sábado, 9 de mayo de 2026

Interrumpir el ruido, recuperar la escucha, romper el silencio y alzar la voz

[1] AUDRE LORDE, poeta Negra (con N mayúscula, como ella escribía siempre) y lesbiana, es autora de un breve texto titulado “La transformación del silencio en lenguaje y acción”:

¿Qué palabras no podéis pronunciar aún? ¿Qué necesitáis decir? ¿A qué tiranías estáis sometidas día tras día, en un intento por hacerlas vuestras, hasta que lleguéis a enfermar y muráis, todavía en silencio? […]

No dudéis de mi miedo, pues la transformación del silencio en lenguaje y acción es un acto de autoconocimiento, lo cual siempre resulta amenazante.

Y continua diciendo:

En el origen de nuestro silencio, cada una de nosotras pinta el rostro de su propio miedo a ser menospreciadas, censuradas, juzgadas, reconocidas, desafiadas, aniquiladas. Sin embargo, creo que lo que más tememos es la visibilidad, sin la cual no podemos vivir una vida auténtica. […] Y esa visibilidad que nos hace más vulnerables es también la fuente de nuestro poder más grande. Porque la trituradora intentará pulverizarte en cualquier caso, hables o no. Podemos seguir escondidas en un rincón, eternamente mudas, mientras nuestras vidas y las de nuestras hermanas son desperdiciadas, mientras se deforma y se destruye a nuestras hijas e hijos, mientras se envenena nuestra tierra; podemos permanecer en nuestro espacio seguro, mudas como peces, sin que por ello tengamos menos miedo.

 

[2] El silencio no siempre significa lo mismo. Hay un silencio impuesto que desactiva la conciencia y un silencio fértil que hace posible la atención, la escucha y la responsabilidad.

Hay silencios que protegen, permiten escuchar y abren espacio para comprender. Pero también existen silencios que condenan. Son aquellos que aparecen cuando la injusticia, el sufrimiento o la desigualdad permanecen sin respuesta. Cuando quienes pueden hablar no lo hacen, el abandono se normaliza y la opresión encuentra el terreno perfecto para reproducirse.

 

[3] Esto no puede entenderse únicamente como una cuestión de cobardía individual o indiferencia moral. Muchas veces el silencio no nace de una decisión consciente de ignorar a la otra, sino de un sistema que debilita nuestra capacidad de atención.

Este es nuestro caso. Lo que nos enmudece no es el miedo a la represión. Es la desatención.

Vivimos rodeadas de ruido: información constante, interrupciones permanentes, estímulos que se suceden sin pausa y que dificultan la reflexión. Todo ocurre demasiado rápido como para detenerse verdaderamente ante el dolor ajeno. Así, el problema no es solo que no hablemos, sino que dejamos de escuchar.

Ese ruido permanente funciona como una forma de silenciamiento. Aunque aparentemente vivimos en sociedades saturadas de voces, opiniones y mensajes, cada vez resulta más difícil sostener una atención profunda. La sensibilidad se anestesia y las respuestas se automatizan. Nos acostumbramos a consumir el sufrimiento como una imagen más entre miles de imágenes, sin tiempo para transformarlo en conciencia o responsabilidad. El sistema no necesita prohibirnos hablar; le basta con mantenernos distraídas, aceleradas y emocionalmente agotadas.

De hecho, puede decirse que el problema contemporáneo del silencio no consiste únicamente en que las personas callemos frente a la injusticia, sino en que las condiciones mismas de nuestra vida social dificultan cada vez más la posibilidad de escuchar, atender y dejarnos afectar por el mundo y por las demás. En este sentido, el silencio “malo” y el silencio “bueno” pueden entenderse como dos formas radicalmente distintas de relación con el mundo.

 

[4] Hay un sociólogo alemán, uno de los más recientes miembros de la conocida como Escuela de Frankfurt o Teoría Crítica de la Sociedad, HARTMUT ROSA, que viene desarrollando desde hace poco más de una década una de las reflexiones a mi juicio más potentes para entender nuestros tiempos y para buscar caminos de transformación.

