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jueves, 5 de febrero de 2015

¿Que por qué decepciona tanto la socialdemocracia? No es por eso.

El pasado día 27 de enero el sociólogo Ignacio Urquizu publicaba en EL PAÍS un artículo titulado "¿Por qué decepciona la socialdemocracia?". En el mismo, proponía el siguiente diagnóstico:

El socialismo ha perdido dos valores que son fundamentales en tiempos de crisis. El primero de ellos es la audacia. Cuando las situaciones son de enorme dificultad, solo los que muestran cierta valentía pueden convertirse en referentes para los demás. Pero una parte de la izquierda, en lugar de abanderar soluciones valientes, parece ir a remolque de los acontecimientos. Y esto es una dificultad puesto que muchos de los problemas económicos, sociales y políticos por los que pasan las sociedades europeas exigen respuestas audaces. Por ejemplo, es más que evidente que el nivel de endeudamiento público y privado de las economías del sur de Europa es un lastre para su recuperación. Pero hasta la fecha, a una parte de la izquierda le cuesta utilizar palabras como “reestructuración”. Poco a poco, los principales economistas ven más que evidente que las economías del sur de Europa están abocadas a emprender esta tarea. De hecho, ya se está haciendo de “tapadillo”. Que el plan Juncker implique que las inversiones en infraestructuras productivas no compute para la deuda y el déficit es un reconocimiento implícito a este hecho.
El segundo de los valores que la socialdemocracia debe recuperar es la creatividad. Necesitamos soluciones imaginativas y distintas. La izquierda mayoritaria lleva mucho tiempo sin ver más allá del realismo. El posibilismo la ha encorsetado tanto que, en muchas ocasiones, al socialismo le cuesta soñar con una sociedad distinta en un mundo distinto. Así, cada vez que alguien sugiere una idea nueva, se invierten más esfuerzos en desmontarla mostrando las dificultades de llevar a cabo esa propuesta, que en intentar pensar cómo se podría realizar. Un ejemplo de esto es la renta básica universal. Nadie duda de la enorme dificultad de implementar una medida de estas características. Pero, ¿realmente es imposible? ¿Acaso no existe una enorme literatura de economistas rigurosos que llevan tiempo debatiendo sobre ello?

Me parece un diagnóstico poco atinado, que no alcanza a plantear la gravedad de la prostración que afacta al PSOE. Audacia y creatividad son, en todo caso, valores instrumentales o virtudes secundarias, vehículos para la expresión o aplicación de otros valores primarios, de carácter fuertememte normativo. Estos otros valores, sustantivos, son los que la socialdemocracia ha ido perdiendo en el transcurso de su larga marcha a través de las instituciones.

Urquizu, que publica habitualmente sus artículos en EL PAÍS, ha sido colaborador de la Fundación Alternativas, y así firmaba sus artículos hasta hace un tiempo; ahora firma como coordinador del seminario de análisis político de Metroscopia. Es, sin duda, un reconocido prescriptor para el socialismo español.

En noviembre de 2012 publicó el libro La crisis de la socialdemocracia: ¿qué crisis?, en el que defiende la tesis de que el cambio ideológico experimentado por la socialdemocracia (SD) europea se ecplica, esencialmente, como un intento de responder de la manera más adecuada a las circunstancias de cada momento. Frente a la idea de que la SD ha "traicionado" con estos cambios sus principios fundamentales, el autor explica lo ocurrido  como capacidad de adaptarse a la realidad de su tiempo, una realidad que también ha contribuido a cambiar. Es un libro interesante, pero hay algo en elplanteamiento del mismo que me parece, además de discutible desde la ciencia social, sumamente preocupante desde una perspectiva política aplicada.
"Si algo define a los principios programáticos de la socialdemocracia es su capacidad de adaptarse a las circunstancias”, escribe Urquizu marcando desde el principio el terreno en el que se va a mover el libro (p. 15).
En su explicación de la situación actual de la SD el autor afirma querer huir tanto del historicismo como de la visión normativa: El historicismo serían narraciones o descripciones ya sea de un determinado momento o de largos proceso históricos, carentes de una teoría general que permita no sólo describir sino, sobre todo, explicar los cambios (p. 20). La visión normativa sería aquella que juzga los cambios: Para entender los cambios y “relativizar los momentos de transformación programática” es preciso “quitar peso a las valoraciones normativas sobre el cambio ideológico de los partidos socialistas, evitando los juicios de valor. Que la izquierda mute no es bueno ni malo, sino producto de un conjunto de factores que, en algunas ocasiones, escapan del control de los dirigentes políticos” (22).
En abstracto es cierto: cambiar no tiene por que ser en sí mismo bueno o malo. Pero despojar el análisis de estos cambios de cualquier juicio normativo condena al autor a mantener una insoportable ambivalencia ante el caso de Rosa Luxemburgo y los Espartaquistas: “El apoyo del SPD alemán a las partidas presupuestarias de la Primera Guerra Mundial fue visto como una traición y una renuncia a la lucha del proletariado” , escribe (p. 26). ¿Es que acaso no lo fue? ¿Puede ventilarse como una simple "adaptación pragmática a las circunstancias"?

