miércoles, 4 de enero de 2017

John Berger: ha muerto un resistente

[...] hoy en día no sólo están desapareciendo y extinguiéndose especies animales y vegetales, sino prioridades humanas que, una tras otra, están siendo sistemáticamente rociadas, no de pesticidas, sino de eticidas: agentes que matan la ética y, por consiguiente, cualquier idea de historia y de justicia.
Especialmente atacadas se ven aquellas de nuestras prioridades que proceden de la necesidad humana de compartir, legar, consolar, condolerse y tener esperanza. Y los medios informativos de masas nos rocían día y noche con eticidas.
John Berger, "El coro que llevamos en la cabeza"El País, 26 agosto 2006.

El mundo ha cambiado. La información se comunica de manera diferente. La desinformación desarrolla sus técnicas. Migrar se volvió el principal medio de supervivencia, a escala mundial. Militarmente hablando, el Estado nacional de quienes sufrieran el peor genocidio en la historia se volvió fascista. Los Estados nacionales se han reducido en lo general y, políticamente, su papel se minimizó a uno de vasallos al servicio del nuevo orden económico. El visionario léxico político de tres siglos se tiró a la basura. El Fin de la Historia, lema global de las corporaciones, no es un vaticinio: es una orden para borrar el pasado y lo que nos legó en todas partes. En suma, ya quedó establecida la tiranía global, económica y militar de hoy. 
Al mismo tiempo se descubren nuevos métodos de resistencia ante esta tiranía. Al interior de la oposición creciente, la cooperación natural reemplaza la autoridad centralizada. En vez de obedecer, los rebeldes deben confiar más en sí mismos. Las alianzas urgentes en asuntos específicos sustituyen los programas de largo plazo. La sociedad civil aprende las tácticas de guerrilla de la resistencia política y comienza a practicarlas. 
Hoy el deseo de justicia es multitudinario. Esto significa que las luchas contra la iniquidad, las luchas por la supervivencia y la dignidad propias, en pos de los derechos humanos, no deben nunca considerarse en términos de sus demandas inmediatas, de la organización que las haga posibles o de sus consecuencias históricas. Ya no pueden reducirse a «movimientos». Un movimiento describe un gran grupo de personas que colectivamente se mueven hacia un objetivo definido, el cual logran o no pueden lograr. Pero dicha descripción ignora, o no tiene en cuenta, las innumerables decisiones personales, los encuentros, las iluminaciones, los sacrificios, los nuevos deseos, los pesares y, finalmente, las memorias que ese movimiento hace emerger y que, en sentido estricto, serían incidentales. 
La promesa de un movimiento es su victoria futura, mientras que las promesas de esos momentos incidentales tienen un efecto instantáneo. En su intensidad vital o su tragedia, tales momentos incluyen aquellas experiencias de una libertad en la acción. (La libertad sin acciones no existe.) Momentos así son trascendentales, como ningún «resultado» histórico puede serlo. Son lo que Spinoza denominaba lo eterno, y son tan multitudinarios como las estrellas en un universo en expansión. 
No todos los deseos conducen a la libertad, pero la libertad es la experiencia de un deseo que se reconoce, se asume y se busca. El deseo no implica nunca la mera posesión de algo, sino la transformación de ese algo. El deseo es una demanda: la exigencia de lo eterno, ahora. La libertad no constituye el cumplimiento de ese deseo, sino el reconocimiento de su suprema importancia. 
Hoy, el infinito está del lado de los pobres.
John Berger, "El infinito, ahora", Con la esperanza entre los dientes, Alfaguara, 2010 

domingo, 1 de enero de 2017

Invierno extraño y dos lecturas sobre pastores y lobos en el Distrito de los Lagos (y un apunte personal sobre Beatrix Potter)

[1] Otra vez "invierano" en la Montaña. Amaneceres helados (10 grados bajo cero marcaba por las mañanas el termómetro junto a la Olma) que dan paso a días luminosos. El monte está seco, y por los valles y camperas corren las ciervas, en un paisaje casi veraniego. Pero la cara norte de los montes está helada, con el riesgo que ello supone. Es el reino de los rebecos.



