Tarde de cine y palomitas. Mi hija y yo vamos a ver Lluvia de albóndigas. Aunque me pareció una peli simpática cuando vimos el trailer de la misma hace semanas, las críticas que hábía leído han hecho que no las tuviera todas conmigo. Sin embargo, he de reconocer que me he divertido, y además la historia tiene su cosa.
La película contiene una evidente crítica al consumismo y al cuanto más grande mejor, particularmente en lo que se refiere a la comida. También reivindica la inteligencia frente a las apariencias.
Y contiene un secundario que es una joya: Manolo, un inmigrante argentino que trabaja como cámara de televisión, circunspecto y anodino durante buena parte del tiempo, hasta que en la última parte de la película se descubre como un personaje fundamental.
Divertida y con unos cuantos mensajes de calado.
Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
sábado, 19 de diciembre de 2009
domingo, 29 de noviembre de 2009
Capitalismo de casino
El peligro estaba a la vista, pero no se actuó con diligencia. Es la tesis del artículo que hoy publica EL PAIS sobre las entidades crediticias que quebraron en Estados Unidos, envenenadas por sus propios préstamos tóxicos. Los reguladores estatales y federales sabían que las entidades crediticias estaban participando en prácticas empresariales peligrosas, pero no intervinieron hasta que fue demasiado tarde.
Pero, ¿de verdad se trata sólo de fallos de supervisión?
No es esta la tesis que defienden Juan Ramón Capella y Miguel Ángel Lorente en su libro El crack del año ocho. Resumo -mucho- su interesantísima y concienzuda argumentación.
La crisis actual no se debe a un colapso de los sistemas financieros. Lo financiero ha sido el desencadenante, pero porque sustentaba un modelo de crecimiento global basado en aumentos crediticios tan desaforados que resultaban insostenibles a largo plazo. Lo que se ha producido es la crisis de un modelo de crecimiento en el que la demanda agregada necesaria para alimentarlo ha sido el crecimiento incontrolado del crédito.
La desregulación, en particular la de los mercados financieros, no ha sido accidental sino imprescindible: “Sin el descontrol de las finanzas, sin los aparentemente sofisticados instrumentos financieros ahora fallidos, sin las pirámides financieras, sin los enriquecimientos puramente especulativos, el enorme crecimiento económico que ha llevado a esa globalización sin precedentes no hubiera sido posible porque no habría contado con la financiación necesaria”.
El problema de fondo es el crecimiento. Pero mientras que en el keynesainismo el principal dinamizador de la actividad económica era un presupuesto sometido al control parlamentario, en el neoliberalismo el estímulo fundamental al crecimiento económico se hurta a cualquier tipo de control.
Hemos pasado de la libreta de ahorro a la tarjeta de crédito. Todos. Los Estados, pero también los consumidores individuales. El consumo apoyado en el crédito abundante y barato se convierte en el motor interno del crecimiento. Crecimiento de la deuda de las familias. Low cost.
A partir de 1985 EEUU, históricamente el primer acreedor mundial, se convierte en deudor neto. Su deuda es en 1988 11,5 veces mayor que en 1970 y casi cinco veces la de 1980. A finales de los Ochenta, con una deuda que dobla a su PNB, se convierte en el país más endeudado del planeta. El Estado emite bonos y obligaciones para financiar su déficit (pero hay petrodólares a espuertas). La deuda se reembolsa con nueva deuda. Sistema piramidal.
También las grandes empresas recurren al endeudamiento corporativo, siguiendo la misma lógica perversa. Pensemos en la imposibilidad de grandes empresas de soportar ni un solo día tras el crack. No reservas, no liquidez.
La desregulación, en particular la de los mercados financieros, no ha sido accidental sino imprescindible: “Sin el descontrol de las finanzas, sin los aparentemente sofisticados instrumentos financieros ahora fallidos, sin las pirámides financieras, sin los enriquecimientos puramente especulativos, el enorme crecimiento económico que ha llevado a esa globalización sin precedentes no hubiera sido posible porque no habría contado con la financiación necesaria”.
El problema de fondo es el crecimiento. Pero mientras que en el keynesainismo el principal dinamizador de la actividad económica era un presupuesto sometido al control parlamentario, en el neoliberalismo el estímulo fundamental al crecimiento económico se hurta a cualquier tipo de control.
Hemos pasado de la libreta de ahorro a la tarjeta de crédito. Todos. Los Estados, pero también los consumidores individuales. El consumo apoyado en el crédito abundante y barato se convierte en el motor interno del crecimiento. Crecimiento de la deuda de las familias. Low cost.
A partir de 1985 EEUU, históricamente el primer acreedor mundial, se convierte en deudor neto. Su deuda es en 1988 11,5 veces mayor que en 1970 y casi cinco veces la de 1980. A finales de los Ochenta, con una deuda que dobla a su PNB, se convierte en el país más endeudado del planeta. El Estado emite bonos y obligaciones para financiar su déficit (pero hay petrodólares a espuertas). La deuda se reembolsa con nueva deuda. Sistema piramidal.
También las grandes empresas recurren al endeudamiento corporativo, siguiendo la misma lógica perversa. Pensemos en la imposibilidad de grandes empresas de soportar ni un solo día tras el crack. No reservas, no liquidez.
