Conmocionado por la tragedia de Lampedusa, recupero un artículo que publiqué en EL PAÍS del País Vasco el 21 de agosto de 2001. Pido perdón por repetirme, pero me temo que en realidad son la historia y la inhumanidad las que se repiten.
El muro de agua
En la madrugada del 13 de agosto de 1961 se inició la construcción del Muro de Berlín. Era de madrugada cuando alguien puso la primera piedra de lo que con el tiempo sería conocido, entre otros calificativos, como el muro de la vergüenza. Un muro que dividió Alemania, sí, pero también Europa y, más aún, el mundo en su totalidad. Eran los tiempos del eje Este-Oeste, tiempos de guerra fría por aquí arriba y de guerras calientes por allí abajo (guerras de baja intensidad como las denominaron estrategas de por aquí, ya que los muertos los ponían los de allí). Veintiocho años de muro dejaron un total de 267 muertos directos, asesinados cuando buscaban la manera de atravesarlo. Muertos llorados y recordados, como es de ley. Víctimas del totalitarismo, elevados contra su voluntad a mártires de la democracia. En fín, víctimas.
Pero ya fue derribado el muro que dividía Europa y con su caída, parece, se acabaron los tiempos de la vergüenza. Sin embargo la división persiste; una división que, acaso, estrategas de por aquí consideren, siguiendo la costumbre, de baja intensidad: al fin y al cabo, los muertos siguen poniéndolos los de allí. Y es que un nuevo muro de la vergüenza se alza en nuestros días, un muro de agua y de indiferencia que divide Norte y Sur.
La preocupación ética, entendida como preocupación por las consecuencias que nuestras acciones tienen sobre otras personas, es un fenómeno que tiene que ver con la aceptación de esas otras personas como legítimos otros para la convivencia. Pero la preocupación ética nunca va más allá de la comunidad de aceptación mutua en que surge. La mirada ética no alcanza más allá del borde del mundo social en que surge. Por eso las fronteras nacionales son, sobre todo, fronteras éticas. El 2 de agosto de 1999 fueron descubiertos en el tren de aterrizaje de un avión belga los cadáveres de dos niños guineanos. Se llamaban Yaguine Koita y Fodé Tounkara. Sólo querían encontrar en Europa aquello que en África no encontraban: educación, alimento. Entre sus ropas se encontró una carta en la que suplicaban ayuda apelando, sobre todo, "al amor que tienen ustedes por sus hijos a los que aman para toda la vida". No sospechaban que ese amor incondicionado se agota en los nuestros, y ellos son (eran) los otros.
Escribían Quintanilla y Vargas-Machuca en esa contribución a la autodefenestración del socialismo español que fue La utopía racional: "El socialismo del futuro no debe esperar nada de los profetas ni exigir de nadie que esté dispuesto a dar su vida por los demás. Más bien habrá que dedicar todos los esfuerzos a descubrir los procedimientos más eficaces para esa ingeniería de la igualdad que constituye el núcleo de la utopía socialista". Ciertamente, eso de dar la vida por los demás suena muy fuerte, y probablemente sea cierto que se trata de una exigencia extraordinaria y excepcional. Pero lo terrible no es que seamos reacios a dar nuestra vida; lo terrible es lo mucho que nos resistimos a introducir en ella los cambios necesarios para que todas las personas puedan disfrutar de lo imprescindible para llevar una vida humana.
Lo terrible es que pensemos que es posible seguir manteniendo nuestra propia humanidad cuando vivimos comodamente instalados en la parte buena de Auschwitz, en la parte de los salvados, contemplando al otro lado de la alambrada la lenta agonía de los hundidos. Lo terrible es que nos empeñemos en ennoblecer aquello que Primo Levi descubriera horrorizado en los campos de exterminio nazis: "Ofrézcase a algunos individuos en estado de esclavitud una posición privilegiada, cierta comodidad y una buena probabilidad de sobrevivir, exigiéndoles a cambio la traición a la solidaridad natural con sus compañeros, y seguro que habrá quien acepte".