Curavacas
De izquierda a derecha: Tres Provincias, Peña Prieta y Pico del Infierno, desde el Collado del Arra


 
Cara norte del Espigüete



[2] En los últimos años parece haber un renovado interés por las cuestiones relacionadas con la vida y las tradiciones del mundo rural. Al menos en el ámbito editorial. Pero si se publica sobre estas cuestiones será porque también se lee. Creo que el éxito de estos libros indica la existencia permanente en nuestras sociedades de un profundo deseo de vivir vidas más sencillas, más cercanas a los ritmos de la naturaleza y más respetuosas con esta. 
Resultado de imagen de rebanks el libro del pastorUno de los libros que mejor reflejan esta aspiración a una vida más sencilla es La vida del pastor, de James Rebanks (Debate, 2016).
El autor es aún joven (nació en 1974). Estudiante desmotivado en su infancia, descubrió la lectura gracias a su madre y ya de mayor estudió en la Universidad de Oxford, pero siempre con el objetivo de continuar con el oficio de su familia: “Los individuos viven y mueren, pero las granjas, los rebaños y las viejas familias permanecen”. El libro es un canto de amor y compromiso hacia su tierra, el Distrito de los Lagos, en el noroeste de Gran Bretaña, muy cerca ya de la frontera escocesa, hacia sus gentes y hacia sus modos de vida y tradiciones: “Si soltaras a un vikingo aquí conmigo sobre esta colina, entendería perfectamente cómo funciona lo que estamos haciendo y cuál es el patrón básico que sigue nuestro año agrario”.
Entre estas tradiciones destaca la propiedad y gestión comunal de una buena parte de las tierras (el autor dice que en los Lagos existe la mayor concentración de tierra comunal que queda en toda Europa occidental). Unas tierras y unos modos de vida que sólo se mantienen gracias a las personas que, como James Rebanks, su familia y sus vecinos, se han comprometido absolutamente con ellos. Convencidos de que estos modos de vivir y de producir no sólo encierran pasado sino que también están cargados de futuro: “Nuestro sistema agrario no trata de maximizar la productividad, sino de producir aquello que este paraje permite de forma sostenible. A las comunidades tradicionales les llevó miles de años aprender, por el método de ensayo y error, cómo vivir y trabajar el campo con las limitaciones de entornos difíciles como el nuestro. Olvidar sus lecciones o permitir que esos saberes quedaran en desuso sería una idiotez. En un futuro sin combustibles fósiles y en el que nos amenaza el cambio climático, es posible que vayamos a necesitar todos esos saberes de nuevo”.
Aunque repleto de hermosas descripciones de los paisajes y las formas de vida del Distrito de los Lagos, su relato está muy alejado de cualquier visión romántica de la vida rural: en sus páginas hay mucho y muy duro trabajo, olor a estiércol, sangre de animal enfermo o parturiento, frío invernal, dificultades económicas . También encontramos interesantes reflexiones sobre las colisiones que se dan entre los autóctonos y las personas que acuden a la zona por su belleza, como turistas o construyendo nuevas residencias para el verano: “Siempre puedes saber cómo de ajeno a nuestro mundo es alguien por el nivel de terror que le produce el estiércol”.

Por casualidad le había echado el ojo a otro libro, en este caso una novela: La frontera del lobo, de Sarah Hall, cuya historia transcurre también en el Distrito de los Lagos. Casi puede leerse como una especie de envés del libro de Rebanks: la trama central gira en torno al proyecto de un excéntrico duque, propietario de grandes extensiones de terreno, de reintroducir al lobo en los campos y los bosques británicos, tarea para la que contrata a Rachel Caine, oriunda de la zona, pero que lleva una década estudiando a los lobos en Idaho. Sobre esta trama encontramos otras subtramas, excelentemente entreveradas: la maternidad en solitario, las relaciones familiares y hasta el proceso independentista escocés (que juega un papel esencial en el desenlace de la historia). Lo he disfrutado muchísimo. Tanto que ya estoy a la caza de algún otro libro de esta autora, que según creo no tiene nada más publicado en castellano: lo que es una lástima. Empezaré por The Carhullan Army, una distopía que parece de lo más atractiva.