Surge todo un negocio del riesgo. O de la supuesta cobertura del riesgo. Hedge fo
unds (fondos de cobertura), mercados de futuro, derivados (instrumentos financieros que aseguran a sus compradores en determinados casos: impago, quiebra del emisor, disminución del valor en bolsa). Las sumas aseguradas por estos artilugios financieros sumaban en EEUU 500.000 millones de dólares en 2000; pero alcanzaron en 2008 los 55 billones (casi cuatro veces el PIB de EEUU, prácticamente el equivalente a la totalidad del PIB global mundial de ese año).¿Como funcionan? Effron –gestor del hedge found Soggin Capital- compró en 2003 deuda de Zaire, entonces llamada República Democrática del Congo, al Banco de Brasil, que había prestado dinero a la nación africana para la construcción de una planta de energía. Era un crédito a 20 años y el Banco no había recibido dinero del Congo desde hacía 19 años y 11 meses, así que los brasileños decidieron vender los 150 millones de dólares de deuda a 5 centavos el dólar, es decir, por 7,5 millones. Cuatro años después y tras gastar 11 millones en abogados, Effron consiguió 70 millones del gobierno congoleño.
Ruptura de una lógica básica de la economía financiera: que los fondos invertidos a un determinado plazo deben tener su base en recursos obtenidos a un plazo similar. Utilización de fondos obtenidos a corto plazo para préstamos a largo.
Asunción de riesgos desmesurados. Mientras funcionó sirvió para alimentar el crecimiento del crédito, convertido en un negocio en sí mismo, desconectado de la economía real. Estructura piramidal.
La cadena se rompe por su eslabón más débil: los créditos hipotecarios más arriesgados, las subprime. El 7 de septiembre quiebran las agencias Fannie Mae y Freddie Mac, sobre las que se aguantaba una buena parte del mercado inmobiliario en EEUU: poseían o garantizaban 12 billones de dólares de hipotecas.
Quiebra de confianza:1. En que los bancos actuaban con sentido y conocimiento del riesgo en el que incurrían. Era así hasta que aparecieron la titulización y los derivados. La titulización permite sacar paquetes de crédito de los balances bancarios, traspasando el riesgo a los inversores que los compran atraídos por altas rentabilidades, con sustanciosas comisiones para los bancos. Aparece un negocio distinto a conceder créditos analizados profesionalmente para poder cobrarlos. “Dar créditos basura, a deudores basura, con garantías basura. la titulización pasó a ser un mecanismo para empaquetar toda esa basura y colocársela a inversores que presumían de su fino olfato”.
2. Que los inversores son expertos y conocen lo que se traen entre manos.
3. Que un riesgo muy repartido –distribuido por todo el mundo y por todas las capas sociales, eso sí, de distinta manera- disminuía el peligro. Lo mismo que una manada de ñus atacada por leones.
4. Sobre todo: que las altas rentabilidades se iban a mantener, alimentando el sistema.
Del círculo “virtuoso” al círculo infernal:
del endeudamiento-consumo-producción-más crédito...
a la escasez de crédito-abstención de consumo-paralisis de la producción-morosidad-endurecimiento del crédito...
del endeudamiento-consumo-producción-más crédito...
a la escasez de crédito-abstención de consumo-paralisis de la producción-morosidad-endurecimiento del crédito...
Y ahora la amenaza de crash inmobiliario en Dubai. Y más cosas: los bonos de la muerte, los banqueros haciendo el trabajo de Dios ... ¿No hemos aprendido nada?

martes, 24 de noviembre de 2009
Contra el choque de mentalidades: laicidad

Intervención con motivo de la presentación del libro de José Ignacio González Faus y Javier Vitoria, Presencia pública de la Iglesia: ¿Fraternidad o camisa de fuerza?, ayer, 23 de noviembre, en Bilbao.
[1] José Ignacio y Javier nos invitan a embarcarnos en un viaje en avión. Escriben en el prólogo: “Primero conviene asegurarse (abrocharse los cinturones) para volar con un mínimo de garantías. Después conviene conocer el territorio que sobrevolamos: el de la fe cristiana, la sociedad hispana y la Iglesia española. Así nos preparamos para, desde el cielo de la utopía de Jesús, tomar tierra n el terreno al que queríamos dirigirnos: la actual sociedad española y las mil cuestiones controvertidas en torno al tema del libro” (p. 9).
Al leerlo he recordado un chiste de Gila. Un pasajero de un avión comenta: “No sé por qué tenemos que abrocharnos el cinturón; si el avión se cae no nos va a servir de nada”. A lo que otro pasajero le replica: “No, si es para que no se desparramen los cadáveres y facilitar el trabajo a los equipos de socorro”.
Porque aquí la cuestión no es volar con garantías. Aquí la cuestión es en que avión volamos y quién lo está pilotando. Y no me refiero sólo a la aeronave eclesial; también a la aeronave social.
[2] Porque ese es el problema. Es un problema institucional. Es la Iglesia la que tiene un problema con el mundo, la que debe elegir entre ser fermento de fraternidad o camisa de fuerza. Resto o residuo, tal como se planteaba en la Carta pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, Renovar nuestras comunidades cristianas (Cuaresma-Pascua, 2005).
Personalmente yo no tengo grandes problemas a la hora de asumir el particular estatuto del cristiano: “estar en el mundo sin ser del mundo”. No tengo grandes problemas aunque los tenga: me explico. Tengo problemas de coherencia, claro que sí, muchísimos; y tengo problemas muchas veces a la hora de armonizar el paso de mi pata católica y de mi pata sociocultural, a un ritmo laico. Pero no tengo ningún problema por tener ese problema. Lo asumo como algo natural. No pretendo resolverlo mediante la amputación de ninguna de mis dos patas, ni cambiando el ritmo laico de mi marcha por un ritmo legionario, ni de Cristo ni del Tercio de Extranjeros.