Sostiene Rosa que la modernidad tardía está organizada en torno a una lógica de aceleración constante. No se trata solo de que hagamos más cosas en menos tiempo, sino de que toda la estructura de la vida social se encuentra sometida a una presión permanente de dinamización: más información, más comunicación, más productividad, más consumo, más disponibilidad. La aceleración no es simplemente una experiencia subjetiva de estrés; es el principio estructurador de nuestras sociedades.

En este contexto, el ruido permanente no es accidental. Constituye una condición funcional del sistema. Vivimos expuestas a flujos ininterrumpidos de estímulos, mensajes, imágenes y demandas de atención que fragmentan nuestra experiencia y reducen nuestra capacidad de detenernos. El resultado es paradójico: cuanto más conectadas estamos, menos capacidad tenemos de establecer relaciones significativas con aquello que nos rodea. El exceso de comunicación termina produciendo una forma profunda de silenciamiento.

Aquí aparece el primer sentido del “silencio malo”. No es únicamente el silencio de quien decide callar frente a una injusticia evidente. Es también el silencio producido por una sociedad que ha debilitado las condiciones necesarias para que algo nos afecte realmente. La aceleración genera sujetos constantemente ocupados, interrumpidos y dispersos. Y un sujeto incapaz de sostener la atención difícilmente puede escuchar el sufrimiento ajeno de manera profunda.

Por eso Rosa habla de alienación. La alienación no significa simplemente sentirse extraña respecto al trabajo o a la sociedad, como en ciertas lecturas clásicas, sino experimentar una relación muda con el mundo. El mundo deja de “hablarnos”. Las personas, las instituciones, la naturaleza e incluso nuestras propias experiencias aparecen como objetos distantes, funcionales o intercambiables. Vivimos rodeadas de cosas y de personas, pero sin verdadera conexión con ellas.

La alienación contemporánea adopta así una forma silenciosa. No es necesariamente violenta o explícita; muchas veces se presenta como saturación, indiferencia o agotamiento emocional. El sufrimiento ajeno se convierte en una noticia más, en una imagen más dentro de un flujo infinito de contenidos. La capacidad de conmoción disminuye porque el sistema nos obliga a movernos rápidamente de una experiencia a otra sin permanecer en ninguna. La atención queda colonizada por la lógica de la aceleración.

Desde esta perspectiva, el silencio que condena no siempre es una omisión consciente. Muchas veces es el efecto de estructuras sociales que producen desconexión afectiva y dispersión perceptiva. No denunciamos la injusticia porque hemos perdido, parcialmente, la capacidad de escucharla. O, mejor dicho: porque vivimos en entornos que hacen extremadamente difícil sostener una relación sensible con el dolor de las otras y los otros.

 

[5] En la propuesta de Rosa encontramos una categoría fundamental, que denomina “resonancia”. La resonancia describe una forma de relación viva con el mundo, una relación en la que algo exterior nos afecta, nos interpela y produce una respuesta transformadora. La resonancia no implica control ni apropiación; implica disponibilidad para ser tocadas por algo o alguien. Solo hay resonancia cuando dejamos de relacionarnos con el mundo desde la pura lógica instrumental.

La resonancia es, por tanto, una relación viva con el mundo. El problema es que las dinámicas de aceleración de la modernidad tardía dificultan esa posibilidad de relación viva.

Porque alcanzar la resonancia exige tiempo, atención y apertura. Y precisamente esas son las capacidades erosionadas por la aceleración contemporánea. Por eso hay un silencio que puede convertirse en una condición de posibilidad para la resonancia, aquel que permite recuperar una relación atenta con el mundo, de manera que podemos volver a escuchar aquello que el ruido social había vuelto inaudible: el sufrimiento de las otras, nuestra propia fragilidad, la presencia de lo común o incluso la experiencia del sentido.

En este sentido, la resonancia transforma el significado de la denuncia. Denunciar no consistiría simplemente en emitir opiniones o producir más discurso. Primero algo tiene que afectarnos profundamente; después aparece la necesidad de responder.

Esto es muy importante porque permite diferenciar entre una reacción automática, inmediata y superficial (muy típica de las dinámicas aceleradas de redes sociales y opinión permanente), y una respuesta verdaderamente resonante, que implica atención, implicación y transformación.

La aceleración favorece la primera: respuestas rápidas, indignación instantánea, opinión continua. Pero esas respuestas no transforman nada porque no proceden de una relación profunda con el problema. Son reacciones integradas dentro del mismo flujo acelerado que sostiene los sistemas de dominación.

