domingo, 12 de enero de 2014

La paz era esto

Resulta que la paz era esto: que ETA deje de amenazar, coaccionar, amedrentar y asesinar. Cuanto antes lo asumamos, mejor. ¿Tantos años de dolor y sufrimiento para esto? Pues sí. Sólo en el ámbito de la fe el sufrimiento tiene un sentido, y este puede ser inteligible, y hasta positivo. En el ámbito de la historia, el sufrimiento es simplemente eso: sufrimiento. Casi siempre innecesario, y por lo mismo radicalmente injusto. Eso es lo que ha sido la historia de ETA: un juego de lágrimas. Malkoz malko.
Hace ya tiempo que vengo reivindicando el valor de la paz, así, sin adjetivos. De esa paz humilde que consiste en la ausencia de violencia organizada ejercida contra la vida y la integridad física de las personas. Esa paz que, desde Galtung , el pacifismo crítico siempre ha ninguneado, considerándola poca cosa. Lo mismo ha hecho, por cierto, el constitucionalismo cítrico: ¿buscar la paz? ¡qué ordinariez! Ya se sabe: “necesaria, pero no suficiente”, frase típica de quienes, teniendo garantizadas sus necesidades, se permiten el lujo de minusvalorarlas. Porque se dan por supuestas. Como el respirar, vamos: necesario pero no suficiente. Como el comer. Como el votar, el leer, el vivir en un régimen de derechos y libertades… cosas necesarias (en un sentido banal) pero radicalmente insuficientes (y por ello, prácticamente despreciables).
Publicado en EL DIARIO NORTE11/01/2014 - 20:57h

Memoria histórica

“Algunos se han acordado de sus padres parece ser cuando había subvenciones para encontrarlo [...] Imagínese usted, don Antonio, que en Europa, verdad, que ha habido cien millones de muertos, se dedicaran los gobiernos a pedirle al gobierno de al lao [sic] que levantaran las cunetas, las carreteras, a encontrar los muertos de sus soldados…”.
Rafael Hernando. portavoz del Partido Popular en el Congreso de los Diputados.

¿Habrá leído el infame Hernando el reportaje de Juan Gómez en EL PAÍS de hoy, titulado "Una deuda con Oradour-sur-Glane"El reportaje empieza así:
En junio se cumplirán 70 años desde que la división blindada Das Reich de la Waffen-SS perpetró, en la localidad francesa de Oradour-sur-Glane, uno de los peores crímenes en la sangrienta hoja de servicios del brazo militar de la SS nazi. Werner C. tenía entonces 19 años y hoy es un carpintero jubilado que ha vivido tranquilamente hasta que, esta misma semana, la Fiscalía de Dortmund presentó cargos penales contra él por su presunta participación en aquella masacre de 642 civiles franceses. El octogenario veterano ha admitido que estuvo en el pueblo, pero dice que aquel día le tocó montar guardia junto a los vehículos de los verdugos. Los fiscales creen, en cambio, que participó directamente en el ametrallamiento de 25 hombres y que colaboró en la matanza de cientos de mujeres y niños. Las autoridades judiciales alemanas investigan, además, a otros cinco camaradas suyos alemanes y a un sexto que vive en Austria.Todos rondan los 90 años de edad.


Si, en el lenguaje tabernario y chuleta del portacoz del PP, al que mete la mano "se le cortan los atributos", ¿no habría que cortarle algo al que, como es su caso, mete la lengua en un charco inmoral? No digo los atributos, ni tan siquiera esa lengua emponzoñada. ¿El acceso a la portavocía, por lo menos?


