sábado, 18 de enero de 2014

Otra aventura catalana

"Este intercambio de ideas ha sido muy provechoso y os agradezco a todos vuestras respectivas aportaciones. Ni una sola ha caído en saco roto, os lo puedo asegurar. Es cierto, haciendo balance de la situación, que parece que no hayamos avanzado, y es muy probable que hayamos retrocedido, cosas ambas difíciles de determinar cuando no se conoce el punto de partida ni el objetivo último de nuestro caminar. Pero también puede darse lo contrario, es decir, que hayamos avanzado sin darnos cuenta. Bien es verdad que avanzar sin enterarse de que se avanza es lo mismo que no avanzar, al menos para el que avanza o pretende avanzar. Visto desde fuera es distinto. Aún así, yo abrigo la esperanza de que este avance, real o imaginario, dentro de poco nos conducirá a la solución definitiva o, cuando menos, al principio de otro avance".
Eduardo Mendoza, El enredo de la bolsa y la vida. Seix Barral, Barcelona 2012, p. 109.

Recordé este fragmento ayer, cuando leí la noticia del debate y votación en el Parlamento catalán para pedir al Congreso de los Diputados la delegación de la competencia para celebrar el referéndum de autodeterminación. Sin más...

jueves, 16 de enero de 2014

Juan Gelman

Oración de un desocupado

Padre,
desde los cielos bájate, he olvidado
las oraciones que me enseñó la abuela,
pobrecita, ella reposa ahora,
no tiene que lavar, limpiar, no tiene
que preocuparse andando el día por la ropa,
no tiene que velar la noche, pena y pena,
rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.

Desde los cielos bájate, si estás, bájate entonces,
que me muero de hambre en esta esquina,
que no sé de qué sirve haber nacido,
que me miro las manos rechazadas,
que no hay trabajo, no hay,
bájate un poco, contempla
esto que soy, este zapato roto,
esta angustia, este estómago vacío,
esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre
cavándome la carne,
este dormir así,
bajo la lluvia, castigado por el frío, perseguido
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
tócame el alma, mírame
el corazón!
yo no robé, no asesiné, fui niño
y en cambio me golpean y golpean,
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
si estás, que busco
resignación en mí y no tengo y voy
a agarrarme la rabia y a afilarla
para pegar y voy
a gritar a sangre en cuello

Juan Gelman, Poesía reunida, Fondo de Cultura Económica, México 2011


domingo, 12 de enero de 2014

La paz era esto

Resulta que la paz era esto: que ETA deje de amenazar, coaccionar, amedrentar y asesinar. Cuanto antes lo asumamos, mejor. ¿Tantos años de dolor y sufrimiento para esto? Pues sí. Sólo en el ámbito de la fe el sufrimiento tiene un sentido, y este puede ser inteligible, y hasta positivo. En el ámbito de la historia, el sufrimiento es simplemente eso: sufrimiento. Casi siempre innecesario, y por lo mismo radicalmente injusto. Eso es lo que ha sido la historia de ETA: un juego de lágrimas. Malkoz malko.
Hace ya tiempo que vengo reivindicando el valor de la paz, así, sin adjetivos. De esa paz humilde que consiste en la ausencia de violencia organizada ejercida contra la vida y la integridad física de las personas. Esa paz que, desde Galtung , el pacifismo crítico siempre ha ninguneado, considerándola poca cosa. Lo mismo ha hecho, por cierto, el constitucionalismo cítrico: ¿buscar la paz? ¡qué ordinariez! Ya se sabe: “necesaria, pero no suficiente”, frase típica de quienes, teniendo garantizadas sus necesidades, se permiten el lujo de minusvalorarlas. Porque se dan por supuestas. Como el respirar, vamos: necesario pero no suficiente. Como el comer. Como el votar, el leer, el vivir en un régimen de derechos y libertades… cosas necesarias (en un sentido banal) pero radicalmente insuficientes (y por ello, prácticamente despreciables).
Publicado en EL DIARIO NORTE, 11/01/2014 - 20:57h

Memoria histórica

“Algunos se han acordado de sus padres parece ser cuando había subvenciones para encontrarlo [...] Imagínese usted, don Antonio, que en Europa, verdad, que ha habido cien millones de muertos, se dedicaran los gobiernos a pedirle al gobierno de al lao [sic] que levantaran las cunetas, las carreteras, a encontrar los muertos de sus soldados…”.
Rafael Hernando. portavoz del Partido Popular en el Congreso de los Diputados.