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[3] Por cierto, desde hace años mantengo una vinculación emocional muy particular con el Distrito de los Lagos a través de los hermosos cuentos escritos e ilustrados por Beatrix Potter, y que fueron los favoritos de mi hija en sus primeros años de vida. Especialmente la historia de Peio Untxia (Peter Rabbit, en el original inglés, Perico el conejo travieso en su traducción castellana), librito que siempre llevaba consigo cuando salíamos a la calle. Y que conserva las huellas de sus deditos (y de sus primeros dientes).



Beatrix Potter (1866-1943) fue una mujer enormemente interesante, inconformista, que se rebeló contra las convenciones sociales de la estirada, clasista y patriarcal Inglaterra Victoriana. Hay una película sobre ella muy recomendable, Miss Potter (Chris Nonan, 2006). Potter vivió desde 1905 en el Distrito de los Lagos y, enamorada de esas tierras y de sus modos de vida, dedicó su fortuna a adquirir granjas y terrenos que cedió a la National Trust for Places of Historic Interest or Natural Beauty. James Rebanks lo recuerda en su libro: "El territorio que vamos a recoger hoy no nos pertenece a nosotros, sino a la Fundación Nacional para Lugares de Interés Histórico o de Belleza Natural. Otras colinas tienen otros propietarios, pero disfrutamos de un antiguo derecho legal que permite que un número determinado de ovejas pasten en ellas. Gran parte de estas extensiones de tierra montañosa fueron adquiridas por acaudalados benefactores, como Beatrix Potter, y cedidas después a la Fundación Nacional, en la confianza de que aseguraría la protección tanto del paisaje como de la forma de vida única que este alberga".
Para empezar a disfrutar de sus historias, Las aventuras de Perico y Benjamín, con la evocadora intro de Miriam Stockley, "Perfect Day"

lunes, 14 de noviembre de 2016

Abstención y edad

Sondeo electoral de Celeste Tel para EL DIARIO.
Aunque no es nuevo, llama mucho la atención el distinto comportamiento del voto en función de la edad. Sobre todo la marcada tendencia a la abstención entre el electorado más joven.
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sábado, 12 de noviembre de 2016

En el Mirador de San Nicolás, cuando Leonard Cohen ya se había ido

Casi un mes sin poder acercarme hasta aquí. Literalmente: no he tenido tiempo material para hacerlo, aunque ganas y temas no me han faltado. Pero me ha tocado, además de las clases en la UPV/EHU, desplazarme como un animoso feriante a Osorno, Tarragona, Vitoria, Madrid, Donostia, Zaragoza o Granada.
Precisamente este pasado lunes me encontraba en Granada para impartir clases en un máster. Tenía la tarde libre, una tarde luminosamente soleada, aunque fría. Y aproveché para cumplir con uno de mis más queridos rituales: ascender las callejuelas del Albayzín hasta el Mirador de San Nicolás para desde ahí, contemplar la Sierra Nevada (claro), admirar la Alhambra (¡cómo no!) y, sobre todo, dejarme sugerir por la leyenda que que aparece en la fachada del Restaurante "Estrellas de San Nicolás", a la izquierda según miramos hacia la Alhambra: "Casa de la tradición y la traducción". Un detalle cuya historia y significado nadie me ha sabido explicar y, lo que es más curioso, pasa desapercibido para la mayoría de la gente que sube hasta el Mirador. El caso es que a mí me fascina: traducir la tradición. Casi mejor me quedo sin saber la historia de este letrero, no sea que la explicación resulte tan banal que me desilusione.


El caso es que yo estaba en San Nicolás el lunes. El mismo día que, según parece, falleció Leonard Cohen, aunque no supimos de su muerte hasta el miércoles. Leonard Cohen: poeta y cantatutor esencial, enamorado de Lorca y de Granada, contemplativo también en el Mirador de San Nicolás.