Tengo sobre mi escritorio un trozo de hormigón pintado procedente del Muro de Berlín que me trajo mi amigo Carlos. Tengo también un trozo de madera que arranqué yo mismo de una patera destrozada en Tarifa. Más dura es el agua...
Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
viernes, 4 de octubre de 2013
domingo, 29 de septiembre de 2013
I´m basque... and a lot of things more
Es vascohablante,
pero no sólo
vascohablante. Es varón. Y soltero sin
intención de casarse. Alto, chato. Es heterosexual, y no lo avergüenza
reconocer que en sus tiempos de estudiante mantuvo relaciones homosexuales con un amigo íntimo. Dice que le gustan las chicas normales, pero despliega una especial
habilidad para ligar con las más sofisticadas. No concede gran
importancia al hecho de comer, no es uno de esos refinados gastrónomos.
Prefiere la cerveza al vino. Domina tres
idiomas, y es capaz de defenderse en otros
dos. Su grupo sanguíneo figura en su carné de identidad, pero no
recuerda cuál es. Realizó sus primeros estudios en un colegio religioso y en
castellano. Es agnóstico. Apenas se relaciona con sus padres: cumple con ellos
en las festividades señaladas. Cursó la carrera de psicología, pero trabaja en
una empresa de importación. Es un
analfabeto absoluto en cuestiones científicas y técnicas. Durante un par
de años jugó sumas considerables en la bolsa, y con los beneficios se compró
una furgoneta, para practicar el surf en
verano y el esquí en invierno. La crisis lo ha disuadido de jugar en la bolsa,
y no conserva más que unas cuantas acciones y ciertos seguros. Ideológicamente, es de izquierda
moderada, pero su vida cotidiana es idéntica a la de un burgués de derechas. Está
pagando una hipoteca. La empresa lo envía a menudo al
extranjero, y los aeropuertos le resultan muy familiares. No le gusta la
televisión, pasa sus horas libres solitarias en Internet y oyendo música. Su
amigo más estable es el ordenador portátil. Es muy aficionado al flamenco y
adora a Mayte Martín. El cine de hoy no lo atrae demasiado, pero sí el clásico. Su voto no es fijo, sino cambiante según la situación. Sabe que la política es necesaria,
pero no la sigue, no le gusta. Vive
los problemas del País Vasco a veces como un buen ciudadano, a veces con incomodidad, a veces con
gran enojo; vive la relación con España a veces como un buen ciudadano,
a veces con incomodidad, a veces con gran enojo. Odia la violencia, pero no tanto como para manifestarse en público contra
ella. Preocupado por la vertiginosa
autodestrucción del mundo, paga la cuota de una organización ecologista,
pero no participa en las actividades que ésta
organiza. Lee Marca, es hincha del Athletic de Bilbao, se alegra con los triunfos de la selección española. No le
gusta el versolarismo, apenas sabe jugar al mus. De niño quisieron que
aprendiera a tocar el chistu, y desde
entonces odia tanto el instrumento como su penetrante sonido...
Etcétera.
Es
vascohablante. Además de vascohablante, es muchas otras
cosas más.
Cabe formular lo mismo de otra manera: es
vascohablante, pero lo
que lo hace único, individuo, es todo lo demás que es además
de vascohablante.
Anjel Lertxundi. Vida y otras dudas. Alberdania, Irún 2010, pp. 237-238
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Vuelve el Antiguo Régimen
Leo en la página 2 de EL PAÍS un titular que dice: "Holanda considera inviable el bienestar". El artículo así titulado se hace eco del discurso pronunciado por el recién estrenado rey Guillermo de Holanda con ocasión de la apertura oficial del año parlamentario. En su discurso, el monarca holandés afirma que "el clásico Estado del bienestar de la segunda mitad del siglo XX ha producido sistemas que en su forma actual ni son sostenibles ni están adaptados a las expectativas de los ciudadanos” y ha anunciado su sustitución "por una sociedad participativa”. Todo eso, faltaría más, por el bien de la ciudadanía holandesa, ya que lo que la gente realmente quiere es "decidir por sí misma, organizar su vida y cuidar unos de otros”. ¿Solas y solos ante el peligro?