En el blog Sin casaca encontramos un excelente comentario sobre los esfuerzos que Europa y Estados Unidos dedican a localizar, exhumar, enterrar dignamente y recordar a las víctimas, militares y civiles, de la II Guerra Mundial..

sábado, 11 de enero de 2014

Movilización ciudadana y cambio sociopolítico

Animosamente, las compañeras y compañeros de Izquierda Socialista de Madrid impulsan la revista digital ARGUMENTOS SOCIALISTAS. Para su último número me pidieron una reflexión sobre movimientos sociales y cambio sociopolítico.
La revista completa puede leerse aquí. Mi artículo está en las páginas 30-35.
También es posible leer la revista en formato “hojeable”:  http://joom.ag/5QKX

lunes, 6 de enero de 2014

Seguidos

SEGUIDOS
Will McIntosh
Zombies, Antología de J.J. Adams, Planeta, Barcelona 2011, pp. 541-552 [fragmento]


Se acercaba por la acera tambaleándose como cualquier otro cadáver; el vaivén de su cuerpo era inconfundible entre los an­dares fluidos y las zancadas firmes de los vivos. Tenía seis o siete años y rasgos sudasiáticos, quizá indios, y llevaba la ropa hara­pienta cubierta de barro endurecido. El resto de los peatones la eludían con indiferencia. Apenas pensé en ella. Me imaginé que la persona a la que seguía se habría subido a un coche, dejándola abandonada en la calle, y ella intentaba alcanzarla con esa perseverancia característica de los cadáveres.
Era una larde de verano. Me había acercado al centro y estaba sentado en la terraza de la cafetería Jittery Joe. Todavía quedaban algunas semanas para el inicio del semestre de oto­ño, de modo que estaba relajado, sin prisas, no tenía que ir a ningún lado.
Regresé al manuscrito que estaba leyendo y no volví a pen­sar en el cadáver hasta que advertí que había entrado en mi radio de visión periférica. Se había detenido justo delante de mi mesa. Levanté la mirada hacia la niña, me volví atrás un instante y volvía a mirarla. Entonces me di cuenta. El cadáver estaba mirándome a mí con una mirada perdida en sus apaga­dos ojos castaños, como si estuviera reclamándome. Pero no podía ser. Esperé a que reanudara la marcha. No lo hizo. Alcé la taza de café, la dejé suspendida en el aire a mitad de camino de la boca y la deposité de nuevo en la mesa, con la mano tem­blorosa.
La mujer que ocupaba la mesa contigua a la mía, con un vestido verde de hilo y reposando los pies sobre una silla vacía, me miró por encima de su periódico con un desdén nada disi­mulado hasta que nuestras miradas se encontraron y devolvió la atención al diario.
Me levanté titubeando, la silla metálica rechinó al arañar el pavimento, y el café, que había dejado casi intacto, salpicó la mesa. Me alejé a pie por la acera.
Me escondí en el anonimato de mi coche aparcado y maté el tiempo en el interior del vehículo, vigilando por el espejo retrovisor interior los movimientos del cadáver, que camina­ba hacia mí dando bandazos. Quizá se trataba de un error, de un malentendido... quizá la niña pasaría de largo y seguiría caminando. Mi Volvo Creen era un automóvil que funciona­ba con bioetanol, ¡maldita sea!, era el coche menos contami­nante que podía permitirme, y para nada era un chupagasolina de esos que conducían la mayoría de los imanes de cadáve­res. ¿Cómo era posible que se me hubiera enganchado un muerto? Subí la ventanilla y esperé a ver si me adelantaba y dejaba atrás mi coche.
Oía cada vez más cerca sus piececitos arrastrándose por el pavimento, hasta que finalmente se detuvo a un metro escaso de mi puerta, se volvió y me miró. Tenía la cara redonda de un bebé, y su barbilla era un minúsculo nudo debajo de la boca abierta y flácida. Era tan pequeña...
Puse el coche en marcha y aceleré, y a punto estuve de golpear otro vehículo. Mientras me alejaba no aparté la vista del cadáver reflejado en el retrovisor lateral, que avanzaba dan­do tumbos por la acera, cumpliendo pacientemente las indica­ciones de cualquiera que fuera el rastreador que utilizaran los muertos para localizar a aquellos a quienes reclamaban.
  
