viernes, 14 de agosto de 2020

La Tuda y Alto de Arbillos

Esta mañana hemos salido de Otero de Guardo (1.159 m.) a las 9:15 h. con la intención se subir hasta La Tuda o Peña de Orvillo (1.964 m.) y el Alto de Arbillos (1.978 m.). Éramos un buen grupo: Naia, Irati, Inés, Maite, Garbi, Josean, Fernando y yo. Si seguimos así acabamos organizando un grupo de montaña en el pueblo. Como en otras ocasiones, la ruta está perfectamente explicada en la guía de David Villegas y Vidal Rioja Ascensiones en la Montaña Palentina. Puede verse el relato de una ascensión anterior AQUÍ.

Saliendo de Otero, desde el frontón, por una pista de cemento entre árboles y muretes de piedra.
  
Se asciende dejando siempre a la derecha un cantarín arroyo. También a la derecha dejaremos las dos últimas (y más elevadas) edificaciones del pueblo. Tras vadear el arroyo el paisaje se ensancha y ya está La Tuda a la vista.
 
Mirada hacia atrás, con el embalse de Compuerto, la Sierra del Brezo y las Peñas Mayores de Guardo y Velilla.
 
El camino es a ratos confuso, sobre todo cuando se adentra por un terreno de brezales cerrados (fotos en el descenso) a partir de un collado donde se nos aparecen de frente Espigüete y Curavacas; pero con un poco de atención no hay problema.
El grupo llegando a la cima de La Tuda, coronada por los espectaculares "tios pinaos", cuatro torres de piedra cuyo origen no he podido descubrir.

Cumbre de La Tuda y sus "tíos pinaos". Hemos llegado a las 11:15 h. Utilizo una fotografía tomada en una ascensión anterior. En la mayoría de las fotos que he sacado hoy aparecen (contentas y contentos por la ascensión pero un poco quejicas por los arañazos en las piernas al atravesar los brezos) mis compañeras y compañeros de excursión y, aunque salen bien guapas y guapos en las fotos, no es cosa de vulnerar su derecho a la propia imagen.

Por cierto, Mikel nos apostó (no recuerdo qué: ¿una cena para todas donde Tere, Mikel?) que no llegaríamos: él lo ha intentado dos veces este mes y se ha quedado atrapado entre las escobas y los brezos. Pues eso...

 

En el horizonte asoman los Picos de Europa.

 Espigüete y Curavacas.

 Embalse y pueblo de Riaño.

Alto de Arbillos, desde La Tuda. Hay que descender hasta el amplio collado de Arbillos.

Bajando, otra torre de piedras.

Omito la foto de la cumbre del Alto de Arbillos, por lo anteriormente dicho. Hemos salido de La Tuda a las 11:40 y hemos llegado a Arbillos a las 12:10 h.

El descenso lo hemos hecho por el mismo camino.

 
Ya se ve Otero.
La Tuda, con su característico "cráter" (en realidad son tres, en otras tantas vertientes de la montaña). En la guía de Villegas y Rioja se indica la posibilidad de que esta singular formación tenga que ver con la práctica minera que los antiguos romanos denominaban ruina montium, cuyo ejemplo más espectacular son Las Médulas.

 

 Llegando a Otero hemos cedido el paso a una tranquila víbora.


Hemos llegado a los coches a las 13:50. En total hemos hecho unos 15 km y un desnivel acumulado de unos 830 m.

martes, 11 de agosto de 2020

Las montañas de la mente

Robert Macfarlane
Las montañas de la mente
Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Penguin Random House, 2020


“En última instancia, y muy importante, las montañas aceleran nuestro sentido de lo admirable. El auténtico beneficio de las montañas no es que nos propongan un reto o una competición, algo que haya que superar y dominar (aunque es la razón por la que muchos se han acercado a ellas). Es que ofrecen una cosa más amable e infinitamente más poderosa: nos preparan para creer en las maravillas, tanto si se trata de los oscuros remolinos que forma el agua bajo una capa de hielo como si es el tacto de los suaves tepes de musgo que nacen en la cara de sotavento de los peñascos y los árboles”.


En La Montaña Análoga (Alfaguara, 1982. Traducción de Carmen Santos), de René Daumal describe el viaje de un grupo de hombres y mujeres a la búsqueda de una montaña mítica, de la montaña simbólica por excelencia, que caracteriza así: “Para que una montaña pueda jugar el papel de Montaña Análoga, es imprescindible que su cúspide sea inaccesible pero que su base sea accesible a los seres humanos tal como han sido creados por la naturaleza. Ha de ser única y tiene que existir geográficamente. La puerta de lo invisible debe ser visible”. El libro de Robert Macfarlane es una fascinante exploración de este carácter simbólico de las montañas, que resume con una fórmula tan sintética como acertada: “Así pues, las montañas son en realidad producto de una colaboración entre la forma física del mundo y la imaginación humana: las montañas de la mente”.

