sábado, 21 de febrero de 2026

El sentido de la naturaleza

Paolo Pecere
El sentido de la naturaleza. Siete sendas por la Tierra
Traducción de Xavier González Rovira
Anagrama, 2025

"Las sendas existen porque alguien las ideó y las abrió, y como tales pueden prolongarse con el trabajo y el pensamiento. Para trazar en la mente una senda hacia el futuro, alternativa a los caminos de la inercia y la desesperación actuales, y decidirse a actuar por una causa común, pueden servir como desencadenante performances y caminatas por los márgenes, fantasías ebrias y visiones psicodélicas, pero no bastan. Tampoco basta volver a la naturaleza, subir a la cima de una montaña, dar un paseo por un parque natural para escudriñar nuestros deseos, como hacen muchos turistas, peregrinos hacia una trascendencia en la que no creen lo suficiente".


El filósofo italiano Paolo Pecere nos ofrece un ensayo que invita a repensar nuestra relación con el mundo natural desde una perspectiva a la vez filosófica, histórica y existencial. Lejos de proponer una teoría única o un diagnóstico cerrado sobre la crisis ecológica contemporánea, Pecere construye un recorrido plural -las “siete sendas” del subtítulo- que permite aproximarse a la naturaleza como experiencia, idea y horizonte ético.

La senda de las ciudades abre el recorrido desde un punto aparentemente paradójico. Lejos de oponer ciudad y naturaleza, Pecere muestra cómo el entorno urbano es hoy uno de los principales escenarios donde se juega nuestra relación con lo natural: en la gestión del espacio, en la planificación, en la vida cotidiana marcada por la artificialidad, pero también por nuevas formas de sensibilidad ecológica. La naturaleza no está fuera de la ciudad; está integrada, transformada y, a menudo, invisibilizada en ella.

La senda del equilibrio introduce una reflexión más conceptual e histórica. Aquí Pecere examina la idea, tan antigua como problemática, de un "equilibrio natural", mostrando tanto su potencia normativa como sus límites. El equilibrio no aparece como un estado fijo al que habría que regresar, sino como una noción dinámica, frágil, que obliga a pensar la coexistencia entre sistemas humanos y no humanos sin garantías definitivas.

Con la senda de los animales, el ensayo se desplaza hacia una reconsideración radical de nuestra relación con otras formas de vida sensible. Pecere cuestiona la centralidad exclusiva de lo humano y explora las implicaciones éticas, científicas y culturales de reconocer a los animales como sujetos de experiencia, no meros recursos o símbolos. Esta senda erosiona las fronteras tradicionales entre naturaleza y cultura, obligando a replantear la comunidad de los vivientes.

La senda de las plantas profundiza aún más ese descentramiento. A través de una atención a formas de vida aparentemente silenciosas y pasivas, Pecere muestra cómo las plantas desafían nuestras categorías habituales de acción, inteligencia y temporalidad. Pensar con las plantas implica aceptar ritmos distintos, interdependencias profundas y una visión menos instrumental del mundo vivo.

La senda del aire -las montañas y el espíritu- introduce una dimensión vertical y simbólica. Las alturas, el aire enrarecido, el paisaje montañoso aparecen como lugares privilegiados para interrogar la experiencia del límite, del desapego y de la elevación espiritual. Sin caer en misticismos fáciles, Pecere analiza cómo estos espacios han funcionado históricamente como laboratorios de sentido, donde naturaleza y reflexión interior se entrelazan.

Finalmente, la senda del regreso a casa cierra el conjunto con una reflexión íntima y existencial. Volver a casa no significa replegarse en lo conocido, sino reaprender a habitar: reconocer la Tierra como un lugar compartido, vulnerable y finito. Esta senda condensa el impulso ético del libro, que no propone una moral normativa, sino una transformación de la atención, de los gestos cotidianos y de la manera de situarnos en el mundo.

El libro se mueve con soltura entre tradiciones de pensamiento distintas: la filosofía clásica y moderna, la fenomenología, la historia de la ciencia y la reflexión ambiental contemporánea. Por sus páginas asoman buenas amigas de este blog como Rachel Carson, Nan Shepherd, Helen Macdonald o Suzane Simard, además de Hartmut Rosa, el papa Francisco, Robert Macfarlane o El viaje de Chihiro.

Pecere no escribe desde la pura abstracción, sino que ancla sus reflexiones en prácticas concretas: el caminar, la observación del paisaje, el viaje, la exploración científica y la experiencia estética. En este sentido, la naturaleza no aparece como un objeto distante que deba ser dominado o simplemente protegido, sino como un ámbito de sentido en el que el ser humano está siempre ya implicado. Escrito en un estilo claro y reflexivo, con una prosa que combina rigor conceptual y tono ensayístico accesible, este es un ensayo lúcido y sugerente que se sitúa en un punto fértil entre la filosofía ambiental y la reflexión cultural. No ofrece soluciones, pero sí herramientas intelectuales y sensibles para volver a preguntarnos qué significa, hoy, vivir en la Tierra y con la Tierra.

"Si imagináramos que cada uno permaneciera en las profundidades de la meditación, la humanidad seguiría explotando el medioambiente. En resumen, el intento de reconectarnos con la naturaleza-todo […], no debe desconectarnos de la realidad del medioambiente […] ni de la vida que llevamos en ella. Es un riesgo que afecta a toda disciplina de pensamiento o de meditación, desde aquellas que se basan en el vaciamiento a las que conducen a una plenitud, a la certeza del sabio o del místico, y también corren este riesgo los pensadores ecologistas y los filósofos. La «meditación», escribió Spinoza, implica «establecer una rebla y una medida de vida» con «un espíritu y un propósito muy firme». Cambiar nuestras vidas y las de los demás: meditar puede prepararnos para ello".

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