miércoles, 24 de abril de 2024

El gato y la ciudad

Nick Bradley
El gato y la ciudad
Traducción de Daniel Casado Rodríguez
Letras de Plata, 2023

"A veces me da la sensación de que toda la ciudad es un organismo enorme. Es como un ser humano del que todos formamos parte, solo que estamos restringidos por las carreteras, los canales, los túneles y los trenes.. Es como si nuestros respectivos caminos estuvieran dispuestos delante de nosotros y no hubiera ningún modo de desviarnos de ellos. Eso es lo que hace que el gato sea distinto de nosotros. Puede subir y bajar de los trenes cuando le viene en gana, mientras que nosotros, los humanos, estamos atados al destino de la ciudad, y nadie puede escapar de su agarre. Me gustaría hacer las maletas e irme a vivir al campo, pero no puedo. Estoy atrapado. Parvulario, primaria, instituto, bachillerato, universidad, prácticas, de las prácticas a un trabajo fijo, del trabajo fijo a la jubilación, y de la jubilación a la muerte. Esa es mi vida, ya establecida delante de mí. De mí y de todos esos millones de personas a las que veo cada día. La ciudad nos necesita, y nosotros a ella. Una simbiosis de lo más jodida".


Una joven, Naomi, se presenta un día ante la puerta de Kentaro, un tatuador que sigue el método tradicional, el tebori, con una sorprendente petición: que grabe en su espalda un detalladísimo mapa de la ciudad de Tokio ("tenía que trabajar en porciones pequeñas y consultar sin parar una porción con bastante zoom en su móvil"), sin gente. Pero una ciudad sin gente no es una ciudad, piensa Kitaro, que decide incorporar al tatuaje una criatura viva sin que lo sepa su clienta:

"Había dicho que no quería ninguna persona. Los animales no eran personas, ¿verdad?
Sonrió para sí mismo y trazó un gatito, tan solo dos gotitas de color, como un gato tricolor, justo delante de la estatua de Hachiko, el perro en Shibuya. Y entonces siguió con su trabajo".

Un trabajo que continúa semana tras semana, metódicamente, un día representando los cerezos en flor del parque Ueno, otro el edificio Nakagin  en el distrito de Ginza, hasta que un día...

"Cuando Kentaro estaba a media tarea de colorear el tatuaje, desvió la vista a la sección de Shibuya que ya había completado. Vio la estatua de Hachiko el perro y pasó por las calles comerciales de Harajuku, pero entonces algo se le pasó por la cabeza y volvió a mirar la estatua.
El gato había desaparecido.
Parpadeó y meneó la cabeza. Tal vez el cansancio se estaba apoderando de él por fin. Sin embargo, cuando miró otra vez: no, el gato ya no estaba allí".

Aquí comienza una preciosa historia de vidas entrecruzadas en una megalópolis como Tokio, observadas por los ojos de un gato tricolor que, si la estadística no engaña, lo más probable es que fuera una gata.

"¿Qué habrán visto aquellos ojos verdes? ¿De dónde habría salido aquel gato? Se imaginaba todos los secretos y mentiras que había conocido, todo lo que hacían los humanos cuando creían que nadie los veía".


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