La resonancia, en cambio, exige otro ritmo. Exige detenerse, escuchar y dejarse afectar. Por eso el silencio bueno tiene una dimensión política: resiste la lógica social que convierte toda experiencia en consumo rápido de estímulos.

El gran peligro de las sociedades aceleradas no es solo la injusticia, sino la pérdida progresiva de nuestra capacidad de resonar con ella. Cuando nada nos afecta verdaderamente, el sufrimiento puede expandirse sin encontrar respuesta.

 

[6] La cuestión, por tanto, no es únicamente individual. La resonancia no depende solo de nuestra voluntad personal de escuchar o de detenernos. También necesita condiciones sociales, culturales e institucionales que la hagan posible. Ninguna persona puede sostener por sí sola una relación resonante con el mundo cuando vive permanentemente sometida a ritmos de aceleración, precariedad, miedo o saturación. Por eso la pregunta decisiva no es cómo recuperamos individualmente la capacidad de escuchar, sino qué formas de vida colectiva permiten la escucha y la fortalecen.

En este sentido, la crisis de resonancia es una crisis política. Las sociedades contemporáneas producen cada vez más dificultades para construir espacios comunes de atención compartida. Incluso aquello que tradicionalmente servía para generar vínculos y experiencias colectivas de sentido -la conversación pública, la educación, la cultura, los movimientos sociales, la fiesta o el ámbito religioso- queda subordinado a las lógicas de la velocidad, la productividad y la competencia. El resultado es una ciudadanía cada vez más conectada técnicamente, pero cada vez menos disponible para una escucha mutua profunda.

La aceleración no solo coloniza nuestro tiempo individual; también transforma los espacios públicos y nuestra manera de habitarlos.

Por eso la resonancia tiene una dimensión profundamente política. No se trata únicamente de una experiencia íntima o emocional, sino de la posibilidad de crear formas de convivencia donde las voces vulneradas puedan ser verdaderamente escuchadas y donde el sufrimiento no quede absorbido por el ruido social. Una comunidad resonante no es una comunidad sin conflictos, sino una comunidad capaz de escuchar incluso aquello que incomoda, interrumpe o cuestiona sus inercias.

Defender espacios de silencio, atención y escucha compartida constituye hoy una tarea política de primer orden. Frente a sociedades que nos empujan continuamente hacia la dispersión y la respuesta automática, necesitamos instituciones, prácticas y formas de encuentro que permitan sostener la atención sobre aquello que realmente importa. Escuelas capaces de educar en la escucha y no solo en el rendimiento; medios de comunicación que no vivan exclusivamente de la alarma permanente; espacios comunitarios donde la palabra no esté completamente sometida a la lógica de la velocidad o del espectáculo.

Porque allí donde desaparece la posibilidad de resonancia colectiva, el sufrimiento corre el riesgo de convertirse en algo socialmente invisible. Y cuando una sociedad pierde la capacidad de escuchar a quienes sufren, comienza también a perder la capacidad de transformarse a sí misma.

 

[7] Existe también un silencio “bueno”, un silencio necesario. El silencio bueno no es retirada del mundo, sino recuperación de la posibilidad de una relación viva con él. Un silencio que no nos aleja de las demás, sino que nos vuelve nuevamente capaces de escucharlas.

Ese silencio no consiste en retirarse del mundo ni en refugiarse en una interioridad aislada. Tampoco es pasividad. Es una interrupción consciente de los ritmos acelerados que organizan nuestra vida cotidiana. Una suspensión de los flujos automáticos del ruido social (la infoxicación de las redes sociales con su banalidad, las fake news, los miedos inducidos, el alarmismo constante de los medios de comunicación, el soniquete publicitario que constantemente nos incita a desear lo que ni siquiera necesitamos) para recuperar la capacidad de mirar, escuchar y pensar. Ese silencio no nos aleja del mundo: nos devuelve a él de una forma profundamente humana.

Solo desde esa pausa puede aparecer una verdadera atención hacia las demás. Escuchar el sufrimiento ajeno requiere detenerse. Reflexionar exige interrumpir, aunque sea temporalmente, la lógica de la productividad, de la velocidad y de la hiperestimulación. El silencio puede convertirse en una forma de resistencia frente a sistemas que buscan individuos permanentemente distraídos y emocionalmente fragmentados.

