Leo que Bad Bunny canta contra la gentrificación y la turistificación, pero su gira ha subido un 29% el precio de los hoteles en Madrid. Un artista globalizado que denuncia la gentrificación, la expulsión de residentes y la mercantilización de los territorios genera, al mismo tiempo, un acontecimiento que contribuye a encarecer el alojamiento, intensifica los flujos turísticos y moviliza enormes cantidades de capital. ¡Qué paradoja! O no. Lo paradójico es pensar que Bad Bunny canta contra el sistema.
Es verdad que el hecho de que los hoteles suban de
precio durante unos conciertos no equivale exactamente a un proceso de
gentrificación, que implica transformaciones duraderas del mercado
inmobiliario, sustitución de población residente y reconfiguración social de
los barrios. Pero sí forma parte de la misma lógica de ciudad convertida en
plataforma de consumo y atracción de visitantes. Los grandes conciertos,
congresos, eventos deportivos o festivales participan de una economía urbana
que trata el territorio como recurso competitivo. En Bilbao empezamos a saber
mucho de esto.
Desde siempre el capitalismo ha demostrado una
extraordinaria capacidad para absorber las críticas dirigidas contra él y
convertirlas en mercancía. La rebeldía, la autenticidad, la denuncia social o
la reivindicación de identidades subalternas no quedan necesariamente fuera del
mercado; al contrario, con frecuencia se transforman en productos altamente
rentables. La crítica se consume, la disidencia se convierte en espectáculo y
el propio capitalismo cultural necesita constantemente narrativas de
transgresión para renovarse. Como analizaron Luc Boltanski y Ève Chiapello en
'El nuevo espíritu del capitalismo', una parte importante de la crítica social
y artística de los años sesenta y setenta fue incorporada por el propio
capitalismo para legitimarse y reinventarse.
En ese sentido, el problema no es que Bad Bunny
denuncie la gentrificación mientras su gira produce efectos gentrificadores. El
problema sería esperar que un artista global, convertido en una de las mayores
industrias culturales del planeta, pueda situarse realmente fuera de las
dinámicas económicas que hacen posible su éxito. Su figura es inseparable de
una compleja maquinaria de plataformas digitales, promotoras, aerolíneas, cadenas
hoteleras, patrocinadores y mercados globales del entretenimiento. Por eso la
pregunta sociológicamente relevante no es tanto si el artista es coherente o
incoherente, sino cómo un sistema económico es capaz de integrar incluso los
discursos que lo cuestionan.
Pero lo cierto es que él sí se presenta personalmente
como crítico del sistema. Si nos situamos en el plano de la autopercepción o de
la imagen pública que proyecta, Bad Bunny no aparece simplemente como un
artista que incorpora ocasionalmente mensajes críticos, sino como alguien que
se presenta a sí mismo como portavoz de determinadas resistencias: frente a la
colonización cultural, la turistificación de Puerto Rico, la especulación
inmobiliaria, el racismo o la homofobia. Desde esa perspectiva, la
contradicción resulta más visible. Porque una cosa es reconocer que nadie puede
situarse completamente fuera del sistema y otra muy distinta construir una
identidad pública basada en la oposición a él mientras se ocupa una posición
extraordinariamente privilegiada dentro de las industrias globales del
entretenimiento.
Ahora bien, tampoco conviene exagerar la singularidad
del caso. Se trata de una tensión clásica en la historia de la cultura popular.
Ya ocurrió con el rock, el punk, el hip-hop o incluso con determinadas figuras
de la canción protesta. Artistas que nacieron cuestionando el orden establecido
acabaron convertidos en marcas globales. El sistema no solo comercializa los
productos culturales; comercializa también las identidades contestatarias.
Por eso la cuestión no es tanto si Bad Bunny es
sincero. Tal vez lo sea cuando denuncia los efectos del turismo masivo sobre
Puerto Rico o la expulsión de la población local de determinados barrios, pero
su capacidad para difundir ese mensaje depende precisamente de las
infraestructuras económicas y culturales de la globalización que producen
fenómenos similares en muchos otros lugares. Se trata de un ejemplo muy
contemporáneo de crítica integrada: una voz que denuncia ciertos efectos del
capitalismo global desde una posición que es, al mismo tiempo, uno de los
grandes éxitos de ese mismo capitalismo global.
Artistas que nacieron cuestionando el orden
establecido acabaron convertidos en marcas globales. El sistema no solo
comercializa los productos culturales; comercializa también las identidades
contestatarias
Esto no significa que toda crítica sea inútil o que
toda denuncia esté condenada a convertirse en mero espectáculo. Pero, en una
época en la que incluso la rebeldía puede convertirse en mercancía, el problema
ya no es distinguir quién está dentro y quién está fuera, sino preguntarnos qué
críticas transforman realmente las estructuras y cuáles terminan formando parte
del espectáculo que las reproducen. Los discursos públicos pueden contribuir a
visibilizar problemas reales, generar conciencia social y abrir espacios de
debate, pero el capitalismo contemporáneo ha demostrado una notable tolerancia
hacia las formas simbólicas de contestación. Lo que le resulta mucho más
difícil gestionar no son las canciones que lo cuestionan, sino las regulaciones
que limitan sus beneficios, las políticas urbanísticas que frenan la
especulación, las reformas fiscales que redistribuyen riqueza o las normas
laborales que reducen la precariedad. Ahí es donde la crítica deja de ser una
estética y se convierte en una fuerza material.
“What's Up, Doc?”, decía otro Bunny, en este caso
Bugs. “¿Qué hay de nuevo, viejo?”, en su traducción al castellano. No hay nada
nuevo en el caso Bad Bunny. Es todo muy viejo: se llama capitalismo. Del
machismo hablaremos otro día...
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