jueves, 10 de mayo de 2012

Más allá de coyunturas

[1] Ayer por la mañana celebrábamos una nueva reunión de trabajo del Pacto Social por la Inmigración, en esta ocasión en la sede de Lehendakaritza. Creo que ha sido una reunión muy importante, no sólo por el contenuido de la misma sino también por el lugar en el que se realizó y por la presencia cercana del lehendakari durante la primera parte de la misma. No sé si seremos capaces de hacerlo, pero considero de vital importancia "blindar" el Pacto para que pueda seguir desarrollándose sean cuales sean las coyunturas políticas del futuro inmediato en Euskadi.

[2] Por la tarde participé en el Congreso Internacional Ciudadanía Digital, en Donostia, presentando una primerísima y provisional evaluación del Modelo Vasco de Open Government. También en este caso considero fundamental que el impulso hacia un gobierno, una administracón y, sobre todo, una democracia de "lo común" continue más allá de coyunturas políticas.

[3] Y ya por la noche, de vuelta a casa tras detenerme brevemente en un Bilbao más rojiblanco que nunca, me senté ante el televisor para ver el partido Atletico-Athletic. Sin pasión, no soy nada futbolero, pero si con interés. Y algo extraño ocurrió. Al finalizar el encuentro, me pareció estar asistiendo a una ceremonia más propia del rugby, este sí un deporte que me atráe enormemente como espectador. Ver a Simeone acercarse uno por uno al entrenador y a los jugadores del Athletic, el pasillo de homenaje y sobre todo, las dos aficiones respetándose en una Bucarest rojiblanca y en paz más allá de coyunturas deportivas... 

