sábado, 29 de agosto de 2020

En el corazón del bosque

Jean Hegland
En el corazón del bosque
Traducción de R.M. Bassols
Errata naturae, 2020

"Duermo la siesta en el tocón, en un retazo de pálida luz solar. Seño que estoy enterrada hasta el cuello, mis brazos y mis piernas como raíces primarias que se van estrechando para convertirse en una telaraña de rizomas más finos, hasta que al final ya no existe una clara separación entre esos capilares y el suelo. Cuando miro por encima de la tierra, mi cráneo se expande como si yo estuviera absorbiendo el mundo que hay más allá del suelo e incluso el cielo a través de las cuencas de mis ojos. Mi cabeza crece hasta convertirse en una concha que abarca la totalidad de la Tierra. me despierto con una sensación de calma infinita".


Dos jóvenes hermanas, Eva y Nell (la voz narradora de esta preciosa historia) se enfrentan a una situación de colapso civilizatorio (aparentemente) total. La electricidad empezó a fallar, hasta que el suministro de energía cesó por completo. Tras la electricidad desaparecieron el teléfono, la gasolina, la refrigeración y el transporte de alimentos, los supermercados, las medicinas, el servicio de correos, las oficinas bancarias, los periódicos y la radio... Se hablaba de que el país se encontraba embarcado en una guerra, de atentados terroristas, de tiroteos en las calles, del colapso del gobierno y de la administración publica...

Al principio, la situación de crisis fue recibida como una oportunidad para purgar el sistema y construir una sociedad mejor: "Junto con la preocupación y la confusión brotó un sentimiento enérgico, liberador. Las viejas reglas habían quedado temporalmente suspendidas, y resultaba excitante imaginar los cambbios que sin más remedio surgirían de aquel caos, lo que la gente habría comprendido -y corregido- cuando las cosas empezaran a funcionar otra vez. Incluso mientras la vida de todos se volvía incierta, la mayoría de las personas parecía experimentar un nuevo optimismo, compartir la sensación de que estábamos superando lo peor, y de que pronto -cuando las cosas se enderezaran- las causas de todo este desorden habrían sido purgadas del sistema, y Estados Unidos y el futuro estarían en mejor forma que nunca".

Como el resto de la población, también Eva y Nell confiaban en que se tratara de una crisis profunda, sí, pero pasajera. Seguramente en esta convicción (o esta esperanza) alimentaba esa primera percepción de la crisis como oportunidad: hemos vivido despilfarrando, no hemos valorado lo que teníamos, esta prueba ha de servirnos para hacernos más conscientes de nuestro modo de vida, menos indiferentes hacia sus consecuencias. Cuando todo esto pase (porque pasará) seremos mejores; volverá el mundo de antes, pero lo viviremos de otra manera:

"La próxima Navidad esto habrá terminado, y mi hermana y yo habremos recuperado la vida que pensábamos vivir. La electricidad volverá, los teléfonos funcionarán otra vez. Los aviones volarán de nuevo sobre nuestro claro del bosque. En la ciudad habrá comida en las tiendas y gasolina en las estaciones de servicio. Mucho antes de que llegue la próxima Navidad nos habremos permitido todo lo que ahora nos falta y ansiamos: jabón y champú, papel higiénico y leche, fruta fresca y carne. Mi ordenador funcionará y el reproductor de CD de Eva también. Escucharemos la radio, veremos vídeos, leeremos el periódico. Los bancos, las escuelas y las bibliotecas volverán a abrir, y Eva y yo habremos abandonado esta casa donde ahora vivimos como huérfanas supervivientes de un naufragio. Ella bailará con el Ballet de San Francisco, yo habré terminado mi primer semestre en Harvard, y este húmedo y oscuro día que el calendario ha insistido en que llamemos Navidad quedará lejos, muy lejos".

Pero la situación se prolongará en el tiempo, no habrá vuelta atrás. El mundo conocido de irá desmoronando y Eva y Nell deberán aprender a vivir de otra manera resguardadas (esa es su gran ventaja) en la granja familiar, aislada en pleno bosque, tras el fallecicimiento de su madre y de su padre. Poco a poco las dos hermanas irán "desenmarañando" el bosque, asumiéndolo como su auténtico hogar, reconociendo en sus plantas medicinas y alimentos.


También se irán descubriendo como mujeres "vírgenes" (no por la condición fisiológica de la castidad, sino por su estado psicológico de "no pertenencia a un hombre", de pertenecerse a ellas mismas), cuidadoras y criadoras, perpetuadoras de vida y de conocimientos, profundamente vinculadas con "generaciones enteras de mujeres que se alejaban en el tiempo por detrás de mi hermana y de mí y nos sucedían también".

¿Qué te llevarías a una isla desierta? Este libro nos replantea la vieja pregunta, cambiando la ubicación, y nos hace reflexionar sobre nuestras necesidades y nuestros deseos. ¿Qué te llevarías a un bosque desierto? Qué herramienta, qué libro, qué compañía... Y nos propone una respuesta impensada: ¿y si el problema fuera, precisamente, llevarnos algo, lo que sea, de este mundo viejo? ¿y si la solución fuera adentrarnos sin miedo en el desierto (en la isla, en el bosque) y descubrirnos parte de él?

"Durante mucho tiempo yo fui Nell y en el bosque había árboles y arbustos. Ahora el bosque es matorral de manzanita, árbol de la cera, arce rojo y arce negro, castaño de indias californiano, laurel, uva espina, grosellero, rododendro, gengibre silvestre y yo soy sólo un ser humano, otra criatura que vive en él".

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