No sé por dónde va el pensamiento del tal Guillermo, si tiene ideas propias y cuáles son estas. El día de su entronización ya dijo algunas cosas que podrían tener cierta relación con esto que ahora dice sobre la "sociedad participativa". Dijo entonces: “Quiero alentar al pueblo a utilizar activamente los recursos con que cuenta. Por muy diversos que sean nuestros sueños y convicciones, cualquiera que sea la cuna en que nacimos, en el reino de los Países Bajos todos pueden hacer oír su voz en pie de igualdad”. Bueno... El caso es que, siendo ya rey, a Guillermo le ocurre lo que a cualquier rey constitucional: que cuando se pronuncia como jefe de Estado no es otra cosa que un muñeco en manos y en voz de un ventrilocuo que es el Gobierno de turno. Por eso, quien ha dicho que el Estado de bienestar holandés "no es sostenible" ha sido el gobierno de ese país; un gobierno de coalición formado por liberales y socialdemócratas. Sí, socialdemócratas: ¿todavía nos asombramos por la crisis terminal de la socialdemocracia en Europa?
No sé por dónde va el pensamiento del tal Guillermo, si tiene ideas propias y cuáles son estas. El día de su entronización ya dijo algunas cosas que podrían tener cierta relación con esto que ahora dice sobre la "sociedad participativa". Dijo entonces: “Quiero alentar al pueblo a utilizar activamente los recursos con que cuenta. Por muy diversos que sean nuestros sueños y convicciones, cualquiera que sea la cuna en que nacimos, en el reino de los Países Bajos todos pueden hacer oír su voz en pie de igualdad”. Bueno... El caso es que, siendo ya rey, a Guillermo le ocurre lo que a cualquier rey constitucional: que cuando se pronuncia como jefe de Estado no es otra cosa que un muñeco en manos y en voz de un ventrilocuo que es el Gobierno de turno. Por eso, quien ha dicho que el Estado de bienestar holandés "no es sostenible" ha sido el gobierno de ese país; un gobierno de coalición formado por liberales y socialdemócratas. Sí, socialdemócratas: ¿todavía nos asombramos por la crisis terminal de la socialdemocracia en Europa?
Pero esto de la "sociedad participativa" como alternativa al Estado de bienestar ya lo propuso Anthony Giddens en 1998 con su idea del Estado social inversor (en La tercera vía, Taurus, Madrid 1999, cap. 4). Y a pesar de las cautelas planteadas por el ideólogo de cabecera de Blair -señalando, por ejemplo, que "reducir prestaciones para forzar a los individuos al trabajo les empuja a mercados de trabajo precario ya saturados"-, ya sabemos en qué quedó todo aquello de la tercera vía: en una vía más para que la ideología neoliberal penetrará en las instituciones políticas y en la cultura social europeas.
La política de apaciguamiento no funciona ni con los nazis ni con los plutócratas. Recordemos de nuevo a Lakoff: "Los conservadores están tomando la iniciativa política y transmitiendo sus ideas. Cuando los progresistas reaccionamos, retomamos los valores y marcos conservadores, y no sólo no hacemos oír nuestro mensaje, sino que, peor aún, reforzamos las ideas conservadoras". ¿Hay alguien ahí? ¿Queda algún socialdemócrata en la política europea?
