miércoles, 8 de julio de 2020

Una carta sobre la justicia y el debate abierto

Lo recoge hoy EL PAÍS: "Más de 150 escritores, académicos e intelectuales ―entre los que figuran Noam Chomsky, Salman Rushdie, Gloria Steinem, Margaret Atwood o Martin Amis, entre otros― han firmado una carta abierta en la que denuncian una creciente 'intolerancia' por parte del activismo progresista estadounidense hacia ideas discrepantes".

Se trata de una carta abierta publicada ayer, 7 de julio, en la revista Harper's Magazine, en la que destacadas personalidades ubicadas desde hace décadas en el espacio progresista, muestran su preocupación por el hecho de que en ese espacio se esté fraguando un peligros clima de dogmatismo que mutila o imposibilita el imprescindible debate de ideas:

"Nuestras instituciones culturales se enfrentan a un momento de prueba. Poderosas protestas por la justicia racial y social están retomando demandas atrasadas de reforma política, junto con llamamientos más generales en pro de una mayor igualdad e inclusión en nuestra sociedad, especialmente en la educación superior, el periodismo, la filantropía y las artes. Pero este necesario ajuste de cuentas también ha intensificado un nuevo conjunto de actitudes morales y compromisos políticos que tienden a debilitar nuestras normas de debate abierto y la tolerancia de las diferencias a favor de la conformidad ideológica. Mientras aplaudimos el primer desarrollo, también levantamos nuestras voces contra el segundo. Las fuerzas del iliberalismo están ganando fuerza en todo el mundo y encuentran un poderoso aliado en Donald Trump, que representa una amenaza real para la democracia. Pero no se debe permitir que la resistencia se encierre en su propio tipo de dogma o coerción, que los demagogos de derecha ya están explotando. La inclusión democrática a la que aspiramos se logrará solo si nos pronunciamos en contra del clima intolerante que se ha establecido en todos los lados" [el intento de traducción es mío].

El momento en que se publica no es el más oportuno, justo tras las cínicas denuncias de Trump contra un supuesto "nuevo fascismo de extrema izquierda". Pero la preocupación no es nueva. Uno de los firmantes de la carta, Mark Lilla, publicó hace dos años un intenso ensayo en el que que ya planteaba esta reflexión (El regreso liberal. Más allá de la política de la identidad, traducción de Daniel Gascón, Debate 2018; hice una breve reseña en Inguruak). Así lo planteaba Lilla en aquel momento:

"Cuanto más se obsesionan con la identidad personal los liberales del campus, menos dispuestos están a participar en un debate político razonado. A lo largo de la década pasada una locución nueva, y muy reveladora, ha pasado de nuestras universidades al mainstream mediático: «Como X...». No es una expresión anodina. Le dice al oyente que habla desde una posición privilegiada en este asunto. […] Levanta un muro contra el cuestionamiento, que por definición llega desde una perspectiva no-X. Y convierte el encuentro en una relación de poder: el ganador del debate será quien haya invocado la identidad moralmente superior y haya expresado la mayor ira por ser cuestionado. Así que las conversaciones en el aula que podían haber empezado: «Creo A y este es mi argumento» ahora asumen la forma de: «Hablando como X, me ofende que tú digas E». Esto tiene sentido si crees que la identidad lo determina todo. Significa que no existe un espacio imparcial para el diálogo. Los hombres blancos poseen una «epistemología», las mujeres negras, otra. Entonces, ¿qué se puede decir? Lo que sustituye el argumento entonces es el tabú"
.

Es preciso afrontar el reto que nos plantean Lila y la carta colectiva en Harper´s Magazine. Personalmente comparto su diagnóstico. Pero no va a ser fácil, se trata de una conversación tan urgente como complicada. Hay mucha explotación, mucho sufrimiento, mucho desprecio, mucha invisibilización, tras esa "obsesión" con la identidad personal a la que se refiere Lilla, o esa "disolución de cuestiones políticas complejas en una certeza moral cegadora" de la que habla la carta...

Cómo la pandemia cambiará el mundo

Ivan Krastev
¿Ya es mañana? Cómo la pandemia cambiará el mundo
Traducción de Carmen M. Cáceres y Andrés Barba
Debate - Penguin Random House, 2020


Este breve ensayo es una de las reflexiones más interesantes de entre los muchos, excesivos, artículos y libros publicados al albur de la pandemia.

A pesar de que el autor duda de que el recuerdo de la pandemia perdura en nuestra memoria colectiva (la prueba es el olvido de la llamada gripe española, que entre 1918 y 1920 acabó con la vida de entre 50 y 100 millones de personas), ya que "no es fácil convertir una pandemia en una buena historia", está convencido de la COVID-19 "cambiará nuestro mundo de una manera profunda".

