lunes, 3 de octubre de 2022

Ignacio Mendiola
El poder y la caza de personas. Frontera, seguridad y necropolítica
Bellaterra, 2022 



En las primeras páginas de este libro su autor nos advierte de que, a lo largo del mismo, utilizará el concepto caza de personas como una “metáfora marco […] para interrogar las mutaciones de lo bélico” (p. 23). Se trata, sin duda, de una metáfora poderosísima, de una imagen que, literalmente, nos atrapa, nos captura, nos apresa. Como señala Aparicio Nevado (2004, 271), el tema del ser humano convertido en presa de sus semejantes “recorre cada uno de los discursos y artes que han acompañado a la civilización humana desde la Prehistoria”; al fin y al cabo, durante una buena parte de nuestra historia evolutiva los seres humanos no fuimos ese poderoso y discutido hombre-cazador (Man the Hunter), sino hombre-presa (Man the Hunted), aterrada pieza potencial de una gran cantidad de depredadores (Hart, Sussman, 2009). No son pocas las novelas y las películas contemporáneas, algunas de ellas muy apreciables, que recrean esta situación. Tampoco faltan los ejercicios de prognosis social que proyectan tendencias presentes (políticas, económicas, culturales y tecnológicas) para dibujar escenarios de futuro en los que la caza de seres humanos puede convertirse en una actividad legitimada en el marco del denominado “turismo oscuro” o tanaturismo (Wright, 2016).

Las metáforas y las analogías son tan imprescindibles como peligrosas. Algunas son tan voraces que dejan de cumplir su función instrumental, aclaratoria, connotativa, para ocupar el lugar del concepto con el que se comparan, desplazándolo. La de la caza es una de esas metáforas que nos piensan (Lizcano, 2006), un concepto, sobre todo cuando pensamos en / somos pensados como “caza humana”, que, reforzando el contenido emocional que caracteriza a las metáforas, se nos acaba imponiendo en su exigente literalidad. Ignacio Mendiola resuelve satisfactoriamente esta cuestión y nunca lleva la metáfora cinegética más allá de los límites, es verdad que intrínsecamente lábiles, de su función connotativa: el actual régimen de poder no puede ser explicado solo en clave cinegética (p. 66), no habitamos unas geografías de caza indiscriminada, no todo está afectado por ni puede ser explicado desde la caza (p. 111). Pero existen prácticas institucionales de caza humana, literalmente, en su forma (recordemos las imágenes de inmigrantes haitianos perseguidos a caballo por la policía fronteriza de Estados Unidos) y en su fondo, en su mismo diseño (pensemos en la operación de la Administración Obama para asesinar a Bin Laden); por eso, porque los Estados también “cazan”, es tan importante embridar, como hace Mendiola, la metáfora cinegética para no abusar de ella.

Reconociendo la posibilidad de leer desde la misma las acciones de “jaurías autónomas que emprenden procesos de captura de unas determinadas personas” (p. 24), Mendiola reserva la metáfora cinegética al análisis de las prácticas del poder institucionalizado aun cuando, en un primer momento, la analogía con la caza de animales nos situaría, más bien, en el espacio desinstitucionalizado de esas “guerras harapientas” (Ignatieff, 1999) caracterizadas por el salvajismo físico (atroces mutilaciones) y sexual (violaciones masivas), desarrolladas en escenarios como Bosnia o Ruanda. Jean Hatzfel (2004, 20) ha documentado el genocidio ruandés en un libro que recoge las confesiones de perpetradores hutus describiendo sus acciones con un metódico y contenido lenguaje cinegético: “Nos reuníamos en el campo de fútbol en bandas de conocidos y nos íbamos de caza agrupados por afinidades”.

