Las esposas de Los Álamos
Traducción de Ismael Attrache
Turner, 2014
"Al amanecer, Ingrid señaló con el dedo y susurró ¡Mirad! A lo lejos distinguimos los árboles de la colina, aunque no había salido el sol. Daba la impresión de que tras esas colinas hubiera una bombilla parpadeante. ¿Se apagaría? La nube que nuestros maridos habían creado llegó hasta las nubes naturales del cielo del alba. ¿Hasta dónde llegaría? la explosión la percibimos con la vista pero no con el oído. Las que dormían cerca de nosotras no tenían ni la menor idea de lo que estaba pasando. Hasta entonces el paisaje estaba oscuro, pero ahora se había iluminado, y supimos que nuestro pueblo había creado algo tan potente y tan brillante como el sol.
Nos quedamos de pie, dándonos las manos. Respiramos profundamente. Contuvimos la respiración. Gritamos. Aquello nos pareció espantoso, o un triunfo, o algo hermoso, o todo lo anterior. En aquel lugar que una enorme erupción volcánica había formado millones de años antes, nuestros maridos acababan de crear la suya propia. No pudimos ver lo que ustedes sí han visto, a nuestros maridos muy agitados, con gafas de soldador, dando vueltas de un lado a otro diciendo ¡Ahora sí lo hemos conseguido, joder!".
Esta novela nos sitúa en un lugar insólito de la historia, no en el centro donde se toman las decisiones y se hacen las cosas relevantes, sino sus márgenes, en ese territorio silencioso de la cotidianidad donde la vida continúa con una apariencia de normalidad mientras, a poca distancia, se está gestando algo capaz de alterar el mundo para siempre. ¿Quién le hacía la cena a Oppenheimer?, podemos preguntarnos de la mano de TaraShea Nesbit, autora de esta inteligente novela de periferias que revela que lo importante también ocurre ahí, en las casas, en sus cocinas y salas de estar, en los gestos repetidos, en las conversaciones aparentemente banales. En Los Álamos, mientras los hombres trabajan en algo que no puede ser dicho, la vida se sostiene en otro registro, más bajo, más tenue, pero no por ello menos decisivo, protagonizado por las esposas de los científicos.
Con una mezcla de imaginación y atención al detalle cotidiano la novela reconstruye la experiencia de las mujeres que acompañaron a sus maridos al desierto de Nuevo México durante el Proyecto Manhattan. Lo hace evitando deliberadamente aquello que la narrativa convencional suele buscar: una protagonista, una historia individual, un arco narrativo reconocible. Aquí no hay una figura central que organice el relato, no hay un personaje que concentre la mirada. En su lugar, TaraSheaNesbit introduce una voz que desconcierta y, al mismo tiempo, hipnotiza: un “nosotras” sostenido, persistente, una primera persona del plural que no suma individualidades, sino que las diluye en una conciencia compartida:
"A veces nos molestaba que nuestros maridos nos pidieran que saliéramos de la habitación, en nuestra propia casa, para poder charlar con sus amigos hasta la madrugada. Y algunas de nosotras nos dedicábamos a espiar y oíamos cosas, y otras jamás escuchábamos a escondidas aunque nos moríamos de ganas, y a algunas ni se nos ocurría prestar atención a lo que decían nuestros maridos y sus amigos porque ya estábamos bastante atareadas con nuestras preocupaciones".
Aunque hay algunos nombres propios, no estamos ante personajes delineados con precisión, sino ante una textura de vida compartida. Una comunidad que se forma en el aislamiento, en la repetición de los días, en la necesidad de llenar de sentido un tiempo que no puede explicarse del todo. Se mudan, se instalan, decoran casas provisionales, organizan encuentros, tienen hijas e hijos, se hacen amigas. No sabemos exactamente quién habla en cada momento, sentimos que hablan todas, o que habla una experiencia común que las atraviesa a todas. Ese “nosotras” no es solo un recurso formal, es el modo en que la novela se desenvuelve y se piensa, es su forma de respirar. Porque estas mujeres viven en un espacio donde no pueden saber, donde no pueden preguntar, donde el silencio no es solo una circunstancia, sino una estructura; y en ese contexto, lo que se construye no es tanto una identidad individual cuanto una identidad colectiva, hecha de intuiciones, rumores, sospechas, relaciones y, también, nuevos silencios:
"Solas no formábamos una pandilla, ni un coro, ni una brigada. Juntas, sin embargo, éramos una turba de mujeres armada con biberones y artículos enlatados, que exigía un economato más grande, y lo conseguimos. Éramos más que Yo, éramos Nosotras. Éramos Nosotras pese a nuestras aspiraciones de singularidad. Éramos las Nosotras que organizaron el consejo municipal y que nombraron portavoz a Starla. Sabíamos que Katherine quería ese cargo pero, por mucho que apreciáramos sus entretenidas historias, nos dimos cuenta, cuando la valoramos para ese cargo, de que no acabábamos de fiarnos de ella".
La novela no pretende explicar el Proyecto Manhattan ni ofrecer una reconstrucción histórica exhaustiva del proceso que llevó a la creación (y uso) de la bomba atómica. Más bien desplaza la mirada hacia aquello que los relatos oficiales han dejado en sombra, como una forma de reescribir la historia desde sus bordes, de atender a las vidas que no aparecen en los archivos principales, pero sin las cuales la historia tampoco habría sido posible. La voz plural, la acumulación de escenas, la ausencia de una trama tradicional construyen una lectura que nos lleva a habitar un ambiente que es más atmosférico que narrativo, más evocador que dramático.
Las esposas de Los Álamos no diseñan la bomba, no toman las decisiones, pero viven allí, habitan ese espacio y, sobre todo, sostienen la vida que hace posible todo lo demás. Y en esa proximidad sin participación directa se abre una zona moral ambigua, entre la vida cotidiana y la historia, entre el cuidado y la destrucción, entre lo que se sabe y lo que no. Y en esa zona gris es en la que la novela permite una reflexión sobre nuestra propia condición: la de quienes vivimos en sistemas cuyas consecuencias no controlamos del todo, la de quienes participamos en procesos que nos exceden, la de quienes, de algún modo, habitamos con relativa normalidad una casa o una ciudad mientras algo ominoso se prepara o se desarrolla en otra habitación, en otra calle, en otro barrio.

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