Krastev compara y distingue la pandemia de otras tres crisis que han afectado al continente europeo durante la última década: la amenaza terrorista, la crisis financiera y la crisis de los refugiados. En su opinión, se trata de un fenómeno esencialmente distinto, que no puede ser respondido, y de hecho no lo está siendo, mediante las políticas implementadas en los tres casos anteriores. Destacan dos diferencias fundamentales:

1. La pandemia ha generado un "nacionalismo de quédate en casa" que no se basa en el nacionalismo etno-cultural: "El extranjero ya no es la persona que no nació aquí, sino la que no está aquí en este momento: ahora importa más la residencia que el pasaporte". Recordemos, en este sentido, la polémica de la "madrileñofobia" o el blindaje, con cierre de accesos incluido, de las localidades turísticas para evitar la acupación de las segundas residencias.

2. Frente a la crítica de la política ý los políticos (la casta, no nos representan) y hasta de las y los técnicos (reducidos a siniestros tecnócratas, "hombres de negro") derivada de la crisis de 2008, crítica paradójica, ya que en su origen fue una crisis de los mercados no de los gobiernos, la crisis de la COVID-19 ha servido para poner en valor la intervención tanto del Estado como de las y los científicos.

Krastev considera que nos encontramos ante una oportunidad para repensar muchas cosas que hasta ahora se descartaban al considerarlas imposibles: "El capitalismo ha quedado temporalmente en suspenso", de manera que "todas esas medidas políticas que nuestros gobernantes llevaban años diciéndonos que eran imposibles e impracticables, al final son perfectamente posibles y practicables". Sin embargo, no deja de advertir de la posibilidad de que, cuando vayamos saliendo de la crisis y el recuerdo de la misma se diluya, retornemos al escenario político que se ha ido configurando en los años pasados: aunque "hoy por hoy, y a causa de la intensidad del miedo que genera la COVID-19, es el Gobierno y no la retórica populista quien se ha asegurado el éxito [...] cuando la fase más grave de la crisis actual haya acabado y la gente deje de temer por su vida, regresará el enfado y probablemente vuelvan a prosperar los pollíticos populistas como Marine Le Pen o matteo Salvini". Para combatir esta posibilidad, añado por mi parte, va a ser fundamental la manera en que la Unión Europea afronte la crisis socioeconómica asociada a o derivada de la pandemia.

El libro termina presentando siete paradojas derivadas de la pandemia. Destaco dos de ellas, que me parecen especialmente sugerentes:
  • "Ha acelerado la tendencia a la desglobalización que se había desencdenado con la Gran recesión de 2008-2009, sin dejar de mostrar al mismo tiempo los límites de la renacionalización".
  • "Ha puesto en suspenso la democracia, al menos en Europa, instaurando en muchos países el estado de emergencia. Pero al hacerlo, el deseo de la gente de tener un Gobierno más autoritario ha llegado a un límite".
Un ensayo ágil, que se lee con gusto y que ofrece muchas propuestas para seguir conversando.

lunes, 6 de julio de 2020

Noviembre

Jorge Galán
Noviembre
Tusquets, 2016

"Cuando eran jóvenes, todos había llegado a El Salvador desde España, siendo sólo unos chicos, en los dulces años 50, y se habían marchado a estudiar pero habían vuelto siempre, al poco tiempo. Aunque muchas veces habían partido, habían regresado siempre. Y ahora todos ellos estaban allí, sobre la tierra, y algo tendría que significar aquello".


Aunque presentada, incluso por su autor, como una novela, y a pesar de que, en efecto, en la misma encontramos diversos momentos en los que la ficción salpimenta el relato para dotarlo de un imprescindible contexto, Noviembre es, sobre todo, el resultado de una concienzuda investigación. Se trata, por tanto, de un relato cierto riguroso que reconstruye  el asesinato, el 16 de noviembre de 1989, de Ignacio Ellacuría, rector de la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas"(UCA), junto con sus hermanos jesuítas Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Amando López, Juan Ramón Moreno, Joaquín López, además de a Elba Julia Ramos, trabajadora en la residencia de los jesuítas, y su hija Celina, de 15 años.

Jorge Galán empezó sus estudios en la UCA en 1991, dos años después de la matanza. La presencia de las y los mártires de la universidad le marcó de tal manera que, mientras desarrollaba una reconocida carrera como poeta, no dejó de dar vueltas a la necesidad de conocer en profundidad y dar a conocer unos hechos cuya organización aún está siendo juzgada.

Para escribir el libro Galán mantuvo largas entrevistas con José María Tojeira, provincial de los jesuitas para Centroamérica en la época del asesinato, y una de las personas que más hizo para impulsar el proceso legal contra sus autores materiales; con Alfredo Cristiani, presidente de la república de El Salvador en aquellas fechas; o con Jon Sobrino, que salvó su vida al encontrarse de viaje, amigo y colaborador de Ellacuría, con quien coordinó una obra imprescindible, Mysterium Liberationis. Conceptos fundamentales de la Teología de la Liberación (Trotta, 1990), publicada unos pocos meses después del asesinato.