Pero a Mendiola le (pre)ocupa la caza de personas planificada y ejecutada por el poder estatal, la que tiene su lugar en el “trenzado soberano-disciplinar-securitario” (p. 70) construido a partir de un relato hobbesiano sobre el afuera del espacio estatonacional (hic sunt dracones) que alimenta fantasías de inocencia e impermeabilidad y legitima recortes de derechos en un horizonte posdemocrático en el que la seguridad se impone a la triada republicana de libertad, igualdad, fraternidad. Y es que, en realidad, más que de la guerra este libro trata de la seguridad elevada a principio de organización social. La reflexión que nos propone Mendiola versa sobre una doble mutación: de la seguridad en guerra y de esta en caza. Una seguridad securitaria, fundamento de un poder cinegético que eleva las figuras amenazantes del combatiente ilegal (o terrorista) y del migrante ilegal a piezas de caza mayor.

Manejando con acierto metáforas y analogías, Mendiola ha construido su reflexión a partir de imágenes familiares procedentes del mundo de la caza de animales. Empezando por el principio, por la partida de caza, el momento previo a iniciar la actividad cinegética (cap. 2), para continuar con la montería (cap. 3; destaca su reflexión sobre la garra y el agarrar, sobre la captura), el acecho y el seguimiento del rastro (cap. 4); este es un capítulo sustancial, con su reflexión sobre la transmutación de la aspiración a la seguridad en obsesión securitaria. Fundamentado mediante estos tres capítulos el “saber-poder cinegético”, el resto del libro está dedicado a su despliegue, a su realización; despliegue que da comienzo con la batida, con la incursión de la partida de caza en el territorio de la presa (cap. 5), ejercicio de soberanía postwestfaliana que se materializa en la constitución de una zona prefronteriza geográficamente tan arbitraria como lo quiera el Estado que, en el ejercicio de su poder excepcional, sitúa la “captura misma” de la presa por encima de cualquier otra consideración (p. 139). Desde esta perspectiva la frontera “se mueve” al aunar “su evidencia material con un carácter espectral (p. 126); el poder soberano ensancha la frontera, se arroga la capacidad de protegerla actuando no solo en o hacia el interior de la misma, sino hacia afuera, hasta el lugar mismo donde se detecta (se proyecta) la amenaza. La frontera se materializa y encarna en sus defensores, en los cuerpos policiales y militares que la protegen (p. 128). Los comandos que acabaron con la vida de Osama Bin Laden el 2 de mayo de 2011 desplazaron la frontera estadounidense hasta la ciudad de Abbottabad, en Pakistán: la presa, su captura, es la frontera.

Es esta una cuestión sumamente interesante que mueve la metáfora de la caza como representación de la guerra al terreno de la analogía (bidireccional) entre ambas realidades: hay guerras cinegéticas, pero también hay cazas bélicas o militarizadas. Ambas son realidades característicamente modernas. Como advierte el Victor Davis Hanson (2004, 25-26), la forma de hacer la guerra de las sociedades occidentales, lo que la ha convertido en tan exitosa como letal, se caracteriza por la ausencia de cualquier otra consideración que no sea la persecución de la victoria militar, al precio que sea: "Ninguna otra cultura que no fuera la occidental podría haber dado muestras de la disciplina, moral y destreza tecnológica en el arte de matar que los europeos pusieron de manifiesto en la locura de Verdún, un enfoque industrial de la matanza distinto incluso a la masacre tribal más horrenda. Ninguna tribu de indios americanos, ningún impi zulú podría haber reunido, asistido, armado -y hecho matar y reemplazado- a tantos cientos de miles de hombres para combatir durante meses y meses por una causa tan políticamente abstracta como la suerte de una nación Estado. Los apaches más aguerridos, protagonistas de las incursiones más audaces y homicidas de las Grandes Llanuras, se habrían marchado a sus poblados tras la primera hora de combates en Gettysburg". Cuando la actividad cinegética prima su resultado, la captura misma, es más que probable que lo que la antecede (la preparación, la partida, el rastreo, la búsqueda, el rececho…) pierda todo valor ya que, como en la guerra “civilizada”, la victoria exige la derrota absoluta de enemigos y de presas.

