miércoles, 8 de abril de 2026

La cara oculta de las misiones espaciales

Confieso que escribir sobre la actual expedición a la cara oculta de la Luna me obliga a atravesar una biografía entera marcada por la fascinación. Desde aquel 20 de julio de 1969, cuando la misión Apolo 11 llevó a Neil Armstrong a pisar nuestro satélite, he participado, como tantas otras personas, de una auténtica “astronautofilia”, alimentada por novelas, películas y reportajes que celebraban la llamada “conquista del espacio”. Sin embargo, hoy siento una incomodidad creciente que se convierte en rechazo abierto de esta nueva carrera lunar.

Se habla de instalar bases permanentes en la Luna, como si la expansión fuera un destino inevitable de la humanidad, mientras en la Tierra seguimos siendo incapaces de garantizar algo tan básico como el acceso universal a una vivienda digna. La promesa de habitar otros mundos contrasta brutalmente con nuestra incapacidad para vivir justamente en este. Se nos habla también de explotar recursos lunares, proyectando más allá de la atmósfera una larga historia de extractivismo. La Luna aparece, así, como una nueva frontera disponible, una extensión del mismo impulso que ha devastado territorios y comunidades en la Tierra para sostener modos de vida claramente insostenibles.

Hay, además, un elemento que rara vez se enuncia con claridad: el retorno de la lógica de bloques y de competencia entre potencias al terreno espacial. Estados Unidos, China o Rusia no solo compiten por el prestigio científico, sino por posiciones estratégicas en lo que ya empieza a perfilarse como un nuevo tablero geopolítico. La historia de la carrera espacial durante la Guerra Fría confirma que estos procesos nunca son ajenos a intereses militares, y no faltan indicios de que el espacio puede convertirse en un ámbito de proyección de poder, vigilancia e incluso eventual conflicto.

En paralelo, emerge una cuestión menos visible pero igualmente decisiva: el desigual reparto de costes y beneficios. Buena parte de estas misiones se financian con recursos públicos, movilizando enormes inversiones estatales en nombre del progreso colectivo. Sin embargo, los beneficios derivados de las mismas -tecnológicos, comerciales o, en su caso, extractivos- se concentran en actores privados, especialmente en grandes corporaciones aeroespaciales y tecnológicas. Se perfila así una dinámica conocida: socialización de los costes, privatización de los beneficios.

Y, en un registro más bajo, casi susurrado, asoma otra posibilidad inquietante: la de que esta expansión no sea tanto un proyecto colectivo como una vía de escape para las élites tecnofeudales. La hipótesis formulada por Bruno Latour en Donde aterrizar resuena aquí con fuerza: la construcción de hábitats radicalmente “off-shore”, desconectados de cualquier obligación común, desde los que continuar aplicando dinámicas de acumulación por desposesión. Un capitalismo caníbal que, llevado al límite, fantasea con sobrevivir a la devastación que él mismo ha contribuido a generar.

Sería intelectualmente deshonesto ignorar los argumentos en sentido contrario. Quienes defienden estas misiones apelan al valor del conocimiento científico, al desarrollo tecnológico derivado y a la necesidad de ampliar el horizonte de la especie ante riesgos existenciales. También señalan que la exploración espacial ha sido, en ocasiones, un terreno de cooperación internacional y un motor de innovación con efectos indirectos positivos en la vida cotidiana. Pero incluso concediendo parte de razón a estas defensas, la cuestión de fondo permanece intacta: ¿desde qué prioridades y bajo qué lógica se organiza esa expansión? Porque ninguna exploración es neutra, y ninguna tecnología es inocente respecto a los fines que sirve.

El problema no es que miremos hacia la Luna, sino cómo y desde dónde lo hacemos. Si la mirada está guiada por los mismos procesos que han producido la crisis ecológica y social actual, entonces la expansión no será una salida, sino una prolongación del problema en otro escenario. Y aquí es donde la vieja fascinación se resquebraja definitivamente. No porque hayamos dejado de admirar la capacidad humana para ir más allá, sino porque resulta evidente que no hay “más allá” que pueda sustituir la tarea pendiente de habitar con justicia los límites de este mundo.


Publicado en El Salto / Hordago el 8 de abril de 2026

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