Leyendo el último libro del filósofo Gianni Vattimo me he identificado mucho con la manera en se califica a sí mismo de “catocomunista”, constante a la que según él ha sido fiel a lo largo de toda su vida. Y escribe:
Confieso que hoy tiendo a sustituir, cada vez más, el “cato”, el componente católico, por un “cristiano” más general. Ante lo que la Iglesia católica se ha ido convirtiendo tras los últimos pontificados, el calificativo en el que siento tener que reconocerme es el más genérico, y amplio, de cristiano. Si no me decido a definirme como luterano, es sólo porque sigo intentando pensar que, en realidad, las dos fuentes de la revelación son la Biblia y la Tradición y, por tanto, no “sólo la Escritura” de Lutero. La Biblia me ha sido transmitida por la Iglesia, de lo contrario nunca la habría conocido. Pero la Iglesia que me transmite la Biblia ya no es tanto la de la jerarquía católica; sino más bien la comunidad de los cristianos que, como ponen de manifiesto tantos indicios, diverge cada vez más, en la manera misma de vivir y concebir la práctica cristiana, de los palacios vaticanos.
Vattimo no tiene los problemas que se plantean en el libro de Javier y José Ignacio sencillamente porque no se ha subido al mismo avión, no se ha abrochado el cinturón; y si alguna vez lo hizo, se lo ha desabrochado y se ha tirado en paracaídas. Así cualquiera.
[3] Porque, ¿cuál es el problema que plantea este libro? Es la presencia de la Iglesia en una sociedad radicalmente plural –no tengo tan claro que sea, como se señala en varios momentos en el libro, realmente “pluralista”-, secular, laica. Javier Vitoria lo formula así:
La Iglesia necesita considerarse a sí misma como “sociedad civil”, como parte de un todo plural al que debe aportar lo mejor de sí misma, desde una actitud de diálogo que lo haga razonable (p. 87).
Pero este es, como decía antes, un problema en primerísimo lugar de la propia Iglesia. Por decirlo de una manera un tanto brutal: la sociedad española puede convivir sin mayores problemas con una Iglesia que, por no ser capaz de considerarse a sí misma como “sociedad civil” –como una oferta cosmovisional entre otras muchas-, acabe volviéndose irrelevante. Una Iglesia civilmente inadaptada, una Iglesia que, en la encrucijada histórica a la que hoy se enfrenta irremediablemente –en palabras de Vattimo, cargar con el destino de una modernidad en crisis con todas sus consecuencias o, por el contrario, reivindicar su carácter ajeno a la misma-, se decante por la extemporaneidad, por la extrañeza radical, “renunciaría a ser un mundo y una civilización, para volver a convertirse en lo que quizás era originariamente, una secta entre otras sectas y un objetivo factor de disgregación social entre otros”.
Y, por lo que parece, incluso los propios católicos están empezando a vivir sin demasiados problemas incluso en el seno de una Iglesia in-civilizada. Es el cisma soterrado sobre el que ha reflexionado con tanta profundidad como acierto el filósofo católico Pietro Prini.
[4] Pensemos, si no, en qué situación nos encontramos. Reflexionamos sobre la presencia pública de la Iglesia en un momento en que el portavoz de la Conferencia Episcopal ha dejado fuera de la comunión, aunque no excomulgados(¿?), a los diputados y senadores que en las próximas semanas voten a favor de la nueva ley de interrupción voluntaria del embarazo.
Pues bien, un diario titulaba así la noticia sobre las reacciones suscitadas por esas duras declaraciones: “Los diputados católicos no temen la excomunión”. Y continuaba: “Si trataron de remover conciencias, las amenazas han resultado ser contraproducentes. La promesa de excomunión dictada por el obispo Juan Antonio Martínez Camino contra los diputados que voten a favor de la nueva ley del aborto ha caído, peor que en saco roto, en la papelera del Congreso. Salvo excepciones de quienes unen dedicación pública y devoción privada en la bancada del PP, ni siquiera los conservadores han aplaudido las advertencias del portavoz de los obispos. Incluso dos formaciones con larga tradición cristiana, CiU y PNV, criticaron sus palabras” (Público, 22-11-09).
A tenor de lo dicho parecería que la presencia pública de la Iglesia no es ni fermento de fraternidad ni camisa de fuerza, sino un simple ruido de fondo, sólo molesto cuando eleva su volumen en la calle.
Por cierto: esa disonancia entre los responsables de la Iglesia y los ciudadanos, incluso aquellos que se consideran católico, no se produce sólo en el ámbito de la sexualidad. Suele ser esta una idea a la que se agarran desesperadamente determinados diagnósticos autojustificadores para cargar contra una sociedad “blanda y hedonista”, evitando así analizar la propia responsabilidad. Ocurre lo mismo, incluso más, en el ámbito de la política: si el 64% de los españoles señala que la religiosidad tiene muy poca o ninguna influencia en su vivencia de la sexualidad, el 67% dice lo mismo respecto de sus opiniones políticas.
[5] Es muy cierto lo que escribe González Faus en su primer texto: la cuestión de la laicidad no es exclusiva de la Iglesia, sino que se trata de un reto que brota de la pluralidad de nuestro mundo (p. 13). A esto se refiere el filósofo norteamericano Richard Bernstein cuado sostiene que el mayor problema al que se enfrenta el mundo no es el de un choque de civilizaciones, sino el de un choque de mentalidades:
La batalla que se libra actualmente no es entre creyentes religiosos con firmes compromisos morales y relativistas seculares que carecen de convicciones. Es una batalla que atraviesa la así llamada división entre lo religioso y lo secular. Es una lucha entre los que se sienten atraídos por los absolutos morales rígidos; los que creen que la sutileza y los matices encubren la falta de decisión; los que adornan sus prejuicios ideológicos con el lenguaje de la piedad religiosa; y los que enfocan la vida con una mentalidad más abierta, que se abstienen de buscar la certeza absoluta. Esta mentalidad no sólo es compatible con una orientación religiosa: es esencial para mantener viva la tradición religiosa y relevante para nuevas situaciones y contingencias.