Las montañas, en su forma y composición físicas, siempre han estado ahí; pero nuestra relación con ellas ha variado en el tiempo. No fue hasta la segunda mitad del siglo XVIII cuando las mismas características que habían mantenido a la mayoría de las personas alejadas de las grandes montañas (su apabullante orografía, su distanciamiento geográfico, su soledad y salvajismo, los múltiples peligros asociados a ellas) se convirtieron en cualidades ampliamente destacadas por artistas, científicos y, posteriormente, mujeres y hombres que empezaron a recorrer sus sendas, a pisar sus glaciares y a coronar sus cimas.

Macfarlane nos invita con este libro (“En realidad, no es un libro sobre montañismo sino un libro sobre la imaginación”) a realizar un viaje tan entretenido como documentado por el cambiante mundo sentimental (aunque profundamente engarzado en los avances de la ciencia geológica) que llevó a despertar en Europa un amor tal por las altas cumbres que convirtió a quienes se atrevían a intentar hollarlas, arriesgando para ello sus vidas, en auténticos héroes populares.

El autor señala el famoso cuadro del pintor romántico alemán Caspar David Friedrich, Viajero sobre el mar de nubes, pintado en 1818, como la mejor expresión de ese nuevo “culto a las cumbres” que alcanzará su apogeo en la primera mitad del siglo XIX y que culmina con la mortífera pasión de George Mallory por el Everest.

Él mismo montañero, Macfarlane consigue hacernos disfrutar tanto cuando, en el capítulo 8, disecciona la malograda historia del citado Mallory, como cuando se refiere a los relatos de los primeros viajes por las montañas en los siglos XVII y XVIII o cuando describe los debates científicos entre “uniformistas” y “catastrofistas” sobre la formación física de la Tierra, y de las montañas en particular.

Un libro enormemente sugerente, muy recomendable. Con el plus de haberlo leído casi a los pies de mi particular Montaña Análoga.


lunes, 10 de agosto de 2020

Las Amondas, Coto Las Guerras, Peña María y Peña de la Dehesa

Esta mañana he salido de Triollo (1.301 m.) a las 8:05 h. siguiendo la pista que, pasando junto al refugio de Los Eros, asciende hasta las antiguas minas de Valdetriollo (1.778 m.), a donde he llegado a las 9:25 h. En otras ocasiones he hecho este camino para subir al Coto Blanco o al Alto del Tejo. En esta ocasión he girado hacia las bocaminas para hacer cumbre en Las Amondas (o Almondas, 1.888 m.), cuyas tripas agujereaban en otros tiempos las galerías ahora cegadas. Eran las 9:55 h. cuando pisaba su insulsa cumbre.

Mayor atractivo tienen las tres cimas a las que me he dirigido a continuación: Coto Las Guerras (1.871 m.), Peña María (1.881 m.) y Peña de la Dehesa (1.744 m.). Las tres son cumbres rocosas y escarpadas, que hacen que la ascensión sea muy entretenida. A la primera he llegado a las 10:15 h. (y me he detenido diez minutos sacando fotos y comiendo algo de fruta), a la segunda a las 10:55 h. y a la tercera a las 11:25 h.; en estas dos últimas cumbres había miles de moscas, por lo que he salido por piernas tras sacar la foto de rigor.

El descenso desde Peña de la Dehesa hasta Triollo, al menos el que yo he hecho, es confuso (muy empinado y sin sendero evidente) pero no tiene pérdida, ya que siempre tenemos las casas de Triollo a la vista. He terminado de andar a las 12:35.

La ruta está excelentemente descrita en el libro Ascensiones en la Montaña Palentina.

 Coto Las Guerras, Peña María y Peña de la Dehesa.

 
Empezando a caminar por el valle, Peña de la Dehesa se destaca como si fuera mucho más elevada de lo que en realidad es.

 
Coto Blanco y Coto Negro.
 
La pista asciende bajo las dos peñas (Dehesa y María). La vuelta la haré por arriba.
 
Refugio de Los Eros (1.524 m.), bajo Peña María.
 
Minas de Valdetriollo.

 
 
 Para llegar hasta ellas, desde la majada de la Fuente Las Cárcavas, donde se encuentran las ruinas de un chozo, un leve sendero nos permite superar con facilidad la amplia vaguada formada por el arroyo de Valdetriollo. La foto está tomada desde el sendero en dirección al chozo y a la pista por la que he subido.
 
Alto del Tejo desde la cumbre (redondeada y herbosa) de Las Amondas.
 Coto Blanco y, asomando por el collado de las Sobadinas (1.921 m.), el Pico Murcia.

 
Curruquilla y Curavacas.
 
El Coto Las Guerras, siguiente destino.
Subiendo al Coto Las Guerras.
Peña María desde la cumbre del Coto.
 
Llegando a la cumbre.
 Peña de la Dehesa desde Peña María

Hay algún hito, pero sin sendero claro.
 
Mirada hacia Peña María.

Peña María desde la cumbre de Peña de la Dehesa.

 

 Ahora toca bajar hasta Triollo.

El descenso es muy pronunciado.

Superada la zona más complicada, ya solo queda caminar entre  campas hasta Triollo.
 
 Ha habido ocasión para disfrutar de la fauna, aunque bastante esquiva.