fue un revelador ambivalente: mostró solidaridad, pero también desigualdad; mostró cuidado, pero también lógicas sacrificiales.

IV. REPENSAR EL COMPROMISO CRISTIANO EN EL MUNDO

  • -       Cambio de pregunta: No solo “¿Cómo construir un mundo mejor?”, sino “¿Cómo impedir que la brutalización colonice nuestra capacidad de mirar y sentir?”.
  • -       La esperanza pasa a entenderse como esperanza trágica, resistencia antropológica, negativa a aceptar que la violencia tenga la última palabra.

V. PENTECOSTÉS COMO INTERRUPCIÓN

  • -       Inspiración: Johann Baptist Metz
  • -       Interrumpir la normalización de la muerte, el descarte, la indiferencia, la adaptación a lo intolerable.
  • -       El Espíritu no aparece como energía disponible, sino como capacidad de resistencia y fuerza de transformación antropológica.

VI. REINO DE DIOS E INTERRUPCIONES HUMANIZADORAS

  • -       El Reino: ya presente, todavía no consumado.
  • -       Los milagros: signos parciales del Reino, acontecimientos liberadores, interrupciones significativas.
  • -       Ejemplos: alimentar, cuidar, hospedar, acompañar, sanar (Mt 25,31–46).

VII. CONCLUSIÓN: UNA MÍSTICA DE OJOS ABIERTOS

  • -       La tarea cristiana hoy no consiste en recuperar centralidad cultural.
  • -       Consiste en situarse junto a quienes resisten la lógica del descarte.
  • -       El núcleo del compromiso cristiano: impedir que la habituación a la injusticia venza del todo.
  • -       Pentecostés no elimina el conflicto ni la violencia del mundo; introduce la posibilidad de una palabra distinta dentro de ellos: hospitalidad donde se levantan muros, cuidado donde domina la lógica sacrificial y memoria de las víctimas donde el sistema necesita olvido.
  • -       Depende de nosotras y nosotros que la esperanza no mienta en el mundo (Péguy).

                                                                          

[0] INTRODUCCIÓN: LA EXPERIENCIA CRISTIANA COMO TENSIÓN CONSTITUTIVA

La experiencia cristiana, muy especialmente la experiencia laical cristiana, está atravesada constitutivamente por tensiones que no pueden resolverse del todo sin desnaturalizarla. No son contradicciones accidentales, sino polaridades fecundas que obligan a habitar simultáneamente fidelidades distintas. Algunas son muy clásicas, otras se muestran particularmente agudas en la actualidad.

 

[I] LAS GRANDES TENSIONES CONSTITUTIVAS DE LA EXPERIENCIA LAICAL CRISTIANA

Estas tensiones podrían formularse así:

ü  Estar en el mundo sin ser del mundo. Participar plenamente en la historia, la cultura, la política, el trabajo y los afectos, sin absolutizar ninguno de esos ámbitos ni dejarse absorber completamente por sus lógicas dominantes à Secularidad y trascendencia. Asumir plenamente la autonomía del mundo moderno sin reducir toda la realidad a lo inmanente, productivo o calculable.

ü  El “ya, pero todavía no” escatológico. El Reino de Dios está ya presente en nuestra realidad histórica como promesa actuante, pero todavía no consumado. Esto impide tanto el triunfalismo como la desesperación à Esperanza y lucidez trágica. Esperanza radical sin ingenuidad histórica. Saber que el sufrimiento, el fracaso y el mal no desaparecen mágicamente de la historia, y así y todo saber que nada de eso prevalecerá.

ü  Contemplación y compromiso. Silencio, escucha, oración y discernimiento, pero también intervención histórica, conflicto y responsabilidad pública à Silencio y palabra. Recuperar el silencio como espacio de escucha y resonancia, pero romper el silencio cuando este encubre sufrimiento o injusticia.

ü  Gracia y responsabilidad. Todo es don de Dios, pero nada nos dispensa de actuar. La salvación no es autoproducción moral, pero tampoco pasividad.

ü  Universalismo y encarnación concreta. La fraternidad humana universal solo puede vivirse desde vínculos concretos, comunidades concretas y rostros concretos, pero sin encerrarnos en ellos à Hospitalidad y arraigo. Amar una comunidad concreta, una cultura y unas pertenencias sin convertirlas en exclusión identitaria ni en absoluto moral.

ü  Igual dignidad y opción preferencial por los pobres. Todas las personas poseen igual dignidad, pero la mirada cristiana se descentra hacia las víctimas, las personas empobrecidas y las personas excluidas. Este es el lugar histórico desde el que vivir nuestra condición laical à Denuncia y reconciliación. Nombrar el conflicto, la injusticia y las víctimas sin quedar atrapado definitivamente en la lógica del enemigo.