“Si los partidos socialistas han ido modificando sus propuestas políticas es porque la realidad ha cambiado”, dice. “La evolución ideológica de la SD no deja de ser una adaptación constante a las circunstancias. Los dirigentes socialistas presentan los proyectos políticos en un contexto determinado. Por ello, una modificación ideológica de la izquierda no puede interpretarse como una crisis” (75). “En todo caso, la socialdemocracia estaría en crisis si no fuese capaz de amoldarse y cambiar según las circunstancias” (75-76). ¿Sin ningún límite normativo?
Urquizu explica básicamente la moderación ideológica de la SD por las exigencias derivadas de su participación en la política institucional (elecciones, parlamentos, gobiernos) y por el heco, más reciente en la historia, de tener que desarrollar su actividad política en el marco de esta Unión Europea.
En cuanto a la primera cuestión, la participación en las instituciones representativas hace que se modere su programa máximo (28). “En la medida en que los partidos socialistas buscaban votos más allá de la clase obrera, renunciaban a su programa máximo. Pero esta renuncia ideológica les llevaba a perder apoyos entre los trabajadores, lo que reforzaba su estrategia de seguir buscando los votos de más clases sociales además de la obrera” (53). “La extensión del sufragio universal, la competición electoral y las posibilidades de gobernar influyeron en su moderación ideológica” (58). “Una vez que el socialismo aceptó la democracia representativa como instrumento político para transformar la sociedad, las preferencias del electorado se convirtieron en una parte importante de la estrategia política de la izquierda. Así, las formaciones socialdemócratas tuvieron que ‘adaptar’ sus propuestas programáticas a las demandas de los votantes” (71). “Cuando mejora la renta de la clase obrera, la SD se modera”(69).
¿Y la hegemonía? ¿Y la moralización de esas preferencias? ¿Qué ha hecho la SD para mantener vivos y activos elementos esenciales de su proyecto también en un contexto de crecimiento económico? Si ahora repasáramos  la hemeroteca encontraríamos demasiadas pruebas de que el PSOE y la SD europea en general no sólo se han adaptado a unas determinadas preferencias del electorado, sino que han sido entusiastas legitimadores de estas: desde el socioliberalismo de Boyer y Solchaga al desembarco de ministros socialistas, presidente González incluido, en consejos de administración de grandes empresas.
En cuanto a la Unión Europea: “Si partimos del supuesto de que el Estado tiene un papel fundamental para el proyecto político de la SD, la unión económica y monetaria supone una seria restricción para la izquierda. Cuando los partidos socialistas acceden al poder en la Eurozona, ya no tienen la misma libertad que antes y, por lo tanto, ya no pueden desarrollar la política económica ni manejar las cuentas públicas como ellos podrían desear” (62). “Los partidos socialdemócratas que tienen que realizar propuestas ideológicas dentro de la unión económica y monetaria son mucho más moderados y están más cerca del centro ideológico que el resto de formaciones socialistas. […] Los corsés que el diseño de la Eurozona impone han hecho que la SD se haya moderado ideológicamente” (66).
De nuevo, la pregunta es la misma: ¿qué Europa ha impulsado la SD? La pregunta esencial no es “¿Qué efectos han tenido las instituciones europeas sobre la izquierda?” (59), la pregunta relevante es otra: ¿qué influencia ha tenido la izquierda sobre la construcción europea? Porquelo que debemos criticar de la SD no es que haya perdido sus batallas, sino que haya renunciado a plantearlas.