El libro clarifica responsabilidad de las fuerzas armadas salvadoreñas en el asesinato, su encubrimiento por los Estados Unidos gobernados por George Bush padre, los intentos del gobierno salvadoreño para hacer recaer la culpabilidad en la guerrilla del FMLN, la ambigua reacción del Vaticano de aquel Juan Pablo II adversario declarado de la teología de la liberación, y enhebra la matanza de 1989 con los asesinatos de Monseñor Romero en 1980 y del sacerdote jesuíta Rutilio Grande en 1977.

Exiliado en España al recibir amenazas de muerte tras la publicación del libro, decía el autor en una entrevista: “No quise hacer un libro religioso, ni político, ni centrado en los asesinos. Es una historia de humanidad”. Humanidad afirmada hasta la muerte por unos mártires que, pudiendo haber escogido otra vida, optaron por compartir existencia y muerte con las grandes mayorías excluídas, explotadas o asesinadas. Como dice al final del libro uno de los entrevistados, Francisco Andrés Escobar, profesor de la UCA: "Yo creo [...] que esta historia no comienza con la ofensiva, ni en 1989, ni con la muerte de Romero ni con la de Rutilio. Sinceramente, esta historia debería empezar en 1948, cuando un cura les habló de este país nuestro a unos seminaristas y les preguntó quién quería venir al seminario de Santa Tecla. Y un tal Ignacio levantó la mano".
 

domingo, 5 de julio de 2020

La nueva vieja normalidad electoral

En un breve pero interesante ensayo sobre la realidad que puede estar configurándose tras la pandemia del coronavirus (¿Ya es mañana? Cómo la pandemia cambiará el mundo, Debate 2020), el politólogo búlgaro Ivan Krastev considera que “el verdadero peligro para las democracias liberales europeas es la posibilidad de que la COVID-19 nos mantenga fuera de las calles no solo durante varios meses, sino durante varios años”. Lo cierto es que las condiciones en las que viene desarrollándose la vida política en España y en Euskadi desde marzo y, en particular, la forma en que está teniendo lugar la actual campaña electoral, transmite una impresión poco tranquilizadora.

Y ello no tanto por la ausencia de grandes mítines, de fotos de grupos numerosos, de apretones de manos y de repartos de abrazos, caramelos, bolígrafos y otros cachivaches. Ninguna de estas ausencias me parece demasiado relevante, más allá de su efecto mediático. Que las y los candidatos no nos besen, no nos estrechen la mano, no nos convoquen a reunirnos, no se nos acerquen por la calle…; al fin y al cabo, según los códigos con los que funciona la política en la actualidad, lo normal es que no lo hagan, que en el día a día se mantenga un distanciamiento casi total entre electores y elegidos, por lo que podemos pasar perfectamente, creo, sin ese tipo de efusiones electoralistas sobreactuadas.

Pero sí es cierto que la ausencia de esa política de calle, incluso cuando en parte se reduzca a mera estrategia electoral, supone una amenaza a la política democrática. “Los mítines electorales y las manifestaciones masivas dan a los ciudadanos un sentido de la pertenencia que la participación en las elecciones no proporciona”, afirma Krastev. Tiene razón, sobre todo por lo que se refiere a la segunda de las acciones, las manifestaciones y movilizaciones ciudadanas, fundamento de la vida democrática.

Lo describe maravillosamente Javier Pérez Andújar en Paseos con mi madre (Tusquets 2011): “La democracia la fueron conquistando estos hombres y mujeres calle por calle, árbol por árbol. […] esa es la democracia que hicieron realidad estas gentes encerrándose en los locales de sus asociaciones de vecinos, encadenándose a verjas, cortando el tráfico, protestando en la calle, luchando. La democracia es algo que se ve y se toca, y donde no se percibe es que no la hay”. Y lo comprobó el académico de Harvard Michael Ignatieff cuando en 2004 aceptó presentarse como candidato del partido Liberal a las elecciones presidenciales canadienses: “Tan pronto como la democracia pierda su vinculación con lo físico, tan pronto como el lugar de la política no sea el salón de actos, la sala de estar, el restaurante o el bar local y resida únicamente en la pantalla de televisión y en una página web, tendremos problemas, porque estaremos totalmente en las manos de los asesores de imagen y de las fantasías que inventan” (Fuego y cenizas, Taurus 2014). Y estos días, ciertamente, cuesta percibir la democracia: no ha habido jamás una campaña electoral tan poco física, tan poco callejera, tan confinada, tan socialmente distanciada.

