martes, 21 de abril de 2009

La Montaña Análoga

Hay unos pocos libros que releo cada año. La Montaña Análoga, de René Daumal, es uno de ellos (Ed. Alfaguara, 1982). Describe el viaje de un grupo de hombres y mujeres a la búsqueda de una montaña mítica, de la montaña simbólica por excelencia, que caracteriza así: “Para que una montaña pueda jugar el papel de Montaña Análoga, es imprescindible que su cúspide sea inaccesible pero que su base sea accesible a los seres humanos tal como han sido creados por la naturaleza. Ha de ser única y tiene que existir geográficamente. La puerta de lo invisible debe ser visible”. Relato iniciático, irregular pero fascinante, evocador. Su final me sigue pareciendo tan hermoso como la primera vez que lo leí: “Por nuestros cálculos –no pensando en ninguna otra cosa-, por nuestros deseos –abandonando cualquier otra esperanza-, por nuestros esfuerzos –renunciando a toda ayuda-, forzamos la entrada a ese nuevo mundo. Así nos parecía. Pero supimos más tarde que, si logramos abordar la falda de la Montaña Análoga, fue porque los guardianes de las puertas invisibles de esta invisible región las abrieron para nosotros. El gallo desgañitándose en la lechosidad del alba cree que su canto engendra el sol; el niño gritando en una habitación cerrada cree que son sus gritos los que hacen que la puerta se abra; pero el sol y la madre siguen su camino, trazado por las leyes de su ser. Nos habían abierto la puerta, aquellos que nos veían incluso cuando nosotros no podemos vernos, respondiendo con una generosa acogida a nuestros pueriles cálculos; a nuestros inestable deseos, a nuestros torpes esfuerzos”.

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