En fin. La conclusión no puede ser más tranquilizadora para quienes han dirigido y dirigen el PSOE: “Cada vez que la izquierda modificaba sus propuestas, surgían los ‘guardianes de las esencias’ y acusaban a los ‘renovadores’ de traicionar los principios […] Pero, realmente, no cambiar y no adaptarse a la realidad sí que sería una crisis profunda” (130). Las burocracias de la SD aplauden con las orejas cuando leen esto. Y aún más si a continuación leen: “Calificar esta evolución programática de crisis o traición no es justo” (104). “¿Deberían ser los partidos socialistas sordos ante los cambios sociales, políticos y económicos? Es verdad que, en algunos aspectos, la izquierda tiene margen de maniobra para cambiar las circunstancias, como, por ejemplo, el diseño de la unión económica y monetaria. En cambio, en otro debería congratularse de que la sociedad sea más justa o de que los trabajadores mejoren sus condiciones de vida. Si la izquierda ha cambiado en su visión de la economía no ha sido por una traición o una supuesta conspiración, sino porque ha sido capaz de adaptarse a las circunstancias de su tiempo, unas circunstancias que ha contribuido a cambiar” (105).
Ya está, pues, tranquilidad. Lo hemos escuchado en la Conferencia Autonómica del PSOE"Nosotros no podemos, ya hemos podido”, ha dicho Iceta. Y sí, claro que sí,claro que el PSOE está detrás de la mayoría de los avances en libertades y en derechos que se han producido en la España democrática, pero también está detrás (o al lado, como fiel pactador) de muchos grandes retrocesos.

Tras la derrota del PSOE en las elecciones generales Urquizu aconsejaba "repensar el proyecto socialista en varias de sus dimensiones", pero para nada plantear una "catarsis" o "practicar un haraquiri colectivo".
Dado que nadie entre los dirigentes y responsables políticos del PSOE se mostró particularmente catártico tras la derrota y que lo más parecido a un haraquiri que pudimos ver fue esa muerte dulce por intoxicación con gases que fue el proceso de sustitución de Rubalcaba como secretario general, me temo que consejos como los de Urquizu, seguramente bien fundados y mejor intencionados, sirvieron para construir y afirmar la opinión (tan propia de los aparatos de los partidos) de que la cosa no era para tanto, de que lo mejor era mantener la calma y de que la pregunta por las razones del fracaso electoral había que mantenerla en un perfil bajo.
Son consejos como este los que llevan adormeciendo la conciencia crítica y la capacidad de reacción del socialismo español hasta convertirlo en lo que hoy es: una caricatura de sí mismo.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Miliband

Sólo podía ser un Miliband, y ha sido Ed. El más joven de los dos hermanos Miliband se ha alzado con el liderazgo del Partido Laborista británico. Su victoria se ha interpretado como indicador de un retorno del Viejo Laborismo, más izquierdista y vinculado al movimiento sindical que el Nuevo Laborismo impulsado en su momento por Tony Blair.

Uno de los más destacados ideólogos de este New Labour, Anthony Giddens, ya anticipaba hace unos meses el agotamiento del proyecto nuevo laborista (también conocido como "tercera vía"), en buena medida por su sometimiento a las exigencias sin límite de los mercados:

"Fue atinado razonar que el Labour debería ser un partido próximo al mundo empresarial y reconocer la importancia de la City para la economía. Sin embargo, los líderes del partido deberían haber dejado claro con mucha mayor firmeza de como lo hicieron que reconocer las virtudes de los mercados es muy distinto de postrarse ante ellos. El fundamentalismo del mercado debería haber sido objeto de una crítica más explícita y sus limitaciones deberían haber sido reveladas sin ambages a la luz del día".

Alguna conclusión deberíamos sacar también por estos lares.

Ya veremos lo que da de sí el liderazgo de Ed Miliband, pero al menos de entrada es una buena noticia para todos los progresistas europeos.


