Se habla de
instalar bases permanentes en la Luna, como si la expansión fuera un destino
inevitable de la humanidad, mientras en la Tierra seguimos siendo incapaces de
garantizar algo tan básico como el acceso universal a una vivienda digna. La
promesa de habitar otros mundos contrasta brutalmente con nuestra incapacidad
para vivir justamente en este. Se nos habla también de explotar recursos
lunares, proyectando más allá de la atmósfera una larga historia de
extractivismo. La Luna aparece, así, como una nueva frontera disponible, una
extensión del mismo impulso que ha devastado territorios y comunidades en la
Tierra para sostener modos de vida claramente insostenibles.
Hay,
además, un elemento que rara vez se enuncia con claridad: el retorno de la
lógica de bloques y de competencia entre potencias al terreno espacial. Estados
Unidos, China o Rusia no solo compiten por el prestigio científico, sino por
posiciones estratégicas en lo que ya empieza a perfilarse como un nuevo tablero
geopolítico. La historia de la carrera espacial durante la Guerra Fría confirma
que estos procesos nunca son ajenos a intereses militares, y no faltan indicios
de que el espacio puede convertirse en un ámbito de proyección de poder,
vigilancia e incluso eventual conflicto.
En
paralelo, emerge una cuestión menos visible pero igualmente decisiva: el
desigual reparto de costes y beneficios. Buena parte de estas misiones se
financian con recursos públicos, movilizando enormes inversiones estatales en
nombre del progreso colectivo. Sin embargo, los beneficios derivados de las
mismas -tecnológicos, comerciales o, en su caso, extractivos- se concentran en
actores privados, especialmente en grandes corporaciones aeroespaciales y
tecnológicas. Se perfila así una dinámica conocida: socialización de los
costes, privatización de los beneficios.
Y, en un registro
más bajo, casi susurrado, asoma otra posibilidad inquietante: la de que esta
expansión no sea tanto un proyecto colectivo como una vía de escape para las
élites tecnofeudales. La hipótesis formulada por Bruno Latour en Donde
aterrizar resuena aquí con fuerza: la construcción de hábitats radicalmente
“off-shore”, desconectados de cualquier obligación común, desde los que
continuar aplicando dinámicas de acumulación por desposesión. Un capitalismo caníbal
que, llevado al límite, fantasea con sobrevivir a la devastación que él mismo
ha contribuido a generar.
Sería
intelectualmente deshonesto ignorar los argumentos en sentido contrario.
Quienes defienden estas misiones apelan al valor del conocimiento científico,
al desarrollo tecnológico derivado y a la necesidad de ampliar el horizonte de
la especie ante riesgos existenciales. También señalan que la exploración
espacial ha sido, en ocasiones, un terreno de cooperación internacional y un
motor de innovación con efectos indirectos positivos en la vida cotidiana. Pero
incluso concediendo parte de razón a estas defensas, la cuestión de fondo
permanece intacta: ¿desde qué prioridades y bajo qué lógica se organiza esa
expansión? Porque ninguna exploración es neutra, y ninguna tecnología es
inocente respecto a los fines que sirve.
El problema no es
que miremos hacia la Luna, sino cómo y
desde dónde lo hacemos. Si la mirada está guiada por los mismos procesos
que han producido la crisis ecológica y social actual, entonces la expansión no
será una salida, sino una prolongación del problema en otro escenario. Y aquí
es donde la vieja fascinación se resquebraja definitivamente. No porque hayamos
dejado de admirar la capacidad humana para ir más allá, sino porque resulta
evidente que no hay “más allá” que pueda sustituir la tarea pendiente de
habitar con justicia los límites de este mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario