sábado, 30 de mayo de 2026

Historia de una montaña

Élisée Reclus
Historia de una montaña
Ilustraciones de Clément Vuillier
Traducción de Marcos Nava García
Errata naturae, 2026

"Estaba triste, abatido, cansado de la vida. El destino había sido duro conmigo, me había arrebatado a seres queridos, había arruinado mis proyectos, había reducido a la nada mis esperanzas. Aquellos a quienes llamaba amigos se habían vuelto en mi contra al verme asaltado por la desgracia; la humanidad en su conjunto, con sus intereses en conflicto y sus pasiones desatadas, me parecía horrible. Quería escapar a toda costa, ya fuera para morir o para recuperar, en soledad, mi fuerza y la calma de mi espíritu.
Sin saber muy bien adónde me llevaban mis pasos, salí del
bullicio de la ciudad y me dirigí hacia las grandes montañas, cuyo perfil dentado divisaba en el horizonte"



Como expliva en el prefacio Bérengére Cournut, los años en los que Élisée Reclus concibió y escribió Historia de una montaña estuvieron marcados por una sucesión de tragedias personales y conmociones políticas que dejaron una profunda huella en su vida. En poco más de una década perdió a las dos mujeres que había amado intensamente, Clarisse y Fanny, ambas fallecidas al dar a luz con apenas cinco años de diferencia entre una y otra muerte. A ese dolor íntimo se sumó el trauma colectivo de la Comuna de París. Reclus tomó partido por los federados, aquellos ciudadanos y trabajadores que se enfrentaron al gobierno de Versalles y pagaron a menudo con su vida aquella apuesta revolucionaria. La derrota le acarreó la prisión, varios encarcelamientos sucesivos y una condena a deportación que finalmente fue sustituida por el exilio en Suiza desde 1873. Todo indica que aquellos años estuvieron dominados por una profunda desolación. Por momentos, la violencia sufrida y contemplada pareció erosionar su confianza en los seres humanos hasta acercarlo al borde de la desesperanza.

Sin embargo, el libro narra precisamente el proceso contrario. Aunque las primeras páginas transmiten el desencanto de quien abandona la ciudad buscando refugio en la montaña, el ascenso físico acaba convirtiéndose en un itinerario moral y, a medida que avanza la obra, la montaña no aleja a Reclus de la humanidad, sino que lo reconcilia con ella. Como alpinista apasionado y como pensador anarquista, veía en las cumbres un espacio privilegiado para experimentar la autonomía, el esfuerzo compartido y el encuentro directo con la realidad material del mundo. Frente a las jerarquías, convenciones y artificios de la vida urbana, la montaña aparece como un lugar donde recuperar una relación más auténtica con uno mismo y con los demás. No se trata de una idealización romántica de la naturaleza salvaje, sino de la convicción de que ciertos paisajes favorecen formas de percepción y de convivencia más libres. El geógrafo vuelve a reconocer la dignidad de los hombres y mujeres humildes que viven en las alturas, humildes pero libres, como los animales que las habitan. La montaña es descrita por Reclus como un inmenso tejido de relaciones en el que ninguna forma de vida resulta insignificante. Todo ello, bellamente ilustrado por Clément Vuillier.


En ese sentido, el libro anticipa muchas de las preocupaciones ecológicas contemporáneas. Reclus rechaza la idea de una naturaleza separada de la humanidad y propone una visión profundamente relacional del mundo. Los seres humanos forman parte de los mismos procesos que observan; no son conquistadores de la naturaleza ni espectadores externos, sino una expresión más de ella. Esta intuición, formulada décadas antes de la aparición de la ecología moderna, atraviesa toda la obra y le otorga una notable actualidad.

"Tarde o temprano, las épocas heroicas de la exploración de las montañas llegarán a su fin, como las de la exploración del propio planeta, y el recuerdo de los famoso exploradores se convertirá en leyenda. Una tras otra, las montañas acabarán por ser escaladas. Se trazarán senderos y vías de ascensión, y luego caminos aún más transitables desde la base hasta la cima para facilitar el acceso incluso a los desocupados y a los que se aburren en sus casas. Se guiarán paseos entre las grietas de los glaciares para mostrar a los curiosos la textura del cristal. Se instalarán ascensores mecánicos en las paredes antes inaccesibles, y los turistas podrán izarse a lo largo de las vertiginosas paredes, fumando sus puros y comentando las últimas y más escandalosas noticas de los diarios".

Lo que hace de Historia de una montaña un libro tan singular es esa capacidad para integrar ciencia, filosofía y literatura en una misma narración. Su mirada geográfica es inseparable de una preocupación por la justicia, la igualdad y la emancipación. La naturaleza no es para él un refugio al margen de la historia, sino un marco desde el que comprender mejor las posibilidades y los límites de la acción humana. Reclus escribe con el rigor de un geógrafo, la sensibilidad de un poeta y la amplitud de miras de un humanista. Más de un siglo después de su publicación, el libro sigue invitando a levantar la vista, a mirar el paisaje con atención y a comprender que cada roca, cada valle y cada cumbre forman parte de una historia mucho más extensa que la nuestra. Y al hacerlo nos recuerda algo que hoy resulta especialmente valioso: que conocer el mundo y admirarlo no son actividades distintas, sino dos formas inseparables de habitarlo.


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