Cada varios minutos apartaba la cortina para ver si venía. Final­mente apareció, caminando con la cabeza gacha por un lado de la carretera. Giró para tomar la entrada a mi garaje. Se gol­peó los dedos del pie contra el leve desnivel de asfalto y se tambaleó, aunque recuperó su frágil equilibrio. Subió trabajo­samente con el cuerpo rígido los tres escalones que conducían a la puerta de mi casa y se detuvo. Yo solté la cortina, me levan­té y eché el cerrojo a la puerta.
Llamé por teléfono a Jenna.
-Me sigue un cadáver -le dije en cuanto descolgó.
-¡Madre mía, Peter! -exclamó Jenna. Hubo un silencio prolongado-. ¿Estás seguro?
-¡Por Dios! -respondí con un gemido-. La tengo delante de la jodida puerta de casa. Estoy más que seguro de que es mío.
-No lo entiendo. Tú no mereces que te siga un cadáver.
-Lo sé. Dios santo, no puede ser cierto. Simplemente no puede ser cierto.
Jenna me consoló apelando a las evidencias y recitándome todas las cualidades que me distinguían de otros propietarios de cadáveres. Luego cambió de tema, pero yo no estaba de humor para hablar de intrigas universitarias ni para nimieda­des del tipo «¿qué tal tu día?», así que quedamos para cenar y colgué.
Encendí el televisor para distraerme. Repasé el mercado de valores. El Dow Jones estaba casi al tres por ciento y el NASDAQ al dos. Cambié al canal de noticias. La presidenta estaba ofre­ciendo una conferencia de prensa en un campo de molinos de viento recién levantados en la que exponía los motivos de su decisión de no suscribir los acuerdos del III Protocolo de Kyoto.
-Estamos haciendo todo lo posible para frenar el calenta­miento global -afirmaba ante las cámaras-, pero no cederemos a las presiones extranjeras. El estilo de vida norteamericano es innegociable y «bla, bla, bla...».
Aun con las cámaras de televisión enfocándola desde los mejores ángulos, podía verse varios centenares de sus cadáve­res detrás de la falange de agentes del servicio secreto embuti­dos en trajes azules que la acordonaban. El cadáver de un niño negro de unos cuatro o cinco años, escuálido y con la barriga hinchada como si se hubiera escondido una pelota bajo la piel se coló por un hueco y enfiló hacia la presidenta, pero un agen­te tiró de él y lo devolvió a la muchedumbre, con delicadeza, eso sí, pues la Administración no tenía ningún deseo de conce­der más munición a Amnistía Internacional.
Traté de encontrar consuelo en los cadáveres de la presi­denta. Ella tenía ocho o nueve mil, apilados en filas de veinte cuerpos flanqueando las entradas a la Casa Blanca, y diaria­mente llegaban más. Yo sólo tenía uno. 

sábado, 4 de enero de 2014

Jabalíes


Poco a poco, a fuerza de patear cimas y valles, bosques y prados, va surgiendo la oportunidad de observar en su ambiente natural a las distintas especies de animales que viven en la Montaña Palentina. Más difícil resulta poder fotografiarlos. Pero también esto va siendo posible.






¡Con todo lo que he disfrutado con los documentales y las publicaciones de Félix Rodríguez de la Fuente!

EL JABALÍ - CUADERNOS DE CAMPO - Nº 5 - FÉLIX RODRÍGUEZ DE LA FUENTE (Libros de Lance - Ciencias, Manuales y Oficios - Biología y Botánica)

miércoles, 1 de enero de 2014

Dos escenas de montaña

El domingo amaneció helado -el termómetro colocado junto a La Olma marcaba 5 bajo cero- pero la luz que se proyectaba desde el este prometía un día soleado.
Calzado con las raquetas, la ascensión hasta el Lago de las Lomas resultó ser una delicia. La nieve estaba dura, durísima, pero la progresión fue rápida y cómoda.

Las Agujas de Cardaño, siempre espectaculares, brillaban sobre un fondo de brillante azul. Al rgresar a casa recuerdo y busco un fragmento de La vida simple, de Sylvain Tesson, que parece escrito precisamente para reflejar este momento: "A mil metros de altura, trepo por las aristas rocosas que flanquean las vaguadas. El dentado de las dorsales graníticas se recorta sobre el lago. Algunos de mis amigos viven sólo para eso: para alcanzar alturas donde el aire pica en la nariz, para vivir suspendidos entre el cielo y la tierra, en un reino de formas abstractas, sin olor. Cuando bajan a los valles, la vida les parece oler mal. En la ciudad, los alpinistas son desdichados".