En relación a esta cuestión, la relación entre la caza y la guerra, mediada por la ilusión securitaria, es analizada por Mendiola (cap. 6) en clave de impregnación de lo social, como guerra permanente que normaliza y banaliza la excepción bélica permitiendo extender el discurso y las lógicas militares a terrenos como el control de las migraciones o la respuesta a la pandemia de coronavirus. El resultado de esta impregnación no puede ser otro que la deshumanización de la presa (humana), su reducción a la fisicidad carnal de un cuerpo rastreable, violentable (cap. 7), destinado en última instancia a convertirse en pieza de caza (cap. 8), ya ni siquiera un cuerpo reconocible como tal, en toda su humana complejidad.

Pero, ¿cómo se resuelve una partida de caza? Tras 249 páginas de planificación, acecho y persecución, poniendo en acción todos los recursos del Estado-cazador, no es fácil imaginar la huida de la presa, menos aún su resistencia exitosa frente al poder cinegético. Sabemos que los lances de caza en el mundo animal no siempre culminan con la victoria del depredador, más bien al contrario: diversas investigaciones indican tasas de éxito sorprendentemente exiguas para los tigres (5%) y muy limitadas para lobos (14%), leones (25%) y leopardos (38%). Pero, aunque una presa concreta se salve de un ataque, su estatus no cambia: siempre será una presa potencial, una futura presa, un ser inferior destinado a ser cazado.

Sin embargo, en el último capítulo de su libro (cap. 9) Mendiola quiere dar una oportunidad a la presa: una oportunidad para ocultarse, para esquivar a sus perseguidores, para camuflarse, para escapar. El autor percibe en la huida de la presa una expresión de resistencia, un acto de afirmación soberana de un sujeto que se rebela contra su reducción a objeto-presa. Es este un giro muy interesante. En La presa desnuda (1965), una de las películas que mejor reflejan la angustia de un ser humano reducido a la condición de presa, un guía de safaris sobrevive a la matanza de todo su grupo de cazadores blancos a manos de una comunidad de indígenas. Lo que le salva es su actitud firme: “Veo a un león. Que muera como un león”, sentencia el jefe de la comunidad. La alternativa a ser despiece de matadero es convertirse en pieza de caza, ofreciéndosele la improbable oportunidad de sobrevivir si consigue huir, desnudo y desarmado, de la partida de experimentados cazadores que seguirán su rastro sin descanso. Porque hay presas y presas, hay caza menor y hay caza mayor, también cuando se trata de la caza de personas. Hay personas-presa que, en ocasiones, son capaces de (des)equilibrar el lance de caza, evitando la captura (como las personas migrantes que logran acceder a nuestro territorio) o, incluso, amenazando la vida de los cazadores (como el caso del terrorista extranjero). No obstante, sea cual sea la tasa de éxito de quien se sitúa en la posición institucional del cazador, especialmente cuando esta posición está respaldada por el poder estatal, el destino de la presa, también de la presa mayor, no es otro que el de acabar abatida. Mientras se muevan en el campo relacional constituido por el poder cinegético, el éxito en la huida o en la resistencia solo puede ser transitorio, como es transitorio el fracaso del cazador “civilizado”, que no cejará en su empeño. La única posibilidad de evitar definitivamente el destino de la presa es romper el juego de la caza. ¿Es esto posible?