ü  Libertad y obediencia. La conciencia personal como lugar último de discernimiento, pero abierta a una tradición, una comunidad y una alteridad que la desbordan y la enmarcan à Comunidad y conciencia crítica. Pertenecer a una Iglesia concreta sin renunciar a la crítica profética frente a sus inercias, silencios o formas de poder.

ü  Fragilidad y promesa. La experiencia de límite, la vulnerabilidad y el fracaso no anula la posibilidad de sentido; por el contrario, la revela.

ü  Memoria y novedad. Fidelidad a una tradición recibida y, al mismo tiempo, apertura al acontecimiento, a lo inesperado, al Espíritu que desborda toda institucionalización.

La vocación laical cristiana consiste en habitar sin clausurar las tensiones entre Reino e historia, trascendencia y mundo, crítica y pertenencia, esperanza y límite. Vivir reconciliadamente en una condición de no reconciliación plena. Porque el laicado cristiano no vive fuera de las contradicciones del mundo, sino dentro de ellas, intentando impedir que las lógicas dominantes tengan la última palabra.

La condición laical cristiana no consiste en escapar de las contradicciones del mundo, sino en habitarlas de una manera no absolutizadora. El laicado vive inmerso en las dinámicas ordinarias de la existencia y precisamente ahí está llamado a discernir, resistir y cuidar. Por eso, su experiencia espiritual adopta muchas veces la forma de una tensión permanente: no la tranquilidad de quien posee respuestas definitivas, sino la fidelidad frágil de quien intenta mantener abiertas dimensiones de la existencia que el mundo tiende a clausurar. La fe no elimina la ambivalencia de la historia, sino que obliga a vivirla de otro modo.

 

[II] CINCO TENSIONES ESPECIALMENTE SIGNIFICATIVAS HOY

Selecciono cinco de estas tensiones para profundizar un poco más en cada una de ellas:

a)      Estar en el mundo sin ser del mundo.

b)      El “ya, pero todavía no” escatológico.

c)       Gracia y responsabilidad.

d)      Contemplación y compromiso.

e)      Libertad y obediencia.

a) Estar en el mundo sin ser del mundo

La expresión evangélica no remite al rechazo del mundo, sino a la negativa a absolutizar sus lógicas dominantes. El laicado cristiano no vive fuera de la sociedad, ni en espacios protegidos de pureza espiritual; vive dentro de los mercados, las instituciones, las familias, los medios de comunicación, las burocracias, las organizaciones y las tensiones políticas. Participa plenamente en la construcción histórica de la realidad. Por eso está constantemente expuesto a la tentación de naturalizar aquello que existe: el éxito como criterio último de valor, la competitividad como norma antropológica, el consumo como forma de identidad, la aceleración como modo inevitable de vida o el miedo como principio organizador de la política.

La tensión consiste en implicarse sin dejarse absorber: en trabajar sin convertir el trabajo en absoluto; en participar políticamente sin idolatrar el poder; en habitar la economía sin aceptar que toda relación humana pueda reducirse a cálculo, rendimiento o utilidad. Se trata de amar el mundo sin confundirlo con el Reino. El riesgo al que nos enfrentamos es doble: o la fuga espiritualista que abandona la historia a sus propias inercias, o la total identificación con el orden existente hasta perder toda capacidad crítica.

Por eso el laicado cristiano está llamado a vivir una especie de extranjería interior: plenamente dentro de la sociedad, pero manteniendo una distancia crítica respecto de sus idolatrías. No una distancia de desprecio, sino de discernimiento. Una forma de presencia que intenta impedir que las lógicas dominantes tengan la última palabra.

b) El “ya, pero todavía no” escatológico

La experiencia cristiana está atravesada por una temporalidad paradójica. El Reino ya está presente (como promesa, anticipación, experiencia de fraternidad, justicia, cuidado y reconciliación), pero todavía no se ha consumado plenamente. Esa tensión escatológica protege simultáneamente de dos peligros opuestos: el triunfalismo y la desesperación.

Protege del triunfalismo porque ninguna realización histórica puede identificarse plenamente con el Reino. Ningún proyecto político, ninguna institución eclesial, ninguna comunidad concreta puede absolutizarse como cumplimiento definitivo de la promesa. Toda realización histórica es parcial, ambigua y vulnerable. La historia permanece abierta.

Pero esa misma tensión protege también de la desesperación. Porque el mal, la injusticia o el sufrimiento no poseen la última palabra sobre la realidad. La esperanza cristiana no nace de un cálculo optimista sobre la evolución del mundo, sino de la convicción de que incluso en medio de la fragilidad y del fracaso pueden aparecer signos de vida nueva.