Guillermo de Holanda repitió solemnemente lo que le había escrito el gobierno socialdemócrataliberal después de recorrer el camino entre su palacio y el parlamento en una carroza dorada, rodeado de toda la pompa y circunstancia que suele asociarse a esta cosa tan moderna, sostenible y adecuada a las necesidades de los ciudadanos que es la monarquía. Lo preocupante no es que un rey no sea consciente de la contradicción que supone proclamar la muerte de la solidaridad institucionalizada al tiempo que reivindica la monarquía como un "un símbolo de continuidad y de unidad [que] representa un vínculo directo con nuestro pasado como nación (…) y en la historia encontramos los cimientos de los valores que compartimos”. Qué va a decir él. Lo insoportable es que la muerte del Estado de bienestar la certifiquen con alegría personas cuya única obligación es trabajar por la materialización de los auténticos valores que construyen comunidad, y que no son ni la historia ni la monarquía, sino la igualdad ciudadana, la libertad frente a la miseria y la penuria, y la solidaridad.
De lo de Rato hablaremos otro día. Es otro indicador de ese Antiguo Régimen de privilegios e injusticias que ya está aquí.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
jueves, 5 de septiembre de 2013
Traidores de lo público
Traicionando absolutamente su deber como gestor de lo público, Lasquetty pretende privatizar la sanidad madrileña con el argumento de que la gestión privada de servicios públicos esenciales es más eficiente que la gestión pública: "Siempre he pensado que la Administración no es buena gestionando un servicio público", ha declarado en alguna ocasión.
Pero el inmoral Lasquetty sigue cobrando un abultado sueldo público por ocupar una alta responsabilidad como gestor público, a pesar de que considera que tal gestión no es ni eficaz ni deseable. Su obligación sería trabajar para lograr que, en su caso, la gestión pública de la sanidad sea correcta, o dimitir inmediatamente de su cargo en el caso de que considere que tal cosa es imposible. Pero no. Renuncia a su responsabilidad como gestor, pero no renuncia a su sueldo. Traiciona lo público. Por cierto: Lasquetty es otro de esos paladines de la gestión privada que toda su vida han vivido de lo público, si ganar oposición ninguna, sin demostrar más mérito que su fidelidad absoluta a unas siglas políticas.
Ahora, el Juzgado Contencioso Administrativo número 4 de Madrid ha tomado la decisión de suspender cautelarmente el proceso de privatización de seis hospitales en la región.
Pues bien, el tal Lasquetty no ha encontrado otra forma mejor de responder al auto que descalificándolo porque, según él, el magistrado ha utilizado "criterios políticos, e incluso personales para tomar su decisión".
¿Cuáles han sido los criterios utilizados por Lasquetty para tomar su decisión de privatizar la sanidad madrileña?
A todos los lasquettis, traidores de lo público: ¡quitad vuestras sucias manos de los servicios públicos!
domingo, 1 de septiembre de 2013
Sexo, droga,mafia, violencia, incorrección política... mucha inteligencia y muchísimo humor
jueves, 29 de agosto de 2013
Libros sobre libros
Este verano he leído tres libros en los que, de una u otra forma, se hace también una reivindicación del libro impreso.
Nassim Nicholas Taleb, en Antifrágil (Paidós Barcelona 2013), define a los libros electrónicos como un producto frágil, siendo los libros impresos "robustos". En su opinión, lo antifrágil sería la tradición oral. Pero bueno, el libro sale bien parado:
Siempre que me siento en un avión al lado de algún hombre de negocios que lee la basura habitual que los hombres de negocios leen en sus lectores electrónicos, este no puede resistir la tentación de mostrar su desdén por el hecho de que yo aún use el libro tradicional haciendo alguna comparación entre ambos artículos. Al parecer, el lector electrónico es más "eficiente". Proporciona la esencia del libro (que el susodicho hombre de negocios supone que es la información) pero de forma más cómoda, ya que el usuario puede transportar toda su biblioteca en un solo dispositivo y "optimizar" así su tiempo entre recorridos de golf. Jamás he oído a nadie abordar en serio las grandes diferencias entre los lectores de libros electrónicos y los libros físicos, como el olor, la textura, la dimensionalidad (los libros tradicionales vienen en tres dimensiones), el color, la posibilidad de cambiar de página, la presencia física de un objeto frente a su representación en una pantalla informática y otras propiedades ocultas que generan diferencias inexplicadas de disfrute. El foco central de la conversación siempre termina siendo el de los elementos en común (lo mucho que ese maravilloso dispositivo se parece a un libro de verdad).