¿Habrá leído el infame Hernando el reportaje de Juan Gómez en EL PAÍS de hoy, titulado "Una deuda con Oradour-sur-Glane"? El reportaje empieza así:
En junio se cumplirán 70 años desde que la división blindada Das Reich de la Waffen-SS perpetró, en la localidad francesa de Oradour-sur-Glane, uno de los peores crímenes en la sangrienta hoja de servicios del brazo militar de la SS nazi. Werner C. tenía entonces 19 años y hoy es un carpintero jubilado que ha vivido tranquilamente hasta que, esta misma semana, la Fiscalía de Dortmund presentó cargos penales contra él por su presunta participación en aquella masacre de 642 civiles franceses. El octogenario veterano ha admitido que estuvo en el pueblo, pero dice que aquel día le tocó montar guardia junto a los vehículos de los verdugos. Los fiscales creen, en cambio, que participó directamente en el ametrallamiento de 25 hombres y que colaboró en la matanza de cientos de mujeres y niños. Las autoridades judiciales alemanas investigan, además, a otros cinco camaradas suyos alemanes y a un sexto que vive en Austria.Todos rondan los 90 años de edad.


Si, en el lenguaje tabernario y chuleta del portacoz del PP, al que mete la mano "se le cortan los atributos", ¿no habría que cortarle algo al que, como es su caso, mete la lengua en un charco inmoral? No digo los atributos, ni tan siquiera esa lengua emponzoñada. ¿El acceso a la portavocía, por lo menos?


En el blog Sin casaca encontramos un excelente comentario sobre los esfuerzos que Europa y Estados Unidos dedican a localizar, exhumar, enterrar dignamente y recordar a las víctimas, militares y civiles, de la II Guerra Mundial..

sábado, 11 de enero de 2014

Movilización ciudadana y cambio sociopolítico

Animosamente, las compañeras y compañeros de Izquierda Socialista de Madrid impulsan la revista digital ARGUMENTOS SOCIALISTAS. Para su último número me pidieron una reflexión sobre movimientos sociales y cambio sociopolítico.
La revista completa puede leerse aquí. Mi artículo está en las páginas 30-35.
También es posible leer la revista en formato “hojeable”:  http://joom.ag/5QKX

lunes, 6 de enero de 2014

Seguidos

SEGUIDOS
Will McIntosh
Zombies, Antología de J.J. Adams, Planeta, Barcelona 2011, pp. 541-552 [fragmento]


Se acercaba por la acera tambaleándose como cualquier otro cadáver; el vaivén de su cuerpo era inconfundible entre los an­dares fluidos y las zancadas firmes de los vivos. Tenía seis o siete años y rasgos sudasiáticos, quizá indios, y llevaba la ropa hara­pienta cubierta de barro endurecido. El resto de los peatones la eludían con indiferencia. Apenas pensé en ella. Me imaginé que la persona a la que seguía se habría subido a un coche, dejándola abandonada en la calle, y ella intentaba alcanzarla con esa perseverancia característica de los cadáveres.
Era una larde de verano. Me había acercado al centro y estaba sentado en la terraza de la cafetería Jittery Joe. Todavía quedaban algunas semanas para el inicio del semestre de oto­ño, de modo que estaba relajado, sin prisas, no tenía que ir a ningún lado.
Regresé al manuscrito que estaba leyendo y no volví a pen­sar en el cadáver hasta que advertí que había entrado en mi radio de visión periférica. Se había detenido justo delante de mi mesa. Levanté la mirada hacia la niña, me volví atrás un instante y volvía a mirarla. Entonces me di cuenta. El cadáver estaba mirándome a mí con una mirada perdida en sus apaga­dos ojos castaños, como si estuviera reclamándome. Pero no podía ser. Esperé a que reanudara la marcha. No lo hizo. Alcé la taza de café, la dejé suspendida en el aire a mitad de camino de la boca y la deposité de nuevo en la mesa, con la mano tem­blorosa.
La mujer que ocupaba la mesa contigua a la mía, con un vestido verde de hilo y reposando los pies sobre una silla vacía, me miró por encima de su periódico con un desdén nada disi­mulado hasta que nuestras miradas se encontraron y devolvió la atención al diario.
Me levanté titubeando, la silla metálica rechinó al arañar el pavimento, y el café, que había dejado casi intacto, salpicó la mesa. Me alejé a pie por la acera.
Me escondí en el anonimato de mi coche aparcado y maté el tiempo en el interior del vehículo, vigilando por el espejo retrovisor interior los movimientos del cadáver, que camina­ba hacia mí dando bandazos. Quizá se trataba de un error, de un malentendido... quizá la niña pasaría de largo y seguiría caminando. Mi Volvo Creen era un automóvil que funciona­ba con bioetanol, ¡maldita sea!, era el coche menos contami­nante que podía permitirme, y para nada era un chupagasolina de esos que conducían la mayoría de los imanes de cadáve­res. ¿Cómo era posible que se me hubiera enganchado un muerto? Subí la ventanilla y esperé a ver si me adelantaba y dejaba atrás mi coche.
Oía cada vez más cerca sus piececitos arrastrándose por el pavimento, hasta que finalmente se detuvo a un metro escaso de mi puerta, se volvió y me miró. Tenía la cara redonda de un bebé, y su barbilla era un minúsculo nudo debajo de la boca abierta y flácida. Era tan pequeña...
Puse el coche en marcha y aceleré, y a punto estuve de golpear otro vehículo. Mientras me alejaba no aparté la vista del cadáver reflejado en el retrovisor lateral, que avanzaba dan­do tumbos por la acera, cumpliendo pacientemente las indica­ciones de cualquiera que fuera el rastreador que utilizaran los muertos para localizar a aquellos a quienes reclamaban.
  