El laicado cristiano vive así en una condición de inacabamiento permanente: trabaja por la justicia sabiendo que ninguna justicia histórica será perfecta; construye comunidad sabiendo que toda comunidad humana es frágil; se compromete políticamente sin esperar salvaciones definitivas de la política. Y, al mismo tiempo, se niega a aceptar que la violencia, el cinismo o la desigualdad constituyan el horizonte definitivo de la historia.

c) Gracia y responsabilidad

Todo es don: la existencia, la fe, el amor, el mundo, la posibilidad misma de responder éticamente. El cristianismo desactiva radicalmente la fantasía moderna de autosuficiencia moral: nadie se salva a sí misma, nadie se fundamenta completamente a sí mismo. La vida se recibe antes de construirse. Pero esa conciencia del don no conduce a la pasividad, sino a la responsabilidad agradecida.

La gracia no sustituye la acción, la hace posible. La experiencia de sentirse sostenida por algo que no depende del propio mérito nos libera tanto de la soberbia como de la desesperación. El sujeto no necesita salvarse mediante rendimiento infinito, perfección moral o acumulación de méritos. Pero tampoco puede desentenderse del sufrimiento del mundo refugiándose en una espiritualidad intimista.

La tensión aparece porque el cristianismo rechaza simultáneamente dos ilusiones muy presentes en la modernidad tardía. Por un lado, la ilusión prometeica de que todo depende exclusivamente de nuestra capacidad de intervención y control. Por otro, la tentación quietista de esperar pasivamente que Dios resuelva aquello que pertenece a nuestra responsabilidad histórica.

El laicado cristiano vive así entre gratitud y tarea. Actúa sabiendo que nunca controla completamente los frutos de su acción; se compromete sin absolutizar sus propias capacidades transformadoras; trabaja por la justicia, pero sin convertir el activismo en religión sustitutiva; y asume, a veces dolorosamente, que no todo depende de su eficacia.

d) Contemplación y compromiso

La tradición cristiana conoce bien el peligro de una espiritualidad desencarnada, pero también el riesgo contrario: un activismo incapaz de escuchar, discernir o dejarse afectar profundamente por la realidad. Por eso contemplación y compromiso no constituyen dimensiones opuestas, sino mutuamente necesarias.

La contemplación no significa retirada narcisista del mundo, sino aprender a mirar la realidad de una manera no instrumental: detenerse, escuchar, dejar que algo o alguien nos afecte antes de reaccionar automáticamente. Sin contemplación, el compromiso corre el riesgo de convertirse en hiperactividad ansiosa, indignación superficial o agotamiento moral. Pero sin compromiso, la contemplación degenera fácilmente en refugio espiritual privado o indiferencia sofisticada. En “espiriYOalidad”.

La tensión es especialmente intensa para el laicado, porque su lugar natural no son espacios protegidos de retiro, sino las realidades ordinarias de la vida social. Su espiritualidad se juega en medio del ruido del mundo: en el trabajo, los cuidados, el conflicto político, el consumo, las instituciones o la fragilidad cotidiana. De ahí la importancia de crear espacios de silencio, oración y discernimiento que permitan sostener una acción verdaderamente humana y no puramente reactiva.

Contemplar para comprometerse mejor. Comprometerse para que la contemplación no se vuelva evasión.

e) Libertad y obediencia

La modernidad ha afirmado con fuerza la autonomía de la conciencia personal, y el cristianismo contemporáneo no puede renunciar a esa conquista. La conciencia constituye el lugar último del discernimiento moral. Nadie puede creer, decidir o responder éticamente por otra persona. Pero la experiencia cristiana introduce aquí una tensión decisiva: la conciencia no es una instancia autosuficiente ni cerrada sobre sí misma.

La libertad cristiana no consiste en pura autodeterminación soberana, sino en apertura a una verdad, una tradición, una comunidad y una alteridad que desbordan al individuo. La obediencia, entendida en sentido profundo, no es sometimiento servil, sino disposición a escuchar. De hecho, etimológicamente obedecer remite precisamente a escuchar atentamente.

El problema aparece porque tanto la institución religiosa como el sujeto moderno pueden deformar esta tensión. La institución puede convertir la obediencia en disciplina autoritaria, anulando la conciencia crítica y la responsabilidad personal. Pero el individuo moderno puede convertir la libertad en pura autoafirmación narcisista, incapaz de reconocer límites, herencia o interdependencia.

El laicado cristiano vive precisamente en medio de esa tensión. Pertenece a una tradición sin quedar absorbido completamente por ella. Reconoce la autoridad de una comunidad creyente, pero sabe que toda institución humana, también la eclesial, es histórica, vulnerable y necesitada de crítica profética. La fidelidad no consiste entonces en obediencia ciega ni en autonomía absoluta, sino en un discernimiento siempre inacabado entre pertenencia y conciencia.

Tal vez ahí resida una de las experiencias más específicamente laicales del cristianismo contemporáneo: aprender a habitar una fidelidad crítica, una pertenencia no servil y una libertad no autosuficiente.

 

[III] DEL HORIZONTE POSTCOVID A LA BRUTALIZACIÓN DEL MUNDO

Esas son las tensiones que nos constituyen ineludiblemente como laicas y laicos cristianos. No cambian. Lo que si cambia es el mundo en el estamos destinadas y destinados a vivirlas.