También Eric Hobsbawn hace una encendida apología del libro en Un tiempo de rupturas. Sociedad y cultura en el siglo XX ( Crítica, Barcelona 2013):
Casi me atrevería a sostener que -pese a todos los pronósticos pesimistas- el que ha sido tradicionalmente el principal medio de difusión de la literatura, el libro impreso, se mantendrá en su puesto sin graves dificultades, salvando solo algunas excepciones como las grandes obras de referencia, los vocabularios, diccionarios, etc.; en suma, los niños mimados de internet. En primer lugar porque a la hora de leer, no hay nada más práctico y fácil que el pequeño libro de bolsillo, portátil y de impresión clara, inventado por Aldo Manucio en la Venecia del siglo XVI; mucho más fácil y práctico que la impresión de un ordenador, que a su vez es de lectura incomparablemente más cómoda que un texto que parpadea en una pantalla. Para confirmarlo, basta con pasar una hora leyendo el mismo texto, primero impreso y luego en pantalla. De hecho, ni tan siquiera el dispositivo de libros digitales se publicita apelando a una legibilidad superior, sino a que tiene mayor capacidad de almacenaje y nos evita pasar las páginas.
En segundo lugar, el papel impreso es, hasta la fecha, más duradero que los medios tecnológicos más avanzados. La primera edición de Las desventuras del joven Werther todavía se puede leer hoy, pero no sucede necesariamente lo mismo con los textos informáticos de hace treinta años, ya sea porque -igual que las fotocopias y películas viejas- tienen una vida limitada o porque la tecnología queda atrasada con tanta celeridad que los últimos ordenadores no pueden, sencillamente, seguir leyendo aquel formato. El progreso triunfal de los ordenadores no acabará con el libro, igual que no lo consiguieron el cine, la radio, la televisión y otras innovaciones tecnológicas.
Precisamente una historia de recuperación de un antiguo libro y de sus consecuencias para la cultura europea es lo que narra El giro, de Stephen Greenblatt (Crítica, Barcelona 2012):
Un hombrecillo de corta estatura, genial y sagazmente despierto, de casi cuarenta años, alargó un buen día la mano, cogió de un estante de la biblioteca un ¡viejo manuscrito, vio con entusiasmo lo que había descubierto y encargó que le hicieran una copia. Eso fue todo, pero fue suficiente.
[...] El hallazgo de un libro perdido no es calificado habitualmente de suceso apasionante, pero detrás de ese momento en particular tenemos la detención y el encarcelamiento de un papa, la quema de herejes y una gran explosión del interés cultural por la Antigüedad pagana. El hecho del descubrimiento vino a satisfacer plenamente la pasión que había acariciado toda su vida aquel brillante buscador de libros. Y ese mismo buscador de libros, sin siquiera pretenderlo ni darse cuenta de ello, se convirtió en la partera del mundo moderno.
El hombrecillo buscador de libros era Poggio Bracciolini, "un buscador de libros, quizá el más grande cazador de libros en una época obsesionada con localizar y recuperar el legado del mundo antiguo". Y el libro en cuestión De rerum natura, de Lucrecio, en el que "encontramos los principios básicos de una visión moderna del mundo".
El librívoro se ha sentido particularmente reconfortado este verano.