Cada varios minutos apartaba la cortina para ver si venía. Final­mente apareció, caminando con la cabeza gacha por un lado de la carretera. Giró para tomar la entrada a mi garaje. Se gol­peó los dedos del pie contra el leve desnivel de asfalto y se tambaleó, aunque recuperó su frágil equilibrio. Subió trabajo­samente con el cuerpo rígido los tres escalones que conducían a la puerta de mi casa y se detuvo. Yo solté la cortina, me levan­té y eché el cerrojo a la puerta.
Llamé por teléfono a Jenna.
-Me sigue un cadáver -le dije en cuanto descolgó.
-¡Madre mía, Peter! -exclamó Jenna. Hubo un silencio prolongado-. ¿Estás seguro?
-¡Por Dios! -respondí con un gemido-. La tengo delante de la jodida puerta de casa. Estoy más que seguro de que es mío.
-No lo entiendo. Tú no mereces que te siga un cadáver.
-Lo sé. Dios santo, no puede ser cierto. Simplemente no puede ser cierto.
Jenna me consoló apelando a las evidencias y recitándome todas las cualidades que me distinguían de otros propietarios de cadáveres. Luego cambió de tema, pero yo no estaba de humor para hablar de intrigas universitarias ni para nimieda­des del tipo «¿qué tal tu día?», así que quedamos para cenar y colgué.
Encendí el televisor para distraerme. Repasé el mercado de valores. El Dow Jones estaba casi al tres por ciento y el NASDAQ al dos. Cambié al canal de noticias. La presidenta estaba ofre­ciendo una conferencia de prensa en un campo de molinos de viento recién levantados en la que exponía los motivos de su decisión de no suscribir los acuerdos del III Protocolo de Kyoto.
-Estamos haciendo todo lo posible para frenar el calenta­miento global -afirmaba ante las cámaras-, pero no cederemos a las presiones extranjeras. El estilo de vida norteamericano es innegociable y «bla, bla, bla...».
Aun con las cámaras de televisión enfocándola desde los mejores ángulos, podía verse varios centenares de sus cadáve­res detrás de la falange de agentes del servicio secreto embuti­dos en trajes azules que la acordonaban. El cadáver de un niño negro de unos cuatro o cinco años, escuálido y con la barriga hinchada como si se hubiera escondido una pelota bajo la piel se coló por un hueco y enfiló hacia la presidenta, pero un agen­te tiró de él y lo devolvió a la muchedumbre, con delicadeza, eso sí, pues la Administración no tenía ningún deseo de conce­der más munición a Amnistía Internacional.
Traté de encontrar consuelo en los cadáveres de la presi­denta. Ella tenía ocho o nueve mil, apilados en filas de veinte cuerpos flanqueando las entradas a la Casa Blanca, y diaria­mente llegaban más. Yo sólo tenía uno. 

sábado, 4 de enero de 2014

Jabalíes


Poco a poco, a fuerza de patear cimas y valles, bosques y prados, va surgiendo la oportunidad de observar en su ambiente natural a las distintas especies de animales que viven en la Montaña Palentina. Más difícil resulta poder fotografiarlos. Pero también esto va siendo posible.






¡Con todo lo que he disfrutado con los documentales y las publicaciones de Félix Rodríguez de la Fuente!

EL JABALÍ - CUADERNOS DE CAMPO - Nº 5 - FÉLIX RODRÍGUEZ DE LA FUENTE (Libros de Lance - Ciencias, Manuales y Oficios - Biología y Botánica)