Desde la Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida y el Consejo Asesor de Laicos se ofreció la Guía de Trabajo para el Poscongreso de Laicos “Hacia un renovado Pentecostés”. https://www.archiburgos.es/wp-content/uploads/2023/12/5--guia-de-trabajo-post-congreso-de-laicos.pdf

Un doble diagnóstico del marco social:

1) Tono cultural/espiritual:

ü  Una sociedad, en la que predomina una cultura secular y pluralista.

ü  Las creencias religiosas son vistas como opciones subjetivas y en la vida pública cada día se silencia más el tema sobre Dios y cualquier referencia religiosa.

ü  Hay una excesiva y mal entendida exaltación de la libertad, del bienestar material, que da lugar fácilmente al subjetivismo y el relativismo. Parece que ya no existen los valores absolutos, ni puede haber juicios universales y estables.

ü  En esta situación, los gustos y deseos personales se han convertido en el criterio moral decisivo.

ü  Esta “dictadura del relativismo” ha sacado a la luz también un debate antropológico en torno a la educación, la corporalidad y la sexualidad, ante el que la Iglesia, los fieles laicos no podemos permanecer indiferentes.

2) Contexto social (cultural, económico, político):

ü  El Covid-19 nos ha sorprendido, paralizado y ha cuestionado muchas rutinas y formas de vivir.

ü  En estos últimos meses hemos sido testigos de la muerte de una gran cantidad de personas, muchas de ellas mayores; del sufrimiento y de la soledad de otros; de las penurias económicas y laborales derivadas de la crisis económica en la que hemos entrado de golpe.

ü  También hemos visto a muchas personas trabajar generosamente por el bienestar y la salud de los demás, hemos sido testigos de gestos hermosos de solidaridad y de compasión, ha crecido la conciencia que lleva a afirmar que nos necesitamos todos, así como el afianzamiento de una cultura del cuidado y el avance de la apuesta por una ecología integral. Nos necesitamos todos y en el mundo todo está conectado (Cfr. LS 15).

ü  Los cristianos, a través de su compromiso personal o en distintas instituciones eclesiales, han sido un motivo de esperanza en una situación tan dolorosa.

ü  La experiencia vivida durante este tiempo de pandemia tendría que ayudarnos a descubrir que hemos de cambiar nuestra forma de pensar y de actuar en las relaciones sociales y, especialmente, con los mayores.

ü  Tomar en consideración las palabras de la Pontificia Academia para la Vida: “[…] debe tenerse siempre presente que la decisión no se puede basar en una diferencia en el valor de la vida humana y la dignidad de cada persona, que siempre son iguales y valiosísimas. […] La edad no puede ser considerada como el único y automático criterio de elección, ya que si fuera así se podría caer en un comportamiento discriminatorio hacia los ancianos y los más frágiles”.

ü  Vivimos un tiempo de encrucijada. No está claro si volveremos a los problemas de siempre o se producirán cambios importantes; si en el mundo del postcovid habrá más diálogo o quizás más confusión; más muros o más puentes; más autorreferencialidad o más servicio generoso; más cultura del descarte o más integración en un nuevo estilo de vida.

ü  Hemos visto cómo la globalización de la economía y del estilo de vida han contribuido muy rápidamente a la expansión del virus en todo el planeta a la vez que, en sentido contrario, han provocado una inmediata movilización común para combatir al virus y sus consecuencias, provocando abundantes gestos de solidaridad y fraternidad.

ü  Hemos aprendido a aceptar el confinamiento no sólo como medio para evitar nuestro propio contagio sino también el de las personas a las que queremos e, incluso, el de aquellas otras a las que no conocemos.

ü  Hemos sido capaces como sociedad de valorar el esfuerzo y la generosidad de personas, no pocas de ellas insuficientemente pagadas y con malas condiciones de trabajo, por mantener y cuidar la vida de los demás y el funcionamiento de la sociedad.

ü  Hemos podido observar cómo la inspiración del Espíritu está presente también en muchas personas que aún no se han encontrado con Cristo.

ü  La pandemia del Covid-19 que estamos viviendo hace que resuenen con fuerza las palabras del Papa Francisco en la encíclica Laudato Si´: “¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?”.

ü  Los cristianos tenemos mucho que aportar y es importante tomar conciencia de ello. Todo depende de los caminos que tomemos, a nivel personal y comunitario, para ser, como Iglesia, sacramento de salvación en este mundo azotado por la pandemia del Covid, que está buscando ser iluminado. Somos poseedores de una profecía pastoral que nace de la Pascua y no podemos olvidar que el misterio de la Pascua habla de vida.

