domingo, 29 de octubre de 2023

Una vida de tres perros

Abigail Thomas
Una vida de tres perros
Traducción de Regina López Muñoz
Errata Naturae, 2023

"Necesitarás tres perros, uno de los cuales habrá captado un aroma interesante que entra flotando por la ventana del segundo piso. Es una sabuesa. Todos lo son, y los cuatro dormís juntos en una cama de matrimonio. Cuando abras los ojos (su aliento caliente y perruno en tu cara), te estará mirando con tal intensidad que te dará la risa. Te pondrás la ropa de ayer (oportunamente tirada en el suelo) y bajarás sin tropezar con Rosie ni con Harry ni con Carolina, todos ellos rozándote los pies. Cuando abras la puerta de la cocina, saldrán disparados al jardín y se pondrán a cazar al instante, con la nariz pegada al suelo, a un animalillo cuya cola zigzagueante parece un electrocardiograma. Saldrás tras ellos al césped verde y mojado. Estarás al aire libre y serán las cinco de la mañana".


Así empieza el capítulo titulado "Cómo ahuyentar la melancolía" y es una excelente muestra del tono y contenido del libro. Un libro de memorias en el que la autora comparte una historia, la suya, realmente trágica, pero que Abigail Thomas afronta con una actitud admirable en la que el amor y el humor se convierten en recursos esenciales para dar sentido a esa tragedia.
 
La historia comienza cuando su marido, Rich, fue atropellado por un coche una noche en la que paseaba a su perro, Harry, en las inmediaciones de su domicilio en Manhattan. El resultado fue un gravísimo traumatismo cranoencefálico que acabó provocándole una demencia prematura. Precisando atención especializada en todo momento, Rich acaba ingresado en una residencia y Abigail Thomas se traslada desde Manhattan a un pequeño pueblo cercano, para estar cerca.

La autora no oculta ni edulcora una experiencia que es terrible: "Algo se detuvo el 24 de abril de 2000. Nuestros años en común se terminaron, nuestro futuro en común cambió". La dureza de cuidar de su marido, la difícil decisión de ingresarlo en una residencia ("¿Qué clase de mujer era? ¿Qué pasaba con mis votos matrimoniales?"); las visitas de los miércoles y la rutina, emocionalmente agotadora, de sacar a Rich de la residencia cada fin de semana y la dolorosa operación de llevarlo de vuelta ("Que cómo meto a mi marido en el coche? Con embustes"); la aceptación de que ella seguía siendo una persona autónoma, con sus propias necesidades, con su propia vida, a la que no podía ni debía renunciar: “¿Qué nivel de exigencia nos imponemos las mujeres? Después de todos estos años, por fin logro pronunciar las palabras «quiero vivir mi vida» sin sentirme ni un monstruo ni una egoísta, ni una cobarde”.
 
Sin embargo, el relato transmite belleza, esperanza y alegría. No habría sido lo mismo, seguro, si en su vida no hubieran estado presentes, muy presentes, Carlina, Rosie y Harry:
 
"De un tiempo a esta parte sólo hablo de perros. [...] A veces detecto una pausa brevísima antes de que mi interlocutor cambie de tema con un murmullo y acto seguido recuerde que tenía un recado pendiente. Pero mis perros me hacen reír, me dan consuelo y nunca me aburro de ellos. Cuando la cabeza de Rosie descansa en mi hombro, Harry se hace hueco en mi costado izquierdo y Carolina se acurruca como una prenda doblada en una lavandería china, tan pequeña y pulcra, soy plenamente feliz".

Una historia luminosa.
 

domingo, 22 de octubre de 2023

Circular Saldropo, Atxuri, Arralde, Bastelarra, hayedo de Otzarreta, Saldropo

Mañana plenamente otoñal, tanto que ni siquiera era consciente de lo oscuro que iba a estar al llegar tan temprano al parking de Saldropo. Un amistoso caballo me ha hecho compañía hasta que he podido empezar a caminar sin arriesgarme a un tropezón.

Mi intención para esta mañana: atravesar el paso de Atxuri, pasar por la cumbre homónima, seguir hasta Arralde y volver a Saldropo pasando por el hermoso hayedo de Otzarreta. La subida hasta el paso de Atxuri es empinada y embarrada, pero muy chula.

El paso de Atxuri es nuestra Faja (más bien Fajita) de las Flores. Nada que ver con la impresionante ruta en el valle de Ordesa, pero aún así no deja de tener su magia.




El Gorbea desde lo alto del paso de Atxuri. Hacía frío.
Desde el paso, la hondonada de Arraba y la peña Lekanda.
En esa dirección está el buzón del Atxuri y el camino hacia el Arralde.
Atxuri (936 m.). Al fondo, sierra de Anboto.
Lekanda desde Atxuri.
El camino no tiene pérdida, se trata de avanzar lo más cerca posible del cortado. Pero no hay un sendero marcado y el terreno es muy incómodo, karst y maleza, lo que exige prestar mucha atención.
Gorbea y Aldamin.
Arralde (945 m.). Al fondo, el embalse de Ulibarri-Gamboa.
Gorbea, Aldamin y Lekanda desde Arralde.
Desde Arralde he vuelto unos metros sobre mis pasos para descender por el paso de Arralde, un corto destrepe que me ha permitido llegar rápidamente al collado Bastelarra y subir a la cumbre del mismo nombre (864 m.).
Nunca había estado por aquí. Desde Bastelarra he descendido sin sendero claro hasta un camino que, tras un par de vueltas y algunas dudas, me ha dejado en la pista que lleva hasta Otzarreta y Saldropo.
Hayedo de Otzarreta. Es mucho más hermoso de lo que las fotografías pueden mostrar.
El retorno desde Otzarreta a Saldropo se hace por una pista asfaltada que permite a los vehículos rodados acceder a sendos parkings. Es un camino monótono y con mucha circulación, aunque las vistas del Gorbe y Lekanda son una preciosidad.
Arralde desde el parking de Saldropo.
Y Atxuri, desde el mismo parking.