No podemos caer en la tentación del fundamentalismo, del cierre sobre uno mismo. El mundo no es nuestro enemigo, sino el lugar privilegiado para la encarnación de Dios. El mundo está ahí para ser salvado, pero no para ser salvado de sí mismo ni contra sí mismo, sino en sí mismo, en toda su complejidad. El largo diálogo de Dios con el mundo debe continuar. Pero para que haya diálogo debe haber espacio para el diálogo. Y no hay espacio para el diálogo si no hay espacio libre, espacio no ocupado, hacia el que avanzar y por el que transitar. Y lo hay. Lo hay a condición de que la Iglesia aprenda a vivir en la tensión de la modernidad y sea capaz de asumir la propuesta que al respecto hacía Karl Rahner:
La Iglesia debe dejar de dar esas recetas baratas de pequeños clérigos que viven al margen de la auténtica vida de la sociedad y la cultura moderna, y remitir esas decisiones a la conciencia individual. No significa la retirada del cristianismo y de la Iglesia del terreno de la moral, sino un cambio de finalidad muy importante en la predicación cristiana; su deber es formar la conciencia y no primariamente con un adoctrinamiento casuístico, sino suscitando la conciencia y educándola para una decisión autónoma y responsable en las situaciones concretas, complejas y no racionalizables por completo, de la vida humana.
Porque lo cierto es que si, en el ecosistema cultural de esta concreta modernidad (bautizada como posmodernidad, modernidad reflexiva, segunda modernidad o modernidad líquida) no hay portador privilegiado por definición y a priori, las ideas, los valores y los proyectos que pueden humanizarnos y/o hasta salvarnos deberán construirse desde la deliberación. Y por tanto, desde la invitación permanente a todos, especialmente a los más distantes, a sentarse a la mesa.
“La Iglesia nunca conseguirá aceptar la laicidad si no deja de concebirse como una sociedad perfecta para pasar a ser una iglesia comunión”, advierte José Ignacio. Por su parte, Javier señala que “al día de hoy el encuentro de la Iglesia con la sociedad está repleto de rutas que no se navegaron, de oportunidades que no se aprovecharon, de caminos que no se recorrieron y de sendas olvidadas” (pp. 91-92).
A este viaje si me apunto. Ya me abrocho el cinturón...
Al leerlo he recordado un chiste de Gila. Un pasajero de un avión comenta: “No sé por qué tenemos que abrocharnos el cinturón; si el avión se cae no nos va a servir de nada”. A lo que otro pasajero le replica: “No, si es para que no se desparramen los cadáveres y facilitar el trabajo a los equipos de socorro”.
Porque aquí la cuestión no es volar con garantías. Aquí la cuestión es en que avión volamos y quién lo está pilotando. Y no me refiero sólo a la aeronave eclesial; también a la aeronave social.
[2] Porque ese es el problema. Es un problema institucional. Es la Iglesia la que tiene un problema con el mundo, la que debe elegir entre ser fermento de fraternidad o camisa de fuerza. Resto o residuo, tal como se planteaba en la Carta pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, Renovar nuestras comunidades cristianas (Cuaresma-Pascua, 2005).
Personalmente yo no tengo grandes problemas a la hora de asumir el particular estatuto del cristiano: “estar en el mundo sin ser del mundo”. No tengo grandes problemas aunque los tenga: me explico. Tengo problemas de coherencia, claro que sí, muchísimos; y tengo problemas muchas veces a la hora de armonizar el paso de mi pata católica y de mi pata sociocultural, a un ritmo laico. Pero no tengo ningún problema por tener ese problema. Lo asumo como algo natural. No pretendo resolverlo mediante la amputación de ninguna de mis dos patas, ni cambiando el ritmo laico de mi marcha por un ritmo legionario, ni de Cristo ni del Tercio de Extranjeros.
Leyendo el último libro del filósofo Gianni Vattimo me he identificado mucho con la manera en se califica a sí mismo de “catocomunista”, constante a la que según él ha sido fiel a lo largo de toda su vida. Y escribe:
Confieso que hoy tiendo a sustituir, cada vez más, el “cato”, el componente católico, por un “cristiano” más general. Ante lo que la Iglesia católica se ha ido convirtiendo tras los últimos pontificados, el calificativo en el que siento tener que reconocerme es el más genérico, y amplio, de cristiano. Si no me decido a definirme como luterano, es sólo porque sigo intentando pensar que, en realidad, las dos fuentes de la revelación son la Biblia y la Tradición y, por tanto, no “sólo la Escritura” de Lutero. La Biblia me ha sido transmitida por la Iglesia, de lo contrario nunca la habría conocido. Pero la Iglesia que me transmite la Biblia ya no es tanto la de la jerarquía católica; sino más bien la comunidad de los cristianos que, como ponen de manifiesto tantos indicios, diverge cada vez más, en la manera misma de vivir y concebir la práctica cristiana, de los palacios vaticanos.
Vattimo no tiene los problemas que se plantean en el libro de Javier y José Ignacio sencillamente porque no se ha subido al mismo avión, no se ha abrochado el cinturón; y si alguna vez lo hizo, se lo ha desabrochado y se ha tirado en paracaídas. Así cualquiera.
[3] Porque, ¿cuál es el problema que plantea este libro? Es la presencia de la Iglesia en una sociedad radicalmente plural –no tengo tan claro que sea, como se señala en varios momentos en el libro, realmente “pluralista”-, secular, laica. Javier Vitoria lo formula así:
La Iglesia necesita considerarse a sí misma como “sociedad civil”, como parte de un todo plural al que debe aportar lo mejor de sí misma, desde una actitud de diálogo que lo haga razonable (p. 87).