Fuente: Ideal

Ahí grabó el vídeo de su canción "Take This Waltz". Ahí estaba yo, el lunes, sin saber que Leonard Cohen ya nos había dejado.

sábado, 15 de octubre de 2016

De la abstención a la absolución

Analizar la deriva del PSOE, desde aquella primavera de 2014 en la que Pedro Sánchez fue fabricado como secretario general por un aparato acostumbrado a hacer de aprendiz de brujo hasta este otoño de 2016 cuando Sánchez fue derribado por el mismo aparato que lo encumbró, será algún día un caso digno de estudio en las facultades de Ciencias Sociales, pero, hoy por hoy, no es más que un ejercicio de melancolía. Todo lo que podía salir mal ha salido mal.

Las elecciones del 20-D abrieron la posibilidad, aunque fuera compleja, de constituir una alternativa de gobierno de izquierdas. La cerrazón del aparato socialista, rechazando desde el minuto uno cualquier posibilidad de explorar un acuerdo “con quienes sólo aspiran a desplazarnos en el espacio de la izquierda y con quienes quieren romper España”, y la arrogante impericia negociadora de Podemos, llevaron al PSOE a intentar un acuerdo con Ciudadanos condenado al fracaso.

Las elecciones del 26-J nos dejaron un escenario bien distinto. En primer lugar, en lo que se refiere a la aritmética: un millón doscientos mil votos y 5 escaños menos para los dos partidos de la izquierda estatal; pero, sobre todo, dos partidos heridos tras la frustrante experiencia anterior: mutuamente agraviados, recelosos, vengativos incluso, haciendo inviable cualquier pretensión de sumar para construir un gobierno de izquierdas. Lo más inteligente hubiese sido pactar desde el principio una abstención política (no “técnica”) en la segunda sesión de investidura, con el fin de construir cuanto antes una oposición parlamentaria al gobierno conformado por PP y Ciudadanos dirigida a revertir las contrarreformas impulsadas durante la etapa de mayoría absolutista de Rajoy. Pero no se hizo así, y PSOE y Podemos han gastado cuatro preciosos meses en peleas internas (tuiteadas o retransmitidas en directo por La Sexta), proponiendo trilemas imposibles (ni gobierno de Rajoy, ni elecciones en diciembre, ni acuerdo con Podemos), elevando vetos cruzados y, en general, jugando con la paciencia y la ilusión de una buena parte del electorado progresista.

Pero todo eso es pasado, aunque haya ocurrido hace apenas unas semanas. Ahora estamos en otra situación, supuestamente un punto de inflexión. Lo que empezó con Pedro Sánchez se ha querido terminar acabando con el propio Sánchez: como si el ex secretario general del PSOE fuera la pieza defectuosa con cuya eliminación sería posible volver a poner en marcha la maquinaria de la gobernabilidad en España. Muerto el perro se acabó la rabia, aquí paz y después gloria, colorín colorado: viaje en el tiempo y a situarnos en el momento anterior a la primavera de 2014. No exactamente como si nada hubiera ocurrido, pero casi.

Pero estos ejercicios orwellianos de reconstrucción del pasado sólo le funcionan a la derecha. No, tampoco a Stalin le funcionaron. ¿Lo de la Gurtel? Ya está amortizado: es algo que ocurrió en fechas tan lejanas como 2004; todos los juzgados están ya fuera del PP, aunque en tiempo hubieran estado tan dentro; no será para tanto, cuando seguimos ganado las elecciones (ejemplo de argumentación-Trump: “Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a gente y no perdería votantes"). La izquierda lo tiene más complicado; de hecho, una clave infalible para situar o no a una fuerza política y a sus votantes en el espacio de la izquierda es precisamente esta de la capacidad para reconstruir con éxito su propio pasado: cuando esta reconstrucción funciona, hay que dudar de la condición de izquierda de la fuerza en cuestión. (Propuesta de discusión: EH Bildu y su reflexión sobre el pasado reciente de Euskadi).