domingo, 6 de mayo de 2012

Acabar con esta depresión innecesaria


La idea central del último libro de Paul Krugman resulta tan esperanzadora como desasosegante: “La depresión que estamos atravesando es, fundamentalmente, gratuita” [Paul Krugman, ¡Acabad ya con esta crisis!, Crítica, Barcelona 2012].
Discípulo declarado de Keynes y crítico razonadamente furibundo del monetarismo neoliberal, Krugman considera que vivimos claramente en la clase de mundo descrito por Keynes: Estamos sufriendo penalidades que –pese a todas las diferencias de detalle que se deben a los 75 años de cambio social, tecnológico y económico- son claramente similares a las de los años treinta. Y sabemos qué deberían haber hecho entonces los gestores políticos: tanto por los análisis contemporáneos de Keynes y otros economistas, como por el gran número de estudios posteriores”. Precisamente por eso, porque la crisis actual puede explicarse a la luz de las intuiciones e hipótesis keynesianas, “disponemos tanto del saber como de los instrumentos precisos para poner fin a este sufrimiento”.
Frente a la obsesión por el ajuste y la austeridad, deberíamos recordar una máxima de Keynes: “El auge, y no la depresión, es la hora de la austeridad”. Lo que hace falta en estos momentos de depresión es adoptar políticas expansivas y de creación de empleo.
Aunque no utilice este lenguaje, Krugman formula su crítica a la norma del ajuste general como un típico problema de acción colectiva. Si bien para un individuo, una familia o una empresa es plenamente lógico gastar menos de lo que ingresa (ajustarse), para una sociedad en su conjunto esto es una catástrofe. “Si demasiados actores económicos se encuentran al mismo tiempo con un problema de endeudamiento, su empeño colectivo por salir de ese problema contribuye a su propia derrota”. “Mi gasto es tu ingreso y tu gasto es mi ingreso”, afirma Krugman. Si nadie gasta (porque no puede, o porque no se fía), nadie ingresa. “Un mundo en el que un gran porcentaje de personas o empresas está intentando cancelar sus deudas, todas al mismo tiempo, es un mundo en el que se reducen los ingresos y el valor de los activos, donde los problemas de endeudamiento se agravan, en lugar de mejorar”.
Y lo mismo ocurre con los recortes en los salarios y las condiciones de trabajo: “Mientras un trabajador individual puede mejorar sus oportunidades de obtener trabajo a cambio de aceptar un salario inferior, que lo haga más atractivo en comparación con otros trabajadores, un recorte general de los salarios deja a todo el mundo en el mismo lugar, salvo en un aspecto: reduce los ingresos de todos, pero el nivel de deuda se mantiene igual. Así pues, más flexibilidad en los salarios (y los precios) sólo empeoraría las cosas”.
Alguien debe animarse a gastar para volver a poner en marcha el motor gripado de las economías. “En un momento en el que muchos deudores intentan aumentar el ahorro y cancelar las deudas, es importante que alguien haga lo contrario”. Ese alguien sólo puede ser el gobierno.
Pero en lugar de proceder desde ese conocimiento y esa experiencia, quienes ocupan los puestos de responsabilidad en los gobiernos, las instituciones internaciones y muchos departamentos universitarios puristas del laissez-faire, “han optado por prejuicios ideológica y políticamente convenientes”. ¿Convenientes para quién?
“Para meternos en esta depresión –explica Krugman- han hecho falta décadas de malas directrices políticas y malas ideas que prosperaron porque durante mucho tiempo estuvieron funcionando muy bien, no para la nación en su conjunto, sino para un puñado de gente rica y con mucha influencia. Y esas malas políticas e ideas han llegado a dominar nuestra cultura política y hacen que sea muy difícil variar el rumbo aun cuando nos enfrentamos a una catástrofe económica”. No es un problema esencialmente técnico-económico, sino político.
Krugman expone en el capítulo 4 el proceso desregulatorio que hizo posible el auge del capitalismo de casino, fundamento de la crisis que se inicia en 2008. Se trata e una cuestión esencial, pues indica bien a las clara que la política tiene mucha importancia también hoy en día para organizar la economía, aunque desgraciadamente todo el poder político se está utilizando para favorecer al capitalismo más especulativo. Matt Taibbi profundiza en esta conspiración política por la desregulación con más radicalidad que Krugman en el libro Cleptopía (Lengua de Trapo, 2011).
“Solo para una pequeña –aunque influyente- minoría, la época de la desregulación financiera y el ascenso del endeudamiento supuso en verdad un extraordinario aumento de los ingresos”. En 2006, los 25 administradores de hedge funds (fondos de cobertura, especulativos con dinero prestado) ubicados en Manhattan mejor pagados ganaron 14.000 millones de dólares, tres veces la suma de los sueldos de los ochenta mil maestros de escuela de la ciudad de Nueva York. Estos administradores tienen un doble honorario: cobran por gestionar el dinero de otras personas, pero también se llevan un porcentaje de los beneficios que consiguen. “Esto les supone un incentivo de peso para realizar inversiones arriesgadas: si las cosas van bien, reciben una cuantiosa recompensa; mientras que si las cosas van mal –y ese momento siempre llega- nada les obliga a devolver los beneficios anteriores”. Esto no es economía, es política. Política a favor de unas minorías. Política de clases.
Y aquí es cuando Krugman introduce, con cautela pero con claridad, una clave explicativa que se convierte en una carga de profundidad contra la política democrática actual: es la referencia a esa “puerta giratoria por la que políticos y funcionarios terminan yendo a trabajar para la industria a la que, supuestamente, debían supervisar”. Esta puerta giratoria provoca incluso una perversa transferencia de la lealtad de los altos dirigentes políticos, desde la sociedad que los ha llevado al poder hacia las organizaciones económicas y empresariales que pueden acogerlos cuando abandonen el gobierno: “Quien abandona el puesto siendo tenido en gran estima por el equipo de Davos, podrá ser elegido para una gran variedad de cargos en la Comisión Europea o del FMI aunque sus compatriotas le profesen el más absoluto desprecio. La máxima demostración de solidaridad hacia la «comunidad internacional» sería hacer lo que quiere esa comunidad, enfrentándose incluso a una enorme resistencia por parte del electorado político nacional”.
Krugman presenta su libro como un llamamiento a ejercer presión política contra esta conjura del ajuste mediante la construcción de una opinión púbica informada y movilizada. Yo me apunto. Creo que Hollande también…

sábado, 5 de mayo de 2012

Ernesto Cardenal

Ernesto Cardenal ha sido galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Me alegro mucho. Siempre he sido lector de su poesía. También de su teología liberadora.
Saco de su lugar en la estantería El estrecho dudoso, editado en 1966 por Ediciones de Cultura Hispánica, y Gethsemani, Ky, suplemento de la revista Ecuador (2ª edición, 1968). Junto con la Antología editada por Laia en 1979 (2ª edición), son algunos de los libros más viejos de mi biblioteca literaria (no soy bibliófilo, sólo librívoro).
¿Desprenderán algún día los libros digitales este reconfortante olor a papel y a tiempo?