Pero este es, como decía antes, un problema en primerísimo lugar de la propia Iglesia. Por decirlo de una manera un tanto brutal: la sociedad española puede convivir sin mayores problemas con una Iglesia que, por no ser capaz de considerarse a sí misma como “sociedad civil” –como una oferta cosmovisional entre otras muchas-, acabe volviéndose irrelevante. Una Iglesia civilmente inadaptada, una Iglesia que, en la encrucijada histórica a la que hoy se enfrenta irremediablemente –en palabras de Vattimo, cargar con el destino de una modernidad en crisis con todas sus consecuencias o, por el contrario, reivindicar su carácter ajeno a la misma-, se decante por la extemporaneidad, por la extrañeza radical, “renunciaría a ser un mundo y una civilización, para volver a convertirse en lo que quizás era originariamente, una secta entre otras sectas y un objetivo factor de disgregación social entre otros”.
Y, por lo que parece, incluso los propios católicos están empezando a vivir sin demasiados problemas incluso en el seno de una Iglesia in-civilizada. Es el cisma soterrado sobre el que ha reflexionado con tanta profundidad como acierto el filósofo católico Pietro Prini.
[4] Pensemos, si no, en qué situación nos encontramos. Reflexionamos sobre la presencia pública de la Iglesia en un momento en que el portavoz de la Conferencia Episcopal ha dejado fuera de la comunión, aunque no excomulgados(¿?), a los diputados y senadores que en las próximas semanas voten a favor de la nueva ley de interrupción voluntaria del embarazo.
Pues bien, un diario titulaba así la noticia sobre las reacciones suscitadas por esas duras declaraciones: “Los diputados católicos no temen la excomunión”. Y continuaba: “Si trataron de remover conciencias, las amenazas han resultado ser contraproducentes. La promesa de excomunión dictada por el obispo Juan Antonio Martínez Camino contra los diputados que voten a favor de la nueva ley del aborto ha caído, peor que en saco roto, en la papelera del Congreso. Salvo excepciones de quienes unen dedicación pública y devoción privada en la bancada del PP, ni siquiera los conservadores han aplaudido las advertencias del portavoz de los obispos. Incluso dos formaciones con larga tradición cristiana, CiU y PNV, criticaron sus palabras” (Público, 22-11-09).
A tenor de lo dicho parecería que la presencia pública de la Iglesia no es ni fermento de fraternidad ni camisa de fuerza, sino un simple ruido de fondo, sólo molesto cuando eleva su volumen en la calle.
Por cierto: esa disonancia entre los responsables de la Iglesia y los ciudadanos, incluso aquellos que se consideran católico, no se produce sólo en el ámbito de la sexualidad. Suele ser esta una idea a la que se agarran desesperadamente determinados diagnósticos autojustificadores para cargar contra una sociedad “blanda y hedonista”, evitando así analizar la propia responsabilidad. Ocurre lo mismo, incluso más, en el ámbito de la política: si el 64% de los españoles señala que la religiosidad tiene muy poca o ninguna influencia en su vivencia de la sexualidad, el 67% dice lo mismo respecto de sus opiniones políticas.
[5] Es muy cierto lo que escribe González Faus en su primer texto: la cuestión de la laicidad no es exclusiva de la Iglesia, sino que se trata de un reto que brota de la pluralidad de nuestro mundo (p. 13). A esto se refiere el filósofo norteamericano Richard Bernstein cuado sostiene que el mayor problema al que se enfrenta el mundo no es el de un choque de civilizaciones, sino el de un choque de mentalidades:
La batalla que se libra actualmente no es entre creyentes religiosos con firmes compromisos morales y relativistas seculares que carecen de convicciones. Es una batalla que atraviesa la así llamada división entre lo religioso y lo secular. Es una lucha entre los que se sienten atraídos por los absolutos morales rígidos; los que creen que la sutileza y los matices encubren la falta de decisión; los que adornan sus prejuicios ideológicos con el lenguaje de la piedad religiosa; y los que enfocan la vida con una mentalidad más abierta, que se abstienen de buscar la certeza absoluta. Esta mentalidad no sólo es compatible con una orientación religiosa: es esencial para mantener viva la tradición religiosa y relevante para nuevas situaciones y contingencias.
No podemos caer en la tentación del fundamentalismo, del cierre sobre uno mismo. El mundo no es nuestro enemigo, sino el lugar privilegiado para la encarnación de Dios. El mundo está ahí para ser salvado, pero no para ser salvado de sí mismo ni contra sí mismo, sino en sí mismo, en toda su complejidad. El largo diálogo de Dios con el mundo debe continuar. Pero para que haya diálogo debe haber espacio para el diálogo. Y no hay espacio para el diálogo si no hay espacio libre, espacio no ocupado, hacia el que avanzar y por el que transitar. Y lo hay. Lo hay a condición de que la Iglesia aprenda a vivir en la tensión de la modernidad y sea capaz de asumir la propuesta que al respecto hacía Karl Rahner:
La Iglesia debe dejar de dar esas recetas baratas de pequeños clérigos que viven al margen de la auténtica vida de la sociedad y la cultura moderna, y remitir esas decisiones a la conciencia individual. No significa la retirada del cristianismo y de la Iglesia del terreno de la moral, sino un cambio de finalidad muy importante en la predicación cristiana; su deber es formar la conciencia y no primariamente con un adoctrinamiento casuístico, sino suscitando la conciencia y educándola para una decisión autónoma y responsable en las situaciones concretas, complejas y no racionalizables por completo, de la vida humana.
Porque lo cierto es que si, en el ecosistema cultural de esta concreta modernidad (bautizada como posmodernidad, modernidad reflexiva, segunda modernidad o modernidad líquida) no hay portador privilegiado por definición y a priori, las ideas, los valores y los proyectos que pueden humanizarnos y/o hasta salvarnos deberán construirse desde la deliberación. Y por tanto, desde la invitación permanente a todos, especialmente a los más distantes, a sentarse a la mesa.