Ignacio Mendiola cree que sí, que es posible reconfigurar las actuales geografías de la inmunidad y la seguridad para construir “geografías de la hospitalidad” (p. 259) que desborden el humanitarismo institucional (que no deja de responder a criterios de seguridad ni de funcionar desde la relación cazador-presa, aunque ahora se trate de cazar para conservar-controlar a seres desamparados o heridos) y se construyan desde el rechazo de la lógica securitaria: “En última instancia, lo que aquí se está proponiendo, en este momento último ya de la argumentación, es que la huida que se activa desde el devenir-presa puede y debería dialogar con la huida de la exigencia de la aceptabilidad que demanda lo securitario, que solamente en el encuentro que se activa en esa doble huida cabe articular una geografía de solidaridad que asuma la radicalidad del sufrimiento que desencadena lo securitario y posibilite poner en marcha dinámicas que contribuyan a cortocircuitarlo” (p. 270). Ya lo había apuntado mucho antes: “Del mismo modo que la presa busca huir del dispositivo de caza que le persigue, también nos compete a nosotros huir de la exigencia securitaria, abandonar el lenguaje de la seguridad, mostrar lo que oculta, las violencias que propicia” (p. 111). No puedo no estar de acuerdo, pero ¿quién habita tras ese nosotros? La seguridad, material y ontológica, es un bien aristocrático: para una gran mayoría de ciudadanas y ciudadanos la inseguridad es el horizonte de sus vidas; no pueden ni imaginar renunciar a lo que no tienen. De esta inseguridad se alimentan los populismos nativistas y xenófobos que reclaman liderazgos implacables, sin complejos éticos, que prescindan de cualquier inspiración (aspiración) universalista.

El capítulo final del libro de Ignacio Mendiola es menos un cierre que una apertura: el ser (humano) definido como presa al inicio del libro sigue deviniendo presa. Su huida la introduce en un territorio que no existe, pero del que depende su salvación definitiva. El autor nos exhorta a dejar de vivir en sociedades de cazadores, a reconocernos igualmente vulnerables y a compartir (in)seguridades. ¿Repensarnos como recolectoras-cooperativas, actualizando lo que una paleoantropología androcéntrica ha invisibilizado? (Eisler, 2021). ¿Y mientras tanto?

En agosto de 1979, tras la histórica conferencia de prensa en el Collège de France en la que Bernard Kouchner, André Glucksmann, Jean-Paul Sartre, Raymond Aron y Michel Foucault reclamaban ayuda para quienes huían de Vietnam en precarias embarcaciones, este último concedió una entrevista en la que decía: “Esto no quiere decir que podamos permanecer indiferentes a los análisis históricos y políticos del problema de los refugiados, pero lo que hay que hacer con urgencia es salvar a las personas en peligro. […] Ninguna discusión sobre el equilibrio general de los países del mundo, o ningún argumento sobre las dificultades políticas y económicas que acompañan a la ayuda a los refugiados, pueden justificar que los Estados abandonen a estos seres humanos a las puertas de la muerte” (Foucault, 2015).

Mientras tanto, lo de siempre: un orden político-moral que universalice el derecho a tener derechos, para cuya constitución es más inspirador el Foucault sacudido por la urgencia de la víctima que el que diagnostica un régimen de poder omnímodo, coto cercado de caza en el que la huida es imposible.


Referencias

Aparicio Nevado, F. (2004). “La caza del hombre”, recreación de un motivo legendario, novelesco e histórico en La caza, de Carlos Saura. Arbor 187(748), 269-277.
 
Eisler, R. (2021). El cáliz y la espada. Madrid: Capitán Swing.

Foucault, M. (2015). Les hommes réprimés par la dictature choisiront d’échapper à l’enfer. Liberation, 17 septembre.

Hanson, V.D. (2004). Matanza y cultura. Batallas decisivas en el auge de la civilización occidental. Madrid/México: Turner/Fondo de Cultura Económica.

Hart, D., Sussman, R.W. (2009). Man the Hunted: Primates, Predators, and Human Evolution. New York: Routledge.

Hatzfel, J. (2004). Una temporada de machetes. Barcelona: Anagrama.

Ignatieff, M. (1999). El honor del guerrero. Madrid: Taurus.

Lizcano, E. (2006). Metáforas que nos piensan: sobre ciencia, democracia y otras poderosas ficciones. Madrid: Traficantes de Sueños.

Wright, D.W.M. (2016). Hunting humans: A future for tourism in 2200. Futures 78–79, 34–46.

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