También es una excelente ocasión para recordar al padre de Ed y David, Ralph Miliband.
Hoy he recuperado de mi biblioteca sus libros publicados en España por la editorial Siglo XXI: El estado en la sociedad capitalista (1970) y Marxismo y política (1978). El último libro de Miliband que compré y leí fue Divided societies: class struggle in contemporary capitalism, editado en 1989 por Oxford University Press, en el que encontré alguna reflexión interesante que utilicé en un libro propio, el titulado Las nuevas condiciones de la solidaridad, de 1994.
Junto con otros historiadores y sociólogos británicos -como Perry Anderson , Edward Thompson, Raymond Williams o Stuart Hall, entre otros-, Ralph Miliband nos ofrecía, a quienes en los Ochenta buscábamos alimentarnos de ideas radicales pero rechazábamos la indigerible dieta estructuralista de los Althusser, Poulantzas y Harnecker, propuestas y reflexiones de enorme interés.
Repasando los subrayados a lápiz de esos viejos libros encuentro cosas como esta:

"Es notable, sin duda, que los analistas políticos que tratan de explicarse la aceptación de la ideologia conservadora por grandes sectores de las clases obreras en los países capitalistas avanzados no hayan hecho mayor hincapié en la contribución a la desmovilización política que regularmente han llevado a cabo los dirigentes socialdemócratas, no sólo por lo que han dicho sino también por lo que han hecho, sobre todo cuando han tenido la oportunidad de ejercer el poder" [El estado en la sociedad capitalista, p. 190].

Y más adelante:
"Sería trivial describir a los hombres en cuyas manos está el poder estatal como si fueran totalmente indiferentes a la pobreza, a la existencia de barrios sórdidos, a la desocupación, a la insuficiencia de la educación, a los pobres servicios de bienestar, a la frustración social y a muchos otros males que afligen a sus sociedades. Formarse tal concepción equivaldría a entregarse a una demonología burda y sentimental que no permite advertir la cuestión real.
El problema no está en los deseos e intenciones de los tenedores del poder, sino que los reformadores, de verdad y de mentira, son prisioneros y, por lo común, prisioneros contentos de un marco económico y social que necesariamente trueca sus proclamas reformistas, por más sinceras que sean, en pura verborrea" [El estado..., pp. 259-260].

De ahí su apuesta por un reformismo fuerte que extienda la participación democrática a todas las áreas de la vida civil con el objetivo, no de tomar posesión de la máquina del Estado y gestionarla sin más, sino de transformarla antes de esta poderosa maquinaria estatal, cual criatura de Frankenstein imponga sus lógicas sobre los gobernantes con vocación progresista y reformadora [Marxismo y política, pp. 238-239].

En fin. Más de tres décadas después de que se publicaran estas idas un Miliband tendrá la responsabilidad y la ocasión de liderar al Laborismo británico. ¿Releerá los escritos de su padre? No para aplicarlos mimeticamente, faltaría más: es un signo de los tiempos que nos toca vivir que los hijos tengan que renunciar, con ganas o por fuerza, a los ideales de sus padres; un signo atroz. Pero sí, al menos, para fortalecerse frente a las añagazas del poder, corrompedor incluso de los esfuerzos más sinceros por actualizar aquellos ideales.
Good luck, Ed!

jueves, 24 de septiembre de 2009

Los Derechos Humanos como programa de cambio

Hace unos días leíamos unas declaraciones atribuidas a Julio Anguita según las cuales en el momento actual habría que dejar a un lado las ideologías porque la única vía posible para cambiar el mundo serían los derechos humanos. "Yo, que soy comunista, hace tiempo renuncié a plantear el comunismo como alternativa o el socialismo, porque eso no llega a la gente. A la gente sí le llega un derecho humano", afirmó el ex coordinador general de IU.
Hoy hemos podido leer una aclaración del propio Anguita a estas declaraciones, aparentemente enfadado por las noticias sobre su supuesta renuncia al comunismo en favor del programa de los derechos humanos: "Yo jamás he renunciado al comunismo o al socialismo. Lo que pasa es que hace tiempo que renuncié a plantearlo a través de la simbología, porque es evidente que ya no gozan del prestigio de otros tiempos. Por eso, creo que la mejor forma de hacer llegar el comunismo en la actualidad es a través de los derechos humanos, que nos deben llevar a la Revolución".