“La Iglesia nunca conseguirá aceptar la laicidad si no deja de concebirse como una sociedad perfecta para pasar a ser una iglesia comunión”, advierte José Ignacio. Por su parte, Javier señala que “al día de hoy el encuentro de la Iglesia con la sociedad está repleto de rutas que no se navegaron, de oportunidades que no se aprovecharon, de caminos que no se recorrieron y de sendas olvidadas” (pp. 91-92).
A este viaje si me apunto. Ya me abrocho el cinturón...
domingo, 22 de noviembre de 2009
Más allá del horror

"El horror, el horror". Las últimas palabras del enloquecido Kurtz, compasivamente ocultadas a su prometida por Marlow a su regreso del corazón de las tinieblas, vienen siendo repetidas una y otra vez desde que hace más de un siglo Joseph Conrad publicara su impresionante relato. Y siempre África como escenario.
Liberia, Sierra Leona, Ruanda, Darfur, Somalia, Congo... Niños soldado, mutilaciones, violaciones masivas. El horror, el horror. Imágenes siempre atroces, sin sentido, imágenes de pesadilla.
En su obra El honor del guerrero Michael Ignatieff describe así estos que llama conflictos harapientos: "Son guerras de desintegración, entre facciones y bandas cuya finalidad ni siquiera se puede considerar política. Luchan por las drogas, el territorio, la supervivencia, y de su lucha no resulta más que el caos".
EL MUNDO recoge hoy un testimonio sobrecogedor del patrón del Alakrana, Ricardo Blach, que alimenta una vez más este imaginario:
Camino de Seychelles, la libertad. La niña. La veo en mi cabeza. Recuerdo sus ojos azules, apoyada en la ventana. Me duele mucho no haberla traído conmigo. Su madre me suplicó que me la llevara. Le dije que no podía. En su barco, el Ariana, había 12 piratas. En el mío, el Alakrana, 30. La madre [Natalia Loss], esposa del jefe de máquinas, lloraba. "Llévatela", me decía. Desde entonces me miro al espejo y lloro. No dejo de pensar en esa niña, en las mujeres de ese barco. La cocinera estaba embarazada, tras ser violada por los piratas. Negociamos con el armador medicamentos para ella. Cuando los recibimos, Jama Adan [el negociador de los bucaneros] los tiró al agua. Son unos malditos. A esos asesinos sólo les deseo la muerte, les metería veneno en la comida. ¿Qué será de la niña?
Terrible.
Sin embargo, no podemos dejarnos atrapar por el horror y sucumbir al atractivo de la repugnancia moral, hasta acabar, tal vez no proclamando lo que Kurtz -"¡Exterminad a todos los salvajes!"-, pero igual sí deslizándonos, como advierte Ignatieff, hacia un pensamiento ligeramente parecido: "¡Dejad que los salvajes se exterminen solos!".
Porque hay una África sufriente. Y porque ellos también somos nosotros.
La paradoja conradiana reside en que la interdependencia era más evidente para figuras decimonónicas como Kurtz que para los políticos y los hombres de negocios postimperialistas de finales del siglo XX. En ese caso, habrá que reconocer -a pesar del pesimismo de las consecuencias- que si la conciencia es lo único que une a los ricos con los pobres, al norte con el sur o a las zonas seguras con las peligrosas, estamos ante un vínculo muy frágil. Si la causa bosnia no escandalizó al mundo todo lo que cabía esperar de las atrocidades mostradas a diario por la televisión no fue por la falta de piedad de los espectadores que las contemplaban cómodamente sentados en su salón. Por el contrario, la respuesta solidaria alcanzó grandes dimensiones. El que no hubiera una solidaridad más duradera se debe a un problema más profundo: la idea muy arraigada de que "su" seguridad y la "nuestra" pueden separarse, que su destino y el nuestro están diferenciados por la historia, el azar y la buena suerte, que les debemos piedad pero no compartimos su porvenir. Muchos nos empeñamos en seguir creyendo que mantendremos a buen recaudo las terribles llamas que ahora consumen el tejado de nuestros vecinos, que las chispas de sus fuegos nunca alcanzarán el nuestro (Ignatieff).
jueves, 12 de noviembre de 2009
Vida extraterrestre

Hace un tiempo, la edición española de la revista Foreing Policy llevaba a su portada el titular “Dios vuelve a la política” e incluía un artículo de fondo titulado “Por qué Dios está ganando” cuya introducción decía así: “Se suponía que la religión iba a desaparecer a medida que se extendieran la globalización y la libertad. Pero en lugar de ello, está experimentando un fuerte auge en todo el mundo y con frecuencia determina los candidatos que ganan las elecciones. Y la intervención divina no ha hecho más que empezar. La democracia está dando voz a los pueblos, que quieren hablar de Dios cada vez más”.[1]
Como se afirma en el artículo, “Dios está en racha”. En el mundo musulmán, por supuesto –revolución iraní de 1979, ruptura del secularismo Baaz y renacer chií en Iraq, victoria electoral de Hamás en Palestina, relegitimación de Hezbolá en Líbano tras la catastrófica invasión israelí-, pero no sólo: nacionalistas hindúes en India o evangélicos renacidos en Estados Unidos movilizan un electorado masivo que les permite acceder democráticamente a los gobiernos de sus respectivos países y, desde ellos, dejar su impronta en la política exterior o interna.[2] “Las mayores religiones –continua- se han expandido a un ritmo que supera el crecimiento de la población global”. Hoy son más que nunca antes los creyentes, dispuestos además a organizar el mundo desde sus particulares creencias religiosas.