Sin embargo, no parece que este distanciamiento higiénico vaya a aumentar el distanciamiento afectivo (desafección) del electorado, sobre el que tanto se ha escrito y discutido en los últimos años. Al menos en Euskadi.

El Gabinete de Prospección Sociológica del Gobierno Vasco ha realizado dos encuestas preelectorales, una en marzo, antes de la declaración del estado de alarma, y otra en junio. Las estimaciones de abstención eran del 35% en marzo, y aunque han aumentado hasta el 41% en junio, nada hace pensar que vaya a dispararse hasta los niveles de las municipales francesas. De hecho, el fuerte incremento del voto por correo (un 270%) indica que el miedo a acudir a las mesas electorales no se transformará en abstención masiva. Recordemos, en este sentido, que en las elecciones autonómicas de 2016 la abstención fue del 39,98%. Participaremos más o menos igual.

Todo indica, también, que el hecho de celebrar estas elecciones tras estos meses de pandemia, con sus gravísimas secuelas sanitarias y económicas, no va a pasar factura a los partidos del gobierno. ¿Por qué debería hacerlo, podemos preguntar? Y en el caso de Euskadi con más razón, ya que ni siquiera la crisis de 2008 afectó sensiblemente a la posición dominante del PNV. Tampoco ahora.

Las proyecciones del Gabinete de Prospección Sociológica apuntan a un notable incremento en el número de escaños para el PNV, un aumento algo menor para el PSE, una estabilización al alza en el caso de EHBildu y un claro descenso para Elkarrekin Podemos y la coalición PP-Cs.

 

 

Composición actual

Sociómetro marzo

Sociómetro junio

PNV

28

29

31

EHBildu

18

19

19

Elkarrekin Podemos

11

8

8

PSE-EE

9

12

11

PP

9

7

6

 

Otras encuestas, como el barómetro de junio del CIS, del 24 de junio, amplían incluso las posibilidades de reeditar la coalición PNV-PSE, dando a los nacionalistas una horquilla de entre 31 y 34 escaños y a los socialistas de 11-13.

En su citado ensayo, Krastev considera que a medida que vayamos superando lo peor de la pos-pandemia las sociedades europeas irán volviendo a la vieja normalidad política, con su retórica crítica hacia los gobiernos de turno, pero por ahora lo que el electorado parece buscar es un Gobierno “competente”, signifique esto lo que signifique para cada cual. En Euskadi parece que la “nueva” normalidad electoral se va a parecer muchísimo a la vieja.

El PNV ha salido de estos meses sin que su imagen de competencia se haya visto debilitada, más bien al contrario: asuntos que antes de la pandemia agitaban el escenario político vasco (el caso De Miguel, las irregularidades en las OPE de Osakidetza y, sobre todo, el trágico derrumbe del vertedero de Zaldibar) han quedado eclipsados por el coronavirus. Ese partido ha transitado por la pandemia gobernando Euskadi con un perfil bajo, sosteniendo las políticas definidas y lideradas por el Gobierno español con una combinación variable de responsabilidad y cálculo. Su acción política se ha dejado notar más en Madrid que en Gasteiz; Aitor Esteban se ha destacado mucho más que Iñigo Urkullu.

Por su parte, el PSE ha estado muy cómodo co-gobernando Euskadi con el PNV, y el liderazgo de Pedro Sánchez, sobredimensionado durante el estado de alarma, contribuye a impulsar el voto socialista en Euskadi.

¿Y la oposición? EHBildu parece estar aprendiendo a adaptarse a su nuevo papel de partido institucional, pero el hecho de haber empezado a mostrar esta asombrosa identidad apoyando al Gobierno español desde la moción contra Rajoy y continuando con la gestión de la pandemia no parece que le reporta ganancias entre un electorado que debe estar un tanto desconcertado. Elkarrekin Podemos navega a la deriva, insistiendo en el objetivo de un tripartito de izquierda cuyas posibilidades no dan ni para un pésimo spot con supertrionics y urkutrones. El PP confía tan poco en mantener su electorado tradicional que su candidato pide el voto a los votantes de Vox. Y EQUO Berdeak confía en recoger el voto de la marea ecologista que a tantas personas, sobre todo jóvenes, movilizó en 2019 y que en las recientes elecciones locales francesas ha llevado al partido Europa Ecología Los Verdes a las puertas de gobernar ciudades como Lyon, Marsella, Burdeos o Estrasburgo; pero una campaña electoral, más una campaña tan extraña como esta, no es una pista de despegue suficiente.

Así que, si queremos encontrar algún tipo de buena tensión electoral, tendremos que mirar hacia las presidenciales estadounidenses, donde todas las encuestas apuntan a la posibilidad de que Trump tenga que abandonar la Casa Blanca sin degustar las mieles de un segundo mandato.

>>>> Publicado en elDiario.es