Más allá del affaire Anguita, lo cierto es que José Saramago ya planteó hace algún tiempo esta reflexión. Por cierto, sorprende que el antiguo líder de IU no haga ninguna referencia a este hecho. El escritor portugués lo hizo en varios lugares, pero de manera especialmente destacada en el transcurso de una conferencia para clausurar el ciclo "Literatura y compromiso social", en la Escuela Julián Besteiro de UGT, el 29 de junio de 2000:

"Esta tarde me atrevería a proponer a los partidos de izquierdas -no hablo de los partidos de derechas porque no los conozco, no los he frecuentado nunca- algo tan simple como esto: que reúnan sus programas, sus discursos, sus propuestas y los metan en un cajón, cierren el cajón y tiren la llave. Que se olviden de esos papeles y levanten como programa y como bandera la Carta de Derechos Humanos. Nada más. Es cierto que necesitamos ideas, que las ideas con las que nos fuimos manejando a lo largo de nuestra vida se agostaron, que algunas entraron en una especie de atrofia de la que podrán ser rescatadas o no, pero, en este momento, si no me equivoco demasiado, y todo parece indicar que no, hay que apuntarse a lo básico, a lo fundamental, a los principios. El siglo XXI será el siglo donde se gane o se pierda la batalla por los Derechos Humanos".

¿Es realmente posible realizar esta sustitución?
En el transcurso de un coloquio en los años setenta, al calor del Concilio y lejos de la acritud que hoy destilan los debates sobre laicidades y laicismos, dialogaban el filósofo Herbert Marcuse y el teólogo Johann Baptist Metz. El filósofo afirmó que con las Bienaventuranzas no se podía hacer política, a lo que el teólogo respondió que tal vez fuera así en un sentido práctico, pero que sin ellas de ninguna manera podía hacerse una política humana.
Lo mismo ocurre con la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
En todo caso, comparto con Saramago y con Anguita su reivindicación y, sobre todo, su llamamiento a llevara a la práctica.

En lo que se equivoca Anguita es en sus valoraciones sobre el nivel y la calida de la conciencia política de la ciudadanía, con declaraciones como estas:
  • "Los ciudadanos votan a ladrones y son plenamente conscientes. Pero se produce una complicidad tácita. Los ciudadanos se conforman con las migajas y aceptan la corrupción, que no es necesariamente robar. La corrupción también es, por ejemplo, incumplir responsabilidades".
  • "La gente ama la simplicidad, y los políticos se limitan a facilitársela. Hacen representaciones para perros mentales, para vagos. Pero cuidado, la pereza de las mentes es la antesala del fascismo. De ahí a levantar el brazo no hay nada".
Al menos, espero que se equivoque. Porque si no, ni comunismo, ni socialismo, no derechos humanos, ni nada que no sea nada más que más de lo mismo, de lo peor, además.
Contrasta su opinión con la expresada por Saramago, igualmente crítica, pero infinitamente más invitadora:

"Creo que la batalla de los Derechos Humanos la tendrá que dar la izquierda, una izquierda nueva y renovada, que habrá guardado sus propuestas para enarbolar la bandera de la Declaración Universal. Y a partir de ahí comenzaremos otra vez, en todos los niveles de la sociedad, empezando por la calle, a dejar oír nuestra voz, que parece que hemos perdido la facultad de indignación. Si el Real Madrid gana al Valencia en París, se reunirán en la Cibeles un millón de madrileños. Imagínense lo que hubiera sucedido en Portugal si hubiéramos vencido a Francia ayer: todos los problemas se olvidarían en aras de la concordia nacional, finalmente obtenida por el hecho de que once chicos ganaran un campeonato de fútbol. Y de acuerdo que todo eso lo necesitamos: alegría, distracción, diversiones... Pero la vida es una cosa tan seria, y las vidas que tenemos son tan cortas, tan breves, que si no hacemos nada por ellas, no hacemos nada por nosotros ni por los demás, por los chicos que no saben quiénes son, que no saben en qué creer, a esos a los que tenemos que pasarles el testigo. Sin embargo, a ellos les podemos decir: "Mirad, tenéis aquí este papel que fue redactado hace cincuenta años, y que, al contrario de lo que ocurre con mucho de lo que se escribe, el tiempo no le ha quitado importancia, ni le ha restado vigencia, es actual. Este papel es la Declaración de los Derechos Humanos, y nos ha sobrevivido". Esta es mi propuesta".

domingo, 22 de febrero de 2009

REPENSANDO A MARX







No todo va a ser el monotema. La revista TIME llevó a portada el pasado 2 de febrero nada menos que a Carlos Marx, a quien dedicó un interesante reportaje firmado por el periodista Peter Gumbel. El reportaje (en inglés) puede leerse en: