La política migratoria de Donald Trump no se limita a vigilar un
límite territorial. En los Estados Trumpidos la frontera se interioriza, se desplaza de los mapas a los cuerpos,
de los desiertos a los barrios, de los pasos fronterizos a las esquinas donde
se desenvuelve la vida cotidiana. En esa lógica, la frontera deja de ser un
lugar y se convierte en un principio de
gobierno.
La actuación de Immigration and Customs Enforcement (ICE)
cristaliza este giro. No se trata solo de expulsar a quien cruza una línea,
sino de buscar, identificar y perseguir
dentro del país. La caza se normaliza. El control se vuelve omnipresente. La
sospecha se vuelve método y la excepcionalidad norma.
La
deshumanización como política
Toda política que necesita funcionar
permanentemente bajo el signo de la excepción requiere una operación previa: deshumanizar. La persona migrante deja
de ser una persona y pasa a ser un “caso”, una “amenaza”, un “ilegal”. La
lengua burocrática y policial no es neutral: produce realidad. Al nombrar así, habilita la violencia.
En este sentido, la política
migratoria trumpista es un laboratorio de lo que Ulrich Beck y Zygmunt
Bauman analizaron desde hace décadas: la construcción política del extraño. El “otro” ya no es alguien lejano,
es el vecino. Y el vecino, bajo
determinadas condiciones, puede convertirse en enemigo. En la Alemania nazi fue
el judío; hoy, en todo el mundo, es la persona migrante. El mecanismo es el
mismo: una identidad convertida en
amenaza ontológica.
La novedad de esta política no es
solo su dureza, sino su desplazamiento
espacial. La frontera ya no está “allí”, en el sur, sino aquí, en el interior: en el trabajo,
en la escuela, en la calle. ICE no patrulla un borde, patrulla la vida cotidiana.
Esto produce un efecto devastador:
la normalización del miedo. No solo entre personas migrantes, sino en el
conjunto de la sociedad. Cualquiera que observe, cuestione o simplemente esté
presente puede convertirse en sospechoso. El asesinato en Minneapolis de Renee
Nicole Good ejemplifica este salto cualitativo: la violencia migratoria ya no es marginal ni lejana; es urbana,
inmediata, doméstica.
“Ice Age”:
la edad del hielo moral
Hablar de ICD Age no es solo
un juego de palabras. Es una metáfora precisa. El hielo congela, insensibiliza,
vuelve rígido lo que antes era flexible. Esta política enfría el vínculo social, congela la empatía, suspende la
obligación moral de reconocer al otro como semejante.
ICE actúa como un glaciar administrativo: avanza
lentamente, de manera constante, aplastando historias individuales bajo
categorías abstractas. No importa quién eres, sino qué representas dentro del relato securitario. Y en ese relato, la
vida humana es un daño colateral aceptable.
Esta política no solo daña a las
personas migrantes. Brutaliza el mundo
que habitamos. Nos acostumbra a ver redadas como escenas normales, a
aceptar la militarización del espacio civil, a tolerar que la violencia estatal
se ejerza sin escándalo. La pregunta ya no es quién es expulsado, sino qué tipo de sociedad se consolida
cuando la persecución se convierte en rutina.
La ICE Age no es solo una
política migratoria, es un proyecto cultural hegemonista que busca entrenarnos
para vivir en un paisaje moral congelado, donde la compasión y la solidaridad
son interpretadas como debilidad y la crueldad se disfraza de orden.
Esta lógica no es un fenómeno
exclusivamente estadounidense ni un exceso exótico de la política de Trump. Sería un error tranquilizador pensar que estamos a salvo. La
interiorización de la frontera empieza a insinuarse también en nuestras
ciudades, en espacios que todavía nos empeñamos en llamar cotidianos y seguros.
En Bilbao, por ejemplo, no hay tiroteos
sistemáticos, aunque en Barakaldo ya se cruzó esa línea. Pero el problema no se reduce al uso letal de la
fuerza. Se manifiesta en prácticas más silenciosas y normalizadas: identificaciones fenotípicas,
despliegues desproporcionados de varias patrullas para infracciones menores,
actuaciones policiales que convierten determinados cuerpos en sospechosos
permanentes. Es así como la frontera se filtra sin ruido, como el hielo que
avanza sin estruendo: cuando advertimos su presencia, ya está instalada en la forma de mirar, de vigilar y de intervenir.
Cuando la frontera se internaliza y se interioriza, nadie está completamente fuera de ella. Hoy es la persona migrante; mañana, cualquiera que incomode. Resistir esta lógica no es un solo gesto humanitario, es una defensa radical de la vida en común. Porque una sociedad que acepta la deshumanización de algunas y algunos termina aprendiendo a deshumanizarse a sí misma.

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