El texto de “Hacia un renovado Pentecostés” refleja un clima espiritual y pastoral muy característico de los primeros meses de la pandemia: la percepción de estar viviendo una interrupción histórica capaz de abrir posibilidades inéditas de transformación ética, social y comunitaria. La experiencia compartida de vulnerabilidad parecía haber resquebrajado, al menos momentáneamente, algunas certezas del individualismo contemporáneo: la autosuficiencia, la aceleración permanente, la lógica utilitarista, la invisibilización de los cuidados. El documento habla de “cultura del cuidado”, de fraternidad, de ecología integral, de redescubrimiento de la interdependencia humana.

Sin embargo, leído hoy, después de Gaza, de la normalización de la guerra, de la brutalización creciente del espacio público, del endurecimiento de las fronteras, del avance de las extremas derechas y de un capitalismo cada vez más descarnado, resulta difícil no percibir en aquel horizonte una cierta ingenuidad histórica. No porque aquellas intuiciones fueran falsas, sino porque probablemente subestimaban la profundidad estructural de las dinámicas de dominación contemporáneas y sobrestimaban la capacidad de las catástrofes para producir automáticamente aprendizaje moral.

La pandemia no inauguró una nueva fraternidad global. Más bien actuó como un revelador ambivalente. Hizo visibles tanto la interdependencia humana como las enormes desigualdades sobre las que se sostiene el mundo. Mostró simultáneamente la potencia del cuidado y la ferocidad de la lógica sacrificial. Durante unos meses pareció posible imaginar otra organización social; poco después, gran parte del sistema regresó aceleradamente a sus inercias previas, e incluso las radicalizó. La lógica de descarte que el documento menciona no disminuyó: se intensificó. Hoy asistimos a formas extremas de deshumanización que se exhiben públicamente con una mezcla de indiferencia, cinismo y saturación emocional. Gaza constituye quizá el símbolo más insoportable de esta deriva: la normalización de la destrucción masiva de vidas humanas bajo narrativas de seguridad, inevitabilidad o razón de Estado.

 

[IV] REPENSAR EL COMPROMISO CRISTIANO EN EL MUNDO

Eso obliga a replantear profundamente el marco del compromiso cristiano. Ya no basta con hablar genéricamente de diálogo, fraternidad o esperanza, como si el problema fundamental fuera un déficit ético o espiritual corregible mediante mayor sensibilidad moral. El desafío contemporáneo exige reconocer que vivimos dentro de estructuras históricas de brutalización que atraviesan la economía, la política, la tecnología, las fronteras, el lenguaje y también las subjetividades. El capitalismo contemporáneo no produce únicamente desigualdad: produce insensibilización. Produce fatiga moral, fragmentación de la atención, miedo, repliegue defensivo y normalización cotidiana de la violencia distante. La cuestión no es solo que exista sufrimiento, sino que aprendemos socialmente a convivir con él sin que altere decisivamente nuestras formas de vida.

En ese contexto, quizá el cristianismo no deba pensarse prioritariamente como una oferta de optimismo histórico, sino como una práctica de resistencia antropológica y espiritual frente a la deshumanización. El problema no es simplemente “cómo construir un mundo mejor”, sino cómo impedir que la lógica de la brutalización colonice completamente nuestra capacidad de mirar, sentir, vincularnos y actuar.

Eso desplaza también el sentido de categorías clásicas como esperanza, fraternidad o Pascua. La esperanza cristiana no puede entenderse hoy como expectativa lineal de mejora histórica. Más bien se aproxima a la capacidad de sostener humanidad en condiciones históricas adversas. No una esperanza ingenua, sino una esperanza trágica, consciente de la posibilidad real del desastre, de la derrota y de la barbarie. Una esperanza que no nace de la confianza en el progreso, sino de la negativa a aceptar que la violencia tenga la última palabra sobre el sentido de lo humano.

En ese marco, el compromiso cristiano adquiere rasgos distintos.

Por un lado, exige una radicalización de la mirada. Frente a las dinámicas contemporáneas de invisibilización, saturación y anestesia, el cristianismo tendría que recuperar su dimensión de interrupción: interrumpir la normalización de la muerte, del descarte y de la indiferencia. Interrumpir el lenguaje que convierte a las víctimas en daños colaterales, amenazas o cifras. Interrumpir la adaptación subjetiva a un mundo crecientemente inhabitable. Hay aquí una profunda afinidad entre la tradición profética bíblica y muchas críticas contemporáneas de la deshumanización: el primer acto político y espiritual consiste en negarse a llamar normal a lo intolerable.

Por otro lado, el compromiso cristiano necesita abandonar definitivamente cualquier pretensión de centralidad cultural o de restauración civilizatoria. La situación actual no permite imaginar a la Iglesia como “guía” de la sociedad desde una posición de superioridad moral. Más bien la sitúa -o debería situarla- junto a quienes resisten la lógica del descarte: víctimas de las guerras, personas migrantes, sectores precarizados, defensores de derechos humanos, movimientos feministas, ecologistas, experiencias comunitarias de cuidado y solidaridad. No para instrumentalizarlos ni absorberlos, sino para reconocerse aprendiendo con ellos.