El caso es que un Comité Federal del PSOE desarrollado en unas condiciones que harían la delicia de Fellini (por lo surrealista) o de los Monty Python (por lo cómico) optó por la amputación, por la cirugía extrema, confiando en poner así el contador a cero y hacer, ahora sí, lo que tal vez deseaban hacer pero no hicieron en diciembre, y lo que debían haber hecho pero no se atrevieron en junio: abstenerse. Pero cuando se pierde el tiempo no se pierde sin más, se pierde en una determinada dirección. Hay pérdidas de tiempo que permiten recomponer situaciones, hay otras que sólo las agravan. El desesperado intento de Javier Fernández por explicar que el juicio de la Gurtel no está sirviendo para conocer nada que no supiéramos ya y que, por ello, el PSOE no debería "construir una barricada ética” contra un PP chorreante de corrupción, es el canto del cisne de un político aplaudido por su integridad socialista. Lo siento, pero la próxima decisión de los dirigentes del PSOE de facilitar el gobierno de Rajoy no va a ser interpretada como una simple abstención, sino como una auténtica absolución. Por hacerlo tarde y mal. Sobre todo, mal.

 PUBLICADO EN EL DIARIO NORTE

domingo, 9 de octubre de 2016

Algunas lecturas







Aunque la coyuntura política y laboral me está obligando a hacer numerosas lecturas "finalistas", dirigidas a redactar informes, escribir artículos de opinión, preparar cursos o redactar artículos de investigación, no sé vivir sin leer por el simple placer de hacerlo. Así pues, para no perder las buenas costumbres, comparto algunas de estas últimas lecturas, por si a alguien le puede interesar.

Empezamos por El solitario del desierto, de Edward Abbey (Capitán Swing, Madrid 2016).
Ya nos hemos referido en comentarios pasados a Edward Abbey, aunque en su faceta de novelista: hemos hablado de La banda de la tenaza, también de El vaquero indomable y de ¡Hayduke vive!. En el caso de El solitario del desierto nos encontramos con el relato autobiográfico de la época en la que trabajó como guarda forestal en el Parque Nacional de los Arcos, en el sureste de Utah. Leyéndolo, comprendemos mejor los anteriores relatos de ficción: su militante rechazo de esa falsa idea del progreso consistente en permitir que cualquier espacio natural sea accesible para cualquiera utilizando medios mecánicos; su añoranza por las viejas formas de existencia más integradas en la naturaleza, como la de los indios navajos; y, sobre todo, su amor incondicional por los desérticos paisajes del sur de Estados Unidos:

"Agua, agua, agua... No hay escasez de agua en el desierto, sino exactamente la cuantía justa, una proporción perfecta de agua y roca, de agua y arena, que asegura ese amplio, libre, abierto, generoso espaciamiento entre plantas y animales, casas y pueblos y ciudades, que hace el Oeste árido tan diferente de cualquier otra parte de la nación. No hay falta de agua aquí, a menos que intentes emplazar una ciudad donde no debería haber nunca una ciudad".


Seguimos con American Gods, de Neil Gaiman (Roca Bolsillo, Barcelona 2015). Ya hice una referencia a este libro hace algunas semanas. Un relato que permite múltiples lecturas. Lo que más me ha fascinado es su historia de fondo: todos esos viejos dioses que fueron llegando a América del Norte con cada grupo humano que alcanzó sus costas, y que ahora se sientes olvidados y abandonados, sustituidos por las nuevas deidades de la modernidad capitalista:

Resultado de imagen de neil gaiman american gods roca bolsillo—Cuando la gente vino a América nos trajeron con ellos. Me trajeron a mí, a Loki y a Thor, a Anansi y al Dios León, a los leprechauns, a los Cluracans y a las Banshees, a Kubera y a la Madre Nieve, y a Ashtaroth, y también a vosotros. Llegamos aquí en su pensamiento, y echamos raíces. Viajamos con los colonos a las nuevas tierras más allá del océano.
»El país es inmenso. Nuestra gente no tardó en abandonarnos, nos convertimos en un mero recuerdo, en criaturas del Viejo Continente, como si no hubiéramos viajado con ellos hasta el Nuevo Mundo. Nuestros creyentes más devotos pasaron a mejor vida, o simplemente dejaron de creer, y nos abandonaron a nuestra suerte, aterrados y desposeídos, condenados a vivir de los escasos restos de fe que pudiéramos encontrar aquí y allá. Condenados a apañárnoslas como buenamente pudiéramos.
»Y eso es lo que hemos hecho hasta ahora, ir tirando, siempre al margen, intentando pasar desapercibidos.
»Apenas tenemos influencia, afrontémoslo y admitámoslo de una vez. Nos aprovechamos de ellos, les robamos, y así vamos tirando; nos desnudamos, nos prostituimos y bebemos demasiado; ponemos gasolina y robamos; engañamos y existimos en las grietas que hay en los márgenes de la sociedad. Somos viejos dioses en este nuevo mundo sin dioses».
Wednesday hizo una pausa. Miró uno por uno a los que le escuchaban, con la seriedad de un hombre de Estado. Todos le miraban impasibles, sus rostros parecían máscaras completamente inescrutables. Wednesday se aclaró la voz y escupió, con fuerza, en el fuego de la hoguera. Las llamas se avivaron e iluminaron el interior del palacio.
—Ahora, como todos vosotros habréis podido comprobar ya, están apareciendo nuevos dioses en América, que se aferran a nuevas formas de fe: dioses de tarjeta de crédito y de autopista, de Internet y del teléfono, de la radio, del hospital y de la televisión, dioses del plástico, de los buscas y del neón. Dioses orgullosos, criaturas necias y gordas, felices de ser tan novedosos y estar adquiriendo tanta importancia.

