"Durante el período de reposo e inmovilidad de finales de diciembre, enero, febrero y marzo, los robles, hayas y alerces permanecen desnudos y pelados, con un aspecto desolado como si su espíritu les hubiera abandonado, de modo que no resulta fácil distinguir a los vivos de los muertos. Cuando las primeras brisas anuncian nuevos temporales, las ramas se mecen a regañadientes y aparecen grietas en las capas de hielo que cubren sus cortezas.
Cuando llegan los vientos fuertes, algunas ramas se desprenden y caen al suelo con potentes golpes sordos. El arroyo queda helado durante semanas enteras, las cascadas lucen sus lágrimas heladas como esculturas de extrañas formas y unos carámbanos de casi dos metros cuelgan como estalactitas sepulcrales de los miles de pequeñas placas heladas que bordean la cañada.
De día el bosque parece vacío, completamente solitario, como un gran teatro al que se hubieran quitado las puertas y el techo; apenas algún que otro petirrojo revolotea sobre las hojas del suelo; algún reyezuelo busca en las hendiduras entre las raíces cubiertas de musgo y un tordo solitario corretea en silenciosas y cautas carreras cortas, deteniéndose a escuchar con atención y esperanza el esforzado avance de un gusano que se abre paso bajo tierra".
Mike Tomkies, El último lugar salvaje, Ediciones Martínez Roca, Barcelona 1988