El “silencio bueno” es una condición de posibilidad para la resonancia, no porque el silencio tenga valor en sí mismo, sino porque crea un espacio de disponibilidad. La resonancia requiere apertura, receptividad y atención, y esas disposiciones solo pueden aparecer cuando se interrumpen temporalmente las dinámicas de aceleración.

El silencio bueno sería entonces una pausa que rompe el flujo instrumental del sistema y permite recuperar una relación sensible con el mundo. Gracias a esa interrupción podemos volver a escuchar aquello que normalmente queda oculto bajo el ruido:

  • el sufrimiento de las personas y colectividades vulneradas,
  • la fragilidad humana,
  • las necesidades de las otras,
  • nuestra propia interioridad,
  • e incluso dimensiones éticas y políticas de la existencia que la aceleración vuelve invisibles.

No se trata simplemente de hablar más o más alto, sino de recuperar las condiciones que hacen posible una palabra auténtica. Porque únicamente quien ha aprendido a callar de manera consciente puede escuchar de verdad y, desde ahí, romper el silencio que condena.

Antes de hablar hay que haber sido afectadas por algo, por alguien. Y para que algo o alguien nos afecte necesitamos espacios de atención no colonizados por el ruido permanente. Una sociedad incapaz de guardar silencio difícilmente puede construir solidaridad, porque la solidaridad requiere una sensibilidad que la aceleración erosiona continuamente.

El silencio bueno no nos aleja de la responsabilidad frente al dolor de la otra y del otro; al contrario, es lo que hace posible que esa responsabilidad aparezca de manera real y no simplemente automática o superficial. Solo quien logra interrumpir el ruido puede escuchar aquello que el mundo -y especialmente quienes sufren- todavía intenta decirnos.

 

[8] Empezábamos recordando a Audre Lorde y os propongo cerrar esta reflexión volviendo a ella:

Cada una de nosotras está hoy aquí porque de un modo u otro compartimos un compromiso con la palabra y su poder para recuperar ese lenguaje que han vuelto en nuestra contra. Para transformar el silencio en lenguaje y acción es vital que cada una de nosotras determine o analice su papel en esa transformación y lo asuma como un elemento clave de esa transformación., que comprendamos que nuestro papel es de vital importancia. […]

En la desesperación de las mujeres que anhelan ser escuchadas, cada una de nosotras debe reconocer su responsabilidad en la búsqueda de palabras, en leerlas, compartirlas y analizar su relevancia para nuestras vidas.

Encuentro en este texto de Audre Lorde sobre las palabras de las mujeres y nuestra responsabilidad de escucharlas y compartirlas el espacio para apuntar, aunque solo sea sucintamente, a una cuestión esencial: hay quienes tienen (tenemos) el privilegio de hablar, pero también de callar; de ser escuchadas, y de no escuchar.

"¿Pueden hablar los subalternos?", pregunta la filósofa india GAYATRI CHAKRAVORTY SPIVAK en un texto fundamental del pensamiento decolonial. La persona o la colectividad subalterna no puede “hablar” en el sentido de ser escuchada y reconocida como sujeto de conocimiento dentro de los regímenes dominantes de representación. No se trata de que no emita palabras, sino de que su discurso no logra inscribirse como discurso válido en los marcos epistémicos coloniales, patriarcales y capitalistas. Porque hablar no es solo enunciar, sino ser comprendida sin ser traducida, apropiada o anulada por otros. La subalterna habla, pero no es escuchada como sujeto legítimo.

En nuestra sociedad patriarcal, colonial y capitalista opera una economía política de la credibilidad que, como viene analizando la socióloga AMAIA GONZÁLEZ LLAMA, distribuye muy desigualmente la credibilidad y la propia audibilidad de los discursos, testimonios, propuestas y protestas, de manera que las voces de varones, de personas blancas o de personas de clase media o alta siempre encontrarán más audiencia y más atención que las de las mujeres, las personas racializadas o las clases bajas. Es el silencing, el “silenciamiento” sobre el que reflexiona la filósofa EVA MEIJER: “El silencing es más que acallar: no solo priva a una persona de su posibilidad de hablar, también niega la validez de sus declaraciones. Quien ha sido silenciado no puede compartir su relato, pues el relato y el narrador ya han sido descalificados previamente”.

