jueves, 29 de septiembre de 2016

Frankenstein en Ferraz



“Una desapacible noche de noviembre contemplé el final de mis esfuerzos. Con una ansiedad rayana en la agonía, coloqué a mi alrededor los instrumentos que me iban a permitir infundir un hálito de vida a la cosa inerte que yacía a mis pies. Era ya la una de la madrugada; la lluvia golpeaba las ventanas sombríamente, y la vela casi se había consumido, cuando, a la mortecina luz de la llama, vi cómo la criatura abría sus ojos amarillentos y apagados. Respiró profundamente y un movimiento convulsivo sacudió su cuerpo. ¿Cómo expresar mi sensación ante esta catástrofe, o describir el engendro que con tanto esfuerzo e infinito trabajo había creado?".

Las palabras con las que se abre el capítulo 4 de la imprescindible novela de Mary Shelley, Frankenstein, o el moderno Prometeo, nos ofrecen la clave interpretativa que da sentido, sentido profundo, a la coyuntura que hoy vive el PSOE. En resumen: un ser creado de la nada que acaba autonomizándose y enfrentándose a los designios de su creador.

No pongo en duda los valores y las capacidades que posee Pedro Sánchez. Diré más: son muchas sus características personales que hacen de él un más que decente líder político. Pero este potencial ha sido, en todo caso, un descubrimiento sobrevenido. No han sido estos valores, desconocidos en aquel momento, los que le propulsaron hasta la secretaría general del PSOE. Pedro Sánchez resultó ganador en aquellas primarias de junio de 2014 exclusivamente como resultado de una operación concertada de los aparatos federal y autonómicos del partido socialista. En el gabinete del doctor Frankenstein de Ferraz, distintos grupos de poder acordaron activar la hidráulica del partido para elevar a Pedro Sánchez hasta la secretaría general. ¿Por qué razón? Lo ignoro. La fontanería política nunca ha sido mi fuerte.

Pero una cosa me parece indiscutible: en unas primarias realmente abiertas, libres, transparentes, sin intromisiones ni “sugerencias” aparatistas, un absoluto desconocido como Pedro Sánchez jamás hubiese podido derrotar a Jose Antonio Pérez Tapias ni, sobre todo, a Eduardo Madina. Como informaba por aquellos días EL DIARIO, Sánchez recibió 14.389 avales en Andalucía, frente a 2.698 de Madina y 2.129 de Pérez Tapias; y sólo en Sevilla Sánchez fue avalado por 4.598 afiliados, mientras que Madina recogió 485 y Pérez Tapias 268. ¿Simple entusiasmo militante? No se lo cree nadie.

Recordemos lo que ocurrió con aquellas primarias en Euskadi, más concretamente en Gipuzkoa. En Bizkaia Eduardo Madina, con 828 votos (45,17% del total), superó a Pedro Sánchez (671 votos, el 36,61%). Pero en Gipuzkoa, territorio que representa la quintaesencia del PSE rocoso, controlado, organizado, con una participación del 76,57%, se impuso Sánchez por 867 votos (71,71%) frente a 221 (18,28%) de Madina. ¡En Gipuzkoa! Hablamos de Eduardo Madina: vasco, joven, víctima de ETA; con un discurso propio, sólido; todo menos victimista, conciliador, razonable. De nuevo, nadie puede creerse que su derrota frente a Sánchez fuera resultado de la simple decisión de las afiliadas y afiliados socialistas.

El PSOE lleva mucho tiempo haciendo experimentos similares a los del doctor Frankenstein. Casi siempre los ha llamado “primarias”. Ya ocurrió con Borrell y Almunia, o con Gómez y Trinidad Jiménez en Madrid. Infundir un hálito de vida en una criatura inerte, construir un candidato o candidata con trozos de aparato, de poder local, de intereses cortoplacistas, y luego controlarlo. Pero a veces, como nos advierte Mary Shelley, la criatura se autonomiza y decide que quiere vivir por sí y para sí misma. Incluso aunque, para lograrlo, tenga que morir matando.

Publicado en EL DIARIO NORTE

4 comentarios:

Óscar Rodríguez Vaz dijo...

Te veo en forma, profesor

Imanol dijo...

No creas, sólo por fuera. Por dentro un poco menos.
Tú también has estado bien: http://oscarrodriguezvaz.blogspot.com.es/2016/09/es-la-hora-del-psoe.html

Antonio Machado Gramsci dijo...

Excelente análisis y narración, a la altura de la Shelley, Imanol

Imanol dijo...

A la altura de Shelley imposible, Antonio. Simplemente, a su sombra.
Pero sí, creo que su relato nos permite ilustrar los problemas que se derivan de este afán de los aparatos por controlar la vida. Tal vez hace unos años esto era posible, aunque no fuera positivo; pero me parece que ya no: que la vida política se ha vuelto tan compleja e incierta que su control aparatero se ha vuelto imposible.
Salud.