La disputa de la Supercopa de España en Arabia Saudí no
es un simple detalle organizativo ni una anécdota logística: es un hecho
político de primer orden. Y cuando un club como el Athletic, que se
presenta a sí mismo —y es percibido por buena parte de su afición— como una
institución ligada a valores éticos, comunitarios y políticos, acepta
participar sin fisuras en este modelo, esos valores quedan profundamente
deslegitimados.
La competición se celebra en Arabia Saudí como resultado
de un acuerdo económico impulsado por la Real Federación Española de Fútbol, en
el marco de una estrategia descarada de sportswashing
promovida por el Estado saudí. No se trata de una acusación retórica: Arabia
Saudí utiliza sistemáticamente el deporte internacional para lavar su imagen
exterior, ocultando bajo grandes eventos una realidad marcada por la represiónpolítica, la persecución de la disidencia, la negación de derechosfundamentales y la violencia estructural ejercida por el propio Estado.
Aceptar jugar allí no es neutral ni irrelevante.
Significa integrarse conscientemente en un dispositivo propagandístico diseñado
para proyectar normalidad, modernidad y prestigio internacional a un régimen
autoritario. Y hacerlo, además, sabiendo que ese régimen es aliado activo de
dinámicas regionales de violencia, silencio diplomático y vulneración masiva de
derechos humanos.
El Athletic ha realizado gestos públicos de
posicionamiento político, especialmente en relación con Palestina, denunciando
la violencia ejercida por Israel en Gaza y mostrando solidaridad con el pueblo
palestino. Esos gestos han sido celebrados como prueba de un club “con
valores”, coherente con una identidad histórica asociada al arraigo, a la
comunidad y a una cierta ética política. Pero los valores no son consignas
ocasionales ni comunicados selectivos. Son principios que obligan precisamente
cuando hay costes materiales y simbólicos. No se puede denunciar un genocidio
—con razón— y, al mismo tiempo, participar sin protesta en un espectáculo
organizado en un país que reprime, encarcela, ejecuta y censura, y que utiliza
el deporte como coartada internacional. No se puede reclamar coherencia ética
en unos escenarios y suspenderla cuando el contrato es rentable o cuando la
decisión “viene dada”.
El argumento habitual —“la decisión no es del club”, “es
una competición oficial”, “si no vamos nosotros irá otro”— no resiste un
análisis mínimamente riguroso. Las instituciones siempre eligen, también cuando
deciden no confrontar. La obediencia no exime de responsabilidad política; al
contrario, la consolida. La historia está llena de ejemplos de actores que se
refugiaron en la inevitabilidad del sistema para justificar su colaboración con
estructuras injustas.
La participación del Athletic en la Supercopa saudí es la
integración plena en la lógica mercantil y profundamente politizada del fútbol
global, donde los valores solo se exhiben cuando no incomodan al poder
económico ni a los socios estratégicos. Y eso vacía de contenido cualquier
gesto previo. Porque los valores que no se sostienen frente al dinero, la
visibilidad mediática y la presión institucional no son valores, son branding,
y demostración de que ni siquiera los clubes que se reclaman “distintos” logran
escapar a la lógica extractiva, mercantil y cínica del fútbol contemporáneo.
Si todo es negociable, si todo es compatible, si no
existe ningún punto en el que se diga “no”, entonces el discurso ético se
convierte en un recurso estético, utilizable cuando conviene y descartable
cuando estorba. Y en ese escenario, las declaraciones de apoyo a causas justas
no solo pierden fuerza: se vuelven hipócritas.
El fútbol no puede cambiar el mundo, pero los equipos y
las aficiones sí pueden decidir de qué lado se colocan. Jugar en Arabia Saudí
no es estar “fuera de la política”, es tomar partido. Y cuando ese partido se
toma contra los propios principios proclamados, lo que se derrumba no es solo
un discurso, es la credibilidad moral de la institución que los enarbola.

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