domingo, 14 de octubre de 2012

Enigma

La de esta mañana ha sido una caminata breve, por terreno muy familiar. La disculpa era buscar alguna seta.
Todo era, como digo, conocido y previsible: cada sendero, cada recodo, los lugares en los que el viento sopla con especial intensidad... Pero, de pronto, una particular iluminación ha hecho que un lugar por el que he pasado decenas de veces -un collado con un pequeño grupo de árboles- me haya parecido sorprendente y mágico.


He recordado entonces algo que escribe el antropólogo David Le Breton en su precioso librito Elogio del caminar (Siruela, 2011):

El viajero de a pie va en busca de nombres, ya sea del pueblo más cercano o el del paraje en el que se halla, jalones de sentido que humanizan el recorrido y sacan al mundo del caos en el que se encontraba [...]. A veces, en efecto, hay que reducir la ambición, pues no toda parcela del mundo tiene nombre, y todavía perviven bosques desconocidos o campos anónimos, planicies y valles que nadie ha pensado en bautizar. Además, el destino de todo ser humano es conocer poco más que un puñado del infinito número de nombres que existen; hay, pues, que dirigirse a la persona adecuada, aquella que sabe precisamente lo que buscamos. ¿Cómo se llama esta aldea, este riachuelo, ese río, ese bosque, los habitantes de ese pueblo? Tenemos que orientarnos ante el enigma del lugar, reencontrarnos en medio de las manchas coloreadas y las líneas de nuestro mapa, calcular entonces el camino ya recorrido y el que queda por recorrer, evaluar los esfuerzos que van a ser necesarios.



Esta mañana no faltaban las indicaciones; tampoco eran necesarias. Pero sí, incluso ahí, en esos lugares tan familiares, había ocasión para el enigma...

1 comentario:

Txetxu Barandiarán dijo...

Un regalo de texto para empezar la semana.
Gracias Imanol