También en España venimos asistiendo a un auge de esta neo-ortodoxia religiosa, en nuestro caso católica. La confrontación abierta -incluso mediante manifestaciones en la calle de la mano del Partido Popular- a propósito de diversas iniciativas desarrolladas por el Gobierno de Rodríguez Zapatero es sólo la punta del iceberg de un proceso de fondo que viene de lejos, desde la propuesta de nueva evangelización impulsada por la Conferencia Episcopal Española a partir de 1990. Una manifestación de este proceso de fondo es la apuesta de la jerarquía eclesiástica por movimientos religiosos “fuertes e incondicionales” (tales como Opus Dei, Neocatecumenales, Comunión y Liberación o Legionarios de Cristo)[3] en detrimento de los clásicos movimientos apostólicos ligados a la evangelización de los ambientes y hasta, en ocasiones, en confrontación con otros movimientos, iniciativas o propuestas que reivindican la democratización de las estructuras eclesiales.
Paul Valadier ha detectado con agudeza los riesgos de este renacer de la religión: “De superestructura vana e ineficaz según los cánones marxistas, la religión se ve promovida como factor decisivo de la historia, más allá del cual se vuelve imposible comprender el futuro y cuyo desconocimiento conduciría a los más grandes errores. Estaríamos contentos con una promoción tan inesperada, si el reverso no fuera, una vez más, designar a las religiones como factores de hostilidades, de conflictos y de guerras”.[4]
En efecto, como se señala en el artículo de Foreing Policy, si bien es cierto que las distintas religiones han servido durante toda la segunda mitad del siglo XX como influyente factor de movilización social en contra de numerosos regímenes autoritarios (desde Tibet hasta Polonia, pasando por Latinoamérica o Sudáfrica), bien pudiera ocurrir que los actuales movimientos religiosos neo-ortodoxos sean estructuralmente incapaces de promover una “libertad sostenible”, o lo que es lo mismo, generalizable.
¿Estamos condenados a que la “buena racha de Dios” suponga necesariamente una mala racha para el proyecto democrático moderno, fundado sobre la pluralidad cosmovisional y la convivencia en tolerancia de distintas concepciones del bien, limitadas sólo por la ley y los derechos humanos fundamentales?
No, no lo estamos. Si así fuera, la encrucijada histórica a la que hoy se enfrenta irremediablemente el cristianismo –en palabras de Vattimo, cargar con el destino de una modernidad en crisis con todas sus consecuencias o, por el contrario, reivindicar su carácter ajeno a la misma- sólo podría decantarse por la extemporaneidad, por la extrañeza radical. “Pero si eligiese esta segunda vía –y hay indicios de que esta tentación se da-, renunciaría a ser un mundo y una civilización, para volver a convertirse en lo que quizás era originariamente, una secta entre otras sectas y un objetivo factor de disgregación social entre otros”.[5]
Ni podemos ni debemos caer en la tentación del fundamentalismo, del cierre sobre uno mismo. No somos extemporáneos, sino contemporáneos de esta modernidad posmoderna. Contemporáneos que, sin embargo, no contemporizan acríticamente con una realidad que, como siempre, se ve confrontada con el particular estatuto del cristiano: del mundo sin ser del mundo. El mundo no es nuestro enemigo, sino el lugar privilegiado para la encarnación de Dios. El mundo está ahí para ser salvado, pero no para ser salvado de sí mismo ni contra sí mismo, sino en sí mismo, en toda su complejidad.
“Dejemos a los funcionarios de las instituciones eclesiásticas decidir si quieren acoger las expectativas del kairós que está proyectando su sombra sobre su calendario diario. Entretanto, el modo en que la misión dirija sus esfuerzos y las fronteras en las que los emplee tendrán importantes consecuencias para quienes escogen quedarse en la institución y buscan tender puentes entre quienes encuentran el camino a Jesús en la Iglesia y quienes prefieren la disciplina extra ecclesiam”.[6]
Yo escojo quedarme y asumo, por ello, la disciplina intra ecclesiam. Lo que quiere decir que me tomo en serio las palabras de Martínez Camino. Pero no aceptaré que ningún funcionario reacio a acoger las expectativas del kairós por los inconvenientes que tal cosa supone para su calendario diario dificulte la misión de tender puentes con quienes están fuera, con el objetivo ineludible de servir a la Misión. Lo que significa que, en el ejercicio de la política, no voy a renunciar a buscar con otros la mejor regulación posible del espacio público. Y esta regulación de la interrupción del embarazo es mejor que la que había.
[1] Timothy Samuel Shah y Monica Duffy Toft, “Por qué Dios está ganando”, Foreing Policy, Edición española, nº 16, agosto/septiembre 2006.
[2] En enero de 2005, en una entrevista concedida a The Washington Times, George W. Bush declaraba: “Al menos desde mi perspectiva, no veo cómo se puede ser presidente sin tener una relación con El Señor”.
[3] Así son calificados estos movimientos en el manifiesto Recuperemos la credibilidad de la Iglesia, presentado en abril de 2005 en el Colegio Universitario Chaminade y suscrito por una quincena de organizaciones de católicos de base (como Somos Iglesia, Comunidades Populares, Mujeres y Teología...) y una decena de publicaciones católicas (como Iglesia Viva o Éxodo, entre otras).
[4] Paul Valadier, Un cristianismo de futuro, PPC, Madrid 2001.
[5] Gianni Vattimo, Después de la cristiandad, Paidós, Barcelona 2003.
[6] JamesW. Heisig, Diálogos a una pulgada del suelo, Barcelona, Herder 2005.
domingo, 8 de noviembre de 2009
Muros
En plena apoteosis conmemorativa de las dos décadas transcurridas desde la caída del Muro de Berlín los diarios del grupo Vocento nos recuerdan la existencia de las otras barreras de la vergüenza, de esos otros entre catorce y diecisiete muros construidos en otros tantos lugares del mundo -Estados Unidos, Israel, Chipre, Marruecos, también España-, casi siempre con el fin de impedir la inmigración ilegal.