Pero es de su Cántico cósmico de donde recojo estos versos:

Las personas son palabras.
Y así uno no es si no es diálogo.
Y así pues todo uno es dos
o no es.
Toda persona es para otra persona.
¡Yo no soy yo sino tú eres yo!
Uno es el yo de un tú
o no es nada.
¡Yo no soy sino tú o si no no soy!

viernes, 4 de mayo de 2012

Buenismo en Euskadi

¿Soy bueno? ¿Lo he sido, en general, a lo largo de mi vida? Pues no lo sé: imagino que a ratos sí y a ratos no; supongo que todo dependerá de la experiencia que de su relación conmigo tengan las personas con las que me he encontrado en mis diez lustros de existencia. Por si acaso, no voy a preguntar. Lo que sí he sido toda mi vida, seguro, es “buenista”. Al menos desde la caracterización zafia que de algunos de los impulsos más radicalmente humanos y humanizadores ha hecho una corriente de pensamiento impulsada a partir de 2005 con fines exclusivamente electorales. Nada hay de sustancialmente nuevo en esta estrategia: la derecha iliberal se caracteriza precisamente por su afición a las retóricas de la intransigencia. Lo que sí es nuevo es la extensión que han adquirido estas retóricas en España.
El antibuenismo populista alimenta un malismo que campa a sus anchas en tertulias, artículos y webs, sostenido por un plantel de conocidos intérpretes cuyas declaraciones oscilan entre la petulancia y la mala educación de los más inteligentes de ellos y la procacidad agresiva de los más estultos, que son mayoría. No es preciso padecer de estómago blando para sentir repugnancia ante las opiniones vertidas por ese variopinto conjunto de camisas pardas. Nada hay en sus afirmaciones de Sócrates o de Kant, de Castellio o de Voltaire, de Popper o de Dahrendorf; nada de Jesús de Nazaret. Nada de esa “herencia cultural, religiosa y humanista de Europa, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona humana, la democracia, la igualdad, la libertad y el Estado de Derecho”, tal y como reza el preámbulo del Tratado constitucional europeo.

En el año oscuro de 1935, cuando Europa y el mundo se asomaban al abismo de la guerra total, el historiador holandés Johan Huizinga escribió: “Para la catarsis espiritual que nuestro tiempo necesita hace falta un nuevo ascetismo. Los depositarios de una cultura purificada tendrán que ser como los que se despiertan a altas horas de la madrugada. Tendrán que sacudir sus pesadillas, los malos sueños de su alma, que suben del fango y a él quieren volver: el sueño de las garras que deforman sus manos, y el de los colmillos que les crecen entre los labios. Tendrán que recordar que al hombre le es posible querer no ser una fiera”. Aquella terrible guerra llegó y pasó, pero la pulsión de la fiera seguía ahí. Y en 1948 Albert Camus, otro buenista, escribía: “No hay vida sin diálogo. Y en la mayoría del mundo la polémica ha sustituido hoy al diálogo. El siglo XX es el siglo de la polémica y el insulto. ¿Cuál es el mecanismo de la polémica? Consiste en considerar al adversario como enemigo, en simplificarlo y por consiguiente en negarse a verlo. No hay vida sin persuasión. Y la historia hoy no conoce más que la intimidación”.

No sé si quienes critican el excesivo buenismo de la sociedad vasca están pensando en compensarlo inyectando en la misma dosis crecientes de malismo. No acaban de explicarnos con claridad qué es lo que desean y cómo esperan lograrlo. La bondad, la buena disposición, la amabilidad, la compasión, nada de esto es sinónimo de ingenuidad o de moralismo. Nada hay más realista que el buenismo. El dramaturgo francés Marivaux escribió una vez que “en este mundo hay que ser demasiado bueno para serlo bastante”. Precisamente porque sabemos de lo que somos capaces, elegimos comportarnos con prudencia.

“Primero los de casa”: en sus múltiples versiones, la definición de un “nosotros” y de un “otros” es el primer paso de todas las prácticas eliminacionistas que ha conocido la historia. La secuencia real que define las dinámicas socio-políticas que están en la base del eliminacionismo comienza con la identidad, precisa la mediación de la política y termina, en su caso, en la violencia. La violencia –la violencia de motivación política- está al final de un proceso que empieza con la construcción de un “Nosotros” homogéneo y puro radicalmente confrontado a un “Otros” igualmente homogéneo; antes de la violencia política, como condición necesaria aunque no suficiente de esta, encontramos siempre un ejercicio de estereotipificación que Ulrich Beck conceptualiza con el término de construcción política del extraño. La violencia política se ejerce siempre sobre un Otro estigmatizado, expulsado de la comunidad de reconocimiento, socialmente distante aunque físicamente próximo, definido como amenaza a la coherencia del Nosotros soñado.