Quizá una de las intuiciones más valiosas del texto siga siendo precisamente la referencia a la interdependencia: “nos necesitamos todos y en el mundo todo está conectado”. Pero hoy esa intuición debe formularse de manera mucho más conflictiva y menos idealizada. Todo está conectado, sí: también nuestras formas de consumo con la devastación ecológica, nuestras seguridades con las fronteras mortales, nuestra comodidad con cadenas globales de explotación, nuestras democracias con dispositivos crecientes de exclusión y violencia. La cuestión cristiana ya no puede ser únicamente cómo “ayudar” al mundo, sino cómo vivir sin colaborar dócilmente con esas estructuras de brutalización.

Tal vez ahí el lenguaje de Pentecostés pueda adquirir un sentido nuevo. No como promesa de armonía inmediata ni como entusiasmo espiritual deshistorizado, sino como reconstrucción de vínculos humanos en medio de un mundo fracturado. Pentecostés no elimina el conflicto ni la violencia del mundo; introduce la posibilidad de una palabra distinta dentro de ellos. Una palabra capaz de crear comunidad donde domina el miedo, hospitalidad donde se levantan muros, cuidado donde se impone la lógica sacrificial, verdad donde prolifera la manipulación y memoria de las víctimas allí donde el sistema necesita olvido.

Porque el gran riesgo espiritual y social de nuestro tiempo no es solo la injusticia, sino la habituación a ella. Y el núcleo del compromiso cristiano hoy consiste en impedir que esa habituación venza del todo. Consiste en interrumpirla.

 

[V] PENTECOSTÉS COMO INTERRUPCIÓN

Me inspiro en la reflexión de Johann Baptist Metz: “Valor para interrumpir. Tesis pentecostales”, en Por una mística de ojos abiertos, Herrder, 2013, pp. 118-122.

Según este teólogo alemán, Pentecostés puede entenderse, en su sentido más profundo, como una experiencia de interrupción. El Espíritu no aparece como una fuerza disponible a voluntad ni como una energía psicológica latente en el ser humano, sino como aquello que irrumpe en el curso normal de las cosas, cuestiona las evidencias establecidas y abre la posibilidad de vivir de otra manera. La gracia consiste precisamente en esa capacidad de detenerse, de romper inercias y de afrontar el sufrimiento y la incertidumbre que toda verdadera interrupción conlleva.

Desde sus orígenes, el acontecimiento pentecostal tuvo un carácter profundamente subversivo. Supuso una ruptura con los marcos religiosos, políticos y culturales dominantes de su tiempo: con la religión oficial, con las lógicas del poder imperial y con la confianza absoluta en una razón autosuficiente. Por eso el mensaje cristiano fue percibido como escándalo por unos y como insensatez por otros. Su fuerza no residía en adaptarse al orden existente, sino en cuestionarlo.

La tradición bíblica identifica esta capacidad de interrupción con una palabra hoy casi ausente del lenguaje político: el amor. Un amor que no es sentimentalismo, sino una fuerza capaz de alterar las dinámicas establecidas y de abrir caminos nuevos allí donde todo parece condenado a repetirse.

Esta perspectiva adquiere una relevancia especial en el contexto actual. La humanidad afronta transformaciones de enorme alcance vinculadas a la desigualdad global, la crisis ecológica o la construcción de la paz en un mundo interdependiente. Afrontar estos desafíos sin cargar sus costes sobre los más vulnerables exige algo más que reformas técnicas: requiere una profunda transformación de nuestros modos de vida, de nuestros deseos y de nuestras formas de entender el bienestar.

Se trata de una auténtica revolución antropológica. A diferencia de las revoluciones modernas, que buscaban liberar de la escasez, esta nueva transformación exige liberarnos de una riqueza superflua, de un consumo que termina consumiéndonos, de la lógica expansiva de nuestros deseos y de la cómoda ilusión de inocencia desde la que solemos contemplar las injusticias del mundo. Más que una liberación de la impotencia, se trata de una liberación de la indiferencia, la apatía y las formas de privilegio que sostienen el orden existente.

Para la tradición cristiana, el Espíritu y la gracia nombran precisamente esa posibilidad de resistencia. Son la fuerza que permite detener la reproducción automática de comportamientos, intereses y estructuras cuando estas conducen a la degradación humana y social. Allí donde la presión colectiva invita a aceptar que todo continúe igual, el Espíritu impulsa a interrumpir, a reconsiderar y a comenzar de nuevo.

También la Iglesia está llamada a vivir esta lógica. Más que ofrecer seguridades institucionales o refugios frente a la incertidumbre, el Espíritu de Cristo impulsa experiencias comunitarias capaces de despertar la responsabilidad, la creatividad y el compromiso. Su función no es garantizar la conservación de lo existente, sino impedir que nos convirtamos en espectadores pasivos de procesos destructivos cuya deriva conocemos de antemano. Pentecostés recuerda así que la fe cristiana es, antes que nada, una invitación permanente a la interrupción transformadora.

