Campo visual
Traducción de Pilar Vázquez
Volcano, 2018
"Aunque no había tierra habitada a la vista, tampoco estábamos solos de verdad en el océano. A dieciséis kilómetros en dirección oeste, como una luna con respecto a la tierra fértil de Roma, se veía el islote baldío de Sula Sgeir, una fábrica de alcatraces. Y estaba siempre la sensación de la raza antigua que había habitado la isla. Personalmente, si en algún momento me sentí remota o aislada, nunca fue por la lejanía de la tierra firme, más allá del horizonte, sino en relación con el pueblo abandonado a medio kilómetro de nuestro refugio. Las formas ovales que sus habitantes habían excavado y la humilde capilla tenían algo hogareño y reconocible. Nosotros comíamos sopas de sobre y fruta enlatada, y contemplábamos por la ventana las reliquias de una inteligencia perdida, los campos abandonados hacía mucho tiempo, dorados por la luz del atardecer".
En este libro Kathleen Jamie se aleja formalmente de la poesía, género por el que es más conocida, para adentrarse en el ensayo de naturaleza con una voz que combina contemplación, precisión científica y una sensibilidad que sigue siendo profundamente poética. El resultado es una reflexión serena y penetrante sobre la mirada: cómo vemos el paisaje, cómo lo habitamos y cómo nos vemos a nosotras mismas dentro de él.
El eje del libro es la observación. La autora viaja por distintos territorios, principalmente en su tierra, Escocia, pero también en lugares como el Ártico o en sitios arqueológicos remotos, y convierte cada desplazamiento en una exploración íntima. No se trata de una naturaleza espectacular narrada con grandilocuencia, sino de una atención minuciosa a lo aparentemente pequeño: fósiles, aves marinas, glaciares, huesos, viento, luz. Kathleen Jamie visita laboratorios de anatomía, conversa con personas expertas que estudian ballenas o glaciares, observa restos humanos antiguos con una mezcla de curiosidad y respeto. La autora transforma estos encuentros en meditaciones sobre el tiempo profundo: la vida humana aparece como un instante dentro de escalas geológicas y biológicas inmensas, con una perspectiva que dilata la conciencia de la lectora, del lector, activando una actitud de humildad ante el mundo natural.
La autora practica lo que podríamos llamar una “ética de la mirada” que, frente a la tradición del ensayo naturalista dominado por figuras masculinas que describen la conquista o el dominio del territorio, propone una mirada horizontal, paciente y consciente de la fragilidad del entorno. Hay una voluntad constante de no imponerse sobre el paisaje, sino de escucharlo desde una actitud de atención plena. Aunque el libro está lleno de descripciones de exteriores -islas ventosas, mares fríos, cavernas, hielo-, el movimiento real es hacia el interior. Consciente de la enfermedad, la maternidad y el paso del tiempo, el cuerpo humano, vulnerable y finito, se convierte en otro paisaje a explorar.
La formación poética de Kathleen Jamie se percibe en cada página. Cada palabra parece elegida con cuidado, en una economía expresiva que genera una intensidad particular y nos deja con una sensación de amplitud, como si nuestra propia mirada se hubiera afinado, invitándonos a habitar el mundo con mayor conciencia y sencillez.

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