Nassim Nicholas Taleb, en Antifrágil (Paidós Barcelona 2013), define a los libros electrónicos como un producto frágil, siendo los libros impresos "robustos". En su opinión, lo antifrágil sería la tradición oral. Pero bueno, el libro sale bien parado:
Siempre que me siento en un avión al lado de algún hombre de negocios que lee la basura habitual que los hombres de negocios leen en sus lectores electrónicos, este no puede resistir la tentación de mostrar su desdén por el hecho de que yo aún use el libro tradicional haciendo alguna comparación entre ambos artículos. Al parecer, el lector electrónico es más "eficiente". Proporciona la esencia del libro (que el susodicho hombre de negocios supone que es la información) pero de forma más cómoda, ya que el usuario puede transportar toda su biblioteca en un solo dispositivo y "optimizar" así su tiempo entre recorridos de golf. Jamás he oído a nadie abordar en serio las grandes diferencias entre los lectores de libros electrónicos y los libros físicos, como el olor, la textura, la dimensionalidad (los libros tradicionales vienen en tres dimensiones), el color, la posibilidad de cambiar de página, la presencia física de un objeto frente a su representación en una pantalla informática y otras propiedades ocultas que generan diferencias inexplicadas de disfrute. El foco central de la conversación siempre termina siendo el de los elementos en común (lo mucho que ese maravilloso dispositivo se parece a un libro de verdad).
También Eric Hobsbawn hace una encendida apología del libro en Un tiempo de rupturas. Sociedad y cultura en el siglo XX ( Crítica, Barcelona 2013):
Casi me atrevería a sostener que -pese a todos los pronósticos pesimistas- el que ha sido tradicionalmente el principal medio de difusión de la literatura, el libro impreso, se mantendrá en su puesto sin graves dificultades, salvando solo algunas excepciones como las grandes obras de referencia, los vocabularios, diccionarios, etc.; en suma, los niños mimados de internet. En primer lugar porque a la hora de leer, no hay nada más práctico y fácil que el pequeño libro de bolsillo, portátil y de impresión clara, inventado por Aldo Manucio en la Venecia del siglo XVI; mucho más fácil y práctico que la impresión de un ordenador, que a su vez es de lectura incomparablemente más cómoda que un texto que parpadea en una pantalla. Para confirmarlo, basta con pasar una hora leyendo el mismo texto, primero impreso y luego en pantalla. De hecho, ni tan siquiera el dispositivo de libros digitales se publicita apelando a una legibilidad superior, sino a que tiene mayor capacidad de almacenaje y nos evita pasar las páginas.
En segundo lugar, el papel impreso es, hasta la fecha, más duradero que los medios tecnológicos más avanzados. La primera edición de Las desventuras del joven Werther todavía se puede leer hoy, pero no sucede necesariamente lo mismo con los textos informáticos de hace treinta años, ya sea porque -igual que las fotocopias y películas viejas- tienen una vida limitada o porque la tecnología queda atrasada con tanta celeridad que los últimos ordenadores no pueden, sencillamente, seguir leyendo aquel formato. El progreso triunfal de los ordenadores no acabará con el libro, igual que no lo consiguieron el cine, la radio, la televisión y otras innovaciones tecnológicas.
Precisamente una historia de recuperación de un antiguo libro y de sus consecuencias para la cultura europea es lo que narra El giro, de Stephen Greenblatt (Crítica, Barcelona 2012):
Un hombrecillo de corta estatura, genial y sagazmente despierto, de casi cuarenta años, alargó un buen día la mano, cogió de un estante de la biblioteca un ¡viejo manuscrito, vio con entusiasmo lo que había descubierto y encargó que le hicieran una copia. Eso fue todo, pero fue suficiente.
[...] El hallazgo de un libro perdido no es calificado habitualmente de suceso apasionante, pero detrás de ese momento en particular tenemos la detención y el encarcelamiento de un papa, la quema de herejes y una gran explosión del interés cultural por la Antigüedad pagana. El hecho del descubrimiento vino a satisfacer plenamente la pasión que había acariciado toda su vida aquel brillante buscador de libros. Y ese mismo buscador de libros, sin siquiera pretenderlo ni darse cuenta de ello, se convirtió en la partera del mundo moderno.
El hombrecillo buscador de libros era Poggio Bracciolini, "un buscador de libros, quizá el más grande cazador de libros en una época obsesionada con localizar y recuperar el legado del mundo antiguo". Y el libro en cuestión De rerum natura, de Lucrecio, en el que "encontramos los principios básicos de una visión moderna del mundo".
El librívoro se ha sentido particularmente reconfortado este verano.
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