Primero los de casa: este ha de ser, parece, el principio fundador de un ejercicio eficiente de la política, frente al buenismo hueco de quienes enarbolan el lenguaje universal de los derechos humanos. Pero fue el buenismo el que a mediados de los 80 nos llevó a denunciar el terrorismo de ETA y a defender en la calle la vida y la libertad de todas y cada una de las personas frente a un discurso y una práctica que definían como población sobrante a una parte de la sociedad vasca. ¿No hemos aprendido nada de estos años pasados en Euskadi? ¿De verdad no nos estremece escuchar apelaciones a identificar a los “auténticos vascos” y a tratarlos de manera distinta a otras personas que, aún viviendo a nuestro lado, son definidas como extrañas?

Tomando prestada la atinada reflexión del sociólogo Xabier Aierdi, ante el fenómeno de la inmigración sobran tanto los discursos implacables como los impecables. La política de inmigración no puede reducirse a entonar el Imagine de Lennon, pero tampoco puede fundarse en la suspensión del valor universal de los derechos inviolables e inalienables de la persona en función de coyunturas políticas o económicas. Se puede discutir sobre la inmigración, claro que sí. Se pueden proponer diagnósticos y políticas diversas, por supuesto. Lo que no se puede es confundir política y testosterona. No alimentemos la fiera.

El daño está hecho, pero no es irreversible. Urge dialogar sobre la inmigración, sí, pero necesitamos hacerlo sin vernos obligados a elegir entre ser buenos o ser eficaces. Necesitamos pactar un marco que nos permita discutir con libertad, pero sin causar daño. A nadie. Tampoco a nosotros mismos.

miércoles, 2 de mayo de 2012

¿En qué espejo nos miramos?

Javier Galparsoro me envía este enlace:

El pasado lunes Basagoiti defendió en un artículo en su blog los recortes en sanidad dictados por el Gobierno, que incluyen restricciones en el acceso a la tarjeta sanitaria a los inmigrantes irregulares, al tiempo que abogó por una sanidad "para todos, pero primero para los de casa".

"Los de casa también son los colombianos, bolivianos o marroquíes que han venido aquí a trabajar y aportar y a pagar las pensiones y a pagar impuestos", ha expuesto hoy en rueda de prensa el dirigente del PP, y ha explicado que en su "reflexión" se refería a "aquellos que han venido de manera ilegal y nunca han aportado al sistema".
Basagoiti ha emplazado a iniciar "un debate racional sobre derechos y obligaciones en un momento en que el dinero no da para todo", y ha lamentado que "PNV y PSE -que criticaron sus palabras- están demostrando que no están dispuestos a abordar esta cuestión".
Además, ha aseverado que no acepta los "insultos" recibidos porque su postura "nada tiene que ver con el racismo o la xenofobia", ya que no hace mención "al lugar del que vienen (los inmigrantes), a su lengua, a su religión o color de piel", sino que se refiere a "regulares o irregulares, a personas que cotizan o no, que ayudan a mantener el sistema o no".
El presidente del PP del País Vasco ha apuntado que en países como Alemania, Reino Unido y Suiza "no hay tarjetas sanitarias para los inmigrantes irregulares" y que el candidato socialista a la presidencia de Francia, François Hollande, "está defendiendo lo mismo que yo".

No sé si lo de Hollande es cierto: si lo fuera, supondría un cambio respecto de la actual situación en Francia. Sí es verdad lo de Alemania, Reino Unido y Suiza. Pero hay otros países que mantienen una política de protección universal de la salud. ¿Por qué mirarnos en aquellos y no en estos?


martes, 1 de mayo de 2012

1º de Mayo

Yo siempre he sido muy manifestero. Ya desde 1977, con mis primos mayores, en aquella semana pro amnistía. Pero nunca he sido de llevar a mi hija conmigo. Sólo de muy chiquitaja, a un par de manis de Gesto. Cuando yo he acudiodo a una manifestación siempre hemos comentado a dónde voy y por qué, pero nada más.
Pero hace unos días empezó a comentar que este 1º de Mayo igual bajaba conmigo a Bilbao. Creo que por influencia de El Intermedio.
El caso es que esta mañana hemos estado en la manifestación de Bilbao. Soleada y hermosa, aunque un poco menos alegre que en otras ocasiones. Pero mucha gente. Mucha.
Al llegar a la Plaza Circular me ha sorprendido al comentar: "Hay mucho grupito, ¿no?". Y lo había. Grupitos y grupos cada uno por su lado, aunque con reivindicaciones parecidas en sus pancartas.
Luego he escuchado a Unai Sordo reclamar más unidad de acción sindical a la hora de afrontar los ajustes, recortes y expropiaciones de derechos.