La liebre y yo
Traducción de Celia Filipetto
Libros del Asteroide, 2026
"En los años que la he conocido, he puesto mucho empeño en no antropomorfizar la liebre. No la he puesto nombre, no la trato como una mascota y rara vez la toco. Ella establece las condiciones de nuestra relación. Viene cuando le apetece y nadie la obliga jamás a quedarse. Me educaron en el darwinismo y con la idea de que los animales han evolucionado para adaptarse a su entorno, de modo que sus características, por más humanas que nos parezcan, o por mucho que queramos atribuirles emociones, se basan en imperativos genéticos. Con todo, es imposible observar y admirar las cualidades de la liebre y no asociarlas a algunas de las cualidades humanas a las que muchos aspiramos: la paciencia, la dignidad, la calma y la fuerza, entre otras. Si de mí dependiera, reemplazaría la expresión idiomática «mad as a March hare» -«loco como una liebre de marzo», en el sentido de «estar como una cabra»- por otras del estilo «delicado como una liebre», «fiel como una liebre» y «constante como una liebre»”.
El punto de partida de este delicioso libro es una experiencia aparentemente menor, el rescate de una cría de liebre durante los meses del confinamiento, le sirve a la autora para construir una reflexión mucho más amplia y profunda sobre nuestra relación con el mundo vivo, sobre los ritmos de la vida contemporánea y sobre la posibilidad de recuperar una forma más atenta y receptiva de habitar la realidad.
Acostumbrada a la presión permanente de la política británica y a los códigos de hiperactividad propios de Westminster por su empleo como asesora de política internacional en el Parlamento y el Ministerio de Asuntos Exteriores, Chloe Dalton se encontraba en febrero de 2021 confinada en una casa rural del norte de Inglaterra cuando descubrió, junto a un camino, una pequeña liebre recién nacida aparentemente abandonada. Aunque siendo consciente de que intervenir podía resultar contraproducente, porque las liebres son animales extremadamente frágiles y poco adaptables a la cautividad, decidió intentar mantenerla con vida al comprobar que el animal permanecía inmóvil durante horas, sin que su madre apareciera por ningún lado. Y así, lo que en principio parecía un gesto puntual, terminó alterando profundamente su manera de relacionarse con el tiempo, con el espacio y con el propio mundo natural.
Uno de los mayores aciertos del libro es que evita convertir esta historia en un relato sentimental sobre una mascota domesticada. La autora insiste una y otra vez en que la liebre nunca deja de ser un animal salvaje. Por eso no intenta humanizarla ni apropiarse de ella, evita manipularla innecesariamente, no le asigna un nombre y mantiene siempre abierta la posibilidad de que el animal entre y salga libremente de la casa. La relación que se establece entre ambas no se basa en la posesión, sino en una convivencia precaria, abierta y no del todo previsible, de manera que la liebre desaparece durante días, regresa inesperadamente, duerme en distintos lugares y acaba incluso criando cerca de la vivienda. A través de esa experiencia, Chloe Dalton descubre que el vínculo más auténtico con otro ser vivo solo puede darse cuando renunciamos al deseo de control.
La autora evita tanto el sentimentalismo excesivo como la distancia analítica. El resultado es una escritura sobria, serena y profundamente afectiva, donde la emoción surge de la propia conciencia de fragilidad que atraviesa toda la experiencia de la autora, que sabe en todo momento que nunca podrá retener realmente al animal. El cuidado aparece así desligado de la posesión; amar significa atender, acompañar y proteger sin cancelar la libertad del otro. Este es el núcleo más profundo del libro: la experiencia de una proximidad sin apropiación. Durante meses Chloe Dalton observa con atención minuciosa los movimientos, los hábitos y las reacciones del animal: cómo escucha, cómo descansa, cómo permanece inmóvil ante el peligro o cómo se desplaza por el entorno. La escritura combina una notable precisión observacional, casi etológica, con una sensibilidad poética muy capaz de captar lo fugaz y lo frágil a partir de su relación con un animal que, a a pesar de su cercanía con otros que nos resultan tan familiares (conejos, cobayas...) es un verdadero misterio:
"Son relativamente escasas las personas que tienen la ocasión de vivir junto a las liebres como he hecho yo, y quizás eso contribuya al problema. Tendemos a valorar más a los animales con los que mantenemos un estrecho contacto. Es más fácil pasar por alto o vilipendiar a los que nos resulta más lejanos".