è Reproduzco a continuación el texto original de Metz, cuya lectura y reflexión recomiendo encarecidamente:

La definición más breve del espíritu pentecostal es: interrupción. Y el don de este espíritu, que los cristianos llamamos gracia, es también y ante todo esto: capacidad para la interrupción y valentía para soportar las experiencias de dolor e impotencia de tales interrupciones.

Pentecostés, envío del Espíritu. Fue una gran historia de dolorosa interrupción frente a la sinagoga de entonces y frente a su praxis religiosa; frente a Roma y su cesarista religión política del dominio; frente a Atenas y al incuestionado primado de su logos. A partir de entonces, los que estaban animados por este espíritu pentecostal pregonan «escándalos para los judíos y necedades para los gentiles» (1 Cor 1,23).

Para que nos entendamos bien y no nos quedemos conformes antes de tiempo a costa de una decepción semántica, conviene dejar claro que el espíritu que capacita para esta interrupción, que empuja para esta historia de resistencia, no es una energía psíquica que discurra por debajo de la razón dominante y en cierta medida pertenezca a la constante definición del ser humano o del colectivo humano. Pentecostés no es la clave para la invocación de una fuente de energía disponible a discreción. […]

Por lo demás, existe otra palabra que, según la Biblia, goza de favor tanto en el cielo como en la tierra y que significa precisamente esta interrupción. Es el amor, una palabra que (al igual que otra palabra de interrupción: pecado) hace tiempo que parece no existir en nuestro vocabulario político al uso. […]

Resulta difícil dudar de que hoy estamos sufriendo unas «grandes transformaciones». Piénsese, por ejemplo, en los cambios que se deben abordar a la vista de la pobreza mundial, de la problemática ecológica y de la configuración de la paz en un mundo cada vez más globalizado.

Si no queremos hacer valer estas exigencias a espaldas de los más pobres y desvalidos, se impone un cambio profundo en nosotros mismos, un vuelco en todo nuestro mundo de necesidades. En cierta ocasión yo llamé esto con el nombre de «revolución antropológica», una nueva formación de la identidad social que no esté simplemente garantizada por los patrones de identidad burguesa al uso.

Esta revolución antropológica no tiene parangón en la historia de las revoluciones modernas. La podríamos denominar como el proceso de formación de una nueva índole de sujeto. […]

Esta revolución antropológica consiste en una liberación no de la pobreza y la miseria sino de una riqueza y un bienestar cada vez más superfluos; se trata de una liberación no de nuestras carencias sino de nuestro consumo, en el que acabamos consumiéndonos a nosotros mismos; se trata de una liberación no de nuestra situación de oprimidos sino de la praxis inmutada de nuestros deseos; se trata de una liberación no de nuestra impotencia sino de nuestra particular prepotencia; se trata de una liberación no de nuestra situación de seres dominados sino de nuestra apatía; se trata en fin de una liberación no de nuestra culpa sino de nuestra inocencia o, mejor, de esa ilusión de inocencia que amenaza con convertirse en el fundamento de nuestra conciencia cotidiana. […]

Para denominar esto los cristianos tenemos unas palabras fundamentales: espíritu y gracia, las cuales nos animan siempre a emprender esta clase de interrupción. Asimismo, enseñan a nuestros corazones la manera de detenerse y dar media vuelta allí donde el Adán natural siempre quiere seguir haciendo lo mismo. Se manifiestan como una fuerza viva para la resistencia allí donde la presión general de las reproducciones sociales no quiere permitir resistencia alguna, aunque la catástrofe consista posiblemente en que «todo siga igual». ¿Existe semejante clase de «revolución» también en el seno de la Iglesia? […]

Son irrenunciables unas nuevas experiencias comunitarias que animen a actuar a imitación del espíritu de Cristo. […] A quienes estén interesados en un recuerdo de la vida eclesial con este espíritu pentecostal y dispuestos a pagar el precio necesario por él les será dicho una vez más: el espíritu de Cristo no actúa como una medida de seguridad personal desde el punto de vista organizativo-sociológico de la institución eclesial sino como un estímulo para la interrupción de los acontecimientos que puedan convertirnos en espectadores apáticos de una ruina calculable.

 

[VI] REINO DE DIOS E INTERRUPCIONES HUMANIZADORAS

El Reino de Dios constituye el centro de la predicación de Jesús; el Reino es “la última voluntad de Dios para este mundo” (Jon Sobrino). Proclama Jesús desde el inicio de su predicación: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 14-15). Sus destinatarios primarios son las víctimas, los sujetos frágiles, todas aquellas personas a las que el presente excluye: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis” (Lc 6, 20-21). Suyo es el futuro, suyo; de todas aquellas personas a las que el control de su presente les ha sido expropiado. Dios las acogerá en sus amorosas manos y serán sujetos principales en su Reino.