A los pies de las Agujas, el Pozo de las Lomas se encontraba totalmente helado. Huellas de pasos habían dibujado un rastro sobre la nieve que lo cubre. Sentí la tentación de descender hasta él y caminar sobre las aguas congeladas, repitiendo, a una escala infinitamente menor, las caminatas de Tesson sobre el inmenso lago Baikal. Pero mi objetivo esa mañana era subir a Peña Prieta.


Pero la nieve estaba demasiado dura y hacía de cada paso una apuesta contra la ley de la gravedad. La ladera que asciende hasta el Alto de La Panda, que en verano permite asomarse a las Lagunas de Fuentes Carrionas, en la cabecera del Valle de Pineda, mediante un largo pero llevadero zig-zag entre las pedrizas, era ahora una enorme panza congelada, sobre la que las puntas de losc rampones apenas si dejaban huella. Ascendiendo con mucho cuidado (de regreso creo que he sido un tanto imprudente, pero de regreso), continué hasta el pico Tres Provincias, y allí decidí dar la vuelta, preocupado por el descenso. En efecto, la bajada por la ladera de La Panda tuve que hacerla de espaldas, cara a la montaña, clavando con cuidado el piolet y los crampones para no resbalar pendiente abajo. El destrepe se me hizo eterno.
Cuando llegué de nuevo a Las Lomas me encontré con un nutrido grupo de montañeros con los que me crucé la noche anterior en el pueblo. También querían ir hasta Peña Prieta. Les dije que el hielo que cubría La Panda convertía su ascenso en una actividad muy delicada. Mientras me sentaba a comer unas mandarinas, observé cómo uno de ellos lograba ir ganando altura muy lentamente por el lado izquierdo de la panza, mientras los demás probaban suerte por distintas rutas, sin éxito: ganaban unos metros, se detenian, descendían, volvían a intentarlo y de nuevo se veían obligados a descender.
Mientras bajaba hacia Cardaño de Arriba un helicóptero sobrevoló el valle. Cuando llegué al pueblo me dijjeron que se había producido un accidente de montaña. Creo que dos de los montañeros accidentados en esa zona ese día formaban parte del grupo con el que me cucé en Las Lomas. Iban bien equipados y se notaba que tenían experiencia.
Podía haber sido yo.
*****
Ayer martes cambié los altos por el valle. Durante el lunes cayó una bonita nevada, y aunque a la noche subió la temperatura y se puso a llover, por la mañana todo estaba cubierto de nieve. ¿Y quién puede resistirse a una buena caminata sobre nieve virgen?
No me hizo falta andar mucho para empezar a ver huellas de lobo, de varios lobos, y siguiéndolas llegue hasta un prado con nieve pisoteada por pezuñas y patas, ensangrentada con los restos de un venado joven recientemente devorado.

  

No desconozco las incomodidades y los prejuicios que la existencia del lobo significan para los esforzados ganaderos que intentan mantener una precaria economía rural en estas zonas de montaña. Pero la persistencia del lobo, su presencia en estas montañas, es un regalo impagable.
Entre los libros que guardo como un tesoro está el titulado El lobo ibérico: Biología y mitología, escrito por el naturalista Ramón Grande del Brío, y publicado por Ediciones Blume en 1984. Al finalizar la primera parte del libro, en la que el autor aborda diversos aspectos biológicos, ecológicos y de comportamiento del lobo, podemos leer que este animal "no podrá sobrevivir en un futuro, si al mismo tiempo no <> su hábitat natural". Y al final de la segunda parte del libro, la dedicada al mito del lobo, escribe: "El lobo podra, tal vez, ser erradicado de su ambiente natural por el hombre, pero a éste le resultará mucho más difícil desterrarlo del mundo de la imaginación".
Esperemos que esta hermosa y dura Montaña Palentina reciba toda la ayuda necesaria para que en ella puedan seguir convivendo lobos y seres humanos; para que un hábitat natural tan precioso permita la existencia real de los lobos, alimento fecundo de nuestra imaginación desde la Prehistoria.


domingo, 22 de diciembre de 2013

La luz en la que se habita de joven




Hace días quería haber escrito unas líneas sobre el último libro de Alessandro Baricco, titulado Tres veces al amanecer (Anagrama, 2013). La editorial lo presenta así:

En una de las páginas de Mr Gwyn, la última novela de Alessandro Baricco, se aludía a cierta obra titulada Tres veces al amanecer, atribuida a un apócrifo autor angloindio, Akash Narayan. El afamado autor de Seda ha querido ofrecernos ahora esa obra, una secuela autónoma e independiente por completo (casi un mero pretexto, el punto de partida), un complejo mecanismo narrativo que hará las delicias del lector.
Dos desconocidos, un hombre y una mujer, se encuentran tres veces en el vestíbulo de un hotel, poco antes del amanecer. Cada encuentro es único, y primero, y último: aunque se trate de los mismos personajes, sus destinos se cruzan en tres momentos distintos de sus vidas. Son dos adultos, primero; luego, un anciano portero de noche y una adolescente; finalmente, un chico y una policía ya madura, según una lógica temporal que no es la que se manifiesta en nuestra rígida realidad, sino que sólo resulta viable en la privilegiada mecánica de la ficción. Cada encuentro exigirá de ellos una elección cuyas repercusiones conformarán el resto de sus vidas.
Estos tres relatos constituyen una novela posible que recrea el lector en su mente y que presenta algunos de los temas propios del autor: la posibilidad (o imposibilidad) del cambio, la arbitrariedad del destino humano o la responsabilidad hacia el prójimo, siempre a la luz difusa del amanecer, que sugiere y revela, descubre y perfila, colocando las cosas en su sitio en el momento de su aparición.

Tres relatos cortos que he leído, sí, tres veces.Tres relatos de encuentros y desencuentros entre mujeres y hombres, en situaciones insospechadas. Sorprendentes, emotivos, bellísimos tanto en su lenguaje como en su contenido.Pero soy baricconiano confeso, así que mi juicio debe ser tomado con cautela.
Sé, porque me lo han dicho, que hay lectores, buenos lectores, que no gustan de Baricco. Nunca lo hubiera sospechado. Por cierto, no sé de lectoras, de buenas lectoras, que no disfruten con su lectura. También las habrá, seguro, pero no conozco a ninguna. No sé por qué se me ha ocurrido esto. Tal vez porque las tres mujeres que co-protagonizan cada uno de los relatos son, cada una a su manera, tan fascinantes.

Si has leído algo de Baricco, habrás leído Seda. Si te gustó, te gustará Tres veces al amanecer. Si aún no has leído nada de este autor, su último libro es una perfecta puerta de acceso al universo baricconiano.
Tiene razón el crítico Manuel Hidalgo cuando escribe: "No he encontrado fácilmente un párrafo, unas líneas a destacar y glosar. Todo fluye, todo forma parte de un sostenido continuo". Característico del estilo de Baricco. Aún así, me animo a seleccionar un párrafo:

El hombre se lo pensó un rato. Luego dijo que hay que ir con cuidado, cuando uno es joven, porque la luz en la que se habita de joven será la luz en la que se va a vivir para siempre, y esto por una razón que él nunca había entendido. Pero sabía que era así. Dijo que muchos, por ejemplo, son melancólicos de jóvenes y entonces lo que les ocurre es que siguen siéndolo para siempre. O han crecido en la penumbra y la penumbra los persigue luego durante toda su vida. De manera que  hay que ir con cuidado con la maldad porque de joven parece un lujo que puede uno permitirse, pero la verdad es otra, y es que la maldad es una luz fría en la que todas las cosas pierden su color y lo pierden para siempre.

En el original italiano, editado por Faltrinelli:

L’uomo ci pensò un po’. Poi disse che bisogna stare attenti quando si è giovani perché la luce in cui si abita da giovani sarà la luce in cui si vivrà per sempre, e questo per una ragione che lui non aveva mai capito. Ma sapeva che era così. Disse che molti ad esempio sono malinconici, da giovani, e allora succede che lo rimangono per sempre. O sono cresciuti nella penombra e la penombra li insegue poi per tutta la vita. Così bisognava stare attenti alla cattiveria perché da giovani sembra un lusso che ti puoi permettere, ma la verità è un’altra, e cioè che la cattiveria è una luce fredda in cui ogni cosa perde colore, e lo perde per sempre.