Con este trasfondo, el libro puede leerse también como una reflexión sobre la atención y la desaceleración. La presencia de la liebre obliga a Chloe Dalton a detenerse, a observar, a esperar. Buena parte de la transformación que experimenta consiste en abandonar, aunque sea temporalmente, la lógica productivista y utilitaria que había estructurado hasta entonces su vida profesional. La convivencia con el animal introduce una temporalidad distinta, hecha de silencio, repetición, paciencia y disponibilidad. La autora comprende entonces que muchas formas de vida salvaje no permanecen ocultas porque estén lejos, sino porque hemos perdido la capacidad de percibirlas. La liebre termina funcionando así como una especie de maestra involuntaria de percepción:
"Comprendí que el lebrato había cambiado mi propio territorio. Antes, no seguía una serie de pautas fijas. En todo caso, en vista de cuánto viajaba, me pasaba la mayor parte del tiempo en el territorio de otros. Tras la llegada del animal empecé a rodear el granero y la liebre, y a tener mis caminos preferidos. Las liebres son animales de costumbres y yo me había vuelto como ellas. A través del lebrato, había redescubierto el placer de la querencia por un lugar y la satisfacción que se obtiene al explorarlo a fondo, en vez de buscar constantemente el modo de abandonarlo y de creer que solo se encuentra satisfacción en las experiencias novedosas".
A lo largo del texto aparece una crítica explícita a la desconexión moderna respecto de la naturaleza. La autora describe un paisaje rural profundamente transformado por la agricultura intensiva, la degradación de hábitats y las dinámicas contemporáneas de ocupación del territorio que convierte a las liebres en criaturas particularmente vulnerables. En ese sentido, el libro termina siendo también una defensa de una relación más humilde y menos dominadora con el entorno natural.
En algunos momentos el libro recuerda a obras como H de halcón, de Helen Macdonald, y puede leerse también en diálogo con las reflexiones de Hartmut Rosa sobre la "indisponibilidad" y la “resonancia”, esa forma de relación no instrumental con el mundo en la que algo nos afecta y nos transforma sin que podamos dominarlo plenamente. La liebre funciona de ese modo, como una presencia que interrumpe la lógica acelerada y utilitaria de la vida contemporánea y reabre la posibilidad de una relación más receptiva con la realidad.
En última instancia, La liebre y yo es un libro sobre la vulnerabilidad compartida, sobre los límites del control humano, sobre la coexistencia entre especies y sobre la posibilidad de vivir de otra manera. Bajo la aparente sencillez de esta historia mínima aletea una pregunta profundamente contemporánea: qué hemos perdido en nuestra relación con el mundo vivo y si todavía seremos capaces de recuperar alguna forma de atención, de asombro y de cuidado.
"No he descubierto aún el misterio de la liebre. Conserva algo indefinible y esquivo que tal vez explique por qué los humanos hemos proyectado muchos de nuestros miedos y deseos sobre esta especie y le hemos atribuido poderes sobrenaturales -desde los más malignos hasta los más sugerentes-, confirmando así nuestra tendencia a adorar o a demonizar aquello que nos cuesta entender. La liebre se presta a ser símbolo de la fugacidad de la vida y de la gloria efímera, así como de nuestra dependencia de la naturaleza y de nuestra destrucción irresponsable de la misma. Sin embargo, podemos hallar esperanza en la infinita capacidad de la liebre y de la naturaleza para renovarse. Si, como decía William Blake, es posible «ver el mundo en un grano de arena», tal vez entonces podamos ver la naturaleza entera en una liebre, en su sencillez y su complejidad, su fragilidad y su gloria, su fugacidad y su belleza".

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