sábado, 31 de julio de 2021

Informe a la Subcomisión de Cuaternario

Jorge Riechmann
Informe a la Subcomisión de Cuaternario
Árdora Ediciones, 2021 
 
"Hay que repetirlo una y otra vez: paradójicamente, sólo asumir de verdad que no hay solución [...] podría abrir un camino que evitase lo peor. Dar por muerta esta civilización, dar por muerta esta economía y esta cultura, darnos por muertos a nosotros y nosotras mismas, y quizá entonces estar dispuestos a las hoy imposibles transformaciones que nos salvarían. Metamorfosis: salir a toda prisa del capitalismo, redistribuir radicalmente la riqueza, olvidarnos de la hipermovilidad y del turismo, reducir rápidamente la población humana, construir sistemas productivos biomiméticos, desarrollar una cultura de simbiosis con la naturaleza... Cultivar la música en vez del crecimiento económico, el amor en lugar de la competitividad, la espiritualidad en vez de la mercantilización, la educación en lugar del poderío militar".


En la tradición judeocristiana (seguramente también en otras tradiciones religiosas y sapienciales) la figura del profeta (y de la profeta, que las hubo, aunque las tradiciones patriarcales invisibilicen o nieguen a las mujeres que elevan su estatura al nivel de los varones) es fundamental. En palabras de ese profeta y mártir contemporáneo que es Ignacio Ellacuría, se entiende por profetismo "la contrastación crítica del anuncio de la plenitud del reino de Dios con una situación histórica determinada", de manera que "si el reino, por ejemplo, anuncia la plenitud de la vida y el rechazo de la muerte, y la situación histórica de los hombres y de las estructuras es el reino de la muerte y la negación de la vida, el contraste es manifiesto" y debe ser denunciado.

Poeta profeta, Jorge Riechmann lleva más de tres décadas denunciando la cultura de la muerte -genocida, ecocida- sobre la que se funda el capitalismo (no hay capitalismo verde, como no hay, no puede haber, capitalismo con rostro humano). Más de tres décadas advirtiéndonos del enorme reto al que nos enfrentamos ("Tenemos un pequeño problema con nuestras propuestas para evitar la Gran Catástrofe: todo depende de una salida casi instantánea del capitalismo -que no va a producirse") a la vez que nos propone la solución: la autolimitación ("La prueba de lo humano es disponer de una ventaja y no usarla"), la autoconcención solidaria, teniendo en cuenta los intereses da las otras y los otros, incluso en contra de los propios intereses. Solución que cada vez parece más inviable:

"Como he indicado en varias ocasiones, los cambios que sería necesario realizar (sin ir más lejos, reducir unas nueve décimas partes nuestro consumo de energía primaria) sólo pueden ser vistos como oportunidades para una vida buena desde un conjunto de valores antagónico al socialmente vigente, y por eso tenemos ahí un paralizador problema del huevo y la gallina. Sólo los valores de después de la transformación nos permitirían ver como atractiva la transformación. Y anticipar eso parece un gran reto para (escasa) racionalidad colectiva de que somos capaces...".

Tras tantos años ejerciendo el imprescindible pero incomodísimo papel de Casandra, Jorge Riechmann ha escrito un libro que me ha tocado emocionalmente. "¿Qué hacemos cuando ya no resulta posible imaginar buenos futuros?", se pregunta y nos pregunta Jorge Riechmann. "Desespera que nadie quiera oír. [...] Quizá ha llegado el tiempo de bajar la voz", deja caer en las últimas páginas del libro. Suena demasiado a despedida. Espero que no. 
 
La voz de Jorge Riechmann me acompaña, nos acompaña a muchas, desde hace décadas. Su lucidez informada ha sido esencial para la construcción y extensión de una ética biocéntrica, de una una autoconciencia interdependiente y ecodependiente. Aunque sea pedir demasiado no es el momento de bajar la voz: no abundan voces como la suya. Al contrario, como escribiera León Felipe en su poemario de 1966 ¡Oh, este viejo y roto violín! (Visor, 1993) , necesitamos más que nunca que el profetismo enraíce, crezca y de sus frutos:

Ahora que estáis cavando esa tierra
y sacando de las rocas frutos maravillosos,
buscad una parcela, 
un huertecito
donde plantéis el "Árbol de los profetas".
Los profetas no tenían sabiduría,
apenas sabían leer,
pero del "comunismo socialista",
de ese fraternal socialismo
que estáis buscando tan heroicamente vosotros...
ellos, ya entonces,
sabían mucho... Tal vez más que Marx.

Gracias por este libro, Jorge.

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