sábado, 28 de febrero de 2026

La tierra del dulce porvenir

Harper Lee
La tierra del dulce porvenir
Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino
Lumen, 2025

"Durante la Depresión, el señor Fink Sewell, un vecino de Maycomb conocido desde hacía tiempo por su libertad de pensamiento, desenterró a su propio abuelo y le extrajo todos los dientes de oro para saldar una hipoteca. Cuando el sheriff fue a detenerlo por saqueo de tumbar y acaparamiento de oro, el señor Fink argumentó que si su abuelo no era suyo, ¿de quién era? El sheriff contestó que el viejo señor M. F. Sewell estaba enterrado en terreno público, pero el señor Fink respondió puntillosamente que, a su modo de ver, aquella era su plaza en el cementerio, aquel su abuelito y aquellos sus dientes, y se negó a dejarse detener. La opinión pública en Maycomb se puso de su parte: el señor Fink era un hombre honorable que intentaba por todos los medios pagar sus deudas, y la ley no volvió a molestarlo".


Considerada durante mucho tiempo como autora afamada de una sola obra -¡pero qué obra!- la publicación en 2015 de Ven y pon un centinela, rodeada de polémica, fue un acontecimiento para quienes, como yo, nos declaramos abiertamente Mockingbirdianas y Mockingbirdianos. Ahora llega otra ocasión para encontrarnos con la mirada luminosa de Harper Lee gracias a estas dieciséis piezas breves (ocho cuentos y ocho ensayos y cartas) que componen un libro delicioso, una ventana abierta a la sensibilidad más íntima de la autora de Matar a un ruiseñor.

El título -La tierra del dulce porvenir- ya sugiere una tensión: lo dulce no es complacencia, sino memoria, no es ingenuidad, sino un eco persistente de la infancia y del paisaje. Harper Lee escribe con la cadencia del sur, con esa respiración lenta que parece detenerse en los detalles más nimios: el polvo suspendido en el aire, el rumor de un porche al atardecer, la voz de una vecina o un vecino que cargan con historias heredadas. 

En los relatos, la infancia aparece como territorio ambiguo. No es el paraíso idealizado, sino un espacio de descubrimiento moral. Las niñas (sobre todo) y los niños de los relatos de Harper Lee no son inocentes absolutos, sino seres que aprenden a leer el mundo a través de las grietas de los adultos. Hay algo profundamente ético en su mirada: una confianza en que la experiencia cotidiana, incluso la más doméstica, encierra dilemas universales. El sur no es un mero escenario regionalista, sino un laboratorio moral; la “tierra de lo dulce” es, al mismo tiempo, la tierra de las heridas históricas y bajo la suavidad del título se adivina la conciencia de un país fracturado. La autora sabe que la memoria puede ser refugio, pero también confrontación. Ahí están ya Maycomb y la luminosa Jean Louise Finch.

Aunque se trate de piezas diversas, tanto las narrativas como las ensayísticas comparten una atención reverente por la dignidad humana, incluso cuando aborda las contradicciones del sur. Sin idealizar nada Harper Lee hace una exposición delicada de las complejidades sociales que marcaron su tiempo, construyendo y practicando una ética de la mirada que observa sin condescendencia y sin cinismo a unos personajes poseedores de una humanidad irreductible. 

Con un atinado prólogo de Casey Cep, experta en la obra de Harper Lee y autora ella misma de un libro muy recomendable, La tierra del dulce porvenir es una lectura obligada para quienes amamos la obra anterior de Harper Lee, pero también una excelente puerta de acceso a esta autora para quienes todavía -¿habrá alguien?- no la conozcan.

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