La guerra entre los viejos y los nuevos dioses se está preparando. Los humanos ya están notando las consecuencias. Y uno de ellos, Sombra, va a tener un protagonismo especial:

Sombra sintió lástima por todos ellos.
Había arrogancia en los nuevos. Sombra podía verlo. Pero también había miedo.
Tenían miedo de que a menos que siguieran el ritmo del cambiante mundo, a menos que rehicieran, redibujaran y reconstruyeran el mundo a su imagen y semejanza, estarían acabados.
Cada bando se enfrentaba al otro con valentía. Para cada bando, los del bando contrario eran los demonios, los monstruos, los condenados.
Sombra vio que ya había tenido lugar una pequeña escaramuza. Ya había sangre en las rocas.
Se estaban preparando para la auténtica batalla; para la auténtica guerra. Era ahora o nunca, pensó. Si no se
movía ahora, sería demasiado tarde.


También he leído la última novela de Lorenzo Silva, Donde los escorpiones (Destino, Barcelona 2016), protagonizada por los ya familiares investigadores de la Guardia Civil Rubén Bevilacqua y Virgina Chamorro que, en esta ocasión, deben investigar el posible asesinato de un militar español destinado en una base militar internacional en Afganistán.
Se trata, si no me equivoco, de la novena entrega de las historias protagonizadas por la pareja de investigadores. Repleta, como en las anteriores novelas, de referencias a la actualidad, más allá del argumento y la trama criminal que en ella se desarrolla, por otro lado excelentemente bien construida, me ha vuelto a impresionar la humanidad, casi existencialista, que Silva incorpora a todas sus historias:

- Quiénes somos tú o yo para decidir eso, Virgi -dije-. Y menos para decidirlo respecto de gente como esta. De Pascual, de Kate, de Ahmad. O de Jessica o del mismísimo Mircea, que es un cabrón con pintas. Quiénes somos tú o yo para juzgar lo que son y lo que hacen los que han tenido que vivir y salir adelante ahí, donde los escorpiones, adonde fueron a parar por su torpeza o porque alguien los envió, porque no lo pensaron bien ellos o no lo pensaron bien otros. Qué sabemos o podemos saber de cómo se decide o se deja de decidir cuando tienes rota o desencajada la máquina de tomar decisiones.
- ¿Los exculpas?
- No. Todos somos culpables, porque todos existimos, y actuamos sin saber, y siempre nos acabamos llevando por delante algo, o a alguien. Mi duda es otra, hasta dónde pasó lo que pasó porque alguien hizo lo que no debía y alguien necesitó vengarse de la afrenta, o porque los dos habían perdido ya la capacidad de querer y entender a los demás como quiere y entiende al prójimo alguien normal.
- ¿Y quién es normal?
- Nadie, por supuesto. Por eso es mejor que tú y yo nos dediquemos a lo que tenemos que dedicarnos: buscar pruebas para demostrar que se ha producido uno de esos hechos a los que el Código Penal atribuye alguna consecuencia. [...] [Después] es el problema de otros.
- Lo sé. A veces pienso que esa chica tiene razón.
- En qué.
- No arreglamos nada. Creamos una apariencia. Aramos el mar.