Las consecuencias de esta economía política de la credibilidad son perfectamente expuestas por RENI EDDO-LODGE en su ensayo titulado Por qué no hablo con blancos sobre racismo, donde escribe:

He dejado de hablar con blancos sobre racismo. No con todos ellos, pero sí con la amplia mayoría que rechaza aceptar la legitimidad del racismo estructural y sus síntomas. No puedo seguir enfrentándome al abismo de la desconexión emocional que las personas blancas exhiben cuando una persona de color articula su experiencia. Su mirada se apaga y se endurece. Es como si alguien echara melaza en sus oídos y bloqueara sus canales auditivos. Es como si ya no pudieran oírnos.

Si pasamos desde la economía colonial de la credibilidad, marco desde el que reflexiona esta autora, a los marcos patriarcal y capitalista, comprobamos que el planteamiento de Reni Eddo-Lodge es igualmente aplicable:

  • "He dejado de hablar con blancos hombres sobre racismo sexismo. No con todos ellos, pero sí con la amplia mayoría que rechaza aceptar la legitimidad del racismo sexismo estructural y sus síntomas. No puedo seguir enfrentándome al abismo de la desconexión emocional que las personas blancas los hombres exhiben cuando una persona de color mujer articula su experiencia. Su mirada se apaga y se endurece. Es como si alguien echara melaza en sus oídos y bloqueara sus canales auditivos. Es como si ya no pudieran oírnos".
  •  "He dejado de hablar con blancos personas acomodados sobre racismo clasismo. No con todos ellos, pero sí con la amplia mayoría que rechaza aceptar la legitimidad del racismo clasismo estructural y sus síntomas. No puedo seguir enfrentándome al abismo de la desconexión emocional que las personas blancas personas acomodadas exhiben cuando una persona de color pobre articula su experiencia. Su mirada se apaga y se endurece. Es como si alguien echara melaza en sus oídos y bloqueara sus canales auditivos. Es como si ya no pudieran oírnos".

Callar, no escuchar, silenciar, es también un privilegio. Tengámoslo en cuenta cuando analizamos nuestra propia posición.

Ahora sí, termino, volviendo a Audre Lorde:

Nos han educado en respetar el miedo por encima de nuestra necesidad de un lenguaje que nos defina. Mientras aguardamos en silencio a que llegue ese lujo definitivo que es la ausencia de miedo, el peso de ese silencio acabará por ahogarnos.

Que nos encontremos aquí y que yo esté pronunciado estas palabras constituye un intento por romperse silencio y establecer un puente entre nuestras diferencias, pues no son estas las que nos paralizan, si no el silencio. Hay tantos silencios por romper.

El gran problema de nuestro tiempo, nuestra catástrofe moral, no es la existencia de la injusticia (esto no es nuevo), sino el debilitamiento de nuestra capacidad de sentirnos interpeladas por ella. Las sociedades aceleradas no solo producen desigualdad: producen indiferencia, dispersión y cansancio. Nos acostumbran a pasar rápidamente de una imagen a otra, de un dolor a otro, sin permanecer lo suficiente en ninguno como para dejarnos transformar.

Por eso hoy romper el silencio exige algo más profundo que simplemente hablar. Exige recuperar la capacidad de escuchar. Escuchar verdaderamente a quienes sufren, a quienes quedan fuera, a quienes apenas consiguen hacerse oír bajo el ruido permanente del mundo contemporáneo.

Esta es una de las tareas políticas y éticas más urgentes de nuestro tiempo: crear espacios de silencio capaces de devolvernos la atención, la sensibilidad y la resonancia que la aceleración nos arrebata. Porque solo cuando algo logra afectarnos de verdad aparece la posibilidad de una palabra auténtica, de una solidaridad real y de una acción transformadora.

Hay silencios que condenan. Pero también existen silencios que nos permiten volver a escuchar la voz del mundo y la voz de las otras. Y es precisamente ahí, en esa escucha recuperada, donde puede enraizarse y crecer nuestra esperanza.

 

Foro Krisare, Gasteiz, 8 mayo 2026

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