A pocos kilómetros de San Diego, a caballo sobre la frontera entre México y Estados Unidos, existía un Friendship Park, Parque de la Amistad, con sus mesas de pic-nic, algunos viejos robles y una vista impresionante sobre el Pacífico. Símbolo de paz y fraternidad entre los pueblos, el parque fue inaugurado en 1972 por Pat Nixon, quien pidió que se cortara la alambrada que marcaba la línea fronteriza. Los mexicanos emigrados podían encontrarse allí con sus familias de México por el tiempo de un almuerzo o una conversación. Hoy el Friendship Parkestá clausurado. Grúas y tractores erigen en su lugar tres muros paralelos de cinco metros de altura. Sólo se acercan unos pocos manifestantes y algunas familias para "conversar silenciosamente" mediante signos con grupos del otro lado a 300 metros de distancia. Para ello se sirven de gemelos, y se traducen los "signos" a las familias.

Ayer era el diario EL PAÍS el que publicaba un artículo sobre el mismo tema, el titulado Muros infranqueables, firmado por Nicole Muchnik, donde se narra un hecho que ejemplifica a la perfección el cambio que se ha producido en este sentido en el mundo:
A pocos kilómetros de San Diego, a caballo sobre la frontera entre México y Estados Unidos, existía un Friendship Park, Parque de la Amistad, con sus mesas de pic-nic, algunos viejos robles y una vista impresionante sobre el Pacífico. Símbolo de paz y fraternidad entre los pueblos, el parque fue inaugurado en 1972 por Pat Nixon, quien pidió que se cortara la alambrada que marcaba la línea fronteriza. Los mexicanos emigrados podían encontrarse allí con sus familias de México por el tiempo de un almuerzo o una conversación. Hoy el Friendship Parkestá clausurado. Grúas y tractores erigen en su lugar tres muros paralelos de cinco metros de altura. Sólo se acercan unos pocos manifestantes y algunas familias para "conversar silenciosamente" mediante signos con grupos del otro lado a 300 metros de distancia. Para ello se sirven de gemelos, y se traducen los "signos" a las familias.El mercado de muros está en plena expansión, advierte Nicole Muchnik.

All in all it's just another brick in the wall
All in all you're just another brick in the wall
Después de todo es solamente otro ladrillo en el muro.
Después de todo ustedes son solo otro ladrillo en el muro.
viernes, 6 de noviembre de 2009
Preocupantes obviedades
Fernando de la Hucha, viceconsejero de Hacienda del Gobierno Vasco, interviene en un acto sobre fiscalidad organizado por la UGT de Euskadi. Tres afirmaciones que, si no están descontextualizadas, me parecen enormemente preocupantes. Obviedades envenenadas.
La primera, que una reforma al alza de la tributación de las Sicav "no tendrá efectos destacables sobre la recaudación porque no va a quedar ni una en el País Vasco. Se irán todas, las llevarán fuera y sus propietarios no pagarán más impuestos. Punto". ¿Punto final? ¿O punto y seguido? ¿Es eso todo lo que cabe decir?
La segunda, hablando del fraude fiscal, que "la cadena de fraude empieza por todos nosotros". "Sí, sí -les dijo en un tono que parecía recriminatorio- la cadena empieza cuando viene el fontanero a casa y empieza el asunto de la factura con IVA o sin IVA...". Ya. Pero, sólo de alguna manera, ¿no? Igual que la cadena que lleva a los campos de exterminio empieza cuando el alemán de a pie acepta las consecuencias de la estrella amarilla que su vecino de toda la vida se ve obligado a portar en la solapa. ¿Pero es la misma la responsabilidad de Otto el tendero que la de Joseph Mengele, el carnicero de Auschwitz?
La tercera, sobre el estado del bienestar y el supuesto "comportamiento inercial" del gasto social. Los políticos, expertos en la construcción del "estado de bienquedar", deben ser lo suficientemente honestos como para "explicar a los ciudadanos que cuando no hay ingresos suficientes no se pueden asumir todos los gastos y es necesario establecer prioridades". Por suuesto que cuendo los ingresos descienden los gastos deben reconsiderarse. ¿Pero qué gastos?
La primera, que una reforma al alza de la tributación de las Sicav "no tendrá efectos destacables sobre la recaudación porque no va a quedar ni una en el País Vasco. Se irán todas, las llevarán fuera y sus propietarios no pagarán más impuestos. Punto". ¿Punto final? ¿O punto y seguido? ¿Es eso todo lo que cabe decir?
La segunda, hablando del fraude fiscal, que "la cadena de fraude empieza por todos nosotros". "Sí, sí -les dijo en un tono que parecía recriminatorio- la cadena empieza cuando viene el fontanero a casa y empieza el asunto de la factura con IVA o sin IVA...". Ya. Pero, sólo de alguna manera, ¿no? Igual que la cadena que lleva a los campos de exterminio empieza cuando el alemán de a pie acepta las consecuencias de la estrella amarilla que su vecino de toda la vida se ve obligado a portar en la solapa. ¿Pero es la misma la responsabilidad de Otto el tendero que la de Joseph Mengele, el carnicero de Auschwitz?
La tercera, sobre el estado del bienestar y el supuesto "comportamiento inercial" del gasto social. Los políticos, expertos en la construcción del "estado de bienquedar", deben ser lo suficientemente honestos como para "explicar a los ciudadanos que cuando no hay ingresos suficientes no se pueden asumir todos los gastos y es necesario establecer prioridades". Por suuesto que cuendo los ingresos descienden los gastos deben reconsiderarse. ¿Pero qué gastos?
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