El cuarto de los libros es La profundidad del mar amarillo, de Nic Pizzolatto (Salamandra, Barcelona 2015). Aunque publicado en la colección Black de esta editorial, que ya nos ha ofrecido varios títulos más que destacables (entre ellos Galveston, del mismo Pizzolatto), en realidad no se trata de un libro del género "negro", sino de un conjunto de relatos en la línea de los narradores estadounidenses clásicos, como Cheever, Carver o Ford.
Son relatos cortos, en los que se concentra la intensidad de unas vidas casi siempre rotas o sumamente frágiles. "Se dio cuenta de que llevaba toda la vida esperando la oportunidad de cagarla de aquella manera", reflexiona uno de los personajes. Historias de sueños incumplidos, de fracasos, de abandonos. A ratos surrealistas.



Continuamos con una breve novela de tono biográfico de Teju Cole, titulada Cada día es del ladrón (Acantilado, Barcelona 2014). De su anterior y muy celebrada novela, Ciudad abierta, ya nos hicimos eco en este blog.
"En esto consiste ser un extraño, en marcharse y que no quede un vacío", escribe Cole en un momento de la novela  En esta capacidad de construir desde la extrañeza o la extranjería, combinando distancia y cercanía, una plataforma desde la que observar lo mismo su Nigeria de juventud que los Estados Unidos donde vive desde 1992, estriba el mayor atractivo de la escritura de Teju Cole.
Aunque no alcanza la calidad de Ciudad abierta, una lectura más que interesante.



Resultado de imagen de james trump ensayo sobre la imbecilidadTambién he leído un ensayo del filósofo de la Universidad de California Aaron James que lleva por título Trump. Ensayo sobre la imbecilidad (Malpaso, Barcelona 2016). Parece bastante evidente que la manifiesta imbecilidad de Trump es un rasgo de su personalidad que no necesita de confirmación exterior: no hay más que pensar en sus tabernarias, machistas y chulescas afirmaciones sobre las mujeres que acabamos de conocer. Así lo cree, también, James:

Ojo: no estamos preguntando si Trump es o no un imbécil, porque a este respecto parece existir un consenso generalizado (¿o se le ocurre al lector un modo mejor de definirlo con una sola palabra?). De hecho, para muchos de cuantos lo apoyan podría ser éste su mayor atractivo comercial.  La pregunta es, más bien, qué clase de imbécil podría lograr una hazaña similar de un modo tan espectacular. O sea: se trata de una cuestión de "imbecilogía". Entre las muchas especies que pueblan el ecosistema de los imbéciles, ¿a cuál pertenece Trump con exactitud?

Pero el caso es que, como advierte el autor, en determinadas circunstancias ser ese imbécil que es Trump puede ser una baza política. Por eso, más allá de este caso en particular, el ensayo de James nos ofrece algunas pistas interesantes para reflexionar sobre un fenómeno más general:

La ascensión de Trump encaja con tendencias más amplias en una globalización del sálvese quien pueda que ha alzado a posiciones de relieve a dirigentes populistas en toda Europa, impulsados por la nostalgia nacionalista, las reivindicaciones de clase y la inseguridad económica.


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Y termino con la última y ya muy comentada novela de Fernando Aramburu, Patria (Tusquets, Barcelona 2016). Lo diré en pocas palabras: se trata de una novela que tenemos la obligación de leer. No alcanza, en mi opinión, la capacidad de sacudir mi conciencia que tuvo (y tiene) Los peces de la amargura, pero contiene escenas y personajes de una enorme intensidad dramática. Inolvidable esa poderosa Arantxa que, desde su desvalimiento sólo físico, le suelta a un atormentado Xabier: "Si te da un ictus nos casamos".
Será una lectura incómoda. Nadie saldrá de este libro indemne. En ocasiones puede hasta disparar la protesta: no fue así, o no sólo fue así, o no todo fue así. Por ejemplo, y lo referencia porque ya hablamos de ello aquí: ¿hay que volver a insistir (p. 462) en el supuesto silencio cómplice, por cobardía o por clientelismo, de los escritores en euskera?
Pero lo dicho: una novela que todas y todos deberíamos leer.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Frankenstein en Ferraz