Un Reino que ya es aun cuando todavía no lo sea en plenitud, que ya está aquí y ahora, aunque todavía no. “Sin acontecimientos históricos liberadores no hay crecimiento del reino”, escribe Gustavo Gutiérrez. Sólo en la medida en que se producen hechos concretos de liberación –personas ciegas que recuperan la vista, personas paralíticas que vuelven a caminar, personas con lepra que son curadas, poseídas por el demonio que son liberadas, hambrientas que son alimentadas...- el Reino, a la vez promesa y realidad, se vuelve parcial pero suficientemente inteligible a las personas. Como señala Jon Sobrino:

Formalmente los milagros son signos de que el reino de Dios se acerca con poder, “clamores del reino”, como se les ha llamado. No son por lo tanto el reino en su totalidad ni presentan una solución totalizante a los males que el reino debe remediar. En cuanto signos del reino los milagros son ante todo salvación, realidades benéficas y realidades liberadoras en presencia de la opresión. De ahí que los milagros generan gozo por lo benéfico y generan esperanza por lo liberador (...) Los milagros no son sólo salvación sino estricta liberación.

Los milagros son signos del Reino, interrupciones significativas que nos permiten romper las dinámicas de unos sistemas de dominación que, como denuncia proféticamente el Papa Francisco en Evangelli gaudium, excluyen, descartan, matan.

Interrupciones que humanizan, que dan esperanza y que, a pesar de su aparente pequeñez, serán las que podremos hacer valer” cuando venga en si gloria el Hijo del hombre” (Mt 25, 31-46): dar de comer a la persona hambrienta, de beber a la sedienta, hospedar a la persona forastera, vestir a quien esté desnuda, visitar a la persona enferma, acompañar a la que está encarcelada.

 

[VII] CONCLUSIÓN: UNA MÍSTICA DE OJOS ABIERTOS

En el contexto actual, la tarea del cristianismo no pasa por recuperar una supuesta centralidad cultural perdida ni por aspirar a reconstruir formas de influencia social propias de otros tiempos. Su desafío es más humilde y, al mismo tiempo, más exigente: situarse junto a quienes padecen las consecuencias de un mundo organizado cada vez más por la lógica del descarte, acompañando las resistencias que nacen allí donde la dignidad humana es amenazada.

Desde esta perspectiva, el núcleo del compromiso laical consiste en impedir que la injusticia se vuelva normal. Buena parte de los mecanismos de dominación actuales se sostienen no solo por la fuerza o la desigualdad, sino también por la costumbre, por la capacidad que tenemos de acostumbrarnos al sufrimiento ajeno hasta dejar de verlo. La fe cristiana está llamada a mantener despierta la sensibilidad frente al daño, a resistir la indiferencia y a negarse a aceptar como inevitable aquello que degrada la vida de las personas y de los pueblos.

Pentecostés no inaugura un mundo sin conflictos ni elimina la violencia que atraviesa la historia. Lo que introduce es la posibilidad de una palabra y una práctica diferentes en medio de esa realidad. Allí donde se levantan fronteras y muros, hace posible la hospitalidad; allí donde prevalece la lógica sacrificial que considera a unos seres humanos prescindibles para beneficio de otros, suscita el cuidado; allí donde los sistemas de poder necesitan el olvido para perpetuarse, mantiene viva la memoria de las víctimas y de las vencidas y vencidos, pero que Dios no quiere derrotadas.

Por eso la esperanza cristiana no puede entenderse como optimismo ingenuo ni como espera pasiva. Es una tarea. Como recordaba el poeta Charles Péguy, depende de nosotras y nosotros que la esperanza no mienta en el mundo. Depende de nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestras formas concretas de vivir que la promesa de una humanidad reconciliada encuentre algún reflejo en la historia. Una mística de ojos abiertos es aquella que no aparta la mirada del sufrimiento, pero tampoco renuncia a actuar para que este no tenga la última palabra. Esta es la mística del laicado cristiano.

è Mensaje del Papa Francisco al Congreso de Laicos 2020:

“Los animo a que vivan su propia vocación inmersos en el mundo, escuchando, con Dios y con la Iglesia, los latidos de sus contemporáneos, del pueblo (…) No tengan miedo de patear las calles, de entrar en cada rincón de la sociedad, de llegar hasta los límites de la ciudad, de tocar las heridas de nuestra gente… esta es la Iglesia de Dios, que se arremanga para salir al encuentro del otro, sin juzgarlo, sin condenarlo, sino tendiéndole la mano, para sostenerlo, animarlo o, simplemente, para acompañarlo en su vida. Que el mandato del Señor resuene siempre en ustedes: “Vayan y prediquen el Evangelio”.