jueves, 9 de abril de 2026

Carcoma

Layla Martínez
Carcoma 
Amor de Madre, 2021

"Cuando entré de nuevo en la casa oí a la vieja en la cámara. Por el sonido debía estar moviendo las ollas de la matanza. Estaban medio podridas de no usarlas pero nos resistimos a vendérselas al chatarrero porque quién sabe cuándo se puede necesitar una olla en la que cabe un cuerpito como de lado. Además ahí se le esconden a la vieja los difuntos que vienen perdidos y temblando y a ella le da pena quitarles las ollas y que no tengan sitio donde meterse. Llegan a la casa después de andar por el monte llenos de barro y de mugre y de sangre todo temblores y miedo porque a saber lo que han visto y cuánto han tenido que escarbar en esas fosas y a ella le da pena que no tengan ni una olla para esconderse hasta que se les pase la angustia".


Una novela extraordinaria, breve y áspera, pero de una densidad impresionante. Se lee como quien entra en una casa cerrada durante años: al principio parece que lo que pesa es el aire viciado, la oscuridad, la suciedad acumulada, pero pronto se entiende que lo verdaderamente opresivo no es el espacio, sino lo que ha ocurrido dentro y fuera de él.

La casa, siempre la casa, es un cuerpo, una memoria, una herida que no cicatriza. Sus paredes rezuman historia, no una historia ordenada o perfectamente narrable, sino una sedimentación de injusticias, de violencias, de silencios, de vidas atrapadas. Hay algo que persiste, algo que no se deja enterrar, y que atraviesa a las mujeres que la habitan como si fueran parte del mismo material que la sostiene:

"Si mi madre había pensado que era mejor que las demás, mi padre le bajó la soberbia a golpes. [...] Mi padre no le había regalado aquella casa, la había condenado a vivir en ella. Se había construido sobre el cuerpo de aquellas mujeres y se mantenía sobre el de mi madre. Sobre su dolor y su miedo. No era un refalo, era una maldición".

La novela se articula en dos voces que se alternan: una más inmediata, más cruda, más pegada al presente; otra que arrastra un tono casi espectral, como si hablara desde un tiempo que no termina de pasar. No se trata exactamente de generaciones distintas, aunque lo sean, sino de capas de una misma experiencia. Lo que ocurrió antes no está detrás, no es solo pasado, sigue ocurriendo.

Layla Martínez construye así una genealogía de la violencia que no precisa de largos desarrollos ni contextualizaciones explícitas. La novela avanza por acumulación, por insistencia, por repetición de gestos y situaciones que acaban revelando un patrón: el de un mundo donde las relaciones están atravesadas por el abuso, la dominación y la imposibilidad de escapar. El lenguaje acompaña esta atmósfera con una prosa seca, cortante, que no busca embellecer nada. Hay frases que parecen dichas desde dentro de la rabia, otras desde un cansancio profundo, casi mineral. No hay concesiones, tampoco hay consuelo: 

"Tarde o temprano se paga todo".

En ese sentido, Carcoma es, ciertamente, una historia de fantasmas, pero no en el sentido convencional. Aquí lo espectral no es una irrupción extraordinaria, sino una forma de persistencia cotidiana: 

"También veo las sombras aquí. Las veo arrastrarse por las escaleras y los pasillos, reptar por el techo, acechar detrás de las puertas. la casa está llenita de ellas".

Los muertos ("las sombras") no se van porque lo que los produjo sigue ahí. La violencia no pertenece al pasado porque no ha sido interrumpida. Sin embargo, la novela no se limita a registrar la opresión y la violencia. En su interior late una forma de resistencia que no pasa por la redención ni por una salida limpia, sino por su persistencia misma, por la negativa a desaparecer del todo. 

Precisamente por eso, la novela deja una impresión duradera, al obligarnos a mirar allí donde normalmente no se mira. Porque no permite separar lo íntimo de lo estructural, la violencia machista de la violencia de los vencedores de la guerra. Carcoma no trata solo de una casa ni de una familia, trata de aquello que se hereda sin palabras, de lo que se transmite como una sombra, de lo que sigue vivo incluso cuando parece haber sido olvidado, porque así se ha intentado desde los poderes.

La autora no ofrece respuestas ni resoluciones claras. No hay cierre, no hay reparación, no hay redención, lo que hay es una exposición descarnada de cómo las violencias pueden incrustarse en los cuerpos, en las casas, en las relaciones, hasta volverse casi indistinguibles de la vida misma. Como la carcoma: silenciosa, persistente, invisible durante mucho tiempo… hasta que la estructura empieza a ceder. 

La he leído de un tirón, sin poder despegarme de ella.

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