“Una desapacible noche de noviembre contemplé el final de mis esfuerzos. Con una ansiedad rayana en la agonía, coloqué a mi alrededor los instrumentos que me iban a permitir infundir un hálito de vida a la cosa inerte que yacía a mis pies. Era ya la una de la madrugada; la lluvia golpeaba las ventanas sombríamente, y la vela casi se había consumido, cuando, a la mortecina luz de la llama, vi cómo la criatura abría sus ojos amarillentos y apagados. Respiró profundamente y un movimiento convulsivo sacudió su cuerpo. ¿Cómo expresar mi sensación ante esta catástrofe, o describir el engendro que con tanto esfuerzo e infinito trabajo había creado?".

Las palabras con las que se abre el capítulo 4 de la imprescindible novela de Mary Shelley, Frankenstein, o el moderno Prometeo, nos ofrecen la clave interpretativa que da sentido, sentido profundo, a la coyuntura que hoy vive el PSOE. En resumen: un ser creado de la nada que acaba autonomizándose y enfrentándose a los designios de su creador.

No pongo en duda los valores y las capacidades que posee Pedro Sánchez. Diré más: son muchas sus características personales que hacen de él un más que decente líder político. Pero este potencial ha sido, en todo caso, un descubrimiento sobrevenido. No han sido estos valores, desconocidos en aquel momento, los que le propulsaron hasta la secretaría general del PSOE. Pedro Sánchez resultó ganador en aquellas primarias de junio de 2014 exclusivamente como resultado de una operación concertada de los aparatos federal y autonómicos del partido socialista. En el gabinete del doctor Frankenstein de Ferraz, distintos grupos de poder acordaron activar la hidráulica del partido para elevar a Pedro Sánchez hasta la secretaría general. ¿Por qué razón? Lo ignoro. La fontanería política nunca ha sido mi fuerte.

Pero una cosa me parece indiscutible: en unas primarias realmente abiertas, libres, transparentes, sin intromisiones ni “sugerencias” aparatistas, un absoluto desconocido como Pedro Sánchez jamás hubiese podido derrotar a Jose Antonio Pérez Tapias ni, sobre todo, a Eduardo Madina. Como informaba por aquellos días EL DIARIO, Sánchez recibió 14.389 avales en Andalucía, frente a 2.698 de Madina y 2.129 de Pérez Tapias; y sólo en Sevilla Sánchez fue avalado por 4.598 afiliados, mientras que Madina recogió 485 y Pérez Tapias 268. ¿Simple entusiasmo militante? No se lo cree nadie.

Recordemos lo que ocurrió con aquellas primarias en Euskadi, más concretamente en Gipuzkoa. En Bizkaia Eduardo Madina, con 828 votos (45,17% del total), superó a Pedro Sánchez (671 votos, el 36,61%). Pero en Gipuzkoa, territorio que representa la quintaesencia del PSE rocoso, controlado, organizado, con una participación del 76,57%, se impuso Sánchez por 867 votos (71,71%) frente a 221 (18,28%) de Madina. ¡En Gipuzkoa! Hablamos de Eduardo Madina: vasco, joven, víctima de ETA; con un discurso propio, sólido; todo menos victimista, conciliador, razonable. De nuevo, nadie puede creerse que su derrota frente a Sánchez fuera resultado de la simple decisión de las afiliadas y afiliados socialistas.

El PSOE lleva mucho tiempo haciendo experimentos similares a los del doctor Frankenstein. Casi siempre los ha llamado “primarias”. Ya ocurrió con Borrell y Almunia, o con Gómez y Trinidad Jiménez en Madrid. Infundir un hálito de vida en una criatura inerte, construir un candidato o candidata con trozos de aparato, de poder local, de intereses cortoplacistas, y luego controlarlo. Pero a veces, como nos advierte Mary Shelley, la criatura se autonomiza y decide que quiere vivir por sí y para sí misma. Incluso aunque, para lograrlo, tenga que morir matando.

Publicado en EL DIARIO NORTE